martes, 30 de enero de 2018

Green eyes


Compré Deshoras a ocho pesos en una librería que ya no existe y quedaba justo en el medio de la galería San Martín.

La galería San Martin, ustedes saben: tatuajes, una casa de pulóveres con un cuadro gigante de Los Beatles época Abbey Road, un local de comics llamado Rayos y Centellas por el que siempre lamenté que no me interesen los comics, una disquería sofisticada que tampoco existe más cuya vidriera tenía cds de Captain Beefheart que nunca pude comprar y que de todas formas no hubiese entendido, un local que cambia pero siempre es para las chicas indies de la ciudad, de esos con ropa violeta, negra e impactantes culottes que por lo menos a principios de este siglo decían cosas como “Putita”, casas con buzos con capucha para ex compañeros de secundaria, una calle despejada, donde ya no queda nada, donde volverá sólo la lluvia, pero eso no es la Galería San Martín, eso es la letra de una canción en la que Spinetta da a luz a su padre por primera vez.

El local de la librería era muy luminoso. A veces afuera ubicaban mesitas con pilas de libros. Predominaba literatura argentina de la década del 60 y el 70. Tal vez lo idealizo. Seguro lo idealizo pero para mí, ahora mismo, mientras escribo, tenían toda la colección de Jorge Álvarez.

Compré Deshoras en el verano del 2003, cuando tuve mi segundo o tercer trabajo de temporada. Me pagaban ciento cincuenta pesos por semana y los gastaba en libros, cds y un trago denominado Séptimo Regimiento, el hidromiel para los jóvenes losers de clase trabajadora argentina de todas las épocas, cuyo único sentido era tomarlo de un saque y quedar completamente intoxicado. 

Además de Deshoras ese verano me compré A Rush of Blood To the Head, de Coldplay. Así que la lectura de Deshoras para mí está asociada a Coldplay, que en ese momento era la banda del momento, la banda de la que los críticos de rock hablaban bien aunque hoy nadie lo confiese y que de alguna manera significaba un antídoto cancionero para quienes no estábamos muy entusiasmados con el rumbo excesivamente avant garde que había tomado Radiohead. 

El tema que más me gustaba del disco de Coldplay no fue alguno de los muchos hits sino “Green eyes”, un tema religioso pero no religioso como deben ser los temas de rock, es decir, místicos, esotéricos, espirituales, eróticos, sino un tema que se podría cantar en una iglesia sin ninguna clase de problemas. Es similar a "Songbird", de Oasis, ese del video en que aparecía Liam cantando en un gran parque, otro tema simple e inolvidable.  

¿Pero por qué estoy escribiendo sobre Deshoras y qué tiene que ver Coldplay? Porque llegué a un punto de conflicto con un texto, no se me ocurría cómo seguirlo y para distraerme releí un par de cuentos de Deshoras que me llevaron directamente a todo eso que acabo de contar. Después de varios libros de cuentos que no están a la altura Deshoras es un buen adiós. Cortázar repunta antes de morir. En cuanto a la galería San Martín: podría hacer este tipo de mierdas autorreferenciales sobre todos los libros que tengo. Los libros dicen muchas cosas. A veces encuentro boletos de colectivo, calendarios del 2008 con osos cursis que dicen “Te amo”, hojas secas, una vaquita de San Antonio petrificada, tickets de estaciones de servicio, papelitos con anotaciones propias o ajenas, dedicatorias, recortes de diarios, números de teléfono.

Deshoras le rompí el lomo y varias fajas de hojas están desprendidas. Lo destrocé. Desconfío de la gente que trata con mucho cuidado a sus libros. La gente que trata con mucho cuidado a sus libros, decía mi abuelo, trata con poco cuidado a las personas. Mentira, lo digo yo, se me acaba de ocurrir.  

Tampoco es que no cuido los libros, no soy de los desprendidos cool que hacen una apología de regalar sus libros, porque no les importan, porque están más allá de todo. Ni ahí. A excepción de amigos ni siquiera los presto, no soy de esos que recién te conocen y te prestan un libro. También desconfío de estas personas: son personas que quieren que les debas algo. También hay formas sutiles y perfectas a través de las que uno puede prestar un libro, me refiero a cuando en vez de prestarlo, te lo encajan. Lo que significa: tomá este libro, tomá mis frustraciones, tomá mi vacío existencial, tomá la Nada, tomá la Muerte. Tal vez esté exagerando.   
  
La cuestión es que leía “Segundo viaje”, uno de los cuentos de Deshoras, sobre un boxeador malísimo que de repente es poseído por una entidad inexplicable y empieza a ganar peleas y nadie entiende nada. Siempre que leo, en algún momento de la lectura y esto me pasa desde que tengo ocho años, me pregunto: ¿habrá alguien en el mundo en este mismo instante que esté leyendo lo mismo que yo? No me refiero al mismo libro, ni siquiera al mismo cuento o al mismo poema o al mismo ensayo, sino a las mismas oraciones, las mismas palabras, las mismas letras. Ayer tuve la certeza de que era la única persona en todo el mundo que estaba leyendo Deshoras.     

martes, 16 de enero de 2018

En diagonal


No sé antes, pero en los 90 El Gráfico salía los martes. A Mar del Plata tal vez llegaba los miércoles. Salía tres con noventa o cuatro con cincuenta. Mi viejo no la compraba todas las semanas pero cada tanto la traía y la sacaba de adentro de su campera como un mago que saca una paloma del sombrero o de dónde sea que los magos sacan palomas. Lo hacía para mí, porque yo tenía siete u ocho años y en vez de jugar al fútbol, leía sobre fútbol, lo que explica las mejores y las peores cosas de mi vida.  

Lo que más me gustaba de El Gráfico era la fragancia que despedían sus páginas. El olor, bah. El olor a tinta de los diarios y las revistas es algo que las nuevas generaciones no van a conocer. En la era digital esto suena a nostalgia berreta pero la verdad es que ese olor era casi una droga.

En ese tiempo El Gráfico era totalmente oficialista. Cada tanto aparecían notas a Menem. Menem gritando goles de River. Menem jugando al básquet. Menem con Passarella. Y recuerdo una encuesta entre jugadores antes de la reelección del 95 en la que, por supuesto, ganaba Menem.

Otra cosa que recuerdo es las reseñas de los partidos. Todas juntas, uno al lado del otro, en dos páginas sucesivas. Reseñaban partidos como si fueran discos de rock. Un Mandiyú vs. Platense como si fuera Alta Suciedad. Los calificativos eran algo así como “Mediocre”, “Discreto”, “Muy bueno”, “Excelente”. Debo decir que en ese momento si me hubiesen preguntado qué querés ser cuando seas grande no hubiese dicho astronauta o jugador de fútbol sino “Reseñador de partidos de fútbol de El Gráfico”.     

Después no sé qué pasó con El Gráfico, empezó a salir en forma mensual, cambió el logo y la textura del papel, pero en su momento era obligatorio comprárselo cuando River ganaba un campeonato o cuando a Maradona le pasaba algo conflictivo o la Selección perdía cinco a cero con Colombia. Tal vez ya a fines de los 90, con los canales de cable, ni siquiera Internet, el concepto de El Gráfico era algo antiguo. Creo que lo mató Olé, que cuando salió costaba cuarenta centavos y los sábados venía con la revista Mística, que traía notas desacartonadas a Ángel Cappa y posters de chicas que indefectiblemente estaban en tanga.

Siempre me quedó esa fascinación un poco idiota por El Gráfico pero no sé adónde habrán ido a parar los que coleccioné en los 90, deben estar en la casa de mis viejos, con las Conozca Más y Muy Interesante que me pasaba un tío. Repito que todo esto parece demasiado nostálgico y tal vez lo sea. Incluso alguna vez fui al Parque Rivadavia y me compré El Gráfico de la chilena de Enzo.

