martes, 20 de enero de 2015

Paranoia es cuando uno tiene todos los datos


En el imaginario colectivo la muerte de Nisman reconstruye los pedazos rotos del espejo de los grandes crímenes políticos ocurridos en democracia. De Cabezas, la sensación, propia de una novela negra, de que el esclarecimiento policial revelará, no sólo las circunstancias de un hecho aislado, sino también los laberintos ocultos de toda una época. De Yabrán, las versiones alternativas y antagónicas sobre las causas de la muerte: el suicidio, según la autopsia y el suicidio manipulado o el asesinato encubierto, más cercana a una hipótesis popular. De Favaloro, la escena del hombre probo que muere en manos de un sistema maligno (por corrupto, mafioso o indolente) alentado por el Estado. Lo más evidente es que Nisman, como personaje mitíco, emerge al nivel de un Frankenstein de estereotipos nacionales que conmueven seriamente a la opinión pública. 

Decir "Je suis Nisman" tal vez sea más complicado que decir "Je suis Charlie". Nisman era un fiscal que vivía en Puerto Madero, rodeado por diez custodios y con un historial de visitas a la embajada de Estados Unidos que no permiten tan fácilmente la empatía con el ciudadano común y corriente (más bien todo lo contrario). Dentro del marco del desastre se percibe cierto exceso. En el otro extremo está el Gobierno, con su famosa interpretación, casi tradicional y consuetudinaria: un diagrama previsible que de una u otra manera recae en Magnetto y las tapas de Clarín. En la distancia que hay entre esas dos perspectivas se encuentra lo único concreto: no sabemos qué pasó y aunque nos lo digan vamos a seguir creyendo que fue otra cosa. 

Hubo un tiempo en que sucedían esta clase de escándalos sociales y uno recurría a cierto referente (un periodista, un intelectual, un amigo, un ser humano) que le decía "la verdad". Bueno, esos tiempos ya pasaron. 

Mientras tanto los adictos a la narración esquizo de las series políticas de cabecera (Homeland, House of cards) agitan la posta: un enfrentamiento interno de la ex SIDE, organismo sin codificación masiva, en las sombras y, por eso mismo, apto para las más variadas especulaciones (en esto sí coinciden K y anti K).   

La presidenta escribió una carta sobre el caso y entre varios interrogantes se pregunta qué o quién llevó a Nisman a interrumpir sus vacaciones, volver al país e inesperadamente acusar al gobierno. En este punto también hay dos versiones: por un lado quienes creen que Nisman quiso aprovechar la onda expansiva del atentado en Francia; por otro quienes aseguran que Gils Carbó estaba por cortarle el rostro y no le quedaba otra. En la descripción sobre el regreso de Nisman, Cristina indica que el fiscal abandonó a su hija en el Aeropuerto de Barajas. Sea o no cierto, dar a conocer ese tipo de imagen es una decisión algo perversa, en los límites de la integridad ética. 

La larga noche kirchnerista ya nos acostumbró a estos días turbios en los que el supuesto poema peronista de Leónidas Lamborghini se transforma en un relato de su hermano Osvaldo. El bombardeo mediático al que nos sometemos (a través de la tele y las redes sociales) nos lleva a preguntarnos realmente si, además de las jugadas políticas de los hombres del Poder, no serán las elecciones íntimas y cotidianas de cada uno de nosotros las que hacen a un país de determinada manera.      

En Ficciones Barrocas Carlos Gamerro atribuye a William S. Burroughs una frase de resonancias profundas: "Paranoia es cuando uno tiene todos los datos".  

domingo, 18 de enero de 2015

"Je suis Bergoglio"


Recuerdo una escena que me impactó mucho cuando en la adolescencia leí Rebelión en la granja: el momento en que el resto de los animales (el pueblo) observa que los cerdos se paran en dos patas y empiezan a imitar la conducta de los humanos. En ese sentido, la imagen es análoga a otra de 1984, en la que el viejito simpático e inofensivo que les da alojamiento a los protagonistas de la novela se transforma en un soldado del Big Brother. Hay algo que Freud denominó "ominoso" y en la literatura  de la primera mitad del siglo XX funcionó como un shock simbólico irreversible en la mente del lector. 

Algo de eso sentí cuando Bergoglio pasó a ser Francisco I, lo único que en este caso la metamorfosis fue al revés: de ser el líder de la derecha argentina (y esto iba más allá de estar en contra de los K) a ser la remake de un sacerdote tercermundista. Bergoglio no sólo cambió el look, sino también la forma de caminar, de hablar ¡y de pensar! Ahora que se conocieron las nominaciones al Oscar me sorprendió que no fuera candidato a Mejor Actor porque este tipo es mejor que el difunto Philip Seymour Hoffman.

Entre las miles de reacciones que provocó el atentado contra la revista Charlie Hebdo también estuvo la de Bergoglio. Y esta vez digo “Bergoglio” porque el único que puede decir algo así es nuestro viejo y conocido amigo. En su Biblioteca Personal, Borges dice que la forma natural del pensamiento de Jesús era la metáfora. Para condenar la pomposidad de los funerales, por ejemplo, Jesús afirmó que los muertos entierran a los muertos. A Bergoglio, como fan número 1 de Jesús, también le gustan las metáforas por eso cuando le tocó opinar sobre el atentado dijo que si alguien insultaba a su mamá, se iba a ligar una piña. Creo que ni siquiera a los que llevaron a cabo la matanza se les había ocurrido algo tan simple y genial para justificarla. Bergoglio debería ser el manager de las corrientes extremistas de todas las religiones. 

Mientras tanto hay gente que sigue afirmando que los gestos de Bergoglio ponen muy nerviosos a los altos mandos de la Iglesia y uno imagina hordas de obispos con el culo lleno de preguntas, tejiendo una trampa mortal para serrucharle el piso a Su Santidad. Sin embargo ¿no es el mismísimo Bergoglio el más alto mando de la Iglesia? Y por otro lado, a casi dos años de su asunción, si estos altos mandos no estuvieran representados por él, ¿no será que en realidad les conviene que siga ahí arriba recibiendo a todos los cholulos del mundo que quieren sacarse una selfie? 

