lunes, 25 de abril de 2016

El niño de la banda roja


Desde que somos chiquitos sabemos que Sebreli está en contra del fútbol. Se trata de un gesto tan interesante como propio de un estereotipo intelectual anacrónico, ensimismado en la torre de marfil.

El problema de Sebreli es que no entiende el fútbol. Me di cuenta de esto en una vieja entrevista en la que presentaba un libro en el que ahora no sólo estaba en contra del fútbol sino también de Maradona, Evita, Gardel y el Che Guevara, A mí me gusta el Sebreli joven de Buenos Aires vida cotidiana y alienación, ese que al final llamaba a modificar la vida a partir del cruce de Rimbaud y Karl Marx...   

En esa entrevista y queriendo derribar el mito de Maradona Sebreli dijo que una de las causas por las que Pelé era mejor residía en que ¡había marcado más goles! Eso es no entender nada y hasta cuesta explicar de qué forma lo es. O sea que las críticas de Sebreli al fútbol pueden ser atendibles en cuanto a fenómeno de masas pero ya parten de una equivocación con respecto al significado del deporte. Si Sebreli cree que quien mete más goles es mejor entonces niega la gracia misma del fútbol, que va mucho más allá de las estadísticas (se diría incluso que lo más gris del fútbol son las estadísticas, las de Pelé en especial). No le encuentra sentido, de ahí la irritación (sumado esto a su pertenencia de clase, su ideología, su humor al día en que hizo este comentario sobre Pelé y Maradona, que no recuerdo exactamente dónde fue pero seguro fue en Canal 7, en programas de Osvaldo Quiroga y Cristina Mucci con horarios rotativos o algo así porque siempre, con De la Rúa o Néstor o Macri, aparecen en el instante del día más retorcido, ya sean las siete o las dos de la mañana).

Mi problema con el fútbol es otro. Le encuentro sentido, hasta un sentido cercano a la belleza estética (supongo que por ahí licuaremos cantidades industriales de homosexualidad reprimida), lo que me resulta inconcebible, a veces, es lo que rodea al fútbol (incluido el público, del que soy parte).

¿Por qué naturalizamos que cuando un jugador contrario tira un centro (en este caso fue D'alessandro) tenga que recibir escupidas, insultos y un encendedor en la espalda por parte de la hinchada local? ¿Por qué eso está bien? Por lo menos no está tan mal como para remarcarlo.

Ayer presté atención a la cara de los que insultaban a D'Alessandro y pensé que esos tipos (lo mismo diría si fueran de River o Godoy Cruz) después le tienen que decir a sus hijos que no traguen pastillitas de extraños. Una buena pregunta para hacer sobre la muerte de los chicos en la fiesta electrónica es ¿por qué creemos que una sociedad enajenada va a generar comportamientos no-enajenados?  

Por otra parte ¿qué porcentaje ocupa el fútbol en nuestra cabeza? Yo supongo que uno bastante importante. En días de superclásicos (no el de ayer, claro) o de partidos decisivos casi diría que pienso todo el tiempo en River. O sea que puedo estar hablando del clima o de la situación política de Brasil (sin saber un carajo) pero siempre hay una gran porción de mi mente que se quedó anclada en el fútbol. ¿Eso es bueno? ¿Eso no es ser un zombie? ¿No deberíamos estar interesándonos por cosas más importantes, cosas nuestras por ejemplo, en vez de preocuparnos por gente que no nos conoce y quiere meter goles? 

Tal vez el desarrollo del partido alentó mi cortocircuito con el fútbol, ¡mi neosebrelismo! Lo que se vio fue algo espantoso y además aburrido. Ahora el fútbol es un catálogo de arbitrajes, bromas de las hinchadas y lesiones. River nunca demostró que tenía un jugador de más. Controló el balón pero Boca, en sus espaciados ataques, fue más incisivo, más profundo. En algún momento pareció que los de Gallardo le dejaban la épica servida. Eso sí sería un retorno total a los 90. Me pregunto a qué "normalidad" se habrá referido Tevez el año pasado.

Lo único rescatable fue el juego de D'Alessandro, que en medio de ese panorama, incomprendido y aun sin romperla, era como la fucking niña del abrigo rojo de La lista de Schindler. Creo que me gusta otra vez el fútbol.  


jueves, 14 de abril de 2016

La patria es Mercedes Ninci


A raíz de una trifulca entre estudiantes y policías en medio de las manifestaciones del Mayo Francés Pasolini escribió un famoso poema-ensayo titulado “Los odio, queridos estudiantes” (también conocido como "El PCI para los jóvenes") en el que se declaraba a favor de los policías porque ellos, a diferencia de los estudiantes, eran hijos de pobres:

En Valle Giulia, ayer, hemos tenido un fragmento
de lucha de clase: y ustedes, amigos (aunque de la parte
de la razón) eran los ricos,
mientras que los policías (que estaban de la parte
equivocada) eran los pobres. ¡Linda victoria, entonces,
la de ustedes! En estos casos,
a los policías se les dan flores, amigos.

Es decir, Pasolini se daba cuenta de que el sistema tenía más que ver con los padres de esos estudiantes súper burgueses que con la policía. Algo de eso intentó expresar Bertolucci en Los Soñadores aunque pocos pudieron prestarle atención al mensaje con las tetas de Eva Green en primer plano.

Lo genial de la empatía de Pasolini es que se trataba de una empatía incómoda, políticamente incorrecta, algo así como un segundo nivel de empatía consistente en sentirse identificado con todos pero especialmente con quienes odiamos.

En estos días percibí varias situaciones en las que me parece que haría falta la empatía heterodoxa de Pasolini.

Por ejemplo, en medio de los frecuentes desalojos de Capital un mantero revoleó por el aire a un policía y todo el progresismo argentino festejó a las carcajadas. Nadie pensó que ese policía es enviado a hacer su trabajo por sus superiores o que puede tener hijos que sufren al verlo hacerse mierda contra el piso.   

Por ejemplo los taxistas, tal vez a causa del prejuicio, temen perder su trabajo y muchas personas lo festejan porque se supone que son fachos e ignorantes.

***

Habitualmente almuerzo cerca de las tres de la tarde y viendo televisión. Desde hace un tiempo me gusta ver un programa de Canal Trece llamado El diario de Mariana. Allí se amontonan un montón de panelistas que dicen cosas con las que no estoy de acuerdo. Aunque no coincida a mí me agrada escucharlos. No sé por qué, debe ser porque ya sé cómo pienso y no quiero que Roberto Navarro me lo diga a los gritos y con grandes dosis de demagogia. Sin dudas también existe un regodeo morboso en mi costumbre de ver por lo menos quince o veinte minutos de ese programa. El objeto de ese regodeo es esperar a que Mercedes Ninci diga algo por completo descerebrado para, a continuación, disfrutar porque yo no soy así.  

Muchos anti-macristas ven a Roberto Navarro para saber qué pensar. Yo, en cambio, veo a Mercedes Ninci y pienso lo contrario.  

No sé muy bien qué es, probablemente la fusión de su tono de voz y las barbaridades que dice (algunas de ellas tan hirientes como infundadas) pero Ninci es una persona casi intolerable. Ayer fue la marcha de apoyo a Cristina y algunas personas la trataron bastante mal. La empujaron y terminó tirada en el piso rodeada de personas que la miraban como a un perro al que se le cuentan las costillas. La misma situación con respecto a una periodista afín hubiese provocado la indignación de todo el kirchnerismo.