La cuestión es que en ese Gráfico de los 90 escribía un tipo que firmaba como Juvenal. Al lado de las notas había una fotito del periodista y evidentemente Juvenal era el más viejo y sabio de todos. Así que yo siempre buscaba las notas de Juvenal aunque no entendía el ochenta por ciento de lo que decía. El tipo escribía notas de autor, que no se vinculaban necesariamente con lo que estaba pasando en el momento. En esta nota en particular hablaba de Di Stéfano, creo que Juvenal siempre escribía sobre Di Stéfano aunque no estoy muy seguro. Decía que la lección de Di Stéfano era que para jugar al fútbol había que correr en diagonal, como los árbitros. No sé tampoco muy bien qué significaba eso de ir en diagonal, supongo que es como cortar camino, como cuando convertimos cuatro cuadras en dos cruzando por el medio de una plaza, como cuando salimos de un pozo por el lado menos pensado, pero yo interpreté la idea en forma existencial, y tal vez ése era el sentido de la nota, que en la vida hay que ir en diagonal.


Cuando una charla se pone un poco filosófica yo suelo decir esto y todos se quedan callados. Cada uno la entiende como quiere. Eso es lo bueno de la frase. Hagan la prueba y díganlo: “En la vida hay que ir en diagonal”. Sayonara.  

miércoles, 27 de diciembre de 2017

2017


Enero 


Lo más interesante de Barton Fink es que, casi sin querer (porque la historia termina convirtiéndose en un thriller lisérgico), aborda todas las pequeñas y estúpidas épicas del escritor en formación: el miedo a venderse a una corporación que no lo representa en absoluto; el miedo a venderse a una estética que no lo representa en absoluto; la relación tensa con la industria; la relación tensa con los colegas de su generación; la relación tensa con los colegas de otras generaciones; la relación tensa o inexistente con la crítica; el vínculo desigual e incómodo con el hombre común (es decir, todos aquellos que no son escritores y que Barton, en apariencia, supo representar en sus obras neoyorquinas); la habitación de Hotel como espacio idealizado donde sucede la ceremonia secreta del artista; el pánico ante la inminencia del bloqueo creativo; la lucha contra el bloqueo creativo ya desatado; el pánico a no estar a la altura de un nuevo proyecto; la disyuntiva entre seguir una fórmula y seguir el instinto; la necesaria y forzada convivencia (por momentos connivencia) con mediadores que deforman y cauterizan el texto; la oposición vida/literatura; la sensación de irrealidad, no exenta de paranoias y delirios persecutorios, que rodea a todo aquel que escribe (trabajar con materiales abstractos, es decir, inexistentes, es decir, que no se pueden tocar, genera una atmósfera extraña); la posibilidad o realidad de ser un fraude; el penoso vínculo con el dinero; el amor (sublimado en la figura de la mujer, la del cuadro o la de otro tipo) como única salvación de un mundo opresivo y monótono que el propio escritor se ha encargado de construir; el penoso vínculo con el mundo.   


En cuanto a sus canciones canónicas (“Cosmik Debris”, “I'm the Slim”, “Don't eat the yellow snok/Nanook rubs it”, “Camarillo Brillo”; bueno, las del compilado de Rosso) están de uno y a otro lado del filo del millón de reproducciones, lo que revela por qué la mayor parte de los fans de Zappa son pelados o se están por morir o son Pettinato. No sería raro que si cada vez nos cuesta más leer el Ulises de Joyce o Guerra y Paz de Tolstoi (dijo el mosquito), a las nuevas generaciones les cueste cada vez más escuchar un disco entero de Frank Zappa. De ese nivel de dificultad hablamos. Bueno, tal vez esté exagerando: Joyce no era tan ambicioso como Zappa.


-Entonces empecé a escuchar a Carole King, a ver videos. Es la de "Jazzman".
-¿El tema que canta Lisa cuando muere o se está por morir o conoce a Encías Sangrantes?
-Exactamente el que cantan cuando se encuentran en el Hospital y al final del capítulo cuando muere y aparece en la nube.
-Yo me confundía con "Baker Street".
-Sí, ese parece un solo de saxo de un tema de Los Redondos. La cosa es que me fui yendo hacia Joni Mitchell, Dusty Springfield y caí en Janis Joplin. ¿A vos te gusta Janis Joplin?
-Nunca la escuché con detenimiento pero no hace ni falta.
-¿Eso es a favor?
-Si, no de su música, en tanto organismo vivo que necesita que lo escuchen para retroalimentarse aunque tengo entendido que la música no es un organismo que necesita retroalimentarse, sino a ella como personalidad de la cultura rock. Es una de las Jesucristo del rock and roll.
-Ella, Jimi Hendrix y Jim Morrison.
-Igual el Jesucristo del rock, del rock como cultura, es Lennon.
-Es el único hippie con consenso. Charly debería ser así.
-No es así porque está vivo. Si Charly se hubiese muerto en el 96 este país hoy se llamaría "Anhedonia".

Febrero 


Con respecto a la melodía y a la letra no son pocos los que han comentado que al minuto de escuchar “La máquina de ser feliz” ya estaban tarareando o silbando el tema. Y eso siempre es bueno si se trata de García. Se trata de una versión muy libre de “Miracle of love” de Eurythmics. Más que de un cover se puede tratar de una canción inspirada en otra (su cadencia, su delicadeza, la sensación de cámara lenta). “Hay tanta gente sola/ Hoy tanta gente llora” son versos simples, es cierto, pero no deberían escandalizar a quienes escucharon “Nace una flor, todos los días sale el sol” o “De tanto darte amor te hice feliz”. Dejen que García se exprese y probablemente con el tiempo se sientan expresados a través de él. 


Una cosa más: me encanta cuando llueve en las canciones de Spinetta.


Eso de que "la vida sigue" es verdad pero a veces estoy fumando y mientras miro por la ventana cómo los turistas intentan escapar de la lluvia me acuerdo del revólver. No podría explicar exactamente la sensación pero es parecido a ser una piedra en el mar o un cartel de Stop en una ruta vacía. Supongo que desde cierto punto de vista guardar un secreto durante tantos años es emocionante y siniestro a la vez.  


Lo que encontré es un libro estilo ladrillo con sus cuatro novelas: El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas y El amor brujo. El prólogo lo escribe David Viñas. Por supuesto lo primero que hace es relacionar a Arlt con Sarmiento. Si David Viñas viviera estaría escribiendo un libro llamado De Sarmiento a Macri. (Casualmente Los siete locos también se llama el programa en el que Viñas realiza un monólogo de una brillantez extrema y violenta).

Marzo 


La esencia del discurso hegemónico de los medios y las redes sociales parece hallarse en una necesidad imperiosa para señalar culpables. Como sabemos, juzgar a los demás es la mejor manera que tenemos de no hacernos cargo de nada y dormir tranquilos. Incluso sentimientos tan profundos como la tristeza por una tragedia tan dolorosa son desactivados en el afán de encontrar a los culpables y arrojarlos al cadalso mediático.  


Charly, no sin su habitual cuota de clasismo (¡incluso varias veces habló de la tan odiada "meritocracia"!), alguna vez se refirió a la buena educación de su público en comparación con el de otros artistas. Ese prejuicio hacia el Otro, por supuesto, no es patrimonio exclusivo de Charly (2) sino de buena parte de la opinión pública del rock argentino, que, si es necesario, de un sábado a un domingo te replica la bajada de línea de un Fantino o un Baby Etchecopar sin sonrojarse. El desprecio con el que hoy se está hablando del público del Indio Solari en los medios revela una lamentable falta de empatía y la confusión semántica de que el "marginado" en realidad es "marginal". Habría que ver televisión sabiendo que toda confusión semántica conlleva una elección ideológica.


El tratamiento mediático del tema "piquetes" es elocuente. Desde los medios hegemónicos existe una clara proyección en la que los piqueteros serían "los dueños de la calle" y el resto de la sociedad sus rehenes. No escuché todavía decir que las personas que cortan las calles generalmente no cuentan con ninguno de los signos de pertenencia que nos hacen formar parte de determinado status social (autos, casas, trabajo).

Abril


-¿Pogo? Qué asco. Mucha represión psicológica, sin ninguna vía de expresión sana, cuya conclusión es gente golpeándose y frotándose entre sí por no animarse a decir "te amo".
-Pará Rolón. Yo conocí gente valiosa en medio de un pogo.
-Ser adulto es empezar a ver los recitales cada vez más atrás. Hasta que los ves desde atrás de un monitor en streaming.
-Yo no los veo ni en streaming. Y es cierto, no podés ver el rock desde afuera, automáticamente te parece una pelotudez. 
-Recuerdo ese momento en el que todos se pararon y lo único que pensé es “¿para qué mierda vine?”. Ahí es cuando tenés que empezar a escuchar jazz o Piazzolla.
-Ahí te bajás todos los discos de Herbie Hancock. 
-Y los escuchás tomando un Dadá. Y te querés pegar un tiro en las bolas pero no las encontrás.

