martes, 18 de noviembre de 2014

Rock Chabán


La TV Pública le hizo un homenaje a Cerati. Pero Cerati decía, resignado, en una vieja edición de la revista La Mano, "El rock ya no nos pertenece".

Después de Cromañón, desde el punto de vista social, lo mejor que le pudo pasar al rock argentino fue que el Estado se hiciera cargo de su logística, organizando recitales, festivales y radios que lo difunden día y noche los siete días de la semana.

Desde el punto de vista estético, creo que el hecho de que el Estado se haya tenido que hacer cargo debe ser entendido como el gran fracaso del rock argentino.

Las bandas que se formaron en el Einstein y Cemento protagonizaron la avanzada post-punk del rock argentino. Aunque García vio a Los Twist por primera vez en Cemento, ni él ni Spinetta tocaron alguna vez en un boliche de Chabán.

Darle la espalda a los viejos próceres del rock era necesario a principios de los 80, cuando todavía predominaba el hippismo tardío. El cambio que propagaron Sumo, Los Encargados y Soda Stereo, entre otras bandas, directa o indirectamente también influyó en la obra de Charly y Spinetta.

Estos ambientes, verdaderos antros donde podía ocurrir cualquier cosa (desde porquerías hasta genialidades) eran una proyección fantástica de la mente delirante de Chabán y hoy son recordados como una extraña mezcla de La Cueva, el Di Tella, el CBGC y Studio 54. No sólo había recitales de rock sino también espectáculos de danza, obras de teatro (con todo el dream team de la escena contracultural ochentosa) y monólogos en los que Chabán terminaba desnudo o haciendo alguna de sus típica payasadas.

La distancia simbólica entre ese mundo alucinante y Callejeros es un tema más ligado a lo sociológico que a la estética o al movimiento de rock argentino propiamente dicho. Lo que sí es cierto es que buena parte de los actores del movimiento promovieron una clase de conducta que terminó en la muerte de 194 personas (de hecho el Indio Solari aceptó a regañadientes que se dejaran de encender bengalas).

En el libro Cuando el arte ataque se realiza una semblanza de Omar Chabán en la que se intenta visibilizar su costado más amable. Al parecer, Chabán era un freak insoportable, de esos que se dedican a espantar burgueses las 24 horas del día y de los que en determinado punto no se sabe bien dónde está el personaje y dónde la persona.

Según se cuenta en el libro, Chabán negociaba con los pibes que no podían acceder a pagar el precio de las entradas, organizaba ollas populares, cuidaba a los fans de la policía y promovía una gran cantidad de eventos estrafalarios que no le dejaban un solo peso.

Más allá de la puerta de emergencia cerrada (hecho puntual e inexcusable) tal vez la razón por la que Chabán se convirtió en uno de los tantos culpables del desastre de Cromañón fue no convertirse nunca en un empresario profesional, algo que, paradójicamente, varios músicos que habían tocado en sus boliches le reconocían como una virtud. La actitud de Chabán frente a un grupo que dejaba pérdidas era la de recuperar el dinero en el próximo recital.

En el primer lustro de los 2000 Chabán actualizó sus números artísticos con los grupos que más sonaban en la radio (La 25, Jóvenes Pordioseros, Callejeros) y creyó que los viejos códigos del renacer democrático seguían valiendo en un país socialmente devastado. Mientras tanto el público se había vuelto bastante más anárquico y autoindulgente (de hecho lo sigue siendo: Ni las bengalas ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción) y las bandas, cada vez más demagógicas y vacías en su contenido, actuaban como un reflejo anacrónico y afectado de Sumo y Los Redondos. De los tardíos hippies a los tardíos chabones.

No es casual entonces que ni Spinetta ni Charly García hayan tocado en boliches de Omar Chabán. De Charly tal vez no encajaba su desbordado ego, de Spinetta su aburrido profesionalismo. Esos condimentos que en exceso pueden ser fastidiosos (de hecho lo fueron durante buena parte de los 90 y los 2000 para estos dos artistas), pero que en su justa medida sirven para que el show siempre suceda arriba del escenario.


domingo, 16 de noviembre de 2014

El bajón


El deslumbramiento que provocó el juego del River de Gallardo fue tan grande e inesperado que todos los hinchas nos preguntamos en qué instancia llegaría el bajón, teniendo en cuenta que se trataba de un equipo corto, con suplentes que no tienen experiencia en Primera y peleando dos Torneos a la vez. Bueno, este es el bajón de River y llega justo cuando se están jugando los partidos más importantes del Torneo.

