martes, 20 de septiembre de 2016

Dos textos


Ocupaciones del nuevo siglo

Si no hay nada para decir o el tema en cuestión nos es ajeno (o si, peor, la indignación que genera en los demás no se corresponde con la indiferencia propia) nos recae cierta reprobación: ¿cómo no va a interesarme que Ginóbili se despida de la Selección? ¿Cómo no voy a indignarme con las monjas del convento? ¿Cómo no voy a agradecerle a Del Potro que juegue al tenis? A veces creo que la ideología de la actualidad es la sobreactuación.

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Anti ciclón literario


A las ocho de la noche de ayer salí para hacer unas compras. Las pocas personas que pasaban caminando iban vestidas con camperas enormes, que jamás había visto en un día común. Todos deberíamos tener una campera lo suficientemente fuerte como para soportar un tsunami. En una esquina vi a un tipo sostener un cartón gigante que se le estaba por volar. Los negocios habían cerrado. Las hojas y las ramas rotas habían constituido un nuevo piso de reminiscencias prehistóricas. Algunos árboles habían sido arrancados de raíz. Además del sonido de la lluvia y del viento me di cuenta de que había otro sonido omnipresente, mucho más acaparador y rockero. Era el mar.

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sábado, 10 de septiembre de 2016

El incivil maestro de ceremonias Todd Solondz


Existen las películas de terror que se pueden disfrutar: las de fantasmas, monstruos, pestes, zombies, vampiros. Y existen las películas de terror que se padecen: las del loco Todd Solondz.

De no hacer cine es probable que el loco Todd hubiese salido igual en las noticias como uno de esos yanquis que entran a un supermercado y matan diez tipos con un arma de guerra. Sus películas (la más conocida tal vez sea “la polémica” Happiness) suelen abordar los temas más escabrosos y mostrarlos de una manera tan directa y sin atenuantes que a veces uno se pregunta si estar viéndolas no será participar de alguna clase de delito.

Uno puede cometer un gravísimo error al invitar a alguien a ver una de Todd Solondz. Tal vez la otra persona crea que usted es Jack El Destripador.

Solondz se regodea en planos de una cotidianeidad berreta (frentes de casas de los suburbios, frentes de negocios de la calle, escenas de mesas familiares), diálogos ingeniosos y en desequilibrio (el drama y la comedia se alternan con una brutalidad chocante), momentos incómodos o deleznables, personajes patéticos o psicópatas o las dos cosas juntas. Casi como si quisiera espantar a sus virtuales espectadores. Como en la vida real, en las películas de Solondz casi todo lo horroroso sucede en el interior de casas de familia perfectamente normales.

El relato coral Happiness (verla es casi tan lindo como meter la cabeza en el inodoro) surge como la respuesta under a los dramas “revulsivos” del filo del milenio: Belleza  Americana, Magnolia. Incluye escenas de Philip Seymour Hoffman hablando por teléfono, que es básicamente lo que mejor hacía este gran actor fallecido, con mística rockera (“El actor muerto con mística rockera. Una genealogía”; es un buen nombre para un libro). Imagino hipsters de todo el mundo juntándose cuando se cumple el aniversario de la muerte de Philip. La última que vi de Philip es la más rara de todas. Creo que fue lo último-último que hizo, tal vez no.  Se llama God's Pocket. Creo que no le gustó a nadie. A mí sí. Es algo tardía, un regreso a la comedia asburda, a los Estados Unidos del primer Beck, a Rejtman, como si la retromanía noventista ya hubiese destronado a la de los 80. Pero esa película no es de Todd Solondz así que mejor dejo esto acá.  

Esta semana pude conseguir Wiener Dog, su última película, que resulta una versión un tanto amable de la estridencia a la que nos tiene acostumbrados, con un elenco compuesto por actores célebres: Julie Delpy, Greta Gerwig, Danny DeVito, Ellen Burstyn. Todo hace pensar que Todd está ingresando de una manera más efectiva a la Industria, que lo ve como un freak que no se merece ni siquiera una nominación al Oscar. O tal vez la industria de los actores esté ingresando de manera más efectiva a las películas de Todd Solondz, como si Todd ahora fuese un director que le gusta a los actores, como si Dios o por lo menos el Dios de Todd Solondz (supongo que debe ser un Dios despreciable) lo quisiera sacar de su postura de outsider para que deje de romper las pelotas.   

Wiener Dog son cuatro historias cuyo denominador común es la presencia de un perro salchicha. Intuyo en Todd una sonrisa macabra (frente al espejo, por la mañana, mientras mira un cielo celeste en Nueva Jersey) al elegir el título de la película.  Con respecto a la filmografía de Solondz reaparece Dawn Wiener, personaje emblemático, siempre interpretado por actrices distintas, que en la legendaria Welcome to the Dollhouse es una niña víctima del bullying y en la inquietante Palindromes es una adolescente que busca quedar embarazada y sufre todo tipo de abusos. Acá se luce Greta Gerwig. También aparece Brandon, el inquietante matón que acosaba a la pobre “Wiener Dog” de Welcome to the Dollhouse, en este caso interpretado por el inefable Kieran Culkin. El hermano de Macaulay (otro que tiene mística rockera, más por su vida que su efímera obra) ya había aparecido el año pasado en la segunda temporada de Fargo (el único caso conocido en el que una serie basada en una película pudo generar un buen resultado, más que nada porque la continuación tiene que ver con la condición atmosférica de la obra maestra de los Coen, en el sentido menos científico del término).


En fin. Cuando Wiener Dog parece devenir en una tragicomedia inclasificable y algo aburrida, más bizarra que buena, ocurre una escena que parte la pantalla al medio. Contarla sería adelantar algo que tal vez ni siquiera pueda explicar pero la protagoniza Ellen Burstyn, la madre de Linda Blair. En el transcurso de la película (e incluso de la obra de Todd, aunque tal vez esté exagerando) es una escena de ruptura porque traslada la expresión del Mal del orden de lo social y psicológico a otro de índole sobrenatural-onírico bien logrado pero en principio demasiado shockeante para ser procesado de forma correcta. Es decir, el cine de Todd Solondz te deja pensando en una escena. Gana por nocaut.  

sábado, 3 de septiembre de 2016

Treinta minutos de "rock nacional"


Hace un par de semanas tuvo mucha rotación en las redes sociales una nota del diario chileno La Tercera, que diagnosticaba una crisis en el rock argentino, cuyas aparentes causas se debían tanto al ocaso de sus grandes figuras y la supuesta decadencia o inexistencia de nuevas bandas como a las declaraciones de Gustavo Cordera:

“Durante este siglo, el rock y el pop importado desde el Atlántico dejaron de alzarse como el gran faro de la región y hoy atraviesan un trance subordinado a la escasez de referentes, la ausencia de propuestas capaces de imponer tendencia, la muerte de sus héroes (Cerati, Pappo, Spinetta) y las ásperas polémicas”.  

El dramatismo del texto es entendible dada la importancia que tuvo la exportación del rock argentino en la escena chilena a mediados de los 80. De hecho la masividad de Soda Stereo está muy vinculada a su primer viaje a Chile. En el libro Las Voces De Los 80 Emiliano Aguayo recoge testimonios de las figuras del rock chileno ochentoso y un capítulo está dedicado a analizar cuánto hay de cierto con respecto a la influencia de Charly García en ese movimiento.

Muchos dicen que todos los que vieron el primer recital de Velvet Underground salieron de ahí y formaron una banda. Álvaro Scaramelli, líder de un grupo pop chileno llamado Cinema, cuenta algo similar sobre la primera visita de García al país en el cine Gran Palace, ocurrida en agosto de 1984: “Antes de Charly García había bandas tocando, pero sin un hilo conductor (…) Ese concierto en el cine Gran Palace nos abrió la cabeza a muchos (…) Allí, muchos nos inspiramos en la idea de hacer una banda y salir a tocar, viendo que la cosa se podía hacer bien, y en español”.

