martes, 21 de julio de 2015

Hablemos de Noah Baumbach


Supongo que la idea de “consumo irónico” se refiere a las personas que escuchan a Miguel Mateos o ven la versión argentina de Casados con hijos pero saben que la inteligentzia determinó que escuchar o ver eso está mal. La sola idea de un individuo que consume algo irónicamente me parece detestable.

Personalmente me avergüenza otro tipo de consumo y es algo así como el “consumo obvio”. Es decir lo que la inteligentzia determinó que estaba bien escuchar o ver. En música es muy fácil de señalar: Arcade Fire, Tame Impala, Daft Punk. Mi director favorito vivo forma parte de ese imaginario cool. Se llama Noah Baumbach y hace películas muy buenas. Incluso las que son menores tienen algo interesante.

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Todas las películas de Baumbach están protagonizadas por artistas (principalmente escritores, pero también hay músicos, documentalistas, actores, etc) lo que a simple vista convierte a su cine en un espectáculo para elites. No es que para ver una película haya que empatizar con sus personajes pero cierta intelectualidad neoyorquina superada hace doler los ojos. Sin embargo, a diferencia de Sofía Coppola, cuyos protagonistas viven experiencias que sólo le suceden a multimillonarios aburridos, a los personajes de Baumbach les pasan las mismas cosas que a todo el mundo. El tipo es un observador implacable de aquellas pequeñeces (miserables y adorables) que conforman la vida cotidiana. En su trabajo está muy presente la literatura, a través de las consabidas referencias a libros y escritores reales, pero también en la forma en que todo está pensado, con esos diálogos ingeniosos y esas escenas aparentemente digresivas que te hacen pensar que más que una película estamos ante una novela visual.

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Baumbach fue guionista de algunas películas de Wes Anderson y comparte con él cierto imaginario cultural evidente. Incluso hay quienes lo ven como una especie de continuador bobo de Anderson. Bueno, hay quienes ven a dos personas sentadas al lado y dan por sentado un montón de preconceptos. Tal vez los dos tipos estaban sentados al lado de pedo. Lo digo por quienes piensan que Bioy Casares es Borges. O que Fito Páez es Charly García.

La propuesta cinematográfica de Anderson hace muchísimo hincapié en lo estético y sus películas, más que novelas, son maravillosos cuadros donde la artificialidad, directamente, cumple el papel de la verosimilitud. Si a los demás directores les puede fallar el verosímil, a Anderson, en todo caso, le puede fallar el artificio. Todo lo contrario sucede con Baumbach que en sus mejores películas ejerce un realismo incómodo, al borde del feísmo. Sólo hace falta ver sus escenas de desnudos (el culo caído de Jack Black, las tetas naturales y la postura corporal de Greta Gerwig) para entender de qué estoy hablando.

Además lo de Anderson generalmente es bello, triste y un poco aburrido. Baumbach es sórdido, cínico y, aunque no te gusten, es muy difícil no entretenerse mirando sus películas. Lo que sí comparten es esa sensación de que sus películas a veces son pretextos para pasar buena música.

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Las dos últimas películas de Baumbach (Frances Ha, Mientras seamos jóvenes) actúan casi como frescos de época y profundizan en la sensibilidad deforme de los hipsters del nuevo milenio. De hecho su primera película, Kicking and Screaming (1995), hacía lo mismo pero con los hipsters de los 90. Claro que si antes la película no era más que un grupo de noventosos extremos deambulando por ahí ahora Baumbach sabe cómo dotar de movimientos y reacciones a personajes que antes sólo sabían hablar. ¡Hasta en esa evolución narrativa parece más un novelista que un director de cine formal!

Frances Ha parecía una ligera celebración del guetto hipster pero en realidad quería hablar de otra cosa. Es como si Baumbach captara ciertas patologías actuales, socialmente aceptadas, y las ubicara en sus películas con el ánimo de mostrarlas tal cual son para que terminen impactando, no por su rareza, sino por su cercanía. En ese caso se trataba de las amistades femeninas que hacen un culto de la personalidad excéntrica y de determinados ritos culturales. Coquetean con el lesbianismo (por supuesto sin practicarlo) hasta que una de las dos amigas consigue novio y la otra queda en Pampa y la vía. Baumbach es lapidario con sus personajes pero también los adora, por eso (y en esto sí se parece a Wes Anderson) a veces recuerda a Salinger.

Mientras seamos jóvenes ya es otra historia porque los protagonistas son una pareja de cuarentones modernos (Ben Stiller y Naomi Watts) que se están haciendo viejos. Sus mejores amigos tienen hijos y de repente se cruzan con una parejita de hipsters aparentemente divinos (Adam Driver y Amanda Seyfried). Andan en bici, coleccionan vinilos y hacen helado casero. Baumbach aprovecha para reírse del mundo geek pero también de la retromanía. Si en Frances Ha el estereotipo hipster era un boludo lookeado con información de último momento, acá Baumbach le hace mostrar los colmillos. En su crítica hacia las nuevas generaciones (por relativistas y esnobs) y la autocrítica hacia su propia generación X (por moralista y anacrónica) parecería que Baumbach se anula a sí mismo. Supongo que es el problema de la autoconsciencia: pasada de rosca desemboca en un nihilismo improductivo.

Un autoconsciente nihilista e improductivo preguntaría qué problema hay si algo es nihilista e improductivo.

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De las tres primeras películas de Baumbach sólo vi una, la mencionada Kicking and Screaming. Las otras dos son inconseguibles o no tienen subtítulos. De hecho es como si la carrera de Baumbach arrancara con la celebrada y genial Historias de Brooklyn (2005). (Otra vez la costumbre de los escritores de pensar su obra publicada no desde la primera sino por la que más les conviene). Margot y la boda es del 2007. A la distancia Greenberg (2010) se ve como una película de transición, el eslabón perdido entre la primera época y lo que vendría después. La utilización de Ben Stiller es similar a la que hizo Paul Thomas Anderson con Adam Sandler en Embriagado de amor.

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Pero ahora vayamos a la mejor película de Baumbach que, inexplicablemente, tardé ocho años en ver entera: Margot y la boda. Siempre la agarraba por la mitad en I-Sat pero no alcanzaba a entender muy bien lo que pasaba.

Entre paréntesis: tal vez la mejor sea Historias de Brooklyn, pero Margot y la boda es la que más me gusta. En sus mejores momentos verla es tan inquietante como espiar a través de la cerradura del baño. La estética de la intimidad que Baumbach ya había esbozado en Historias de Brooklyn funciona a la perfección.

Margot es Nicole Kidman, una escritora atormentada que viaja con su hijo púber-adolescente a la boda de su hermana Pauline, que se está por casar con su nuevo novio, interpretado por Jack Black. Lo que hace Nicole Kidman en esta película es escalofriante. Es una hija de puta tan monstruosa que uno se pregunta si Nicole no será así en la vida real. Empastillada y dura, va por ahí diciendo todo lo que no tiene que decir y mandándose cualquiera. Pero lo más atractivo es la fragilidad psicológica del personaje, que contradice su aparente crueldad. En una escena trepa a un árbol y después no sabe cómo mierda bajar. Es como Talita subida al tablón pasándole yerba al boludo de Oliveira.  

En este caso Baumbach parece interesado en esas relaciones enfermizas, al borde del incesto simbólico, entre madre e hijo. Hay una película mexicana reciente que se llama Club Sandwich y también trata de eso. De hecho algunas escenas son muy parecidas a las de Margot y la boda. En fin. Jack Black está perfecto en su rol de diletante deprimido porque a través de sus típicas payasadas descomprime la atmósfera tensa de la familia disfuncional.

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No tengo idea si será así o no, pero serviría al sentido del texto afirmar que Margot y la boda es la última película en la que Nicole Kidman puede expresarse naturalmente a través de sus facciones. Después su cara fue intervenida por ciertas cirugías plásticas que le dejaron el semblante detenido en el tiempo pero carente de vida. A pesar del auge del concepto de milf, Hollywood suele ser muy cruel con las actrices que envejecen e incluso aquellas que son muy bellas y talentosas sucumben a las cirugías. Supuestamente están mejorando su estética pero en realidad están atrofiando los instrumentos principales de un actor: la cara y el cuerpo. 

En Margot y la boda, gracias a su cara y a su cuerpo, Nicole Kidman logra algo extraordinario: el espectador no ve a un personaje sino a una mujer. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Once minutos con tres segundos


“Union Sundown”. Así se llama la única canción de Dylan que menciona a la Argentina. La letra de la canción hace referencia a los productos extranjeros que invaden el Mercado yanqui y terminan por debilitar su Industria.  “El coche que conduzco es un Chevrolet”, canta Dylan, furioso, “ensamblado en la Argentina/ por un chico que gana treinta centavos al día”.