River tuvo dos etapas. Una empezó en la segunda fecha (contra Rosario) y duró hasta el partido contra Independiente (donde ya se empezaron a notar fisuras). Hasta ahí River ganaba los partidos con un juego asociado en velocidad muy pocas veces visto, presión de la mitad de la cancha hacia adelante y un gran desempeño en todas sus líneas (desde Maidana hasta Mora y Teo).

A partir de los tres empates seguidos (Arsenal, Lanús, Boca) llegó la etapa de River invencible. Es decir, River ya no mostraba la solidez de los primeros partidos (de hecho empezó perdiendo casi todos), pero siempre, de una u otra forma, terminaba ganando.

Ahora River se enfrenta a una etapa crucial en declive. Nunca se recuperó de la ausencia de Kranevitter y encima Sánchez y Teo (tal vez las dos grandes figuras) fueron convocados a sus respectivas Selecciones (Pekerman, aun dejando a Teo para el partido de la Copa, y Tabárez demostraron un nivel de egoísmo bastante importante). Además sus rivales directos están jugando una sola competencia y están mejor descansados: a Boca sólo le queda la Sudamericana, a Racing, Lanús e Independiente, el Torneo de Transición. 

El panorama, que en un principio parecía absolutamente despejado, se oscureció y, por decirlo de una manera sofisticada, todo es una mierda. Estudiantes presionó arriba y ganó porque adelante tiene a varios cracks. Pero Olimpo presionó hasta los diez minutos, no cuenta con jugadores de jerarquía y River estuvo bastante lejos de ganarlo.

Los periodistas hacen fuerza para que Gallardo incluya en el banco de los superclásicos a Cavenaghi, como Bianchi incluyó a Palermo contra el River de Gallego. Lo que olvidan es que Astrada hizo la remake con Salas y le salió mal. Creo que Gallardo demostró ser bastante inteligente como para no hacerlo. Como hincha de River con memoria uno esperaba llegar al clásico sin la chapa de candidato absoluto, pero tampoco en estas condiciones.

Que quede claro: lo "preocupante" no es que River pierda (los partidos, los dos Torneos), de hecho es súper entendible, sino que River ya no juega al fútbol como demostró que podía hacerlo. Los cambios de frente se confunden con pelotazos, la efectividad en los pases es un recuerdo y la única posibilidad de marcar un gol es a través de centros. El fútbol es insondable y River puede recuperarse de acá en más, con el envión que otorga haber tocado fondo, pero por ahora nada hace preverlo.

Tal vez sea que en el fútbol actual sólo está permitido brillar un tiempo efímero y prenderse fuego. Si a River le toca incendiarse espero que sea con una gran explosión y no como una triste vela que se apaga en los confines de la noche luego de un corte de luz general por negligencia de Edea.


Cualquier hincha de River decente debe estar agradecido con Gallardo por toda la eternidad. Aunque no salga campeón disfruté más este campeonato que el que ganó Ramón Díaz. Además no hay que prestar mucha atención a las cosas que se nos ocurren los domingos a las nueve de la noche.  

viernes, 14 de noviembre de 2014

Las contratapas


Las contratapas son un género en sí mismo. 

-Un género de mierda.

Puede ser, qué sé yo. 

La contratapa que cambió mi vida para siempre fue la de Bestiario, el primer libro que leí de Cortázar (incluso aunque antes había leído otros libros, siempre pienso en Bestiario como el primer libro que leí). 

-Mentira, no cambió tu vida. 

La contratapa era tan buena que leerla ya era ingresar en el libro. Estaba escrita en una prosa que sintetizaba un estilo formal, propio de las contratapas, con una veta más poética. Empezaba diciendo unas palabras que me aprendí de memoria, como si fuera la letra de una canción que me gusta mucho:

La realidad no es simple; este mismo texto, la luna y las baldosas tienen otra faz. Siempre existe un reverso; todo tiene su sombra; hasta la tierra, aunque sólo podamos verla fugazmente proyectada en otros cuerpos celestes.