La mayor trascendencia de García, aclaran todos los entrevistados, fue el sonido permanente de la batería de Willy Iturri, es decir, la idea del ritmo en la centralidad de la propuesta. La crítica rock argentina siempre decodificó en la batería de Piano Bar la influencia del “tambor de Bruce Springsteen” (Born in USA). En el resto de Sudamérica, según Jorge González, líder de Los Prisioneros, “era conocido como el tambor de Charly”.    

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La idea de que el rock argentino está en decadencia sobrevuela la opinión pública rocker desde hace ya muchos años. Pienso que, en todo caso, lo que está en decadencia es la cultura rock en todo el mundo. Tampoco entiendo por qué eso debería ser visto como algo grave. Buena parte de los géneros populares del siglo XX (el tango, el jazz) tuvieron un momento de auge, en el que daba la impresión de que todos escuchaban esa música que, además, captaba el espíritu de los tiempos. Después de una etapa de florecimiento, desarrollo y fusión (con sus obvios y atractivos conflictos estéticos) estos géneros sufrieron un periodo de repliegue, al ser reemplazados en el gusto popular por otro tipo de géneros o simplemente olvidados, transformándose con el tiempo en la música de un gueto. De ahí el shock urbano que desprende la existencia de clubes de jazz o milongas, es decir, lugares donde cierta gente comparte un lenguaje musical específico, con sus determinadas costumbres y manías. ¿Por qué el rock no debería vivir ese momento de repliegue? De hecho el auge del rock duró mucho más de lo que cualquiera podría haber imaginado y su fusión con otros géneros fue tan amplia que en Escuela de Rock Jack Black necesita un pizarrón gigante para transcribir todas sus ramificaciones.

Por otro lado, esos clubes de jazz o milongas para el tango ya existen para el rock: son, simplemente, esos bares, cada vez más extraños, donde un amigo nos aclara antes de entrar que “todavía pasan rock”. Cuando era adolescente y cada tanto me animaba a frecuentar boliches bailables después de horas de aquello a lo que en el barrio denominábamos “marcha”, cumbia y música latina, pasaban unos treinta minutos de “rock nacional”: Calamaro, Los Redondos, Charly García, Soda, Babasónicos, Los Piojos. Ese era el momento en el que el dj nos premiaba en forma simbólica a los que fracasábamos en ser como los demás.

Hace tal vez una década que no frecuento un boliche pero estoy casi seguro de que esos treinta minutos de rock nacional ya no existen. En caso de que existan, seguramente ya son quince y no significan lo mismo.  

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En el primer lustro de los 90 mi viejo laburaba en una lonería como empleado y entró para hacer sus primera armas en el oficio un chico nuevo llamado Marcelo, que debería tener 19 o 20 años. No hace falta decir que quienes trabajamos en lonerías no solemos ser acaudalados ni hijos de presidentes que le ponen a su obra “La costra letárgica de lo que anhelo” (aunque quién no anheló algo que alrededor tuviese una costra letárgica por lo menos una vez en su vida). La cuestión es que el muchacho escuchaba a Soda Stereo y, a través de mi padre, le grabó a mi hermana un casette con Colores Santos y otro con Dynamo. Es decir: la avant garde del rock argentino en las manos de un muchacho llamado Marcelito y de ahí al radiograbador Grundig de dos hermanos del barrio Pueyrredón, adonde llegaban sólo dos colectivos (el 54 y el 73).             

El problema (e insisto ¿por qué debería ser “un problema”?, ¿por qué nos gusta “a nosotros”) es que el rock dejó de ser la banda de sonido de la juventud, dejó de atravesar todas las capas sociales como una flecha salvaje y ya no genera sentimiento de pertenencia. Y la causa es que nada es una flecha salvaje en su momento de repliegue. El mismo adolescente que escucha reggaetón puede escuchar Callejeros y eso no es un delito moral como hasta hace muy poco. Supongo que no está tan mal. 

Hace muchos años que todavía no puedo decodificar qué es lo que escuchan los chicos en sus celulares mientras viajo en colectivo. La misma pregunta se la hice a otras personas de mi generación y ninguno supo responderme. Porque no es cumbia, ni hip hop, ni reggaetón, ni tampoco es una mezcla de todo eso, es algo propio de sus sensibilidades, que sólo ellos pueden ver.

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Otro problema del rock es que ya no ofende.

En un principio se trató de espantar al burgués: “oh, tienen el pelo largo”, “oh, toman drogas”, “oh, son homosexuales”, “oh, están en contra del sistema”, “oh, tiene el pelo largo, toman drogas, son homosexuales y están en contra del sistema”.  

Cuando los ofendidos asimilaron el rock como soundtrack de las vidas que nunca podrían vivir, el rock se encargó de crear su propia petite bourgeoisie, los fans, y la ofensa pasó a ser puertas adentro: “oh, se vendió a Fiorucci”, “oh, en vez de hacer canciones, hace ruido”, “oh, Kid A”, “oh, tocó con Shakira”.

Traspasado cierto umbral de tolerancia nada que pueda hacer el rock es ofensivo para la sociedad ni para el ambiente del rock. Es más, cuando alguien quiere transgredir, más que como un transgresor, es visto como un boludo: “¿cómo se le ocurre querer transgredir después de Jim Morrison y Ricky Espinosa? Qué tarado”.

Más que una decadencia creativa, lo que horroriza es que el rock sea considerado un género más. 

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Por último, seguir esperando la llegada de un nuevo Spinetta o Cerati es una utopía. Ya no están dadas las condiciones para que eso suceda y es más: ya no los necesitamos, porque Spinetta y Cerati significan “Spinetta” y “Cerati” porque alguna vez necesitamos que signifiquen eso. Las redes sociales, con su política de exposición de la vida privada, permiten que expresemos nuestro narcisismo abiertamente, sin la necesidad de sublimarlo en un póster. Nosotros somos nuestros propios posters, ¡las costras letárgicas de lo que anhelamos (ser)! Porque además de una música hermosa, Spinetta o García significaban (y todavía significan para muchos de nosotros) una forma de ver el mundo, de entenderlo y de soportarlo. Hoy, el panorama cultural de un mundo híper-fragmentado y con nuevos y efímeros pactos a la hora de percibir películas, discos o libros, no permite la existencia de este tipo de personalidades acaparadoras pero sí la feliz coexistencia de Valentín y los Volcanes, Unknown Mortal Orchesta, Él Mató y Mac DeMarco en la lista de temas de vaya a saber qué copada aplicación que nunca voy a entender por qué existe.     




domingo, 28 de agosto de 2016

Ignorancia digital


Hace poco me invitaron a un programa de radio y sentí en carne propia la existencia de un nuevo tipo de ignorancia: la digital. Uno de sus máximos representantes vendría a ser yo. Y no me refiero a no saber usar Word o cómo buscar en Google. Antes de la nota el locutor repasó todas las aplicaciones que utilizaban y me quiso hacer partícipe de la charla pero yo no supe qué decir de ninguna.

Probablemente quedé como esos tipos que en los 90 decían que no veían televisión para mantener a salvo su cabeza pero la verdad es que no es que me niego a usar aplicaciones por una formación ideológica: directamente desconozco la existencia de ellas o conozco el nombre pero no sé para qué sirven y cuando me entero casi siempre me parece que las cosas que ayudan a hacer las aplicaciones se podían hacer desde tiempos inmemoriales sin ningún tipo de ayuda.

La consecuencia de la ignorancia digital es quedar afuera de la sensibilidad de la época. Lo que percibo es que a mi alrededor las personas están entablando vínculos, ya no fetichistas, sino de tipo romántico con sus celulares, sus aplicaciones. Supongo que en el futuro (no olvidemos que somos piezas de museo de principio de siglo) fenómenos como la canonización virtual de Steve Jobs o una película como Her serán entendidos como síntomas de un cambio de época.

Hay una cierta mística en cazar pokémones, en armar listas de temas en spotify o en filmar algo para vine o periscope que a mí se me escapa por completo. Para los ignorantes digitales (repito: me refiero a quienes no cazamos un Pokémon, no a quienes no pueden por cuestiones socio-económicas) resulta un enigma saber de dónde viene el deseo y la necesidad de esa híper-conexión y ese aggiornamento, tan permanente como demandante, por probar todos y cada uno de los chiches tecnológicos. Tener un blog y ser usuario de facebook ya se puede leer en clave paródica.

