lunes, 4 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio I


Aunque el 2 a 0 es exagerado con respecto al trámite del partido, el resultado no deja de ser coherente con el funcionamiento que mostraban los dos equipos al llegar al primero de los tres cruces.

El innecesario partido contra Huracán y su consecuente derrota, con el diario del lunes, adquiere otro significado en el sentido de que advirtió que no era el de la goleada a Banfield el River característico de estos tiempos. Decir que es el que perdió contra Huracán también sería injusto, pero sin dudas se le acerca más en rendimientos individuales y juego colectivo.  

Gallardo planteó un partido sin enganche definido (Driussi fue más cuarto volante o tercer delantero invisible) y con un central como lateral por derecha (Mammana), sin embargo la apuesta fue mucho más noble que la del partido de ida de la Sudamericana, cuando jugó de entrada Pisculichi y River, supuestamente, llegaba mucho mejor que Boca.

De hecho cuando lo que se imponía era la entrada de Ponzio (para contener un poco a Boca, revitalizado con la entrada de Gago) mandó a Pity Martínez y Cavenaghi. Sin dudas el gran desperfecto de River, además de la falta de juego (algo que arrastra desde hace mucho) fue en la actitud o en la falta de viveza para leer el partido: no aprovechar o directamente no darse cuenta del desconcierto de Boca de los primeros quince del segundo tiempo. Esa apatía puede deberse a la proximidad del partido del jueves o a la displicencia inexplicable de algunos jugadores claves (la nube de pedos de Teo ya es una tradición consuetudinaria). La única buena noticia del partido es que Kranevitter parece haber recuperado su nivel histórico. El resto deambuló en una medianía intrascendente aunque se podrían rescatar las ganas de Sánchez y Mora y cierta regularidad de Maidana.    

Mientras los cambios de Boca fueron puntualmente determinantes en el resultado final (Gago fue el cerebro, Pavón y Pérez lo definieron), los de River no tuvieron incidencia alguna en el transcurso del partido. A Cavenaghi la pelota no le llegó nunca; Pity Martínez parece haber perdido no sólo la oportunidad de ser titular sino también de transformarse en ese “revulsivo” necesario de los segundos tiempos.

Hay dos datos estadísticos interesantes para analizar el partido. El primero que, aunque por muy poco, River tuvo más posesión de pelota que su archi-rival (53 contra el 47 por ciento), algo extraño teniendo en cuenta el desempeño de Boca de local durante este año. De todos modos el equipo que llegó con más peligro (especialmente en los primeros y últimos 15 del partido) y que mejor se asoció fue Boca, incluso con Lodeiro y Osvaldo lejos de sus mejores versiones. Conclusión obvia: River tuvo la pelota pero nunca supo qué hacer con ella. El segundo dato es sobre la efectividad en los pases, emblema del mejor River de Gallardo: Boca se equivocó en 37, ¡River en 87! Aunque estos números muchas veces no recrean exactamente lo que pasó en el partido, en este caso parecen coincidir con la entrada de Gago y, por ejemplo, el bajo rendimiento de Rojas (aunque caerle al volante de River sería no sólo odioso sino también arbitrario algo de eso hubo).


Aunque de los tres partidos éste era el menos importante ya que no representaba ningún tipo de eliminación (River quedó a tres de la punta en un torneo interminable y perdió el clásico, es cierto, pero en La Bombonera) la sensación es que a Boca, con poco (ya que no fue su mejor partido ni mucho menos) le alcanzó para ganarle merecidamente al mejor River disponible en este momento. La incógnita es saber si River podrá revertir la historia a partir del jueves. La respuesta, amigos, está soplando o flotando (según Rodrigo Fresán) en el viento. Abrazo de gol.     

martes, 28 de abril de 2015

La proveeduría de Dios


Mi tendencia a mirar cualquier tipo de entrevista y creer que allí se encuentra el secreto de la vida ayer tuvo un capítulo más, cuando haciendo zapping me encontré con Facundo Cabral a fines de los 70’ entrevistado en el programa español A fondo, el mismo de las entrevistas a Borges, Cortázar y Di Benedetto, entre otros.

Al igual que con Brian Eno, siempre me dio la sensación de que la obra de Facundo Cabral no estaba a la altura de su personaje. Ayer lo comprobé. Si nos dejamos llevar por su manera de hablar, Cabral debería ser el Bob Dylan de la lengua castellana. Tal vez lo sea y la costumbre del rock nos anule la posibilidad de disfrutar de otras cosas por fuera del género.  

Lo primero que me sorprendió del reportaje fue el look de Cabral. Acostumbrado a su imagen icónica (rulos desbordados, barba y bigote setentosa), acá aparecía totalmente afeitado y con el pelo rapado casi al límite. Su rostro mezclaba al clásico morocho del conurbano, estereotipo de la picaresca argentina, y al Lennon primal de Plastic Ono Band. Por eso no me pareció raro que, entre las muchísimas referencias que hizo, mencionara también a los Beatles.   

Todas las respuestas de Facundo Cabral eran geniales, propias de un iluminado. Cuando le preguntaron por el folclore argentino dijo que Falú era el Yin y Atahualpa el Yang, una conclusión que, cierta o no, podría encantar a las juventudes hipsterianas.

Los tres grandes maestros de Cabral: Walt Whitman, Atahualpa y Borges (con quien conoció la metafísica).

Sobre Macedonio Fernández contó una anécdota: todos los días escribía poemas y los quemaba porque lo contrario sería desconfiar de la proveeduría de Dios. Cuando le preguntaban por qué los quemaba respondía “Dios proveerá”.

Todo el discurso de Cabral estuvo matizado por un coctel de distintas filosofías (zen, oriental, cristiana) capaz de realizar vueltas de tuerca a cualquier razonamiento lógico fundado. El resultado fue lo más similar que escuché a una autoayuda que, aun valiéndose de lugares comunes y clichés, puede funcionar. ¿Por qué? ¡Porque lo dice el fucking Facundo Cabral y no Stamateas! Por ejemplo, en vez de decir que su padre lo abandonó a los seis años, Cabral repitió varias veces que su padre “perdió el camino de vuelta a casa” cuando él tenía seis años.

Cabral dijo que antes sus canciones denunciaban las cosas que odiaba pero que después se dio cuenta de que si hablaba de lo que no quería, sus oyentes, en vez de conocerlo a él, sólo iban a conocer a sus enemigos. A partir de ese momento empezó a cantar sobre las cosas bellas de la vida.    


En determinado punto de la entrevista Cabral tomó un vaso con agua y lo elevó. Cuando todo hacía pensar que se iba a referir a la eterna disyuntiva sobre el vaso medio lleno o medio vacío, dijo: “Algunos pueden pensar que en una de mis dos manos tengo un vaso lleno de agua; otros pueden pensar que una de mis dos manos está ocupada y no la puedo utilizar”. Claro, pensé, ¡lo importante no es el vaso, es la mano! Nunca se me había ocurrido pensar así. 

jueves, 23 de abril de 2015

Conducta del loco Ben Mendelsohn en cuatro películas


Sin planearlo vi cuatro películas seguidas en las que aparece el actor Ben Mendelsohn. De hecho si hubiese querido planearlo no hubiera podido: no conocía a Ben Mendelsohn hasta que lo vi en cuatro películas seguidas y busqué su nombre en Google.