Mayo


En el imaginario colectivo se comenta que Macri ganó por dos cuestiones:

1- Para transferirle a los ricos y a los fachos lo que tenían los pobres y los progres; 2- Para que el rock argentino vuelva a tener sentido.

Todo no se puede.


-Hay tres maneras conocidas de saber sobre fútbol. Una es haber jugado bien y mirar el partido como hacen Latorre o mi amigo Lucas. Ellos saben cuándo un jugador ocupa el espacio equivocado, cuándo un técnico acierta con un cambio antes de que se produzca, miran un tiro de esquina y te marcan quién tiene más posibilidades de hacer un gol. Eso no se adquiere, para tenerlo tenés que haber estado adentro de una cancha y entender qué mierda estaba pasando. Yo siempre que jugué al fútbol me sentí en una película de David Fincher, todo iba a mucho velocidad y cada vez que la tocaba (cosa que no pasaba muy seguido porque los que saben jugar al fútbol también saben distinguir al que no sabe jugar al fútbol y no se la pasan) me sentía desbordado por la situación y cuando me quería dar cuenta un rival se dirigía hacia el arco con pelota dominada.
-Qué vida horrible.

Junio


Otra de Alfonsín: igual de mítica, revelada por Duhalde tal vez en el afán de acallar versiones de pactos y conspiraciones siniestras, en el 2001, cuando todo explotaba Alfonsín lo llama y le dice: “¿Vos también vas a sacar el culo de la jeringa?”. En fin, Macri por ahora no pudo capitalizar en forma positiva lo negativo. Sacó el culo de la jeringa. Simplemente se dedicó a ubicar al Gato en el rincón más oscuro del sótano, como hacemos con fantasmas que no sabemos si los inventamos o en realidad existen.  


-No sé, fue en el 2002. Recuerdo flashes. Mucho respeto por Spinetta que por supuesto no tocó un solo tema rockero a excepción de "Ana no duerme", a la que le infiltraba una parte rapeada para que canten sus hijos. Recuerdo una spinetteana que estaba por ahí, sola, treintañera, con una mochila grande en la que yo creía que se encontraban todos los misterios del mundo femenino. Un auténtico "Bolsodios". Todo esto me lo decía Pergolini en mi mente pero con la prosa poética de Kevin, creciendo con amor. Y había un tipo que creo que ahora escrachan por Facebook pero que en ese momento no sabíamos que podía llegar a ser interpretado como un acosador. Hablaba con unas minas y les contaba que Aquelarre era una banda llena de pelados. Y las minas decían "Ah, mirá vos". No tenían idea de qué era Aquelarre.  
-Qué recuerdos raros tenés vos. 
-Si, es que eso del rock and roll le mete a uno muchas cosas raras en la cabeza.

Julio


 ¡De hecho ahora hay hinchas que se filman a sí mismos mirando partidos y lo suben a Youtube! El resultado es espeluznante. Tipos gritando, insultando, sacando a relucir los peores prejuicios que activa el fútbol (xenofobia, homofobia, exitismo, machismo) como si putear a un arquero se tratara de un hecho estético. Ya creer que el fútbol es una de las bellas artes siempre me pareció un exceso. Ahora parecería que ser hincha también lo es.


Una vez le pregunté a mi viejo para qué veía Tiempo Nuevo si odiaba a Bernardo Neustadt. Para putearlo, me contestó. Yo tenía 8 o 9 años y no entendí. El otro día intenté ver el inicio de Periodismo para Todos y me acordé de esa escena noventosa.  


En otro capítulo una familia estaba encerrada en su casa pero no porque del otro lado hubiese ladrillos sino porque se acercaba un gran monstruo. Al parecer todo en esta serie tenía que ver con el encierro. Tapiaban las puertas y las ventanas y se reunían alrededor de la mesa y comían a la luz de unas velas y nadie decía nada sobre el monstruo que estaba por llegar pero se escuchaba un murmullo en la noche, un murmullo cada vez más cercano, que podía ser la respiración del monstruo, o el aleteo del monstruo. Tal vez había más de un monstruo. Lo único que sé es que el éxito de ese capítulo estaba basado en no mostrar el monstruo. "Si usted quiere asustar, no muestre al monstruo". Es un buen consejo para directores de películas de terror.  

Agosto


El problema es cuando no hay nada que hacer. Recuerdo otro trabajo en el que cuando no había nada que hacer, el encargado, temeroso de que el jefe nos viera, imploraba: "hagan que están haciendo algo". Era un caso laboral heterodoxo, como esa película de Lars Von Trier, una de las pocas en la que los personajes no se amputan extremidades ni se hacen pasar por retrasados mentales. En esa película, un tipo no soporta ser el jefe de una oficina y contrata a un actor para que desempeñe ese rol. Y después el actor contrata a otro, porque tampoco lo soporta.


La confusión entre “politizar” y “partidizar” a esta altura ya es consuetudinaria pero no por eso menos dolorosa. En principio nada puede ser politizado porque todo es político pero en caso de que haya resquicios de la vida humana que queden por fuera de lo político, ¿cómo si no es a través de lo político que debe asimilarse el caso de una persona que desaparece en medio de una represión de Gendarmería? ¿Qué disciplina debería hacerse cargo? ¿La gastronomía? ¿El ballet? ¿Animales Sueltos?

Septiembre


Una escena de treinta y cinco segundos de En la boca del miedo, de John Carpenter, emerge como breve comentario de la teoría que adjudica a la historia argentina una dinámica circular (David Viñas decía que para salir de ese circulo había que hacer un triángulo). En ella, el personaje de Sam Neill (un detective contratado para buscar a un escritor perdido) se encuentra en medio de un callejón y observa como un tipo es descuartizado por una turba de zombies armados de hachas. Cuando se da vuelta un policía-zombie está por pegarle un garrotazo hasta que se despierta en su sillón y dice las palabras mágicas: “Fue sólo un sueño”. En las películas de terror esta frase determina la situación antagónica: cuando mira hacia la derecha tiene al policía zombie sentado al lado. Y se despierta otra vez. Así en loop hasta el infinito.      


A no ser que uno sea hijo del Marqués de Sade generalmente se llega a ese cuento después de leer a Sabato y a Cortázar, sin saber que alguien puede escribir de esa manera. De hecho después de ese cuento no se sabe bien qué pasó en la literatura argentina. Osvaldo Lamborghini les dio a los escritores argentinos licencia para matar pero nadie volvió a matar como él. 

Octubre


Otro mito de It es el de la posibilidad de que, por una vez, funcione la contraofensiva, que aquellos traumas no resueltos en el pasado sean vengados en el presente de una manera definitiva y grandilocuente. Las reuniones de ex compañeros de primaria se pusieron de moda otra vez gracias a Facebook pero tengo entendido que más allá de conversar con gente con la que no tenés nada que ver nadie pudo derrotar a los payasos asesinos que los mortificaron en la larga noche de la infancia. Generalmente en el infierno no se puede solucionar lo que no pudiste resolver en la Tierra.


Al mismo tiempo, el realismo mágico fascista (y berreta) que parece predominar en el actual zeitgeist argentino también habla de “cuerpo plantado” pero por organizaciones mapuche-kirchneristas que con el objetivo de sacar un rédito partidario habrían planeado asesinar a un mochilero… Versiones de este tipo, cuya sola mención sugiere cierta perversión mental, son las que se oyen mayoritariamente en taxis, sobremesas familiares y tweets del país. A la vez, en su típica declamación despótica, en voz alta, en tono de verdad revelada, delatan al que no está de acuerdo.

***

jueves, 19 de octubre de 2017

Santiago Maldonado


Detrás de la teoría del “cuerpo plantado” subyace el lugar común, no por eso menos cierto, de la Argentina como país necrófilo en el que los cadáveres son portadores de mensajes políticos concretos pero cuya significado varía de acuerdo a la ideología de quien lo interpreta. No hace falta ser perito para sospechar de la ubicación y la fecha en que se halló el cuerpo del río Chubut. Que el DNI en el bolsillo sea un dato que en vez de aclarar oscurece es elocuente en este sentido. Como en la bibliografía básica sobre el relato policial el crimen, una vez más, le saca la ficha a la subjetividad de una época.

