viernes, 22 de mayo de 2015

River/Cruzeiro. Ida



El amargo 0-1 ante Cruzeiro actualiza el estado futbolístico de River después del fiasco de la trilogía. La verdad es que River es un equipo en transición desde fines del año pasado (cuando ganó la Sudamericana ya lo era). Pero si hasta hace poco todavía hacía muchos goles y generaba circuitos de juego (esporádicos pero existentes al fin) ahora llegar al arco contrario constituye una proeza.

Después de la goleada aplastante contra Banfield (un espejismo a esta altura) River jugó seis partidos de los que perdió tres, empató dos (uno por la mitad) y ganó uno. La sequedad ofensiva es tan alarmante que en esos seis partidos pudo marcar sólo un gol y de penal. Ante la ausencia de juego River se acostumbró a imponerse a la fuerza, con iguales cuotas de fortaleza de espíritu y brusquedad. La forma incómoda en que se definió la serie ante Boca parece haber vaciado al equipo incluso de esa energía alternativa que le permitió sobreponerse a situaciones similares. No hubo envión anímico ni revitalización de algún tipo después del fallo de la Conmebol. La eliminación “de escritorio” sufrida por Boca supone un atisbo de justicia poética luego de su polémico ingreso a la Copa; podríamos suponer que el pase a cuartos de River, por las mismas vías, hoy parece condenarlo de antemano. No sólo el equipo se mostró apagado sino también el hincha, como se encargó de remarcar Niembro durante toda la transmisión, casi con el detallismo con que James Ballard describía accidentes de coches en Crash. River eliminó a Boca en la cancha, pero lo hizo consciente de sus limitaciones, concentrándose más en neutralizar al rival que en proponer juego.

Desde el principio Cruzeiro ubicó a sus centrales muy cerca de la mitad de la cancha y dificultó la salida de River encarnando así una nueva venganza del pressing. Desde su formación el equipo de Gallardo se asumió como un equipo vertical sin pretensiones de poseer el balón: Mora y Teo arriba y Vangioni y Mamanna (de excelente partido pese a la falla en el gol) sumándose a los avances de Sánchez y Martínez. Para que ese planteo funcione debe haber una efectividad y una resolución en velocidad que River está cada vez más lejos de tener. Por algo se pasó la primera fase de milagro y contra Boca fue de punto. Antes Sánchez otorgaba despliegue y gol. Ahora se dedica a embarullar las jugadas, atascado en una posición intermedia que no le sirve ni a él ni al equipo. Rojas, el corazón secreto del mediocampo, el eslabón perdido entre la sobriedad de Ramón y la explosión de Gallardo, está en el banco pronto a tomarse el palo al Santos de Brasil. Es cierto que River tuvo algunas chances de gol pero más bien de atropellada, sin ninguna clase de claridad.

Si el primer tiempo aunque sea contó con algunos destellos que, con mucho optimismo, permitían la esperanza, el segundo fue la confirmación de los peores presagios. El partido se empantanó y la posibilidad de un gol a favor se fue alejando cada vez más. De hecho lo más parecido a un gol fue una pelota que Vangioni sacó en la línea.

Gallardo reaccionó e hizo algunos cambios que no cambiaron el panorama en absoluto. El reemplazo de Pisculichi por Martínez, sin querer queriendo, dice mucho de lo que es hoy River. Martínez le había ganado el puesto a Pisculichi porque su desparpajo le otorgaba un poco de aquella “frescura” perdida al equipo; pero desde que es titular sus actuaciones fueron involucionando tanto que ahora da la impresión de que Pisculichi debe volver a ser titular aunque todavía no recuperó ni el diez por ciento de su nivel. Cavenaghi (por Mora) y Mayada (por Ponzio) tampoco dieron vuelta la tortilla. Cruzeiro, que parece estar a años luz de los equipos brasileros que habitualmente nos aterrorizaban, aprovechó el cuelgue de River y hasta pudo ganar por dos goles.


La vuelta en Brasil se percibe complicada. Un pase a semifinales, a jugarse a fines de julio, pertenecería a otra dimensión. Ganar por dos goles para un equipo con semejante imposibilidad ofensiva sería una hazaña. O sea: es un partido que arrancamos a jugar desde la perspectiva de Los Pumas. Y Los Pumas casi siempre pierden. Debe existir un progreso muy marcado para que eso ocurra. Mientras tanto, las secuelas de la trilogía inconclusa sólo estimularon el fanatismo bobo de las dos parcialidades. ¿Será el básquet tan apasionante como dicen?  

domingo, 17 de mayo de 2015

Los muchachos de antes no usaban arsénico


Los famosos acontecimientos ocurridos en la Bombonera el pasado jueves, interpretados casi por todos, incluyéndome, como tragedia social y cívica de una Nación en bancarrota existencial de aquí a la eternidad, ya se fue, por decirlo de un modo sofisticado y como no podía ser de otra forma, al carajo. Tal vez desde el mismo momento en que lo interpretamos como tragedia social y cívica de una Nación en bancarrota existencial, etc.

Por redes sociales y medios de la web comenzaron a circular fotografías históricas de jugadores de Boca y River abrazados en plena cancha acompañadas por leyendas del tipo “Antes el fútbol era así, amor y paz, y ahora mirá en lo que nos convertimos, Cacho”. Ok, Cacho asiente y mira por el gran ventanal de una pizzería en la calle Corrientes. Con ustedes la secreta ideología del costumbrismo, con sus dosis exactas de melancolía y resignación, apoderándose de nuestra subjetividad, viendo un locus amoenus donde sólo había mierda o algo muy parecido.   

Las imágenes tienen, casi por protagonista absoluto, a Riquelme. Riquelme y Aimar abrazándose. Riquelme y Aimar riéndose. Riquelme festejándole el gol en la cara a Ramón Díaz en la Bombonera. Debo haberme equivocado porque creo que hasta hace muy poco Riquelme era apenas un gran jugador con serios problemas de comportamiento y el vestuario de Boca se había visto notablemente confortado con su ausencia.

Las relaciones entre emblemas de River y Boca se debieron a amistades muy puntuales. Casi siempre de jugadores que, más allá de los colores, se sentían cómplices en su manera de jugar al fútbol: Maradona y Francescoli, Riquelme y Aimar. Ramón Díaz tiene la extraña habilidad de llevarse bien con dos archienemigos: Riquelme y Aimar. Realmente daba gusto, aun cuando se lo sufría, ver que Riquelme le podía festejar un gol a Ramón Díaz en la cara y Ramón Díaz podía entender la broma y reírse también. Sí, era genial, pero era un archipiélago muy alejado del Continente del fútbol. Como un flash de lo que debería ser y no es. Más que Riquelme y Aimar el Superclásico era Giunta y Hernán Díaz.


Antes, en fin, no pasaba nada mucho mejor de lo que sucede ahora. El fútbol nunca fue un espectáculo ecuménico, donde los habitantes de todo el mundo, sin distinciones, se unían en una comunión sagrada. Quien diga lo contrario perdió la memoria o no le prestó atención al fútbol jamás. En los 90, por ejemplo, un hincha de Boca podía festejar la muerte de dos de River frente a las cámaras sin ninguna clase de remordimiento. También los hinchas de River ejercían la xenofobia sin que absolutamente nadie pusiera en tela de juicio las resonancias culturales de tales prácticas. Los vínculos entre política, dirigencia y barras eran los mismos de ahora. En todo caso antes no existían las herramientas de comunicación para expresar durante 24 horas todo lo que se nos ocurre sobre fútbol. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio III


El mensaje omnipresente que sugirió el hincha de Boca durante la semana, aunque sea en foros del Club y redes sociales (replicando de esta manera su famoso “sentir”) es que si el partido no se ganaba, se iba a armar quilombo. Se trata de una amenaza institucionalizada en el universo del fútbol: si los jugadores no se pueden hacer cargo existe una ley implícita que le otorgaría a los hinchas (el jugador número 12) la potestad para intervenir en el partido. Es uno de los hits del “folclore del fútbol", tal vez el principal, el que más tiempo estuvo arriba en los charts: la creencia de que el fútbol no es tanto el enfrentamiento entre dos equipos que juegan a ese deporte, sino el enfrentamiento entre dos hinchadas. Ayer los hinchas de Boca (los diez o los diez mil, no importa cuántos fueron) se convirtieron en lo que siempre fingieron ser. Era mejor cuando lo fingían, ¿no?  

El hincha de Boca, históricamente, hizo un culto de su hinchada. El año pasado, poco después de perder las semifinales contra River, se enorgulleció de llenar la cancha para festejar, qué duda cabe, el día del hincha. El mensaje era obvio: al hincha de Boca no le importa perder un partido de fútbol, ni siquiera contra River, lo más importante, pase lo que pase, es la hinchada, que siempre alienta y aterroriza a los jugadores del equipo rival, especialmente a los de River, aunque ayer dio la sensación de que ocurrió todo lo contrario. De tanto alimentar al monstruo, el monstruo se los terminó morfando. El estruendoso recibimiento de la 12 pareció perjudicar más a Boca, cuyos jugadores tenían cien kilos de lastre en cada pierna.  