Me pregunto también si a largo plazo esa ignorancia (que por ahora sólo se relaciona a situaciones de ocio que no comparto) no será un factor que tienda al desplazamiento social . No quiero ser paranoico pero desenfundar un celular del 2011 en público, por lo menos, provoca risas o una curiosidad concreta. ¿Terminaré usando todas las aplicaciones en boga cuando me vea obligado a cambiar de modelo? Probablemente sí.  

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Todo esto se me ocurrió porque vi los primeros cinco capítulos de una serie llamada Mr. Robot, alabada por la crítica y el público.   

La serie trata sobre Elliot, un joven talentoso y depresivo (el Messi de las computadoras), que al mismo tiempo que trabaja para una gran compañía informática se dedica a corroer la Matrix por dentro como miembro de un grupo de hackers que quieren provocar un cimbronazo económico al borrar datos fundamentales en bancos de todo el mundo. La serie le debe tanto a Matrix y Fight Club (todo puede estar sucediendo en la mente del hacker melancólico) como a la oleada de filtraciones de datos privados que conmovieron al Poder en los últimos años (la idea de un proto-anarquismo digital sobrevuela la atmósfera opresiva de Mr. Robot).  

Hay series que necesitan que uno pase un filtro: hasta que distinguimos a los personajes o entendemos el rumbo de la trama tal vez nos aburramos bastante. Después del primer capítulo de Mr. Robot creí que iba a pasar eso pero llegué al quinto y, en vez de conmoverme, lo único que me generaba era risa. Y lo peor de todo es que Mr. Robot es una serie con muy poco humor, poquísimo, que se toma tan en serio como Marcos Aguinis en la solapa de sus libros: escenas con ópera, diálogos informático-metafísicos (con escalofriantes analogías del tipo “soy tu peor malware” o “¿erés un cero o un uno?”), reflexiones sobre la vida cada vuelo de mosca, personajes que usan y abusan de las drogas para combatir el bajón existencial por tener la mala suerte de ser millonarios y exitosos. Los monólogos en off de Elliot me sonaban simplemente emos. Su subrayada fobia social se me hacía inverosímil al corroborar que, como en las series de Suar, todas las chicas están enamoradas de él. El grupo de hackers multirracial con un negro, una árabe, una top model, un gordo y un Christian Slater es casi el prólogo de esos chistes donde tipos de diferentes nacionalidades viajan en un avión y uno debe tirarse al vacío.

Y lo que más me llamó la atención y resaltó mi ignorancia: la utilización de un vocabulario técnico (“archivo dat”, “IP”, etc.) que a los entendidos les debe resultar fascinante y a mí no me dice absolutamente nada. Si me hubiese visto en el espejo mientras miraba los capítulos estoy seguro de que tendría la mirada de esos tipos que quedan atrapados en una conversación sobre las distintas formaciones de Pink Floyd y no saben nada de rock o tal vez gusten de algún tema de Pink Floyd pero no pueden entender por qué existe gente a la que le interesa en qué disco Richard Wright no era parte de la banda pero tocó como sesionista.

De la misma manera que existe la cultura rock, también existe la cultura geek. No es casual, entonces, que el imaginario de Elliot gire en torno al del maldito/romántico, los mismos parámetros que en otra época representaban los rockeros: adicciones, sufrimiento, soledad, genio. Tampoco que la Central de los hackers sea un local de videojuegos abandonado frente a un parque de diversiones: toda cultura necesita de una tradición que la sostenga.   

¿Puedo decir que la serie es mala? No, simplemente no tengo las herramientas para entenderla. O carezco por completo de esa sensibilidad. O del lenguaje. O todavía me acuerdo de la letra de la canción de Emmanuel Horvilleur para Hacker.

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Un amigo me contó que su hija de dos años conoce los rudimentos básicos para manejar un celular de pantalla táctil. El corolario es una imagen tan poética como distópica: a veces, mientras miran la tele, ella se acerca a la pantalla y quiere mover a los panelistas de Intratables con el dedo.

jueves, 11 de agosto de 2016

El rock nació mal


En cierto punto, es paradojal que el éxito de la Bersuit (especialmente a fines de los 90 y principios de los 2000) se vincule al éxito de uno de sus grandes enemigos simbólicos, Carlos Menem. De la misma forma que en retrospectiva nadie parece haber votado al riojano, en la actualidad (incluso antes de las declaraciones de Cordera), nadie parece haber escuchado a la Bersuit. 

Desde su origen La Bersuit fue un grupo cuyo imaginario giró en torno a la mística rockera asociada al folclore del reviente, donde la opresión de un sistema desigual parecía ser la justificación para transgredir las normas de una sociedad hipócrita. Y punto (1992), el primer disco de la banda, probablemente sea la cumbre de su discografía y hoy puede ser escuchado como un testimonio de un clima político-cultural decadente del que la banda era, al mismo tiempo, denunciante y paradigma. "Diez mil", "Como nada puedo hacer (puteo)" y el cover (diez años después devenido hit) "El tiempo no para" son canciones que, más allá del valor subjetivo que cada uno le pueda otorgar, tienen la virtud de recrear el clima de época. 

Cordera siempre coqueteó con la idea del artista sociópata que pone en escena la basura que barremos bajo la alfombra de las buenas costumbres y el protocolo moral. El límite entre la provocación, la estupidez y el delito es un arma de doble filo que existe desde el comienzo del rock (por limitarnos a este modo de expresión). Cordera nunca dejó de utilizar ese recurso, hasta falsearlo. Aunque la estetización trash de la vulgaridad estaba en el adn de la banda, el boom comercial de discos como Libertinaje (1998) e Hijos del culo (2000) intensificaron la faceta más pobre de su repertorio. Un disco pretencioso y fallido como La argentinidad al palo (2004), significó tanto el momento de mayor auge de la banda como la pérdida total de sus mejores virtudes (hacer, cada tanto, buenas canciones como "Vuelos" o "Desconexión sideral").

Mientras tanto un rito iniciático de sus fans era mostrar las tetas cuando la banda tocaba "Hociquito de ratón" o bajarse los pantalones en el caso de "La petisita culona". Estas costumbres eran famosas y hasta celebradas por buena parte del ambiente del rock. Por lo menos no se las solía condenar (aunque a causa de ello, en un gesto de ribetes hoy premonitorios, la Bersuit era probablemente el grupo que solía generar más rechazo en las mujeres). 

"O vas a misa o vas a mi salamín" es un título bastante elocuente que ejemplifica, acaso de manera demasiado literal, el derrumbe artístico de una banda que poco después de un River tardío se partió en dos partes: por un lado Gustavo Cordera, que siguió su carrera solista, y por otro sus ex compañeros que, enemistados con el líder carismático, siguieron sacando discos bajo el nombre histórico de la banda.

Entre el raye místico y ciertas escenas típicas de su personalidad (su desnudo total en un show causó una mini polémica) la carrera solista de Cordera avanzó, en un principio, sin pena ni gloria, hasta llegar a renovar el stock de su público con hits como "La bomba loca" o "Soy mi soberano".

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Elaboro este breve repaso por la carrera de Cordera porque con el diario del lunes parecería que tipos como él, Cristian Aldana o Ciro Pertusi nacieron de un repollo y hasta que fueron denunciados por violación o señalados por la bestialidad de sus declaraciones nadie nunca los había escuchado. La verdad es mucho más dolorosa e incómoda para quienes crecimos escuchando rock: bandas como El otro yo, Ataque 77 o la Bersuit forman parte del soundtrack de los últimos 25 años del rock del país. La concientización sobre la atrocidad que representan ciertas conductas de dominio y abuso que, hasta hace muy poco, estaban naturalizadas en el marco de la cultura (¡y la supuesta contracultura!) deja al descubierto y pone en entredicho cierto lado siniestro del vínculo artista de rock/público que, por acción u omisión, hasta ahora nos habíamos encargado de mantener bajo un tupido velo.