Muchas personas justificaron la agresión porque, en apariencia, Ninci fue a provocar a La Cámpora. Hay un error de concepto en esa apreciación: ¡justamente porque fue a provocar deberían haberla tratado bien, muchachos! Otros dicen que no les importa que agredan a Mercedes Ninci porque cuando la policía reprime a una murga de niños las mismas personas que ahora se indignan no dicen nada. Esa deducción me parece rarísima. Es nivelar para abajo: en vez de copiar las actitudes nobles y generosas para que todos seamos mejores, copiamos las actitudes miserables e insensibles para que todos seamos peores.

“Así no van a convencer a nadie” alertó Cristina, lúcida, cuando los militantes empezaron a bardear a Diego Bossio. El incidente con Mercedes Ninci y ese cántico contra el ex frontman del ANSES tal vez sean nimiedades pero confirma que cierto sector del kirchnerismo en vez de decidir de manera política y estratégica, lo está haciendo de manera emocional e impulsiva. Entonces se multiplican los insultos, se difunden noticias falsas, se sacan frases de contexto, el anti-macrista es el anti k del otro lado del espejo. Algo de esa actitud endogámica se puede rastrear en quienes confunden deseo con “realidad” y creen que los votantes de Macri ya están arrepentidos de votarlo. Habrá algunos, pero la gran mayoría lo votó para que haga exactamente lo que está haciendo. Es que si vivimos atados a un microclima en el que todos piensan igual y sólo vemos la información que nos conviene corremos el riesgo de enfermarnos de coyuntura, como quienes se alegran de los despidos en el Estado. Sencillamente olvidamos que existe el otro. De hecho se suponía que la Patria era el otro. Mercedes Ninci incluida.  

martes, 5 de abril de 2016

La grieta


Hace mucho (por lo menos un año) dejé de ver series. Sinceramente me pudrieron. Les empecé a ver las costuras y se me volvieron predecibles (probablemente por haber visto demasiadas). O tal vez fue que elegí mal porque las últimas cuatro o cinco que vi (a excepción de The Americans) me parecieron desastrosas. Pero el otro día me enteré (tarde) de que había una nueva serie de Louies C.K y no pude resistirme a bajarla.

La serie se llama Horace and Pete y creo que es una obra maestra. "Creo" porque vi un solo capítulo y tal vez los siete restantes sean horribles pero lo dudo mucho.

Lo que más me gustó de Horace and Pete, en un principio, es que es una serie deliberadamente aburrida o, que por lo menos, parece no tener groove, es decir, va en contra del vértigo narrativo imperante. Dura una hora y pico, tiene un intervalo, no hay actores lindos, casi no tiene música incidental (y cuando la tiene es cursi y sensiblera), la puesta es prácticamente teatral, el tema final es de Paul Simon. Es como si todo fuese hecho a propósito para no tener onda (provocando el efecto contrario, claro). Es una serie para ver tomando un whisky, con el celular apagado y sin twitter, por decir una boludez simbólica que todos van a entender.

Mayormente, la serie transcurre en el bar de Horace (Louies C.K) y Pete (Steve Buscemi). También son parte del reparto glorias como Jessica Lange y Edie Falco (la esposa de Tony Sorpano). El bar, estéticamente anacrónico, es regenteado por los dos hermanos (al finalizar el capítulo nos enteramos de que en realidad son primos) y un tío anciano que, con su amargura y su brutalidad, se roba buena parte de la atención.

El bar me recuerda a esos bares pesimistas sobre la condición humana que aparecen muy seguido en los cuentos de Carson McCullers o Bukowski. Esos bares de mierda en los que, sin embargo, la literatura y el cine ponen a funcionar la vida.

Todos los personajes de la serie parecen resignados y tristes, deambulan por ahí como si les hubiese pasado algo tremendo y sin solución. Aunque por momentos es muy cómica Horace and Pete transmite una melancolía pegajosa. Los únicos felices son los hipsters, que curten el bar como consumo irónico.

Ya en Louie, una serie aparentemente cómica que llegó a niveles extraordinarios de profundidad narrativa, se notaba que a su protagonista y creador le tiraba cada vez más el drama. Horace and Pete es el resultado de ese tirón.

A primera vista, tanto en Louie como en Horace and Pete hay algo que causa incomodidad: el modo en que actúan los personajes, sus conductas, los diálogos algo inconducentes, el ritmo aletargado. Después uno se hace fan de esa incomodidad. Es como escuchar una de esas músicas raras en las que tenemos que saltar un filtro para naturalizarlas y hacerlas nuestras.  

La serie trata sobre los problemas familiares de Horace y Pete (sus enfermedades, sus hijos, sus hermanos, sus parejas, sus negocios) y cada tanto pone la lupa en las conversaciones de los borrachos del bar.

La serie tiene un registro humano atemporal pero también se exponen temas de coyuntura yanqui sin anestesia. Una de estas conversaciones entre borrachos se da entre un conservador y un liberal y tiene algo de fábula o de chiste malo. 

Para hacerla corta el conservador le dice al liberal que los de su ideología son todos unos boludos y el liberal le dice al conservador que los de su ideología son todos unos forros. En el medio de los dos oponentes hay un tipo que actúa como árbitro que les aconseja que en vez de juzgarse el uno al otro describan lo mejor de sus ideologías. Entonces el conservador dice cosas irreprochables sobre los conservadores y el liberal dice cosas irreprochables sobre los liberales. El mediador les dice que si partieran de la definición que dieron sobre sí mismos tal vez podrían llegar a ponerse de acuerdo. La escena parece apuntar a una especie de redención pre-ideológica hasta que un personaje que también está acodado en la barra del bar (que ya tiró datas entre paranoicas y anárquicas) dice:

-¿Quién dijo que se quieren poner de acuerdo? No quieren llegar a ninguna clase de consenso. Para ellos esto es un fucking deporte. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Ricoteros


Si nos guiamos por la construcción de la crítica de rock, el público original de Patricio Rey estuvo constituido por beatniks, existencialistas franceses y sociólogos de la Escuela de Frankfurt. Sea o no cierto y sin llegar a esos extremos, la opinión generalizada coincide en que había un espíritu intelectual entre los primeros seguidores de la banda. Aquellos años de amateurismo (fines de los 70, principios de los 80), sin discos de estudio, están marcados por un fan ilustrado que aparentemente disfrutaba el rock and roll primitivo pero conocía la cultura rock. No eran hippies, no eran pesados, no tenían nada que ver con el imaginario del viejo público de "rock nacional". Es que el mito del comienzo de Los Redondos también supone la invención de un público adulto que hasta ese momento no existía porque escuchaba bandas de afuera (principalmente en sus vertientes psicodélicas o progresivas: Zappa, Floyd) ya que el "rock nacional", salvo honrosas excepciones, le parecía demasiado cándido para su gusto.

Este tipo de fan se complace en recordar viejos y olvidadísimos shows en lugares remotos, se refiere con cierto desdén a los ricoteros (los entiende como sector social, no como oyentes), intenta convencer al resto de que además del Indio hubo otras personas que se enteraron que existían los “yippies” en la Argentina (de cuatro a cinco, el Indio entre ellos), tiene por lo menos una anécdota con Enrique Symns y asegura que los mejores temas de la banda nunca fueron grabados oficialmente ("El regreso de Mao", "Mi genio amor", "Nene Nena", "De estos polvos futuros lodos", "Pura suerte").  

A medida que crece la convocatoria de la banda, gradualmente, los viejos fans se retiran, huyendo del bardo y de un repertorio que ya no los identifica. Los nuevos fans de Los Redondos, los ricoteros, ingresan al rock y toman a la banda como un cuadro de representación en épocas de nihilismo y crisis. A excepción de Sumo, el ricotero prescinde de casi todo el espectro del rock argentino canónico y convierte los shows (las misas) en un termómetro social (con incidentes, desmanes y peleas con la policía) cada vez más inmanejable para la banda. 