(Tal vez el símbolo de esta antología histórica de cadáveres perlongheanos se encuentre en el intercambio Evita/Aramburu entre Montoneros y el Ejército, episodio famoso pero no del todo dimensionado en su carácter emblemático).  

Al mismo tiempo, el realismo mágico fascista (y berreta) que parece predominar en el actual zeitgeist argentino también habla de “cuerpo plantado” pero por organizaciones mapuche-kirchneristas que con el objetivo de sacar un rédito partidario habrían planeado asesinar a un mochilero… Versiones de este tipo, cuya sola mención sugiere cierta perversión mental, son las que se oyen mayoritariamente en taxis, sobremesas familiares y tweets del país. A la vez, en su típica declamación despótica, en voz alta, en tono de verdad revelada, delatan al que no está de acuerdo.

La analogía Maldonado/Walt Disney, que con forzada inocencia fue calificada como un exabrupto, no debería ser entendida como un simple comentario de Carrió sino como el emergente de una cosmovisión que el domingo próximo, salvo un milagro, será ratificada en las urnas. Más que un distanciamiento con el electorado cautivo, como algunos se apresuraron a señalar, el “exabrupto” tal vez signifique un afianzamiento. La oposición al macrismo (que no se agota sólo en el kirchnerismo, como quieren hacer creer los medios) sigue pensando la coyuntura en base a expresiones de deseo sin saber realmente a qué se está enfrentando: un sector de la sociedad cuyos valores e ideales son diametralmente opuestos a los propios. De otro modo no se entienden los chistes sobre Maldonado, las fotografías del cuerpo viralizadas en grupos de WhatsApp, los “Me divierte” en Facebook ante las notas que registran el minuto a minuto del caso. En fin: la crueldad.

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“Historia de la guerra sucia en la Argentina” es el título de un texto que Rodolfo Walsh escribió a pocos meses de comenzada la última dictadura, una especie de mini Operación Masacre pero en tiempo real que circuló por razones obvias en forma clandestina y que probablemente no tuvo mayor repercusión  por el grado de resonancia histórica que alcanzó su posterior “Carta abierta a la Junta Militar” de marzo de 1977. En este texto Walsh describía detalladamente métodos, internas, víctimas y responsables de la represión que se estaba llevando a cabo. Trazar un vínculo lineal entre la dictadura y la actualidad es por lo menos irresponsable, acaso un signo de mal gusto que banaliza el genocidio, pero no por eso deben subestimarse como sobre-interpretaciones ciertas continuidades subterráneas (y no tanto) en el accionar de las fuerzas represivas del Estado. Hoy no puede dejar de ser inquietante que Walsh comience su “Historia” refiriéndose a “los cadáveres de tres hombres jóvenes, maniatados y mutilados” que el 6 de septiembre de 1976 (cuando se cumplían 46 años del golpe de Uriburu) “el río de La Plata arrojó sobre las costas uruguayas”.


“Usualmente sólo flotan cuerpos a esta hora” cantó Spinetta para cerrar con un anticlímax brutal su “Resumen porteño”. “Los cadáveres se guardan o se esconden en el río” afirmaba Páez en “La casa desaparecida”. 

domingo, 1 de octubre de 2017

Eso eso eso

En 1980 Charly García se preguntaba por qué olvidamos y volvemos a amar. Aunque no sea el caso, se trata de una nueva versión del libro, no de la miniserie, con It podemos hacernos (casi) la misma pregunta: ¿por qué olvidamos y vemos la remake? Mejor volver a ver el original.

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Como otras ficciones de Stephen King llevadas a la pantalla a través del cine o la tv, It alimenta una concepción falsa de la infancia consistente en creer que los perdedores sociales (el tartamudo, el gay, la mujer sumisa, el gordo, el negro, el judío, el pelirrojo gracioso) forman grupos de amigos cuya fortaleza termina por destruir los ataques recibidos, ya sea por parte de la pandilla que hace bulliyng o de los monstruos que te asesinan. En la vida real los que se unen son los fuertes, los populares, los lindos, los caretas hijos de yuta que no te invitan a sus cumpleaños pero procuran decir adelante tuyo qué día y a qué hora es el asalto. Los losers, salvo rarísimas y honrosas excepciones, están condenados a sentarse solos adelante de todo, exponiéndose, en una actitud estoica y a la vez masoquista, a la permanente lluvia de papeles mojados con saliva que salen a toda velocidad de peligrosas silbatanas, mientras sus orejas se hacen cada vez más grandes y rojas.    

Otro mito de It es el de la posibilidad de que, por una vez, funcione la contraofensiva, que aquellos traumas no resueltos en el pasado sean vengados en el presente de una manera definitiva y grandilocuente. Las reuniones de ex compañeros de primaria se pusieron de moda otra vez gracias a Facebook pero tengo entendido que más allá de conversar con gente con la que no tenés nada que ver nadie pudo derrotar a los payasos asesinos que los mortificaron en la larga noche de la infancia. Generalmente en el infierno no se puede solucionar lo que no pudiste resolver en la Tierra.

Es decir que más allá del regodeo morboso en el payaso asesino también regresamos a It porque nos propone, al menos en el terreno de la fantasía, lo que ningún psicólogo podrá lograr: cerrar el círculo, vislumbrar de cerca la épica/ de la justicia poética.

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A la distancia, la miniserie de 1990 (inmortalizada en un VHS doble que nos hizo creer no sólo que era una película sino La Película) no gana por puntos sino por el nocaut de algunas escenas emblemáticas, de una efectividad demoledora. El payaso, cual Durán Barba, ofreciendo un globo amarillo a un niño en medio de la lluvia. El payaso saliendo del desagüe de la ducha. El payaso animando fotografías. El payaso tragándose por un tubo a un rude boy. Imágenes con la fuerza de un cross a la mandíbula que sólo pueden compararse con el terror que produce la parálisis del sueño, esas visiones alucinadas que se desarrollan cuando nuestra mente está consciente, el cuerpo no responde y sentimos, vemos u oímos algo que no puede estar sucediendo a no ser que estemos completamente locos. Eso es It en la vida real. Eso es eso.   

Tampoco debería dejarse de lado otro detalle terrorífico, algo silenciado por sus implicancias, y es la configuración “humana” que subyace detrás del personaje de Pennywise: el color amarillento de los dientes, la calvicie, las arrugas, sus movimientos de fantoche, como un rockero glam del Tercer Mundo. Pennywise es un tipo que acecha niños y los atrae hacia lugares solitarios (un sótano, los márgenes de un parque, una esquina perdida en un día de lluvia). O directamente se filtra en el baño o la habitación. Profana situaciones de intimidad y después asesina. Nada que no leamos en los policiales del diario. Como sucede siempre, los villanos sobrenaturales del terror replican en forma de alegoría o metáfora los miedos de la vida cotidiana.   
  
Como un todo, It es de una linealidad narrativa didáctica (en los flashbacks los personajes adultos recuerdan sus encuentros con el payaso en la niñez a través de tics gestuales) y abunda en escenas cursis, empalagosas, de un romanticismo que bordea la comicidad involuntaria. El Club de los perdedores funciona en 1960, una época idealizada en el imaginario yanqui por su presunto carácter pre-ideológico, cuando el rock y las drogas todavía no habían separado a los padres de los hijos, antes de Vietnam y del Verano del Amor, del asesinato de Kennedy. Cuando los 60 todavía eran los 50. En ese punto It le pincha el globo al Sueño Americano señalando al núcleo familiar (repleto de padres maltratadores, ausentes o muertos en Corea) como parte indivisible del crimen. Más allá de las escenas que nos condenaron a correr la cortina de la ducha más de lo que podemos reconocer en público, en realidad lo ominoso de It es el clima familiar opresivo, la alianza implícita entre los padres y el monstruo. Tal vez no nos dio tanto miedo It -que termina siendo una araña gigante ridícula a la que, como si fuera un chiste, terminan cagando a patadas un comediante, una diseñadora, un escritor y un arquitecto- sino los padres de los chicos que bailaron el pogo del payaso asesino, que preferían callarse la boca mientras se ensuciaban las manos con la sangre que emanaba de la pileta del baño o de viejos álbumes de fotos.    