De la misma manera que no sabemos qué hubiese pasado si el partido hubiera seguido, tampoco sabemos si el incidente de la manga se hubiera llevado a cabo con un gol a favor de Boca o, por lo menos, un claro dominio del local al término del primer tiempo. Algunos hinchas de Boca (por lo menos son minoría) echaron a correr la versión de que en realidad intentaron tirar una bengala adentro de la manga y que los policías recurrieron al gas pimienta para reprimirlos. De haber sido así, la historia no cambia nada: ¿acaso tirar bengalas en mangas por donde se trasladan los jugadores del equipo contrario es relativamente mejor que tirar gas pimienta? Las conspiraciones y los manejos turbios son muy atractivos para explicar aquello que nos molesta, pero llegado el caso Yabrán está muerto y, por ahora, Nisman no fue asesinado.  

Veamos: no hay una puta virtud en alentar a un equipo, esa es la estupidez que inventamos para sentir que somos partes de algo que no nos pertenece (de otra forma estaríamos adentro de la cancha); virtud sí hay en los pies de Riquelme y Aimar, por ejemplo. También había virtud en los pies de Francescoli y Maradona. Incluso había virtud en los pies de Manteca Martínez y el Mencho Medina Bello. El problema obviamente no es de Boca, pero no deja de ser paradójico que el Club que siempre hizo hincapié en su fabulosa hinchada sea el que termina pagando las peores consecuencias por ese culto excesivo. Y que justo ocurra cuando a todas luces entre River y Boca había un simbólico intercambio de imaginarios en sus respectivos estilos. Boca, después del hito Riquelme y una década de éxitos deportivos, pareció inclinarse hacia un fútbol más vistoso, con hinchas educados que no insultaban a sus jugadores y equipos con una clara intención ofensiva. River, después del descenso, pareció resignarse a perder sus banderas, con una hinchada que hacía alarde de estar primera en recaudaciones y pedía huevos antes que fútbol. De hecho el antecedente más similar de lo ocurrido ayer sucedió cuando hinchas de River ingresaron a la cancha para pegarles a sus jugadores por estar a punto de descender en instancias de Promoción (cuando ni siquiera se había terminado de jugar el primer partido contra Belgrano).

Del partido en sí se pueden decir muy pocas cosas. El planteo táctico de River fue bastante acertado aunque cada vez le cuesta más progresar en ofensiva. Si a River las cosas le salieron bien principalmente fue porque a Boca todo le salió mal. Desde la tarjeta amarilla automática a Osvaldo hasta la reclusión de Gago entre los dos laterales. Visiblemente afectados por el malhumor del hincha ante la falta de respuestas anímicas del partido de ida, Boca salió a responder a los golpes del jueves pasado pero se olvidó de jugar. El clima del partido era, por instantes, sórdido. En una jugada Pablo Pérez retrocedió unos metros para clarificar la salida y, como pocas veces en los últimos años, La Bombonera se le vino encima. River se fue al descanso conforme con lo hecho pero con la certeza de no haber aprovechado del todo el desconcierto de Boca (de hecho llama la atención lo mal que encaró Boca, tanto futbolística como psicológicamente, esta serie de partidos). El resto es historia.     

Durante mucho tiempo el fútbol sostuvo nuestra vida. Las miserias públicas e íntimas fueron compactadas y comenzaron a aflorar intensamente en cada partido decisivo. Como si el fútbol fuera el conducto fluvial por donde se va toda la mierda de nuestro espíritu. Ahora el fútbol quedó demasiado lejos de lo que proyectamos que es. Como si el significante estuviera en Tierra del Fuego y el significado en La Quiaca. Ir a la cancha es asistir a las inmediaciones de una tragedia: policías con caballos, hinchas reventados que te apuran por unas monedas, corridas, humo. Haber naturalizado esa situación es parte del problema. Sin embargo hay otras cuestiones un poco más incómodas que se relacionan con la subjetividad de los que nos reconocemos aficionados o hinchas de tal o cual equipo. ¿Cultura y poder son esta porno bajón? ¿Puede ser que la culpa sólo sea de aquellos encargados de la seguridad y aquellos encargados de eludirla? ¿Hasta qué punto nuestra devoción desmedida hacia ese deporte no alimenta la violencia? ¿Hasta qué punto toda la “intensidad” discursiva que utilizamos para debatir, en broma o no, con el hincha del equipo rival no estalla en el gas pimienta de ayer o los destrozos en la cancha de River el día del descenso? ¿Hasta qué punto si fuese Gago el de los ojos irritados y las manchas en la espalda yo no hubiese justificado el ataque porque simplemente me parece el tipo más irritante de la historia del fútbol mundial? Algo me hace ruido en la proliferación de palabras del tipo “vergüenza” referidas a un espectáculo del que todos (los que miramos fútbol) somos en alguna medida responsables. Es como si las grandes palabras ocultaran que, más allá de Di Zeo, Angelici, D’Onofrio y los Borrachos del Tablón, hay algo realmente malo en cada uno de nosotros que nos impide disfrutar de una de las cosas que, aparentemente, más nos gustan. No nos merecemos el fútbol. 

jueves, 14 de mayo de 2015

Contra Boca tiene que jugar Alexis Sánchez


Si tuviese la oportunidad de hacer regresar a un ex River para jugar el partido contra Boca elegiría a Alexis Sánchez. Creo que con un jugador como Alexis en el equipo el partido resultaría un poco menos complicado. Quiero decir: Alexis Sánchez es uno de esos jugadores que pueden gambetearte a siete del equipo rival sin haberla tocado en todo el partido.  Aunque sea siempre daba la sensación de que iba a hacer eso. Si el funcionamiento de Alexis Sánchez se limitara a sus arranques, creo que estaríamos ante el más grande jugador de la historia. En River ya no quedan de esos dementes. Pero hay de los otros. Tipos como Vangioni o Funes Mori, que son como esos asesinos profesionales de Tarantino, que no sólo van a matarte, sino que van a disfrutar mientras lo hacen. ¿Cómo les van a sacar una tarjeta roja? Sería discriminación. Estos tipos son víctimas de la sociedad.

Sabemos que el binomio Astrada-Hernán Díaz jamás llegará a la galería de los ídolos, son como la clase baja del chupetómetro riverplatense. Tal vez ganando una Libertadores cómo técnico, pero eso fue en el 2004. Incluso también en el 2005 (River llegaba a semifinales de Libertadores y se consideraba fracaso). Sin embargo allí están como antiguos guerreros pintados en óleos precolombinos mostrando el camino a los más pequeños sobre la forma en que se tiene que agitar el puño contra esos muchachos. Se ganaron el lugar (en la escalera el último escalón) porque, por más que perdieron más de lo que ganaron, contra Boca demostraron cierta actitud acorde con lo que deseaba el hincha (que siempre quiere más, cual femme fatale casada con Franz Kafka). La fibra de Passarella. De los de antes (en la historia reciente) sólo estos dos pegaban como los de Boca. Por supuesto que había más jugadores de River que pegaban pero me refiero a la proyección imaginaria e inmediata que tenemos los hinchas de River para el estereotipo del jugador aguerrido de grandes huevos y mirada tosca y vacía.

La mirada tosca y vacía del binomio Astrada-Hernán Díaz era verdaderamente perfecta. Era algo grave, dramático, le otorgaba a los partidos una inyección de épica instantánea. No sé si en River hay jugadores con esa mirada, más bien asoma la sonrisa macabra de Funes Mori, un asesino serial, de los excéntricos que empezaron a poblar el cine yanqui en los 90. Maidana tal vez sea el de la mirada más tosca y más vacía. Esa sensación temible en la calle: vas caminando y te cruzaste con el tipo equivocado. El binomio también contaba con una característica negativa que los años convirtieron en tradición: la posibilidad, muy cierta, de que los expulsen muy seguido y en los peores momentos posibles.

El binomio Astrada-Hernán Díaz podría ser, tal vez, uno de los nombres más pedidos por los hinchas en una hipotética encuesta que responda a una pregunta absurda: “Si tuvieses la oportunidad de hacer regresar a un ex River (de todas las épocas) para jugar el partido contra Boca ¿a quién elegís?”.  


