martes 27 de septiembre de 2011

Fabián Casas le responde a Proust

En este blog hay tres entrevistas, todas del 2007: a Litto Nebbia, a Gustavo Sala y a Fabián Casas. Durante un tiempo participé en una revista llamada Métrica, donde realicé mi cuarta entrevista (siempre a través del mail), esta vez a Manuel Moretti. A mí me gustaron las cuatro entrevistas porque se trata de tipos que dicen cosas interesantes, pero mis preguntas siempre me parecieron malísimas, así que intenté no reincidir en un género que, como lector, me encanta: puedo leer entrevistas a cualquiera, desde futbolistas hasta escritores, pasando por políticos, vedettes y músicos. En marzo del año pasado, Métrica me propuso que le hiciera una entrevista a Fabián Casas. Como ya le había hecho una y no me tengo fe en la materia, hice un compilado del famoso cuestionario Proust y se lo mandé. Al poco tiempo me respondió, pero ese número de la revista nunca salió a la calle. Hace un par de semanas me avisaron que esa misma revista saldrá con otro nombre a mediados de octubre. No lo revelo porque hablar de libros o revistas que van a salir en el futuro trae mala suerte. Hacer alusiones indirectas, no. En fin. En esta nueva revista, voy a publicar el post sobre el último libro de Casas que apareció hace un par de meses en el blog, por lo tanto el cuestionario Proust quedó afuera. Para que no lo arrastren los glaciares del olvido, lo publico a continuación, tal como iba a salir.


“Se que es precisamente en los cruces donde está lo más interesante (…) Que los caminos de los puristas conducen irremediablemente al fascismo” escribe Fabián Casas al final de “Abbey Road”, un texto publicado en Ensayos Bonsái. Y el autor cumple su postulado a favor del mestizaje con su propio trabajo, donde caben desde la metáfora del horno de la pizzería Banchero, como símbolo del calor y el infierno existencial, hasta la alusión a Caronte, el conductor de la barca fúnebre de la mitología griega. Autor de libros imprescindibles de la llamada poesía de los 90’ (Tuca, El salmón), narrador (Los lemmings y otros cuentos) y ensayista, su último viraje lo encuentra en la literatura infantil con Rita viaja al Cosmos con Mariano, donde un par de personajes viajan por el Universo para encontrar las figuritas más difíciles. Por esta tendencia intrínseca al cruce y a la reunión de temáticas diversas, decidimos elegir a Casas para mandarle el cuestionario Proust, ese híbrido de entrevista y análisis psicológico en el que, como en la mejor literatura, se mezcla todo.


¿Cuál es el principal aspecto de tu personalidad? La melancolía.


¿Cuál son las características que más valorás en las personas? La bondad.


¿Cuál es tu principal defecto? La esclavitud.


¿Cuál es tu ocupación favorita? El Karate.


¿Cuál es tu ideal de felicidad? Parar la máquina de pensar en Gladys.


¿Cuál sería tu mayor desgracia? La muerte de mis seres queridos.


¿Ante qué sos intolerante? Ante la música de Los Piojos y demás garchas barriales.


Si no fueras vos, ¿qué o quién te gustaría ser? Me gusta lo que soy. Tengo amor fati.


¿En qué país te gustaría vivir? En Uruguay.


¿Cuáles son tus autores favoritos en prosa? Ricardo Zelarayán.


¿Cuáles son tus poetas favoritos? Ricardo Zelarayán, Joaquín Giannuzzi, Leónidas Lamborghini, Jorge Aulicino, Laura Wittner, Roberta Iannamico.


¿Cuáles son tus héroes y heroínas de ficción? David Vincent, de la serie, “Los Invasores”. El Zorro. Batman.


¿Qué cosas te hacen llorar? La camiseta de mi club.


¿Qué cosas te hacen reír? La camiseta de mi club.


¿Cuáles son tus compositores favoritos? Lennon, Mc Cartney.


¿Cuáles son tus héroes de la vida real? Pablo Llonto.


¿Qué es lo que más odiás? La muerte de un perro.