La primera fue Exodus: Gods and Kings. Ridley Scott fue bastante criticado por esta recreación del mito bíblico. La película fue acusada de las peores maneras. “Aburrida”, “cautelosa”, “solemne” y “demasiado extensa para ver teniendo una vida más o menos interesante” fueron algunos de los calificativos más positivos, sin embargo yo la disfruté mucho. Scott configura la historia de Moisés (Christian Bale; esta vez no bajó ni subió de peso, sólo se dejó la barba) desde un plano realista en las que el componente religioso, sin estar neutralizado, finalmente cede ante las vicisitudes políticas y sociales. La separación de las aguas, por ejemplo, es más un fenómeno meteorológico que un acontecimiento sobrenatural. Al igual que el Cristo de Scorsese, el Moisés de Scott es intervenido por una divinidad pero no sabe exactamente por qué ni con qué fin. En algunas escenas habla con Dios (personificado en un niño que sólo él puede ver) y uno de sus aliados lo espía como si fuera un auténtico esquizofrénico. Mendelsohn interpreta a Hegep, el encargado de la ciudad a la que fueron confinados los hebreos, un libertino amanerado que practica el mal con mucha pasión. La debilidad de Ramsés II (Joel Edgerton), convierte a Hegep en el verdadero villano de la película. La actuación de Mendelsohn es correcta pero no pasará a la historia.       

La segunda película en la que apareció Mendelsohn se llama Black Sea. El protagonista es Jude Law. Hay algo noble y edificante en el galán que se está quedando pelado y en vez de correr a la tienda de entretejidos más próxima, aprovecha su calvicie para sacar chapa de buen actor. Black Sea tal vez no sea la mejor oportunidad para tal apuesta pero el intento es bienvenido. Al igual que la del gran Ridley, Black Sea no despertó gran entusiasmo en la crítica. Esta vez los calificativos recorrieron el arco que va desde “trillado” hasta “mediocre”. El problema, como casi siempre, pasa por las expectativas. Black Sea se ubica en el famoso subgénero “película de submarino” y como tal cumple inmensamente con todo lo que esperamos de una película de submarino: rusos, complicados túneles oceánicos, un tesoro, más rusos. Para todo lo demás está Xavier Dolan. La misión del submarino clandestino, capitaneada por nuestro amigo Law, es encontrar un tesoro nazi hundido, por supuesto, en el Mar Negro. Ahora que la describo entiendo perfectamente porque a nadie le gustó la película. La tripulación es un cóctel que, al decir del Indio Solari, no se mezcla solo: un grupo de yanquis y rusos que naturalmente se odiarán y rápidamente se asesinarán. Mendelsohn hace de Fraser, un buzo experimentado que usa vincha, el más loquito de los yanquis. En esta película ya empecé a entender que Mendelsohn  suele ser requerido para hacer papeles de ese tipo: loquitos, casi siempre peligrosos pero un poco simpáticos. Hay algo en la actitud corporal de Mendelsohn (su pelo desgreñado, su mirada, su andar desgarbado) que lo confina, tal vez dramáticamente, a estos papeles.     

De la misma manera que nos caen bien los galanes que muestran su calvicie con orgullo, casi sacándose de encima el lastre de ser el más lindo, ¡casi cortándose las alas, casi, en un alarde de riesgo innecesario, tirando por la borda todo lo que los hizo ser quienes son!, nos caen irremediablemente mal los galanes que, no contentos con ser galanes, quieren ser directores de cine. Y no sólo directores de cine sino directores de cine de culto. Sin embargo hay excepciones. En este caso se trata del adorado Ryan Gosling, probablemente el hombre que más humedeció entrepiernas de mujeres en los últimos cinco años. La película se llama Lost River. Si les pareció que la crítica había sido excesivamente lapidaria con Exodus y Black Sea no querrán saber, siquiera imaginar, cómo le fue a Lost River. Acertaron: como el culo. Esta vez los calificativos incluyeron los hirientes “ridícula”, “presuntuosa” y “bluff”. El gran error de Gosling fue creerse tan canchero como para reproducir el clima opresivo y onírico de Lynch y mezclarlo con la sordidez marca Cronenberg y salir ileso. Y es verdad, por momentos Lost River parece surrealismo para dummies, aunque sería interesante hacerse la pregunta que nadie se hizo jamás por miedo a que los fans de Spinetta nos enojemos: ¿a quién carajo le gusta el surrealismo?, ¿por qué se cree que algo surrealista es naturalmente bueno?, ¿de dónde viene el prestigio del surrealismo? En todo caso Gosling hizo una película surrealista a la que se le ven los hilos, algo así como una de Lynch pero con Lynch cuerdo, y no está nada mal. En un barrio en proceso de destrucción por órdenes municipales, una familia (encabezada por la colorada de Mad Men) resiste al borde de la indigencia absoluta. Uno de los hijos de la colorada, Bone, se dedica a robar cobre y se mete en problemas con un matón delirante que suele cortarle los labios a sus enemigos. Mientras tanto la colorada consigue trabajo en un boliche en el que se representan shows de gore. El dueño del local gore es Dave, el magnánimo Ben Mendelsohn, a quien a esta altura ya empecé a admirar en forma definitiva. Dave es sordo, libidinoso y canta como Leonard Cohen. Termina con un cuchillo clavado en uno de sus oídos. Parte de la ciudad en que se desarrolla la historia quedó bajo el agua y Bone tiene que sacar la cabeza de la estatua de un dinosaurio para que termine la maldición que acecha a sus habitantes. Nuevamente describo la película y estoy de acuerdo con todos los calificativos lapidarios.     

La última de las películas en las que apareció Ben Mendelsohn se llama Starred Up. La crítica la celebró en forma unánime así que no es divertido repasar los calificativos que le dedicaron. Al igual que Black Sea, Starred Up pertenece a otro subgénero remanido, “la película de cárcel”. Un joven delincuente con una asombrosa facilidad para cagar a palos a todo el mundo ingresa a una cárcel de máxima seguridad donde también se encuentra recluido su padre, interpretado por quien probablemente sea el mejor actor de la historia, sí, el gran Ben Mendelsohn. El punto de la película es el flujo de tensiones entre el padre y el hijo, el hijo y el sistema carcelario, el hijo y el psicólogo progresista, el padre y el psicólogo progresista, el hijo y el grupo de pacientes del psicólogo, el psicólogo y las autoridades de la cárcel, las autoridades de la cárcel y el sistema carcelario (que no necesariamente son lo mismo) y la película y el espectador.

Ben Mendelsohn es australiano y tiene 46 años. No conforme con estar en todas las películas que miro, también estará en la nueva de Star Wars Episodio VII. Actualmente forma parte del reparto de Bloodline, una serie de reciente estreno de la que sólo pude soportar el primer capítulo. Ahí también hace de loquito.  


martes, 21 de abril de 2015

En algún momento de nuestras vidas todos leemos a Juan Forn


Antes de leer La tierra elegida sabía de Juan Forn que:
-tenía un cuento llamado “Nadar de noche” que por haber formado parte de McOndo se convirtió en algo así como un emblema de la literatura de principios de los 90’;
-escribe en la contratapa de Página 12 los viernes y cada tanto sus fans se enloquecen en las redes sociales posteando sus textos;
-Fogwill, cómo no, se enojó con él porque le corrigió una novela;
-y, por supuesto, se fue a vivir a Villa Gesell (cada nota sobre Forn menciona hasta dos y tres veces que se fue a vivir a Villa Gesell).

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La tierra elegida es un libro publicado en marzo del año 2005, es decir que por estos días cumplió exactamente diez años. Sin embargo es totalmente actual. Esta apreciación parece una broma o algo peor (una pelotudez) pero no lo es: por cuestiones relacionadas con el paso consciente del tiempo es más probable que mantenga su actualidad un libro de hace cien años (al que ingresamos sabiendo este detalle) que uno de diez (del que fuimos contemporáneos y creemos que está a la vuelta de la esquina).  

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Es verdad, hay cierto facilismo en la idea de escribir un libro de ensayos sobre el rock o sobre Ortega, Cerati y Justin Bieber: cualquiera sea el resultado, ese tipo de temáticas garantiza algún tipo de lector, tal vez uno solo (tal vez su propio autor), pero lo tiene. El eje programático de Forn (probablemente el mismo de sus notas en Página, algo que no sé porque no las leo) es menos demagógico y más arriesgado. Como Borges en Otras Inquisiciones, en vez de escribir sobre los temas que habla la gente, inventa temas para que hable la gente.