Creo que los últimos minutos que jugó Astrada con la camiseta de River coincidieron con el secuestro de su padre. Hernán Díaz jugó en el partido homenaje a Ortega. Erró un gol solo frente al arco y los jugadores lo cubrieron con carteles de publicidad. 

domingo, 10 de mayo de 2015

El niño extraviado


Hace unos años se publicó un libro llamado Mi cuerpo es una celda, que compilaba cartas de Andrés Caicedo editadas por Alberto Fuguet como una especie de autobiografía en tiempo real. Después de leer ese libro el lector no podía dejar de pensar en el evidente desfase que había entre el mito de Caicedo y su manifestación terrenal. Por un lado estaba Andrés Caicedo como escritor oculto y mártir de la nueva literatura latinoamericana, un colombiano mezcla de Jesucristo con James Dean. Por otro estaba el Andrés Caicedo que se narraba a sí mismo en esas cartas, un chico sensible de clase acomodada, mantenido por sus padres y con una concepción romántica de la literatura que de tan extrema parece una parodia. Es decir, por un lado el hecho concreto, por el otro una interpretación, muy interesante, por cierto, pero por sobre todo una interpretación. Yendo de la persona a la obra lo mismo sucede con Los Siete Locos. Desde siempre uno leyó (y ahora ve) Los Siete Locos a través del filtro de Piglia, una relectura pop ingeniosa y efectiva que actualiza el contenido de la novela.

Ayer vi el nuevo y definitivo documental sobre Kurt Cobain y me pasó algo parecido que con Caicedo. Montage of heck, dirigido por Brett Morgen con el visto bueno de Courtney Love y su hija, trabaja sobre materiales realizados o protagonizados por el mismo Kurt (dibujos, grabaciones, videos, cuadernos) y los hace funcionar a la vista de todos. Más allá del problema ético que supone exponer la vida íntima de una persona que ya no existe, llama la atención que Kurt, tan reacio a las cámaras, en realidad haya sido un niño al que comenzaron a filmar directamente desde que nació. En el auge comercial de Nirvana Cobain llegó a escupir cámaras en medio de un recital representando de manera explícita su odio visceral a la exposición. Observando la cantidad de material fílmico del propio Cobain hasta se nota la intención involuntaria de continuar la Boyhood que habían comenzado sus padres.

El documental hace hincapié en la vida de Cobain y no en su obra y tal vez allí esté el problema. En la mayoría de los casos, (Cobain y toda la estirpe rockera no son la excepción), las vidas de artistas despojadas de sus obras suelen parecer tan ordinarias como las de cualquiera. Incluso peores, ya que se parte de la base de que se trata de vidas extraordinarias o que de tan ordinarias terminan siendo extraordinarias. Incluso con genios instintivos y salvajes como Cobain pasa lo mismo. Al revés de Thom Yorke que realmente es feo, Cobain parece uno de esos chicos hermosos que se sienten feos para pasarla peor. Y Montage of heck ni siquiera lo trata como a un chico sino como a un niño. De hecho explica su descenso a los infiernos con el cliché psicológico de los dibujos: de las ilustraciones ingenuas del niño hiperactivo al berenjenal sórdido del adolescente hipersensible que no puede digerir nunca la separación de sus padres. La cuestión es que no sólo Kurt Cobain, sino todo niño con cultura rock que se precie de tal empezó con Mickey y terminó dibujando monstruos amorfos acompañados de leyendas supuestamente revulsivas como “Cristo es aborto”. Es como si la enfermedad no declarada de Cobain y muchos de nuestros ídolos fuera la extensión de la adolescencia.  

Hace poco enganché un viejo capítulo de Friends y me di cuenta que mirándolo como un espectador neutral, desconociendo el pacto de verosimilitud que propone la serie, se trataba de personas grandes hablando como los actores de Amigovios. A la distancia es imposible no ver en Friends y en el mito de Kurt emergentes muy marcados de la muerte de la adultez, cada uno, por supuesto, ubicado en uno y otro extremo de la cultura de los 90.   


Más allá del impacto por el material inédito y algunas buenas ideas (la recreación animada de las cintas de Kurt es todo un flash) aunque la intención de Montage of heck es esculpir la figura del ícono lo único que logra es desgastarlo. Mirándolo tan de cerca uno no puede evitar hacerse las mismas preguntas obvias. ¿Para qué hacía anuncios de MTV si odiaba al canal? ¿Por qué hablaba sin un solo atisbo de humor de Nirvana y de sí mismo si se creía tan poca cosa? ¿Por qué se vestía en forma estrafalaria si no quería salir en televisión? Una de las disyuntivas hermenéuticas de la crítica argentina es el abordaje de Alejandra Pizarnik. Están los que la leen desde la perspectiva de la “niña extraviada”, es decir, tras las cortinas de la interpretación mítica y quienes consideran, con Aira, que esa mística creada alrededor de Pizarnik equivale a enaltecer las singularidades de una salud mental en detrimento de toda una obra. Por suerte existen los discos de Nirvana, ¿no? 

viernes, 8 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio II



Si en River la inquietud pasaba por digerir el doble cinco de local la actuación de Ponzio, adelante de Kranevitter y con inclinaciones ofensivas, fue una virtud de Gallardo y un defecto de Boca que no sólo careció de respuestas emocionales sino también de generación de juego.

En los primeros minutos, a pesar del pretendido asedio de River, Boca demostró un mayor control de balón y sin tener situaciones de gol ni profundidad, parecía estar mejor ubicado en la cancha. Pero ante la esterilidad de Boca, River comenzó a poner en práctica no sólo ciertos modismos del karate sino también una presión estructural que Boca no pudo revertir en ningún momento del primer tiempo. Fue un capítulo más de la venganza del pressing. El pressing es al fútbol de los noventa lo que Bret Easton Ellis a la literatura de la misma década. Sin arriesgarse mucho, pero con el equipo más adelantado que en La Bombonera, River inclinó la cancha por prepotencia de trabajo y acumuló, más que nada, una cantidad importante de córners que no fueron del todo aprovechados (aunque por suerte no fueron tan anodinos como los centros al primer palo del querido pero ayer desaparecido Mora). Boca fue un clon de los primeros quince del segundo tiempo en La Bombonera.

Como se presentía luego del primer tiempo, River acusó el desgaste físico y Boca empezó a recuperar juego asociado con un Gago más libre y movedizo y la calidad reconocida de sus mediocampistas. Sin embargo, exceptuando una llegada de Calleri muy clara, jamás pudo filtrarse a través de la defensa de River (cuyo punto más alto fue Maidana) ni lo encontró mal parado de contraataque aprovechando la velocidad de Pavón. Con la entrada de Martínez River recuperó un poco la iniciativa y llegó el penal que Sánchez (de dramático duelo verbal y físico con Gago) eligió patear.

Cuando se habla de “juego” en este partido, tanto para River como para Boca, nos denominamos a situaciones efímeras y aisladas que inclinaron la balanza en el transcurso del partido, casi siempre en forma leve. En el final Teo Guitérrez definió mal solo frente al arquero y se hizo echar absurdamente, arruinando su buen partido (no fue superlativo ni mucho menos pero a lo que venía jugando mejoró mucho).


Como en La Bombonera la diferencia pareció no ser futbolística sino de intensidad. Como si ese plus anímico en realidad fuese el que decidiera quién gana los partidos. El exceso de infracciones de River tal vez pueda deberse a la reacción brutal del “hijo”, cruelmente estigmatizado en los últimos años, que debe jugar no sólo un partido de fútbol sino también una cita con la historia. Daría la sensación de que psicológicamente “el mundo River” no aceptaría perder en instancias internacionales contra Boca y que Boca todavía no se dio cuenta. Esto sería casi como creer que en vez de un partido de equipos de fútbol esto es una lucha de imaginarias fuerzas mentales y cósmicas. En estos días de ebullición superclásica no estaría muy lejos de creerlo. No fue casual la instalación mediática de un punzante caso de traición en el seno del grupo, el mismo que en 2004. Con una salvedad: Sánchez agarró la pelota, pateó el penal y lo hizo. La epiqueó. En ese punto, sin quitarle gravedad al asesinato del fair play, en Boca hay una evidente falta de recursos humanos para no dejarse amedrentar (algo que ya se había visto en los cruces por la Sudamericana el año pasado). La actitud beligerante de River, al borde o en el centro mismo de la conducta antideportiva, se benefició, por un lado, de la permisividad del árbitro y por otro, de la falta de energía de Boca, que se pensó desde el principio como víctima. Recordemos que la hegemonía boquense en Superclásicos iniciada en los 90 tiene más condimentos anímicos y psicológicos que futbolísticos. Esto no le resta virtudes a la pegada de Riquelme o al olfato goleador de Hugo Romeo Guerra, lo que quiero señalar es que River no sólo perdía en el marcador y para las estadísticas sino también en cuanto a espíritu. Ganaba y se lo daban vuelta. Llegaba más pero sufría de contraataque. Buscaba todo el partido y se quedaba sin fuerzas en el final. River parece estar dando vuelta esta dinámica a las patadas (literalmente), lo que contrasta un poco con el estilo de su prestigiosa escuela de juego. Esta versión de River incomoda muchísimo a sus hinchas. Tanto como a los de Boca verse cagados a patadas...  

lunes, 4 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio I


Aunque el 2 a 0 es exagerado con respecto al trámite del partido, el resultado no deja de ser coherente con el funcionamiento que mostraban los dos equipos al llegar al primero de los tres cruces.