Si la primera época es planteada como el paraíso en el infierno, un ritual anti sistema y contracultural, una burbuja de libertad en medio del clima asfixiante de la dictadura (y del propio medio del "rock nacional"), los recitales de los 90 son interpretados como fiestas paganas en las que el ricotero, a través del reviente, sublima sus frustraciones y expone brutalmente los problemas estructurales y la brutal desigualdad, ya no del rock, sino del mismísimo país. A partir de ahí, Los Redondos son desbordados como hecho musical y pasan a ser “el fenómeno”, un hito de la sociología argentina.      

El mayor placer del ricotero es pasar horas interpretando y discutiendo con otros ricoteros los mensajes secretos que se esconden detrás de las letras crípticas del Indio. Y llega a conclusiones polémicas, moviéndose en el extraño límite de la linealidad y el delirio: "Tarea Fina" está dedicada a Karina Rabolini, "Aquella solitaria vaca cubana" habla de la Revolución Cubana y “Toxi taxi” del narcotráfico, "Susanita" está dedica a Susana Giménez. Cuando no se sabe de qué hablan los temas, la conclusión es que son contra Enrique Symns (“Blues de la artillería”, “Salando las heridas”, “El héroe del whisky”).  

La aparición de Último bondi a Finisterre (1998) provoca otra particularidad en la conducta de los ricoteros: por primera vez se muestran contrarios al rumbo artístico que tomó la banda. La inclusión de máquinas y sonidos "modernos" les impide disfrutar completamente de la nueva obra. El público sigue llenando los Estadios, pero hay una distancia en la recepción del nuevo y el viejo repertorio (similar a la que ocurría entre los fans de Soda con respecto a la era pre y post Dynamo). Esta distancia se profundizaría con Momo Sampler (2000) y los discos solistas del Indio Solari.

Luego de la separación de Los Redondos, enterados a través de los medios de los problemas contractuales que desencadenaron la ruptura, se produce una división muy clara: por un lado los que apoyan al Indio, por otro los que apoyan a Skay y Poly. Un tercer grupo está conformado por quienes se desentienden de las preferencias, no escuchan los discos solistas de ninguno de los dos y siguen eligiendo a Patricio Rey, como si verdaderamente se tratara de un ente que excede el trabajo de los músicos que lo crearon. Para estos ricoteros, que el Indio y Skay hayan separado a Los Redondos se asemeja a una herejía religiosa, sienten que la banda también les pertenece a ellos y que los líderes se tomaron demasiadas atribuciones al decidir unilateralmente qué hacer con su propia banda.

Con los dos líderes distanciados, otros ricoteros, incorregibles, redoblan la apuesta y se dedican a descubrir ¡qué letras del Indio están dedicadas a Skay y cuáles de Skay están dedicadas al Indio!

El Indio se llevó el grueso del público: sus recitales baten récords de audiencia y por poco se alquilan ciudades y países pequeños para que ocurran con normalidad. Skay se dedica a tocar en teatros y festivales, con una asistencia más reducida. Los que siguen a Skay dejan entrever que el verdadero espíritu de la banda está en el guitarrista y que el contexto que recrean estos recitales, de alguna manera, recupera la esencia perdida detrás de la gran banda que emergió en los 90. Los que siguen al Indio ignoran por completa la obra solista de Skay, si se lo cruzan por la calle tal vez no lo reconozcan y creen que el único que asegura la existencia de vida ricotera inteligente en el Planeta es el Indio Solari.


Eso sí, fans del Indio, de Skay, de los dos o de ninguno, se ven unidos en una súplica compartida que aspira a restaurar los viejos valores ricoteros, tal y como los habían conocido en el pasado: "Sólo te pido que se vuelvan a juntar".   

miércoles, 23 de marzo de 2016

Eh Eh Uh Uh


No están tan equivocados aquellos indignantes ingeniosos que obligan al antiimperialista a dejar de beber Coca Cola, a no ver más películas de David Lynch y a no escuchar a Bob Dylan si genuinamente no quieren que Obama pise el suelo patrio. La verdad es que mientras EE.UU no está asesinando personas en tu país en tiempo real (y en formas más o menos explícitas) la penetración cultural es la marca de la gorra del Imperio.

No están tan equivocados aquellos indignantes comprometidos que señalan con burla la tilinguería de hablar de la pareja presidencial yanqui como lo haría un vasallo de reyes medievales elegidos por la voluntad de Dios. Sin contar que la presencia de tal pareja y su contacto con el Presidente Mau puede afectar la economía del país y no necesariamente de una manera positiva.  

En conclusión: existe una contradicción en los superados que entienden que EE.UU es sólo su política exterior y olvidan que su incidencia en la cultura occidental nos alcanza a todos y existe una confusión en los cholulos que no tienen en cuenta la política exterior de EE.UU encandilados por los fuegos de artificio de una pareja del Primer Mundo en el fondo del Tercer Mundo. Fin de la discusión.

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Cuando Bush visitó Mar del Plata en el 2005 también la parte más cool de la ciudad fue alterada con grandes vallados e inescrutables hombres de negro. A veces pareciera que un presidente estadounidense es la misma persona con distintas mascaras. En esencia es alguien que se dedica a alterar la soberanía de los demás individuos del mundo. Por eso cuando llega a otro país hay personas que ya no puedan ingresar a su barrio sin pedirle permiso. Más que por una cuestión de seguridad, es por una cuestión de estética. Por decirlo de una manera sofisticada: Clinton/Bush/Obama es el más poronga del mundo. ¿Cómo no odiarlo si ni siquiera cuando es negro pudo evitar volverse blanco?  

Todavía me acuerdo cuando se puso de moda Michael Moore. Un día estaba viendo una de sus charlas, esos encendidos monólogos en los que gritaba y se avergonzaba de tener un presidente como Bush y me pareció que más que en contra de la guerra, estaba en contra de la manera en que Bush manejaba la guerra. Claro, pensé y dejé de ser adolescente, para ellos la guerra es como para nosotros tomar mate.

Aclaro que yo no tomo mate.  

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Una de las novelas distópicas de Ballard se llama Hola América y sucede en el contexto de un mundo futuro devastado por una gran crisis energética ocurrida en las primeras décadas del Siglo XXI (la novela es del 81): “Incapaces de pagar el precio del petróleo importado, varias economías antes florecientes se derrumbaron de súbito. Los grandes programas de industrialización de Egipto, Ghana, Brasil y Argentina fueron cancelados”. La novela cuenta la travesía de unos exploradores europeos que  llegan a EE.UU tras la huella de una nube tóxica. La narrativa de Ballard a veces es intensamente política, casi pedagógica, pero también puede tener la fuerza de un shock poético. De esa novela lo que me quedó en la memoria es la imagen de un holograma gigante de Superman proyectado en el cielo de Las Vegas.  

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La Cumbre del 2005 no sólo fue importante desde el punto de vista formal (la postura económica regional de negarse a formar parte del ALCA), sino también desde lo iconográfico. Durante esos días se terminó de construir el estereotipo kirchnerista. En un tren llegaron, entre otras estrellas de  la cultura nacional y popular, Maradona y Hebe de Bonafini. Manu Chao tocó gratis en la Plaza España. El ciborg K que proyectaron los nuevos gorilas del Siglo XXI (los que hoy se regodean en saber si Miriam Quiroga escupía o tragaba y fantasean con ver a Cristina en cana) seguramente se ve como Maradona, piensa como Hebe y canta como Manu Chao.