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Llegado este punto debo decir por qué recién ahora que me encontré de casualidad con La tierra elegida (libro de Juan Forn, que se fue a vivir a Villa Gesell) empecé a leer a Juan Forn (que se fue a vivir a Villa Gesell): porque no se puede leer a todos. De la misma manera que no se puede escuchar a todos ni ver a todos. Esto es algo dramático que el espíritu de los tiempos ha olvidado o barrido bajo la alfombra. Todos deberíamos repetir, como Bart en el pizarrón e incluso como Nacha Guevara con pinta labios frente al espejo: no puedo leer todo, no puedo escuchar todo, no puedo mirar todo.   

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Reparación intertextual para quienes no vivieron los 90: en la presentación de su programa Me gusta ser mujer, que emitía ATC a principios de los 90, Nacha Guevara, en bata o camisón, escribía en el espejo “Me gusta ser mujer” con pinta labios o lápiz labial. La letra, compuesta y cantada por la propia Nacha, llegaba a su clímax cuando decía: “Si es necesario errar para aprender/ iré abriendo caminos sin miedo de caer”, algo con lo que, sin dudas, todos podemos sentirnos identificados. Como verán, los 90 no fueron tan malos.    

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Evidentemente en ese intersticio que separa el ensayo del artículo periodístico se pueden encontrar algunas de las prosas y mentes más atractivas de los últimos años. Esa hibridez, esa imposibilidad de etiquetar, quizá, esa misma que hace que Daniel Melero sea demasiado cursi para el rock y demasiado complejo para el pop. Si no saben de lo que hablo, a las pruebas me remito:
-Los libros de la guerra, Fogwill.
-Ensayos Bonsai, Fabián Casas.
-Hablemos de langostas, David Foster Wallace.
-Borges en Sur, Borges, claro.
-La tierra elegida, Juan Forn (que se fue a Villa Gesell).

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Llegado ahora el punto de hablar propiamente del libro de Juan Forn que tanto disfruto (porque el placer que provoca obliga a recomendarlo incluso antes de terminarlo) ya no tengo ganas de seguir escribiendo. ¿Será que soy una víctima de los tiempos y estoy incapacitado (por no decir discapacitado que está prohibido) para sostener mi atención en una sola cosa durante más de treinta minutos? ¿Será que pensé demasiado en Nacha Guevara y ya no hay vuelta atrás? ¿Será que quiero seguir leyendo La tierra elegida? Lo cierto es que en poco menos de cien páginas (y todavía faltan ciento sesenta más) aprendí muchas cosas:

Cosa número uno

La historia real del libro de conversaciones entre Gustav Janouch y Kafka y la maravillosa frase que éste último le dijo en uno de sus encuentros: “Vivimos en una época tan poseída por los demonios que pronto sólo podremos practicar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad”.

Cosa número dos

Los entretelones de las edificaciones monumentales e inquietantes que Francisco Salamone construyó durante la década del 30 en pueblitos pampeanos de la Provincia de Buenos Aires. El texto por momentos parece un buen cuento de Borges. Forn cuenta que mientras Bustillo tardó 10 años en remodelar la Bristol, Salamone, en el mismo lapso, alcanzó a edificar todos los cementerios, mataderos y municipios que irrumpen violentamente los mencionados pueblitos. Es imposible no ir por la contrafáctica e imaginar una Bristol craneada por Salamone.

Cosa número tres

La existencia de un supuesto libro de Leonardo Da Vinci, el Codex Romanoff, donde el genio cuenta la intimidad de alguno de sus proyectos, como la correcta composición de un sándwich.

Cosa número tres y cuatro

La existencia de una frase de Kierkegaard (que Forn recuerda mientras vindica a García Márquez): “el pequeño problema de la vida es que hay que vivirla para adelante aunque sólo se la entienda mirando para atrás”. En el mismo texto, mientras analiza su autobiografía, Forn cuenta que García Márquez sólo pudo leer el Quijote cuando atendió al consejo de Álvaro Mutis: instalar el libro en la repisa del inodoro y usarlo como purgante.

Cosa número cinco

La existencia de Albert Speer (sin el que probablemente no hubiese existido Salamone), capo del nazismo (creador de su estética y, según dicen, responsable de que la guerra haya durado dos años más), el único que se declaró culpable en el juicio de Nüremberg.   

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Si quieren saber más cosas formidables, sigan leyendo La tierra elegida, un libro ameno, feliz y melancólico, sin estridencias, por momentos genial, como deberían ser todos los libros, ¿no?   


lunes, 13 de abril de 2015

El sistema de Guillermo Vilas


El sábado, antes de ir al FILBA, enganché en YouTube una entrevista a Guillermo Vilas. Participar de cualquier evento público me pone en una situación incómoda y buscaba un poco de distracción pero me encontré con una verdadera clase de filosofía.  

Yo admiro a Vilas desde hace unos años cuando me enteré de que había decidido que toda su ropa sea negra para no perder tiempo en elegirla. Alguien que piensa en ese tipo de cosas, además de tener dinero y tiempo para preocuparse por boludeces, sabe más que el resto de los mortales.

En la entrevista Vilas contaba anécdotas de su vida marplatense que a mí me parecieron propias de una novela iniciática. Algunas de las escenas que relataba no apuntaban a un punto específico pero se acercaban a esas enseñanzas orientales algo misteriosas, en las que el sentido, en vez de ser unívoco y direccionado, tiene tantas ramificaciones como receptores que lo escuchan.

Por ejemplo un día Vilas, siendo un niño extraño y curioso, sale a recorrer la ciudad en su caballo y comienza a seguir al sol, que lentamente va desapareciendo en el horizonte. De pronto anochece y cuando se da vuelta no sabe cómo volver a su casa. Pasa unas horas perdido hasta que reconoce la copa de unos árboles y, guiándose por ese detalle, puede volver.  

Es increíble que nadie haya querido hacer una película con la vida de Vilas. De hecho podría empezar con esa escena.

Vilas era hijo de padres excéntricos y escribía poemas desde chico.

En la adolescencia Vilas caminaba por el centro de Mar del Plata y vio una cola llena de gente rara. Entró y tocaba Pescado Rabioso. David Lebón estaba vestido de mujer y sus amigos se fueron espantados. Pero Vilas se quedó y amó a Spinetta al instante, tanto es así que después fueron amigos (es el padrino de Dante) y grabaron un disco en Estados Unidos, Sólo el amor puede sostener, que tiene un tema con letra del propio Vilas: “Niños de las campanas”. Vilas y Spinetta estaban convencidos de que podían ingresar al Mercado yanqui pero les salió todo al revés. Hoy ese disco es considerado el único desliz artístico de Spinetta y ciertas corrientes de la ortodoxia spinetteana suelen ocultarlo de su discografía. Otras corrientes de la misma religión afirman que el disco es una rareza de culto cercana a la brillantez.  

En determinado punto de la entrevista, y esto es lo que más me interesó, Vilas contó algo que me llamó la atención: dijo que era un tímido crónico pero que con el tiempo había desarrollado “sistemas” (así los llamó) para contrarrestar la timidez. Vilas tiene fama de soberbio así que me despertó mucha curiosidad pensar que en realidad, detrás de esa capa de autosuficiencia notable, se escondía alguien inseguro y dubitativo.

Para representar su timidez Vilas contó que una vez tenía que ir de Balcarce a Buenos Aires y el dueño del auto en el que viajaba cerró la puerta y le apretó los dedos de una mano. Vilas sintió tanta vergüenza que hizo todo el recorrido con los dedos atorados en la puerta.