¿Cuándo y dónde fuiste más feliz? En La Feliz.


¿Cuál es tu posesión más atesorada? Un boomerang que me regaló un amigo.


¿Cuál es la figura histórica que menos te gusta? López Rega.


¿Cuál es tu heroína favorita de la historia? Virginia Woolf.


¿Cuál es el don de la naturaleza que te gustaría tener? Me gustaría volar.


¿Cuál es tu mayor logro? Mis amigos.


¿Cómo querés morir? Antes que mis seres queridos.


¿Cuál es tu estado de ánimo actualmente? De alerta meteorológico.


¿Cuál es tu lema o frase de cabecera? Yo quería ser Astroboy y Astroboy quería ser yo.

martes 20 de septiembre de 2011

"Uruguayo, uruguayo, uruguayo"

Ni en un taller de escritura. Ni en una conferencia. Ni con voluntad. Ni con dinero. Eso no se aprende. Ni se compra. Se tiene o no. Me refiero al don de escribir. Y que fluya. A la prosa armónica, con ritmo y melodía. La que escapa a las teorías impuestas por las academias. La que, como la hierba cósmica de Walt Whitman, existe donde quiera que haya tierra y agua.


En el volumen Uno de las Crónicas de Bob Dylan, hay un capítulo dedicado a la grabación de Oh Mercy. El disco es de 1989 y el libro del 2005. Dylan escribe tan bien que llega un punto en el que creemos que tal vez el disco no se haya editado nunca consecuencia de la crisis que estaba atravesando el artista. Su estilo nos encadena al show de la incertidumbre mental mientras apunta frases como ésta:


"Me sentía acabado, los restos del naufragio en llamas. Había demasiado ruido en mi cabeza, y me era imposible expulsarlo. Dondequiera que vaya, soy un trovador de los sesenta, una reliquia del folk-rock, un rapsoda de tiempos pasados, un jefe de Estado ficticio de un lugar que nadie conoce. Me encuentro en el abismo sin fondo del olvido cultural".


Quiero decir que una buena prosa es capaz de convencernos de cosas que no pensamos. De hacernos dudar sobre la existencia de un hecho comprobable. De condenarnos a leer cuestiones a las que jamás antes hubiésemos pensado prestarle un mínimo de atención. Un autor de moda contemporáneo es capaz de proporcionar este tipo de felicidad. Como Bolaño y Caicedo, los otros dos faros de los escritores jóvenes y latinoamericanos, está muerto. Se llamaba Mario Levrero y todos o casi todos habrán escuchado hablar de él. En ciertos círculos es como una de esas bandas cool que hay que escuchar para estar en la onda (vaga). Y es un problema explicar que algo que está de moda y leen los chicos con anteojos negros y gigantes no es un bluff. Remitirnos a los Beatles (grupo que inspiró un relato de Levrero llamado "Alice Springs") bastará para saber que no todo lo que es más popular que Jesús es malo. Afortunadamente, sus libros, hasta hace muy poco inconseguibles, se reeditan con frecuencia. El último texto rescatado es El discurso vacío, algo así como la precuela de lo que luego sería La novela luminosa, junto a 2666, probablemente la obra más trascendente de la literatura latinoamericana de la década anterior.


A menudo, la literatura de Levrero ha sido comparada con la de Kafka. Los argumentos de sus novelas más famosas así lo prueban. Evocan el apotegma del autor de El Proceso, en el cual se afirma que la vida es una distracción permanente que ni siquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae. En El Lugar, el personaje narrador debe atravesar una serie indefinida de habitaciones sin saber dónde está y a qué lugar se dirige. En La Ciudad, el personaje narrador se encuentra en una ciudad desconocida, no sabe cómo salir ni de qué manera llegó. Estas dos novelas, más París (de imposible descripción), forman parte de la Trilogía Involuntaria. Su lectura es terapéutica. A la gente que sufre no le recomiendo comprar aloe vera ni ir de viaje al Sur. Le digo que lea a Levrero.