Uno de los detalles morbosos de la visita era el rumor de que con la comitiva de Bush venían cientos de bolsas de cadáveres por si había un atentado terrorista. El 2001 estaba a la vuelta de la esquina y el error no era la paranoia sino no ser suficientemente paranoico. Con mi novia de aquel entonces, mitad en serio, mitad en broma, paseábamos por ahí y nos preguntábamos cuáles serían las Torres Gemelas de Mar del Plata. Nunca nos pusimos de acuerdo. 

lunes, 21 de marzo de 2016

Spinetteanos


Los fanáticos de Spinetta se dividen en dos grandes grupos. Quienes conocieron su obra mientras estuvo vivo y los que se sumaron después de su muerte.

El fanático original de Spinetta es tal vez uno de los personajes más emblemáticos del rock argentino. Durante los recitales, una de las características principales del spinetteano era pedirle a su ídolo que toque canciones que habían quedado afuera del repertorio del autor entre quince y veinte años atrás. El spinetteano sabía que Spinetta no tocaba temas viejos, sin embargo sentía un indisimulable placer al recriminárselo. 

Por ejemplo, Spinetta presentaba Un mañana en el año 2008 y el spinetteano pedía "Blues de Cris" (1972) o "Dios de la adolescencia" (1975). Esa actitud del spinetteano lo define claramente como sujeto: por un lado hace alarde de su conocimiento frente a los fans nuevos al referirse a canciones viejas y olvidadas, por otro lado entiende que su devoción por Spinetta justifica sus recriminaciones públicas. Otra clave del reclamo se basa en la posibilidad de que Spinetta respondiera a los pedidos con su habitual ironía o mal humor. La anécdota del diálogo crecerá exponencialmente con los años. El spinetteano pidió a los gritos "Casas Marcadas" (1982) en un recital de 1995, la época de Los Socios del Desierto (cuanto más alejado estuviera el tema del material que presentara Spinetta, mejor) y Spinetta le contestó "No". A partir de allí, el spinetteano hace su trabajo. A fines de los 90' dirá que Spinetta le dijo "No voy a hacer ese tema". A mediados de los 2000 Spinetta le respondió eso pero también intercambió bromas. A fines de los 2000 Spinetta empezó a tocar el tema previsto pero a la mitad lo interrumpe, toma una guitarra acústica y le dedica "Casas Marcadas", después lo invita a cenar a su casa y se quedan hasta las 5 de la madrugada hablando de mandalas.

El recurrente pedido de temas imposibles también se puede entender de otro modo. Spinetta fue un músico que exigió a sus fans un caudal de paciencia y abstracción superior al resto y creó, a su vez, un público a su imagen y semejanza. El spinetteano a veces cede al elitismo y puede llegar a jactarse de no escuchar a Charly García como quien se estuviese refiriendo a Agapornis. 

Cuando el spinetteano reclamaba un tema imposible en realidad estaba verificando si las convicciones spinetteanas (no ceder a los hits, tocar sólo material reciente, olvidar deliberadamente el repertorio de las Bandas Eternas) se mantenían vigentes. De allí el placer del spinetteano ante la negativa: es verdad, no iba a poder escuchar "Ruido de magia" en el 2007 (¿y a quién si no a un spinetteano ortodoxo se le podría haber ocurrido?), pero Spinetta mantenía la postura ética que lo había convertido en su ídolo.  

La conducta del spinetteano durante los recitales también cuenta con otras señales específicas. El spinetteano fue el único fan del rock argentino que pedía silencio. Al mismo tiempo que se creía lo suficientemente autorizado para pedirle al mismísimo Spinetta que hiciera un tema que no tenía pautado de antemano, también entendía que sus años como oyente de Spinetta lo autorizaban para oficiar de preceptor simbólico de los recitales. El spinetteano en acción era alguien que, básicamente, ponía orden: le decía a Spinetta qué tenía que tocar y, si oía el murmullo de un grupo de amigos o el sonido del papel de un caramelo desenvolviéndose mientras Javier Malosetti ejecutaba su solo en "La herida de París", automáticamente pronunciaba su clásica onomatopeya: "Shh". Si la situación lo ameritaba, agregaba un tajante "Cállense, viejo, acá se viene a escuchar".

Entre otras características, el spinetteano ortodoxo odia la cumbia, compró y hasta escuchó discos de Claudio Cardone y Mono Fontana, leyó y dice que le gusta Guitarra Negra, compró la edición original y nunca prestó Crónica e Iluminaciones (la reedición del libro de Eduardo Berti lo desconcertó), se interesó sinceramente por todas las lecturas que Spinetta reconoció como decisivas para su música (Artaud, Jung, Castaneda, Foucault). En reuniones con amigos, el spinetteano se deleitará contando detalles secretos sobre Spinetta que no le interesan absolutamente a nadie: en Spinettalandia y sus amigos hay dos temas de Pappo, en "Alarma entre los ángeles" el que toca la guitarra es Tomás Gubitsch, "Parlante" aparece como bonus track del cd de Tester de Violencia pero originalmente es un tema de Piel de Piel, un disco que compilaba temas de Tester de Violencia y Don Lucero. Uno puede burlarse, indignarse y hasta evitar su cercanía en una fiesta, pero nadie puede negar que el spinetteano dedicó toda su vida a escuchar a Spinetta. Hay quienes hablan de reclamar al Estado una pensión por Oyente de Spinetta. No se puede decir lo mismo del segundo grupo de fans de Spinetta.

El segundo grupo de fans de Spinetta emergió luego de su muerte. No llegó a Spinetta directamente sino a través de los homenajes de Pedro Aznar o del ruido mediático post 2012. Cree que Spinetta es un ángel. Si alguien osara decir que Spinetta tiene discos o, por lo menos, un par de temas que no son tan buenos, el nuevo fan de Spinetta actuará como si lo hubiesen violado y obligará a pedir disculpas de rodillas (el spinetteano ortodoxo, entre las muchas actitudes que se atribuye, se permite criticar dos y hasta tres discos de Spinetta cada cinco años). En vez de "Luis Alberto", como lo llaman los spinetteanos ortodoxos (convencidos de que Spinetta era un primo o un tío), lo llaman "Flaquito". Los spinetteanos ortodoxos sospechan seriamente que el nuevo fan de Spinetta conoce la obra de Spinetta de un modo muy fragmentario. Incluso es de esperar ciertas herejías en este tipo de sujetos:
-que desconozcan versiones originales pero sí el cover de Pedro Aznar;
-que no hayan escuchado todos los discos enteros sino canciones sueltas en YouTube;
-que nunca (y esto es lo más grave) lo hayan visto en vivo ¡aun siendo lo bastante adultos como para haberlo hecho!

Muchos aseguran que la pasión por Spinetta en las nuevas generaciones (es decir aquellas nacidos en los 80, 90 y 2000, los que no eran jóvenes cuando Spinetta tuvo sus primeras bandas) sólo puede otorgarse. Es decir, debe existir cierto ritual de iniciación, como en algunas sectas o logias. En este caso se da a través de ciertos vínculos determinados:
-de madre o padre hippie a hijo probablemente hippie;  
-de primo freak a primo menor;
-de hermano mayor a hermano menor desorientado;
-de amigo mayor (por lo menos 5 años) a amigo menor;
-de ex novio/a a novio/a abandonado/a.

Una opción seriamente discutida es "de Alfredo Rosso a oyentes de sus programas", pero los spinetteanos nunca terminaron de ponerse de acuerdo. 

