viernes, 28 de noviembre de 2014

Este es el famoso River Plate


Antes de la revancha, el contexto parecía condicionar negativamente a River. Desde el punto de vista futbolístico venía sufriendo un evidente bajón coronado por los empates ante Olimpo y Boca y la derrota previsible ante Racing, que lo dejó nocaut de cara a la definición del Torneo.

Encima ocurrieron algunos hechos desafortunados que enturbiaron el panorama: la muerte de la madre de Gallardo (un golpe anímico para el líder del grupo) y un nuevo enfrentamiento entre las facciones de la barra brava en el interior del Club.

A todo esto, había una sensación general, instalada por el periodismo, de que el 0 a 0 de la ida era un mal resultado para River, casi dando por sentado que Boca podría hacer un gol de visitante.

Boca, mientras tanto, le ganó muy bien a Independiente y, sin brillar, se mostraba algo más sólido aunque con "el diario del lunes" esa supuesta mejoría del Boca de Arruabarrena tal vez se haya exagerado en comparación con el más que flojo desempeño de la etapa de Bianchi.  

El comienzo del partido pareció confirmar todos los presentimientos. Ni bien movió del medio Boca encontró muy mal parado al fondo de River y Rojas cometió un penal alevoso. Para colmo el árbitro (tal vez demasiado consciente del superclásico anterior) amonestó a Ponzio y Mercado por protestar, madrugándolos para el resto del partido. Barovero se había mostrado bastante dubitativo en los últimos encuentros pero demostró que su supuesta falta de personalidad es pura frialdad deportiva, la necesaria para desviar un penal en un Monumental que se asemejaba al infierno.

A partir de ahí River recibió un envión importante pero no supo capitalizarlo en el juego. Boca tenía el claro objetivo de hacer un gol y, con algunas participaciones interesantes de Carrizo y la habilidad de los jugadores de arriba para aguantar la pelota (Calleri, incluso el criticado Gigliotti) logró crear algunas jugadas de gol bastante claras. A diferencia del partido de ida esta vez Meli no desniveló y Gago fue un fantasma hasta que salió por un malestar físico.

Pero como en decenas de clásicos la suerte fue para Boca, la balanza parece haberse inclinado para River revirtiendo la vieja paternidad (en ocho partidos jugados durante el año Boca no ganó ninguno). Tal vez sin merecerlo River llegó al gol con una buena combinación que recordó al equipo de las primeras fechas: Mora descargó de espaldas hacia atrás, Ponzio abrió inteligentemente hacia la izquierda (a lo Kranevitter) y Vangioni envió un busca-pie venenoso que Pisculichi aprovechó de manera notable.

Durante el primer tiempo los nervios les jugaron una mala pasada a varios jugadores de River, pero en el complemento mejoraron muchísimo. Ponzio jugó tal vez los mejores 45 minutos del año. Sánchez volvió a ser el jugador incansable. Vangioni dejó de coquetear con la expulsión y se dedicó a jugar. Esos rendimientos sumados a los partidos extraordinarios de Pisculichi y Teo Guitérrez (crack) tal vez expliquen el triunfo, aunque habría que subrayar que la actitud de River, a contramano de la historia, superó con creces a un Boca que tuvo la pelota pero no pudo crear una sola situación de gol en todo el segundo tiempo. Fuenzalida, que había entrado por Gago, fue literalmente en salida y entró Chávez, que nuevamente tuvo una actuación muy pobre. Incluso River, en medio del quilombo y la ansiedad de los dos equipos, tuvo varias ocasiones para cerrar el partido, con el funcionamiento made in Gallardo, pero falló una y otra vez en la definición.

River ganó un partido importante, no sólo porque le permitió acceder a la final de una Copa Internacional después de once años, sino porque estos cruces con Boca tenían un contenido histórico innegable (algo que los propios bosteros se encargaron de recordar durante toda la previa).

El triunfo sirve para recuperar el prestigio del Club luego de varios años deprimentes pero también para revertir el imaginario popular en el que River siempre aparece como víctima de un Boca prepotente que, de cualquier manera, jugando bien, mal o regular, lo pasa por encima. En realidad a partir de los 2000 Boca ganó los clásicos más importantes (Libertadores 2000 y 2004) pero River tuvo muchas victorias que fueron desterradas por el descenso y el recuerdo (cada vez más lejano, por cierto) del Boca exitoso de Macri.

Por otro lado, este River de Gallardo, que supo deslumbrar y proponer una estética superadora para el fútbol argentino, aunque sea por justicia poética, merecía pasar a la final.


Habernos ido a la B, esa supuesta “mancha” que nos recuerdan como un jaque mate cada vez más carente de sentido, es justamente lo que permite disfrutar plenamente de esta felicidad. Pero para entender esto los hinchas de Boca deberían aprender a vivir, ¿y cómo se supone que podrían llegar a esa instancia si en 110 años ni siquiera aprendieron a jugar al fútbol? Sayonara. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

¿Te das cuenta de que todas las personas que conocés algún día se van a morir?


Uno de los efectos típicos del consumo de marihuana es que el fumado cree que todo lo que le pasa es extraordinario. Dice un chiste y le parece que es un genio del humor. Se le ocurre una idea y cree que puede filmar una película con ella. Habla con una chica y cree que se enamoró. Lo llama un amigo por teléfono y se convence de que es una casualidad cósmica. Escucha una canción y cree que es la mejor de la historia. Es decir, el fumado, además de ser ese tipo que se ríe mucho, es un campeón de la autoindulgencia.

El momento posterior al consumo, sin ser dramático como el de otras drogas duras, es triste y necesario. Triste porque demuestra que la vida es mucho más ordinaria que extraordinaria. Y necesario porque equilibra un poco los niveles de estupidez.

El efecto de bienestar que provoca la marihuana es casi tan interesante como el que sucede en el intervalo entre uno y otro porro.   

Flaming Lips es la banda psicodélica por excelencia. Y se nota que de un tiempo a esta parte están evitando ese intervalo de sobriedad que permite que los pies se acomoden en la Tierra para entender que no todas las ideas que se te ocurren son tan buenas. De otro modo no se entiende un disco como el que acaban de sacar, en el que (junto a algunas figuras), regraban Sgt. Pepper’s, de la misma forma que años atrás regrabaron The dark side of the moon. Un canto a la retromanía.  

Algunos elogian a la banda porque se anima a meterse con esos hitos de la historia del rock. Yo me pregunto qué necesidad hay de volver a hacer algo que, como está, es perfecto. Por más cool que sea, el resultado no está muy alejado de las remakes de Solaris o Carrie. Increíblemente los mejores momentos del cover de Sgt. Pepper’s son las canciones en las que canta Miley Cyrus. 

Si Sgt. Pepper's recreaba el trip alucinógeno de una generación, Whit a little help from my fwends se asemeja al estado de pesadez mental que sobreviene después de una sobredosis de clonazepam.

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Mejor exaltar los que consideramos genial y callar sobre los que nos desagrada. Así que hagan de cuenta que no leyeron nada hasta acá.

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Obnubilados detrás de la nube de autoindulgencia, los Flaming Lips olvidaron que ya habían grabado su propio Sgt. Pepper’s, el inolvidable Yoshimi Battles the Pinks Robots, de 2002.