Esta anécdota tiene toda la pinta de una hipérbole (de hecho probablemente es un tanto falsa) pero expone bastante bien el nivel de sufrimiento absurdo al que puede llegar una persona tímida. Inmediatamente me acordé de una vez que mi primo mayor me llevó a la cancha. Me compró una hamburguesa y le pusieron savora. A mí no me gusta ningún tipo de aderezo pero me daba vergüenza decirle que no iba a comer la hamburguesa que me había comprado así que empecé a trozar pequeños pedazos de hamburguesa y me los fui metiendo en el bolsillo de la campera hasta hacerla desaparecer por completa.

Al otro día me levanté y mi mamá me dijo “Fede, ¿por qué te guardaste una hamburguesa en el bolsillo de la campera?”. No supe qué contestarle.

Aunque se estaba haciendo la hora en que me tenía que ir quería seguir viendo la entrevista interesado en los sistemas que Vilas había desarrollado para vencer su timidez. Aunque “vencer” no sería la palabra correcta ya que Vilas habló de la timidez como si se estuviera refiriendo a una adicción. La droga podrá matarte a largo plazo pero en lo inmediato es placentera. La timidez podrá ser contraproducente en muchos aspectos de la vida pero, paradójicamente, también te hace un tipo más cómodo y menos comprometido con el mundo, ajeno a las responsabilidades y a ciertas convenciones sociales que los demás respetan como un protocolo sagrado (aunque las aborrezcan) y uno, amparándose en el flagelo de la timidez, pasa de largo como un semáforo rojo en la madrugada.   

La cuestión es que Vilas no llegó a explicar su sistema. Y ahora que lo pienso tal vez el sistema sea decirles a los demás que uno tiene un sistema para vencer la timidez aunque no lo tenga: la inseguridad personal que genera la timidez está relacionada con la mirada que los otros tienen sobre nosotros, entonces si los otros creen que tenemos un sistema para vencer la timidez, la timidez desaparece.  


Lo único que dijo Vilas sobre su sistema es que cada vez que ingresa a un lugar se fija dónde ubicarse para salir lo más rápido posible si pasa algo inquietante. Ahora no me parece tan genial (¿qué pasa si el lugar tiene una puerta de entrada y de salida?) pero en el momento que lo escuché creí que era la solución a todos mis problemas. Cuando llegué al Muelle de los Pescadores, el lugar en el que se realizaba el evento, automáticamente busqué la salida más rápida y me sentí más tranquilo. En caso de pasar un mal momento sólo tenía que atravesar los ventanales y tirarme al mar desde la escollera. 

martes, 7 de abril de 2015

Todo lo están filmando


Probablemente fue con el retorno de la democracia que la canción de rock crítica o con cierta pretensión de pantallazo sociológico se volvió anacrónica y algo pasada de moda. Aunque no fue un movimiento totalmente hegemónico las líricas que dominaron el imaginario del rock argentina de ahí en más se volvieron más abstractas y parecieron trasladarse de la escena pública a la privada.

Antes incluso era habitual que se buscaran connotaciones políticas forzando los resortes simbólicos de muchas letras que no hablaban exactamente de eso. Es famoso el ejemplo de “La azafata del tren fantasma”, históricamente asociada a Isabel de Perón o “Las golondrinas de Plaza de Mayo”, relacionada con Madres, aunque de ningún modo se puedan ajustar las fechas (el tema es del 76 y las Madres, aunque comenzaron a organizarse antes, se dieron a conocer públicamente en el 77).

Al neutralizar el tono panfletario de los compositores comprometidos (con los lugares comunes), la censura predisponía a la pirueta retórica, lo que le otorgaba a los temas un soporte mítico y un refinamiento impensado. También es verdad que los males que nos aquejan hoy no son tan dramáticos como los de aquellas épocas. Lo cierto es que hay una canción que dio en el clavo con la sensibilidad social de estos años y pasó desapercibida. Se llama “Todo lo están filmando” y apareció en Alamut (2009), el disco solista de Jorge Serrano, el ala intelectual de Los Auténticos Decadentes. Me vino a la cabeza viendo el nuevo video donde Marcelo Bielsa arenga a sus jugadores franceses después de empatar un partido definitorio.

Al revés de otros DT’s, uno de los hits de Bielsa es no tener trato personalizado con ningún periodista y responder a todos por igual en conferencias de prensa que suelen durar una eternidad. Esto significa, ni más ni menos, el fin del mundo para personas como Fernando Niembro. Ese distanciamiento subrayaba un modo distinto de entender el espectáculo que rodea al fútbol y le dio a Bielsa un aire de misterio, necesario en tiempos en los que todos sabemos todo sobre todos, incluso aquello que de ninguna manera queríamos saber.

Pero ahora sucede algo extraño: casi mensualmente, nos llega un video en el que se lo ve a Bielsa en la intimidad del vestuario o la cancha de entrenamiento felicitando, retando, sermoneando o dándole lecciones de vida a los jugadores de su equipo, el Olympique de Marsella, que casi siempre lo miran como uno habitualmente mira a un loco. Porque es verdad que a Bielsa le dicen "loco" pero hay algo incómodo en esos videos que te hace creer que está loco de verdad o que, en vez de un científico genial del fútbol, Bielsa es uno de esos personajes optimistas, pasados de autoayuda, que llevaron a Robin Williams al suicidio.

Encima sus enseñanzas (que en la intimidad son notables pero al estar viralizadas pierden sustancia) conectan peligrosamente con la moda de las charlas motivacionales, ese chamuyo en el que los exitosos del mundo explican a los fracasados qué tienen que hacer para ser como ellos.

Después de la eliminación prematura en el Mundial 2002 varios jugadores declararon que Bielsa lloraba desconsolado en el vestuario. Eso me parece más emotivo y real que estos videos supuestamente emotivos y reales.    

Ahora bien, ¿por qué filman a Bielsa todo el tiempo? ¿Bielsa no se da cuenta? ¿Bielsa de pronto se copó con la sensibilidad de esta época, que necesita mostrarlo todo, y quiere que lo filmen? En caso contrario: ¿quiénes son los hijos de puta que filman a Bielsa y lo exponen de esa manera? Una cámara es un elemento inquietante que modifica brutalmente el ambiente de cualquier reunión. Nadie, ni siquiera el ser humano más relajado del mundo, actúa de la misma manera cuando alguien desenfunda un celular o una cámara y empieza a filmar o sacar fotos. En Facebook se multiplican los álbumes sobre fiestas, como si el fin de las fiestas fuera justamente la cantidad de fotos que se sacan en ellas.

Uno de los aciertos del tema de Serrano es la contradicción entre el ritmo festivo y pegajoso (un ska) y el texto amargo que anuncia un Apocalipsis secreto, inadvertido por la mayoría, mientras el estribillo repite una y otra vez:

Todo lo están filmando
todo lo están fotografiando
(y hay que sonreír)
para mirarlo después.
Todo lo están filmando,
¡Están queriendo atrapar al tiempo,
están usando una red!

jueves, 2 de abril de 2015

Noticias viejas sobre Tanguito


El domingo, paseando por la Plaza Rocha, me compré Tanguito. La verdadera historia, un viejo libro de Víctor Pintos que hace poco fue reeditado. Pintos trabajó con Piñeyro en la investigación periodística de la famosa y horrenda película sobre el primer mártir del rock argentino pero al darse cuenta de que el proyecta se alejaba cada vez más de la historia real, decidió hacer un libro.

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Como el que hace poco escribió Patricio Zunini sobre Fogwill, el de Pintos es un libro coral que reproduce los testimonios de todos los que conocieron a Tanguito (además de los músicos cueveros obvios, están su madre, sus novias y varios de sus amigos). Actualmente, el revisionismo histórico del rock es un lugar común, pero el libro tiene anécdotas que, llamativamente, nunca fueron muy difundidas.
 