Otros, más despreocupados, tienen una idea un tanto más sencilla: cualquiera que tenga predisposición a disfrutar de la belleza del mundo es apto para escuchar a Spinetta.               


jueves, 10 de marzo de 2016

Cultura fútbol


De la misma manera que existe la cultura rock, también existe la cultura fútbol. No me refiero a cargar a un equipo porque se fue a la B o a otro porque tiró gas pimienta y abandonó. Esas son cosas realmente estúpidas vinculadas a una de las miserias más grandes del ser humano: alegrarse con las desgracias y los errores de los demás.

Una de las cosas que más me gustan de Aimar y Riquelme, además de que eran jugadores extraordinarios, es que a pesar de ser adversarios se admiraban y se querían.

Tener cultura fútbol es respetar jugadores que uno no vio nunca en su vida gracias al relato de padres, tíos, hermanos, primos mayores o, incluso, viejos que nos cruzamos por ahí y te cuentan flashes en blanco y negro del fútbol argentino: el River de Labruna, La Máquina, el Huracán de Menotti, el Estudiantes de Zubeldía, el Boca del Toto Lorenzo, el Racing de José, Los Carasucias.

El fútbol no es la épica contemporánea por los asesinatos entre barras bravas, sino porque, al igual que la Ilíada y la Odisea, sus escenas se relatan de boca en boca cual tradición oral consuetudinaria. De esta manera conocí historias incomprobables en las que el Charro Moreno comía ravioles media hora antes de los partidos, Houseman jugaba borracho, Scotta hacía goles de media cancha, Amadeo Carrizo la bajaba con el pecho, etc. Probablemente muchas de las cosas que me contaron son falsas pero poco me importa a los efectos especiales que el fútbol crea en mí. El director de cine John Ford decía que entre la realidad y la leyenda se quedaba con la leyenda.

Cuando Lisa Simpson descubre que Jeremías Springfield, el prócer del pueblo, en realidad fue un pirata y no peleó con un oso, se siente impulsada a desenmascararlo ante toda la población pero al toque entiende que el mito ayuda a conservar algunos de los valores más nobles de la sociedad.

Hoy se murió Perfumo, un ex jugador de fútbol que no vi jugar jamás y al que, sin embargo admiré muchísimo. Los mayores dicen que era impasable y que, además, tenía el porte de un galán. Era muy genial escuchar a Perfumo hablar de fútbol por la sinceridad y la despreocupación con la que decía cosas terribles, como por ejemplo la manera en que elegían jugadores con Basile para sacarlos de la cancha en camilla.  

Perfumo confesó que dejó de ser técnico porque un día entró al vestuario y no supo qué mierda decirles a los jugadores. Nadie del mundo del fútbol se animó a confesar algo así porque eso es indicio de debilidad o falta de hombría. Perfumo hacía ingresar el absurdo en el esquemático mundo del fútbol. Me hizo a acordar a Bartleby y compañía, ese libro en el que Vila Matas repasa la historia de los escritores que, de un día para otro, dejaron de escribir.

Otra anécdota que me encantaba de Perfumo es cuando contaba que medía sus pases de acuerdo a los carteles de publicidad. Perfumo era un jugador de fútbol con alma de artista o algo así. También decía que cuando River salió campeón después de 18 años era tal la algarabía de la gente que los tuvieron en andas dando la vuelta olímpica durante cinco o diez horas.  

Hace muchos años Maradona contó que jugando para Argentinos se enfrentó a River y Perfumo lo bajó cuando se iba solo para el gol. Después lo levantó de los pelos y le preguntó si estaba bien. Maradona respondió: "Si, señor, ¿usted está bien?". Algo así. La anécdota es hermosa por dos razones: porque cuando Maradona habla de Perfumo le brillan los ojos y porque en su comicidad desborda de ambivalencia, ya que el subtexto explica que, a veces, el amor entre hombres obligados a reprimir su lado sensible se comunica a través de la brutalidad. Hoy se supo que esa anécdota es falsa porque Maradona y Perfumo nunca se cruzaron en una cancha. No dan las fechas.

A veces los desmitificadores son como esas personas que cuando te enamorás te avisan que todo en la vida se termina. Eso lo sabe todo el mundo, ¿a quién le importa?       

Era mejor la narración de Perfumo sobre el fútbol que el fútbol en sí mismo.


martes, 1 de marzo de 2016

La pesada herencia del rock nacional


Moris decía que en realidad el rock "nació mal". A Charly García y otros compañeros de su generación el "rock nacional" les sonaba "nacional socialista". Luca Prodan, con esa simpática tendencia a despreciar el medio que lo elevó a ídolo, decía directamente que el rock nacional no existía. Después llegó el "puro rock nacional" de La Mega de Hadad y ya a nadie se le ocurrió decirle “rock nacional” al rock argentino.  

¿Cuál es el problema con el "rock nacional"? No ya en términos semiológicos sino en cuanto a lo que significa como indicador de determinados artistas exiliados del país del buen gusto. Seguramente el problema no es con Moris, con Charly o con Luca que en mayor o menor medida y a pesar de tener sus detractores forman parte de un canon establecido. El problema es con los grupos y solistas menores que han quedado afuera de los grandes rankings de mejores discos y mejores canciones. El “rock nacional” quedó asociado a discos y artistas que no está bien mencionar en voz alta.

De la misma forma que el fútbol argentino no es sólo River y Boca ni la literatura argentina es Borges y Bioy, el rock nacional tampoco es sólo Artaud y Clics Modernos. El rock nacional es Raúl Porchetto, es Nito Mestre, es Pastoral, es Alma y Vida, es Alejandro Lerner, es Suéter, es Los Enanitos Verdes. Si no hubiesen existido todos esos cientos de grupos hoy invisibilizados el rock nacional nunca hubiese llegado a transformarse en una cultura, en todo caso hubiese sido un puñado de artistas geniales sin ningún espacio que los sustente. 

El caso de Miguel Mateos es paradigmático. ¿Cómo puede ser que uno de los dos o tres artistas más populares del rock nacional en los 80, cuyo disco Rockas Vivas fue el más vendido hasta El amor después del amor, haya sido borrado del mapa como si se tratara de un cáncer musical? Los deslices de Mateos son conocidos por todos: cierta afectación a la hora de cantar, líricas recargadas de imágenes efectistas, etc. Ahora bien, estos "pecados" (propios del rock pop excesivo de los años 80) no alcanzan para hacer esfumar a un artista. Aunque decirlo parezca una herejía, la verdad es que si uno escucha los hits de Mateos en los 80, el sonido y las melodías no son tan diferentes a los de aquellos artistas que aún hoy reverenciamos. Incluso “Cuando seas grande” o “Perdiendo el control” son bastante más buenos de lo que recordábamos.

Hubo un apartheid estético o por lo menos un evidente barrido bajo la alfombra que podrá parecer obvio si tenemos en cuenta que en algún momento se supuso que Piero y Marilina Ross eran “rock nacional”, pero que no es justo en cuanto a algunos artistas que participaron del rock y después fueron proscriptos porque la crítica y el Mercado ya no los tenían en cuenta.     

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Más allá de la tapa combativa y del tema dedicado a Cristina, la apuesta política del nuevo disco de Pez (llamado, elocuentemente, Rock Nacional) reside en el nombre, en hacerse cargo (en sentido simbólico, irónico, afectivo) de una tradición que, a menudo, y probablemente por razones obvias parece haber llegado a su fin. ¿Acaso las elecciones estéticas no son también elecciones políticas?