Esta canción puede servir para configurar al Dylan perdido que comenzó a asomar luego de sus discos cristianos. La conversión podrá haber sido inaceptable o insufrible pero al escuchar los discos se nota claramente que, más allá de los factores dogmáticos, Dylan ganó un nuevo enfoque que se tradujo en canciones llenas de energía y vitalidad. De hecho desembocó en otros rumbos para su música (su acercamiento al góspel y el reggae). Pasada la experiencia religiosa los discos de Dylan perdieron especificidad musical (suenan como la mayoría de los que se hicieron a mediados de los 80) y sus letras comenzaron a perder el brillo de otras épocas. La verdad es que escuchar a Dylan quejarse de las leyes de importación tendrá su costado bizarro y atractivo pero al rato se convierte en algo anecdótico y un poco vulgar.

Si sus proyectos con The Band y Mark Knopfler le habían servido para alterar positivamente su música sin perder la esencia, en los 80, la permanente relación con distintos productores y músicos terminó quitándole identidad a su música. “Union Sundwon” pertenece a Infidels (1983), que no es ni remotamente el peor disco de la década (de hecho es el más elogiado junto a Oh Mercy, del 89, sin dudas el mejor), pero el tema en particular anticipa cierto desnivel en la calidad compositiva de Dylan que se vio reflejado en los próximos discos. Infidels fue un intento decente y hasta entrañable por adaptar a Dylan, sin forzarlo desde la producción, al nuevo mundo: MTV, dictadura del pop, derrumbe de los valores de los 60 (que Dylan había derrumbado antes que nadie pero a su manera). “Jokerman”, el tema utilizado como corte, incluso tuvo su video, con Bob cantando adelante de un fondo negro, vestido con un saco color beige, mientras se sucedían imágenes que hacían alusión a la letra tal vez en forma muy directa. Cuando Dylan vio el video se preguntó si era necesario pagarle al director.

Si Slow train coming, Saved y Shot of love son la trilogía celestial, Empire Burlesque (1985), Knocked out loaded (1986) y Down in the groove (1988) son la trilogía infernal. Claro que esos mismos temas despojados de la atmosfera artificial de los ochenta seguramente habrían ganado en sustancia, pero pedirle a Dylan que además de ser un genio sea capaz de no ser contemporáneo de su época ya es demasiado.   

Centrarse en lo más flojo de la carrera de Dylan sería algo odioso aunque hay que aclarar que con el tiempo Dylan logra que sus discos malos sean resignificados como rarezas. ¿Cómo escuchar sino “When the night comes falling from the sky” (1985) o “Driftin’ too far frome shore” (1986)? Los dos temas sucumben a las profundidades del infierno ochentoso, sumergiendo a Dylan en las producciones clásicas de la época e intentando dotarlo de un sonido tecno bailable a través de coros femeninos, máquinas de ritmo y sintetizadores.    

Se destacan tres canciones en cada uno de los discos. Y que justamente esas canciones sean totalmente diferentes al resto de cada uno de los discos no hace más que comprobar, como diría Calamaro, el “rumbo errado”. La sencilla “Dark eyes”, de Empire Burlesque, con Dylan acompañándose solo con su guitarra y su armónica no sólo impulsa a la nostalgia por los viejos discos sino que también demuestra que aún en plenos 80’ a Dylan le alcanzaba con muy poco para seguir manteniéndose vigente. Bastante parecido es el caso de “Death is not the end”, de Down in the Groove, una balada folk de autoayuda imperativa (esta vez con percusión y coros femeninos).

Una de las características de estos discos es que Dylan empezó a grabar canciones ajenas y recurrió a otros compositores para armarlas a dúo (Tom Petty, Robert Hunter). La mejor de estas  creaciones conjuntas está en el tristemente célebre Knocked out loaded (probablemente el disco más criticado de Dylan y uno de los menos vendidos) y se llama “Brownsville Girl”, escrita a cuatro manos junto al escritor y actor Sam Shepard.

El tema dura once minutos con tres segundos y es un relato al estilo “Tangled up in blue” pero más extremo en su deriva narrativa. Hay que escuchar “Brownsville Girl” por lo menos una vez en la vida. Casi todos dirán:

-Ni en pedo escucho una canción de once minutos y tres segundos. No tengo once minutos y tres segundos para perder el tiempo, tengo que mirar la pantalla de mi celular, ver de qué están hablando en Twitter y fijarme qué siente Arruabarrena después de ganarle a Sarmiento.

Yo creo que nos hicieron creer que no tenemos tiempo para escuchar un tema de once minutos y tres segundos. Y no fueron ni Magnetto ni Cristina ni Macri aunque estoy seguro que Magnetto, Cristina y Macri creen que no tienen tiempo para escuchar un tema de once minutos con tres segundos. Once minutos y tres segundos dura un viaje en colectivo al laburo. De hecho once minutos y tres segundos pueden significar la cuarta parte de un viaje en colectivo al laburo. Once minutos y tres segundos es el tiempo que pasamos doblando la ropa que se secó en el tender. Once minutos y tres segundos pasan mientras no encontramos nada en la tele o en YouTube. Once minutos y tres segundos suceden todo el tiempo y nadie hace nada. Incluso no lo quería decir pero once minutos y tres segundos pasan mientras el hipotético lector lee esta porquería. Supongo que hay gente realmente atareada pero de hecho cualquier persona en el mundo que se conecta a Internet sin dudas tiene once minutos y tres segundos para llenar de sentido.  

En fin: Dylan y Shepard alternan los recuerdos de una película con Gregory Peck (sobre un tipo que atraviesa el desierto a caballo) con los flashbacks de un amor perdido. 

Sobre la creación del tema Shepard dijo que no se les ocurría nada hasta que Dylan dijo la frase con que después empezaría la canción: “Una vez estaba haciendo cola para ver una película con Gregory Peck”. A partir de ahí improvisaron la letra. Shepard se sorprendió por la facilidad con que Dylan craneaba metáforas y hacía cuadrar estrofas largas con la melodía. “Es extraño como las personas que sufren juntas/ tienen una relación más fuerte/ que las personas que viven felices” manda Dylan al final de la canción.

Hay un librito muy lindo de Shepard que se llama Crónicas de motel, una road movie escrita que funciona líricamente alrededor del paisaje del desierto texano. El libro tiene textos de diversa índole: relatos, crónicas, incluso hay poemas pero lo verdaderamente poético sucede cuando Shepard desgrana recuerdos de su infancia. A partir de ese libro a Win Wenders se le ocurrió París Texas.  No sé si eso es bueno o malo pero tenía que decirlo.

Después de esta trilogía involuntaria con momentos brillantes y de los otros,  Dylan comenzó su Gira Interminable y grabó Oh Mercy. Pero ésa es otra historia.

     

martes, 7 de julio de 2015

Viva Messi


No sé qué buscamos cuando vemos programas deportivos pero algo buscamos. Es como si TyC, Espn y Fox fueran canales de otro país paralelo llamado "Fútbol ajhfdjkldja" donde lo importante son cosas tales como: 
-saber qué sintió Bou al hacer un gol; 
-qué clase de lesión tiene Cubas; 
-por qué Gallardo no quiere a Cavenaghi; 
-por qué Daniel Osvaldo se peleó con Jimena Barón; 
-por qué Jimena Barón es igual a Gianinna Maradona. 

La mayor parte del tiempo hablan de eso. Y de árbitros.

Desde hace un tiempo, hay que decirlo, en los programas de fútbol también hablan de fútbol. El binomio Guardiola/Bielsa, como eje estético hegemónico, provocó una suerte de fervor táctico y las pantallas se llenaron de cuadros y gráficos que interpretan un partido como si fuera una clase de física cuántica.

¿Cuántas veces miró al suelo Messi durante la segunda parte del alargue? Creo que están a punto de hacer eso. El compilado de miradas al suelo. En fin. Ayer enganché uno de esos compilados y en este caso se trataba seguir, por supuesto, el partido de Messi contra Chile. El compilado, claro, apuntaba a confirmar la idea de que Messi jugó horriblemente mal. Pero las imágenes, en cambio, hacían pensar todo lo contrario. Me había pasado también el día de la final con Alemania, cuando vi el partido repetido a las doce de la noche.

Esta vez Messi fue literalmente cagado a patadas. No habrán sido faltas de lesa humanidad pero interfirieron constantemente en el progreso de su forma de juego. Esto es América, ya lo sé, lo decía Charly García hace veintitrés años. Cada vez que se sacaba un rival de encima le hacían falta de atrás, le agarraban la camiseta o le pegaban una patada en el estómago. La definición por penales ante Chile, con su posterior derrota, se explica por el partido de Argentina como equipo, no por Messi. Cualquiera que lo haya visto lo sabe.