Mezclando sonidos acústicos y del espacio exterior, la banda hizo un híbrido electrónico y progresivo pocas veces oído, tendiendo un puente imaginario entre los 60 y el Siglo XXI. Yoshimi cuenta con una producción barroca y digital en la que se destaca el uso renovado de los sintetizadores (que marcaría tendencia). Como las de Los Beatles o Los Gatos, las canciones son melancólicas y al mismo tiempo luminosas. Fue como si los Flaming Lips hubiesen encontrado el secreto para ser clásicos y sonar más modernos que todos los hipsters juntos. El disco es conceptual (es decir: ¡se oyen ruidos incidentales entre tema y tema!) y se puede escuchar como una gran canción de cuarenta minutos. En ningún momento aburre.

El tema homónimo (dividido en dos partes, una de ellas instrumental) trata sobre Yoshimi, una karateka que pelea contra robots programados para destruir la Tierra. Sin embargo la mayoría de las canciones hablan sobre el amor, la vida y la fuerza que hace falta para superar las pérdidas.    

El hit fue “¿Do you realize?”. El verso de una de sus estrofas decía “¿Te das cuenta de que todas las personas que conocés algún día se van a morir?”. 


lunes, 24 de noviembre de 2014

Nueva vindicación de Marcelo Gallardo


Una de las mejores cosas de arriesgarse es que siempre se lo pedimos a los demás.

Les pedimos a nuestros músicos favoritos que se arriesguen y hagan discos novedosos que no tengan nada que ver con lo que hicieron antes. Les pedimos a nuestros escritores favoritos que se arriesguen y escriban siempre un libro nuevo y mil veces mejor y diferente. Les pedimos a Campanella y Damián Szifrón que se arriesguen y se conviertan en Tarkovski. Les pedimos a los políticos que se arriesguen, tengan ideas progresistas y, a diferencia de gran parte de la población mundial, sean honestos, justos e inteligentes. Les pedimos a los directores técnicos que se arriesguen y hagan jugar a todos los equipos como si fueran el Barcelona de Guardiola.

Daría la impresión de que todos los que opinamos somos seres humanos experimentales, del Siglo XII, a la vanguardia de la existencia, siempre cambiando para que cada día sea una aventura digna de Indiana Jones.

Sin embargo la mayoría de las personas vivimos vidas rutinarias y predecibles, donde todo tiene un horario y está pautado de antemano. Casi nadie se anima a dejar un trabajo indigno para buscar uno mejor. Hay gente que está durante años con la misma pareja porque le aterroriza estar solo. Hay gente que no se anima a dejar de estar solo porque le aterroriza estar en pareja. Hay gente que durante décadas hace exactamente lo mismo todos los días.

Gallardo se arriesgó. Primero, se arriesgó al querer que River juegue mejor que los demás (el juego de River lo podría haber intentado cualquier otro técnico, pero el único que lo llevó a la práctica fue él).

Después se arriesgó al querer pelear los dos campeonatos y no especular con uno solo.

Y finalmente se arriesgó ayer, cuando ante Racing, en un partido que definía la punta del Torneo, mandó a la cancha a un rejunte de pibes y jugadores de Reserva para que los titulares tengan un descanso de cara al partido contra Lady Gago y Compañía.

Aclaro que yo no sé si estoy de acuerdo con lo que hizo Gallardo. Que tal vez desde el sillón de mi casa hubiese puesto a algunos pesos pesados en el banco (Teo, Rojas, Pisculichi) para que entraran en el Segundo Tiempo si la cosa se complicaba. Además jugarse tan de lleno a la Semifinal recarga todavía más el lastre psicológico del equipo (que, por otro lado, sabe que en Copas Internacionales Boca le sacó ventaja varias veces).

Ayer River no jugó tan mal como parece hoy, con el diario del lunes. Es más, si me apuran digo que River jugó muchísimo mejor que Racing. Pero eso no sirve para ganar tres puntos, claro. En los primeros diez minutos tuvo más llegadas que en los últimos tres partidos. Hay jugadores de calidad (Boyé, Solari, Mamanna, Tomás Martínez) a los que evidentemente les falta rodaje y un poco de experiencia, picardías que se aprenden con el correr del tiempo.

Racing, un equipo bastante limitado, cuya máxima figura es un ex River que pasó por el Club sin pena ni gloria, con un crack en el ocaso de su carrera y muchas ganas alimentadas por el fervor de su extraordinaria hinchada, terminó regalándole la pelota a River y esperó liquidarlo de contra porque se dio cuenta de que el partido podía durar diez horas y los de Gallardo no iban a completar una sola jugada.

De acá en más puede pasar cualquier cosa pero da toda la impresión de que Racing, con el envión anímico que significa ganarle a River (el historial es el más desigual entre equipos grandes: River ganó 88 veces y Racing 40), ya tiene todo cocinado. Incluso, tal vez por el clima creado por el periodismo, ésa era la impresión que había antes de que comience el partido: River tenía el boleto picado.

Dicho esto, creo que criticar a Gallardo por arriesgarse en este partido es de una bajeza bastante importante. Además River perdió el Campeonato (si es que lo perdió) cuando Olimpo le empató en el Monumental, el domingo pasado, con casi todos los titulares en cancha (excepto los que la Dirigencia no supo negociar porque estaban en sus respectivas Selecciones).


Gallardo se arriesgó y de perder el Torneo y la Copa (en realidad más el superclásico que la Copa), se expuso a ser señalado con el dedo por los infelices de siempre. Yo soy un infeliz, pero no cuenten conmigo.   

viernes, 21 de noviembre de 2014

Un partido espantoso


Desde la perspectiva extra futbolística el resultado tal vez sea positivo para enfrentar la final con Racing de mejor ánimo.

El nivel de cada uno de los jugadores no estuvo a la altura de las circunstancias. Barovero algo errático y nervioso. Funes Mori se parece cada vez más al viejo Funes Mori. Vangioni mostró su cara más salvaje (casi no pasó al ataque, ni siquiera cuando entró el enigmático Fuenzalida). Maidana sin la seguridad habitual. El bastión intocable fue Mercado. Incluso fue el único al que le sacaron amarilla por una falta necesaria (Chávez se iba directo al arco). Sánchez estuvo activo pero desprolijo. Ponzio tuvo un primer tiempo desquiciado. Rojas intermitente. Muy poco de Pisculichi. Teo más concentrado en su show que en hacer jugar al equipo. Gio aislado y morfado por los defensores de Boca. 

El exceso de faltas habla de una desventaja física que se intentó suplir a través de la interrupción permanente del partido. Pero esa estrategia, que algunos llamarán "garra" o "huevos" o "corazón", se transformó, a los pocos minutos de comenzado el encuentro, en un desborde emocional peligroso.

Los hombres suelen confundir la personalidad con la violencia. El fútbol es un buen ejemplo de este lamentable error. Ahora bien, que las mismas "personas" que hicieron un póster de una patada asesina de Krupoviesa se quejen por el juego brusco es uno de los acontecimientos más hilarantes de la historia. 

Es verdad el cansancio, que los rivales ya conocen como juega (¿o jugaba?) River, que jugar en la Bombonera no es broma, pero ayer hubo una evidente falta de confianza en la posibilidad de producir juego propio. De otra forma no se entiende que antes siempre se saliera jugando y ahora Barovero siempre salga con pelotazos, tristes divididas que caen en cualquier parte y son invitaciones directas a que el rival disponga de la pelota.

Más allá del arbitraje, River la sacó barata por la total impericia de Boca para crear situaciones de gol claras. El equipo de Arruabarrena estuvo mejor parado pero nunca pudo encontrar una variante para hacer valer el supuesto plus de diferencia con el que contaba por haber llegado al partido más relajado que River. De hecho en varios tramos River le regaló la pelota y Boca no supo qué hacer con ella. Sólo los quince minutos iniciales mostraron a un Boca asfixiante y decidido a llevarse a River a la rastra.