En una nota que hizo Juan Di Natale en Rock And Pop (la emisora que, con Mario Pergolini como guía, reinventó el mapa del rock argentino a partir de los 90, borrando toda lo que oliera a grasa) Minimal dijo que el tema "Tan deprisa ya" le recordaba a Man Ray y que el sobre interno del disco tenía una cita de “Va por vos” de Miguel Mateos:

Todos amamos a alguien,
necesitamos a alguien,
si le gusta el rock and roll
mucho mejor.

Pez es una banda extraña: a pesar de formar parte de la ola de rupturistas noventosos que cortaron definitivamente el cordón umbilical con el viejo rock nacional ("Charly García siempre da pasos atrás en el rock") siempre tuvo un pie ubicado en la tradición. Minimal es un parricida equilibrado y en su música siempre se notó la existencia de Pappo's Blues, Invisible, La máquina de hacer pájaros, Nebbia, Manal, es decir, lo más sofisticado y hermoso del viejo rock nacional.

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Hace cinco o seis años fui a ver a Litto Nebbia. En medio de los temas contó que cuando formó su banda La Luz comenzaron a charlar entre los músicos sobre cuál había sido el nombre de sus primeras bandas. Litto dijo "Los Gatos Salvajes", Minimal "Cadáveres de niños". "Claros, eran punks" dijo Litto.

Si Minimal no existiera habría que inventarlo. Y si Litto Nebbia no existiera, ¡no existiría nada! 

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El disco recupera una de las tantas líneas que tiró Pez en estos años, la del rock cancionero, con melodías agradables y letras sensibles. Temas como "El aprendiz", "Calabacita" o "Cerezas" parecen ubicarse a mitad de camino de Convivencia sagrada y de Hoy, porque Pez hace muchos años que remite a sus propios discos. La inclusión de Juan Ravioli matizando la dureza habitual de la banda con sus teclados y sintetizadores responde al pedido de los viejos fans de Pez, aunque los fans de Pez son tan hincha-pelotas (en la peor tradición de los spinetteanos) que seguramente ahora van a pedir temas metaleros y hardcore. 

Lo cierto es que el público de Pez se divide entre los que prefieren las canciones y los que prefieren el pogo. Probablemente exista una tercera posición que prefiera un mix de las dos cosas. Lo cierto es que una banda de rock and roll sin internas en su público no es una banda de rock and roll.

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Rock Nacional no suena ni a Man Ray ni a Miguel Mateos, sin embargo es justo destacar la nobleza de Pez para hacerse cargo también de la pesada herencia del rock nacional. Como dice el título de uno de los mejores temas: "de la vieja escuela del amor".  

sábado, 20 de febrero de 2016

Literatura Nazi en Mar del Plata



En agosto del año pasado me invitaron a un Festival Internacional de Literatura en Córdoba. Me llamaron la atención varias cosas, todas positivas. Por un lado la autonomía cultural de la ciudad: como un boludo yo creí que iba al Interior pero cuando llegué me di cuenta de que el provinciano era yo. Córdoba tiene escritores extraordinarios y algunos de ellos se hacen pasar por periodistas como José Heinz. Su libro, La vida de Spencer Elden (el pibito de la tapa de Nevermind), es un ejemplo de originalidad en el que el mundo geek de los videojuegos adquiere el trasfondo cultural y afectivo del rock.

Además de la parte literaria de la ciudad (no mencionar a Pablo Natale, Alberto Rodríguez Maiztegui y Juan Manuel Pairone sería imperdonable) me gustó el espíritu de Córdoba, la amabilidad de sus transeúntes, de sus taxistas, en fin, la "buena onda" de sus ciudadanos en general. Mientras caminábamos hasta la sede del Festival después de una charla le comenté esto a una profesora de la Universidad y me dijo que no todo era tan así, que Córdoba, palabras más, palabras menos, era un quilombo y que por algo le decían "la ciudad de las campanas". Entonces, como si de repente me fuera revelada una verdad insospechada, empecé a notar cómo en casi todas las cuadras había una Iglesia.

De hecho, junto a Esteban Prado (escritor y editor de Puente Aéreo) visitamos un Centro de Detención Clandestino que queda exactamente en frente de la Catedral. Yo no soy muy dado a la emoción histórica, soy más bien un egocéntrico asqueroso con grandes dosis de cinismo, pero cuando bajé al calabozo sentí la presencia del Mal.    

Una de las explicaciones del triunfo de Macri fue que en Córdoba obtuvo un 70 por ciento de votos. Esto me llevó a pensar algo que ya sabía pero que nunca había podido entender de una manera empírica: que ni las personas ni las ciudades ni absolutamente nada es unidimensional.

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A Mar del Plata no le dicen La ciudad de las campanas sino La Feliz pero en las últimas elecciones ganó alguien que parece no haber sido feliz en su vida. Es más, en los ojos de Arroyo, en sus ojeras hinchadas y grises, incluso cuando era el director de mi escuela secundaria, siempre pude ver algo parecido a la tristeza, a la resignación. Supongo, en el nivel más profundo de subjetividad, que el espíritu esencial de las personas que piensan como Arroyo (personas que, en síntesis, creen en las prohibiciones y en las diferencias más que en la libertad y la igualdad), de alguna extraña manera, debe sufrir más que los demás. Arroyo me hace acordar al padre del pibe de Belleza Americana

En YouTube hay un video que muestra el discurso final de Arroyo en la Escuela Media Número Dos. Fue en agosto del 2014. Arroyo se despide porque su carrera por la Intendencia ya estaba demasiado avanzada para hacerse cargo de dos cosas a la vez. Tal vez por haber sido alumno de esa escuela el video me parece emotivo; probablemente a los demás les parezca una mierda o algo peor. Ahí está Arroyo, el facho de Arroyo, con su clásico piloto y su tradicional pose, demostrando que al final era humano.

Durante todo el discurso Arroyo quiere mantener la entereza pero se quiebra a cada rato. Intenta sostener su tono burocrático, es más, su tono milico, pero no puede evitar incurrir en la autorreferencia, en detalles que revelan una fragilidad que acaso no querría que los demás sepan que existe. En el tramo final de su discurso de despedida, Arroyo desgrana, según su particular punto de vista, cuáles son los conceptos básicos de la existencia. Las palabras que dice tienen la violencia de un cross a la mandíbula:  

Sin pena y sin trabajo en la vida nada se consigue que sea valioso. Siempre tendrán que dejar algo, sufrir algo y trabajar mucho para conseguir cosas que sean valiosas. Todo lo demás es ruido, todo lo demás es imaginación pero no son cosas reales. La vida no es fácil para nadie, en absoluto, pero cada uno de nosotros es dueño de su destino. Y recuerden siempre que ustedes van a hacer lo que puedan pero Dios va a hacer lo que quiera. Esto es fundamental. Sólo me resta desearles a todos éxitos en su vida, que todos ustedes puedan lograr los objetivos que se han propuesto, porque son: los mejores. Como siempre dije: la mejor escuela. 

Dicho esto sobreviene el aplauso general y las facciones de Arroyo comienzan a comprimirse y desfigurarse, como hacen habitualmente los seres humanos cuando están a punto de largarse a llorar, pero la cámara decide no exponerlo en ese momento tan íntimo y hace un paneo en el que se muestra a los alumnos aplaudiendo, nenitos vírgenes y bien peinados, tiernos, muchos de ellos incómodos y riéndose porque el director se largó a llorar.

Quiero aclarar algo: en términos estrictos nadie en Mar del Plata puede pensar que los alumnos de la Media Dos fuimos o somos los mejores. Por eso Arroyo se quiebra cuando lo dice, porque él lo siente pero sabe que los mejores realmente están en otras escuelas más selectas, más privadas, menos anacrónicas.  