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A los nacidos en los 80 nuestros padres nos prohibieron muchas cosas. Algunas son tradicionales, otras responden al espíritu de la época. A saber: probar drogas, ir al mar sin hacer la digestión, servirnos más de dos vasos de Coca Cola en la casa de nuestros tíos, seguir jugando al Family Game cuando se ponía caliente, aceptar caramelos de desconocidos, mirar Peor es nada, meternos los dedos en la nariz, rascarnos los genitales en público, eructar, hablar con la boca llena, señalar freaks, refregarnos los ojos cuando teníamos conjuntivitis, ir en bici más allá de la 47. Sin embargo hay algo que no entiendo: ¿cómo nos dejaron ver una película sobre un payaso que asesina niños cuando teníamos menos de diez años? Me dan ganas de no devolver los tuppers. 

sábado, 23 de septiembre de 2017

El equipo proletario


“Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada”. Así empieza “El niño proletario”, cuento de  Osvaldo Lamborghini que ejerce una fascinación terrible desde la primera vez que se lo lee. Relata la violación seguida de muerte de un niño de clase trabajadora por parte de tres fantoches de la alta burguesía argentina y al tiempo que establece una denuncia sobre las injusticias del sistema también expresa un regodeo morboso en su funcionamiento. A no ser que uno sea hijo del Marqués de Sade generalmente se llega a ese cuento después de leer a Sabato y a Cortázar, sin saber que alguien puede escribir de esa manera. De hecho después de ese cuento no se sabe bien qué pasó en la literatura argentina. Osvaldo Lamborghini les dio a los escritores argentinos licencia para matar pero nadie volvió a matar como él. 

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Desde la noche del jueves algo me hace ruido con respecto a la histórica goleada 8 a 0 que River Plate le propinó a Jorge Wilstermann, un equipo de Bolivia que había ganado la ida 3 a 0 y se preparaba para vivir su momento de gloria. En todo esto, por supuesto, el fútbol queda en segundo plano, lo peligroso es lo que genera bajo el eufemismo del "folclore". Es ahí donde conexiones aparentemente trasnochadas pueden tener sentido. 

Como si fuera una premonición, antes de que comience el encuentro, un grupo de barras de River le había desfigurado la cara a un par de hinchas del Wilstermann, noticia que tuvo una repercusión casi nula para la gravedad del caso. Además, en la semana se había difundido un video en el que antes de salir a jugar el partido en Cochabamba los jugadores locales se arengaban entre ellos definiendo a los argentinos como “gauchos de mierda”, definición inocente, casi risible para los niveles de desprecio que existen en la sociedad argentina hacia la comunidad boliviana, que sin embargo propagó un sinnúmero de reacciones, en el sentido ideológico de la palabra, no sólo de parte de los hinchas de River sino de los argentinos en general. 

“Bostero, bostero, bostero/ Bostero no te lo digo más/ Andate a vivir a Bolivia/ Toda tu familia está allá”. Es pertinente recordar este cántico de aliento riverplantense, hoy prohibido, del que sólo transcribo un fragmento para no abundar en detalles, como forma de terminar de configurar el mapa psicológico instalado en las horas previas al partido. En un sentido simbólico, no muy difícil de interpretar, cuando River se enfrenta a un equipo boliviano (o paraguayo) el significado implícito es, por un lado, que está jugando también contra Boca y, por otro, que Argentina, cual Norteamerica del Sur, se enfrenta a sus vecinos "inferiores". Después el argentino medio, que cree pertenecer a una raza superior, viaja a España y se enoja porque le dicen "sudaca"... 

“RIVER PLATE 8 VS WILSTERMAN 0 - VIOLACION EN LA COPA LIBERTADORES - VUELTA – AUDIO” es el título de un video de Youtube. Un periodista partidario de River vomitó: “Lloran los bolivianos de Cochabamba (…) Lloran los bolivianos del barrio de La Boca”. A confesión de partes, relevo de pruebas. Sería obtuso indicar que la xenofobia sólo involucra a River, amplios sectores de la sociedad y del fútbol argentino en particular la ejercen con orgullo, lo que es ineludible es que River es el Club que más ha profundizado en ella. 

Que quede claro: no estoy diciendo que Enzo Pérez corrió sesenta metros pasando rivales como si fueran infinitos carteles que no dicen nada con el deseo manifiesto de estigmatizar un país o porque leyó a Lamborghini pero lo cierto es que la trascendencia social del fútbol lo asemeja a la continuación de la política por otros medios. A mucha gente le resulta más interesante saber qué hace el presidente de Afa que el de la Argentina. El fútbol entonces actúa no sólo como factor de distracción sino también como sustitución de lo que realmente debería importar. Nada de lo que estoy diciendo es nuevo, lo que me parece extraño es que por ser viejo no se diga más seguido.


En fin. Soy hincha de River pero no me deja de incomodar su rama clasista, el vínculo directo que el Club ha mantenido por siempre con la tradición más conservadora del país. El 8 a 0 destapó nuevamente la cloaca. A la vez también me incomoda señalarlo, lo que confirma que para el hincha de River se trata de un tema tabú, como si nuestro Súper Yo nos fuera a reprimir por decirlo en voz alta, como si por decirlo fuésemos menos hinchas que aquellos que naturalizan o subestiman este tipo de comportamientos. En este plano subrayar las estrategias geniales de Gallardo, los cinco goles de Scocco y el Monumental repleto es por demás anecdótico al lado de lo que este cóctel explosivo produce en la psiquis de ciertas personas: ¿no será hora de que emerja en el imaginario riverplatense un nuevo estereotipo de hincha? La única manera de inventarlo es que quienes lo somos no nos hagamos los boludos. Ustedes saben: el que calla otorga.  

lunes, 4 de septiembre de 2017

La vuelta del malón


La escena ocurre el 28 de mayo de 1961. Bioy Casares visita la casa de Borges y la madre le lee la “furibunda carta de un peronista, comunista o castrista” que los insulta a todos por haberse ido a Europa, leer libros y fabricarse una cultura para deslumbrar a los atorrantes que viven en los ranchos (síntesis de la carta según Bioy). Borges le dice que la rompa. Bioy que la olvide. La madre de Borges cree que su hijo tiene que contestar. Norah, la hermana del escritor, señalada como la oveja negra de la familia por sus salidas impredecibles, dice al pasar: “Tiene su punto de vista”, a lo que Borges, con sorna, comenta: “Norah ha de creer que es un muchacho puro y que podría salvarlo mostrándole cuadros de Picasso”. Entonces Bioy cierra la conversación diciendo algo políticamente incorrecto en tiempos de la grieta: “No hay que contestarle. Un lado humano tendrá, uno acabará comprendiéndolo e iniciando una amistad imposible. Aborrecemos a todos los peronistas, comunistas y castristas como ellos nos aborrecen; es triste, pero es así. Dejémoslo en su mundo revuelto”. 

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En La vuelta del malón, una pintura de Ángel Della Valle de fines del siglo XIX, un grupo de indígenas atraviesa un pantano. Uno de ellos, del mismo modo que los otros agitan sus lanzas, lleva una cruz católica como estandarte. Otro una valija cerrada. El tercero una mujer blanca, cuyo vestido está rebajado hasta la cintura y deja ver el torso desnudo. La imagen, casi didáctica, alude a las guerras de frontera y representa una escena que encierra los temores (y tal vez los deseos reprimidos) de la derecha argentina: la inminencia del saqueo por parte de un enemigo interno. La cruz, la valija y la mujer son símbolos exactos de la cultura que se opone a la barbarie. La literatura argentina retomó una y otra vez el tema a través de la figura de “la cautiva”. A lo largo del siglo XX la clase dominante vio en la forma del peronismo (y sus ramificaciones) una continuación del malón por otros medios. La centralidad que el gobierno y los medios aliados le otorgaron a RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) como forma de diluir los efectos del caso Santiago Maldonado parece retomar en forma demasiado literal y hasta hace poco impensada el hit de Ángel Della Valle.