Por mi indiferencia hacia el fútbol europeo durante un tiempo no pude desarrollar una admiración realmente genuina hacia Messi: eso sería como hablar de películas con sólo ver el tráiler. Aunque vi sus clásicos con el Real Madrid, sus finales de Champions, nunca me sentí verdaderamente llamado a esos eventos como si formaran parte de mi vida cotidiana. Así que mi admiración por Messi fue progresando muy de a poco, de a golpes. Fui muy lento al no haberlo visto antes. Soy como esa gente que se hizo kirchnerista en el 2014. ¡No! Era en el 2008. Y hasta agosto del 2010 más o menos. Después no daba. Así soy yo con Messi. Recuerdo haber escuchado hablar de él antes incluso del Mundial Sub 20 2005. Se trataba de un caso atípico y no terminaba de saber si era realmente argentino o español. Si había jugado en algún equipo de Primera.

Cuando empezó a jugar en la Selección Messi tenía algo especial. Era como el emperador bebé en la película de Bertolucci. No tenía cara de adolescente pícaro, como el Kun o Tevez. Tampoco era un nene de River a lo Higuaín. No. Era alguien que parecía estar atravesando la pubertad. Y fue muy expuesto, seguramente con su beneplácito, ¿por qué a quién no le gusta ser el mejor jugador del mundo?, pero tuvo que procesar demasiada información para llegar a ser esa extraña máquina humana.

Fue hace muy poco que me di cuenta de que miraba los partidos de la Selección para ver a Messi. Directamente así. Cada vez que el tipo toca la pelota uno siente que va a pasar algo sorprendente. Y pasa muy seguido. Es genial cuando se escabulle como un pequeño roedor entre defensores que ante él parecen cavernícolas, gente idiota que se choca entre sí y no sabe en qué cancha está. Ver a Messi ya es un retribución. Todo lo demás es yapa. Me pasó con Ortega. Me pasó con Riquelme. Me pasó con Aimar. Y ahora me pasa con Messi. No estoy poniendo a estos jugadores en una misma serie, estoy ejerciendo la estúpida subjetividad contemporánea que supone que contar lo que a uno le parece puede resultarle interesante o ¿necesario? a alguien (probablemente a la misma persona que ejerce su estúpida subjetividad).

Messi tiene otra velocidad, otro panorama, otra forma de pegarle a la pelota, otra forma de vivir los partidos. Es un jugador diferente, en el sentido real, positivo y superador del término. Cuando ya no juegue el fútbol argentino va a ser un desierto.    

sábado, 4 de julio de 2015

Perdedores hermosos


La final fue decepcionante en varios aspectos. Argentina jugó su peor partido frente al rival que mayores virtudes había mostrado en la Copa. Dio la impresión de que en el momento exacto los jugadores no pudieron encontrarle la vuelta a las dificultades. La Selección le cedió la pelota a Chile, que fue más incisivo y voluntarioso pero tuvo pocas posibilidades de gol. Es como si el equipo se hubiera resignado demasiado rápido a jugar de contragolpe cuando lo mejor de la Copa se había visto en los tramos de tenencia y traslado inteligente del balón, sostenido gracias al buen pie de Pastore y Messi, que hoy jugaron un mal partido.

Aunque la defensa de Chile mostró bastante incertidumbre cuando se la presionó, el trámite del partido repitió esa situación pero al revés. Chile se dedicó a elaborar un trabajo de asedio y así nacieron los pelotazos de Romero ante la ausencia de posibilidad de pase claro. En ese punto el equipo argentino perdió tácticamente y Chile cubrió los espacios con mayor eficacia, tanto es así que cuando un argentino tenía la pelota era rodeado por tres o cuatro chilenos que si no se la sacaban cometían falta sistemáticamente. En cambio Chile siempre contó con mucho espacio para escalar posiciones, como lo prueba la absoluta comodidad del lateral Isla para pasar la mitad de cancha. Mientras tanto las incursiones ofensivas de Argentina fueron corridas solitarias de Di María y Agüero o la triste escena de dos jugadores en espacio reducido sin ninguna esperanza de evolucionar en campo rival.

Los cambios tampoco ayudaron y acá es pertinente indicar que Martino nunca acertó en este rubro. Al obligado de Lavezzi por Di María, Martino eligió añadir a Higuaín por Agüero (que venía jugando bien) y a Banega por Pastore (que venía jugando mal). Se notó que Tevez es verdaderamente la octava opción del entrenador, incluso en un partido durísimo como el de hoy, donde un jugador de su temperamento no hubiese desentonado. Pero los cambios no lograron cambiar la historia y tampoco la entrada de Tevez asegura algo en concreto. De hecho Higuaín y Banega no consiguieron marcar en los penales. Sin posibilidad de refrescar al equipo (los cambios ya estaban hechos) el alargue fue una tortura, con jugadores lesionados (Mascherano, Lavezzi) y una intrascendencia en el juego de la que son responsables los jugadores y el técnico. Hoy nada anduvo bien. Suele pasar seguido en el fútbol pero en una final todo se ve con microscopio. No había circuitos de juego ni más de tres pases seguidos, casi siempre todo terminaba en divididas que invariablemente ganaban los chilenos. La tocaba más Rojo que Messi y eso sólo puede traer problemas. Es verdad que Chile no inquietaba demasiado a Romero, pero en concreto fue el que más hizo por ganar. Argentina tuvo dos o tres claras pero también Alexis Sánchez estuvo por mandarla a guardar en dos ocasiones.

Lo decepcionante es el modo en que jugó el equipo de Martino cuando hasta acá, aún con desperfectos, siempre había ido a ganar los partidos, desde el primer amistoso contra Alemania con triunfo 4 a 2. Chile creció muchísimo en los últimos años. El renombre de sus jugadores (Vidal, Sánchez, Medel, Vargas) y la experiencia del cuerpo técnico son evidentes, pero Argentina se hizo cargo de limitaciones que no tiene cuando sus jugadores están en su nivel natural.

“Siento un déjà vu” fue una de las últimas cosas que se le oyeron a Cerati. Y algo de eso pasa hoy con esta nueva derrota de la Selección. El gol de Bergkamp, el tiro libre al que no llega Cavallero, las que se fueron cerca contra Alemania. En este momento se agrupan todas las imágenes de la derrota, como si de alguna extraña manera, el cabezazo de Ortega y el gol sobre la hora de Adriano tuviesen que ver con el remate desviado de Higuaín. La cronología da a entender que todo forma parte de una consecución lógica de acontecimientos. La verdad es que el fútbol suele tener mucho que ver con el azar pero hay una predisposición psicológica a la derrota que además de ser obvia ya es entendible. Genera algo de impotencia observar cómo jugadores de gran mérito (especialmente Mascherano, Messi y Tevez) no pueden obtener torneos con la Selección Argentina.

La buena noticia es que estos jugadores en su mayoría son millonarios y que hay personas que tienen problemas mucho más graves que no ganar finales. Es ridículo centrarse en la decepción de veintidós tipos cuando de hecho hay personas que nunca jugarán una final en su vida. La mala noticia es que esas personas somos nosotros. Todos perdedores hermosos. Sayonara.

sábado, 27 de junio de 2015

La historia de Tevez


El otro día me colgué viendo la “historia de Tevez”, un compilado breve de su carrera en Boca, Brasil y Europa. Ahí me di cuenta de tres cosas:

1- Que la mayoría de los goles de Tevez son golazos.
2- Que lo mejor de cuando baila es su cara.
3- Que me había olvidado de varios de los despelotes extra futbolísticos que tuvo: pelea a piñas con un compañero del Corinthians, pelea con Ferguson, pelea con los hinchas del Manchester United cuando pasó al City, pelea con Mancini, pelea con los hinchas del City.

Cualquier otro jugador, por más bueno que sea, hubiese sucumbido mediáticamente ante ese itinerario tempestuoso. Tevez, afortunadamente, no.

Se suele comparar a Tevez con Maradona, aunque sea en la naturaleza de sus actitudes. Y Tevez tiene algo de la actitud clasista y combativa de Maradona pero sin el componente político. Antes del partido contra Italia jugado en Napoles, en el Mundial 90, Maradona dijo que recién ahora los italianos se daban cuenta que Napoles quedaba en Italia. Se refería a la encrucijada nacional entre el Norte y el Sur. Tevez le gritó un gol en la cara a Ferguson con la camiseta del City. Se refería a la encrucijada personal entre él y Ferguson. Son actitudes similares con la diferencia de que en un caso las repercusiones se limitan al fútbol y en el otro lo exceden.