Volúmenes de cuentos como Espacios Libres, Todo el tiempo y La máquina de pensar en Gladys y nouvelles delirantes como Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) forman parte de una misma serie. Suele enmarcarse en el género fantástico rioplatense y en la ciencia ficción. Aunque lo de Levrero tiene mucho de inasible, de escritor grandioso al que los límites básicos de los géneros le quedaron chicos. Una novela como Dejen todo en mis manos (donde el personaje es un escritor que va en busca de otro en plan Sherlock Holmes after gripe, con ciertas características topológicas que podemos encontrar en El discurso vacío y La novela luminosa) podría ser ubicada en la otra vertiente de Levrero. La que se relaciona con la autobiografía. O la autoficción (de esto sabe mucho Aira). Aunque lo que hace Levrero en El discurso Vacío es ciencia ficción metafísica, la que trata sobre los avatares del cuerpo y del alma. ¿Cómo explicar sino que nos haga seguir las visicitudes de su organismo y los vaivenes emocionales de su existencia como si fuera un relato de suspenso?


La vertiente autobiográfica de El discurso vacío y La novela luminosa también nos sumerge en paradigmas kafkianos. Levrero es un continuador explícito de Kafka, pero como todo buen alumno, supera al maestro. Su literatura, como las películas de Sandrini, puede hacer reír y llorar. Además, en la narrativa de Kafka no hay salida, en la de Levrero hay espacio para breves momentos de redención. En el año 2000, Levrero recibe la beca Guggenheim para finalizar de escribir una novela que quedó a medio hacer desde los años 80. La novela luminosa, en su mayor parte, es el diario en el que Levrero explica por qué no puede escribir La novela luminosa. El discurso vacío es el diario que escribe Levrero para perfeccionar su caligrafía (y a través de ella, su conducta). Busca un "discurso vacío", que no diga nada, para que su atención recaiga en el dibujo de las letras. Pero Levrero, más que un ser humano, es un narrador, un tipo que puede llegar a momentos de extraordinaria calidad lírica escribiendo sobre palomas muertas o, en el caso de El discurso vacío, la personalidad de su perro. Y, como se sospecha desde la primera página de la novela, el discurso vacío y la autoterapia caligráfica, son arrasadas por el aliento narrativo de un escritor que tenía un concepto místico de la literatura.


A su modo, El discurso vacío es un alarde: "miren lo que puedo hacer con el lenguaje". Ése vendría a ser el grado cero del instinto de un escritor. Un fragmento de La novela luminosa servirá para desentrañar lateralmente este comentario, como si fuera un koan zen. Levrero recuerda el cartel de un establecimiento burócratico: "NO HAGA COLAS INNECESARIAS SI CONCURRE EN EL HORARIO INDICADO EN EL TIQUE -NO ANTES- INGRESARÁ SIN DEMORAS". Después reflexiona: "La verdad es un texto perfecto. No le cabe el menor reproche. La palabra justa en el lugar justo. No, jamás podría haber conseguido yo algo así".


En apariencia, además de saber leer, ciertos autores nos demandan determinados presupuestos. Estéticos. Morales. Coyunturales. Sin eso que está por fuera del texto (y nos convierte en "entendidos"), pareciera que no podemos aprehenderlos del todo. Para leer a Osvaldo Lamborghini hay que contar con la superstición de que es un genio. Para leer a Aira debemos conocer el resto de su obra. La poesía de Alejandra Pizarnik es indiscernible de su biografía. Estas nociones son tan engañosas como suponer que hay "música para músicos" (Zappa, Miles Davis), pero no por eso menos verdaderas. Buda (o Borges) enseña que en el fondo del mar hay una tortuga y una ajorca. Cada 600 años, la tortuga asoma la cabeza. Ser un hombre es tan raro como que la tortuga calce la cabeza en la ajorca. Tal vez con intuir inconscientemente esa rareza que es vivir y estar en el Planeta Tierra alcance para leer a Levrero. Porque es fácil escribir "difícil" y ser un genio. Incluso ése es el truco de los garcas del neobarroco. Pero escribir, que te pueda leer una chica bronceada en la playa y ser un genio, ahí se complica.