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Tanguito siempre estaba acompañado por Alex Piedras, un amigo-discípulo más conocido como Tango Bis ya que lo imitaba constantemente en el look y la actitud. Además de Tango Bis (del que también se escribió un libro, es decir: hay un libro sobre el imitador de Tanguito) estaban los denominados “valerios”, algo así como los susanos de Tanguito. Los tipos eran un séquito de hippies que le llevaban la guitarra y los discos, lo ayudaban a pincharse y le decían constantemente que era un genio.

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Según los testimonios, Tanguito nunca estuvo del todo cuerdo. Casi ninguno de sus allegados recuerda haberle escuchado algo más o menos coherente. Hoy se diría que era un colgado o simplemente un paparulo, como dejan entrever casi todos los que lo conocieron y no estaban encandilados o demasiado drogados. Miguel Grinberg lo compara directamente con un bebé indefenso al que los más pesados de la Cueva le hacían bullying. Tanguito se tomaba taxis y se los hacía pagar a sus amigos. A veces se afanaba objetos de las casas que visitaba (dicen que le robó un par de discos a Pappo). Moris cuenta que cantaba temas de él diciendo que eran de su autoría.

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Tanguito empezó a tomar anfetaminas y se hizo adicto a “picarse”, es decir, darse jeringazos, especialmente de Pervitín, una droga que estuvo asociada al nazismo (se las daban a los soldados para que tengan más resistencia física durante el combate) y hace poco tuvo un nuevo auge en República Checa. El aumento de los “picos” (así le llamaban en la jerga) llevó a Tanguito a un descenso mental muy sórdido, que contrasta violentamente con la idea generalizada del héroe romántico. Al final Tanguito, un morocho exótico al que todos definían como un  seductor nato (de esos que no necesitan hacer nada para enamorar a una mujer), andaba por la calle como un fantasma, babeando y sin poder articular una frase con sentido.

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Tanguito se gastó buena parte de la guita que ganó por los derechos de “La Balsa” en vinilos que olvidó en un taxi.
   
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La caída mortal en la adicción de Tanguito coincide, paradójicamente o no tanto, con el inicio del profesionalismo en la camada pionera del rock nacional. Moris y Manal graban sus primeros discos; Nebbia desarma Los Gatos y comienza su prolífica carrera solista. Sandro se dedica a la canción melódica. Es entonces que el círculo de Tanguito sufre un cambio severo: de estar rodeado por las mejores mentes de su generación pasa a frecuentar un grupo de hippies reventados (el libro los describe como auténticos yonquis) que cometían delitos bajo la fachada de la bohemia artística. Pirimpimpin, uno de los amigos de Tango (otros son Gabriel Zombie y Jorgito El Lindo), cuenta que en una ocasión le coparon el departamento a una pintora, “una mina tipo Jane Birkin año 69”. Finalmente la ataron, le sacaron toda la ropa y la canjearon por otras cosas.

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Tanguito salía a la calle vestido con calzas ajustadas que le marcaban el bulto y se ponía una media de red en la cabeza. A veces se vestía de mujer (le robaba la ropa a sus amigas) y algunos dicen que tenía una relación con Tango Bis. En los testimonios sobre Tanguito hay una estética queer (amateur) muy marcada que la historia oficial se encargó de barrer bajo la alfombra deliberadamente. Otra sería la historia del rock argentino si además de Federico Moura, Tanguito se uniera a la constelación de subversivos sexuales. De hecho cuando hablamos de Tanguito en lo primero que pensamos es en un tema que no le pertenece (“El amor es más fuerte”) y en las tetas de Cecilia Dopazo.   

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Aunque algunos lo niegan, son muchos (Spinetta, Pipo Lernoud, Miguel Grinberg) los que dicen en el libro que al final Tanguito terminó inyectándose barro y vino y andaba por ahí aspirando el humo de los caños de escape. Miguel Abuelo va más allá y cuenta que Tanguito llegó a inyectarse Coca Cola en el pene. En Martropía, el libro de conversaciones con Juan Carlos Diez, Spinetta contaba que Tanguito iba a su casa y se encerraba en el baño a inyectarse, lo que provocaba escenas escandalosas con su madre, que un día entró y vio algodones ensangrentados.

Es como si paralela a la leyenda gloriosa, existiera otra que es básicamente la más espantosa del rock argentino. Más que admiración (como sucede con las biografías de Dylan, Piazzolla, Leonard Cohen o Charly), los testimonios del libro suscitan clemencia. Parece un personaje de Enrique Medina.

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Tanguito fue encerrado en el Borda. Recibió electroshocks y todo tipo de abusos. En mayo de 1972 se escapó y lo pisó un tren, aunque el relato legendario sospecha que lo asesinaron.


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Musicalmente, los pocos temas de Tanguito que se conocen (unos diez o quince) generan una sensación que Borges llamaría la inminencia de una revelación que no se produce. Más allá de que se trata de demos, la marca registrada de Tanguito es su tendencia a lo inconcluso (por decisión o limitación propia). Hay cierto espíritu característico en el reverberar de su voz, en ese timbre que puede sonar desgarrado y tierno a la vez (algo que también se nota en la voz de Moris) y en las líricas efímeras de sus canciones, pero realmente no hay nada grabado de Tanguito que justifique su mito; en todo caso su mito justifica la insólita idea de que era un genio.

En Tanguito se adivinan atisbos embrionarios que luego fueron desarrollados por otros autores: el canturreo tartamudo de Miguel Abuelo, el surrealismo pocket de Spinetta (de “Diamantes de espuma” sólo el título), etc.

Escuchando sus dos discos póstumos (Tango y Yo soy Ramsés) es demasiado evidente que de “La Balsa” sólo pudo haber escrito “Estoy muy solo y triste en este mundo de mierda”.  Pensar lo contrario es como creerse el chiste de Enrique sobre el segundo gol de Maradona a los ingleses: “¿Cómo no va a hacer ese gol con el pase que le di?”.

En Exactas, un disco en vivo de Spinetta del año 1990, hay una versión hermosa de “Amor de primavera”. Tal vez su mejor tema sea “Natural”, ése que dice “me gusta verte en las mañanas ponerte de colores”.    


sábado, 28 de marzo de 2015

Hablamos de algo que pasó hace quince años


Uno cree que los cortes de pelo no le importan hasta que le hacen uno horrible. Ayer me corté el pelo y el peluquero me hizo algo que todavía intento descifrar así que para no desanimarme volví a escuchar un tema perdido de El Salmón llamado elocuentemente “Cuando nada importa menos que un corte de pelo”. Una de las ideas que subyace en el rock es la posibilidad de ser un estúpido hasta que ponés una canción y te sentís parte de un contexto y una cultura. La letra de la canción repite una y otra vez la frase que le da título subida a la rastra de un tecno para alcantarillas. Lo genial del tema no es lo que dice sino la cantidad de deducciones que se pueden sacar con la sola pronunciación de la frase: indiferencia a las modas, rechazo a los modernos, vindicación de un estilo de vida diferente, etc. La teoría del iceberg aplicada al pop. En YouTube no tiene más de 1000 reproducciones.

A pesar del reconocimiento masivo que vivió Calamaro después de su regreso (hace ya 10 años) la gran mayoría de los temas de El Salmón son desconocidos para el gran público de rock.

Durante un par de años sólo tuve el disco 1, que se vendía como opción más barata y apta para todo público. Allí estaban los escasos cortes del disco (“El salmón”, “Días distintos”, “All you need is pop”) y otros más raros. Cuando finalmente me compré los cinco discos, en el 2002 o 2003, escuchar a Calamaro estaba muy mal visto. Cobré el sábado y lo fui a comprar a AGB ¡un domingo a la mañana! No recuerdo comprarme otro disco un domingo a la mañana. Me salió 100 pesos, o sea que cada canción me costó alrededor de 0,90 centavos.

