Ni en un taller de escritura. Ni en una conferencia. Ni con voluntad. Ni con dinero. Eso no se aprende. Ni se compra. Se tiene o no. Me refiero al don de escribir. Y que fluya. A la prosa armónica, con ritmo y melodía. La que escapa a las teorías impuestas por las academias. La que, como la hierba cósmica de Walt Whitman, existe donde quiera que haya tierra y agua.
En el volumen Uno de las Crónicas de Bob Dylan, hay un capítulo dedicado a la grabación de Oh Mercy. El disco es de 1989 y el libro del 2005. Dylan escribe tan bien que llega un punto en el que creemos que tal vez el disco no se haya editado nunca consecuencia de la crisis que estaba atravesando el artista. Su estilo nos encadena al show de la incertidumbre mental mientras apunta frases como ésta:
"Me sentía acabado, los restos del naufragio en llamas. Había demasiado ruido en mi cabeza, y me era imposible expulsarlo. Dondequiera que vaya, soy un trovador de los sesenta, una reliquia del folk-rock, un rapsoda de tiempos pasados, un jefe de Estado ficticio de un lugar que nadie conoce. Me encuentro en el abismo sin fondo del olvido cultural".
Quiero decir que una buena prosa es capaz de convencernos de cosas que no pensamos. De hacernos dudar sobre la existencia de un hecho comprobable. De condenarnos a leer cuestiones a las que jamás antes hubiésemos pensado prestarle un mínimo de atención. Un autor de moda contemporáneo es capaz de proporcionar este tipo de felicidad. Como Bolaño y Caicedo, los otros dos faros de los escritores jóvenes y latinoamericanos, está muerto. Se llamaba Mario Levrero y todos o casi todos habrán escuchado hablar de él. En ciertos círculos es como una de esas bandas cool que hay que escuchar para estar en la onda (vaga). Y es un problema explicar que algo que está de moda y leen los chicos con anteojos negros y gigantes no es un bluff. Remitirnos a los Beatles (grupo que inspiró un relato de Levrero llamado "Alice Springs") bastará para saber que no todo lo que es más popular que Jesús es malo. Afortunadamente, sus libros, hasta hace muy poco inconseguibles, se reeditan con frecuencia. El último texto rescatado es El discurso vacío, algo así como la precuela de lo que luego sería La novela luminosa, junto a 2666, probablemente la obra más trascendente de la literatura latinoamericana de la década anterior.
A menudo, la literatura de Levrero ha sido comparada con la de Kafka. Los argumentos de sus novelas más famosas así lo prueban. Evocan el apotegma del autor de El Proceso, en el cual se afirma que la vida es una distracción permanente que ni siquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae. En El Lugar, el personaje narrador debe atravesar una serie indefinida de habitaciones sin saber dónde está y a qué lugar se dirige. En La Ciudad, el personaje narrador se encuentra en una ciudad desconocida, no sabe cómo salir ni de qué manera llegó. Estas dos novelas, más París (de imposible descripción), forman parte de la Trilogía Involuntaria. Su lectura es terapéutica. A la gente que sufre no le recomiendo comprar aloe vera ni ir de viaje al Sur. Le digo que lea a Levrero.
Volúmenes de cuentos como Espacios Libres, Todo el tiempo y La máquina de pensar en Gladys y nouvelles delirantes como Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) forman parte de una misma serie. Suele enmarcarse en el género fantástico rioplatense y en la ciencia ficción. Aunque lo de Levrero tiene mucho de inasible, de escritor grandioso al que los límites básicos de los géneros le quedaron chicos. Una novela como Dejen todo en mis manos (donde el personaje es un escritor que va en busca de otro en plan Sherlock Holmes after gripe, con ciertas características topológicas que podemos encontrar en El discurso vacío y La novela luminosa) podría ser ubicada en la otra vertiente de Levrero. La que se relaciona con la autobiografía. O la autoficción (de esto sabe mucho Aira). Aunque lo que hace Levrero en El discurso Vacío es ciencia ficción metafísica, la que trata sobre los avatares del cuerpo y del alma. ¿Cómo explicar sino que nos haga seguir las visicitudes de su organismo y los vaivenes emocionales de su existencia como si fuera un relato de suspenso?