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“Qué mal te veo, democracia oral, con estos servis de morondanga” se lee en Partes de inteligencia. Uno de los hechos que comprueba que la Argentina está en problemas es que Jorge Asís ya escribía sobre todo lo que pasa ahora hace treinta años. Casi tiene una novela para cada hashtag. La idea del “servicio” en cierto modo corresponde a las estructuras narrativas de la ciencia ficción distópica, estilo Blade Runner, donde el ser humano ya no se distingue de “los replicantes”, androides con forma humana y en vías de desarrollar una psiquis propia. Aunque echarle la culpa a “los servicios” también es una explicación ritual para salir del paso, los incidentes de la marcha del viernes vuelven a poner en escena a los “servis de morondanga” que Asís bardeaba en la primavera alfonsinista. Incluso escrachados en las redes, mirando a cámara, el detalle aterrador es que cuesta encontrarles ese factor deshumanizado, casi grotesco, que uno creería encontrar en el enemigo. Es más: pueden ser nuestros contactos favoritos en Facebook. Y no enterarnos nunca.

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Una escena de treinta y cinco segundos de En la boca del miedo, de John Carpenter, emerge como breve comentario de la teoría que adjudica a la historia argentina una dinámica circular (David Viñas decía que para salir de ese circulo había que hacer un triángulo). En ella, el personaje de Sam Neill (un detective contratado para buscar a un escritor perdido) se encuentra en medio de un callejón y observa como un tipo es descuartizado por una turba de zombies armados de hachas. Cuando se da vuelta un policía-zombie está por pegarle un garrotazo hasta que se despierta en su sillón y dice las palabras mágicas: “Fue sólo un sueño”. En las películas de terror esta frase determina la situación antagónica: cuando mira hacia la derecha tiene al policía zombie sentado al lado. Y se despierta otra vez. Así en loop hasta el infinito.      

jueves, 31 de agosto de 2017

Tester de violencia


En “Segunda vez”, un cuento de la última etapa de Cortázar (aparece en el flojo Alguien que anda por ahí, de 1977), una chica llamada María Elena debe concurrir a una dependencia pública para que le tomen los datos. El trasfondo es kafkiano: no sabe por qué la llaman y ni siquiera a qué Ministerio pertenece la dependencia. En la sala de espera conoce a Carlos, con quien fuma un cigarrillo y se pone a hablar de la vida. Carlos es llamado en primer lugar por las autoridades. Cuando le toca el turno a ella Carlos todavía no salió. María Elena entra a la oficina, ofrece sus datos y le dicen que debe volver dentro de un par de días. Al salir entiende que cuando ella entró Carlos ya no estaba ahí y la oficina tenía una sola puerta.

Los mejores cuentos de Cortázar funcionan en el vacío, en lo que no se dice. Cuando Cortázar quiere llenar ese vacío (algo que sucede a menudo a partir de Octaedro), arruina todo. Este cuento es casi como una letra de rock nacional: recrea el tema de los desaparecidos sin mencionar la palabra una sola vez.   

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Los “trolls de Marcos Peña” son una trampa que se tiende a sí mismo el kirchnerista/progre para evitar mirar de frente la verdad. Comparado con creer que realmente piensan así es una idea tranquilizadora suponer que quienes escriben barbaridades sobre Santiago Maldonado en Facebook o en los comentarios de Clarín están contratados para hacerlo, son sólo profesionales que desempeñan su trabajo. Pasaba lo mismo a la inversa durante el kirchnerismo pero en este país la memoria es como un Historial de Internet Explorer que se elimina en forma automática. 

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Los reclamos de los organismos de derechos humanos y la concientización sobre el tema en instituciones públicas son señalados por sus detractores como formas espurias de visibilizar el caso. En realidad, dicen, no están preocupados por Santiago Maldonado, están politizando, están haciendo campaña. De esta forma se da vuelta la tortilla de manera algo perversa: el escándalo no sería la desaparición de Maldonado sino el "adoctrinamiento" que sobre el caso han llevado a cabo docentes en distintos puntos del país.

La confusión entre “politizar” y “partidizar” a esta altura ya es consuetudinaria pero no por eso menos dolorosa. En principio nada puede ser politizado porque todo es político pero en caso de que haya resquicios de la vida humana que queden por fuera de lo político, ¿cómo si no es a través de lo político que debe asimilarse el caso de una persona que desaparece en medio de una represión de Gendarmería? ¿Qué disciplina debería hacerse cargo? ¿La gastronomía? ¿El ballet? ¿Animales Sueltos?

En cuanto a la idea de que la desaparición de Maldonado sirve para hacer campaña a menos de dos meses de las elecciones habría que preguntarse cuántos votantes de Cambiemos van a cambiar su voto, valga la redundancia, porque Maldonado no aparece. Es más, da toda la sensación de que los únicos que piensan eso son los votantes de Cambiemos. En todo caso es la hollywoodense demonización de los mapuches (con dramáticas apelaciones a una repentina guerrilla que asolaría el país y la usurpación del territorio nacional en manos de diabólicos chilenos) lo más similar a hacer campaña ya que activó un nacionalismo recalcitrante y rescató del sótano más oscuro del inconsciente colectivo el temor a lo “subversivo” justamente en la misma semana que se conoció la desaparición de Maldonado. Qué coincidencia, che.    

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Los rodeos del Gobierno en torno al paradero de Maldonado permiten experimentar la figura del desaparecido en tiempo real para varias generaciones de argentinos sub-35; de ahí proviene la consternación que provoca el caso. La desaparición de Julio López generó una respuesta similar pero en una época sin redes sociales (de todas maneras aquella vez la responsabilidad del gobierno, para nada menor, fue no otorgarle la protección necesaria al testigo, algo muy diferente a lo que se sospecha que sucedió con Maldonado). No importa cuántos volúmenes de La Voluntad hayas llegado a leer o cuántas veces hayas escuchado “Canción de Alicia en el país”, para entenderlo hay que sentirlo en el presente.

En el terreno social tal vez lo más perverso de una “desaparición” es que en su ambivalencia (“no está ni vivo ni muerto”) genera un sinfín de hipotéticas y desconsideradas historias sobre los probables destinos de la víctima. Incluso quienes aceptan la posibilidad de que haya sido “chupado” recriminan a la víctima haberse metido donde no lo llamaron. Se construye entonces una fábula cuya respectiva moraleja entraña un claro ejemplo de disciplinamiento ideológico. El Physique du rol y la filosofía de vida de Maldonado (hippie, artesano, viajero), a su vez, lo convierten en un nuevo tester de violencia para la sociedad argentina.   

La multiplicación de narraciones contradictorias (hábilmente difundidas por el Gobierno y los medios aliados) infunde en la opinión pública la incertidumbre sobre la veracidad de los hechos: “¿Y si aparece?”. Aunque en este país desde chiquitos nos hayan dicho lo contrario es mejor “quedar como un boludo” que ser una mala persona. Sin comillas. Sayonara.  


jueves, 10 de agosto de 2017

La librería del horror


La semana pasada fui a Buenos Aires y en una librería (creo que por Avenida de Mayo) me compré, a un precio irrisorio, los siete volúmenes de La Familia Fortuna, una novela publicada por la editorial Lengua de Trapo a comienzos de los 2000. El autor se llama Tulio Stella. Hasta hace poco creía que había inventado la existencia de este libro (películas como El maquinista, Memento y Una mente brillante han dañado mi cerebro). Las historias de los libros (con unas tapas amarillas muy atractivas que incluyen una caja para guardarlos) transcurren en lugares de Mar del Plata como la confitería Topsy. Uno de los libros, llamado El país del fugu, parece una premonición de la grieta: la ciudad está en guerra, dividida en dos bandos. ¿De dónde recordaba yo esa extraña y olvidada novela? De cuando trabajé en el depósito en una librería. 

Todos trabajamos alguna vez en una librería. Si te gusta leer, te animás a escribir y acumulás libros en departamentos de uno o dos ambientes, en determinado momento, no importa si lo quisiste o no, te das cuenta de que trabajás en una librería.

Duré muy poco. Fue un trabajo tardío de temporada. Por esa época yo sólo laburaba en el verano. Y ese verano había pasado diciembre y enero y no había conseguido nada. La depresión total. No tener trabajo durante el verano en Mar del Plata es como que te lean las cartas y te digan que vas a morir.