Hay una estética de la honestidad, basada en la ausencia de filtros para expresarse, que Tevez representa y que gusta mucho a los espectadores de fútbol. Ese mismo comportamiento Tevez lo traslada a la cancha, donde suele ser un jugador explosivo, que aterroriza a los defensores con una gambeta efectiva y un remate violento de media distancia que lo convirtió en ídolo de sus Clubes. Al mismo tiempo, hinchas de los dos Manchester tiraron sus camisetas a la basura en reproche a algunas de sus actitudes. Es como si Tevez estuviese condenado a vivir en extremos: de Fuerte Apache a Londres, de ídolo a villano, del Manchester United al Manchester City.  

Hay algo significativo en Tevez y es su resistencia a ser colonizado por la subjetividad europea. De hecho su vuelta a Boca, en un momento de esplendor de su carrera, remite a ese estoicismo. Puede usar tatuajes y gel, pero mientras los demás jugadores argentinos se muestran escandalizados ante el evidente bardo que es el fútbol argentino, Tevez, contra todos los pronósticos, decide volver al bardo.

Ayer Agüero hablaba de “América” como si fuera un conquistador del Siglo XV describiendo un mundo exótico y primitivo.   

A diferencia de otros jugadores de la Selección, de igual pasado humilde y presente multimillonario, Tevez todavía logra entablar identificación con el público. No importa si quien lo reemplaza hace un buen papel o si cuando juega no se nota, el público, aunque sea una gran parte de él y no necesariamente hinchas de Boca, quiere que Tevez siempre juegue en la Selección.

Antes del Mundial 2014 existía la equivocada sensación de que a Tevez nunca le habían dado una oportunidad en la Selección. Sin embargo Tevez terminó siendo titular tanto en el 2006 como en el 2010. Es más de lo que muchos jugadores de la historia del fútbol argentino pudieron hacer. Bochini, por ejemplo, sólo jugó unos minutos contra Bélgica en el 86. Riquelme jugó un solo Mundial. Pero el absurdo no termina. Cuando la Selección perdió la final con Alemania muchos salieron a decir que con Tevez ganábamos. La Selección llegó a la final de un Mundial después de 24 años y sin Tevez pero una extraña lógica contrafáctica indicaba que con Tevez (que, repito, ya había jugado dos mundiales que la Selección había perdido contra los mismos fucking alemanes pero en Cuartos) ganábamos.

Por su actualidad futbolística Sabella debió haber convocado a Tevez el año pasado. Muchos se siguen preguntando por qué no lo llevó. ¿Nunca se dieron cuenta de que Tevez es un tremendo bardero? Y lo digo con la simpatía que me causan muchos de sus bardos. Un equipo de fútbol también es un grupo de seres humanos que se tienen que llevar bien. Simplemente Sabella debe haber visto el partido contra México del Mundial 2010 en el que Tevez manda a la mierda a ¡Maradona! porque se anima a reemplazarlo y debe haber preferido que Lavezzi le “acabe” una botella de agua en la cara. Es una opción menos riesgosa. También debe haber pensado en las peleas con Ferguson y Mancini. Es decir, la realidad indica que tener a Tevez en un plantel es beneficioso sólo cuando está adentro de la cancha. Pero a veces hay otros jugadores que merecen ser titulares tanto como él. Y finalmente ocurre algo extraño: aunque sus virtudes lo destacan del resto, parecería que los entrenadores de la Selección (aunque sea Pekerman, Batista y ahora Martino) lo ponen porque no les queda otra. Esa es la verdadera historia de Tevez, aunque sea en la Selección. Hasta ahora, claro.  

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Ayer Tevez hizo el demorado penal del triunfo y Argentina pasó a semifinales de la Copa América. El mito dirá que Tevez necesitaba errar el panel en el 2011 para poder convertir el de ayer. Me gustaría que la misma paciencia que le tienen a Tevez se la extiendan a Messi, que hace cosas extraordinarias cada vez que la toca. O por qué no a Martino, que acaba de iniciar su ciclo y todavía no pasó ningún “papelón” importante. Hay una histeria permanente ligada al fútbol que no tiene ningún anclaje en lo que sucede en los partidos. El equipo suele jugar muy bien los primeros tiempos y se desinfla en el complemento. Además se pierde muchos goles (peor sería que no hubiese situaciones). Los cambios no aportan mucho. Eso es lo único que se puede decir del equipo de Martino, que apenas tiene cuatro partidos oficiales en la Selección. Abrazo de gol. 

lunes, 22 de junio de 2015

Creo que hace diez años que existe este blog



Hubo un momento en que casi me paso a Tumblr pero entrar ahí era definitivamente más complicado que concluir un trámite en Afip. Había una burocracia digital a la cual mi mente ya no sabía adaptarse.  

Cuando empecé a escribir en este blog (si a eso le podemos llamar escribir) los suplementos culturales debatían sobre el rol de los blogs. Incluso los escritores, algunos, opinaban en contra o a favor (los menos) de los blogs. Había muchas bloguerías. Uno podía ser de Blogger, de Wordpress. Bueno, en realidad sólo recuerdo Blogger y Wordpress pero había muchas (la mayoría horribles). Blogger es medio berreta. Blogger es Axe y Wordpress tampoco es la gran cosa. Es Rexona o Nivea.

Esa pelotudez que acabo de escribir sobre Axe y Blogger no es sólo porque soy un pelotudo simplemente quería describir, a través del ejemplo didáctico, cómo eran los posts de la mayoría de los blogs de hace diez años. Ahora tratan sobre cosas más interesantes como Messi y remeras de Spinetta en sacerdotes de Canal 13. También los posts ya eran apologías de la autoconsciencia.

Las entradas más visitadas me recuerdan desde hace un tiempo que yo escribí en contra de Abzurdah, el libro de Cielo Latini en el año 2007. Si me acusaran de un homicidio cometido en el año 2007 lo único que podría usar como coartada es que escribí un post sobre Abzurdah. No me acuerdo de nada. Además el post es en contra. Ni siquiera sobre, en contra. Recuerdo que a algunas fans de Cielo Latini les molestó y me escribían mails intimidatorios. Mails intimidatorios de fans de Cielo Latini, qué época. Lo peor es que tenían razón. Ahora nadie dice nada malo de nadie. Ya todos estamos cansados de las discusiones de facebook sobre si el PJ es o no es algo que nadie va a saber jamás. ¿Hay que escribir un post sobre Randazzo? ¿Sobre la desilusión como tendencia histórica del peronismo de izquierda y sus efectos en la política del gobierno de Scioli? Por supuesto.    

Con material de este blog publiqué tres libros. La idea ni siquiera es mía, es un mal de la época, como ver series y buscar videos en YouTube. Este blog es como una casa. Ahí están las paredes, pintadas ya no sé de qué color (porque escribo en Word), los títulos, que son como grandes edificaciones simbólicas de las que se cuelgan las palabras. Creo que releí mucho a Ballard.    

Siempre me hago una pregunta: ¿si yo tengo un blog quiere decir que alguien, en algún lugar del mundo, todavía tiene un fotolog o un Tamagotchi? Tengo la extraña sensación de estar atrapado en algún tipo de atesoramiento anacrónico. Sayonara.


martes, 16 de junio de 2015

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Uruguay


Tener uruguayos en tu equipo es tan bueno como que no los haya en tu rival. Y si el plantel entero de rivales es uruguayo las complicaciones son múltiples. A Uruguay raramente se le va a ganar por goleada o con total claridad. Aunque hubo una época en la que el clásico entró en decadencia (durante los noventa y principios del dos mil) y Argentina y Uruguay sólo empataban. Probablemente hayan empatado dos veces pero a mí me quedó esa sensación, como la de que todos los River vs. Argentinos Juniors de la última fecha estaban arreglados. En fin.

Que haya un técnico que le da la titularidad a Pastore es buena noticia. Pastore es un error de la Matrix o algo así. Ahí debería haber otro jugador, más acorde a los tiempos modernos, sin embargo aparece Pastore y es una vindicación de Riquelme demasiado rápida para poder entenderla. Sus pases entre líneas, su cuerpo espigado y somnoliento intentando escapar, sofisticadamente, de sus marcadores. En el imaginario de Huracán Pastore es algo así como el hijo de Houseman, o sea: Jesucristo. Y para coronar la buena noticia Pastore no sólo juega de titular sino que además lo hace muy bien. Porque suele pasar que cuando estos  jugadores extraños y geniales logran ingresar a un equipo titular de la Selección no pueden mantener la titularidad y son reemplazados por tipos más polifuncionales y efectivos como Maxi Rodríguez (que también me parece un jugadorazo). Pero hoy Pastore se destacó en un equipo en el que Messi jugó un gran partido.