El innecesario partido contra Huracán y su consecuente derrota, con el diario del lunes, adquiere otro significado en el sentido de que advirtió que no era el de la goleada a Banfield el River característico de estos tiempos. Decir que es el que perdió contra Huracán también sería injusto, pero sin dudas se le acerca más en rendimientos individuales y juego colectivo.  

Gallardo planteó un partido sin enganche definido (Driussi fue más cuarto volante o tercer delantero invisible) y con un central como lateral por derecha (Mammana), sin embargo la apuesta fue mucho más noble que la del partido de ida de la Sudamericana, cuando jugó de entrada Pisculichi y River, supuestamente, llegaba mucho mejor que Boca.

De hecho cuando lo que se imponía era la entrada de Ponzio (para contener un poco a Boca, revitalizado con la entrada de Gago) mandó a Pity Martínez y Cavenaghi. Sin dudas el gran desperfecto de River, además de la falta de juego (algo que arrastra desde hace mucho) fue en la actitud o en la falta de viveza para leer el partido: no aprovechar o directamente no darse cuenta del desconcierto de Boca de los primeros quince del segundo tiempo. Esa apatía puede deberse a la proximidad del partido del jueves o a la displicencia inexplicable de algunos jugadores claves (la nube de pedos de Teo ya es una tradición consuetudinaria). La única buena noticia del partido es que Kranevitter parece haber recuperado su nivel histórico. El resto deambuló en una medianía intrascendente aunque se podrían rescatar las ganas de Sánchez y Mora y cierta regularidad de Maidana.    

Mientras los cambios de Boca fueron puntualmente determinantes en el resultado final (Gago fue el cerebro, Pavón y Pérez lo definieron), los de River no tuvieron incidencia alguna en el transcurso del partido. A Cavenaghi la pelota no le llegó nunca; Pity Martínez parece haber perdido no sólo la oportunidad de ser titular sino también de transformarse en ese “revulsivo” necesario de los segundos tiempos.

Hay dos datos estadísticos interesantes para analizar el partido. El primero que, aunque por muy poco, River tuvo más posesión de pelota que su archi-rival (53 contra el 47 por ciento), algo extraño teniendo en cuenta el desempeño de Boca de local durante este año. De todos modos el equipo que llegó con más peligro (especialmente en los primeros y últimos 15 del partido) y que mejor se asoció fue Boca, incluso con Lodeiro y Osvaldo lejos de sus mejores versiones. Conclusión obvia: River tuvo la pelota pero nunca supo qué hacer con ella. El segundo dato es sobre la efectividad en los pases, emblema del mejor River de Gallardo: Boca se equivocó en 37, ¡River en 87! Aunque estos números muchas veces no recrean exactamente lo que pasó en el partido, en este caso parecen coincidir con la entrada de Gago y, por ejemplo, el bajo rendimiento de Rojas (aunque caerle al volante de River sería no sólo odioso sino también arbitrario algo de eso hubo).


Aunque de los tres partidos éste era el menos importante ya que no representaba ningún tipo de eliminación (River quedó a tres de la punta en un torneo interminable y perdió el clásico, es cierto, pero en La Bombonera) la sensación es que a Boca, con poco (ya que no fue su mejor partido ni mucho menos) le alcanzó para ganarle merecidamente al mejor River disponible en este momento. La incógnita es saber si River podrá revertir la historia a partir del jueves. La respuesta, amigos, está soplando o flotando (según Rodrigo Fresán) en el viento. Abrazo de gol.     

martes, 28 de abril de 2015

La proveeduría de Dios


Mi tendencia a mirar cualquier tipo de entrevista y creer que allí se encuentra el secreto de la vida ayer tuvo un capítulo más, cuando haciendo zapping me encontré con Facundo Cabral a fines de los 70’ entrevistado en el programa español A fondo, el mismo de las entrevistas a Borges, Cortázar y Di Benedetto, entre otros.

Al igual que con Brian Eno, siempre me dio la sensación de que la obra de Facundo Cabral no estaba a la altura de su personaje. Ayer lo comprobé. Si nos dejamos llevar por su manera de hablar, Cabral debería ser el Bob Dylan de la lengua castellana. Tal vez lo sea y la costumbre del rock nos anule la posibilidad de disfrutar de otras cosas por fuera del género.  

Lo primero que me sorprendió del reportaje fue el look de Cabral. Acostumbrado a su imagen icónica (rulos desbordados, barba y bigote setentosa), acá aparecía totalmente afeitado y con el pelo rapado casi al límite. Su rostro mezclaba al clásico morocho del conurbano, estereotipo de la picaresca argentina, y al Lennon primal de Plastic Ono Band. Por eso no me pareció raro que, entre las muchísimas referencias que hizo, mencionara también a los Beatles.   

Todas las respuestas de Facundo Cabral eran geniales, propias de un iluminado. Cuando le preguntaron por el folclore argentino dijo que Falú era el Yin y Atahualpa el Yang, una conclusión que, cierta o no, podría encantar a las juventudes hipsterianas.

Los tres grandes maestros de Cabral: Walt Whitman, Atahualpa y Borges (con quien conoció la metafísica).

Sobre Macedonio Fernández contó una anécdota: todos los días escribía poemas y los quemaba porque lo contrario sería desconfiar de la proveeduría de Dios. Cuando le preguntaban por qué los quemaba respondía “Dios proveerá”.

Todo el discurso de Cabral estuvo matizado por un coctel de distintas filosofías (zen, oriental, cristiana) capaz de realizar vueltas de tuerca a cualquier razonamiento lógico fundado. El resultado fue lo más similar que escuché a una autoayuda que, aun valiéndose de lugares comunes y clichés, puede funcionar. ¿Por qué? ¡Porque lo dice el fucking Facundo Cabral y no Stamateas! Por ejemplo, en vez de decir que su padre lo abandonó a los seis años, Cabral repitió varias veces que su padre “perdió el camino de vuelta a casa” cuando él tenía seis años.

Cabral dijo que antes sus canciones denunciaban las cosas que odiaba pero que después se dio cuenta de que si hablaba de lo que no quería, sus oyentes, en vez de conocerlo a él, sólo iban a conocer a sus enemigos. A partir de ese momento empezó a cantar sobre las cosas bellas de la vida.    


En determinado punto de la entrevista Cabral tomó un vaso con agua y lo elevó. Cuando todo hacía pensar que se iba a referir a la eterna disyuntiva sobre el vaso medio lleno o medio vacío, dijo: “Algunos pueden pensar que en una de mis dos manos tengo un vaso lleno de agua; otros pueden pensar que una de mis dos manos está ocupada y no la puedo utilizar”. Claro, pensé, ¡lo importante no es el vaso, es la mano! Nunca se me había ocurrido pensar así. 

jueves, 23 de abril de 2015

Conducta del loco Ben Mendelsohn en cuatro películas


Sin planearlo vi cuatro películas seguidas en las que aparece el actor Ben Mendelsohn. De hecho si hubiese querido planearlo no hubiera podido: no conocía a Ben Mendelsohn hasta que lo vi en cuatro películas seguidas y busqué su nombre en Google.

La primera fue Exodus: Gods and Kings. Ridley Scott fue bastante criticado por esta recreación del mito bíblico. La película fue acusada de las peores maneras. “Aburrida”, “cautelosa”, “solemne” y “demasiado extensa para ver teniendo una vida más o menos interesante” fueron algunos de los calificativos más positivos, sin embargo yo la disfruté mucho. Scott configura la historia de Moisés (Christian Bale; esta vez no bajó ni subió de peso, sólo se dejó la barba) desde un plano realista en las que el componente religioso, sin estar neutralizado, finalmente cede ante las vicisitudes políticas y sociales. La separación de las aguas, por ejemplo, es más un fenómeno meteorológico que un acontecimiento sobrenatural. Al igual que el Cristo de Scorsese, el Moisés de Scott es intervenido por una divinidad pero no sabe exactamente por qué ni con qué fin. En algunas escenas habla con Dios (personificado en un niño que sólo él puede ver) y uno de sus aliados lo espía como si fuera un auténtico esquizofrénico. Mendelsohn interpreta a Hegep, el encargado de la ciudad a la que fueron confinados los hebreos, un libertino amanerado que practica el mal con mucha pasión. La debilidad de Ramsés II (Joel Edgerton), convierte a Hegep en el verdadero villano de la película. La actuación de Mendelsohn es correcta pero no pasará a la historia.       