Humildemente, uno supone que hay que seguir cuestionando a Bergoglio. En caso contrario vamos derecho a un mundo de gente que piensa como él o como los que asesinaron a doce personas por dibujar a Mahoma. Y repleto de policías de Scioli. Bueno, probablemente ya estemos en ese mundo. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

2014




Enero 

El post es el mismo

River y Boca

Una abstracción incomprobable 

Estos muchachos ya aburren

Febrero

Esta es tu película de Facebook

Uno x Uno

Marzo

El artista antes conocido como Jorge Bergoglio

Todo lo que querías saber sobre True Detective y ya te contaron 2666 veces en la última media hora

Hablemos de (cualquier cosa excepto de) fútbol

Abril

El lado oscuro del cuadrado

Sobre García Márquez

Mayo  

Sobre Simon Reynolds y Osvaldo Príncipi

El jugador del country

Gracias Ramón

Junio

El Mundial es una excusa para llegar a Pirlo

Me gusta el juego de Sabella pero prefiero el fútbol

Macaya lo hizo de nuevo

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Irán

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Nigeria

Bo' Caníbal

Julio  

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Suiza

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs Bélgica

Tengo una buena y una mala noticia

El fútbol es una excusa para amar a Mascherano 

Se terminó la era Codesal

Agosto  

Por qué Truman Capote es un genio y nosotros todo lo contrario 

Si te dejo en una habitación frente a frente con Astor Piazzolla

Sobre Relatos Salvajes

Belleza y Dignidad

Septiembre  

¿Por qué no exaltar lo que consideramos genial y callar sobre lo que nos desagrada? 

Gustavo Cerati

Algunas cosas (más) sobre Los Beatles

Thom Yorke

En realidad quería hablar de otra cosa

Octubre

Algunos temas olvidados o raros o versionados de Charly García

Yo quería escribir sobre Jake Bugg pero evidentemente escribí sobre Mark Ruffalo

Conducta de Scarlett Johansson en tres películas en las que no hace de ser humano

Los tesoros de Bob Dylan

Ocho comentarios acerca de River Plate

Ocho comentarios sobre Richard Linklater y Boyhood 

Seguridad Industrial

Utilidad y supervivencia de los poetas en caso de un Apocalipsis Nuclear

Todo lo que quería saber sobre una película que nadie quiere ver y un músico al que nadie quiere escuchar

Arbitrariedades sobre Eduardo Mateo

El tráfico de monos

Intrusos en Abbey Road

Noviembre 

Las tres verdades de la cerradura

Z Nation: Walking Dead con la estupidez asumida

Revolución

Museo del Disco de la Eterna

La pausa más larga de la historia

Las contratapas

El bajón

Rock Chabán

Un partido espantoso

Nueva vindicación de Marcelo Gallardo

¿Te das cuenta de que todas las personas que conocés son boleta?

Este es el famoso River Plate

El efecto emocional 

Diciembre

Aléjese tanto de sí mismo como de mí

Conductas de lectura

Una extraña enfermedad degenerativa

River Campeón

Un cuento de Navidad

Los precursores de Dynamo

Tres historias verídicas de la Ruta 88



viernes, 19 de diciembre de 2014

Tres historias verídicas de la Ruta 88


El loco del barrio hizo artes marciales al costado de la Ruta. En determinado punto estuvo tan cerca de los autos que el verdulero salió corriendo y lo movió como si fuera un mueble.

Las demás actividades del loco del barrio generalmente son discutir con los perros, discutir con árboles, discutir con los postes de luz.

Cuando no practica artes marciales, boxea con el aire. A veces se presenta en la panadería o el almacén y hace pedidos desorbitantes.

El loco del barrio se toma el colectivo a la mañana y pasa todo el día bailando en La Rambla. Sus estilos favoritos son el rock and roll, la cumbia y el foxtrot. Los que lo vieron dicen que baila bien.

Nadie sabe exactamente si el loco del barrio nació así o un hecho específico lo volvió loco. Sobre esta última posibilidad hay varias especulaciones: un hijo muerto, una mujer que lo abandonó, unos padres violentos y más locos que él. Lo cierto es que está re loco.

***

Naturalmente sin que le preguntemos un tipo que entró al negocio por qué no sabía dónde quedaba una calle contó cuáles son sus modos de juzgar a los homosexuales. Si el homosexual creció en una familia con padre y madre, le tiene asco. Si el homosexual creció sólo con su madre o su abuela, es decir, sin una figura paterna, lo entiende. Si el homosexual tuvo experiencias sexuales con mujeres y de todas formas elige a los hombres, es un boludo. Si el homosexual es discreto y no "un trolo de mierda", lo respeta. De todos modos aclara que sus formas de entender y respetar a los homosexuales están por debajo de sus formas de entender y respetar a los heterosexuales. Dicho esto dio por terminada su intervención y se fue. 

***

Hoy nos visitó el jubilado que se jacta de saber sobre todos los deportes. Su estribillo es el siguiente y lo recita como un vendedor ambulante: “Fútbol, tenis, básquet, golf, rugby, hockey, automovilismo, preguntá de lo que quieras, sé de todos los deportes”. Cuando le preguntamos algo que no sabe, busca el diario, lo abre y si encuentra la noticia la lee y después dice: “Viste que sé de todos los deportes”.

La curiosidad que contó hoy fue que LeBron James ganó su primer palo verde a los doce años. La verdad es que sabe de todos los deportes.

El jubilado que se jacta de saber de todos los deportes a veces habla sobre algunos personajes del barrio. Hoy le tocó a la Gringa, una anciana de gran corazón y carácter fuerte. El problema de la Gringa es que no se puede discutir con ella: cree que tiene las mejores plantas, el mejor lote, el mejor hijo. La Gringa era fanática de Berlusconi y el jubilado que se jacta de saber de todos los deportes no lo podía ni ver. Así estuvieron años, décadas, discutiendo sobre Berlusconi.

El día que cayó Berlusconi, acusado de una serie extraordinaria de comprobados casos de corrupción y abuso sexual, el jubilado se acercó a la casa de la Gringa y le preguntó con sorna: “¿Y? ¿Ahora qué me contás de tu amigo Berlusconi?”. La Gringa se tomó la cara con las manos, farfulló unos sonidos de indignación italiana y gritó: “¡Le tendieron una trampa!”. 


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Los precursores de Dynamo


Se atribuye a Abelardo Castillo la idea de que si a un escritor le gusta mucho un cuento debe escribir su propia versión. Buena parte de los grandes hits de la cultura rioplatense se elaboraron (voluntariamente o no) de esa forma.

Sin ir más lejos Levrero reconocía que su primera novela era una remake de Kafka. En Irrupciones descubre que Los Adioses, de Onetti, es una remake de un cuento de Faulkner llamado “Idilio en el desierto”. Fue Piglia, el gran interpretador pop de la literatura argentina, quien entendió que Faulkner traducido por Borges parecía Onetti.