Da la sensación de que ahora hay más predisposición al juego vistoso que antes. De hecho cuando entró Tevez intercambió un par pases con Messi. La indicación de esta escena comprueba las pocas veces que sucede. El ingreso de Biglia por Banega (que había jugado un primer tiempo extraordinario con Paraguay) le otorgó al equipo el famoso “equilibrio”, término bajo el cual el periodismo deportivo señala la existencia de equipos que evitan el desparpajo, la espontaneidad, la individualidad, el riesgo y una serie de cosas sin las que el fútbol es una mierda. De todos modos el mediocampo desierto del 2-2 con Paraguay fue un error interesante para detectar la forzada indignación de un “mundo del fútbol” que quiere convertir todo en un “escándalo” o “papelón”.

Di María está medio peleado con la pelota pero siempre deja relucir su picardía en todo lo referido a la parte “ilegal” del fútbol. Es muy evidente su habilidad para fabricar faltas y a veces con eso compensa cierta desprolijidad propia de su estilo. Por supuesto nadie busca estadísticas propias de Iniesta en Di María. Biglia sigue rindiendo, como una especie de peón secreto que tal vez comience a ser reconocido como un discípulo de Mascherano. El ingreso de Zabaleta comprobó que no había nada que retocarle a la defensa del Mundial (se entiende el ingreso de Otamendi para curtirlo en un puesto y un momento en el que Demichelis es un jugador veterano).

Argentina dominó ampliamente el primer tiempo. Uruguay basaba sus expectativas en utilizar los laterales como córners. Argentina manejaba la pelota y llegaba con bastante claridad pero las dificultades para llegar al arco eran importantes. Si no llegaban a interceptar la jugada, los uruguayos cortaban con falta y eso comenzó a crispar los nervios de los argentinos, entre ellos Mascherano. El partido se puso chivo, los jugadores se puteaban y daba la impresión que alguno se iba a ir con diez. En ese clima (con Martino expulsado) la propuesta de Argentina perdió protagonismo. Esa dinámica de juego continuó en el comienzo del segundo tiempo. En un buen tramo de la primera parte Argentina había sido un grupo de jugadores organizados que recreaban la vitalidad de un cuerpo enérgico y libre. En el complemento la disposición de los jugadores en la cancha se retorció, formando un nudo táctico que impedía el avance del equipo. Sin embargo la lucidez de Pastore para inventar espacios permitió el centro de Zabaleta y el cabezazo de Agüero, que había estado desaparecido y fastidioso. Uruguay pudo haber empatado pero el triunfo argentino es muy merecido.

A todo esto Messi está sólido. Le queda mejor la camiseta. Pocas veces lo vi jugar en la Selección con este nivel de confianza. Está rápido, no se deprime, gambetea, se muestra, incluso mejoró su pegada con respecto a hace ¿dos meses? Me hace pensar en la épica del antihéroe y ese tipo de cosas. Nunca es tarde para ilusionarse con Messi. Total el que tiene que sublimar todas nuestras miserias cotidianas es él. Nosotros no podríamos hacerlo de ninguna manera, sino ¿quién fabricaría miserias cotidianas?  

El Maestro Tabárez, sentado en el banco, con su piloto y su bastón, parecía un actor italiano interpretando un personaje de Fontanarrosa.




lunes, 8 de junio de 2015

Un sacerdote con la remera de Luis Alberto Spinetta


¿En qué lugar del mundo las monjas comparten casa con un sacerdote sexy? En una serie de Polka.

A y B comparten un gran secreto que involucra a C. ¿En qué lugar del mundo A y B hablan en voz alta y con lujo de detalle del secreto a pocos metros de C, que interrumpe la escena y pregunta de qué estaban hablando? ¿Y en qué lugar del mundo, C, estando tan cerca y con sus oídos en funcionamiento, jamás puede escuchar lo que hablan A y B? En una serie de Polka.

Las series de Polka giran en torno a uno o dos problemas generalmente relacionados con la identidad. Más en tono de ligera comedia shakesperiana que de denuncia social. Alguien (el protagonista) dice ser quien que no es. La distancia entre una y otra identidad es la medida del malentendido cómico, que a la vez puede ser tratado como un drama. Hay malos de clase alta. A veces son excéntricos y la interpretación de tal característica generalmente resulta afectada, lo que diluye la verosimilitud de la típica novela costumbrista. Hay algo artificial en esos papeles y el programa aprovecha para generar una dinámica cómica más incisiva y absurda. En los últimos años se puso de moda hacer actuar a famosos, generalmente cantantes.

Según tengo entendido Polka genera estas series como si fueran artefactos perfectamente diseñados por una máquina narrativa pigliana. Los actores, los modos de hablar de los personajes, las locaciones, los conflictos: quienes no vemos estas series tenemos la sensación de que siempre son la misma pero con diferente nombre. De hecho los títulos de las tiras no varían demasiado. “Corazón”. “Esperanza”. “Mía”. “Mío”. “Amor”. Esas cinco palabras forman parte del campo semántico mágico de los creadores. 

La crítica de espectáculos sólo prestigia los unitarios de Polka, los que protagoniza Chávez y generalmente ganan el Martín Fierro de oro.

Supongo que las series de Polka también pueden ser graciosas, no llegan al nivel de cursilería de Estevanez. De chico yo vi Rodolfo Rojas DT y Gasoleros. Suelen robarse actores de la escena under y/o cinematográfica para subir el estatus de su reparto. La repetición de la fórmula, por otro lado, es el talón de Aquiles de la comedia televisiva en general.

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Recién estaba haciendo zapping y vi a Mariano Martínez con una remera de Spinetta.  Es una foto muy conocida, una de esas emblemáticas, con su rostro en primer plano. De principios de los 80. El exceso de  canonización de Spinetta, con las estatuas, los homenajes tributo, los recitales tributo, los discos tributo, llevó a que ahora se lo etiquete como “Música para sacerdotes”. Spinetta llegó a cantar “No tengo más Dios”. Bueno, era el año 1972. 

La serie se llama Esperanza Mía y Mariano Martínez hace de sacerdote. Vive en un convento (o eso creí entender) junto a monjas. Entre ellas Lali Espósito que en realidad se hace pasar por monja. Al mismo tiempo, Gabriela Toscano es su madre y también es monja y justo vive en el mismo convento que ella, su hija. Lali no sabe que Gabriela Toscano es su madre. Ana María Picchio sí. No alcancé a entender si Mariano Martínez esconde algún secreto, es de suponer que no sea sacerdote o que sea el hermano de Lali. Otra que parecía esconder un secreto era Rita Cortese.

Lali Espósito tiene algo del carisma barrial de Natalia Oreiro. Además es cantante y por lo visto tiene muchos admiradores. En un video de YouTube cuenta  que en la fiesta de la revista Gente conoció a Charly García. Charly le preguntó quién era y ella respondió: “Hago Música”.

Charly sentenció: “Ya está hecha”.


sábado, 6 de junio de 2015

Está por empezar el partido


Nunca conecté con la costumbre del Siglo XXI, consistente en seguir el fútbol europeo casi con el mismo nivel de concentración que habitualmente se utilizaba para el campeonato local. Debe ser porque no considero al fútbol una de las bellas artes ni la octava maravilla. No podría explicar racionalmente por qué el fútbol y no el básquet o el tenis, que también son deportes atractivos y con un gran componente azaroso que favorece la expectativa del público. Tal vez soy muy consciente de que un alto porcentaje de mi obsesión con ese deporte (y con River en particular) se debe a factores emotivos: la cercanía con mi viejo, la infancia y la adoración por ciertos jugadores emblemáticos, etc.

Un buen ejemplo de qué pasa con el fútbol cuando no existe el factor emotivo se puede ver en un capítulo de los Simpsons. México y Portugal juegan para determinar cuál es el país más grande del mundo (la serie profundiza el sinsentido del fenómeno) y el relator yanqui analiza el partido como una serie ininterrumpida y soporífera de pases horizontales en el medio de la cancha.

Las leyendas sobre míticos bateadores de beisbol que vemos en películas de micro de larga distancia no son tan diferentes al rito de la palomita de Poy, al gol de Palermo en muletas o a la vaselina de Rojas.   

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La hermenéutica kirchnerista descubrió en las recientes PASO que a la hora de elegir un candidato el electorado decide más por cuestiones afectivas que ideológicas. En esta era de secularización del fútbol, en la que los partidos parecen revelarse como poco más que cartón pintado y se hace necesario bajar un cambio ante el avance de la violencia simbólica y fáctica, tal vez sea interesante considerar que el fútbol no es superior estéticamente a ningún otro deporte (como ningún otro deporte es superior al fútbol).