¿Alguien cree que Plant y Page les pedían el documento a las chicas que entraban al camarín antes y después de los shows de Zeppelin? E incluso hilando más fino y abordando el contenido artístico: ¿letras de nuestros más grandes ídolos como "Run for your life" o "Rock and roll Yo" de qué están hablando? ¿Uno de los más brillantes compositores del rock de acá no tiene un tema llamado "Juego de seducción" que dice "O puedo ser tu violador/ La imaginación esta noche todo lo puede"? ¿No fue el mismo Luis Alberto Spinetta quien se horrorizó porque la letra de "Muchacha", entre líneas, contenía la prédica del macho depredador? Esto no se arregla sacando a Cordera de la Rock And Pop sino repensando, en forma individual y honesta, qué hicimos como público para construir un marco de impunidad tan grande como para que esos mismos tipos de los que alguna vez nos compramos discos hoy sean exponentes mediáticos de las peores conductas humanas. 


La dimensión que tomó el fusilamiento mediático de Cordera parece querer borrar inconscientemente el espacio para la autocrítica personal: el rock, alguna vez entendido como símbolo de libertad y desprejuicio, con las excepciones del caso, replica exactamente las jerarquías retrógradas de la cultura machista. Como Macri o Cristina, los artistas también son emergentes de la perversión y la estupidez de la sociedad. Ya lo dijo Moris: no es rock nacional, el rock nació mal.     

domingo, 7 de agosto de 2016

Olarticocheada


Olarticochea representa en sí mismo una idea central que gira en torno a los jugadores que lograron la épica del Mundial 86: la hazaña de ciertos hombres técnicamente limitados que, a fuerza de voluntad y sentimiento, se convirtieron en el respaldo perfecto para el funcionamiento de un genio.

De esa premisa (acaso falsa) tal vez proviene la idea de rodear a Messi con jugadores de Chacarita y Deportivo Riestra que a veces alientan hinchas y periodistas enemistados con la incapacidad del equipo para triunfar en las finales.

(El tinte bélico que rodea la consagración del 86 explica el dramatismo con que se vive el fútbol. La tesis intelectual ejerce un correlato entre soldados y jugadores, con sus implicancias obvias: el malentendido social. Corolario: Maradona habla como un ex combatiente. No puede ser casual que cuando en 1994 el asesinato del soldado Carrasco obligó al gobierno a desactivar la obligatoriedad del Servicio Militar, Passarella hizo de la Selección la continuación de la colimba por otros medios).  

La logística de esta Selección fue a la bartola desde un primer momento: un técnico que renuncia un mes antes de que comience el Torneo, uno que asume y no lo puede creer, una asociación de fútbol en pleno apocalipsis, clubes que niegan a los jugadores, problemas para armar la lista y para entrenar con más de nueve tipos. Esa desprolijidad permite un hecho paradójico: por un lado nadie espera nada de esta Selección (por ejemplo el relato del agudo binomio Closs/Latorre en el partido contra Argelia se regodeó de una manera un tanto morbosa en la aparente excelencia del equipo africano y las olarticoheadas del equipo argentino); por otro, todo lo que haga bien entra en el terreno de la épica, género al que Olarticochea le debe su huella en la historia del fútbol.


Es probable que gracias a su inesperada y bizarra designación como DT de la Selección Sub 23 las nuevas generaciones le hayan puesto cara a un nombre histórico del que no se tenían mayores noticias. Maradona con traje y corbata daba la impresión de ser un jugador de fútbol disfrazado. El prejuicio indica que Olarticochea parece el gasista simpático que te da charla mientras te arregla el piloto del calefactor. En esa distancia entre lo que aparenta y lo que debería ser nace el personaje, tan propenso a las burlas como al cariño. Más allá de una Selección extraña que deberá (o no) entablar un lazo afectivo en pleno Torneo, uno quiere que le vaya bien a Olarticochea. Cortázar diría que es el hombre del territorio, ¡el incurable error de la especie descaminada!

viernes, 29 de julio de 2016

Revisionismo histórico. River Campeón Apertura 1997


Aunque no están en el imaginario del River de Ramón Díaz y son más bien considerados emblemas de los primeros 90', Juanjo Borrelli y Medina Bello jugaron ese campeonato. Borreli hizo un gol de tiro libre. Medina Bello, después de su paso por el fútbol japonés, en el ocaso de su carrera, cada vez que entraba hacía un gol. 

A mediados de los 90 Family Game tenía un juego de fútbol llamado Goal 2, que replicaba la liga japonesa. Yo jugaba con el Yokohama Marinos porque estaban el Mencho y el Chapa Zapata (the original). 

Fue el último torneo de Francescoli, que, acosado por los desgarros, vuelve en las últimas fechas sin recuperar del todo su nivel pero hace un golazo de cabeza contra Colón de Santa Fe (la imagen en cámara lenta de su salto tiene reminiscencias artísticas y es de una elegancia inalcanzable). También fue el último Torneo de Maradona, que sale en el entretiempo del superclásico por un tal Riquelme, al que ese mismo año Passarella hace debutar en la Selección Argentina en el último partido de las Eliminatorias del Mundial 98 (partido contra Colombia jugado en la Bombonera, algo que puede ser interpretado de dos maneras: como un acercamiento de la llamada Riverción al mundo Boca y como un precursor del coqueteo de Passarella con el Boca de Macri). 

Los arañazos de Gallardo en la semi de Libertadores del 2004 socavaron la real importancia de su grandeza como jugador. En este Campeonato la rompió, fue por lejos el mejor de todos (junto a Salas). Y Chilavert lo quiso ahorcar. 

Entre otros jugaban Burgos, Celso Ayala, Sorín, Berizzo, Hernán Díaz, Astrada, Monserrat, Salas, Gallardo, Francescoli. Entraban en el ST Placente, Gancedo, Escudero, Solari, Cardetti y Rambert (que venía de Boca y nunca volvió a ser el de Independiente 94).    

Boca, que con el Bambino Veira ya estaba formando la base del equipo de Bianchi, peleó todo el campeonato y aunque ganó el superclásico (con la histórica obstrucción de Bermúdez a Burgos, que permitió el cabezazo de Palermo) quedó un punto abajo.  

El Apertura 97 fue el tercer campeonato seguido que ganó River (después del Apertura 96 y el Clausura 97). Al mismo tiempo obtuvo la Supercopa, ganándole la final al San Pablo, que no era el de Telê Santana pero tenía a un jugador llamado Dodo que la descocía.   

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A principios de los 90 hubo un trueque inédito entre Boca y River: Batistura, surgido en Newell's pero haciendo banco en River, pasó a Boca; Berti, comprado por Boca pero enemistado con sus compañeros, pasó a River. Las de Berti y Batistuta, en su origen, son historias paralelas. Incluso hay cierto  physique du rol, probablemente por cuestiones generacionales, que los hermana. Por su relevancia a nivel internacional, pareciera que Boca hizo mejor negocio, pero el aporte de la Bruja Berti a la historia de River es incalculable y en sí mismo significa un hito: ganó 7 títulos con el Club, siendo fundamental en la mayoría de ellos. Probablemente el mejor volante por izquierda de la historia contemporánea del fútbol argentino. Es más: me animo a decir que River nunca lo pudo reemplazar. Los hinchas de River seguimos soñando con un jugador como Berti. La cantidad de goles que hacía por torneo (6 en este caso) es la que hoy hace un delantero promedio (si está en un buen momento). Su bajo perfil no iba en desmedro de su fuerte personalidad, que alguna vez lo llevó a pelearse con Ramón Díaz.

En el Clausura 97 River perdía 3 a 0 con Boca. Era un baile apabullante y encima en el Monumental. Antes de que termine el primer tiempo Berti marca el descuento y no grita el gol, toma la pelota y la lleva a la mitad de la cancha con gesto adusto. Eso es Berti. River terminó empatando con un gol histórico de Celso Ayala. 