En el prólogo de Zama Saer se desentiende de su aparente vinculación con el objetivismo francés y dice que en realidad su estética le debe más a Di Benedetto. El mismo Di Benedetto cuenta en una entrevista que se cruzó a Robbe-Grillet en un Festival de Cine y lo desafió a discutir sobre quién de los dos había inventado el objetivismo. Robbe-Grillet lo invitó a su habitación y no se pusieron de acuerdo. Lo que demuestra claramente que Di Benedetto, como casi todos los genios, estaba re chiflado.

***

El rock argentino tal vez sea una de las corrientes que más frecuentemente recurrió a este precepto de Abelardo Castillo. Uno puede rastrear gran cantidad de sonidos que en un principio creyó originales en discos de bandas de afuera.

Cada vez que escucho Dynamo descubro un disco de una banda de aquella época (principios de los 90) al que se parece demasiado.

La referencia histórica es Loveless, de My Bloody Valentine, considerado el punto más alto del shoegaze, si es que eso pudo llegar a existir alguna vez. 

La filiación de Dynamo y Loveless es bastante nítida aunque siempre me pareció más conceptual que otra cosa. Allí está la voz perdida atrás de los instrumentos, la variedad de efectos de distorsión en las guitarras. Aunque algunos temas empiezan muy parecido (por ejemplo “Texturas” y “Loomer”), el afán experimental de Cerati no podía con su tendencia al pop.

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Otra de las ocasiones en las que volví a escuchar Dynamo terminé cayendo en Ride. Hasta el momento sólo sabía, como todos los jóvenes argentinos que perdieron su vida acumulando información que no sirve para nada (ni siquiera para seducir chicas ya que la mayoría de las fanáticas de Cerati jamás aceptarían que su ídolo se inspiró en alguien), que la versión unplugged de “Un misil en mi placard” tenía exactamente la misma introducción que “Chrome waves”.

Pero escuché Nowhere, de 1991, y Ride me pareció My Bloody Valentine traducido por Soda Stereo. 

Ride siguió editando algunos discos después de Nowhere, bastante alejados del noise y el shoegaze. Uno se llama Carnival of Light, como el tema psicodélico e inédito de Los Beatles.

***

Finalmente el otro día, leyendo comentarios en YouTube (una de mis actividades preferidas más insalubres), me enteré de que hay gente que cree que Dynamo es un afano de Spooky, de Lush. 

Realmente Lush se parece mucho a ese Soda Stereo: la influencia, claramente, es al revés pero a excepción de Cerati y Melero todos escuchamos primero Dynamo. Al igual que en Dynamo, en Spooky, la famosa bola de ruido del showgaze aparece diluida en canciones más cercanas al pop.

Para muchas personas esta tendencia a copiar discos y sonidos en boga debilita al rock argentino. Para mí todo lo contrario: que un gran disco me lleve a otros tres grandes discos sólo multiplica su valor. A veces caemos en la tentación de juzgar las obras de arte por su originalidad y no por el placer estético que provocan.

En el librito del cd de Dynamo decía: "¿Y la música dónde está? ¿En los cables?". Era el año 1992.  

domingo, 14 de diciembre de 2014

Un cuento de Navidad


En los días previos al 24 fui tanteando a mi vieja para saber si el regalo que deseaba estaba más o menos cerca del que me habían comprado. No recuerdo exactamente cuáles eran las señas con las que ella calibraba mi ilusión, pero sé, por un lado, que mi vieja era muy certera, que nunca prometía de más y, por otro lado, que yo siempre fui un niño exageradamente racional, consciente de una situación económica de clase media baja que no permitía los grandes lujos.

Lo curioso es que yo creía en la existencia de Papa Noel y al mismo tiempo sabía que el regalo me lo compraban mis viejos. Detrás del regalo sospechaba un acuerdo o pacto financiero en el que Papa Noel depositaba el dinero (según cómo me había portado en el año) y mis padres lo usaban a su criterio.  

De cualquier forma yo estaba casi convencido de que el regalo era la gran caja con el barco y los playmobil’s piratas. Cerraba los ojos y podía imaginar un verano repleto de aventuras con los piratas navegando la pileta de fibra de vidrio del patio. Cerraba los ojos y casi podía tocar a los muñequitos: el 1979 tallado en los pies, sus articulaciones, sus trajes especiales y las pelucas con corte taza que se podían sacar y poner.

La gran virtud de los Playmobil era la variedad de temas que recreaban. Se trataba de un espectro de representación que, además de atravesar todas las capas sociales, excedía los límites del espacio-tiempo: astronautas, obreros, piratas, indios, oficinistas, despachantes de nafta de una estación de servicio, cowboys, trabajadores portuarios. De ahí mi aversión a los Pinipons, carentes de esa cuota de realismo que convertía a los Playmobil en una verdadera comedia humana.

Otra característica especial de los Playmobil era que también se vendían en cajas individuales: un solo muñequito recreando algún tema específico. Estas cajas eran más baratas que las más grandes (si no recuerdo mal salían alrededor de 10 pesos) y servían a mis padres como opción de regalo sorpresivo entre el día del niño y mi cumpleaños o mi cumpleaños y Navidad. Esto ocurría menos de lo que yo quería.

***

El primer dato inquietante fue cuando llegamos a la casa de mi abuelo y mi vieja ubicó los regalos. El regalo que decía “Fede” no era una caja sino un evidente conglomerado de piezas amorfas que no podía identificar.

¿Mi vieja había comprado los Playmobil y los había sacado de la caja? ¿Los Playmobil ya no venían en una caja? ¿Mi vieja había comprado los Playmobil más baratos en la Triple Frontera y habían venido sueltos? Pero ¿desde cuándo mi vieja iba a la Triple Frontera? Y en caso de que estuviera yendo ¿por qué lo ocultaba?

A partir de ese momento todo se volvió impreciso.  

***

Cenábamos en el garaje de la casa y éramos alrededor de treinta o cuarenta familiares. Probablemente éramos diez o quince, pero a la distancia flasheo que éramos cientos, miles de familiares.

Pasé la cena, con las horribles y frías comidas navideñas llenas de mayonesa, en silencio, buscando los ojos de mi vieja para que me diera alguna pista sin obtener nada a cambio, ofuscado sin saber todavía muy bien por qué, básicamente negando mi condición de niño, de niño que debe estar feliz porque es Navidad y hay regalos, petardos y familiares a los que considerás auténticos superhéroes.  