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Partiendo de la base de que influyen más los motivos emocionales que los estrictamente deportivos es que esta fascinación por el fútbol europeo siempre me pareció cercana a la tilinguería. La misma que se puede rastrear cuando un superclásico termina en escándalo y el principal problema es lo que van a decir de “nosotros” en el exterior. O cuando los Capos de la FIFA andan flojos de papeles y la noticia se transmite en cadena nacional y con ese impostado tono de tragedia, como si el chanchullo de Blatter y Cía. fuese a afectar seriamente el funcionamiento de los hospitales y las escuelas del país.

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No es que no me atraigan los colores de la camiseta del Arsenal, el césped sintético del Nou Camp o la imperturbabilidad de los hinchas del Bayern. Es que básicamente todo eso me chupa un huevo. Puedo disfrutar con un golazo o un buen partido de la liga X de Europa, incluso con el partido de hoy, pero ninguna de esas cosas me puede llegar a conmover. Y es muy probable que uno haya sido el equivocado al idealizar un  supuesto mundo en el que lo que realmente importaba era lo que nos conmovía, no lo que era “bueno” o “espectacular”.        

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Pero hay algo que me llama la atención de los indignados del fútbol político, atentos a los pasillos de la Conmebol y al móvil desde Zurich, y es que no ven una conexión entre la FIFA y lo que más les gusta, es decir, el fútbol, con el Mundial por un lado, y el partido “que hay que ver”, Barcelona vs. Juventus, por el otro.

Si hay algo que representa a la FIFA como país imaginario es un partido como el de hoy. Barcelona vs. Juventus sería el superclásico del país FIFA. El que quiera creer que la Juve, por enfrentarse al Barcelona y tener en su plantel un Tevez y un tucumano, es un equipo humilde está mirando otro canal. Por si alguien no se acuerda hace menos de diez años la Juve fue descendida por casos de corrupción no muy distintos a los que hoy agobian a los amigos de Grondona.

¿Y qué podemos decir del Barcelona? Es algo así como la Nueva Roma del fútbol. La existencia de Cristiano Ronaldo y su antagonismo con Messi convirtió al Real Madrid en un club antipático. Muchas veces en los últimos años se lo criticó por basar su poderío futbolístico en su incalculable fortuna. Así cualquiera. Y estoy de acuerdo. Ahora bien ¿qué se puede decir de un equipo que cuenta con Messi, Neymar y Suárez? ¿Representaría algo así como el espíritu amateur en el fútbol? ¿Traducidos al fútbol argentino serían Deportivo Riestra? ¿Esa es la última esperanza del fútbol? ¿Una multinacional catalana que puede contar con el mejor argentino, el mejor uruguayo y el mejor brasileño mientras las ligas de los países de esos mismos cracks no tienen un solo tipo que exprese futbolísticamente el diez por ciento de ellos?

Y ahora mejor dejo de escribir: está por empezar el partido.


domingo, 31 de mayo de 2015

Aimar es Aimar


Hoy fui a comer a la casa de un amigo hincha de Boca. Durante el almuerzo y la sobremesa intercambiamos las típicas escaramuzas que se dan entre amigos de clubes diferentes en un momento tan crítico del universo Superclásico. Creo que estamos en un país en el que es más importante hablar de fútbol que mirarlo. A mí particularmente me encanta hablar de fútbol. Soy capaz de arruinar reuniones concurridas recordando que Maisterra jugaba en Platense y Ramón Díaz y la Copa Interamericana y algo que ya me olvidé pero era lo importante de esa historia. Mi mente es una serie de archivos con partidos, jugadores, goles, canchas. La cuestión es que antes de despedirme le recordé que hoy River jugaba a las seis y media y que tal vez ingresara Aimar. La respuesta fue tan positiva que sentí que le había dado una buena noticia. Creo que ningún otro jugador de River (y menos de este River) puede provocar actualmente un sentimiento parecido en un hincha de Boca.

Riquelme, Aimar y Cambiasso de alguna manera podrían protagonizar una película noventosa sobre tres hermanos en busca de su destino. Son jugadores que, a pesar de sus diferencias, pertenecen a Pekermanlandia y evocan el mismo campo semántico: técnica, lirismo, psicodelia, Color Humano. Riquelme fue el más genial y el más bardero. Cambiasso fue el que mejores logros obtuvo. Aimar quedó a mitad de camino. Acosado por las lesiones, que le provocaron periodos de inactividad demasiado extensos, Aimar fue perdiendo terreno y descansó del ojo mediático en la liga portuguesa, jugando para el Benfica, con algunos momentos brillantes. Entre el éxito en el Valencia y el Bénfica llegó a descender con el Zaragoza.

En Alemania 2006 Pekerman lo eligió para sobrevivir al alargue contra los mexicanos. Intercambió algunas paredes con Messi, que lo reconoció como su ídolo. Aimar es a Messi lo que Federico Moura a Cerati. ¿Aimar es el eslabón perdido entre Maradona y Messi? Puede ser. Por qué no.   

Fuera del terreno de juego lo que atrae de Aimar es su sensatez. Su particular modo de elegir las palabras y conformar un discurso sólido, absolutamente consciente de su lugar, no en el fútbol, sino en el mundo. La mente de Aimar, aunque sea lo que traduce su voz en entrevistas, me parece algo tan sofisticado como su juego. No hablamos de Barthes, claro, tampoco quisiéramos, pero Aimar sabe de lo que habla y el resto no. Y no es la famosa tilinguería de “estuvieron en Europa y fueron reeducados por el Viejo Continente”, es que al tipo se le nota que es un ser humano.


Después del partido del jueves, en el que River jugó algo así como su mejor partido en la historia reciente de Copas Libertadores, el regreso de Aimar redondeó una noche en la que el equipo pasó dificultades para ganarle a Central. Igual el partido me importó poco teniendo en cuenta que volvía Aimar. Creo que Vignolo y Fabri no le prestaron realmente atención a las cosas que hizo Aimar. Sí se enteraron que Gallardo le dio un beso y que un juez de línea le dio un beso: la energía que rodeaba el regreso perdía de vista el partido. En las menos de diez pelotas que tocó Aimar expresó un domino técnico sublime. Todo lo que hizo fue de una sabiduría tremenda, con un don intacto para el repentismo, como si con muy poco le alcanzara para hacer la diferencia. Lo mismo que se percibía de Riquelme en Argentinos Juniors. Aimar es uno de esos jugadores que nos enorgullece haber defendido. No es que sea Messi ni Tevez, pero como dirían en el barrio: Aimar es Aimar.    

martes, 26 de mayo de 2015

Nos sabíamos las letras de todas las canciones aunque no nos gustaran


Me compré el primer disco de Molotov gracias a una súper oferta de Musimundo. Lo vendían en formato casete a catorce pesos junto a Maderita de Los Visitantes y Una pila de vida de Turf. En esa época escuchábamos discos enteros y nos sabíamos las letras de todas las canciones aunque no nos gustaran.  

A la distancia recuerdo el primer disco de Molotov como todo lo que quiere un niño de catorce años y aún no sabe cómo explicarlo. En el Industrial a todos nos gustaba Molotov y comentábamos diariamente sus canciones sobre putos, perras arrabaleras, personas llamadas Tete que aparentemente merecían la muerte y personas llamadas Jacobo que no debían convertirnos en bobos. Se trataba de un rock musculoso, mezclado con rap tercermundista de denuncia social, una traducción caótica y al spanglish de Rage Againts the Machine y los Chili Peppers menos sensibles. Y después estaban los músicos de Molotov, que estéticamente funcionaban como su música: unos tipos deliberadamente desagradables, con aspecto de haber fumado marihuana en una habitación sin puertas ni ventanas durante los últimos quince años. Y uno era yanqui.

El disco se llamaba ¿Dónde jugarán las niñas? y hacía alusión al título de uno de Maná: ¿Dónde jugarán los niños? Con el detalle del cambio de género Molotov convertía el cuidado por la ecología en una provocación sexual incorrecta. La fotografía del arte de tapa mostraba las piernas de una muchacha que, llevando el uniforme escolar, tenía la bombacha a la altura de las rodillas. El contenido discursivo de las canciones, impulsado por sus envolventes estructuras rítmicas, cuestionaba todo tipo de poder (de la clase política a los medios hegemónicos) pero también caía en los vicios del machismo y la homofobia. Casi podría decir que por eso mismo nos gustaba.


¿Dónde jugarán las niñas? es un disco histórico y genial pero, como muchas otras obras cumbres del rock, sólo puede ser entendido desde la agitación cavernícola de la adolescencia y en una época determinada. Actúa como Vida, de Sui Generis, pero desde el lado oscuro de la fuerza. Recién Molotov cerró los festejos por la Revolución de Mayo. Cuando tocaron “Puto” sentí algo muy similar a la madurez. 

viernes, 22 de mayo de 2015

River/Cruzeiro. Ida



El amargo 0-1 ante Cruzeiro actualiza el estado futbolístico de River después del fiasco de la trilogía. La verdad es que River es un equipo en transición desde fines del año pasado (cuando ganó la Sudamericana ya lo era). Pero si hasta hace poco todavía hacía muchos goles y generaba circuitos de juego (esporádicos pero existentes al fin) ahora llegar al arco contrario constituye una proeza.