Por momentos las escenas dantescas recordaron al partido de Ida de la Libertadores 04, pero este Boca ya no es uno de los mejores equipos de la historia, como lo fue durante la presidencia de Mauricio Macri (sin dudas el máximo ídolo surgido en las entrañas del Club). 

Sólo en los diez minutos finales, con el ingreso de Boyé (y su habilidad para aguantar la pelota y nunca saber qué hacer después con ella), River pudo jugar con la ansiedad de Boca y moverse de una forma un poco más cerebral y no arrastrado por la pasión. 

Boca puede darse el lujo de pasar a la final empatando pero no haber ganado de local tampoco es alentador. River se fue de la Bombonera sin perder pero no evidenció ninguna clase de mejoría con respecto a su nivel futbolístico.


En resumen, hubo un intercambio de roles que no benefició a ninguno. Ni River demostró saber cómo se juega fuerte, ni Boca demostró, claro, saber cómo se juega al fútbol.

martes, 18 de noviembre de 2014

Rock Chabán


La TV Pública le hizo un homenaje a Cerati. Pero Cerati decía, resignado, en una vieja edición de la revista La Mano, "El rock ya no nos pertenece".

Después de Cromañón, desde el punto de vista social, lo mejor que le pudo pasar al rock argentino fue que el Estado se hiciera cargo de su logística, organizando recitales, festivales y radios que lo difunden día y noche los siete días de la semana.

Desde el punto de vista estético, creo que el hecho de que el Estado se haya tenido que hacer cargo debe ser entendido como el gran fracaso del rock argentino.

Las bandas que se formaron en el Einstein y Cemento protagonizaron la avanzada post-punk del rock argentino. Aunque García vio a Los Twist por primera vez en Cemento, ni él ni Spinetta tocaron alguna vez en un boliche de Chabán.

Darle la espalda a los viejos próceres del rock era necesario a principios de los 80, cuando todavía predominaba el hippismo tardío. El cambio que propagaron Sumo, Los Encargados y Soda Stereo, entre otras bandas, directa o indirectamente también influyó en la obra de Charly y Spinetta.

Estos ambientes, verdaderos antros donde podía ocurrir cualquier cosa (desde porquerías hasta genialidades) eran una proyección fantástica de la mente delirante de Chabán y hoy son recordados como una extraña mezcla de La Cueva, el Di Tella, el CBGC y Studio 54. No sólo había recitales de rock sino también espectáculos de danza, obras de teatro (con todo el dream team de la escena contracultural ochentosa) y monólogos en los que Chabán terminaba desnudo o haciendo alguna de sus típica payasadas.

La distancia simbólica entre ese mundo alucinante y Callejeros es un tema más ligado a lo sociológico que a la estética o al movimiento de rock argentino propiamente dicho. Lo que sí es cierto es que buena parte de los actores del movimiento promovieron una clase de conducta que terminó en la muerte de 194 personas (de hecho el Indio Solari aceptó a regañadientes que se dejaran de encender bengalas).

En el libro Cuando el arte ataque se realiza una semblanza de Omar Chabán en la que se intenta visibilizar su costado más amable. Al parecer, Chabán era un freak insoportable, de esos que se dedican a espantar burgueses las 24 horas del día y de los que en determinado punto no se sabe bien dónde está el personaje y dónde la persona.

Según se cuenta en el libro, Chabán negociaba con los pibes que no podían acceder a pagar el precio de las entradas, organizaba ollas populares, cuidaba a los fans de la policía y promovía una gran cantidad de eventos estrafalarios que no le dejaban un solo peso.

Más allá de la puerta de emergencia cerrada (hecho puntual e inexcusable) tal vez la razón por la que Chabán se convirtió en uno de los tantos culpables del desastre de Cromañón fue no convertirse nunca en un empresario profesional, algo que, paradójicamente, varios músicos que habían tocado en sus boliches le reconocían como una virtud. La actitud de Chabán frente a un grupo que dejaba pérdidas era la de recuperar el dinero en el próximo recital.

En el primer lustro de los 2000 Chabán actualizó sus números artísticos con los grupos que más sonaban en la radio (La 25, Jóvenes Pordioseros, Callejeros) y creyó que los viejos códigos del renacer democrático seguían valiendo en un país socialmente devastado. Mientras tanto el público se había vuelto bastante más anárquico y autoindulgente (de hecho lo sigue siendo: Ni las bengalas ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción) y las bandas, cada vez más demagógicas y vacías en su contenido, actuaban como un reflejo anacrónico y afectado de Sumo y Los Redondos. De los tardíos hippies a los tardíos chabones.

No es casual entonces que ni Spinetta ni Charly García hayan tocado en boliches de Omar Chabán. De Charly tal vez no encajaba su desbordado ego, de Spinetta su aburrido profesionalismo. Esos condimentos que en exceso pueden ser fastidiosos (de hecho lo fueron durante buena parte de los 90 y los 2000 para estos dos artistas), pero que en su justa medida sirven para que el show siempre suceda arriba del escenario.


domingo, 16 de noviembre de 2014

El bajón


El deslumbramiento que provocó el juego del River de Gallardo fue tan grande e inesperado que todos los hinchas nos preguntamos en qué instancia llegaría el bajón, teniendo en cuenta que se trataba de un equipo corto, con suplentes que no tienen experiencia en Primera y peleando dos Torneos a la vez. Bueno, este es el bajón de River y llega justo cuando se están jugando los partidos más importantes del Torneo.

River tuvo dos etapas. Una empezó en la segunda fecha (contra Rosario) y duró hasta el partido contra Independiente (donde ya se empezaron a notar fisuras). Hasta ahí River ganaba los partidos con un juego asociado en velocidad muy pocas veces visto, presión de la mitad de la cancha hacia adelante y un gran desempeño en todas sus líneas (desde Maidana hasta Mora y Teo).

A partir de los tres empates seguidos (Arsenal, Lanús, Boca) llegó la etapa de River invencible. Es decir, River ya no mostraba la solidez de los primeros partidos (de hecho empezó perdiendo casi todos), pero siempre, de una u otra forma, terminaba ganando.

Ahora River se enfrenta a una etapa crucial en declive. Nunca se recuperó de la ausencia de Kranevitter y encima Sánchez y Teo (tal vez las dos grandes figuras) fueron convocados a sus respectivas Selecciones (Pekerman, aun dejando a Teo para el partido de la Copa, y Tabárez demostraron un nivel de egoísmo bastante importante). Además sus rivales directos están jugando una sola competencia y están mejor descansados: a Boca sólo le queda la Sudamericana, a Racing, Lanús e Independiente, el Torneo de Transición. 

El panorama, que en un principio parecía absolutamente despejado, se oscureció y, por decirlo de una manera sofisticada, todo es una mierda. Estudiantes presionó arriba y ganó porque adelante tiene a varios cracks. Pero Olimpo presionó hasta los diez minutos, no cuenta con jugadores de jerarquía y River estuvo bastante lejos de ganarlo.

Los periodistas hacen fuerza para que Gallardo incluya en el banco de los superclásicos a Cavenaghi, como Bianchi incluyó a Palermo contra el River de Gallego. Lo que olvidan es que Astrada hizo la remake con Salas y le salió mal. Creo que Gallardo demostró ser bastante inteligente como para no hacerlo. Como hincha de River con memoria uno esperaba llegar al clásico sin la chapa de candidato absoluto, pero tampoco en estas condiciones.