Los libros de Levrero son extraños y provocan reacciones extrañas. Hay una página de facebook en la que sus lectores, como si fueran fans de Harry Potter, realizan encuentros para juntarse y conversar sobre sus libros. Yo quiero ir. Porque si hay algo ligado a la lectura de Levrero es el impulso de hablar con alguien que haya leído lo mismo que uno y decir: "Este tipo es genial". Imaginen al primer individuo que leyó La Biblia. Ese deseo por compartir algo que podía cambiarla la vida a miles de hombres en el mundo.


A diferencia de Bolaño, un autor con una pulsión romántica de la escritura que te llena de ganas de escribir cuando terminás de leer sus novelas o cuentos, la estela que dejan los libros de Levrero es amarga. En primer lugar, no dan ganas de escribir más, puesto que si ya lo hizo Levrero y tan bien, ¿para qué? Como dice Aira de Osvaldo Lamborghini, nos tienta afirmar sobre el uruguayo: "La pregunta primera y última que surge ante sus páginas, ante cualquiera de ellas, es: ¿cómo se puede escribir tan bien?". En el caso de Levrero esto es verdad. Por otra parte, terminar un libro de Levrero supone el final de una felicidad íntima. Grandes y banales tristezas del sujeto posmoderno: el último episodio de una serie, el descenso de tu equipo de fútbol, terminar un libro de Levrero.


Algo que tal vez no deba ser dicho en una reseña con algún tipo de pretensión crítica es que uno lee a Levrero y se siente acompañado. Pero como ésta no es una reseña con algún tipo de pretensión crítica, lo digo: nunca nos sentiremos más acompañados como lectores (como sujetos, como seres humanos arrojados a un mundo caótico y doloroso) que cuando leemos a Levrero. Porque fuera de las imposturas intelectuales de la hermenéutica, ¿qué satisfacción mayor que no sentirnos solos puede otorgarnos la literatura?

martes 13 de septiembre de 2011

El músico de rock argentino y la tradición

Queremos algo. No lo conseguimos. Ésa es, más o menos, la historia de la vida. De ahí que la crítica, generalmente, entienda las novelas de Kafka (El Proceso, El Castillo, América) como alegóricas: el núcleo de su argumento refiere la búsqueda de un deseo continuamente neutralizado por una serie de postergaciones infinitas. Pero también llega el día en que atrapamos eso que se nos escapaba cual puntero derecho habilidoso y rápido. Imaginen que K. llega al Castillo. Para situaciones como ésas existe un proverbio chino: "Cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir". Se fue el jefe de vacaciones y te hiciste cargo de la oficina. Finalmente, te levantaste a la chica que te gustaba desde la primaria. El tío millonario se murió y te dejó la herencia. ¿Y ahora qué? Esto lo aprendemos de chicos en la calesita. Nos enseñan a buscar la sortija pero nadie nos dice qué hacer una vez que la tenemos en la mano. La verdad es que la sortija es fea. La sortija es pesada. La sortija no sirve para un carajo. Lo que debería hacer el hipotético niño es agarrar la sortija y metérsela en el orto a sus padres: ¿por qué lo obligan a competir por un pedazo de madera?, ¿por qué lo suben a una nave que da vueltas sobre su propio eje?, ¿lo quieren marear? Bueno, tal vez le estén explicando que la vida siempre será eso: dar vueltas en una calesita que no va a ningún lugar con tus viejos indicándote qué hacer aunque ni ellos saben de qué están hablando.