Cuando somos adultos llegan las doce sin que nos demos cuenta. Alguien dice “Ya son las doce”, otro dice “Poné Crónica” y un tío se apura para abrir una botella de sidra a tiempo. Pero cuando somos niños el lapso que hay entre la cena y las doce es inenarrable. Pasan años, décadas, siglos y uno sigue esperando.

Hay momentos en los que el niño, desconsolado, llora, expulsando un repugnante pus a través de todos los orificios de su cuerpo, retorciéndose en dramáticas convulsiones porque cree que las doce no van a llegar jamás.

Bueno, tal vez esté exagerando un poco.

Lo concreto es que esa Navidad en especial el tiempo se estiró de una manera intolerable. Cuando llegaron las doce yo era un hombre viejo, una masa hirviente de carne y órganos que pugnaba por llegar al árbol. Tardé muchísimo. En el camino mis primas grandes me daban besos, mis tíos me alzaban en el aire, los vecinos me daban abrazos y me confundían con otros nenes del barrio, mi abuelo me hacía bromas que requerían mucho ingenio para ser interpretadas sin detenerse a pensar un poco.

***

Durante la cena las únicas luces que iluminaban el comedor eran las del árbol. A veces me gustaba retirarme del bullicio del garaje, recostarme en el sillón y convivir un rato con el silencio del comedor. Me sentía desfasado. Con el tiempo entendí que el vértigo melancólico que me generaba esa situación se relacionaba con que, sin saberlo, estaba viviendo una escena del futuro: a medida que pasa el tiempo la Navidad se convierte en un indicador brutal de las ausencias. Por esa misma razón existe tanta gente en el Planeta que ese día se deprime y quiere suicidarse.  

En la Navidad del futuro siempre estamos más solos. Primero falta un tío. Después una abuela. Todos van desapareciendo hasta que finalmente falta la familia entera. Esto sonará demasiado pesimista pero es lo que suele ocurrir a no ser que uno tenga la suerte de ser pariente de Highlander o un tipo que curta un súperpoder de esa clase. 

***

Finalmente llegué al árbol. Para crear más misterio abrí antes los regalos que me habían hecho los Papa Noel de los demás familiares: un par de medias, una colonia, una calculadora que se cargaba con la luz del sol. Casi todos ya habían abierto sus regalos y habían gritado de emoción porque era justo lo que ellos querían. Ahora estaban en la vereda y miraban los fuegos artificiales con copas de sidra en la mano.

Quedé solo frente al árbol y abrí mi paquete lentamente.

Se trataba de un balde acompañado de unas palas y unos moldes para jugar en la playa.

Juro que todavía siento la puntada en el pecho. Después sobrevino el profundo dolor, las sensaciones abismales, de mareo, de pérdida del conocimiento, de que la vida era complicada, pero no complicada como una tarea de matemáticas complicada, sino más complicada.

Me quedé mirando el regalo y el árbol como si estuviera analizando la escena de un crimen horrendo. Todo mi verano se había derrumbado. Si en Navidad me regalaron esto, especulé, en Reyes probablemente me traigan unos pañuelos o un calzoncillo. Pensaba deambular por la casa, tomarme todas las sobras de sidra y morir, pero cuando me di vuelta estaban mis viejos, mis viejos que en realidad todavía eran mis papás, hermosos y expectantes, los dos juntos a la espera del veredicto.  

Les dije que me encantaba.     



jueves, 11 de diciembre de 2014

River Campeón


El partido de ida contra Atlético Nacional había dejado dos puntos de vista diferentes. En el Primer Tiempo River fue ampliamente superado por un rival que demostró saber manejar la pelota y tener jugadores cuyos arranques individuales pusieron en evidencia ciertas limitaciones en la marca de Vangioni (más volante ofensivo que lateral) y Funes Mori (de un marcado declive futbolístico en el último mes). En el Segundo Tiempo River se adelantó en el campo y con iguales cuotas de actitud y juego empató el partido y hasta lo pudo ganar.

Con ese antecedente el lugar común del periodismo sobre que la final estaba abierta era real.

El Primer Tiempo del partido de vuelta tuvo a River dominando la pelota y con las jugadas de gol más claras (muchas, casi todas en los pies de Teo). Atlético, por su parte, no se quedó atrás y, aunque sufrió muchísimo con los desbordes de Sánchez, contó con algunas ocasiones de gol y un jugador llamado Ruiz, de un quiebre de cintura endiablado, que afortunadamente desapareció en el resto del partido.

En el Segundo Tiempo River empezó algo nervioso y realizó algunas faltas innecesarias (un detalle negativo del último tramo). Para colmo Funes Mori volvió a perderla antes de la mitad de la cancha y hubo cierta tensión que rápidamente se esfumó. Dio la sensación de que River recibió en esos cinco minutos del Segundo Tiempo todo lo que dio en el Primero. Mercado y Pezzella, tras dos tiros de esquina de Pisculichi, cerraron un partido al que le sobraron treinta minutos. Los cabezazos fueron un golpe de nocaut para un equipo colombiano abrumado, que perdió el toque, la velocidad y no atisbo a reaccionar en ningún momento.

Que los goles hayan sido de dos defensores habla también de la variedad de recursos ofensivos de un plantel corto en el que hicieron goles casi todos. También hay que reparar en la metamorfosis de un equipo que resultó más pragmático de lo que se creía, amoldándose a sus propias necesidades según el momento.  

Si de un mes y medio a esta parte River comenzó a decaer, enalteciendo el resultado por sobre el juego, la final de hoy fue una linda confirmación de que con un poco de descanso y tranquilidad ese equipo vistoso de comienzos de semestre puede volver a aparecer en cualquier momento.

La Copa Sudamericana fue históricamente subestimada por el hincha medio argentino (como antes sucedió con la Mercosur y, en menor medida, con la Supercopa). Hija boba de La Libertadores, la Sudamericana tiene la característica ingrata de ser valorado sólo por quienes la ganan. Sin embargo en esta edición en particular se dio vuelta la tortilla.


En primer lugar, la posibilidad de que River no gane ninguno de los dos torneos que peleaba le otorgó un plus de importancia. En segundo lugar los duelos contra Boca hicieron que la semifinal cobrara una relevancia histórica, propia de una definición de Libertadores. Finalmente, que el rival haya sido un equipo tan interesante como Atlético Nacional terminó de completar un marco que la Sudamericana pudo lucir muy pocas veces o nunca. 