Después de la goleada aplastante contra Banfield (un espejismo a esta altura) River jugó seis partidos de los que perdió tres, empató dos (uno por la mitad) y ganó uno. La sequedad ofensiva es tan alarmante que en esos seis partidos pudo marcar sólo un gol y de penal. Ante la ausencia de juego River se acostumbró a imponerse a la fuerza, con iguales cuotas de fortaleza de espíritu y brusquedad. La forma incómoda en que se definió la serie ante Boca parece haber vaciado al equipo incluso de esa energía alternativa que le permitió sobreponerse a situaciones similares. No hubo envión anímico ni revitalización de algún tipo después del fallo de la Conmebol. La eliminación “de escritorio” sufrida por Boca supone un atisbo de justicia poética luego de su polémico ingreso a la Copa; podríamos suponer que el pase a cuartos de River, por las mismas vías, hoy parece condenarlo de antemano. No sólo el equipo se mostró apagado sino también el hincha, como se encargó de remarcar Niembro durante toda la transmisión, casi con el detallismo con que James Ballard describía accidentes de coches en Crash. River eliminó a Boca en la cancha, pero lo hizo consciente de sus limitaciones, concentrándose más en neutralizar al rival que en proponer juego.

Desde el principio Cruzeiro ubicó a sus centrales muy cerca de la mitad de la cancha y dificultó la salida de River encarnando así una nueva venganza del pressing. Desde su formación el equipo de Gallardo se asumió como un equipo vertical sin pretensiones de poseer el balón: Mora y Teo arriba y Vangioni y Mamanna (de excelente partido pese a la falla en el gol) sumándose a los avances de Sánchez y Martínez. Para que ese planteo funcione debe haber una efectividad y una resolución en velocidad que River está cada vez más lejos de tener. Por algo se pasó la primera fase de milagro y contra Boca fue de punto. Antes Sánchez otorgaba despliegue y gol. Ahora se dedica a embarullar las jugadas, atascado en una posición intermedia que no le sirve ni a él ni al equipo. Rojas, el corazón secreto del mediocampo, el eslabón perdido entre la sobriedad de Ramón y la explosión de Gallardo, está en el banco pronto a tomarse el palo al Santos de Brasil. Es cierto que River tuvo algunas chances de gol pero más bien de atropellada, sin ninguna clase de claridad.

Si el primer tiempo aunque sea contó con algunos destellos que, con mucho optimismo, permitían la esperanza, el segundo fue la confirmación de los peores presagios. El partido se empantanó y la posibilidad de un gol a favor se fue alejando cada vez más. De hecho lo más parecido a un gol fue una pelota que Vangioni sacó en la línea.

Gallardo reaccionó e hizo algunos cambios que no cambiaron el panorama en absoluto. El reemplazo de Pisculichi por Martínez, sin querer queriendo, dice mucho de lo que es hoy River. Martínez le había ganado el puesto a Pisculichi porque su desparpajo le otorgaba un poco de aquella “frescura” perdida al equipo; pero desde que es titular sus actuaciones fueron involucionando tanto que ahora da la impresión de que Pisculichi debe volver a ser titular aunque todavía no recuperó ni el diez por ciento de su nivel. Cavenaghi (por Mora) y Mayada (por Ponzio) tampoco dieron vuelta la tortilla. Cruzeiro, que parece estar a años luz de los equipos brasileros que habitualmente nos aterrorizaban, aprovechó el cuelgue de River y hasta pudo ganar por dos goles.


La vuelta en Brasil se percibe complicada. Un pase a semifinales, a jugarse a fines de julio, pertenecería a otra dimensión. Ganar por dos goles para un equipo con semejante imposibilidad ofensiva sería una hazaña. O sea: es un partido que arrancamos a jugar desde la perspectiva de Los Pumas. Y Los Pumas casi siempre pierden. Debe existir un progreso muy marcado para que eso ocurra. Mientras tanto, las secuelas de la trilogía inconclusa sólo estimularon el fanatismo bobo de las dos parcialidades. ¿Será el básquet tan apasionante como dicen?  

domingo, 17 de mayo de 2015

Los muchachos de antes no usaban arsénico


Los famosos acontecimientos ocurridos en la Bombonera el pasado jueves, interpretados casi por todos, incluyéndome, como tragedia social y cívica de una Nación en bancarrota existencial de aquí a la eternidad, ya se fue, por decirlo de un modo sofisticado y como no podía ser de otra forma, al carajo. Tal vez desde el mismo momento en que lo interpretamos como tragedia social y cívica de una Nación en bancarrota existencial, etc.

Por redes sociales y medios de la web comenzaron a circular fotografías históricas de jugadores de Boca y River abrazados en plena cancha acompañadas por leyendas del tipo “Antes el fútbol era así, amor y paz, y ahora mirá en lo que nos convertimos, Cacho”. Ok, Cacho asiente y mira por el gran ventanal de una pizzería en la calle Corrientes. Con ustedes la secreta ideología del costumbrismo, con sus dosis exactas de melancolía y resignación, apoderándose de nuestra subjetividad, viendo un locus amoenus donde sólo había mierda o algo muy parecido.   

Las imágenes tienen, casi por protagonista absoluto, a Riquelme. Riquelme y Aimar abrazándose. Riquelme y Aimar riéndose. Riquelme festejándole el gol en la cara a Ramón Díaz en la Bombonera. Debo haberme equivocado porque creo que hasta hace muy poco Riquelme era apenas un gran jugador con serios problemas de comportamiento y el vestuario de Boca se había visto notablemente confortado con su ausencia.

Las relaciones entre emblemas de River y Boca se debieron a amistades muy puntuales. Casi siempre de jugadores que, más allá de los colores, se sentían cómplices en su manera de jugar al fútbol: Maradona y Francescoli, Riquelme y Aimar. Ramón Díaz tiene la extraña habilidad de llevarse bien con dos archienemigos: Riquelme y Macri. Realmente daba gusto, aun cuando se lo sufría, ver que Riquelme le podía festejar un gol a Ramón Díaz en la cara y Ramón Díaz podía entender la broma y reírse también. Sí, era genial, pero era un archipiélago muy alejado del Continente del fútbol. Como un flash de lo que debería ser y no es. Más que Riquelme y Aimar el Superclásico era Giunta y Hernán Díaz.


Antes, en fin, no pasaba nada mucho mejor de lo que sucede ahora. El fútbol nunca fue un espectáculo ecuménico, donde los habitantes de todo el mundo, sin distinciones, se unían en una comunión sagrada. Quien diga lo contrario perdió la memoria o no le prestó atención al fútbol jamás. En los 90, por ejemplo, un hincha de Boca podía festejar la muerte de dos de River frente a las cámaras sin ninguna clase de remordimiento. También los hinchas de River ejercían la xenofobia sin que absolutamente nadie pusiera en tela de juicio las resonancias culturales de tales prácticas. Los vínculos entre política, dirigencia y barras eran los mismos de ahora. En todo caso antes no existían las herramientas de comunicación para expresar durante 24 horas todo lo que se nos ocurre sobre fútbol. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio III


El mensaje omnipresente que sugirió el hincha de Boca durante la semana, aunque sea en foros del Club y redes sociales (replicando de esta manera su famoso “sentir”) es que si el partido no se ganaba, se iba a armar quilombo. Se trata de una amenaza institucionalizada en el universo del fútbol: si los jugadores no se pueden hacer cargo existe una ley implícita que le otorgaría a los hinchas (el jugador número 12) la potestad para intervenir en el partido. Es uno de los hits del “folclore del fútbol", tal vez el principal, el que más tiempo estuvo arriba en los charts: la creencia de que el fútbol no es tanto el enfrentamiento entre dos equipos que juegan a ese deporte, sino el enfrentamiento entre dos hinchadas. Ayer los hinchas de Boca (los diez o los diez mil, no importa cuántos fueron) se convirtieron en lo que siempre fingieron ser. Era mejor cuando lo fingían, ¿no?  

El hincha de Boca, históricamente, hizo un culto de su hinchada. El año pasado, poco después de perder las semifinales contra River, se enorgulleció de llenar la cancha para festejar, qué duda cabe, el día del hincha. El mensaje era obvio: al hincha de Boca no le importa perder un partido de fútbol, ni siquiera contra River, lo más importante, pase lo que pase, es la hinchada, que siempre alienta y aterroriza a los jugadores del equipo rival, especialmente a los de River, aunque ayer dio la sensación de que ocurrió todo lo contrario. De tanto alimentar al monstruo, el monstruo se los terminó morfando. El estruendoso recibimiento de la 12 pareció perjudicar más a Boca, cuyos jugadores tenían cien kilos de lastre en cada pierna.  