El prestigio de la obra de Calamaro siempre tuvo más vaivenes que la cotización del dólar. Un año era Dios y al otro un boludo que escribía con rima. Yo siempre me mantuve en la escuadra de sus fans. Exceptuando los dos primeros solistas y Tinta Roja, me gustan todos sus discos. Incluso los discos en vivo que sacó este verano. Me pregunto por qué en Argentina se odia tanto a los compositores de rock. Exceptuando a Cerati y Spinetta, que se murieron, cada vez que se menciona a Charly, Fito y Calamaro siempre hay alguien dispuesto a insultarlos cruelmente. ¿En Estados Unidos también odiarán a Bruce Springsteen, Tom Petty, Prince y Stevie Wonder?  Lo pregunto sinceramente, desde la más honesta y vergonzante ignorancia. ¿Odiarán a Donald Fagen? ¿Alguien en Twitter escribirá “Donald Fagen, sinvergüenza, hace 30 años que no hacés un disco como la gente, hijo de puta, vivís de Aja y Gaucho”? ¿Alguien hará ese tipo de cosas?

Me acuerdo perfectamente de los reportajes a Calamaro de la Rolling Stone y de La García cuando salió El Salmón. Grandes banquetes discursivos donde Calamaro deliraba con el lenguaje y hablaba de Charlie Feiling, los poetas de la zurda y los métodos de composición kamikaze o algo así. Creo que también ahí estaban sus teorías políticas sobre las canciones de amor del rock nacional, donde la Chica también era la República. A mí todo eso me impactó muchísimo. Uno puede ser el máximo fanático de Charly García y Luis Alberto Spinetta pero al único de aquella estirpe que vi en su esplendor fue a Calamaro (Fito también nos quedó lejos a los nacidos a mediados de los 80’).

No sé si lo estoy inventando (probablemente sí) pero en La García declaraba que era amigo de algunos jugadores de River porque el plantel concentraba en el mismo hotel en el que él vivía. Eso me pareció increíble: que la Bruja Berti conociera a Calamaro le daba una redondez total al pobre imaginario de mi adolescencia (no muy diferente al de mi adultez, ¿no?).   

No sé si no será un lugar común decir que El Salmón tiene muchos temas de más. Como si la existencia de un disco con 103 canciones garantizara que tiene temas de más. En todo caso tendrá temas de más para otras subjetividades y yo no me puedo hacer cargo de las otras subjetividades. Esto parece una boludez pero a veces con tal de estar de acuerdo con lo que dicen los demás nos hacemos cargo de una subjetividad ajena. En fin. Yo creo que, justamente, teniendo en cuenta que tiene 103 temas ¡son pocos los temas de más! Tal vez el cd 4 es el más flojo, aunque ahí está el cover electro de “No woman no cry”, la balada suicida “Presos de nuestra libertad” y el dub porno de “Empanadas de vigilia”.

Para hacerla corta y dejando en claro que no sé muy bien qué estoy escribiendo, en este nuevo repaso por El salmón sentí que se destacaban dos temas del cd 1, el más olvidado por haberlo escuchado tanto al principio (hablamos de algo que pasó hace 15 años).  

“Ok perdón” siempre me pareció un tema extraño porque habla sobre el desamor de los terceros y no del que canta. Pero lo más singular es que Calamaro escribe una canción de rechazo con una amabilidad extraordinaria. Lo que le pide a la rebotada es que aprenda a perder porque eso le va a suceder muchas veces en su vida. El tema tiene versos geniales como cuando se pregunta, desde las alturas a las que sólo pueden llegar los perdedores místicos: “¿Cuántas veces me dijeron que “no” a mí y sobreviví?”. Ahí Calamaro tiende el puente imposible y necesario entre el rockero estrella y su público masculino. De hecho es como si, a grandes trazos, sin que esto signifique una valoración real (es decir, que puede servir más allá de los límites simbólicos de este texto) Honestidad Brutal fuese un disco para minitas y El Salmón un disco para tipos. “Ok perdón” se resuelve con un pacto para acortar diferencias entre personas distanciadas del mismo palo: “Igual somos amigos porque para enemigos hay un montón de gente corriente”.   

“Horarios esclavos”, el tema que está a continuación de “Ok perdón” también halla su espíritu en el devenir cotidiano del muchacho que escucha a Calamaro. La letra obliga a pensar seriamente para qué tanta exaltación de la poesía en el rock si las letras de rock bien compuestas son mil veces mejores que la forzada comunión entre poesía y ritmo rockero. Me refiero específicamente a una secuencia de la canción. El tema trata sobre la dificultad de amalgamar una vida bohemia y al mismo tiempo pertenecer a la sociedad como individuo productivo. El sujeto enunciante, como decíamos en Letras, se rebela contra esta dictadura invisible llamada “trabajo” y arremete con unos versos maravillosos:

Hoy me quedo a escuchar
algunas canciones preferidas.
Quiero ordenar los discos
y ver el fútbol por televisión.

Pocas veces sentí tanta empatía con la letra de una canción, es como si Calamaro fuese el genio de los vulgares paraísos masculinos. ¿Qué otra cosa queremos hacer sino escuchar canciones preferidas, ordenar discos y mirar fútbol por televisión? 



miércoles, 25 de marzo de 2015

Una gran historia con personajes geniales y excelentes interpretaciones


En menos de un mes vi los 86 capítulos de The Sopranos y se me ocurrió hacer algunos apuntes arbitrarios e innecesarios.

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En sus mejores momentos The Sopranos te convence de que lo único necesario es una gran historia con personajes geniales y excelentes interpretaciones, que todo lo demás (la experimentación de las vanguardias que supimos conseguir: disolución del personaje, fragmentación narrativa, ruptura de la linealidad temporal) es simplemente el recurso de los que justamente no tienen la suerte de tener una gran historia con personajes geniales y excelentes interpretaciones. Como si ver una serie sobre un ghetto conservador (la mafia italiana implantada en el corazón yanqui: católica, misógina, republicana) te volviera conservador como espectador.

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Todo lo que se dijo sobre James Gandolfini, el Jesucristo de la era de las series, es verdad. Pero no sólo habría que decir que le creemos todo como Tony Soprano, sino también que uno es capaz de oler los pedos que se tira después de intoxicarse con comida india y de intuir cosas más allá de lo que cuenta la serie, como por ejemplo la fragancia a perfume pasado de rosca, esa que inunda los ambientes cuando un tipo poderoso entre en un lugar cerrado. La construcción del personaje es tan inteligente como para alternar secuencias en las que resulta un gordo encantador con otras en las que es un hijo de puta indignante. Pero no hay ambigüedad ni chantaje moral en ningún momento de la serie: como en la vida, siempre sabemos que estamos amando a un psicópata.

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Respecto a las series que vimos ya entrados los 2000 (y hoy se encuentran en el ocaso de sus dinámicas narrativas), The Sopranos anticipa varios tópicos que ya se volvieron redundantes: la distancia, explotada dramáticamente, entre el personaje social y el individuo privado; el sueño como detalle sobrenatural para explayarse o bifurcar la trama (el psicoanálisis como rama de la literatura fantástica); el flashback ("el artista antes llamado racconto"); la muerte de personajes importantes (algo que no ocurría muy a menudo en series de la década del 80' o 90'); el desfase entre historia narrada e historia “real”, etc. Hay, especialmente en ciertos lapsos oníricos, algunas imágenes que recuerdan a Twin Peaks.