El Clausura fue un Torneo necesario para empezar a borrar de a poco el cimbronazo del descenso, pero la renuncia del entrenador a los pocos días dejó en claro que el triunfo, más que de River como Institución, había sido de Ramón como gran ególatra. Que River de una vuelta con un técnico joven y talentoso, en un Torneo internacional, mechando jugadores surgidos en las inferiores, refuerzos que ya son ídolos (Teo, Pisculichi) y otros que tuvieron su revancha después de años complicados (pienso en Ponzio y Sánchez) es un cóctel de buenas noticias que, hasta hace poco, era muy difícil de imaginar. Abrazo de gol. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Una extraña enfermedad degenerativa


Ahora que los 90 reemplazaron a los 80 como década ideal me acordé de las Rock Cards. Quien no juntó Rock Cards definitivamente no creció en los 90.

Cuando recordamos que juntamos Rock Cards es imposible no pensar que todo (lo bueno y lo malo) era posible en los 90. Eran de cartón y se pegaban con plasticola. El paquete era muy caro: salía un peso.

Esto sucedió a mediados de los 90 pero el álbum, salvo honrosas excepciones, estaba repleto de anacrónicas bandas de glam metal: Poison, Bon Jovi, Anthrax, Def Leppard, Skid Row, etc. Después había un par de clásicos como Los Doors y Queen. Y solo algunos grupos del momento: Nirvana  (que ya no existía pero Cobain recién se había matado y duraba el auge), Red Hot Chili Peppers, Faith No More y pocos más.

Es decir que para quien armaba el álbum casi no existía el grunge ni el brit pop ni el rock más under y alternativo que gobernó la estética noventosa.  

Hasta ahí habíamos juntado figuritas de Los Simpsons y de fútbol, no entiendo cómo ni por qué nos interesó el rock suave, yanqui y de derecha de fines de los 80.

Los únicos argentinos que aparecían eran Soda Stereo y Cerati Solista.

Philthy Taylor, el baterista de Motorhead, parecía un integrante de los Wawancó. Lo busco en Google y sigue igual pero con canas. ¡Una de las fotos de Los Doors era la tumba de Morrison!

¿Cómo fue que empezamos a juntar Rock Cards? ¿Quién fue el primer niño que compró un paquete? ¿Cómo hacían las grandes corporaciones de figuritas para que los niños las juntaran? ¿Algunos de nuestros compañeros eran infiltrados de las grandes corporaciones de figuritas? ¿Cuánto duraban los periodos de furor de las figuritas? ¿Dónde fueron a parar todos los álbumes? ¿Cómo funcionaba el late/nola? ¿Siguen juntando figuritas los niños de hoy? ¿Uno se tiene que sentir privilegiado por haber coleccionado figuritas de Slash a los 10 años?

***

En la primaria fui al turno mañana. Después de almorzar a veces me tiraba en la cama y estudiaba el álbum de las Rock Cards como si tratara de la Biblia. La parte que más me impactaba era la de Los Ramones. Ahí había un dato revelador e inquietante, propio de una película de Cronenberg. Casi al final de la sinopsis de la banda, sin mayores aclaraciones, decía que Joey padecía “una extraña enfermedad degenerativa”. Yo leía una y otra vez ese fragmento buscándole un significado oculto. Después me di cuenta que la "enfermedad degenerativa" era el rock: todos mis grandes ídolos rockeros terminaron hechos mierda.  

Hasta que desapareció en una mudanza, la figurita que retrataba a Joey Ramone me acompañó a todos lados. Los Ramones son el grupo punk que nos gusta a quienes no toleramos demasiado el punk. Son como los Beach Boys a mucha velocidad. Pero lo más sorprendente de la banda es la unión de sus líderes, Joey y Johnny, dos personalidades antagónicas que se odiaban a muerte pero que construyeron su obra gracias a la presencia del otro. El sonido de la banda es atemporal (más allá de su género) y la voz de Joey Ramone es definitivamente una de las mejores de la historia.

En la figurita Joey sostenía el micrófono con su guante negro. El pelo, largo y lacio, le cubría toda la cara.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Conductas de lectura


Ayer llegué a la conclusión de que repito cuatro conductas de lectura.

La primera se da cuando leo un libro solo. Generalmente es un libro que me gusta pero de un autor al que no pienso seguir leyendo o,  al que por el momento, no pienso leer con frecuencia. Se trata de una lectura relajada y agradable, pero un tanto light e inofensiva.  

La segunda conducta es cuando leo varios libros a la vez y no me decido por ninguno. Hace un tiempo tenía tan poca concentración que, como era obvio que no iba a poder leer un solo libro, directamente iba a mi biblioteca y elegía cuatro o cinco. No es que los libros sean malos o que no me gusten (en el futuro suelen gustarme), es que no puedo leer nada entero durante ese periodo.   

La tercera forma de leer es probablemente la mejor aunque un tanto enfermiza. Sucede cuando leo el libro de un autor y siento unas irresistibles ganas de leer toda su obra. O, aunque sea, varios libros de su obra. Este año me pasó con Truman Capote y Carson McCullers. Por un lado es interesante porque te permite tener una perspectiva muy amplia y tener una perspectiva amplia sobre un autor también es una forma de conocer sobre diferentes épocas o culturas. Por otro lado la conducta incluye cierto costado neurótico ya que promediando un libro generalmente empiezo el siguiente, lo que me deposita en la actual y última conducta de lectura.

Esta conducta sucede cuando leo varios libros a la vez. Todos me interesan y me gustan así que no puedo decidirme por uno solo, de hecho la idea de decidirme por uno me empieza a parecer exótica y absurda. A la vez, en estos periodos, me regalan libros, me mandan libros, me encuentro libros, es como si el mundo fuera una excusa para llegar a unos cuantos libros.

Por ejemplo ahora estoy leyendo Inédito, de Diego Giordano. Generalmente cuando se habla de rock y de Rosario se menciona a Nebbia, Páez y la Trova, pero Giordano cuenta el lado de B de esa historia y hace un repaso por las bandas que durante los 80 propusieron un cambio más ligado a la new wave. La edición es preciosa y el libro no solo habla de Rosario sino también del panorama del rock argentino de la época.

Al mismo tiempo sigo con Carsick, un libro bizarro (si es que esa palabra se puede usar) de John Waters, el Messi del cine trash. Creo que Cheever tenía un cuento llamado “El nadador” en el que un tipo se proponía ir hasta su casa pasando por todas las piscinas del barrio. Waters, en cambio, cuenta cómo fue viajar a dedo desde su casa en Baltimore hasta su departamento en San Francisco. Todo sucede en un marco de deliro y buena onda. Waters fantasea con que el primer tipo que lo sube en la Ruta es un traficante de marihuana que le financia su próximo proyecto y con el que habla de las películas de Armando Bó y las tetas de Isabel Sarli.  