Yo leí este texto a los diez u once años. Con el tiempo uno suele renegar bastante de los textos que leyó a esa edad, sin embargo esa contratapa me sigue pareciendo muy buena. Es más, me parece mejor que varios libros que leí a esa edad. Nunca supe quién la escribió. Cuando finaliza sólo dice, entre paréntesis, D.D. ¿Serán las iniciales de su autor o tal vez las iniciales de un puesto institucionalizado de todas las editoriales y yo lo desconozco?

Otra contratapa es la de El Pasado. Contratapa por lo menos extraña ya que cuenta, con lujo de detalle, toda la novela. Cuenta el final, detalladamente. Es muy raro.

Hace poco leí una novela y la contratapa también me pareció aberrante. No voy a mencionar el título porque sería caer en la misma aberración. En la contratapa se anuncia el suicidio de un personaje. Ahora bien, la novela tiene 190 páginas ¡y el suicidio sucede en la página 118!

Yo escribí muchas contratapas

-Mentira, sólo escribiste dos. 

Pero muchas veces fui solicitado para escribir contratapas. 

-Mentira, sólo te solicitaron esas dos veces veces. 

Odio cuando los seres extraños ingresan a los textos y refutan todo lo que digo. En fin. La primera contratapa que escribí fue la de la novela Errar, de Matías Nicolaci. Lo comparé con Arlt y Di Benedetto. 

Después él escribió la contratapa de mi libro de cuentos y me puso en la serie de Bioy Casares, Cortázar y Levrero. 

-Evidentemente son muy buenos amigos. 

Para las próximas contratapas planeamos textos del tipo "Usted no es merecedor de leer este libro" o "Este libro sólo puede ser leído en Marte" o "Este libro sólo podrá ser leído dentro de veinte años cuando la sociedad haya evolucionado de forma acorde al pensamiento de su autor majestuoso y admirable".

-Boludos. 

La segunda contratapa que escribí es la de Negro sobre blanco, la novela de Esteban Quirós que acaba de publicar La Bola Editora. Ahí me di cuenta lo mucho que me gusta escribir contratapas.

Me pregunto si habrá gente que vive de escribir contratapas o si habrá un Maradona de las contratapas, alguien secreto, alguien que no firma con su nombre, que es el oscuro empleado de una Editorial y cuyos textos son tan extraordinarios que superan incluso al autor del libro que promueve (algo que suele suceder con los prólogos, por ejemplo los de Borges, que son tan extraordinarios que hay un libro que los reúne, casi tan bueno como Otras inquisiciones o Discusión).

Pero también aparezco en la contratapa de un tercer libro. Soy fan de una novela de Sara Gallardo que se llama Eisejuaz. Un clásico oculto de la literatura argentina, escrito de un modo arriesgado, con un lenguaje que hace que el idioma castellano brille de una manera muy especial. Un libro extraño y bello, como se lo definió Mujica Láinez a la misma Gallardo después de leer la novela. Cuando la leí me impresionó tanto que escribí un texto en este mismo blog. El año pasado, El Cuenco de Plata la reeditó ¡y en la contratapa pusieron un fragmento de ese post! Ahí digo cosas extrañas como "gramaticalidad alterada" y "discursos interrumpidos", lo que indica que por esa época todavía iba a Letras.


Estar en esa contratapa fue un acontecimiento que me hizo muy feliz. Fue como estar cantando en la ducha y que te den un Grammy. Más o menos así. 

-Qué estúpido.  

martes, 11 de noviembre de 2014

La pausa más larga de la historia



Renuncié a Catecismo a la tercera clase. Básicamente me pareció que el cristianismo era una secta peligrosa. No podía creer que todos siguieran como si nada.

Me incomodaban las canciones que teníamos que cantar y que al final del día nos obligaran a abrazarnos (eso recuerdo yo aunque no estoy muy seguro, tal vez fue una sola vez).

Un día fuimos a la Iglesia con mi mamá y nos hicieron dar besos entre todos y casi tuve un paro cardiaco. Además me parecía inhumano levantarse a la mañana un sábado. Al principio dudé un poco porque cuando tomás la Comunión te regalan plata, pero me duró cinco minutos. 

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Cuando tenía ocho o nueve años me mandaron a jugar al fútbol. Odio la vida por lo tanto siempre viví a reglamento, es decir, hago lo mínimo y necesario para subsistir. Cuando me tocó estudiar iba a la escuela. Y después a la facultad. Desde hace varios años tengo que tener plata porque se supone que soy adulto. Entonces trabajo. Pero no hago nada extra curricular ni tengo ganas de hacerlo.