Que quede claro: lo "preocupante" no es que River pierda (los partidos, los dos Torneos), de hecho es súper entendible, sino que River ya no juega al fútbol como demostró que podía hacerlo. Los cambios de frente se confunden con pelotazos, la efectividad en los pases es un recuerdo y la única posibilidad de marcar un gol es a través de centros. El fútbol es insondable y River puede recuperarse de acá en más, con el envión que otorga haber tocado fondo, pero por ahora nada hace preverlo.

Tal vez sea que en el fútbol actual sólo está permitido brillar un tiempo efímero y prenderse fuego. Si a River le toca incendiarse espero que sea con una gran explosión y no como una triste vela que se apaga en los confines de la noche luego de un corte de luz general por negligencia de Edea.


Cualquier hincha de River decente debe estar agradecido con Gallardo por toda la eternidad. Aunque no salga campeón disfruté más este campeonato que el que ganó Ramón Díaz. Además no hay que prestar mucha atención a las cosas que se nos ocurren los domingos a las nueve de la noche.  

viernes, 14 de noviembre de 2014

Las contratapas


Las contratapas son un género en sí mismo. 

-Un género de mierda.

Puede ser, qué sé yo. 

La contratapa que cambió mi vida para siempre fue la de Bestiario, el primer libro que leí de Cortázar (incluso aunque antes había leído otros libros, siempre pienso en Bestiario como el primer libro que leí). 

-Mentira, no cambió tu vida. 

La contratapa era tan buena que leerla ya era ingresar en el libro. Estaba escrita en una prosa que sintetizaba un estilo formal, propio de las contratapas, con una veta más poética. Empezaba diciendo unas palabras que me aprendí de memoria, como si fuera la letra de una canción que me gusta mucho:

La realidad no es simple; este mismo texto, la luna y las baldosas tienen otra faz. Siempre existe un reverso; todo tiene su sombra; hasta la tierra, aunque sólo podamos verla fugazmente proyectada en otros cuerpos celestes.

Yo leí este texto a los diez u once años. Con el tiempo uno suele renegar bastante de los textos que leyó a esa edad, sin embargo esa contratapa me sigue pareciendo muy buena. Es más, me parece mejor que varios libros que leí a esa edad. Nunca supe quién la escribió. Cuando finaliza sólo dice, entre paréntesis, D.D. ¿Serán las iniciales de su autor o tal vez las iniciales de un puesto institucionalizado de todas las editoriales y yo lo desconozco?

Otra contratapa es la de El Pasado. Contratapa por lo menos extraña ya que cuenta, con lujo de detalle, toda la novela. Cuenta el final, detalladamente. Es muy raro.

Hace poco leí una novela y la contratapa también me pareció aberrante. No voy a mencionar el título porque sería caer en la misma aberración. En la contratapa se anuncia el suicidio de un personaje. Ahora bien, la novela tiene 190 páginas ¡y el suicidio sucede en la página 118!

Yo escribí muchas contratapas

-Mentira, sólo escribiste dos. 

Pero muchas veces fui solicitado para escribir contratapas. 

-Mentira, sólo te solicitaron esas dos veces veces. 

Odio cuando los seres extraños ingresan a los textos y refutan todo lo que digo. En fin. La primera contratapa que escribí fue la de la novela Errar, de Matías Nicolaci. Lo comparé con Arlt y Di Benedetto. 

Después él escribió la contratapa de mi libro de cuentos y me puso en la serie de Bioy Casares, Cortázar y Levrero. 

-Evidentemente son muy buenos amigos. 

Para las próximas contratapas planeamos textos del tipo "Usted no es merecedor de leer este libro" o "Este libro sólo puede ser leído en Marte" o "Este libro sólo podrá ser leído dentro de veinte años cuando la sociedad haya evolucionado de forma acorde al pensamiento de su autor majestuoso y admirable".

-Boludos. 

La segunda contratapa que escribí es la de Negro sobre blanco, la novela de Esteban Quirós que acaba de publicar La Bola Editora. Ahí me di cuenta lo mucho que me gusta escribir contratapas.

Me pregunto si habrá gente que vive de escribir contratapas o si habrá un Maradona de las contratapas, alguien secreto, alguien que no firma con su nombre, que es el oscuro empleado de una Editorial y cuyos textos son tan extraordinarios que superan incluso al autor del libro que promueve (algo que suele suceder con los prólogos, por ejemplo los de Borges, que son tan extraordinarios que hay un libro que los reúne, casi tan bueno como Otras inquisiciones o Discusión).

Pero también aparezco en la contratapa de un tercer libro. Soy fan de una novela de Sara Gallardo que se llama Eisejuaz. Un clásico oculto de la literatura argentina, escrito de un modo arriesgado, con un lenguaje que hace que el idioma castellano brille de una manera muy especial. Un libro extraño y bello, como se lo definió Mujica Láinez a la misma Gallardo después de leer la novela. Cuando la leí me impresionó tanto que escribí un texto en este mismo blog. El año pasado, El Cuenco de Plata la reeditó ¡y en la contratapa pusieron un fragmento de ese post! Ahí digo cosas extrañas como "gramaticalidad alterada" y "discursos interrumpidos", lo que indica que por esa época todavía iba a Letras.


Estar en esa contratapa fue un acontecimiento que me hizo muy feliz. Fue como estar cantando en la ducha y que te den un Grammy. Más o menos así. 

-Qué estúpido.  

martes, 11 de noviembre de 2014

La pausa más larga de la historia



Renuncié a Catecismo a la tercera clase. Básicamente me pareció que el cristianismo era una secta peligrosa. No podía creer que todos siguieran como si nada.

Me incomodaban las canciones que teníamos que cantar y que al final del día nos obligaran a abrazarnos (eso recuerdo yo aunque no estoy muy seguro, tal vez fue una sola vez).

Un día fuimos a la Iglesia con mi mamá y nos hicieron dar besos entre todos y casi tuve un paro cardiaco. Además me parecía inhumano levantarse a la mañana un sábado. Al principio dudé un poco porque cuando tomás la Comunión te regalan plata, pero me duró cinco minutos. 

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Cuando tenía ocho o nueve años me mandaron a jugar al fútbol. Odio la vida por lo tanto siempre viví a reglamento, es decir, hago lo mínimo y necesario para subsistir. Cuando me tocó estudiar iba a la escuela. Y después a la facultad. Desde hace varios años tengo que tener plata porque se supone que soy adulto. Entonces trabajo. Pero no hago nada extra curricular ni tengo ganas de hacerlo.

Supongo que en ese momento a mis padres les preocupaba mi tendencia al ocio improductivo y me mandaron a jugar al fútbol a un Club.

Fui a Kimberley pero rápidamente me bajaron a una filial que se llamaba (y todavía se llama) El Cañón.

Yo siempre supe que jugaba mal al fútbol, pero ahí me di cuenta que directamente no sabía jugar. Los pibes de El Cañón jugaban en clubes desde los 3 o 4 años y tenían movimientos automáticos incorporados. A mí, cada vez que alguien me pasaba la pelota me costaba mucho decidir cuál era el paso a seguir y cuando me decidía, ya me la habían sacado. 

Funcionaba mucho mejor en el Soccer del Family Game. El placer que me provocaba el fútbol era intelectual, no físico. 

A la distancia entiendo que yo quería ser un jugador de Autor, con un concepto distinto para cada jugada, pero esto era contraproducente con la velocidad y el ritmo del juego.

Mis compañeros se burlaban de mis botines y de mi forma de correr (daría la sensación de que es muy gracioso ver correr a un idiota). 