La segunda película en la que apareció Mendelsohn se llama Black Sea. El protagonista es Jude Law. Hay algo noble y edificante en el galán que se está quedando pelado y en vez de correr a la tienda de entretejidos más próxima, aprovecha su calvicie para sacar chapa de buen actor. Black Sea tal vez no sea la mejor oportunidad para tal apuesta pero el intento es bienvenido. Al igual que la del gran Ridley, Black Sea no despertó gran entusiasmo en la crítica. Esta vez los calificativos recorrieron el arco que va desde “trillado” hasta “mediocre”. El problema, como casi siempre, pasa por las expectativas. Black Sea se ubica en el famoso subgénero “película de submarino” y como tal cumple inmensamente con todo lo que esperamos de una película de submarino: rusos, complicados túneles oceánicos, un tesoro, más rusos. Para todo lo demás está Xavier Dolan. La misión del submarino clandestino, capitaneada por nuestro amigo Law, es encontrar un tesoro nazi hundido, por supuesto, en el Mar Negro. Ahora que la describo entiendo perfectamente porque a nadie le gustó la película. La tripulación es un cóctel que, al decir del Indio Solari, no se mezcla solo: un grupo de yanquis y rusos que naturalmente se odiarán y rápidamente se asesinarán. Mendelsohn hace de Fraser, un buzo experimentado que usa vincha, el más loquito de los yanquis. En esta película ya empecé a entender que Mendelsohn  suele ser requerido para hacer papeles de ese tipo: loquitos, casi siempre peligrosos pero un poco simpáticos. Hay algo en la actitud corporal de Mendelsohn (su pelo desgreñado, su mirada, su andar desgarbado) que lo confina, tal vez dramáticamente, a estos papeles.     

De la misma manera que nos caen bien los galanes que muestran su calvicie con orgullo, casi sacándose de encima el lastre de ser el más lindo, ¡casi cortándose las alas, casi, en un alarde de riesgo innecesario, tirando por la borda todo lo que los hizo ser quienes son!, nos caen irremediablemente mal los galanes que, no contentos con ser galanes, quieren ser directores de cine. Y no sólo directores de cine sino directores de cine de culto. Sin embargo hay excepciones. En este caso se trata del adorado Ryan Gosling, probablemente el hombre que más humedeció entrepiernas de mujeres en los últimos cinco años. La película se llama Lost River. Si les pareció que la crítica había sido excesivamente lapidaria con Exodus y Black Sea no querrán saber, siquiera imaginar, cómo le fue a Lost River. Acertaron: como el culo. Esta vez los calificativos incluyeron los hirientes “ridícula”, “presuntuosa” y “bluff”. El gran error de Gosling fue creerse tan canchero como para reproducir el clima opresivo y onírico de Lynch y mezclarlo con la sordidez marca Cronenberg y salir ileso. Y es verdad, por momentos Lost River parece surrealismo para dummies, aunque sería interesante hacerse la pregunta que nadie se hizo jamás por miedo a que los fans de Spinetta nos enojemos: ¿a quién carajo le gusta el surrealismo?, ¿por qué se cree que algo surrealista es naturalmente bueno?, ¿de dónde viene el prestigio del surrealismo? En todo caso Gosling hizo una película surrealista a la que se le ven los hilos, algo así como una de Lynch pero con Lynch cuerdo, y no está nada mal. En un barrio en proceso de destrucción por órdenes municipales, una familia (encabezada por la colorada de Mad Men) resiste al borde de la indigencia absoluta. Uno de los hijos de la colorada, Bone, se dedica a robar cobre y se mete en problemas con un matón delirante que suele cortarle los labios a sus enemigos. Mientras tanto la colorada consigue trabajo en un boliche en el que se representan shows de gore. El dueño del local gore es Dave, el magnánimo Ben Mendelsohn, a quien a esta altura ya empecé a admirar en forma definitiva. Dave es sordo, libidinoso y canta como Leonard Cohen. Termina con un cuchillo clavado en uno de sus oídos. Parte de la ciudad en que se desarrolla la historia quedó bajo el agua y Bone tiene que sacar la cabeza de la estatua de un dinosaurio para que termine la maldición que acecha a sus habitantes. Nuevamente describo la película y estoy de acuerdo con todos los calificativos lapidarios.     

La última de las películas en las que apareció Ben Mendelsohn se llama Starred Up. La crítica la celebró en forma unánime así que no es divertido repasar los calificativos que le dedicaron. Al igual que Black Sea, Starred Up pertenece a otro subgénero remanido, “la película de cárcel”. Un joven delincuente con una asombrosa facilidad para cagar a palos a todo el mundo ingresa a una cárcel de máxima seguridad donde también se encuentra recluido su padre, interpretado por quien probablemente sea el mejor actor de la historia, sí, el gran Ben Mendelsohn. El punto de la película es el flujo de tensiones entre el padre y el hijo, el hijo y el sistema carcelario, el hijo y el psicólogo progresista, el padre y el psicólogo progresista, el hijo y el grupo de pacientes del psicólogo, el psicólogo y las autoridades de la cárcel, las autoridades de la cárcel y el sistema carcelario (que no necesariamente son lo mismo) y la película y el espectador.

Ben Mendelsohn es australiano y tiene 46 años. No conforme con estar en todas las películas que miro, también estará en la nueva de Star Wars Episodio VII. Actualmente forma parte del reparto de Bloodline, una serie de reciente estreno de la que sólo pude soportar el primer capítulo. Ahí también hace de loquito.  


martes, 21 de abril de 2015

En algún momento de nuestras vidas todos leemos a Juan Forn


Antes de leer La tierra elegida sabía de Juan Forn que:
-tenía un cuento llamado “Nadar de noche” que por haber formado parte de McOndo se convirtió en algo así como un emblema de la literatura de principios de los 90’;
-escribe en la contratapa de Página 12 los viernes y cada tanto sus fans se enloquecen en las redes sociales posteando sus textos;
-Fogwill, cómo no, se enojó con él porque le corrigió una novela;
-y, por supuesto, se fue a vivir a Villa Gesell (cada nota sobre Forn menciona hasta dos y tres veces que se fue a vivir a Villa Gesell).

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La tierra elegida es un libro publicado en marzo del año 2005, es decir que por estos días cumplió exactamente diez años. Sin embargo es totalmente actual. Esta apreciación parece una broma o algo peor (una pelotudez) pero no lo es: por cuestiones relacionadas con el paso consciente del tiempo es más probable que mantenga su actualidad un libro de hace cien años (al que ingresamos sabiendo este detalle) que uno de diez (del que fuimos contemporáneos y creemos que está a la vuelta de la esquina).  

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Es verdad, hay cierto facilismo en la idea de escribir un libro de ensayos sobre el rock o sobre Ortega, Cerati y Justin Bieber: cualquiera sea el resultado, ese tipo de temáticas garantiza algún tipo de lector, tal vez uno solo (tal vez su propio autor), pero lo tiene. El eje programático de Forn (probablemente el mismo de sus notas en Página, algo que no sé porque no las leo) es menos demagógico y más arriesgado. Como Borges en Otras Inquisiciones, en vez de escribir sobre los temas que habla la gente, inventa temas para que hable la gente.

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Llegado este punto debo decir por qué recién ahora que me encontré de casualidad con La tierra elegida (libro de Juan Forn, que se fue a vivir a Villa Gesell) empecé a leer a Juan Forn (que se fue a vivir a Villa Gesell): porque no se puede leer a todos. De la misma manera que no se puede escuchar a todos ni ver a todos. Esto es algo dramático que el espíritu de los tiempos ha olvidado o barrido bajo la alfombra. Todos deberíamos repetir, como Bart en el pizarrón e incluso como Nacha Guevara con pinta labios frente al espejo: no puedo leer todo, no puedo escuchar todo, no puedo mirar todo.   

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Reparación intertextual para quienes no vivieron los 90: en la presentación de su programa Me gusta ser mujer, que emitía ATC a principios de los 90, Nacha Guevara, en bata o camisón, escribía en el espejo “Me gusta ser mujer” con pinta labios o lápiz labial. La letra, compuesta y cantada por la propia Nacha, llegaba a su clímax cuando decía: “Si es necesario errar para aprender/ iré abriendo caminos sin miedo de caer”, algo con lo que, sin dudas, todos podemos sentirnos identificados. Como verán, los 90 no fueron tan malos.    

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Evidentemente en ese intersticio que separa el ensayo del artículo periodístico se pueden encontrar algunas de las prosas y mentes más atractivas de los últimos años. Esa hibridez, esa imposibilidad de etiquetar, quizá, esa misma que hace que Daniel Melero sea demasiado cursi para el rock y demasiado complejo para el pop. Si no saben de lo que hablo, a las pruebas me remito:
-Los libros de la guerra, Fogwill.
-Ensayos Bonsai, Fabián Casas.
-Hablemos de langostas, David Foster Wallace.
-Borges en Sur, Borges, claro.
-La tierra elegida, Juan Forn (que se fue a Villa Gesell).