Algo de eso pensé mientras escuchaba el nuevo disco de Gonzalo Aloras. Se llama Doce. Su música remite, claro, a la tradición más prestigiosa de los solistas del rock argentino. Su disco anterior, incluso, fue un homenaje a Nebbia, Spinetta y García. Los artistas a los que admira le retribuyen su cariño invitándolo a tocar en sus bandas, participando en sus discos (en éste se cuentan Nebbia, Spinetta, Páez y Juanse; en Algo Vuela, Charly García) y recomendando su música. Las canciones que hace Aloras son interesantes. Calificarlas según mi gusto personal es innecesario. Si me preguntan, algunos temas me agradan y otros no, pero en general, Doce es un buen disco. Armónica y melódicamente ameno. Desde el punto de vista lírico, no ofrece mayores hallazgos. Es un pop rock sofisticado al que, en el panorama actual del rock argentino, probablemente le cueste encontrar su público. Lo conveniente es que cada uno escuche y saque sus propias conclusiones. La crítica objetiva no existe. Lo que me parece bueno a mí, le puede parecer malo a usted y: ¿quién podría afirmar que uno de los dos esté equivocado? Claro que con ideas de este tipo se acabarían las reseñas de discos, películas y libros. Las personas escucharían, verían y leerían lo que quisieran, no lo que alguien supuestamente esclarecido les dice que está bien escuchar, ver y leer. El Planeta Tierra, entonces, dejaría de ser la segunda marca de un mundo perfecto. Pero ni yo mismo me creo estas consideraciones, así que vayamos a lo que nos interesa: ¿qué hacer con la herencia?


J.J Abrams rinde homenajes. Osvaldo Lamborghini se dedicó a la parodia. Aloras, por ahora, invierte. Se da algunos gustos. Pero por momentos sucede que los temas con músicos invitados parecen más de los invitados que de él (especialmente "Irán", con Fito Páez). Y que él mismo es el guitarrista invitado de su propio disco. Evidentemente le están pasando la posta. La herencia que posee todos los ahorros de buena parte del rock local. Y aquí se fríe la verdad de la milanesa: ¿cómo meterle la sortija en el culo a Spinetta cuando el tipo se pega un viaje hasta el estudio de grabación y canta con vos "Que los cumplas feliz"? La primera generación del rock argentino no tenía esta preocupación: ellos mismos fueron pioneros. Para pegar el salto debían romper con una tradición extranjera: la de Dylan, la de Lennon, la de los Stones. Pero tenían la tranquilidad de saber que ni Dylan ni Lennon ni los Stones los estarían observando como padres sobreprotectores cuando se les diera por mezclar el rock con tango, folclore, poética tanguera o bossa nova. Se dirá que Nebbia, Spinetta o Javier Martínez le dieron vuelta la cara a una tradición de música nacional autóctona. Es verdad, pero, aunque puede llevarnos toda la vida, siempre es más fácil romper con aquello que rechazamos o queremos dejar atrás. Por eso a quienes tienen "padres piolas" les cuesta tanto irse de casa. Así, con 40 años de rock argentino en las espaldas, los músicos que se reconocen abiertamente en el imaginario poético y musical de determinados referentes, corren el riesgo de ser fagocitados por aquello que veneran. Esta disyuntiva no pertenece, por supuesto, a Aloras, sino, por circunscribirnos a un campo de expresión limitado, a todo el espectro del rock argentino.


Algunas pistas: Federico Peralta Ramos ganó la beca Guggenheim y se gastó toda la guita en una cena para sus amigos. Charlie Feiling escribe sobre el legado de Borges en Miguel Briante y afirma que para lo único que sirven las herencias es para dilapidarlas. Claro, hay que saber cómo, cuándo y por qué.