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The Sopranos tiene una libertad estilística que hoy parece muy curiosa. Por ejemplo los capítulos no terminan con esos ganchos forzados que sustituyen el suspenso con demagogia argumental (remarcando grotescamente el predominio del mercado por sobre el producto artístico). En The Sopranos los finales son distinguidos, piezas de colección en sí mismas. A veces recurren al anti clímax (como por ejemplo en la extraordinaria secuencia final del último capítulo). Casi siempre hacen espacio donde no hay y suena algún tema muy famoso que la serie resignifica a la perfección (en ese sentido es una enciclopedia de la música popular de los últimos 50 años). Son especialmente inolvidables los finales con “My lover’s prayer” de Otis Redding, “Thru and Thru” de Los Rolling Stones (nótese el detalle: se elige como tema final de la segunda temporada un tema de los Rolling cantado por Keith Richards) y “Can't Put Your Arm Around A Memory" de Johnny Tunder. La música siempre está presente, no sólo como banda de sonido para el espectador, sino como parte de la vida cotidiana de los personajes. Tony siempre escucha una radio de rock clásico. Hay un momento muy gracioso en el que maneja y canta “Dirty Work” de Steely Dan. En ese sentido, ya en la presentación (Tony recorriendo la ciudad desde su camioneta) la elección de “Woke up this morning” de Alabama 3 era acertada y te predisponía a ver la serie con más ganas desde el primer capítulo.    

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El lastre de la tradición de ficciones sobre la mafia está hábilmente resuelto a través de la referencia casi inmediata. Es como si David Chase (el creador) dijera implícitamente que si vas a robar algo, lo primero que tenés que hacer es admitirlo. Silvio Dante, el consiglieri de Tony, se la pasa imitando una secuencia de El Padrino III. Chris, otro capo de la familia, es un cinéfilo obsesivo que termina coproduciendo una película bizarra que mezcla el cine de mafia con el de terror (el monstruo es un capo descuartizado que vuelve de la muerte para matar a su jefe).

The Sopranos parte de la premisa de Analízame: el jefe mafioso que recurre a la psicología para revisar su crisis de virilidad: ataques de pánico, disfunción erectil, estrés, etc. La película se estrenó el 5 de marzo de 1999, la serie el 10 de enero del mismo año. Sin embargo, el desarrollo de la serie es inmensamente más profundo y dramático que el de la comedia. Y si me permiten la herejía: que el de El Padrino y Buenos Muchachos. The Sopranos es una serie que ocurre en el submundo de la mafia pero que habla de las relaciones de pareja, de las diferencias generacionales entre padres e hijos, del extraño mundo de los ancianos, etc. De la familia, en fin. Es una mezcla de Los Benvenuto y Los Simpsons dirigida por Scorsese. No se trata de un claro ejemplo del género realista (The Wire, otra serie emblemática de HBO, cumple mejor con ese encasillamiento), sino más bien naturalista: pocas veces se vio comer, coger y matar como en The Sopranos. Rodrigo Fresán dijo alguna vez que The Sopranos era a The Wire lo que Elvis a The Beatles. No estoy de acuerdo pero me gustaría que la comparación se me hubiese ocurrido a mí. Creo que Lost era los Beach Boys.

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Sin dudas lo más atractivo de la serie es la cantidad increíble de personajes inolvidables: el mencionado Silvio; Paulie (un subordinado de Tony que se roba varios capítulos y fue parte de la mafia en la vida real); Janice, la hermana new age de Tony; Livia, su madre castradora; Carmela, la esposa; el increíble Tío Junior (cuando empieza a perder el bocho está mirando la tele y cree que es Larry David); Vito, el capo homosexual; Johnny Sack, el capo neoyorquino enamorado de su mujer gorda; los dementes Ralph y Richie Aprile. 

La lista es eterna, pero mi personaje favorito es Chris Moltisanti, el sobrino de Tony con cara de camello, que dilapida su futuro como Jefe entre la adicción a la heroína, su relación tormentosa con Adriana La Cerva y sus ínfulas de escritor y director de cine. Chris es patético, en las dos acepciones del término: la que utilizaba Borges en sus ensayos y la que usan las chicas conchetas para referirse a alguien insoportable. Michael Imperioli, el actor que lo interpreta, le otorga un espíritu ambivalente. Es, al mismo tiempo, un niño en cuerpo de adulto y un personaje de Tarantino que se mueve en ese terreno en el que la ternura siempre está a un paso de la más horrible brutalidad. Mientras veía The Sopranos pensaba que a veces uno se cruza con Chris, la clase de tipos que te ponen nervioso y nunca se sabe con qué mierda van a salir. Es muy placentero mirar sus desventuras en el monitor, diversión garantizada, pero en la vida es mejor estar lo más lejos posible de alguien como él.   

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Ahora me cuesta mucho ponerme a ver otra serie. Es como dejar el budismo para ser umbanda. En una época en la que todos recomendamos series que al final decepcionan (The Walking Dead, Game Of Thrones, Homeland; por no hablar de porquerías serias como Under the dome, Bates Motel, Helix y un largo etcétera), estoy esperando que llegue el futuro para poder ver otra vez The Sopranos

miércoles, 18 de marzo de 2015

Pasado, presente y futuro de River Plate


Me fui a la mierda con el título, pero en fin. 

Antes de decir algo, habría que explicar que el declive de River no empezó en el verano con la goleada 0-5 contra Boca (significativa pero absolutamente exagerada por los medios: ¿desde cuándo un Torneo de Verano tiene importancia?) ¡sino a mediados del semestre pasado!, cuando se lesionó Kranevitter, se empezó a empatar (tres partidos consecutivos: Boca, Arsenal, Lanús) y el equipo perdió el juego colectivo, abastecido en base a la presión ofensiva y la efectividad en los pases de sus jugadores. A partir de ahí River fue contundente, pero dejó de brillar y aplastar a los rivales (algo que, francamente, no es muy posible de sostener en el tiempo). El logro en la Copa Sudamericana (y especialmente la eliminación en las semifinales a Boca) barrieron debajo de la alfombra el bajón y otro problema inquietante: el abuso de juego brusco. Por momentos, aun ganando, el equipo pareció desequilibrado y confundió templanza con violencia. Las amarillas y las rojas llegaron a su cenit en el famoso 0-5. De hecho tal vez lo único positivo de este comienzo de campeonato local y Libertadores es que River volvió a la senda del juego limpio. 

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Con una racionalidad inquietante para el hincha ansioso D’Onofrio reemplazó los “jugadores falopa”, expresión acuñada por Passarella que tuvo su auge en la era Aguilar (Robert Flores, San Martín, Salcedo, Paniagua) por la austeridad era Francisco I: para este semestre sólo vinieron Mayada y Martínez. En el anterior se había aplicado la misma política: Chiarini y Pisculichi, más los regresos de Sánchez y Mora que resultaron refuerzos de jerarquía (Ramón Díaz les había bajado el pulgar). Cirigliano, un número cinco auspicioso, fundamental en el Torneo de Ascenso, no fue tenido en cuenta.    

Aimar, el crack veterano que ostenta el orgullo de ser el ídolo de Messi, el jugador que salvo contadas ocasiones (River, Valencia, un poco en Benfica), nunca fue aprovechado plenamente por ninguno de los equipos en los que jugó (por lesiones, por irregularidad en el rendimiento), fue una apuesta arriesgada que por ahora no salió del todo bien: se pensaba que podía jugar la Libertadores pero cuando estaba a punto de recuperarse volvió a entrar al quirófano. De todas maneras su ausencia no explica ni un dos por ciento de la situación de River, que en ese puesto cuenta con Pisculichi, el mencionado Martínez y el de las inferiores, Tomás.  