Labruna, Francescoli, Alonso, Ortega son ídolos oficiales. Berti es más bien un ídolo de culto. Lo recuerdo parco, distante, casi sobrador por su tranco de zurdo lírico. no exento de cierta y necesaria malicia. Nunca me lo pude explicar del todo pero era evidente que había algo glorioso en su manera de defender los colores de River.   

martes, 26 de julio de 2016

Tres textos


A veces Borges puede ser una Caja Registradora de la Literatura. Esa es la sensación que da su descripción del estilo de Cortázar en los prólogos de Biblioteca Personal, esos pequeños artefactos pop que están entre lo más cercano y liviano de su obra. Hay algo maligno en la sencillez con que Borges despacha a Cortázar pero sin embargo predomina el gesto de escribir sobre un contemporáneo al que le lleva 15 años (y además lo que dice deslumbra). Por seguir con las analogías del rock: es como Spinetta haciendo “Filosofía barata y zapatos de goma” (mientras lee la letra).

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En Mar del Plata hay una leyenda urbana bastante parecida a la de #whoisbeck, pero en vez de Beck el protagonista es Nito Mestre. En 2013 inauguraron una estatua de Charly y Nito en la vereda del teatro en donde Sui Generis tuvo su debut marplatense, cuarenta años atrás. Las estatuas recrean una fotografía icónica de Sui en la que los dos están caminando y Charly (todavía sin bigote) se levanta la remera y muestra la panza. En fin. Al otro día de la inauguración Nito fue a sacarse una foto con su propia estatua y un tipo, de mala manera, le pidió que se corriera porque quería sacarse una foto con su familia y la estatua de Sui Generis. No sabía a quién estaba corriendo: #whoisnito.

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Esta semana hubo una explosión en las redes sociales. Uno de cada cinco usuarios habla de Stranger Things, y habla bien. Ahora me doy cuenta de que Facebook y Twitter sirven para eso. Estos tipos ya no necesitan un departamento de marketing: nosotros les hacemos el trabajo gratis, y encima nos creemos copados. Damos de comer a personas reunidas en un rascacielos con cuentas multimillonarias. Y ellos no sólo no nos dan de comer, nos dan una serie que ya vimos pero con otros actores. Son genios.

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sábado, 16 de julio de 2016

La mejor manera de ver una película de Lynch


Ayer me di cuenta de algo: la mejor manera de ver una película de Lynch es agarrarla empezada en la tele. Eso suspende la innecesaria pretensión de querer entenderla.  

La película que estaban pasando era Mulholland Drive. En su momento, fans ortodoxos de Lynch crearon una página para intercambiar diferentes hipótesis sobre lo que pasaba en esa película. Hablamos de la prehistoria de Internet. Yo creo que preguntarse por el sentido de las películas de Lynch es no entenderlas. Es como preguntarse de qué juega Tevez o si Vangioni es defensor o volante. No vale la pena. Las mejores películas de Lynch son pesadillas dirigidas. El tipo nació con ese don: puede materializar audiovisualmente las pesadillas.

Hay una gran reticencia hacia la idea de que una obra (ya sea una canción, una pintura, una película o un libro) no tenga sentido. Por eso está lleno de gente que pregunta qué quiso decir el Indio Solari o Spinetta en tal o cual canción. No entender es uno de los mejores efectos estéticos. Entender a veces deserotiza. Si no fíjense los finales de algunas novelas de Bioy Casares en las que te explica que la perra en realidad era una mujer que tenía un chip en la cabeza y a la que secuestró un doctor malvado que... Todo es mucho mejor si lo intuimos. Barthes decía que cada enunciado asertivo debería llevar una cláusula de incertidumbre.

De la película de Lynch me volvió a impactar la misma escena de cuando la vi por primera vez. Dos tipos están tomando algo en un barcito yanqui y uno de ellos, muy nervioso, le dice al otro que lo llamó porque había soñado con esa misma situación y que detrás del bar había un tipo horrible que lo aterrorizaba. Van a fijarse y aparece el tipo horrible y los aterroriza. Es un auténtico lynchera.

Esta escena (básica, sin efectos especiales) tiene una dinámica similar a otras en las que, con pequeñas variaciones, Lynch logra recrear la misma y espantosa sensación de terror. (De Lynch se podría decir lo que Borges de Faulkner: no sabemos qué mierda pasa pero sabemos que lo que pasa es terrible).  

En Carretera Perdida el protagonista está tirado en la cama y advierte que la cara de un hombre misterioso y repugnante ocupa el lugar de la cara de su mujer. Es un flash de terror conyugal, una fantasía negativa que todos hemos experimentado alguna vez y que Lynch la lleva al cine casi en forma grotesca (pero con inigualable eficacia): la idea de que en realidad no sabemos a quién tenemos durmiendo al lado.

En Twin Peaks la madre de la finada Laura Palmer se abraza a Donna, su mejor amiga, y de repente aparece un hombre con el pelo largo y la cara afilada agazapado detrás de un sillón. El tipo, que en realidad es una entidad maléfica de la concha de su madre, se llama Bob pero en ese momento lo único que sabemos es que nos da miedo.   

Muchos se alegraron porque el año que viene se estrena una especie de secuela de Twin Peaks. No sé si hace falta. A principios de los 90 pasaron Twin Peaks en Canal 9. Yo tenía siete u ocho años. Recuerdo una sensación que en ese momento me era inexplicable: aunque no había chicas en tetas ni decían malas palabras ver esa serie, por lo menos una escena, formaba parte del mundo de lo prohibido.   

martes, 28 de junio de 2016

La máquina de pedirle a Messi


Creo que fue a principios de año que el micro que llevaba por las rutas venezolanas al plantel de Huracán chocó y varios jugadores del Globo sufrieron heridas graves. El más perjudicado de todos fue Patricio Toranzo, un mediocampista exquisito cuya tradición estética remite a Fernando Redondo, quien perdió una parte de los dedos de su pie derecho. El accidente conmovió a la opinión pública del fútbol (siempre alerta para convertir tragedias en espectáculos masivos) y se destacó la carta de un niño, hincha de Huracán, que le ofrecía a Toranzo los dedos de sus pies ya que él los iba a utilizar mejor.

En el momento me llamó la atención que nadie reparara en que la ofrenda del niño, más que una demostración de amor, era la manifestación de una patología. Por más que el enunciado haya sido interpretado en términos simbólicos, lo que el niño manifestaba era real y por lo menos sugestivo: la amputación personal en nombre de un ídolo. 

El niño y Toranzo no importan tanto como la metáfora brutal sobre la dinámica del vínculo hinchas/jugadores que se desprende de la anécdota.   

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Como sucedió con el accidente de Toranzo la renuncia de Messi hizo que los medios vuelvan a utilizar el escudo de los niños para simbolizar el “sentimiento” de un país. Ayer Marcelo Tinelli difundió el video de un niño al borde de la descompensación, que entre llantos y convulsiones, le pedía a Messi que no renunciara. Lo más turbio de todo es que mientras el niño balbucea se oye la voz de la madre instigándolo a que siga hablando, a que manifieste su patología en público. La maternidad/paternidad, incluso cuando es buscada, de por sí, es autoritaria: alguien decide la existencia de una persona sin saber si a esa persona le agradará existir. Claro que el error original puede remedarse con amor. En una canción llamada “Esto va para atrás” Moris se refiere a ese dilema y llega a la conclusión de que nuestras madres tampoco pidieron nacer. Ahora bien, el video del niño que le pide a Messi que no renuncie demuestra que la maternidad/paternidad, cuando es irresponsable, es casi fascista.

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La sobreactuada delicadeza, el excesivo dramatismo con que se le pide a Messi que no renuncie esconden la intención despótica de pasar por arriba de los deseos del otro. Básicamente se le está pidiendo a Messi que no haga lo que quiere hacer de una manera amable. Más o menos al estilo de los mafiosos en las películas antes de matar a la víctima.

El extremo de ubicarlo en la situación de un mártir porque los aviones de la Selección no salen a tiempo también es ridículo si tenemos en cuenta que cada tanto chocan los trenes de la clase trabajadora.  