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Llegado ahora el punto de hablar propiamente del libro de Juan Forn que tanto disfruto (porque el placer que provoca obliga a recomendarlo incluso antes de terminarlo) ya no tengo ganas de seguir escribiendo. ¿Será que soy una víctima de los tiempos y estoy incapacitado (por no decir discapacitado que está prohibido) para sostener mi atención en una sola cosa durante más de treinta minutos? ¿Será que pensé demasiado en Nacha Guevara y ya no hay vuelta atrás? ¿Será que quiero seguir leyendo La tierra elegida? Lo cierto es que en poco menos de cien páginas (y todavía faltan ciento sesenta más) aprendí muchas cosas:

Cosa número uno

La historia real del libro de conversaciones entre Gustav Janouch y Kafka y la maravillosa frase que éste último le dijo en uno de sus encuentros: “Vivimos en una época tan poseída por los demonios que pronto sólo podremos practicar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad”.

Cosa número dos

Los entretelones de las edificaciones monumentales e inquietantes que Francisco Salamone construyó durante la década del 30 en pueblitos pampeanos de la Provincia de Buenos Aires. El texto por momentos parece un buen cuento de Borges. Forn cuenta que mientras Bustillo tardó 10 años en remodelar la Bristol, Salamone, en el mismo lapso, alcanzó a edificar todos los cementerios, mataderos y municipios que irrumpen violentamente los mencionados pueblitos. Es imposible no ir por la contrafáctica e imaginar una Bristol craneada por Salamone.

Cosa número tres

La existencia de un supuesto libro de Leonardo Da Vinci, el Codex Romanoff, donde el genio cuenta la intimidad de alguno de sus proyectos, como la correcta composición de un sándwich.

Cosa número tres y cuatro

La existencia de una frase de Kierkegaard (que Forn recuerda mientras vindica a García Márquez): “el pequeño problema de la vida es que hay que vivirla para adelante aunque sólo se la entienda mirando para atrás”. En el mismo texto, mientras analiza su autobiografía, Forn cuenta que García Márquez sólo pudo leer el Quijote cuando atendió al consejo de Álvaro Mutis: instalar el libro en la repisa del inodoro y usarlo como purgante.

Cosa número cinco

La existencia de Albert Speer (sin el que probablemente no hubiese existido Salamone), capo del nazismo (creador de su estética y, según dicen, responsable de que la guerra haya durado dos años más), el único que se declaró culpable en el juicio de Nüremberg.   

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Si quieren saber más cosas formidables, sigan leyendo La tierra elegida, un libro ameno, feliz y melancólico, sin estridencias, por momentos genial, como deberían ser todos los libros, ¿no?   


lunes, 13 de abril de 2015

El sistema de Guillermo Vilas


El sábado, antes de ir al FILBA, enganché en YouTube una entrevista a Guillermo Vilas. Participar de cualquier evento público me pone en una situación incómoda y buscaba un poco de distracción pero me encontré con una verdadera clase de filosofía.  

Yo admiro a Vilas desde hace unos años cuando me enteré de que había decidido que toda su ropa sea negra para no perder tiempo en elegirla. Alguien que piensa en ese tipo de cosas, además de tener dinero y tiempo para preocuparse por boludeces, sabe más que el resto de los mortales.

En la entrevista Vilas contaba anécdotas de su vida marplatense que a mí me parecieron propias de una novela iniciática. Algunas de las escenas que relataba no apuntaban a un punto específico pero se acercaban a esas enseñanzas orientales algo misteriosas, en las que el sentido, en vez de ser unívoco y direccionado, tiene tantas ramificaciones como receptores que lo escuchan.

Por ejemplo un día Vilas, siendo un niño extraño y curioso, sale a recorrer la ciudad en su caballo y comienza a seguir al sol, que lentamente va desapareciendo en el horizonte. De pronto anochece y cuando se da vuelta no sabe cómo volver a su casa. Pasa unas horas perdido hasta que reconoce la copa de unos árboles y, guiándose por ese detalle, puede volver.  

Es increíble que nadie haya querido hacer una película con la vida de Vilas. De hecho podría empezar con esa escena.

Vilas era hijo de padres excéntricos y escribía poemas desde chico.

En la adolescencia Vilas caminaba por el centro de Mar del Plata y vio una cola llena de gente rara. Entró y tocaba Pescado Rabioso. David Lebón estaba vestido de mujer y sus amigos se fueron espantados. Pero Vilas se quedó y amó a Spinetta al instante, tanto es así que después fueron amigos (es el padrino de Dante) y grabaron un disco en Estados Unidos, Sólo el amor puede sostener, que tiene un tema con letra del propio Vilas: “Niños de las campanas”. Vilas y Spinetta estaban convencidos de que podían ingresar al Mercado yanqui pero les salió todo al revés. Hoy ese disco es considerado el único desliz artístico de Spinetta y ciertas corrientes de la ortodoxia spinetteana suelen ocultarlo de su discografía. Otras corrientes de la misma religión afirman que el disco es una rareza de culto cercana a la brillantez.  

En determinado punto de la entrevista, y esto es lo que más me interesó, Vilas contó algo que me llamó la atención: dijo que era un tímido crónico pero que con el tiempo había desarrollado “sistemas” (así los llamó) para contrarrestar la timidez. Vilas tiene fama de soberbio así que me despertó mucha curiosidad pensar que en realidad, detrás de esa capa de autosuficiencia notable, se escondía alguien inseguro y dubitativo.

Para representar su timidez Vilas contó que una vez tenía que ir de Balcarce a Buenos Aires y el dueño del auto en el que viajaba cerró la puerta y le apretó los dedos de una mano. Vilas sintió tanta vergüenza que hizo todo el recorrido con los dedos atorados en la puerta.

Esta anécdota tiene toda la pinta de una hipérbole (de hecho probablemente es un tanto falsa) pero expone bastante bien el nivel de sufrimiento absurdo al que puede llegar una persona tímida. Inmediatamente me acordé de una vez que mi primo mayor me llevó a la cancha. Me compró una hamburguesa y le pusieron savora. A mí no me gusta ningún tipo de aderezo pero me daba vergüenza decirle que no iba a comer la hamburguesa que me había comprado así que empecé a trozar pequeños pedazos de hamburguesa y me los fui metiendo en el bolsillo de la campera hasta hacerla desaparecer por completa.

Al otro día me levanté y mi mamá me dijo “Fede, ¿por qué te guardaste una hamburguesa en el bolsillo de la campera?”. No supe qué contestarle.

Aunque se estaba haciendo la hora en que me tenía que ir quería seguir viendo la entrevista interesado en los sistemas que Vilas había desarrollado para vencer su timidez. Aunque “vencer” no sería la palabra correcta ya que Vilas habló de la timidez como si se estuviera refiriendo a una adicción. La droga podrá matarte a largo plazo pero en lo inmediato es placentera. La timidez podrá ser contraproducente en muchos aspectos de la vida pero, paradójicamente, también te hace un tipo más cómodo y menos comprometido con el mundo, ajeno a las responsabilidades y a ciertas convenciones sociales que los demás respetan como un protocolo sagrado (aunque las aborrezcan) y uno, amparándose en el flagelo de la timidez, pasa de largo como un semáforo rojo en la madrugada.   

La cuestión es que Vilas no llegó a explicar su sistema. Y ahora que lo pienso tal vez el sistema sea decirles a los demás que uno tiene un sistema para vencer la timidez aunque no lo tenga: la inseguridad personal que genera la timidez está relacionada con la mirada que los otros tienen sobre nosotros, entonces si los otros creen que tenemos un sistema para vencer la timidez, la timidez desaparece.  


Lo único que dijo Vilas sobre su sistema es que cada vez que ingresa a un lugar se fija dónde ubicarse para salir lo más rápido posible si pasa algo inquietante. Ahora no me parece tan genial (¿qué pasa si el lugar tiene una puerta de entrada y de salida?) pero en el momento que lo escuché creí que era la solución a todos mis problemas. Cuando llegué al Muelle de los Pescadores, el lugar en el que se realizaba el evento, automáticamente busqué la salida más rápida y me sentí más tranquilo. En caso de pasar un mal momento sólo tenía que atravesar los ventanales y tirarme al mar desde la escollera. 

martes, 7 de abril de 2015

Todo lo están filmando


Probablemente fue con el retorno de la democracia que la canción de rock crítica o con cierta pretensión de pantallazo sociológico se volvió anacrónica y algo pasada de moda. Aunque no fue un movimiento totalmente hegemónico las líricas que dominaron el imaginario del rock argentina de ahí en más se volvieron más abstractas y parecieron trasladarse de la escena pública a la privada.