No jugaba con ellos, jugaba contra ellos.

Había un negrito, el más habilidoso de todos, al que le caía bien o me tenía mucha lástima. Intentaba integrarme al grupo y se reía de mis chistes malos. Intentaba tirar paredes conmigo. Él me daba flores y yo se las devolvía con maceta y todo.

Un día pude devolverle una pared y me dejó solo frente al arco. Fue el mejor momento de mi carrera como futbolista. Antes de patear la pelota pensé en el significado de ese gol, pensé en la amistad interracial que se estaba forjando con el negrito, pensé que tal vez no era tan malo, que sólo me faltaba práctica. 

Pensé tanto que agarré la pelota de abajo y la mandé a las nubes.

Un día el técnico dijo que éramos demasiados pibes y que en la práctica siguiente iba a realizar una selección de los que veía con más posibilidades de jugar o por lo menos ir al banco en el equipo titular. 

Traducción: iba a descartar a algunos jugadores, como Homero Simpson. Mientras decía esto me miraba particularmente a mí, así que ese día, como Redondo y Riquelme años más tarde, decidí renunciar a la Selección.   

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Renuncié a trabajar en un Balneario que quedaba en el Sur. Fue uno de mis primeros trabajos. Era muy cool (tenía una entrada con árboles muy atractiva) pero me hacían trabajar desde las siete y media de la mañana a las diez de la noche.

Cuando llegaba a mi casa y cenaba estaba tan cansado que me pasaba algo increíble: me parecía que la mesa estaba inclinada y que se iban a caer todos los platos. 

Yo estaba en el Estacionamiento y tenía que indicarle a los autos cómo se tenían que estacionar. Era un desastre. A veces metía tantos en un mismo lugar que para salir se armaba una guerra civil entre los conductores.

Me hacían cortar el pasto con una máquina a nafta que pesaba mil kilos. Además había un tipo más grande que se robaba mis propinas. 

Con la poca plata que ganaba me compraba cd's y libros de Cortázar, que era el único autor que leía en ese momento. Ese verano leí Rayuela dos veces seguidas.

Un día se levantó viento y empezó a llover. El de Seguridad me dijo si quería meterme en su auto hasta que pasara la tormenta y yo acepté.

Adentro del auto (que tenía alrededor de tres litros de  desodorante de ambiente encima) empezamos a mirar a las mujeres semidesnudas y mojadas que escapaban de la playa. Tal vez no estaban semidesnudas ni mojadas, pero yo las recuerdo así.

Pero el tipo les encontraba defectos a todas las minas. Y no eran los típicos defectos que marcan los hombres ("muy gorda", "le falta carne") sino cuestiones algo borrosas como la forma en que estaban vestidas o el modo de caminar.

Le dije que una morocha que había pasado era muy linda. Él contestó: "Será muy linda pero no tiene garbo, ¿sabés lo que es el garbo?".

Yo no sabía lo que era el garbo.

En determinado punto me di cuenta que el de Seguridad me decía "Bebé", que en vez de hablar susurraba y que había puesto un disco de Air Supply. Cuando me preguntó si podíamos intercambiar remeras ya todo se volvió demasiado raro. Fue la única vez que sentí que alguien me quería garchar. 

Por suerte paró de llover y escapé a tiempo.

Poco después de este episodio renuncié. Llegué y fui directamente a la oficina del Encargado (los Balnearios siempre tienen encargados, los Dueños nunca se dejan ver y llevan una vida excéntrica como Howard Hughes).

Le dije que no quería trabajar más ahí y me hizo sacar la remera del lugar (por alguna razón todos querían mi fucking remera). Así que me volví en campera en un día de treinta y cinco grados. 

Me tomé el 221, bajé en el centro y fui a Locuras a comprarme una remera de Charly García. Era roja, atrás decía bien grande Say No More y en la parte de adelante tenía a Charly agarrándose la cara plateada con las dos manos.  

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La renuncia a la Facultad no fue de un día para otro pero sí me acuerdo el día en que me fui y no volví más.

Estaba en un Seminario. En las primeras clases habíamos visto Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de Juan Carlos Mariátegui y me había gustado mucho. Pero en la segunda parte empezamos con El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Y fue demasiado ancho y ajeno para mi gusto.

Creo que debo haber leído tres páginas de esa novela pero mientras las leía tenía sentimientos suicidas muy profundos.

Como en los Seminarios los estudiantes suelen faltar bastante, un día éramos tres o cuatro. La profesora anunció una pausa y dijo que después teníamos que hablar nosotros. Yo no había leído ni un capítulo y no tenía nada que decir.

Fue la pausa más larga de la historia. De hecho dura hasta hoy.  

lunes, 10 de noviembre de 2014

Museo del Disco de la Eterna


En Museo de la Novela de la Eterna, Macedonio Fernández realiza una operación de vanguardia muy famosa: interrumpe permanentemente el inicio de la novela con una serie interminable de prólogos.

Como casi todos los experimentos literarios, es mejor contar o escuchar esta anécdota a o de un amigo, que leer el libro en sí mismo.

En estos días se dio a conocer The Endless River, lo último de Pink Floyd. El disco está armado en base a una serie de pasajes instrumentales que quedaron descartados del que hasta ahora era el último disco de la banda, The Division Bell, de 1994. Gilmour y Nick Mason (el único miembro del grupo que sobrevivió a todas las épocas) lo editan como homenaje a Rick Wright, tecladista fallecido en 2008.

Los fans de Pink Floyd se dividen en distintas facciones: los fans de Syd Barret, los de Waters, los de Gilmour y ahora los de Rick Wright, el cerebro detrás de varias melodías inolvidables de The dark side of the moon. Es que el fan de Pink Floyd, de por sí, se caracteriza por militar cierto elitismo dentro del mundillo del rock: no sólo se trata de escuchar los discos, sino de saber detalladamente a través de qué trucos de ingeniería técnica se grabaron, qué inenarrable verdad filosófica y existencial viene a decirnos el arte de tapa, quién mierda es o qué mierda era "Publius Enigma", cuán peleados estaban Waters y Gilmour a fines de los 70, cuán peleados estaban Waters y Wright a principios de los 80, cuán peleados y muertos están todos ahora.

Mientras escuchaba The Endless River no pude evitar recordar a Macedonio. El disco cuenta con cuatro suites divididas en varias partes y repletas de sonidos que recuerdan a viejos y legendarios temas de Pink Floyd. Por momentos es emotivo pero en determinado punto nos damos cuenta que todo lo que escuchamos ya pasó hace un montón de tiempo y fue mucho mejor: The Piper at the Gates of Dawn, Meddle, Obscured by clouds, Wish you are here, son sólo algunos de los discos de la banda que contribuyeron a que el rock se transforme en una cultura sólida e bella. 

En The Endless River están los solos de de Gilmour, las baterías tribales 2.0 (¿ahora 3.0?), los largos pasajes climáticos de Wright, el ambient progresivo que hará las delicias de los musicalizadores de programas de cable. Todo muy lindo y cuidado, pero cuando parece que, ahora sí, está por empezar La Canción, la intro-prólogo termina y empieza ¡otra intro-prólogo! Recién el último tema, llamado "Louder than words", tiene letra y un desarrollo más coherente, pero a esa altura ya parece una broma pesada.