El ex jugador de Huracán estuvo a punto de llegar al plantel el semestre pasado pero la operación no pudo llevarse a cabo. Era uno de los objetivos de Gallardo y por ahora es el mejor jugador del equipo. Aunque sus apariciones fueron esporádicas (no es titular y encima se lesionó), mostró un nivel superior al resto. Rápido, de una gambeta productiva (va hacia adelante) y con un buen panorama para hacer pases entre líneas (es un gran “asistidor”), se ganó el cariño del hincha con muy poco. Por ahora suele diluirse en los segundos tiempos, aunque tal vez se deba al poco rodaje. Mayada, el tercer uruguayo del plantel, todavía es una incógnita. Aunque tuvo varios momentos brillantes, especialmente con sus arranques por derecha pegado a la línea, en los que empieza de marcador de punta y termina de wing derecho, a veces se lo nota demasiado desprolijo en la resolución de las jugadas y carente de marca, aunque este último más que un defecto de él, es un desperfecto del plantel, que no encuentra reemplazante para Mercado (Solari nunca dio resultado).         

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Si lo que se advierte es una pérdida notable de cohesión en el juego asociado de los delanteros y volantes ofensivos y una falta de coordinación alarmante en la defensa la razón quizás radique en el bajo nivel de muchos jugadores que el año pasado llegaron a rendir por encima de cualquier expectativa. No hay esplendor colectivo sin plenitud individual.  

Funes Mori, que había tenido una evolución sorprendente (lo que llevó a algunas exageraciones, como compararlo con Passarella) sufre una regresión considerable. Algunos consideran que estaría ingresando nuevamente en el útero. Rojas, un mediocampista que se había convertido en el corazón secreto del equipo, con su prolijidad en los pases y su alto sentido de la ubicación (tanto para cortar avances del rival como para crear juego), hoy es totalmente intrascendente. Kranevitter nunca recuperó el nivel de comienzos del campeonato pasado. En cuanto a Teo (uno de los más criticados): siempre fue así. Incluso en sus mejores partidos suele desaparecer durante largos tramos, en los que hace gala de su exasperante displicencia, que se convierte en calidad cuando las cosas le salen bien. Así se podría continuar con casi todos los jugadores con excepción de Sánchez y Mora: Pisculichi, Barovero, Maidana, Vangioni, Mercado.

Los pibes (Simeone, Driussi, Boyé, Solari, Tomás Martínez) todavía no han demostrado ese plus de frescura y atrevimiento que uno espera habitualmente de los más jóvenes. Cavenaghi obviamente no está pasando por su mejor momento: cae en off side continuamente, abusa del pase atrás, etc. A veces sus intervenciones parecen lentas y redundantes pero son acertadas: quiere darle un poco de perspectiva y respiración al equipo atolondrado. Su primer tiempo contra Unión fue muy bueno. En otras ocasiones confunde instinto goleador con egoísmo, pero eso le pasa a casi todos los delanteros del mundo.   

Chiarini y Urribarri son Chiarini y Urribarri.       

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Muchos se preguntan qué le pasa a River aunque tal vez mejor sería preguntarse qué le pasó el año pasado para jugar tan bien y destacarse en forma tan ostensible del resto de los equipos. Probablemente nunca se vuelvan a dar las condiciones para que el equipo brille, aunque sí es factible que se encuentre un equilibrio entre la efectividad ofensiva del principio y la sobriedad defensiva del final (me refiero al semestre pasado). El Campeonato es muy largo y todavía no se perdió ningún partido. De ganar mañana, increíblemente (por lo mal que está jugando), puede quedar segundo en el grupo de la Libertadores. Si ninguna de estas proyecciones optimistas suceden, bueno, hay cosas peores.


Por otro lado al periodismo (y al hincha en general) le conmueve el morbo de que los archienemigos siempre estén en condiciones totalmente opuestas. El año pasado River jugaba mejor y Boca empezó a renovarse con la llegada de Arruabarrena, sin embargo el análisis era que River se parecía al Barcelona y Boca a Juan Aurich. Hoy es al revés. Así es la vida, amigos. 

jueves, 12 de marzo de 2015

Computación sin computadoras


En quinto grado me gané una "beca" para estudiar Computación por ser el mejor alumno. Ser el mejor alumno es siniestro. Esa mezcla de odio y vergüenza de sí mismos de los demás era un cóctel mortal para mi cerebro. Cuando en séptimo llevé la bandera sentí que estaba en un cuento de Kafka. Ser el mejor alumno es ser una cucaracha. Pero si sigo siendo una cucaracha no es precisamente porque siga siendo el mejor alumno.

Lo bueno del breve curso de Computación es que me permitió ser el peor alumno. Yo no entendía nada. Y claro que no entendía si en mi casa no tenía computadora e iba a un curso sólo cuarenta minutos por semana. ¿Cómo querían que supiera? Tomé un par de clases y nunca más se habló del tema.  

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En el Industrial cuando pasabas Noveno tenías que elegir una especialidad. Elegí Informática porque me pareció que me iba a ensuciar menos que en Mecánica o Construcciones pero siempre supe que tenía mis días contados. El día que repetí me tomé el 573 y hacía mucho calor. Me acuerdo porque tenía una remera negra y el sol me pegaba en el estampado enorme de la espalda. Prendí el walkman y estaban pasando el tema ese de Eminem que sampleaba otro de una cantante llamada Dido.

Durante el tiempo que estudié Informática (un año) no alcancé a entender nada. Usaban un programa, Pascal, y hacían cosas maravillosas pero absolutamente aburridas, cosas que se regodeaban en el aburrimiento que causaban, como si existiera el aburrimiento barroco. En Algoritmo muchas veces sentí que estaba estudiando el idioma de los extraterrestres. Mis compañeros eran salvajes y escupían a los profesores. Una compañera era más extrema: masticaba Criollitas, escupía en la mano el bolo alimenticio y se los tiraba por la cabeza a quienes le caían mal. Los bolos se amontonaron arriba y al costado del pizarrón y con el tiempo se convirtieron en figuras macizas con formas de gárgolas.    
  
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Después de repetir en el Industrial me fui a otra Secundaria. Evidentemente creían que el lujo era vulgaridad: en Informática nos daban Computación y no teníamos computadora.

Computación sin computadoras, parece un chiste o un verso de una canción de Calamaro.

El director de esa Escuela se llamaba Arroyo y es un político de derecha muy conocido en la ciudad Feliz. Siempre me estaban corriendo porque no respetaba el look milico del establecimiento: corte media americana, corbata, sin barba, sin bigote, etc. Un día Arroyo se me acercó y me susurró “Alumno, usted parece un hippie”. Todavía puedo sentir el aroma a cigarrillo y jabón que despedía su fabulosa cabeza. Durante la adolescencia eso fue lo más parecido a un triunfo, pensé que aunque sea me parecía en algo a un chico de un colegio cool, de esos en los que los alumnos son lindos, no como éramos nosotros en todas las escuelas a las que fui, flacuchos y dientones, ¡como horribles liebres desnutridas a punto de ser degolladas! Tal vez exagere un poco. Mientras estuve en la Media 2 creí que estaba bajo las garras de un régimen de facto,  pero ahora Arroyo me cae bien. El tipo cranea proyectos emocionantes como sacar los corsos de las plazas públicas y llevarlos a  un lugar cerrado para que no molesten con el ruido; o negarle a Manu Chao el título de visitante ilustre porque lo considera ¡un anarquista! Estoy de acuerdo con las resoluciones de Arroyo pero no por sus mismas razones. Si sigo así dentro de diez años voy a tener las mismas razones.

En fin. Computación sin computadora. La tarea consistía en dibujar un teclado y destacar para qué servía cada tecla. Por ejemplo “¿Para qué sirve Repag?”. Bueno, en realidad eso nunca lo aprendí pero era lo que se estilaba.

Nos pasábamos clases enteras repitiendo la diferencia entre Hardware y Software, como si fueran claves secretas para ingresar al mundo del Futuro. Anotábamos los pasos a seguir para saber qué hacer el día que tuviéramos la enorme fortuna de poder guardar un archivo en un disquete real.

El proyecto final era que cada uno construyera una computadora con cajas de pizza y fósforos hábilmente entrelazadas. Nadie la hizo. En esa época la dignidad no se negociaba.