martes 6 de septiembre de 2011

El tiempo pasa y nos vamos poniendo retros


Hay edades prestigiosas. Los 33, por ejemplo, la edad de Cristo. A los 27, si vivís rápido, dejás un cádaver bonito y morís joven. A los 15, si sos una chica con suerte, te hacen una fiesta. Los 18, la edad en que accedemos a la mayoría de edad. Los 25, la edad en que entendemos que estamos cerca de los 30 y todavía somos unos idiotas. Incluso la crisis de los 40, si uno es Marlon Brando o Ricardo Darín, tiene glamour. Pero hay una franja etaria sin marketing, como un baldío abandonado en medio de la ciudad de nuestra vida. Invisibilizada entre los hits de la infancia y la adolescencia. Me refiero a la pubertad, a ese periodo ni fu ni fa de nuestros cuerpos. Tener 12 años debe ser una de las peores cosas que le pueden suceder a un ser humano. A los hombres les cambia la voz. Las mujeres se desarrollan. O no. ¡Y las dos posibilidades son traumáticas! Comienza a avergonzarnos que nos vean con nuestros padres. Queremos tener sexo, pero no sabemos a quién avisarle (1). No sos un nene. No sos un hombre. Sos "eso" con olor que va a la escuela y comprende, sin que nadie te avise, que la vida es complicada y encima te crecieron pelos por todos lados. Por eso la mayor parte de las películas juveniles están dirigidas a niños o adolescentes: el Mercado conoce exactamente qué ofrecerles. Y también por eso películas como Super 8 terminan siendo vistas por adultos: sus personajes principales pertenecen a la edad infame.


Super 8 trata sobre un extraterrestre que cae en la Tierra y comienza a hacer destrozos. Un E.T pasado de anfetas. Los hechos suceden en el año 1979. La ubicación temporal, entonces, presupone una sentencia melancólica: estamos tan adelantados que la ciencia ficción ya es algo que ocurrió en el pasado. La producción, como todos sabemos, es de Spielberg. Cosa de mandinga: hemos llegado al punto en que Spielberg es retro. Todos a los botes. Como Chesterton a Edward Bentley, el director J.J Abrams parece decirle al espectador modelo: "El mundo era muy viejo, amigo mío, cuando tú y yo éramos jóvenes". Super 8 es al cine actual lo que The Strokes al rock de principios de los 2000: la vuelta a los orígenes. Y siempre el revival presenta la disyuntiva: ¿volvemos al pasado porque somos conservadores o por qué la única manera de ofrecer una perspectiva novedosa es desde la tradición?


Anda dando vueltas otra película sobre la pubertad, el despertar sexual, los primeros conflictos con los padres. Es inglesa, del año pasado y se llama Submarine. La banda sonora es perfecta y está compuesta por Alex Turner. Es una comedia grave, sofisticada, de humor inteligente. Decir que la viste o enterarte de su existencia, te coloca en un lugar de privilegio. Per se. Al contrario de Super 8, entra más por el intelecto que por el corazón. Pero no quiero hablar mal de Submarine para resaltar las bondades de Super 8. Incluso Submarine es muy buena. Entiendo que hay veces que como consumidores culturales no sabemos lo que queremos. O creemos que sabemos pero en realidad fuimos influenciados por cierta inteligentzia que formatea nuestros gustos para hacernos parecer cool ante la gilada. Entonces decimos que nos gustan las canciones sin melodías. Los libros que no se pueden leer. Las películas con tres líneas de diálogo. No digo que los productos artísticos que intentan subvertir los paradigmas estéticos canónicos sean desechables, sino que la repetición de ciertas características formales supuestamente avant-garde genera una fórmula tan repetitiva y monótona como la del cine pochoclero por excelencia. En ese contexto, Super 8 es un Oasis de emociones en el desierto. El espectador debe firmar el pacto que le ofrece el creador de Lost y entrar en contacto con el tercer tipo. Pero también con el grupo de amigos, la chica linda y esquiva, la aventura, el amor, el misterio. ¿Qué más queremos en la vida? Ni más ni menos, lo mismo que a los 12 años.


(1): Bueno, eso es algo que puede ocurrir a cualquier edad.

lunes 5 de septiembre de 2011

Fiesta Psicofango

Sábado 10 de septiembre
21hs. PUNTUAL!!!
Espacio la Bicicleta
Falucho 4466

Invitación abierta!!!
Bono contribución $5.-

Música en vivo ---> Leaving Moscú
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Fotografías ---> Mara Sosti
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Expone ---> Maria Alejandra Estifique
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LOS LECTORES:

Alejo Salem
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Nicolás Pedretti
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Gabriela Cancellaro (Bs. As.)
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Maximiliano Provenzani (Bs. As.)
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Lucía Giacondino
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Pablo Roset (Bs. As.)
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Martín Zariello
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