Por internet circulan críticas despiadadas que describen a The Endless River como el gran fraude del Siglo XXI. A mí el disco no me parece tan grave y verdaderamente había que ser muy crédulo para esperar otra cosa. Es más, estoy empezando a pensar que todos esos comienzos en falso son la última e involuntaria prueba de la faceta más experimental y vanguardista de la banda. 


viernes, 7 de noviembre de 2014

Revolución



Todo apasionamiento pasa por su etapa de intelectualización. Es decir: el instante en que miramos a la persona que nos gusta y nos preguntamos por qué nos gusta. Esta idea generalmente causa desastres, pero ésa es otra historia. Revolución en la mente, de Ian MacDonald, es la gran intelectualización de Los Beatles. Un trabajo monumental, obsesivo y categórico, en el que se repasan cronológicamente cada una de las grabaciones de la banda, desde "My Bonnie", en 1957 (con Tony Sheridan) hasta las maquetas de Lennon retocadas en 1995 para el proyecto Anthology

Hay un lugar común, tal vez algo anacrónico, para diferenciar un cuento largo de una novela. En el cuento largo el protagonista permanece inmutable de principio a fin. En la novela, el protagonista atraviesa experiencias que lo modifican hasta que se convierte en otro. Esta dinámica, por ejemplo, corresponde a las novelas de aprendizaje. O a ciertas distopías en las que el protagonista comienza como un adherente del sistema opresivo y muta en un rebelde activista.

Cada una de las entradas de Revolución en la mente puede ser entendida como el capítulo de una novela pero los protagonistas no son ni John ni Paul sino la canción beatle como una entidad homogénea.

En ese sentido, el libro de Ian MacDonald puede ser ubicado en la biblioteca junto a Piazzolla. El Mal Entendido (de Fischerman y Gilbert) que, a pesar de contar con mucho texto de recepción selecta (comentarios técnicos y teóricos), chino básico para el fan amateur, compensa con una amplia variedad de información: desde interpretación de líricas hasta datos biográficos sobre la situación personal de cada uno de los compositores y posibles fuentes de inspiración. Sobre esto último: por momentos parece que la mejor banda de la historia en realidad fue un grupo de audaces epígonos de The Band, los Who, James Brown, Dylan, Zappa,etc.

Aunque hay anécdotas y datos que ya conocíamos (tal vez muchas hayan aparecido por primera vez en este libro) es muy interesante cierto manejo de información que hace MacDonald, por ejemplo cuando se refiere a "Carnival of light" (el tema inédito de 14 minutos que, según parece, Harrison no quiso incluir en Anthology) o cuando habla del armado de The White Album (George Martin, Lennon y McCartney se pasaron 24 horas seguidas en el estudio trabajando el orden de los temas). También permite analizar más profundamente cierto periodo de "estancamiento" conceptual (entre Beatles for Sale y Help) y la manera en que Lennon y McCartney evolucionan con obras maestras como Rubber Soul, Revolver y Sgt. Peppers's. Una de las cosas que impactan es que más allá de sus declaraciones hirientes, a Lennon le seguía gustando la música de McCartney y estaba enojado porque no lo había invitado a cantar "Why don't we do it in the road" y "Oh Darling". Al igual que Geoff Emerick, para MacDonald Magic Mystery Tour y The White Album son obras desparejas, casi menores. 

El otro día Messi alcanzó a Raúl y con 71 goles se convirtió en el máximo goleador de la Champions League. Hay un dato que me pareció asombroso: Raúl hizo los 71 goles en 142 partidos, ¡Messi en 90! Comparar a Los Beatles con cualquiera de las otras grandes bandas de rock de la historia es como comparar a Messi con Raúl.

MacDonald adora a Los Beatles. Por ejemplo dice que "Tomorrow Never Knows" "en términos de innovación de textura, es al pop lo que la Sinfonía Fantástica de Berlioz fue a la música orquestal del Siglo XX". Tampoco se ahorra elogios para McCartney, a quien considera por lejos el músico más talentoso de Los Beatles, el cerebro detrás de Sgt. Peppers's y Abbey Road. Sin embargo, una cosa no quita la otra. MacDonald no le perdona a Lennon el bajo desafinado de "The long and wending road". Dice que "I'll follow the sun" tiene "una estructura mal resuelta que pronto" llega "a cansar". Critica "Run for your life" por sexista. Dice que "Norwegian wood" se sostiene sólo por la letra. Considera que "Day Tripper" es "poco inspirada para los parámetros de los Beatles". Califica de "musicalmente un desastre" a "Bar Original", un instrumental aparecido en el Anthology. Entiende que el efecto general de "Here, there and everywhere" es "ciertamente empalagoso". "Baby you're a rich man", básicamente, no tiene música "bien trabajada". "Across the universe" es un "conjuro lastimosamente infantil" que aburre. Cuando comenta "Helter Skelter" afirma que los intentos de Los Beatles por imitar "el estilo heavy fueron vergonzosos sin excepción" y que el tema en particular es "ridículo", "una desastrosa juerga alcohólica".

Por un lado, estas verdaderas herejías sirven para que el libro sea todavía más atractivo. MacDonald se caga en el mito de que Los Beatles son intocables y provoca al lector con su purismo musical y ciertos arrebatos arbitrarios, capaces de dar a entender que por letras como "Glass Onion" (donde se reía de las leyendas modernas que generaban las canciones del grupo) el propio Lennon se buscó ser asesinado por un psicópata.

Por otro lado, y esto va más allá de MacDonald, mientras leía el libro pensaba que el conocimiento es un arma de doble filo. En primer lugar permite interpretar un cuadro abstracto, una novela de Joyce o una película de Pasolini, es decir, piezas artísticas ante las que muchos quedamos impávidos, con el presentimiento de que somos más idiotas de lo que pensábamos. Pero a veces, el conocimiento actúa como una barrera simbólica que se cierra ante cualquier defecto. Por momentos pareciera que MacDonald no puede acceder a la sensibilidad y la belleza genuina de ciertos temas por estar atrapado bajo las estrictas leyes de su sabiduría formal. Es decir que parece desconocer cierta ley implícita que podría ser explicada de la siguiente extraña manera: a veces escuchamos un tema, vemos una película o leemos un libro y esperamos 10 o 5 o 0, pero en vez de eso el resultado es 147 o -88. La noticia es que en esa distancia errática entre lo que tendría que haber sido y lo que es también se puede hallar cierto placer estético. Muchas obras de arte explotan ese desfase. En el caso de Los Beatles: yo creo que cuando querían sonar heavy y “no les salía”, ese híbrido de laboratorio sonaba mejor que el heavy original.

Leer Revolución en la mente mientras se escuchan por lo menos unos segundos de cada tema analizado produce un placer indescriptible. Es casi como cuando George Costanza consigue tener sexo y comer al mismo tiempo.

      

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Z Nation: Walking Dead con la estupidez asumida


Partamos de la base de que miramos películas y series sobre zombies para ver cuerpos putrefactos que se arrastran, cabezas decapitadas, sangre en cantidades industriales y personas desesperadas dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de salvarse. Para todo lo demás están Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni. 

En un principio, la idea de Walking Dead, hacer una especie de telenovela sobre zombies (basado libremente en un cómic de culto), fue bienvenida. A medida que avanzaron las temporadas la serie fue tomando un giro cada vez más melodramático y sensiblero, hasta convertirse en una narración lenta, excesivamente contemplativa, por momentos intrascendente y casi siempre solemne, con unos pocos capítulos (casi siempre el primero y el último de cada temporada) que justificaban el entusiasmo del espectador. De pronto Walking Dead se convirtió en esa serie yanqui en la que un personaje se tira un pedo y el otro contesta haciendo un comentario sobre un versículo de la Biblia.