Por otro lado estoy liquidando Alt Lit, la antología sobre los nuevos y jóvenes narradores de Estados Unidos. El nivel (como el de toda antología) es desparejo y los mejores momentos no se alejan mucho de los mejores momentos de Facebook o Twitter. La sensación es que Alt Lit es la nomenclatura que se podría utilizar para denominar un espectro de discursos que no necesariamente se ejercen como literarios. Si alguien entendió lo que quise decir que me avise porque yo no. En todo caso los relatos que más me gustaron fueron los de Jordan Castro (un pibe que nació en 1992) y Noah Cicero.

Siempre me causó gracia que la gente leyera a Sándor Márai, más que nada por toda esa mitología sagrada sobre el autor que habla de la burguesía. Bueno, lamentablemente la Plaza Rocha está llena de libros de un lector que se cansó de Márai y yo me los estoy comprando todos. Leí Divorcio en Buda, me encantó, y ahora estoy leyendo El último encuentro. Es solemne y deliberadamente aburrido pero me gusta su ambición por ofrecer un fresco de la época e imaginar esas escenas grandilocuentes de personajes que definen toda su vida en una sola noche. Lo bueno de Márai es que te hace creer que todo el tiempo estás leyendo algo importante.

También estoy leyendo los respectivos libros de dos autores chilenos. Uno es Diego Zúñiga, con Racimo, su nueva novela. En Camanchaca había un estilo confesional y minimalista. En Racimo se nota muchísimo el crecimiento del autor, tanto en el armado de los personajes como en la elección de la trama y el contexto (los hechos suceden en el 2001), que apunta a desentrañar el misterio de la desaparición de varias niñas en la ciudad de Alto Hospicio. Pero claro que esa línea, de ficción social, es alternada por los detalles y las circunstancias que rodean al protagonista, un fotógrafo divorciado que cae a un pueblo y se encuentra con un infierno. A esas vicisitudes formales y de contenido se agrega el buen gusto de Zúñiga, su forma de abordar imágenes y momentos, que tanto acercan su narrativa a la poesía.

El otro libro es Eslovenia, de Esteban Catalán, una colección de cuentos sobre historias cotidianas, principalmente protagonizadas por jóvenes, a veces dramáticas, en otros casos con un tono ambivalente, siempre narradas con elegancia y melancolía. Hay algo muy claro en estos cuentos y es que son difíciles de clasificar. Se podría hablar de Carver o de Bolaño, pero más bien se trata de una operación estética que se complace en no dejar huellas.


El último libro es Irrupciones, de Mario Levrero. Cuando leía a Levrero a sol y sombra, pensaba en la reedición de Irrupciones como si fuera la llegada del Mesías. El tiempo pasó, leí demasiado a Levrero (más de lo debido) y finalmente Irrupciones se reeditó, pero no le presté atención. Ahora me lo trajeron de Buenos Aires y me doy cuenta que Irrupciones (una serie de columnas que Levrero escribió para una revista entre 1996 y el 2000) es uno de los mejores libros de Levrero, un espacio de experimentación en el que se adivina el concepto general que iba a regir La novela luminosa, una de sus obras maestras. Lo mejor es volver a reírse con Levrero, sorprenderse nuevamente con su imaginación. No hay nada mejor que encontrarse con un gran libro de un autor al que habíamos agotado.  

martes, 2 de diciembre de 2014

Aléjese usted tanto de sí mismo como de mí


Quienes ven a menudo películas de terror habrán notado que todas las que tratan sobre una casa embrujada o maldita en realidad no son películas de terror, sino películas sobre la convivencia. De una pareja, de un matrimonio, de una familia.

Woody Allen seguramente diría que el terror y la convivencia son la misma cosa.

Incluso a veces los protagonistas se mudan y después de un periodo de aparente calma, vuelven a suceder hechos sobrenaturales. Ni siquiera así los protagonistas se dan cuenta que el problema es de ellos.

Algo así sucede con Borges, el fabuloso mamotreto de Bioy Casares que supuestamente es sobre el autor de Otras inquisiciones pero que en realidad es sobre Manuel Peyrou. Las apariciones de Peyrou son las que terminan definiendo el carácter necesario del libro.

Nadie necesita que se recuerde a Borges. Borges es como el cielo o el mar, siempre está ahí. Sin embargo, para nosotros, Peyrou está ahí porque Bioy Casares escribió Borges.

Peyrou era un escritor de cuentos y novelas policiales. Aparentemente nadie vivo lo leyó. Yo no conozco a nadie que lo haya leído, pero tampoco es que conozco tantas personas así que tal vez este país, América Latina y por qué no el mundo esté lleno de lectores de Peyrou.

Varias veces quise leer a Peyrou pero nunca encontré sus libros. Bueno, dos o tres veces. Bueno, una vez. Bueno: recién se me ocurrió que quiero leer a Peyrou. Tal vez Peyrou sea uno de esos autores que son mejores sin leerlos, pero seguramente es mejor que Eduardo Mallea, del que encuentro libros en todos lados.

Todas las apariciones de Peyrou en Borges son inolvidables. Uno sigue leyendo Borges para que aparezca Peyrou de la misma manera que mira Seinfeld para que entre Kramer por la puerta y haga alguna pirueta graciosa.

Según cuenta Bioy Peyrou era extremadamente reservado. Es famosa la secuencia en la que Bioy y Borges se enteran de que se acaba de casar por la madre de Borges. En otro momento Borges viaja a la facultad de una provincia a dar una charla y cuando llega se da cuenta que el rector es Peyrou. El tipo no contaba nada aunque a veces me pregunto si no sería que Bioy y Borges no le prestaban atención. Le tenían afecto, pero no se tomaban muy en serio sus opiniones (literarias, políticas) y cuando se iban lo gastaban como más o menos hacían con todas las personas que conocían.

Según recuerdo Borges sólo habla bien de Cabrera Infante y John Dos Passos (Bioy no puede entender cómo Borges habla bien de alguien).  

Una de las escenas que más gracia me causó leyendo un libro (al punto de que a veces lo vuelvo a leer y largo carcajadas) es cuando Donald Yates, que se iba a México, le preguntó a Peyrou cuál era su mensaje para los jóvenes poetas mexicanos y Peyrou respondió “Dígales que se vayan a la puta que los parió”.

Más allá de la respuesta, me causa gracia que Donald Yates (traductor de Borges) le pidiera justamente a Peyrou un mensaje para los jóvenes poetas mexicanos. 