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Ahora Arroyo es el Intendente de la ciudad y me parece que en su despedida lloraba no sólo porque dejaba su escuela sino porque intuía que como Intendente iba a ser un desastre. A veces uno se encamina hacia algo que deseó en el pasado pero cuando está por llegar entiende que ya no es necesario. Generalmente ya es demasiado tarde para volver atrás. 

Arroyo nunca fue alguien dubitativo, siempre tuvo un discurso sólido basado en su ideología nacionalista y católica de la vida. Es alguien adoctrinado, mal adoctrinado en todo caso, pero no es Miguel del Sel. Ahora cuando habla ante los medios parece perdido, sobrepasado por la situación. Es como si las responsabilidades del cargo lo hubieran desdibujado del todo. En los 70 días que lleva como Intendente ni siquiera pudo llevar a cabo ese tipo de medidas demagógicas que todo nuevo funcionario público suele realizar para beneplácito de quienes lo votaron. La ciudad está sucia, el tránsito es un caos, la gestión anterior no ayudó y encima la temporada, en términos económicos, fue un fiasco. 

Pero hay algo más grave: desde hace un tiempo en Mar del Plata está actuando un grupo de neonazis organizados que golpea militantes de ideologías contrarias y hace pintadas fascistas por toda la ciudad. A través de su indiferencia y su negligencia Arroyo apaña esas golpizas y esas pintadas. Esto parece una novela de Aira, una noticia trucha de una página de izquierda, pero es la pura verdad. Yo creí que en un gobierno municipal no había mucho margen para ser de derecha pero Mar del Plata siempre guarda un as en la manga.  

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En este país deberíamos ponernos de acuerdo en no estar de acuerdo y a partir de ahí empezar a discutir, en caso contrario lo que se viene es violencia, heridos, muertos. La agresividad verbal suele querer pasar de la teoría a la práctica y los neonazis marplatenses son un claro ejemplo de esto.   

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¿Qué lleva a personas civilizadas y educadas en la sociedad actual a convertirse en neonazis, a tatuarse esvásticas, a ejercer la violencia física contra personas que no piensan como ellos? Probablemente un sociólogo lo pueda explicar mejor y a las causas sociales se agreguen otras individuales, de orden psicológico,  pero creo que las condiciones de la época, como diría Giannuzzi, ayudan bastante. Durante estos doce años de juicio y castigo a los responsables del Terrorismo de Estado hubo mucha gente que se tuvo que callar, que, por decirlo de una manera sofisticada, se tragó su propio vómito. Y ahora, con un nuevo gobierno nacional que impone un reflujo cultural contrario al anterior, sienten que tienen piedra libre para hacer lo que quieran. 

Los neonazis de Mar del Plata y la indiferencia de Arroyo no deberían ser tratados sólo como una muestra del género pintoresco local, al lado de los alfajores y los lobos marinos, sino como el síntoma de una enfermedad que puede afectar a muchas personas en todo el país. Como decía Thom Yorke casi veinte años atrás: "Puedo estar paranoico pero no soy un androide".  

lunes, 15 de febrero de 2016

Siempre se vuelve a Fito


En 1992 para su cumpleaños número 36 mis primos le regalaron a mi viejo El amor después del amor. Mi viejo no pudo escuchar mucho ese casette porque estaba todo el día laburando, pero yo sí. Tenía siete años. En la esquina de mi casa vivía una chica llamada Cintia y era mi mejor amiga. Estábamos todo el día juntos y a veces escuchábamos “Pétalo de Sal” y bailábamos. No sé muy bien cómo ni por qué pero sé que bailábamos o, por lo menos, recreábamos con gestos cada uno de los versos de la canción. Una canción en la que, por ejemplo, cantaba Spinetta.

Aclaro esto: no éramos hijos de profesionales, no viajamos a Miami, vivíamos en el barrio Pueyrredón y no fuimos al Illia. Si, por supuesto, el motor de todo lo que escribo es mi resentimiento.

A muchas personas les molesta que por cinco recitales Fito Páez haya recibido dos millones de pesos del gobierno of the Yegua. Creen que el gobierno le dio directamente a él los millones de pesos, como si el presupuesto de un recital no tuviera nada que ver con las personas que arman el escenario y organizan el recital y con los músicos que tocan ahí.

De todas maneras, si fuera por mí, personas como Fito Páez, Charly García, Nebbia o Spinetta deberían recibir millones de pesos simplemente por existir. Son tipos que, literalmente, me salvaron la vida cuando miré el techo y en el techo no había nada. Yo pago 258 pesos de luz pero nunca pude encontrar en mi corazón la conexión entre eso y Fito Páez. Y eso que en mi corazón encuentro un montón de cosas. 

Por ejemplo: paso bastantes horas al mes pensando en lo que me va a pasar el día que muera Charly García. La única conclusión que saco es que ese día voy a tomar mucho whisky.

También paso muchas horas al mes lamentando la existencia de quienes insultan a Charly García en los comentarios de los diarios más famosos del país (Clarín y La Nación). Cada vez que aparece Charly en las noticias hay una turba enceguecida que lo insulta. Al principio me molestaba pero después me di cuenta de que Charly hizo bien su trabajo para que esas personas (que son madres, padres, abuelos e hijos del rock and roll) tengan tanta necesidad de insultarlo.

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A principios de año TN anunció algo llamado TN Fest. Lo hizo con la suficiente maestría para que no se sepa si era un programa o un recital organizado por el canal. En fin, se promocionó como un Festival pero en realidad era un programa en el que se encuadraban recitales ya transmitidos por el canal. El primer recital de TN Fest fue uno de Fito Páez. Se lo promocionó como si Fito Páez tocara para TN en enero, a pocos días de haber asumido Mauricio Macri y se lo conectó con el recital que La Mancha de Rolando había ofrecido en el Espacio Clarín de MDQ. En las redes sociales la gente se regodeó en la contradicción política del rosarino.

En realidad TN Fest repitió un concierto de mayo del 2015 que ya había sido transmitido por TN, cuando Fito presentó Rock and roll revolution. Lo pasaron como un recital en vivo. 

No culpo a TN, si yo fuera TN haría lo mismo, el problema es la gente que ve TN y no tiene la suficiente autoconsciencia de que es gente que ve TN.

Ahora Fito Páez cerró un festival kirchnerista en Plaza Saavedra y se convirtió en el blanco de un sinnúmero de insultos. A mí la resistencia con aguante y los artistas afines al ex gobierno me parecen un poco sobreactuados. Si pienso que nuestros viejos se bancaron la dictadura y el menemismo y nosotros, a 60 días de asumir Macri, cual nenitos llorones, le pedimos la renuncia a Loperfido porque dijo que no había 30,000 desaparecidos me dan ganas de cortarme las pelotas con una tijera desafilada. Evidentemente hoy no estoy escribiendo de una manera sofisticada.

Los progres florecidos en la dictadura K deberíamos entender que la necesidad es la madre de la invención y que, como decía Bolaño, si durante doce años decís lo que querés, en determinado momento vas a escuchar lo que no querés. Son ciclos históricos y existen desde que existe la historia.

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Volviendo a Fito: lo vi en Noviembre en el Gran Rex, presentado Giros 30 años después y me pareció el gran artista que siempre fue. Que se junte con Sabbatella o Aníbal es una anécdota para la gente que cree que la realidad no se escribe entre comillas y sale todos los días en la tapa de La Nación.

Salvando las enormes distancias los escritores de la generación del sesenta no podían leer a Borges por sus relaciones carnales con la Libertadora. Hoy amamos a Borges con sus contradicciones, con sus errores, con sus "fucking" (como diría Fito) fatalidades. 