La idea de "un país" que insulta y denigra a un jugador por el simple hecho de errar un penal o no ganar una Copa es deleznable. Pero que ahora el mismo país, a través del chantaje emocional de periodistas compungidos, padres enajenados y maestras equivocadas, quiera convencer a ese mismo jugador de que no renuncie a la Selección es propio de un psicópata. Ojalá que Messi haga lo que se le cante.


lunes, 27 de junio de 2016

Vindicación de la Selección Argentina



Argentina perdió el partido psicológico cuando se quedó con uno más y, en vez de  sacar ventaja, mordió el anzuelo de la hábil psicopateada chilena. Corolario: quedó con un jugador menos (fue Rojo, mal expulsado, pero podría haber sido otro). 

Los relatores (tanto en la TV Pública como en T y C Sports) exacerbaron la incidencia del mal desempeño del árbitro pero la verdad es que cobró mal para los dos lados (hubo una exquisita patada criminal de Funes Mori que podría haber sido roja). 

Esta Copa América Centenario, desde el principio, fue un fake, pero desde los medios argentinos se le dio una trascendencia ridícula que fue una carga liviana mientras los rivales fueron débiles (Panamá, Bolivia, Venezuela, EE.UU) y se convirtió en una mochila pesada en la final contra Chile, a quien la Selección le había ganado en la primera fase (en un triunfo merecido pero que también pudo ser empate). 

El fallido de la Selección fue no imponerse justo cuando empezaba la Copa real. El resto (errar goles, no convertir penales) son, simplemente, las características de un deporte llamado fútbol cuyos malos resultados generan conductas en los hinchas que casi lo invalidan como deporte. Por ejemplo: esta semana se filtró el sueldo de Francescoli en River (una operación política tan evidente como sucia). La cifra es elevada e indudablemente puede provocar críticas, ahora bien, el resultado fue una andanada de hinchas de River insultando a Francescoli en redes sociales. Yo sólo quiero decir algo: si usted es hincha de River e insulta a Francescoli sufrió una terrible equivocación: usted no es hincha de River. Casi lo mismo se podría decir de quienes insultan a Messi.  

Chile es un rival históricamente intenso que ahora cuenta con el plus de una generación dorada. Para Argentina perder con Chile ya supone un acontecimiento ominoso, propio de una pesadilla compulsiva, un estigma que la opinión pública del fútbol, con su crueldad irracional (se habla de "fracaso", de "culpables", de "renuncia") hace muy difícil de borrar.      

Sólo hace falta ver el discurso mayoritario de quienes critican a Maradona (racista, discriminatorio, tilingo) para estar de su lado aunque diga y haga barbaridades (casi todas pertenecen a su vida privada). Lo mismo pasa con Messi, a quien le hemos cargado una cruz simbólica que, en caso de existir, explica lo peor de la idiosincrasia argentina.

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El año pasado conocí a un jugador de fútbol de Primera así que aproveché para hacerle preguntas cholulas sobre las intimidades de un plantel y la experiencia de ser jugador profesional. Me contó dos cosas que me parecen puntuales para dejar de ser una mala persona. 

Por un lado, que con los años el fútbol para él se había convertido en un trabajo más y que a veces no lo disfrutaba ni un poco. Por otro, que un día tuvo que ir a jugar un partido a alguna provincia lejana y erró un gol abajo del arco porque estaba pensando en que al mismo tiempo su mujer estaba dando a luz a uno de sus hijos. 

Yo miro fútbol desde que tengo cinco años pero recién ese día entendí en su real dimensión que los jugadores de fútbol son seres humanos. Larga vida entonces a Messi, a Mascherano, a Higuaín, a Banega y a Romero. Larga vida a quienes sin ningún tipo de preparación son obligados a llevar todo junto y en un solo puño la psiquís y el latido de su pueblo.  

viernes, 17 de junio de 2016

Análisis coyuntural del relato


El imaginario anti-kirchnerista está plagado de escenas conspiranoicas. La muerte de Kirchner generó, por lo menos, tres:
-Cristina mató a Néstor;
-Néstor no estaba en el cajón;
-el velorio de Néstor lo organizó Fuerza Bruta. 

El kirchnerismo no fue menos imaginativo en este punto: la idea de que todo lo malo que sucedía en el país, del 2008 a esta parte, correspondía a un plan estratégico de Magnetto para desgastar al gobierno fue un lugar común del campo nac and pop que con el tiempo se convirtió en un chiste malísimo. Cuando Hebe de Bonafini dice que López en realidad es un infiltrado del periodismo/servicios de inteligencia está agregando un episodio a esa serie.

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Ante los diferentes shocks mediáticos de corrupción el kirchnerismo eligió diferentes respuestas.

En primer lugar se instaló la idea de "operata" (que lo explica todo). Esta idea supone que cualquier caso de corrupción (desde Boudou hasta Lázaro Báez) es consecuencia de una jugada sucia activada desde los medios de comunicación hegemónicos que, aliados con el establishment económico, se dedican a desprestigiar a los líderes populares a través de intrincadas puestas en escenas que los desfavorecen.    

Después, con el PRO ya más expuesto (gobierna Nación/Provincia/Capital), se utilizó la dinámica del "ojo por ojo": Panamá Papers, Caputo o Niembro demostrarían que tanto de un lado como del otro existen "chorros". Esta idea, además de su indudable mal gusto (del tipo: "vos lavaste los platos pero yo saqué la basura"), es muy complicada, ya que, como es obvio, la corrupción de un lado no desactiva la del otro (y esto no sólo se relaciona con el antagonismo kirchnerismo/macrismo sino con el sector público y el privado). En todo caso lo que subyace en esta postura es que la corrupción es universal, propia del ser humano y no de un partido, lo que por otro lado es verdad aunque se complica cuando los de un lado sólo ven la corrupción del otro y viceversa.  

También se esbozó, en una línea más extrema y rápidamente acallada, que la corrupción era necesaria, casi en forma estructural, para que los políticos electos no siempre fueran multimillonarios que responden a los intereses de su clase. La verdad es que la realpolitik sirve para hacerte el canchero en un café o en el comentario del post de un estúpido bloguero sin formación política pero en términos fácticos te puede dejar en una posición incómoda.

El grotesco de la situación de López, con su estética trash del derroche, propia de Scorsese (potlatch para todos y todas), supone una ola de indignación interna. Se trata de un perfil reconocible, un estereotipo del devenir político histórico: el militante desencantado. Esta figura responde a una construcción casi dramática: el que antes militaba la calle e intentaba convencer a los tibios o distraídos, luego del desencanto ("la torta siempre se la llevan los mismos"), des-milita, es decir, intenta convencer a los nuevos convencidos de que no vale la pena involucrarse ya que en realidad "son todos lo mismo".

En ese sentido estamos asistiendo a un nuevo triunfo de la derecha histórica del país que ante el fin de cada proyecto político que se le opone enarbola, de manera hábil y paternalista, la figura del militante ingenuo (por joven, por ignorante, ¡por boludo!), engañado por sus propios líderes. La idea sería atendible si no fuera porque, además de denunciar la traición (la necesaria traición), lo que en verdad viene a decir es que ningún proyecto que se aleje de las normas económicas, culturales y sociales de los grupos concentrados de poder puede tener éxito (algo que tal vez sea cierto pero no por eso menos trágico).                

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El caso de José López produjo una pérdida automática de autoridad moral. Mientras tanto los kirchneristas mediáticos se muestran tan espantados que es imposible no intuir una penosa sobreactuación, la misma que se podía intuir cuando defendían el modelo (en todo caso el fantasma de la sobreactuación sobrevuela todo hecho de indignación colectiva). Como lo fueron en su momento la muerte de Mariano Ferreyra y el choque de Once el lópezgate es un dardo letal que desinfla el globo de la compensación, en la que los errores y horrores del kirchnerismo de algún modo se justificaban con los logros pasados o los errores y horrores ajenos (no hay pero y de haberlo perdió sentido).