De la misma manera que no sabemos qué hubiese pasado si el partido hubiera seguido, tampoco sabemos si el incidente de la manga se hubiera llevado a cabo con un gol a favor de Boca o, por lo menos, un claro dominio del local al término del primer tiempo. Algunos hinchas de Boca (por lo menos son minoría) echaron a correr la versión de que en realidad intentaron tirar una bengala adentro de la manga y que los policías recurrieron al gas pimienta para reprimirlos. De haber sido así, la historia no cambia nada: ¿acaso tirar bengalas en mangas por donde se trasladan los jugadores del equipo contrario es relativamente mejor que tirar gas pimienta? Las conspiraciones y los manejos turbios son muy atractivos para explicar aquello que nos molesta, pero llegado el caso Yabrán está muerto y, por ahora, Nisman no fue asesinado.  

Veamos: no hay una puta virtud en alentar a un equipo, esa es la estupidez que inventamos para sentir que somos partes de algo que no nos pertenece (de otra forma estaríamos adentro de la cancha); virtud sí hay en los pies de Riquelme y Aimar, por ejemplo. También había virtud en los pies de Francescoli y Maradona. Incluso había virtud en los pies de Manteca Martínez y el Mencho Medina Bello. El problema obviamente no es de Boca, pero no deja de ser paradójico que el Club que siempre hizo hincapié en su fabulosa hinchada sea el que termina pagando las peores consecuencias por ese culto excesivo. Y que justo ocurra cuando a todas luces entre River y Boca había un simbólico intercambio de imaginarios en sus respectivos estilos. Boca, después del hito Riquelme y una década de éxitos deportivos, pareció inclinarse hacia un fútbol más vistoso, con hinchas educados que no insultaban a sus jugadores y equipos con una clara intención ofensiva. River, después del descenso, pareció resignarse a perder sus banderas, con una hinchada que hacía alarde de estar primera en recaudaciones y pedía huevos antes que fútbol. De hecho el antecedente más similar de lo ocurrido ayer sucedió cuando hinchas de River ingresaron a la cancha para pegarles a sus jugadores por estar a punto de descender en instancias de Promoción (cuando ni siquiera se había terminado de jugar el primer partido contra Belgrano).

Del partido en sí se pueden decir muy pocas cosas. El planteo táctico de River fue bastante acertado aunque cada vez le cuesta más progresar en ofensiva. Si a River las cosas le salieron bien principalmente fue porque a Boca todo le salió mal. Desde la tarjeta amarilla automática a Osvaldo hasta la reclusión de Gago entre los dos laterales. Visiblemente afectados por el malhumor del hincha ante la falta de respuestas anímicas del partido de ida, Boca salió a responder a los golpes del jueves pasado pero se olvidó de jugar. El clima del partido era, por instantes, sórdido. En una jugada Pablo Pérez retrocedió unos metros para clarificar la salida y, como pocas veces en los últimos años, La Bombonera se le vino encima. River se fue al descanso conforme con lo hecho pero con la certeza de no haber aprovechado del todo el desconcierto de Boca (de hecho llama la atención lo mal que encaró Boca, tanto futbolística como psicológicamente, esta serie de partidos). El resto es historia.     

Durante mucho tiempo el fútbol sostuvo nuestra vida. Las miserias públicas e íntimas fueron compactadas y comenzaron a aflorar intensamente en cada partido decisivo. Como si el fútbol fuera el conducto fluvial por donde se va toda la mierda de nuestro espíritu. Ahora el fútbol quedó demasiado lejos de lo que proyectamos que es. Como si el significante estuviera en Tierra del Fuego y el significado en La Quiaca. Ir a la cancha es asistir a las inmediaciones de una tragedia: policías con caballos, hinchas reventados que te apuran por unas monedas, corridas, humo. Haber naturalizado esa situación es parte del problema. Sin embargo hay otras cuestiones un poco más incómodas que se relacionan con la subjetividad de los que nos reconocemos aficionados o hinchas de tal o cual equipo. ¿Cultura y poder son esta porno bajón? ¿Puede ser que la culpa sólo sea de aquellos encargados de la seguridad y aquellos encargados de eludirla? ¿Hasta qué punto nuestra devoción desmedida hacia ese deporte no alimenta la violencia? ¿Hasta qué punto toda la “intensidad” discursiva que utilizamos para debatir, en broma o no, con el hincha del equipo rival no estalla en el gas pimienta de ayer o los destrozos en la cancha de River el día del descenso? ¿Hasta qué punto si fuese Gago el de los ojos irritados y las manchas en la espalda yo no hubiese justificado el ataque porque simplemente me parece el tipo más irritante de la historia del fútbol mundial? Algo me hace ruido en la proliferación de palabras del tipo “vergüenza” referidas a un espectáculo del que todos (los que miramos fútbol) somos en alguna medida responsables. Es como si las grandes palabras ocultaran que, más allá de Di Zeo, Angelici, D’Onofrio y los Borrachos del Tablón, hay algo realmente malo en cada uno de nosotros que nos impide disfrutar de una de las cosas que, aparentemente, más nos gustan. No nos merecemos el fútbol. 

jueves, 14 de mayo de 2015

Contra Boca tiene que jugar Alexis Sánchez


Si tuviese la oportunidad de hacer regresar a un ex River para jugar el partido contra Boca elegiría a Alexis Sánchez. Creo que con un jugador como Alexis en el equipo el partido resultaría un poco menos complicado. Quiero decir: Alexis Sánchez es uno de esos jugadores que pueden gambetearte a siete del equipo rival sin haberla tocado en todo el partido.  Aunque sea siempre daba la sensación de que iba a hacer eso. Si el funcionamiento de Alexis Sánchez se limitara a sus arranques, creo que estaríamos ante el más grande jugador de la historia. En River ya no quedan de esos dementes. Pero hay de los otros. Tipos como Vangioni o Funes Mori, que son como esos asesinos profesionales de Tarantino, que no sólo van a matarte, sino que van a disfrutar mientras lo hacen. ¿Cómo les van a sacar una tarjeta roja? Sería discriminación. Estos tipos son víctimas de la sociedad.

Sabemos que el binomio Astrada-Hernán Díaz jamás llegará a la galería de los ídolos, son como la clase baja del chupetómetro riverplatense. Tal vez ganando una Libertadores cómo técnico, pero eso fue en el 2004. Incluso también en el 2005 (River llegaba a semifinales de Libertadores y se consideraba fracaso). Sin embargo allí están como antiguos guerreros pintados en óleos precolombinos mostrando el camino a los más pequeños sobre la forma en que se tiene que agitar el puño contra esos muchachos. Se ganaron el lugar (en la escalera el último escalón) porque, por más que perdieron más de lo que ganaron, contra Boca demostraron cierta actitud acorde con lo que deseaba el hincha (que siempre quiere más, cual femme fatale casada con Franz Kafka). La fibra de Passarella. De los de antes (en la historia reciente) sólo estos dos pegaban como los de Boca. Por supuesto que había más jugadores de River que pegaban pero me refiero a la proyección imaginaria e inmediata que tenemos los hinchas de River para el estereotipo del jugador aguerrido de grandes huevos y mirada tosca y vacía.

La mirada tosca y vacía del binomio Astrada-Hernán Díaz era verdaderamente perfecta. Era algo grave, dramático, le otorgaba a los partidos una inyección de épica instantánea. No sé si en River hay jugadores con esa mirada, más bien asoma la sonrisa macabra de Funes Mori, un asesino serial, de los excéntricos que empezaron a poblar el cine yanqui en los 90. Maidana tal vez sea el de la mirada más tosca y más vacía. Esa sensación temible en la calle: vas caminando y te cruzaste con el tipo equivocado. El binomio también contaba con una característica negativa que los años convirtieron en tradición: la posibilidad, muy cierta, de que los expulsen muy seguido y en los peores momentos posibles.

El binomio Astrada-Hernán Díaz podría ser, tal vez, uno de los nombres más pedidos por los hinchas en una hipotética encuesta que responda a una pregunta absurda: “Si tuvieses la oportunidad de hacer regresar a un ex River (de todas las épocas) para jugar el partido contra Boca ¿a quién elegís?”.  


Creo que los últimos minutos que jugó Astrada con la camiseta de River coincidieron con el secuestro de su padre. Hernán Díaz jugó en el partido homenaje a Ortega. Erró un gol solo frente al arco y los jugadores lo cubrieron con carteles de publicidad.