La vertiente autobiográfica de El discurso vacío y La novela luminosa también nos sumerge en paradigmas kafkianos. Levrero es un continuador explícito de Kafka, pero como todo buen alumno, supera al maestro. Su literatura, como las películas de Sandrini, puede hacer reír y llorar. Además, en la narrativa de Kafka no hay salida, en la de Levrero hay espacio para breves momentos de redención. En el año 2000, Levrero recibe la beca Guggenheim para finalizar de escribir una novela que quedó a medio hacer desde los años 80. La novela luminosa, en su mayor parte, es el diario en el que Levrero explica por qué no puede escribir La novela luminosa. El discurso vacío es el diario que escribe Levrero para perfeccionar su caligrafía (y a través de ella, su conducta). Busca un "discurso vacío", que no diga nada, para que su atención recaiga en el dibujo de las letras. Pero Levrero, más que un ser humano, es un narrador, un tipo que puede llegar a momentos de extraordinaria calidad lírica escribiendo sobre palomas muertas o, en el caso de El discurso vacío, la personalidad de su perro. Y, como se sospecha desde la primera página de la novela, el discurso vacío y la autoterapia caligráfica, son arrasadas por el aliento narrativo de un escritor que tenía un concepto místico de la literatura.
A su modo, El discurso vacío es un alarde: "miren lo que puedo hacer con el lenguaje". Ése vendría a ser el grado cero del instinto de un escritor. Un fragmento de La novela luminosa servirá para desentrañar lateralmente este comentario, como si fuera un koan zen. Levrero recuerda el cartel de un establecimiento burócratico: "NO HAGA COLAS INNECESARIAS SI CONCURRE EN EL HORARIO INDICADO EN EL TIQUE -NO ANTES- INGRESARÁ SIN DEMORAS". Después reflexiona: "La verdad es un texto perfecto. No le cabe el menor reproche. La palabra justa en el lugar justo. No, jamás podría haber conseguido yo algo así".
En apariencia, además de saber leer, ciertos autores nos demandan determinados presupuestos. Estéticos. Morales. Coyunturales. Sin eso que está por fuera del texto (y nos convierte en "entendidos"), pareciera que no podemos aprehenderlos del todo. Para leer a Osvaldo Lamborghini hay que contar con la superstición de que es un genio. Para leer a Aira debemos conocer el resto de su obra. La poesía de Alejandra Pizarnik es indiscernible de su biografía. Estas nociones son tan engañosas como suponer que hay "música para músicos" (Zappa, Miles Davis), pero no por eso menos verdaderas. Buda (o Borges) enseña que en el fondo del mar hay una tortuga y una ajorca. Cada 600 años, la tortuga asoma la cabeza. Ser un hombre es tan raro como que la tortuga calce la cabeza en la ajorca. Tal vez con intuir inconscientemente esa rareza que es vivir y estar en el Planeta Tierra alcance para leer a Levrero. Porque es fácil escribir "difícil" y ser un genio. Incluso ése es el truco de los garcas del neobarroco. Pero escribir, que te pueda leer una chica bronceada en la playa y ser un genio, ahí se complica.
Los libros de Levrero son extraños y provocan reacciones extrañas. Hay una página de facebook en la que sus lectores, como si fueran fans de Harry Potter, realizan encuentros para juntarse y conversar sobre sus libros. Yo quiero ir. Porque si hay algo ligado a la lectura de Levrero es el impulso de hablar con alguien que haya leído lo mismo que uno y decir: "Este tipo es genial". Imaginen al primer individuo que leyó La Biblia. Ese deseo por compartir algo que podía cambiarla la vida a miles de hombres en el mundo.
A diferencia de Bolaño, un autor con una pulsión romántica de la escritura que te llena de ganas de escribir cuando terminás de leer sus novelas o cuentos, la estela que dejan los libros de Levrero es amarga. En primer lugar, no dan ganas de escribir más, puesto que si ya lo hizo Levrero y tan bien, ¿para qué? Como dice Aira de Osvaldo Lamborghini, nos tienta afirmar sobre el uruguayo: "La pregunta primera y última que surge ante sus páginas, ante cualquiera de ellas, es: ¿cómo se puede escribir tan bien?". En el caso de Levrero esto es verdad. Por otra parte, terminar un libro de Levrero supone el final de una felicidad íntima. Grandes y banales tristezas del sujeto posmoderno: el último episodio de una serie, el descenso de tu equipo de fútbol, terminar un libro de Levrero.
Algo que tal vez no deba ser dicho en una reseña con algún tipo de pretensión crítica es que uno lee a Levrero y se siente acompañado. Pero como ésta no es una reseña con algún tipo de pretensión crítica, lo digo: nunca nos sentiremos más acompañados como lectores (como sujetos, como seres humanos arrojados a un mundo caótico y doloroso) que cuando leemos a Levrero. Porque fuera de las imposturas intelectuales de la hermenéutica, ¿qué satisfacción mayor que no sentirnos solos puede otorgarnos la literatura?