Supongo que en ese momento a mis padres les preocupaba mi tendencia al ocio improductivo y me mandaron a jugar al fútbol a un Club.

Fui a Kimberley pero rápidamente me bajaron a una filial que se llamaba (y todavía se llama) El Cañón.

Yo siempre supe que jugaba mal al fútbol, pero ahí me di cuenta que directamente no sabía jugar. Los pibes de El Cañón jugaban en clubes desde los 3 o 4 años y tenían movimientos automáticos incorporados. A mí, cada vez que alguien me pasaba la pelota me costaba mucho decidir cuál era el paso a seguir y cuando me decidía, ya me la habían sacado. 

Funcionaba mucho mejor en el Soccer del Family Game. El placer que me provocaba el fútbol era intelectual, no físico. 

A la distancia entiendo que yo quería ser un jugador de Autor, con un concepto distinto para cada jugada, pero esto era contraproducente con la velocidad y el ritmo del juego.

Mis compañeros se burlaban de mis botines y de mi forma de correr (daría la sensación de que es muy gracioso ver correr a un idiota). 

No jugaba con ellos, jugaba contra ellos.

Había un negrito, el más habilidoso de todos, al que le caía bien o me tenía mucha lástima. Intentaba integrarme al grupo y se reía de mis chistes malos. Intentaba tirar paredes conmigo. Él me daba flores y yo se las devolvía con maceta y todo.

Un día pude devolverle una pared y me dejó solo frente al arco. Fue el mejor momento de mi carrera como futbolista. Antes de patear la pelota pensé en el significado de ese gol, pensé en la amistad interracial que se estaba forjando con el negrito, pensé que tal vez no era tan malo, que sólo me faltaba práctica. 

Pensé tanto que agarré la pelota de abajo y la mandé a las nubes.

Un día el técnico dijo que éramos demasiados pibes y que en la práctica siguiente iba a realizar una selección de los que veía con más posibilidades de jugar o por lo menos ir al banco en el equipo titular. 

Traducción: iba a descartar a algunos jugadores, como Homero Simpson. Mientras decía esto me miraba particularmente a mí, así que ese día, como Redondo y Riquelme años más tarde, decidí renunciar a la Selección.   

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Renuncié a trabajar en un Balneario que quedaba en el Sur. Fue uno de mis primeros trabajos. Era muy cool (tenía una entrada con árboles muy atractiva) pero me hacían trabajar desde las siete y media de la mañana a las diez de la noche.

Cuando llegaba a mi casa y cenaba estaba tan cansado que me pasaba algo increíble: me parecía que la mesa estaba inclinada y que se iban a caer todos los platos. 

Yo estaba en el Estacionamiento y tenía que indicarle a los autos cómo se tenían que estacionar. Era un desastre. A veces metía tantos en un mismo lugar que para salir se armaba una guerra civil entre los conductores.

Me hacían cortar el pasto con una máquina a nafta que pesaba mil kilos. Además había un tipo más grande que se robaba mis propinas. 

Con la poca plata que ganaba me compraba cd's y libros de Cortázar, que era el único autor que leía en ese momento. Ese verano leí Rayuela dos veces seguidas.

Un día se levantó viento y empezó a llover. El de Seguridad me dijo si quería meterme en su auto hasta que pasara la tormenta y yo acepté.

Adentro del auto (que tenía alrededor de tres litros de  desodorante de ambiente encima) empezamos a mirar a las mujeres semidesnudas y mojadas que escapaban de la playa. Tal vez no estaban semidesnudas ni mojadas, pero yo las recuerdo así.

Pero el tipo les encontraba defectos a todas las minas. Y no eran los típicos defectos que marcan los hombres ("muy gorda", "le falta carne") sino cuestiones algo borrosas como la forma en que estaban vestidas o el modo de caminar.

Le dije que una morocha que había pasado era muy linda. Él contestó: "Será muy linda pero no tiene garbo, ¿sabés lo que es el garbo?".

Yo no sabía lo que era el garbo.

En determinado punto me di cuenta que el de Seguridad me decía "Bebé", que en vez de hablar susurraba y que había puesto un disco de Air Supply. Cuando me preguntó si podíamos intercambiar remeras ya todo se volvió demasiado raro. Fue la única vez que sentí que alguien me quería garchar. 

Por suerte paró de llover y escapé a tiempo.