Sé que el trabajo de librero tiene cierta mística. Sé que casi todos los trabajos tienen cierta mística. Yo no le encuentro mística al trabajo: me sigue pareciendo una trampa.

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En fin, estábamos a principios de febrero y conseguir trabajo me hizo feliz pero al mismo tiempo me sacó de un ocio improductivo que empezaba a disfrutar. Ni siquiera recordaba cuándo había dejado ese curriculum. Me llamaban como refuerzo porque se venía el comienzo de clases.

Había reglas estrictas que ahora no recuerdo pero en el salón de la librería reinaba el silencio. Te daban una lapicera, una goma y una regla. Y una riñonera o una pechera para guardar las herramientas (nadie las usaba). No recuerdo para qué era la regla. Había una mujer de unos cincuenta años que era la jefa. Nunca la vi cagar a pedos a nadie pero todos se esforzaban para que eso no suceda. Había logrado un grupo sin camaradería. Una genia del mal.

Antes de que llegara el tsunami de madres en marzo me mandaron al depósito. Mi tarea consistía en ordenar alfabéticamente los libros para que los vendedores no perdieran tiempo buscándolos. Me aboqué a la tarea con un compromiso absurdo, el mismo compromiso con el que se deben sobrellevar la mayoría de los trabajos. Una de las cosas que deberían decirnos antes de ingresar a nuestro primer trabajo es que hacer tiempo es lo peor que podemos hacer. Obliga a estar pendientes del reloj. Pendientes de si pasa el jefe y se da cuenta que estás boludeando. Trabajar es una mierda pero es más difícil hacer tiempo que trabajar. Lo mejor es hacer todo el tiempo algo. O algo todo el tiempo. Tal vez sólo los trabajos que me tocaron a mí requerían esta dinámica. ¿Pero aclarar que cada cosa que se opina corresponde a un criterio personal es lo que está arruinando esta época, no?

El problema es cuando no hay nada que hacer. Recuerdo otro trabajo en el que cuando no había nada que hacer, el encargado, temeroso de que el jefe nos viera, imploraba: "hagan que están haciendo algo". Era un caso laboral heterodoxo, como esa película de Lars Von Trier, una de las pocas en la que los personajes no se amputan extremidades ni se hacen pasar por retrasados mentales. En esa película, un tipo no soporta ser el jefe de una oficina y contrata a un actor para que desempeñe ese rol. Y después el actor contrata a otro, porque tampoco lo soporta. 

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Todavía me asombra no haber robado libros. Creo que casi me llevo uno de Caicedo y lo pagué antes de irme (tenía descuento). En el depósito pasé mis mejores momentos en la librería. Aunque llamarlos "mejores" modificaría el concepto del término. Decir que en el depósito me sentí cómodo sería más correcto. La caja del libro de Tulio Stella me parecía lo más. Me la quedaba mirando, como cuando era chiquito y miraba el caleidoscopio de la tapa amarilla de Bestiario. Creo que no lo compré porque sospechaba que en realidad ese libro no existía. No puedo explicarlo mejor.

Después me cambiaron de sucursal y me pusieron a atender personas. Nunca me pude lucir. Era algo que yo suponía pero no esperé que el fracaso fuese tan enorme. Nunca encontré un libro inhallable. Nunca recomendé algo y tuve éxito. Nunca me pidieron cosas bizarras que con el paso de los años se convirtieron en anécdotas grandiosas. Para simplificar: como librero fui una mierda. Ni siquiera tuve un gran amor. Ni siquiera renuncié después de una discusión épica con la jefa autoritaria. Ni siquiera me quedó alguien como amigo. Recuerdo a un compañero en especial. Su mamá confeccionaba hermosas camperas a pedido. Nos llevábamos relativamente bien. Cuando uno no ama, compra, dijo Cerati. Es verdad. También es verdad que cuando uno no paga alquiler, gasta plata en camperas. Un día le pregunté a mi compañero si me podía encargar una campera. Su única respuesta fue:

-No.   

lunes, 31 de julio de 2017

¿Cómo se llamaba esa serie?


Era una serie en la que las historias cambiaban de un episodio a otro. Un unitario. De terror. No duraba más de media hora. No era La Dimensión desconocida ni Cuentos de la cripta. Ni tan vieja y mítica como la primera ni tan mala y simpática como la segunda. Tampoco era Hitchcock. Ni Cuentos asombrosos.

No era de los 90 ni tampoco de los 80. Probablemente del 89 o del 91, cuando las estéticas de cada década todavía no estaban del todo desarrolladas y se daban combinaciones inexactas de la época. Si alguien mirara esa serie y pensara que alguna vez el mundo fue así se equivocaría. Fue así en la confusión del director. Tampoco descarto que sea del 79 o del 81. 

La daban a la medianoche por Canal 8. Creo que los viernes. Nunca supe en qué canal la pasaban originalmente porque Canal 8 repetía programas de Telefé y de Canal 13 al mismo tiempo y además tenía programas propios pero esta serie no era un programa propio porque los programas propios de Canal 8 no acostumbraban a estar hablados en inglés y doblados al castellano. Los programas propios de Canal 8 mostraban mujeres haciendo veladores. O tipos pescando en Mar Chiquita. Otro tipo de terror. Tal vez Canal 8, por su cuenta, compró esta serie a alguien. O consiguió esta serie de alguna manera. ¿Cómo podría saberlo?

Mi hermana tal vez sepa algo pero no recuerdo haberla visto con mi hermana. No era como Los expedientes secretos X, no era cool, era una serie hecha para ser vista dos o tres veces y recordada veinte años después. Creo que tampoco estaba anunciada en la Programación. No había publicidad sobre esa serie, simplemente la daban. Y el título (algo con Misterios, Noches, Terror, Otro lado) tampoco era el original, por supuesto, era una interpretación de algún traductor, pero no Aurora Bernárdez, sino de un tipo que trabajaba en la tele y le quiso poner un título con gancho a un programa de terror que nadie vio.  

¿Y de qué se trataban los capítulos de esa serie? Tampoco lo sé muy bien. Pero sí recuerdo dos de las historias.

En una el personaje principal se despertaba y cuando abría la puerta para irse al trabajo notaba que del otro lado había una pared de ladrillos. Y después abría la ventana y también había ladrillos. Y así con todos los orificios de su casa. Obviamente no daban a entender que un grupo de albañiles borrachos se había confundido. Ni siquiera que la mafia había ordenado restringir los accesos de la casa. Se trataba más bien de algo metafísico y horrible que le pasaba al tipo por alguna razón en especial, aunque tampoco puedo asegurar que lo daban a entender ni que hubiese una razón en especial. Lo terrorífico tenía que ver con que no hubiese razones. 

En otro capítulo una familia estaba encerrada en su casa pero no porque del otro lado hubiese ladrillos sino porque se acercaba un gran monstruo. Al parecer todo en esta serie tenía que ver con el encierro. Tapiaban las puertas y las ventanas y se reunían alrededor de la mesa y comían a la luz de unas velas y nadie decía nada sobre el monstruo que estaba por llegar pero se escuchaba un murmullo en la noche, un murmullo cada vez más cercano, que podía ser la respiración del monstruo, o el aleteo del monstruo. Tal vez había más de un monstruo. Lo único que sé es que el éxito de ese capítulo estaba basado en no mostrar el monstruo. "Si usted quiere asustar, no muestre al monstruo". Es un buen consejo para directores de películas de terror.  

A veces creo que me inventé esta serie. O que la soñé. De hecho los dos capítulos que recuerdo remiten a cierta estructura onírica propia de los sueños, aunque si una pesadilla tiene estructura onírica no es un sueño, es el capítulo de una serie. No hay escritor o director de cine que conozca la lógica de los sueños. Ni Freud. Por ejemplo, uno se puede imaginar que alguna vez va a volar en un sueño pero cuando volás no te imaginás cómo. Y tampoco sabés qué es lo que vas a sentir en pleno vuelo. Cuando volé en un sueño me tiraba de pecho contra un camino, rebotaba un par de veces, el camino que seguía en determinado momento era el límite de una montaña y al toque ya estaba volando.

Bueno, todas las personas que me contaron que volaron en sueños, volaron de una manera diferente.