El otro día leí un libro que se llama Encuentros con Samuel Beckett. Lo escribió Charles Juliet y trata, por si hace falta aclararlo, sobre cuatro encuentros que, a lo largo de los años, tuvo Juliet con Becket. 

Es un libro muy lindo, muy pequeño (de tamaño y de extensión) y se lee de un tirón. Una respuesta de Beckett me hizo acordar a la de Peyrou.

En realidad no tiene mucho que ver. En realidad no tiene nada que ver, pero desde que lo leí pensé que me encantaría cerrar un texto con esa frase.  

En los encuentros Beckett, como si fuera uno de sus personajes, está callado y dice cosas por la mitad. Hablan casi siempre de un amigo que tienen en común al que Beckett dejó de ver hace muchos años. A veces se retira sin avisarle. En resumen, daría la impresión de que a Beckett los encuentros con Juliet le rompen mucho las pelotas.

Un día Juliet le mandó treinta poemas para que Becket le dijera qué le parecían. La respuesta que obtuvo fue tremendamente beckettiana:

“Aléjese usted tanto de sí mismo como de mí”. 

domingo, 30 de noviembre de 2014

El efecto emocional


Una de las cosas que siempre me sorprendió de El Chavo del 8 es que cambiaba el móvil del conflicto pero en sí mismo se trataba de un mecanismo narrativo en el que se repetían las secuencias. Los personajes siempre decían sus frases de cabecera y las escenas eran siempre las mismas (la llegada del Señor Barriga, el enojo de Don Ramón después de la cachetada de Doña Florinda, el encuentro del Profesor Jirafales y Doña Florinda), la virtud de Roberto Gómez Bolaño era combinar cada uno de los engranajes hasta lograr hacer con los mismos elementos de siempre un capítulo nuevo.

La serie duró mucho tiempo, pero su mejor momento fue durante los 70. En determinado momento se fueron Quico (el complemento perfecto del Chavo) y Don Ramón (el actor más carismático) y el programa perdió bastante sustancia.

Recuerdo lo violento que fue darme cuenta que Quico ya no aparecía en el Chavo. Pero lo más raro fue el hecho de saberme impactado por una noticia que había ocurrido tanto tiempo atrás (Quico se fue del programa en 1978, yo miré el Chavo durante el primer lustro de los 90 y un poco más).

En un capítulo Doña Florinda aclaraba que Quico se fue a vivir con su madrina porque ella le podía dar una educación mejor. En su momento me pareció una estafa. No pude entender cómo una madre tan sobreprotectora se desentendía de su hijo de esa forma.

Por otro lado uno vio los capítulos del Chavo desordenados y era todo muy confuso: en un capítulo estaba Don Ramón y no estaba Quico, en otro estaban los dos, en el siguiente ninguno de los dos.  

Según los expertos El Chavo se grabó hasta 1992 (ya como parte del programa global Chespirito). En esa última época pasaban varias cosas raras. En primer lugar los capítulos eran nuevos pero repetían escenas y gags conocidos, es decir, eran refritos. En segundo lugar ya no había risas, lo que le otorgaba a las escenas una sensación de vacío. El Chavo sin risas a veces era una serie dramática. Por último el Chavo parecía realmente un hombre grande disfrazado de niño, algo que el espectador no percibía en su época de oro. La vejez y cierto notorio desgano de los actores le quitaban ritmo a los diálogos y justamente el ritmo del contrapunto entre los personajes era lo que hacía que el Chavo fuera genial.

Los personajes que intentaron reemplazar a Quico y Don Ramón fueron completamente intrascendentes y nunca se ganaron el cariño del público. Uno fue Godinez, un niño con visera y jardinero, del que nadie recuerda ninguna frase graciosa. El otro Jaimito El Cartero, un hombre mayor y canoso que llegaba a la vecindad en bicicleta y tenía unas conversaciones aburridísimas con el Chavo, parecían dos jubilados.

Ahora estoy recordando otros personajes olvidados como Gloria (una vecina linda a la que Don Ramón quería seducir y fue interpretada por varias actrices), La loca de la escalera (un personaje casi idéntico a La Bruja del 71 pero sin su gracia) y Malicha, la prima de La Chilindrina. Cuando veía la serie de chico, no pensaba que esos personajes le otorgaban un aire fresco a la dinámica repetitiva del Chavo (supongo que Gómez Bolaños los ponía por eso), sino que interrumpían el normal funcionamiento de la serie, que no tenían derecho a estar ahí.

El programa de Quico y Don Ramón se llamó ¡Ah qué Kiko! (no podía utilizar el nombre original porque le pertenecía a Gómez Bolaños). En realidad el programa debió llamarse ¿Ah? ¿Qué? ¿Kiko? Una serie de preguntas que recreaban lo que el espectador sentía cuando lo estaba viendo. Este Kiko estaba vestido con el mismo traje marinero que usaba en el Chavo pero ahora era celeste o azul francia. Fuera del universo narrativo de Gómez Bolaños Quico era un personaje más, no podía sostener una serie por sí mismo.

De alguna manera Quico es el McCartney del Chavo. Funcionan mejor juntos que separados.

A medida que pasaban los años uno se iba a enterando ciertos chismes del Chavo. Esos chismes no venían de Internet o de programas de televisión, sino de primos o amigos que se habían enterado de estas cosas no se sabe dónde. En los chismes a los actores se los seguía llamando por el nombre del personaje y eran los siguientes:
-Don Ramón había muerto en un terremoto.
-Doña Florinda y el Chavo eran marido y mujer en la vida real.
-Quico se había ido del programa peleado con el Chavo.
-La Bruja del 71 también.
-Ñoño/Señor Barriga era gay.

Como me sucede con los cuentos de duelos de Borges, no sé si distingo capítulos del Chavo, pero sé que me gustaron mucho. Sin dudas hay momentos sublimes como cuando el Chavo recita el poema del perro arrepentido. O cuando se va y todos le dicen “No te vayas, chavo”. O cuando lo acusan de ladrón y lo señalan. O esas Navidades tan tristes en las que el Chavo andaba deambulando por la vecindad sin juguetes ni una familia que lo contuviera.

Con el tiempo nos enteramos de que el Chavo no vivía en el barril sino en el departamento Número 8. Este dato nos hubiese ahorrado muchas tristezas en la infancia. Que nunca se haya mostrado el departamento ni se haya conocido el nombre real del Chavo le daba a la serie un misterio necesario, servía como anzuelo para seguirla.