En la guerra cultural esta es una batalla que pierden los militantes kirchneristas y, por cercanía, quienes defendimos algunos de los hits asociadas a esa corriente (AUH, Procrear, ¿Filmoteca?). No importa que este bozal simbólico sea odioso o injusto o hiperbólico o las tres cosas juntas, lo significativo es que es real en el plano del discurso (donde, por suerte, se dirimen estas batallas que hace poco menos de cuarenta años se resolvían a los tiros). La dinámica perversa del silenciamiento actual es la respuesta en espejo a un sector de kirchneristas ortodoxos que durante estos seis meses aprovecharon el gatillo fácil de las redes sociales para responsabilizar a los "globoludos" por las medidas impopulares del gobierno de Macri. Detrás de estas reacciones emerge la peligrosa idea de que votar mal (es decir: votar a quien yo no voté) es un delito moral.

Se trata de una lógica estigmatizante, propia de la crueldad irracional de los niños (incapaces de ponerse en el lugar del otro), de la que todos somos rehenes. No cuesta mucho rastrear su origen en el fanatismo imperante (apañado por la improductiva neutralidad de quienes no lo somos): tanto de los K, apólogos híper conscientes de una bajada de línea de tintes religiosos; como de los anti K, apólogos inconscientes de la anti-política de los gerentes que hoy gobiernan para sí mismos. 

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Hace bastante que el kirchernismo es un poema de Leónidas Lamborghini que deriva en un cuento de Osvaldo. Que del otro lado haya una novela de Aguinis es otro tema (es casi responder a Báez con Calcaterra) pero indica algo sugestivo: no hay salida. El nihilismo será inconducente pero a veces es inevitable.        

domingo, 12 de junio de 2016

Los rusos hijos de puta


1) Ambientada en el primer lustro de la década del 80 los protagonistas de The Americans son Philip y Elizabeth, espías de la KGB, adoctrinados para hacerse pasar por ciudadanos estadounidenses y destruir el American Way of life desde adentro de la Matrix. Sus hijos, Paige y Henry, yanquis ortodoxos en la edad del pavo, simbolizan el enemigo interno: ella es una católica idealista, él un paparulo adicto a los videojuegos. La ambivalencia monstruosa del vínculo, que a veces se resuelve de manera dramática y a veces de manera cómica, es la clave para entender la adicción que genera la serie. 

2) La mayoría de las películas de terror suceden en torno a familias que viven en casas poseídas y, subrepticiamente, más que para asustarnos de los fantasmas, sirven para espantarnos del concubinato y el matrimonio. No es de extrañar entonces que la familia atormentada se mude a otra casa y los hechos sobrenaturales prosigan: los malditos son ellos y, por añadidura, el sistema cultural que rige occidente. En The Americans la guerra fría es una boludez al lado de lo verdaderamente importante: la guerra de guerrillas que entraña en sí mismo el concepto de familia. Con sus correspondientes superclásicos: padres vs. hijos, hija vs. hijo, padre vs. madre, padres vs. vecinos. Acá, como en una materialización grotesca del loco Althusser, todos se revelan aparatos ideológicos del Estado. Especialmente aparatos.  

3) La banda sonora de la serie curte el synth pop de diferentes ramas que gobernó la estética musical de la época. En ese sentido The Americans es crítica rock ya que en forma implícita señala una conexión política (o al menos poética) entre el predominio de la tecnología en el pop, con sus gélidas drum machines, y la competencia armamentista de los 80, telón de fondo (estereotipado) de la guerra fría que enfrentó a Estados Unidos con la Unión Soviética. Afortunadamente The Americans no abusa de la retromonía. En cambio, cuando menos lo esperamos y muy cada tanto, elige ubicar algún que otro tema, a veces hits gastados ("In the air tonight", "Under pressure") que en medio de la trama hermética al tiempo que se resignfican le dan un poco de aire al psicologismo opresivo de la ficción. 

4) Desde el principio The Americans fue una serie exitosa que tuvo a favor al público y a la crítica pero jamás representó un boom. Es decir, más allá de su regularidad (acaba de terminar la cuarta temporada) y de su prestigio, nunca fue Breaking Bad, ese tipo de series que si cometés el pecado de no ver (porque no te interesan, porque no te gustan) te hacen quedar afuera de La Conversación. Durante un tiempo me molestó que The Americans no fuese reconocida pero ahora me pasa con la serie lo mismo que con algunas bandas o escritores de culto a los que atesoramos de tal forma que, a mitad de camino entre la estupidez y el amor (bueno, como siempre), creemos que su masificación incidirá de manera negativa en el contenido de la obra. Así que por favor no vean The Americans, sigan con House of Cards y ese tipo de cosas inteligentes.  

5) Algún día alguien explicará cómo fue que Keri Russel pasó de ser la flaquita de rulos de Felicity a esta mujer que propaga una especie de erotismo inteligente, si es que esto existe, y a la que, misteriosamente, todas las pelucas le quedan bien. Mientras tanto podemos seguir mirándola para desentrañar el enigma. Los Fabulosos Cadillacs se burlaban del auge tecnológico de los 90 aclarando en el sobre interno de sus discos "no se usaron samplers". En la entrada de Wikipedia de Keri Russel deberían añadir "no se usaron cirugías estéticas".        


6) Al lado de los yanquis truchos vive Stan, agente del FBI que se destaca por ser un talento en su profesión (es el personaje de la serie condenado a descubrirlos) y un bodrio en la vida cotidiana (su mujer lo abandona y su hijo no le da bola). Por supuesto Stan desconoce la verdadera identidad de sus vecinos y entabla una amistad patológica con Philip. Hay algo morboso y al mismo tiempo conmovedor en esos dos adversarios irreconciliables que, mientras cae la noche y se toman una cerveza fría, se cuentan sus intimidades. Te encargo esa grieta.               

martes, 7 de junio de 2016

La Selección Argentina es una cosa que sin duda sucede en el pasado


Estuve viendo el partido de Argentina y Chile de reojo porque esta Copa América no me importa nada. Un poco porque me parece trucha: ya hubo una en el 2015, el año en que correspondía, y ahora esta Copa Centenario da la sensación de ser un invento total. El fútbol es ficción y a esta Copa le falla el verosímil. A mí me gusta el fútbol pero creo que en la vida hay que dosificar. Ya sea con un amor o un sándwich de miga. Una Copa América cada cuatro años está bien. Una atrás de otra pierde sentido. 

Por otro lado estuve viendo 1986. La historia detrás de la Copa y eso me llevó a transitar muchos videos de YouTube sobre aquella y otras Selecciones que sí llegué a ver en mi infancia. La Selección actual con respecto a esas selecciones para mí es como un folleto de los Testigos de Jehová comparado con la Biblia. La Selección Argentina es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Se disfruta más en la infancia, cuando uno no sabe que el fútbol es una excusa para vaciarnos el cerebro.   

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El primer Mundial del que tengo recuerdos es el 94 que, como esta Copa América, también fue en Estados Unidos. Cuando Argentina quedó eliminada hinché por Bulgaria, que nos había ganado en la fase de grupos pero tenía un equipazo comandado por un amigo de Maradona, Hristo Stoichkov. Salieron terceros o cuartos. Nunca me acuerdo si le ganaron o no a Suecia (que también tenía un buen equipo). Tengo un amigo en Bulgaria. Lo primero que me contó de ese país es que todos se llaman Hristo. Allá es como llamarse Carlos.

En esa época no existía este auge por el fútbol europeo, no había tanta información, no éramos tan tilingos. Los Mundiales entonces eran los eventos en los que uno se enteraba de la existencia de jugadores copados como el nigeriano Jay Jay Okocha o el 10 de Arabia Saudita, Al Owairan.  

Todavía me acuerdo el color del cielo del día del partido contra Rumania. Me emocionaba mucho que Ortega reemplazara a Maradona. Ortega es como mi magdalena de Proust. Jugó un partidazo pero no alcanzó. Era el único que quería jugar y se notaba.   

Cuando me enteré de la suspensión de Maradona me largué a llorar desconsoladamente. En su programa Bernardo Neustadt congeló la imagen de Maradona gritando el gol contra Grecia y se preguntó si esa era la cara de un hombre sano. Este país siempre estuvo lleno de peligrosos caretas. El Mundial 94 dejó una sensación de velorio, de domingo a las siete de la tarde.