Si a Francisco I le pidieran que mencione su serie zombie favorita, elegiría Walking Dead.

La respuesta zombie británica vino de la mano de In the flesh, que en un principio realizó un tratamiento original sobre el tema (tratar al zombie como un enfermo desde cierta perspectiva social) hasta mutar a un freak show edulcorado estilo Crepúsculo.

Nótese como todo en un principio es bueno y como todo a medida que pasa el tiempo es una mierda. En fin. 

La respuesta zombie argentina es una novela de Telefé que vi ayer mientras hacía zapping, en la que Sebastián Estevanéz le dice a Carina Zampini cosas del tipo "¿Cómo hago para dejar de amarte?" y Carina Zampini le da un té y lo mete en la cama. Pero aquí estaríamos hablando de una zombificación involuntaria, otra historia.

Para todos aquellos que ya no se bancan los devaneos pseudo existenciales de Walking Dead, llegó Z Nation.

Mientras Rick (el sheriff que lidera el grupo de insufribles que protagonizan Walking Dead) pasa dos temporadas preguntándose las resonancias religiosas, filosóficas y políticas de sus tres próximos pasos, en Z Nation hay tsunamis y tornados de zombies (literalmente) cada dos episodios. Tal vez la única virtud de la serie sea conocer bien sus limitaciones (básicamente es una berretada absoluta) y aceptar dignamente su rol de Walking Dead sin pelotudeces sentimentales. Es más, al Rick de Z Nation se lo morfan en el sexto capítulo. Incluso ya en el primer capítulo un bebé zombie había liquidado al que pintaba para líder (el actor que interpretaba a Michael de Lost), en una evidente declaración de principios. Atención, eso fue un spoiler.

La historia es obvia: un grupo de sobrevivientes de un apocalipsis zombie se dirige a California porque lleva entre sus integrantes a un tipo que tiene en su cuerpo la cura del virus zombie. La dinámica del grupo recuerda muchísimo a Vampiros de John Carpenter, es decir, chistes malos, personajes amorales y pasajes pseudo-emotivos que terminan con cabezas rodando por el piso y chicas con dedos y orejas en el pelo. Paralelamente al camino de los sobrevivientes se encuentra un tal Ciudadano Z en el Polo Norte, administrativo de la NSA, algo asi como el conductor de un programa de radio que no escucha nadie, quien desde su bunker sigue vigilando el mundo a la espera de un milagro. La idea del personaje es mejor que su concreción, pero tiene algunos momentos logrados (por ejemplo cuando se pregunta cómo es posible que después de un apocalipsis zombie haya gente que todavía sube fotos de sus gatitos a Facebook).

Mi personaje favorito de Z Nation es el Doc, un hippie viejo quemado por las drogas, residuo del Verano del Amor y el Flower Power, que por su calidad de politóxico hace las veces de Doctor. Es el eje de dos escenas memorables. En una está a punto de morir y para tranquilizarse se fuma un porro y le da una seca al zombie que tiene al lado y se lo está por morfar. En otra tiene que esconderse en la bóveda de una morgue y para evitar la claustrofobia se pone a memorizar las formaciones de Los Yardbirds y Los Kinks.


Durante mucho tiempo creímos que en las series se hallaban el mejor cine, la mejor literatura, los mejores actores, los mejores guionistas. Después de una década de hegemonía, las series no han cambiado el rumbo del Planeta y comienzan a saturar, volviéndose predecibles y estereotipadas. Con sus dosis exactas de barbarie y rock and roll, Z Nation subraya esa decadencia asumiendo su estupidez y dejando en off side a los demás. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Las tres verdades de la cerradura


El otro día llegué a mi casa y se me trabó la llave en la cerradura. Media hora después, mientras miraba al cerrajero abrir la puerta sin ninguna clase de dificultad pensé que ese tipo de profesión debe ser ejercida por personas de alto nivel ético: si quisieran, en vez de dedicarse a recibir dinero por abrir puertas, podrían dirigirse a cualquier casa, abrir la puerta y robarse el dinero que a ellos se les cante. 

En un capítulo de Los Simpsons, Ralph le roba la llave maestra de la ciudad a su padre, el Jefe Gorgory, con la que se puede abrir cualquier puerta de Springfield. Los cerrajeros tienen la llave maestra en su cerebro. Pensar en estas cosas nos demuestra lo sobrevalorado que esta el conocimiento intelectual y lo subestimado que está el conocimiento práctico, el de los hombres que saben hacer cosas con sus manos.

Un par de días después conocí a otro cerrajero, ya que el que me destrabó la cerradura me había aconsejado mandarla al médico. Cuando me la devolvió (totalmente arreglada, como nueva), sin que yo se lo pidiera, el cerrajero pasó a indicarme las tres verdades de la cerradura. Y es que sólo de ese modo se deben conocer las grandes verdades. Cuando uno busca la verdad o algo importante es posible que la ansiedad anule todo tipo de revelación. El grupo que busca el hit, no lo consigue. El escritor que quiere ser el autor de la gran novela, no la escribe. A las personas que buscan desesperadamente una pareja, nadie les da bola.

Ahora bien, cuando uno se encuentra en una situación tan cotidiana y vulgar como que te arreglen la cerradura es probable que consigas una y hasta tres verdades sin que ni siquiera necesites pedirlas. 

Mientras el viejo cerrajero me decía las verdades me pareció que estaba asistiendo a un momento clave de mi vida. Empecé a ver todo en cámara lenta y los sonidos del roce de llaves y herramientas de los ayudantes del cerrajero recreaban canciones emotivas de Phil Collins.

El día anterior había cumplido 30 años así que pensé que a partir de ahora la vida sería así: verdades, secretos, descubrimientos, ¡velos que se corren, persianas que se abren, cerraduras que se destraban!

Lo más increíble es que estaba tan fascinado con la situación que no pude prestar atención a lo que me decía el cerrajero, que hablaba rápido y con una síntesis conceptual sorprendente. El cerrajero era uno de esos tipos desenvueltos que crean intimidad y complicidad con sólo decirte “Hola”, que te hacen sentir parte de la Historia aunque las cosas significativas siempre ocurran a miles de kilómetros de distancia.

Sólo recuerdo algo así como que las cerraduras tenían dos componentes, la llave, claro, y la cerradura, por supuesto, que eran como el pegamento, que no había que aceitarlas, que además de la cerradura reparada me hacía entrega de dos llaves nuevas, que todo me salía cien pesos. En un acto de interpretación automática adapté cada una de las verdades de la cerradura a la existencia y advertí que las tres verdades de la cerradura en realidad eran las tres verdades de la vida.


Frente al cerrajero me sentí como cuando iba a Letras y una Profesora nos dio una clase magistral sobre Mallarmé y el simbolismo. En realidad fue igual, tanto que al salir de la cerrajería, de la misma forma que cuando salí de la Facultad, lo único que me quedó en claro es que no había entendido nada.  

viernes, 31 de octubre de 2014

Intrusos en Abbey Road


Me regalaron El sonido de los Beatles, un libro en el que Geoff Emerick, ingeniero de sonido de varios discos de la banda, explica la manera en que se realizaron varios trucos técnicos para que todo sonará diferente y mejor. Como el libro me gustó tanto (creo que es uno de los libros que más disfruté junto a Borges de Bioy), comparto algunos chismes sobre las peleas internas de la banda, que Emerick cuenta con especial énfasis.