Antes incluso era habitual que se buscaran connotaciones políticas forzando los resortes simbólicos de muchas letras que no hablaban exactamente de eso. Es famoso el ejemplo de “La azafata del tren fantasma”, históricamente asociada a Isabel de Perón o “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, relacionada con Madres, aunque de ningún modo se puedan ajustar las fechas (el tema es del 76 y las Madres, aunque comenzaron a organizarse antes, se dieron a conocer públicamente en el 77).

Al neutralizar el tono panfletario de los compositores comprometidos (con los lugares comunes), la censura predisponía a la pirueta retórica, lo que le otorgaba a los temas un soporte mítico y un refinamiento impensado. También es verdad que los males que nos aquejan hoy no son tan dramáticos como los de aquellas épocas. Lo cierto es que hay una canción que dio en el clavo con la sensibilidad social de estos años y pasó desapercibida. Se llama “Todo lo están filmando” y apareció en Alamut (2009), el disco solista de Jorge Serrano, el ala intelectual de Los Auténticos Decadentes. Me vino a la cabeza viendo el nuevo video donde Marcelo Bielsa arenga a sus jugadores franceses después de empatar un partido definitorio.

Al revés de otros DT’s, uno de los hits de Bielsa es no tener trato personalizado con ningún periodista y responder a todos por igual en conferencias de prensa que suelen durar una eternidad. Esto significa, ni más ni menos, el fin del mundo para personas como Fernando Niembro. Ese distanciamiento subrayaba un modo distinto de entender el espectáculo que rodea al fútbol y le dio a Bielsa un aire de misterio, necesario en tiempos en los que todos sabemos todo sobre todos, incluso aquello que de ninguna manera queríamos saber.

Pero ahora sucede algo extraño: casi mensualmente, nos llega un video en el que se lo ve a Bielsa en la intimidad del vestuario o la cancha de entrenamiento felicitando, retando, sermoneando o dándole lecciones de vida a los jugadores de su equipo, el Olympique de Marsella, que casi siempre lo miran como uno habitualmente mira a un loco. Porque es verdad que a Bielsa le dicen "loco" pero hay algo incómodo en esos videos que te hace creer que está loco de verdad o que, en vez de un científico genial del fútbol, Bielsa es uno de esos personajes optimistas, pasados de autoayuda, que llevaron a Robin Williams al suicidio.

Encima sus enseñanzas (que en la intimidad son notables pero al estar viralizadas pierden sustancia) conectan peligrosamente con la moda de las charlas motivacionales, ese chamuyo en el que los exitosos del mundo explican a los fracasados qué tienen que hacer para ser como ellos.

Después de la eliminación prematura en el Mundial 2002 varios jugadores declararon que Bielsa lloraba desconsolado en el vestuario. Eso me parece más emotivo y real que estos videos supuestamente emotivos y reales.    

Ahora bien, ¿por qué filman a Bielsa todo el tiempo? ¿Bielsa no se da cuenta? ¿Bielsa de pronto se copó con la sensibilidad de esta época, que necesita mostrarlo todo, y quiere que lo filmen? En caso contrario: ¿quiénes son los hijos de puta que filman a Bielsa y lo exponen de esa manera? Una cámara es un elemento inquietante que modifica brutalmente el ambiente de cualquier reunión. Nadie, ni siquiera el ser humano más relajado del mundo, actúa de la misma manera cuando alguien desenfunda un celular o una cámara y empieza a filmar o sacar fotos. En Facebook se multiplican los álbumes sobre fiestas, como si el fin de las fiestas fuera justamente la cantidad de fotos que se sacan en ellas.

Uno de los aciertos del tema de Serrano es la contradicción entre el ritmo festivo y pegajoso (un ska) y el texto amargo que anuncia un Apocalipsis secreto, inadvertido por la mayoría, mientras el estribillo repite una y otra vez:

Todo lo están filmando
todo lo están fotografiando
(y hay que sonreír)
para mirarlo después.
Todo lo están filmando,
¡Están queriendo atrapar al tiempo,
están usando una red!

jueves, 2 de abril de 2015

Noticias viejas sobre Tanguito


El domingo, paseando por la Plaza Rocha, me compré Tanguito. La verdadera historia, un viejo libro de Víctor Pintos que hace poco fue reeditado. Pintos trabajó con Piñeyro en la investigación periodística de la famosa y horrenda película sobre el primer mártir del rock argentino pero al darse cuenta de que el proyecta se alejaba cada vez más de la historia real, decidió hacer un libro.

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Como el que hace poco escribió Patricio Zunini sobre Fogwill, el de Pintos es un libro coral que reproduce los testimonios de todos los que conocieron a Tanguito (además de los músicos cueveros obvios, están su madre, sus novias y varios de sus amigos). Actualmente, el revisionismo histórico del rock es un lugar común, pero el libro tiene anécdotas que, llamativamente, nunca fueron muy difundidas.
 
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Tanguito siempre estaba acompañado por Alex Piedras, un amigo-discípulo más conocido como Tango Bis ya que lo imitaba constantemente en el look y la actitud. Además de Tango Bis (del que también se escribió un libro, es decir: hay un libro sobre el imitador de Tanguito) estaban los denominados “valerios”, algo así como los susanos de Tanguito. Los tipos eran un séquito de hippies que le llevaban la guitarra y los discos, lo ayudaban a pincharse y le decían constantemente que era un genio.

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Según los testimonios, Tanguito nunca estuvo del todo cuerdo. Casi ninguno de sus allegados recuerda haberle escuchado algo más o menos coherente. Hoy se diría que era un colgado o simplemente un paparulo, como dejan entrever casi todos los que lo conocieron y no estaban encandilados o demasiado drogados. Miguel Grinberg lo compara directamente con un bebé indefenso al que los más pesados de la Cueva le hacían bullying. Tanguito se tomaba taxis y se los hacía pagar a sus amigos. A veces se afanaba objetos de las casas que visitaba (dicen que le robó un par de discos a Pappo). Moris cuenta que cantaba temas de él diciendo que eran de su autoría.

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Tanguito empezó a tomar anfetaminas y se hizo adicto a “picarse”, es decir, darse jeringazos, especialmente de Pervitín, una droga que estuvo asociada al nazismo (se las daban a los soldados para que tengan más resistencia física durante el combate) y hace poco tuvo un nuevo auge en República Checa. El aumento de los “picos” (así le llamaban en la jerga) llevó a Tanguito a un descenso mental muy sórdido, que contrasta violentamente con la idea generalizada del héroe romántico. Al final Tanguito, un morocho exótico al que todos definían como un  seductor nato (de esos que no necesitan hacer nada para enamorar a una mujer), andaba por la calle como un fantasma, babeando y sin poder articular una frase con sentido.

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Tanguito se gastó buena parte de la guita que ganó por los derechos de “La Balsa” en vinilos que olvidó en un taxi.
   
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La caída mortal en la adicción de Tanguito coincide, paradójicamente o no tanto, con el inicio del profesionalismo en la camada pionera del rock nacional. Moris y Manal graban sus primeros discos; Nebbia desarma Los Gatos y comienza su prolífica carrera solista. Sandro se dedica a la canción melódica. Es entonces que el círculo de Tanguito sufre un cambio severo: de estar rodeado por las mejores mentes de su generación pasa a frecuentar un grupo de hippies reventados (el libro los describe como auténticos yonquis) que cometían delitos bajo la fachada de la bohemia artística. Pirimpimpin, uno de los amigos de Tango (otros son Gabriel Zombie y Jorgito El Lindo), cuenta que en una ocasión le coparon el departamento a una pintora, “una mina tipo Jane Birkin año 69”. Finalmente la ataron, le sacaron toda la ropa y la canjearon por otras cosas.

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Tanguito salía a la calle vestido con calzas ajustadas que le marcaban el bulto y se ponía una media de red en la cabeza. A veces se vestía de mujer (le robaba la ropa a sus amigas) y algunos dicen que tenía una relación con Tango Bis. En los testimonios sobre Tanguito hay una estética queer (amateur) muy marcada que la historia oficial se encargó de barrer bajo la alfombra deliberadamente. Otra sería la historia del rock argentino si además de Federico Moura, Tanguito se uniera a la constelación de subversivos sexuales. De hecho cuando hablamos de Tanguito en lo primero que pensamos es en un tema que no le pertenece (“El amor es más fuerte”) y en las tetas de Cecilia Dopazo.   

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Aunque algunos lo niegan, son muchos (Spinetta, Pipo Lernoud, Miguel Grinberg) los que dicen en el libro que al final Tanguito terminó inyectándose barro y vino y andaba por ahí aspirando el humo de los caños de escape. Miguel Abuelo va más allá y cuenta que Tanguito llegó a inyectarse Coca Cola en el pene. En Martropía, el libro de conversaciones con Juan Carlos Diez, Spinetta contaba que Tanguito iba a su casa y se encerraba en el baño a inyectarse, lo que provocaba escenas escandalosas con su madre, que un día entró y vio algodones ensangrentados.