Se supone que en los últimos 15 años, después de Abre, Fito viene derrapando, pero, personalmente, mis artistas favoritos me gustan hasta cuando derrapan. Me complace ver qué hacen cuando están incómodos, en off side generacional, lejos de llenar estadios y meter hits en la radio (o YouTube) como antes. Son como los cracks que están a punto de retirarse y en vez de gambetear cinco rivales meten un pase entre líneas. El tiempo pasa para todos, es la ilusión que no vuelve más. 

Temas como “The shining of the sun”, “Oh Nena”, “La hora del destino”, “El cuarto de al lado”, "Perdón" o “Imposible escribir sobre nada” me parecen tan geniales como los clásicos de Ey o Tercer Mundo. ¿Por qué le pedimos a un músico de 50 años la misma creatividad que tenía a los 30 si ni siquiera Double Fantasy es igual a Abbey Road? ¿Por qué ejercemos la crueldad con tanta naturalidad, como si fuera un derecho adquirido? Es más: ¿por qué les pedimos a Cristina y a Macri lo que nunca nos animaríamos a pedirnos a nosotros mismos? Los políticos son emergentes de la sociedad y a veces descargamos en ellos todas nuestras miserias. Puede que ellos nunca se tomen un colectivo a las siete y cuarto pero tampoco nosotros vamos a vivir el 0,03 por ciento del desprestigio social que les toca por poner la cara cuando las papas queman.  

Alguien siempre tiene que poner la cara. Esto hay que leerlo como si estuviera escrito en mayúsculas.

***

En 1992 La Bersuit editaba su primer disco y en “Como nada puedo hacer (puteo)” se escuchaba:

Lo vi a Fito sentado en un bar
con una Bic cargada de alcohol
es que su panza empezó a mandar
y le ordenó que se vaya.

Estaba colgado, no podía coordinar,
veía a los profetas nuestros
vestidos de jinetes cabalgando a otro lugar,
cabalgando hacia el final.

***

Si uno se toma el trabajo de ver y leer entrevistas a Fito se da cuenta de que fue kirchnerista antes de que existiera el kirchnerismo. En el Gran Rex me sorprendió que en 1985, cuando todavía estaba en auge el hermetismo poético de Solaris y Spinettas y en medio del Juicio a las Juntas, Fito gritara sin pudor y con absoluta brutalidad: "Generales mataron media generación, una guerra no es un negocio ni una ilusión, una guerra es sangre". Fito cantaba lo que a García ya le chupaba un huevo cantar. Sayonara.

martes, 9 de febrero de 2016

La Beriso



El Toto Berizzo fue un marcador central proveniente de Newell’s que llegó a River en el segundo semestre del 96. Era un defensor prolijo, muy regular, en la senda de los apolíneos y ganó varios títulos en el famoso equipo de Ramón. En el 98, cuando se retiró Francescoli y llegó el inevitable bajón que tiene todo equipo exitoso recuerdo una transmisión en la que Víctor Hugo mandó que la barba crecida de Berizzo era un indicio del mal momento de River.

Durante estos extraños días de carnaval macrista y fervor stone me enteré de la existencia de una banda con la misma imagen acústica que el viejo central de River Plate, La Beriso, encargados de telonear a Sus Majestades Satánicas y, por la misma razón, destinatarios de la indignación en redes sociales.  

Acto seguido me fui a YouTube a chusmear de qué iba La Beriso. Yo estaba preparado para activar un poco la célula de la irritación y la queja, como se estila habitualmente en los pasillos oscuros de Internet. Más o menos ya sabía con lo que me iba a encontrar porque bandas como La Beriso se adivinan con el nombre: tener experiencia en el rock es simplemente poner a funcionar todos nuestros prejuicios y miserias al mismo tiempo.

La Beriso me sonó a Callejeros con las líricas que hubiese craneado Ricardo Montaner de seguir viviendo en la Argentina. Es más: escuchando cuatro o cinco de sus temas deduje que en realidad Pato Fontanet tenía cierto ingenio y cierto oficio para hacer canciones pegadizas, algo que nunca había podido reconocer, probablemente porque me daba culpa. Es decir que La Beriso me pareció una banda tan poco interesante que me llevó a reconocer a Callejeros.

Eso es casi como si un Anti K decepcionado con Macri dijera: “Con Cristina esto no pasaba”.  

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El llamado rock chabón o barrial, surgido como tal en los 90, en realidad existe desde que Ricardo Soulé conoció a Willy Quiroga. Por eso La Renga, en un movimiento de revisionismo histórico loable y muy poco valorado, siempre hizo lo posible para que su público conociera, no sólo a Vox Dei, sino también a Manal y Color Humano. Creo que Antonio Birabent alguna vez dijo que él también hacía rock barrial porque era de Palermo. Como dice Casas, pero refiriéndose a la literatura, es casi imposible no hacer rock barrial porque casi todos nacimos en algún barrio.   

El rock barrial tiene muy mala fama pero es lo que escuchábamos quienes vivíamos en barrios sin asfalto hace veinte o quince años. La muerte de 194 chicos en Cromañón en un recital de Callejeros (una banda que seguía la línea del rock chabón y pasaba por un momento de gran popularidad) sumó la condena moral a la estética. Hoy, muchos chicos que cuando sucedió lo de Cromañón todavía usaban pañales (en forma literal) reivindican a la banda como el hecho maldito del rock burgués. De tanto condenarlos moral y estéticamente logramos que una generación hoy vea a Callejeros como los nacidos en los 80 veíamos a Los Redondos: lo prohibido.  

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Cuando empecé a escuchar en serio a tipos como Spinetta me hizo un poco de ruido haber gastado TDK’s con versiones radiales de “La balada del diablo y la muerte” de La Renga o “Patri” de Los Caballeros de la quema. Así que los borré del historial cual inconcebibles videos pornográficos. Hoy esos temas y muchos otros (especialmente de Viejas Locas e Intoxicados) me parecen clásicos a los que les guardo un gran cariño. 

A veces la adhesión a determinados grupos de rock se entiende no sólo haciéndole una autopsia a sus líricas y su genealogía, como hice (ejerciendo la crueldad) con los cuatro o cinco temas que escuché de La Beriso, sino prestándole atención a la capacidad que tienen de promover identificación con ciertos sectores de la juventud. Valorar una música sólo como emergente social es algo así como la negación del arte pero ni siquiera Baudelaire nació de un repollo y, lo más importante, ¿quién dijo que todo debe ser arte? Y más: ¿quién dice qué es arte y qué no es arte?   

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El tema de La Beriso con más visitas en YouTube tiene alrededor de catorce millones de reproducciones. Yo, que supongo estar impregnado hasta los huesos de cultura rock argentina, nunca lo había escuchado. Ahí me di cuenta de que tal vez “el problema” no es de La Beriso o de los chicos que los siguen, sino mío.

¿Saben lo que decían los experimentados del rock sobre Viejas Locas en los 90? Lo mismo que decimos hoy sobre La Beriso. No podían entender, no les entraba en la cabeza, cómo en el mismo país que había florecido un Luis Alberto Spinetta, ahora florecía un Pity Álvarez.

Luis Alberto Spinetta terminó reconociendo a Pity Álvarez.


Sugerir que Spinetta, de seguir vivo, podría haberse hecho fan de La Beriso es una locura pero como todos sabemos cuando surgió el rock mucha gente lo vio como una prueba irrefutable del deterioro de la Humanidad. A veces me da un poco de miedo haberme convertido en esa gente.