Lennon vs. McCartney: Para Emerick John y Paul siempre fueron distintos: uno caótico, el otro metódico; uno brutal, el otro conciliador; uno instintivo, el otro intelectual. Hasta Sgt. Pepper's las diferencias eran necesarias para la evolución musical del grupo: a pesar de la distancia estética, los dos se complementaban como una pareja ideal. Según Emerick, Paul incidía más en las canciones de John que John en las de Paul (las llevaba casi terminadas y John tampoco se preocupaba mucho por ellas). A partir de la muerte de Brian Epstein, el desembarco del lsd y la irrupción de Yoko, todo se volvió mucho más denso (incluso Emerick renunció mientras se grababa el Álbum Blanco porque no se bancaba más la mala onda). A Paul no le agradaba la experimentación pasada de rosca de Lennon (odiaba "Revolution 9" y la forma abrupta en que termina "I Want You (She so's heavy)". Lennon se burlaba abiertamente de ciertas canciones de McCartney, especialmente de "Ob-La-Di, Ob-La-Da", a la que calificaba de "música para abuelas". McCartney cansó a todos intentando nuevas formas de tocar ese tema y, paradójicamente, fue Lennon el que un día, sacadísimo, se sentó al piano e inventó los acordes iniciales con los que empieza el tema. Sin embargo, en medio de esa tensión, Lennon y McCartney grabaron solos "The ballad of the John y Yoko", hicieron junto a George las preciosas armonías vocales de "Because" y tocaron, también junto a George, los solos de guitarra de "The End". Para Emerick el líder de los Beatles siempre fue Paul.   

McCartney vs. Harrison: Básicamente McCartney se la pasaba ordenando a George el modo en que tenía que tocar, hasta el punto en que él tocaba el solo del tema si así le parecía. Recién en Abbey Road, más seguro con sus aportes, George se animó a decirle a McCartney cómo tenía que tocar el bajo.

McCartney vs. Ringo: El mismo caso que Harrison: McCartney también tocaba la batería y Ringo se exasperaba con sus indicaciones.

Beatles vs. George Martin: Según Emerick, al principio la unión entre el productor y el grupo era perfecta. A medida que pasó el tiempo y comenzaron los cambios (la fama, la evolución artística) los Beatles comenzaron a desacreditar a George Martin, haciéndole saber (siempre en forma implícita) que podían hacer música sin él. A Martin le desagradaba bastante la experimentación con drogas de Los Beatles y durante una de las sesiones de Magical Mystery Tour, mientras los Beatles hacían una zapada interminable, dijo "¿Qué estoy haciendo acá?" y se fue. Emerick y su ayudante se burlaron del tono de la voz de Martin y al rato se fueron también (parece que el tono de la voz de Martin es muy gracioso porque Emerick se caga de risa todo el tiempo de eso). La etapa psicodélica de Los Beatles, post Sgt. Pepper’s, es decir Magical Mystery Touyr, para Emerick fue casi una broma pesada. En fin. Martin volvió a laburar fuerte en Abbey Road, en los arreglos de "Because" y la suite de Paul.

Lennon vs. George Martin: Emerick describe a Lennon como un "chabón" (aunque también dice que exageraba su faceta de "chico rudo", ya que se había criado con una tía y no había tenido una infancia tan dolorosa como la que planteaba). Tal vez por esa diferencia social con Martin, Lennon se le reía en la cara y desde siempre manifestó, sin pelos en la lengua, cuando no estaba de acuerdo con las ideas del productor, al que llamaba en sorna "Henry" (su segundo nombre).  

McCartney vs. George Martin: McCartney era el que más interesado estaba en la parte técnica y durante buena parte trabajó codo a codo con George Martin. Pero cuando las cosas empezaron a ponerse feas, en una de las interminables sesiones de "Ob-La-Di, Ob-La-Da", llegaron a insultarse.

George Martin vs. Emerick: Emerick maneja la honestidad brutal y sus palabras con respecto a su relación con George Martin no son la excepción: le agradece haberlo elegido para trabajar junto a Los Beatles, pero también comenta que el productor siempre quiso silenciar los aportes del equipo de sonido, haciendo de cuenta que todos los avances técnicos de Los Beatles le pertenecían a él. También se ríe, cómo no, del tono de su voz y de sus costumbres puritanas (por no darse cuenta que Lennon estaba en ácido, un día lo dejó deambulando solo en la terraza). Emerick cuenta que que cuando venían periodistas de televisión a hacer notas, Martin le pedía que saliera del estudio. 

Emerick vs. Lennon: Emerick es durísimo con Lennon. Su amistad con McCartney tal vez haya pesado a la hora de escribir el libro. Emerick pinta a Lennon como a un gran artista, pero también como un tipo violento, inseguro y cruel. El Lennon de Emerick por momentos es un psicópata peligroso. Emerick no duda en mostrarse totalmente disgustado con algunas canciones. Por ejemplo dice que "Come Togheter" era bastante mala y por poco afirma que "I'm the walrus" se salva por los retoques sonoros que él añadió. Se regodea en las dificultades de Lennon para expresar sus deseos artísticos y se muestra indignado con todo lo que tiene que ver con Yoko (bueno, en eso puede que tenga razón). Sin embargo también reconoce que Lennon fue el único que le pidió que se quedara cuando renunció y que cuando estaba de buen humor, podía ser genial.

Emerick vs. Ringo: La semblanza que hace Emerick de Ringo es lapidaria: lo describe como alguien callado y desconcertante, muy lejos del humorista nato que todos recordamos. Emerick dice que nunca pudo entablar una conversación con Ringo y destroza sus aportes al grupo. También cuenta que fue reemplazado por otro batero durante la grabación de “Love me do”. Se refiere varias veces a sus complicaciones para hacer un simple redoble (algo de lo que el mismo Ringo se burló diciendo que sus redobles tenían el sonido de una persona cayéndose por una escalera). Eso sí, es muy emotivo cuando recuerda la sesión en la que Ringo cantó "With a Little Help from My Friends", con los tres miembros restantes del grupo alrededor, motivándolo para que lo hiciera bien.  

Emerick vs. Harrison: Otro que cae en la volteada del Ingeniero. Hasta "Something" y "Here comes the sun", para Emerick todos los aportes de Harrison fueron malos o aburridos. Emerick se complace en contar lo mucho que le costaba a Harrison hacer un buen solo (literalmente cada vez que tenía que hacer uno entraba en crisis) y la indiferencia de los demás beatles hacia sus temas (mientras los de John y Paul recibían la atención de todos, los de Harrison los hacía él solo).

Yoko vs. Todos (menos John): La llegada de Yoko contada por Emerick es especialmente desopilante y llega a su punto máximo cuando durante la grabación de Abbey Road Lennon llevó una cama al estudio y Yoko permaneció ahí acostada (recibiendo visitas) hasta que terminó de grabarse el disco. Emerick cuenta la irritación de todos cuando Yoko dijo que un tema debía ser tocado más rápido. Los Beatles eran muy maniáticos con su comida. Un día estaban todos en la consola y George Harrison vio como Yoko se comía sus galletas digestivas. La recontra cagó a puteadas.

Para el final transcribo el testimonio de Emerick sobre la grabación de los solos de guitarra de “The End”:

“(…) durante la hora que tardaron en tocar aquellos solos, toda la mala sangre, todas las peleas, toda la mierda que había separado a los tres antiguos amigos quedó olvidada. John, Paul y George parecían haber retrocedido en el tiempo, como si volvieran a ser niños, tocando juntos por puro placer. Me recordaron a unos pistoleros, con las guitarras colgadas, la seguridad de acero en sus miradas, decididos a superarse el uno al otro”.