Es como si paralela a la leyenda gloriosa, existiera otra que es básicamente la más espantosa del rock argentino. Más que admiración (como sucede con las biografías de Dylan, Piazzolla, Leonard Cohen o Charly), los testimonios del libro suscitan clemencia. Parece un personaje de Enrique Medina.

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Tanguito fue encerrado en el Borda. Recibió electroshocks y todo tipo de abusos. En mayo de 1972 se escapó y lo pisó un tren, aunque el relato legendario sospecha que lo asesinaron.


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Musicalmente, los pocos temas de Tanguito que se conocen (unos diez o quince) generan una sensación que Borges llamaría la inminencia de una revelación que no se produce. Más allá de que se trata de demos, la marca registrada de Tanguito es su tendencia a lo inconcluso (por decisión o limitación propia). Hay cierto espíritu característico en el reverberar de su voz, en ese timbre que puede sonar desgarrado y tierno a la vez (algo que también se nota en la voz de Moris) y en las líricas efímeras de sus canciones, pero realmente no hay nada grabado de Tanguito que justifique su mito; en todo caso su mito justifica la insólita idea de que era un genio.

En Tanguito se adivinan atisbos embrionarios que luego fueron desarrollados por otros autores: el canturreo tartamudo de Miguel Abuelo, el surrealismo pocket de Spinetta (de “Diamantes de espuma” sólo el título), etc.

Escuchando sus dos discos póstumos (Tango y Yo soy Ramsés) es demasiado evidente que de “La Balsa” sólo pudo haber escrito “Estoy muy solo y triste en este mundo de mierda”.  Pensar lo contrario es como creerse el chiste de Enrique sobre el segundo gol de Maradona a los ingleses: “¿Cómo no va a hacer ese gol con el pase que le di?”.

En Exactas, un disco en vivo de Spinetta del año 1990, hay una versión hermosa de “Amor de primavera”. Tal vez su mejor tema sea “Natural”, ése que dice “me gusta verte en las mañanas ponerte de colores”.    


sábado, 28 de marzo de 2015

Hablamos de algo que pasó hace quince años


Uno cree que los cortes de pelo no le importan hasta que le hacen uno horrible. Ayer me corté el pelo y el peluquero me hizo algo que todavía intento descifrar así que para no desanimarme volví a escuchar un tema perdido de El Salmón llamado elocuentemente “Cuando nada importa menos que un corte de pelo”. Una de las ideas que subyace en el rock es la posibilidad de ser un estúpido hasta que ponés una canción y te sentís parte de un contexto y una cultura. La letra de la canción repite una y otra vez la frase que le da título subida a la rastra de un tecno para alcantarillas. Lo genial del tema no es lo que dice sino la cantidad de deducciones que se pueden sacar con la sola pronunciación de la frase: indiferencia a las modas, rechazo a los modernos, vindicación de un estilo de vida diferente, etc. La teoría del iceberg aplicada al pop. En YouTube no tiene más de 1000 reproducciones.

A pesar del reconocimiento masivo que vivió Calamaro después de su regreso (hace ya 10 años) la gran mayoría de los temas de El Salmón son desconocidos para el gran público de rock.

Durante un par de años sólo tuve el disco 1, que se vendía como opción más barata y apta para todo público. Allí estaban los escasos cortes del disco (“El salmón”, “Días distintos”, “All you need is pop”) y otros más raros. Cuando finalmente me compré los cinco discos, en el 2002 o 2003, escuchar a Calamaro estaba muy mal visto. Cobré el sábado y lo fui a comprar a AGB ¡un domingo a la mañana! No recuerdo comprarme otro disco un domingo a la mañana. Me salió 100 pesos, o sea que cada canción me costó alrededor de 0,90 centavos.

El prestigio de la obra de Calamaro siempre tuvo más vaivenes que la cotización del dólar. Un año era Dios y al otro un boludo que escribía con rima. Yo siempre me mantuve en la escuadra de sus fans. Exceptuando los dos primeros solistas y Tinta Roja, me gustan todos sus discos. Incluso los discos en vivo que sacó este verano. Me pregunto por qué en Argentina se odia tanto a los compositores de rock. Exceptuando a Cerati y Spinetta, que se murieron, cada vez que se menciona a Charly, Fito y Calamaro siempre hay alguien dispuesto a insultarlos cruelmente. ¿En Estados Unidos también odiarán a Bruce Springsteen, Tom Petty, Prince y Stevie Wonder?  Lo pregunto sinceramente, desde la más honesta y vergonzante ignorancia. ¿Odiarán a Donald Fagen? ¿Alguien en Twitter escribirá “Donald Fagen, sinvergüenza, hace 30 años que no hacés un disco como la gente, hijo de puta, vivís de Aja y Gaucho”? ¿Alguien hará ese tipo de cosas?

Me acuerdo perfectamente de los reportajes a Calamaro de la Rolling Stone y de La García cuando salió El Salmón. Grandes banquetes discursivos donde Calamaro deliraba con el lenguaje y hablaba de Charlie Feiling, los poetas de la zurda y los métodos de composición kamikaze o algo así. Creo que también ahí estaban sus teorías políticas sobre las canciones de amor del rock nacional, donde la Chica también era la República. A mí todo eso me impactó muchísimo. Uno puede ser el máximo fanático de Charly García y Luis Alberto Spinetta pero al único de aquella estirpe que vi en su esplendor fue a Calamaro (Fito también nos quedó lejos a los nacidos a mediados de los 80’).

No sé si lo estoy inventando (probablemente sí) pero en La García declaraba que era amigo de algunos jugadores de River porque el plantel concentraba en el mismo hotel en el que él vivía. Eso me pareció increíble: que la Bruja Berti conociera a Calamaro le daba una redondez total al pobre imaginario de mi adolescencia (no muy diferente al de mi adultez, ¿no?).   

No sé si no será un lugar común decir que El Salmón tiene muchos temas de más. Como si la existencia de un disco con 103 canciones garantizara que tiene temas de más. En todo caso tendrá temas de más para otras subjetividades y yo no me puedo hacer cargo de las otras subjetividades. Esto parece una boludez pero a veces con tal de estar de acuerdo con lo que dicen los demás nos hacemos cargo de una subjetividad ajena. En fin. Yo creo que, justamente, teniendo en cuenta que tiene 103 temas ¡son pocos los temas de más! Tal vez el cd 4 es el más flojo, aunque ahí está el cover electro de “No woman no cry”, la balada suicida “Presos de nuestra libertad” y el dub porno de “Empanadas de vigilia”.

Para hacerla corta y dejando en claro que no sé muy bien qué estoy escribiendo, en este nuevo repaso por El salmón sentí que se destacaban dos temas del cd 1, el más olvidado por haberlo escuchado tanto al principio (hablamos de algo que pasó hace 15 años).  

“Ok perdón” siempre me pareció un tema extraño porque habla sobre el desamor de los terceros y no del que canta. Pero lo más singular es que Calamaro escribe una canción de rechazo con una amabilidad extraordinaria. Lo que le pide a la rebotada es que aprenda a perder porque eso le va a suceder muchas veces en su vida. El tema tiene versos geniales como cuando se pregunta, desde las alturas a las que sólo pueden llegar los perdedores místicos: “¿Cuántas veces me dijeron que “no” a mí y sobreviví?”. Ahí Calamaro tiende el puente imposible y necesario entre el rockero estrella y su público masculino. De hecho es como si, a grandes trazos, sin que esto signifique una valoración real (es decir, que puede servir más allá de los límites simbólicos de este texto) Honestidad Brutal fuese un disco para minitas y El Salmón un disco para tipos. “Ok perdón” se resuelve con un pacto para acortar diferencias entre personas distanciadas del mismo palo: “Igual somos amigos porque para enemigos hay un montón de gente corriente”.   

“Horarios esclavos”, el tema que está a continuación de “Ok perdón” también halla su espíritu en el devenir cotidiano del muchacho que escucha a Calamaro. La letra obliga a pensar seriamente para qué tanta exaltación de la poesía en el rock si las letras de rock bien compuestas son mil veces mejores que la forzada comunión entre poesía y ritmo rockero. Me refiero específicamente a una secuencia de la canción. El tema trata sobre la dificultad de amalgamar una vida bohemia y al mismo tiempo pertenecer a la sociedad como individuo productivo. El sujeto enunciante, como decíamos en Letras, se rebela contra esta dictadura invisible llamada “trabajo” y arremete con unos versos maravillosos:

Hoy me quedo a escuchar
algunas canciones preferidas.
Quiero ordenar los discos
y ver el fútbol por televisión.

Pocas veces sentí tanta empatía con la letra de una canción, es como si Calamaro fuese el genio de los vulgares paraísos masculinos. ¿Qué otra cosa queremos hacer sino escuchar canciones preferidas, ordenar discos y mirar fútbol por televisión?