Hoy al mediodía en un programa de mierda de esos en los que unos tipos con traje compiten para ver quién grita más alto comparaban a Maradona con Messi. Se preguntaban cuál es la diferencia entre los dos. A mí me encanta Messi pero la diferencia es esta: por ahora nadie llora por él.   

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Vi dos veces a Maradona en una cancha. Las dos en el Mundialista, una vez como jugador y otra como técnico.

Como jugador fue en un partido de la Selección contra Dinamarca. La cancha estaba muy llena y como yo tenía ocho años no veía absolutamente nada. El pretexto era la Copa Artemio Franchi. Nunca supe qué era eso. En la platea cubierta estaba Roberto Carlos. Cada tanto mi viejo me decía: "Mirá, Fede, ese es Maradona". Maradona se veía a lo lejos rodeado de daneses altos y rubios que no le podían sacar la pelota.


Como técnico lo vi un par de años después cuando junto a Carlos Fren se hizo cargo de Racing. Ya era el periodo Say No More de Maradona. Usaba camisas y corbatas multicolores. Tenía puesto un traje gris que le quedaba grande. Maradona siempre se pone trajes que le quedan grandes. En ese sentido es un niño: si no tiene una camiseta de fútbol parece que está disfrazado. Yo estaba en la popular de River y la gente le gritaba "drogadicto", "puto" y ese tipo de cosas que la gente “normal” le dice a los poetas malditos. Cada tanto Maradona se levantaba del asiento del banco, miraba a la popular de River y hacía visibles cortes de manga. A los hinchas de River no les molestaba que Maradona les hiciera cortes de manga, más bien se reían y decían "Qué hijo de puta" con admiración. Lo querían pero no sabían cómo expresarlo.   

miércoles, 25 de mayo de 2016

El lado ominoso del histrionismo


Siempre me pareció que lo mejor de Lynch era Twin Peaks y lo mejor de Aira son sus Relatos Reunidos. En los dos casos, tanto Lynch como Aira, en vez de darle rienda suelta a su imaginación desbordada como quieren sus fans, se tuvieron que adaptar a esquemas ajenos, algo restrictivos, y ganaron sustancia sin perder un ápice de sofisticación y delirio. La verdad es que la autocensura tiene mala fama pero a veces no viene nada mal.

Algo similar me pasó al comparar las películas de Luis Ortega con Historia de un Clan, una serie del año pasado que es probablemente uno de los puntos más altos del género junto a Okupas. Yo no la quería ver de puro prejuicioso hasta que pesqué un video de YouTube en el que las hijas de Puccio bailan “La grasa de las capitales” frente a una mesa en la que hay cuatro personas con máscaras de Videla, Perón, Evita y Menotti. La escena es un símbolo de la dictadura. Incluso aislada del capítulo del que forma parte funciona estéticamente como una canción a la que no le entendemos la letra ni la estructura musical pero que no podemos dejar de escuchar. Se trata de una imagen tan siniestra como adictiva y remite directamente a Kynodontas, película griega del 2009 sobre una familia demencial en la que el padre en vez de secuestrar rugbiers, secuestra a sus propios hijos (dos de ellas mujeres que también hacen coreografías siniestras).

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Historia de un Clan está llena de guiños de los que a mí me resultaron especialmente placenteros los siguientes:

1) En un capítulo Puccio psicopatea al familiar de una víctima y, entre otras cosas, le dice “La entrada es gratis, la salida… vemos” (tanto Luis Ortega como Pablo Ramos, dos de los guionistas de la serie, han reconocido públicamente que son fans de Charly García).   

2) En otro capítulo el Coronel (Tristán) sienta a una chica trans en una silla, le pone un vaso de leche en la cabeza, le apunta y le dispara. William Burroughs hizo lo mismo con su mujer, con dos pequeñas diferencias: en vez de un vaso había una manzana y en vez de acertarle, la mató.   

3) El segundo secuestrado de los Puccio es (como el primero) un jugador de rugby. En una escena se lo ve junto a otros integrantes del CASI (entre ellos Alejandro Puccio/Chino Darín) iniciando a un novato en la ceremonia secreta del Tercer Tiempo (donde los rugbiers subliman la represión reventándose de mil diferentes maneras). En este caso los rugbiers agarran al novato, le bajan los pantalones, le muerden el culo y le tiran cerveza con el cuerpo boca abajo. Ahí se nota la ambición literaria de la serie que de este modo actualiza la conexión El Matadero/La fiesta del monstruo/El niño proletario disimuladamente. Como sabemos hay una línea crítica que sostiene que la escena capital de la literatura argentina es la vejación sexual con trasfondo político.    

Los guiños culturales funcionan cuando alguien (un director, un músico, un escritor) reúne en un mismo trabajo muchas referencias que siempre habíamos sentido semejantes y que nadie se había encargado de asociar.   
  
La serie empieza con un intento de suicidio de Alejandro Puccio saltando desde las escaleras de un juzgado. Cuando lo vi pensé en el tipo que se tira por la ventana en Cicatrices y dice: “Los pedazos no se pueden juntar”. Creo que es lo único que me acuerdo de Saer. Algunos criticaron la serie porque juega con la historia real como un jazzista con un standard. A mí eso me parece lo mejor de todo, para saber lo que pasó miro el noticiero.

Después me enteré que Alejandro Puccio se tiró de verdad. Con esto quiero decir que todos estos links tal vez sólo estén en mi cabeza.   

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Es un lugar común de la crítica cinematográfica elogiar a cualquier comediante que se sale de su estereotipo e interpreta a un villano. En la Argentina el caso más conocido fue Guillermo Francella en Tiempo Final (que, con el tiempo, también hizo a Puccio). Yo no sé si Francella es tan buen actor dramático como creemos, lo que sí sé es que Tristán como villano es un hallazgo trascendental. Los gestos de Tristán en Historia de un Clan son como el lado ominoso del histrionismo. 

El gran acierto de la serie es haber sabido captar el carozo del terror argentino, que no es otra cosa que el eterno retorno del terrorismo de Estado volviendo en forma de fichas. Los argentinos somos personas que a lo largo de la historia, por alguna extraña razón, resolvimos las cosas a través del secuestro y la tortura. Eso está ahí aunque intentemos barrerlo debajo de la alfombra. Es como un deseo prohibido que emerge en las pesadillas con aspecto morboso. Eso sumado a la atmósfera enrarecida, algo incestuosa, de la familia Puccio y la violencia estética innata de los interiores de la clase alta de San Isidro son un cóctel que no se mezcla solo.  

“A tu papá le meto el pito en la boca y a tu mamá le hago caca” le dice el personaje de Pablo Cedrón a Tom, un noviecito de la más chica de los Puccio. El vocabulario infantil ubicado en la voz de un hombre grande y degenerado es perfecto para expresar la maldad humana. En la calle yo conocí gente que habla así y no se da cuenta. Los monstruos no saben que lo son (por eso Awada brilla como Arquímedes). Todo esto daría la impresión de que la serie es como meter la cabeza en un balde de mierda, un rejunte de escenas sórdidas y repulsivas, pero también es erótica y cómica.     

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Hace un par de meses me secuestraron. Virtualmente, claro. Estaba durmiendo y me desperté con varios llamados en mi celular. Eran mis viejos preguntándome si estaba bien. En la mitad de la madrugada alguien los había llamado diciéndoles que era su hijo y pidiéndoles plata a los gritos a cambio de que lo dejaran de torturar. Ellos estaban al tanto de esta modalidad de extorsión al voleo sin embargo no pudieron evitar comprobar que yo estuviera sano y salvo. Creo que, involuntariamente, estos secuestradores virtuales meten el dedo en la llaga del inconsciente colectivo de los argentinos.

Nadie se puso a pensar que tener una vida virtual tal vez implique que en ese plano también ocurra nuestra muerte mientras nosotros seguimos vivos.

Por otro lado, el hecho de que alguien en algún lugar de la ciudad se estuviera haciendo pasar por mí me dejó perturbado durante varios días. Fue como sentir en carne propia el lado ominoso del histrionismo. Viva la Patria.