También me pregunto por qué, si la serie me impactó tanto, no la seguí mirando. Tal vez la cortaron. Tal vez no me dejaban quedarme despierto hasta tarde. Tal vez no la vi más justamente por eso, porque me impactó.

No recuerdo otros capítulos de la serie. Sólo sé que no está en Netflix, no está para bajar en ningún lado y nadie que yo conozca la recuerda. Y si alguien me dijera que se acuerda de esta serie, simplemente no le creería. Por alguna extraña razón me gusta que sea así. Aunque no miento si digo que me gustaría saber cómo mierda se llamaba esa serie.  


jueves, 13 de julio de 2017

La historia sin fin


I

En el primer capítulo de su reciente libro 56, que se puede leer gratis en algunos sitios de Internet como gancho para comprarlo, Jorge Lanata se refiere al grupo que conformaba el dream team de la primera época de Página 12 y dice “incluso nos tocó un psicótico que —Argentina, Argentina— con los años se transformó en un escritor de culto”. Desconozco si en los capítulos posteriores Lanata revela el nombre del psicótico pero todo indica que se trata de Salvador Benesdra. Y si no lo es, porque es probable que en ese célebre dream team hubiese varios psicóticos, no importa.

II

Hoy Lanata es una de las estrellas de Canal 13. Más que de política, sus programas son de anti-política, tanto es así que se lo señala como uno de los artífices de la victoria de Cambiemos. Muchas de las muletillas que utilizan los comentaristas seriales de las redes sociales (que combinan odio de clase, individualismo y crueldad) parecen ser continuaciones de las partes más brutales del discurso de Lanata. Por supuesto, Lanata no inventó el desdén por las políticas inclusivas pero supo captar ese espíritu de los tiempos y plasmarlo en un show que se convirtió en un nicho de pertenencia de la clase media argentina moderna. Aunque el histrionismo y la teatralidad siempre fueron parte de su estilo, muy atractivo por cierto, ahora añadió a su stock estético el stand up y sketchs con imitadores que parecen salidos de las peores temporadas de Videomatch. Hay algo en el ritmo de la voz y en la respiración de Lanata que habría que estudiar bien para entender su éxito a través de los años. Algo relacionado a lo actoral. Incluso sus fracasos son exitosos.

III

Una vez le pregunté a mi viejo para qué veía Tiempo Nuevo si odiaba a Bernardo Neustadt. Para putearlo, me contestó. Yo tenía 8 o 9 años y no entendí. El otro día intenté ver el inicio de Periodismo para Todos y me acordé de esa escena noventosa.  

IV

Salvador Benesdra, por su parte, se suicidó en 1996 y es el autor de El Traductor, una novela que cuenta con la distinción y el lastre de ser literatura para escritores. Del mismo modo que Zappa o Prince cuentan con el lastre y la distinción de ser música para músicos. Elvio Gandolfo escribió el prólogo de la reedición que hizo Eterna Cadencia hace algunos años. Fabián Casas también se refirió a Benesdra. Una de las pocas cosas que sabemos en la vida es que si Gandolfo y Casas dicen que tenés que leer un libro, es probable que tengan razón. Piglia decía que Borges no necesitaba que alguien le diga que un libro era bueno, él ya lo sabía de antes. Algo similar se puede decir sobre Casas, sobre Gandolfo y sobre el mismo Piglia. Pero la expectativa que generan estos lectores-faro muchas veces es tan grande que al encontrarnos con el texto se produce un efecto negativo. Después de lo que dicen Casas y Gandolfo lo menos que se puede esperar del libro en cuestión es un viaje alucinado estilo La historia sin fin. Y algo de eso hay.

V

Desde hace varios días todos hablan del capítulo 8 de la nueva temporada de Twin Peaks. Probablemente para satisfacer las expectativas creadas deba ver ese capítulo dentro de treinta o cuarenta años cuando ya me haya olvidado que se trata de una obra maestra. Quiero decir: a las obras maestras mejor descubrirlas sin saber que lo son. Mejor que nadie te diga que son obras maestras. Es como si alguien te presentara a tu futura novix y te dice: “Acá está el amor de tu vida”. Salís corriendo. Y esta época es una cagada en ese sentido porque se anuncian discos y series nuevas que sabemos que van a marcar algún tipo de hito antes de que existan. El Traductor, por ejemplo, es una obra maestra pero si alguna vez me decidiera a escribir sobre ella nunca diría que lo es.

VI

Sin embargo las obras maestras tienen un plus, de otro modo no lo serían. Cuando las leés no encontrás exactamente eso que te habían contado sino algo totalmente diferente. Recuerdo mi sorpresa al leer Operación Masacre. Yo había leído mucho sobre esa novela pero ninguna monografía me había dicho que había unos tipos encerrados en una casa escuchando el relato de una pelea de boxeo. Ninguna monografía contaba que uno podía sentir la tensión, incluso el sudor, de todos esos tipos juntos. Es decir, aunque suene muy reseñador profesional: la obra maestra se resiste a ser clasificada y encuentra una nueva faceta con cada nueva lectura.

VII

Como varias de los grandes libros de la literatura argentina (pienso en Facundo, en Los 7 Locos, en Zama) El Traductor tiene un aroma profético que tal vez, más que a la clarividencia del autor, se deba a la dinámica cíclica de la historia. El protagonista es Ricardo Zevi, un intelectual brillante que todos vinculan como obvio alter ego de Benesdra. Zevi es alguien que, puesto en una hipotética conversación, no dejaría meter un bocado a Horacio Oliveira o Emilio Renzi. Trabaja como traductor en una editorial de izquierda, Turba, aparente sucedáneo de Página 12, aunque leerla en ese plano tan coyuntural sin dudas deserotiza el efecto de lectura. No sé, yo prefiero que las golondrinas de Plaza de Mayo sean golondrinas. Zevi está obsesionado con Brockner, un pensador de derecha que debe traducir y que refuta cada una de los ideales de su formación ideológica. El feedback deforme entre Zevi y el fucking Bruckner, a quien seguramente le gustaría vivir en nuestra neonazi Mar del Plata, es un poco el que tenemos a veces con figuras con Neustadt o Lanata. Nos confirman que estamos del lado correcto pero si nos pasamos de rosca tal vez terminemos pensando como ellos.

VIII

La novela está situada a principios de los 90 y el ruido de fondo es la caída del Muro de Berlín, el fin de las ideologías y el avance arrasador del neoliberalismo, que comienza a filtrarse en Turba por ciertas situaciones de precarización laboral que después concluyen en un conflicto dramático entre los dueños de la empresa y gran parte de los trabajadores. Al mismo tiempo Zevi, al filo de la locura, conoce a Romina, adventista salteña con la que inicia una relación enfermiza cuyo desarrollo incluye varias escenas que un escritor de la actualidad pensaría varias veces antes de publicar si no quiere aparecer fusilado mediáticamente en Twitter. Las confusiones básicas autor/narrador están a la orden del día. La novela, entonces, alterna la vida pública de Zevi (los conflictos gremiales, el vínculo pendular con sus compañeros de trabajo) con su vida privada (los conflictos sexuales con su pareja, la expansión del germen de la locura). Frente a la intensidad morbosa del binomio Zevi/Romina el detallismo neurótico con que se narran las discusiones gremiales puede parecer un plomo. Sin embargo, ese plomo es el que posibilita que las desventuras de la pareja adquieran mayor efecto. Una canción no puede ser puro estribillo. Eso es un jingle. Otra cosa que me gustó de El Traductor son los diálogos extensos, totalmente anacrónicos y poco pertinentes en el marco de una novela que no sea del siglo XIX. Esto nos dice que un tipo inspirado puede hacer casi cualquier cosa y le sale bien.      

IX


El Traductor no es un libro que tranquilice y a veces es un libro que te expulsa, que preferiríamos no leer. De hecho las personas que conozco y lo leyeron compartieron conmigo cierto sentimiento inquietante que se esparce por estas páginas de mierda, tan actuales. Con algunos libros, incluso muy buenos libros, uno siente que está perdiendo el tiempo, que la experiencia está allá afuera y hay algo del orden de lo inmoral en la idea de evadirse. El Traductor es un libro que provoca el efecto contrario. La “realidad” pierde densidad a medida que la novela cobra vida. ¿Qué más se le puede pedir a un libro?