Cuando se fue Don Ramón el enigma pasó a ser con quién vivía La Chilindrina.

Aunque las situaciones son grotescas, el Chavo tiene cierta densidad propia de la literatura realista, en el sentido de que los personajes comen, tienen problemas de dinero, se golpean, lloran, no están puestos allí como meras palabras que conforman un diálogo, intentan ser seres de carne y hueso. En sus mejores capítulos uno puede sentir hasta el calor asfixiante de México, sin haber estado jamás en México. Incluso la escenografía, tan berreta, se convertía en un barrio de verdad. Hay un capítulo especial en el que los personajes se van de vacaciones a Acapulco y aparecen en escenarios naturales: la playa, una pileta, etc. Por más artificial que fuera la vecindad, al estar fuera de ese micromundo, todo perdía verosimilitud.  

Otro acierto es el fuerte contenido icónico, de estrellas pop, de todos los personajes: cada uno tiene su forma de llorar, su ropa, sus accesorios.

***

El Chapulín Colorado tomaba chiquitolina y empequeñecía. A la distancia pienso que la chiquitolina era una droga y que el Chapulín no se hacía chiquito sino que alucinaba. En fin. No recuerdo bien por qué necesitaba empequeñecerse tan a menudo pero a veces peleaba con ratas blancas de laboratorio. Cuando el Chapulín tomaba chiquitolina aparecía superpuesto en otras imágenes. La técnica, avanzada para su época,  era muy precaria al verla en los 90. Sin embargo hace poco enganché un capítulo en el que el Chapulín empequeñece y me gustó divisar ese subrayado negro alrededor de su cuerpo. El efecto especial se había transformado en un efecto emocional.


viernes, 28 de noviembre de 2014

Este es el famoso River Plate


Antes de la revancha, el contexto parecía condicionar negativamente a River. Desde el punto de vista futbolístico venía sufriendo un evidente bajón coronado por los empates ante Olimpo y Boca y la derrota previsible ante Racing, que lo dejó nocaut de cara a la definición del Torneo.

Encima ocurrieron algunos hechos desafortunados que enturbiaron el panorama: la muerte de la madre de Gallardo (un golpe anímico para el líder del grupo) y un nuevo enfrentamiento entre las facciones de la barra brava en el interior del Club.

A todo esto, había una sensación general, instalada por el periodismo, de que el 0 a 0 de la ida era un mal resultado para River, casi dando por sentado que Boca podría hacer un gol de visitante.

Boca, mientras tanto, le ganó muy bien a Independiente y, sin brillar, se mostraba algo más sólido aunque con "el diario del lunes" esa supuesta mejoría del Boca de Arruabarrena tal vez se haya exagerado en comparación con el más que flojo desempeño de la etapa de Bianchi.  

El comienzo del partido pareció confirmar todos los presentimientos. Ni bien movió del medio Boca encontró muy mal parado al fondo de River y Rojas cometió un penal alevoso. Para colmo el árbitro (tal vez demasiado consciente del superclásico anterior) amonestó a Ponzio y Mercado por protestar, madrugándolos para el resto del partido. Barovero se había mostrado bastante dubitativo en los últimos encuentros pero demostró que su supuesta falta de personalidad es pura frialdad deportiva, la necesaria para desviar un penal en un Monumental que se asemejaba al infierno.

A partir de ahí River recibió un envión importante pero no supo capitalizarlo en el juego. Boca tenía el claro objetivo de hacer un gol y, con algunas participaciones interesantes de Carrizo y la habilidad de los jugadores de arriba para aguantar la pelota (Calleri, incluso el criticado Gigliotti) logró crear algunas jugadas de gol bastante claras. A diferencia del partido de ida esta vez Meli no desniveló y Gago fue un fantasma hasta que salió por un malestar físico.

Pero como en decenas de clásicos la suerte fue para Boca, la balanza parece haberse inclinado para River revirtiendo la vieja paternidad (en ocho partidos jugados durante el año Boca no ganó ninguno). Tal vez sin merecerlo River llegó al gol con una buena combinación que recordó al equipo de las primeras fechas: Mora descargó de espaldas hacia atrás, Ponzio abrió inteligentemente hacia la izquierda (a lo Kranevitter) y Vangioni envió un busca-pie venenoso que Pisculichi aprovechó de manera notable.

Durante el primer tiempo los nervios les jugaron una mala pasada a varios jugadores de River, pero en el complemento mejoraron muchísimo. Ponzio jugó tal vez los mejores 45 minutos del año. Sánchez volvió a ser el jugador incansable. Vangioni dejó de coquetear con la expulsión y se dedicó a jugar. Esos rendimientos sumados a los partidos extraordinarios de Pisculichi y Teo Guitérrez (crack) tal vez expliquen el triunfo, aunque habría que subrayar que la actitud de River, a contramano de la historia, superó con creces a un Boca que tuvo la pelota pero no pudo crear una sola situación de gol en todo el segundo tiempo. Fuenzalida, que había entrado por Gago, fue literalmente en salida y entró Chávez, que nuevamente tuvo una actuación muy pobre. Incluso River, en medio del quilombo y la ansiedad de los dos equipos, tuvo varias ocasiones para cerrar el partido, con el funcionamiento made in Gallardo, pero falló una y otra vez en la definición.

River ganó un partido importante, no sólo porque le permitió acceder a la final de una Copa Internacional después de once años, sino porque estos cruces con Boca tenían un contenido histórico innegable (algo que los propios bosteros se encargaron de recordar durante toda la previa).

El triunfo sirve para recuperar el prestigio del Club luego de varios años deprimentes pero también para revertir el imaginario popular en el que River siempre aparece como víctima de un Boca prepotente que, de cualquier manera, jugando bien, mal o regular, lo pasa por encima. En realidad a partir de los 2000 Boca ganó los clásicos más importantes (Libertadores 2000 y 2004) pero River tuvo muchas victorias que fueron desterradas por el descenso y el recuerdo (cada vez más lejano, por cierto) del Boca exitoso de Macri.

Por otro lado, este River de Gallardo, que supo deslumbrar y proponer una estética superadora para el fútbol argentino, aunque sea por justicia poética, merecía pasar a la final.


Habernos ido a la B, esa supuesta “mancha” que nos recuerdan como un jaque mate cada vez más carente de sentido, es justamente lo que permite disfrutar plenamente de esta felicidad. Pero para entender esto los hinchas de Boca deberían aprender a vivir, ¿y cómo se supone que podrían llegar a esa instancia si en 110 años ni siquiera aprendieron a jugar al fútbol? Sayonara.