Poco después de este episodio renuncié. Llegué y fui directamente a la oficina del Encargado (los Balnearios siempre tienen encargados, los Dueños nunca se dejan ver y llevan una vida excéntrica como Howard Hughes).

Le dije que no quería trabajar más ahí y me hizo sacar la remera del lugar (por alguna razón todos querían mi fucking remera). Así que me volví en campera en un día de treinta y cinco grados. 

Me tomé el 221, bajé en el centro y fui a Locuras a comprarme una remera de Charly García. Era roja, atrás decía bien grande Say No More y en la parte de adelante tenía a Charly agarrándose la cara plateada con las dos manos.  

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La renuncia a la Facultad no fue de un día para otro pero sí me acuerdo el día en que me fui y no volví más.

Estaba en un Seminario. En las primeras clases habíamos visto Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de Juan Carlos Mariátegui y me había gustado mucho. Pero en la segunda parte empezamos con El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Y fue demasiado ancho y ajeno para mi gusto.

Creo que debo haber leído tres páginas de esa novela pero mientras las leía tenía sentimientos suicidas muy profundos.

Como en los Seminarios los estudiantes suelen faltar bastante, un día éramos tres o cuatro. La profesora anunció una pausa y dijo que después teníamos que hablar nosotros. Yo no había leído ni un capítulo y no tenía nada que decir.

Fue la pausa más larga de la historia. De hecho dura hasta hoy.  

lunes, 10 de noviembre de 2014

Museo del Disco de la Eterna


En Museo de la Novela de la Eterna, Macedonio Fernández realiza una operación de vanguardia muy famosa: interrumpe permanentemente el inicio de la novela con una serie interminable de prólogos.

Como casi todos los experimentos literarios, es mejor contar o escuchar esta anécdota a o de un amigo, que leer el libro en sí mismo.

En estos días se dio a conocer The Endless River, lo último de Pink Floyd. El disco está armado en base a una serie de pasajes instrumentales que quedaron descartados del que hasta ahora era el último disco de la banda, The Division Bell, de 1994. Gilmour y Nick Mason (el único miembro del grupo que sobrevivió a todas las épocas) lo editan como homenaje a Rick Wright, tecladista fallecido en 2008.

Los fans de Pink Floyd se dividen en distintas facciones: los fans de Syd Barret, los de Waters, los de Gilmour y ahora los de Rick Wright, el cerebro detrás de varias melodías inolvidables de The dark side of the moon. Es que el fan de Pink Floyd, de por sí, se caracteriza por militar cierto elitismo dentro del mundillo del rock: no sólo se trata de escuchar los discos, sino de saber detalladamente a través de qué trucos de ingeniería técnica se grabaron, qué inenarrable verdad filosófica y existencial viene a decirnos el arte de tapa, quién mierda es o qué mierda era "Publius Enigma", cuán peleados estaban Waters y Gilmour a fines de los 70, cuán peleados estaban Waters y Wright a principios de los 80, cuán peleados y muertos están todos ahora.

Mientras escuchaba The Endless River no pude evitar recordar a Macedonio. El disco cuenta con cuatro suites divididas en varias partes y repletas de sonidos que recuerdan a viejos y legendarios temas de Pink Floyd. Por momentos es emotivo pero en determinado punto nos damos cuenta que todo lo que escuchamos ya pasó hace un montón de tiempo y fue mucho mejor: The Piper at the Gates of Dawn, Meddle, Obscured by clouds, Wish you are here, son sólo algunos de los discos de la banda que contribuyeron a que el rock se transforme en una cultura sólida e bella. 

En The Endless River están los solos de de Gilmour, las baterías tribales 2.0 (¿ahora 3.0?), los largos pasajes climáticos de Wright, el ambient progresivo que hará las delicias de los musicalizadores de programas de cable. Todo muy lindo y cuidado, pero cuando parece que, ahora sí, está por empezar La Canción, la intro-prólogo termina y empieza ¡otra intro-prólogo! Recién el último tema, llamado "Louder than words", tiene letra y un desarrollo más coherente, pero a esa altura ya parece una broma pesada.

Por internet circulan críticas despiadadas que describen a The Endless River como el gran fraude del Siglo XXI. A mí el disco no me parece tan grave y verdaderamente había que ser muy crédulo para esperar otra cosa. Es más, estoy empezando a pensar que todos esos comienzos en falso son la última e involuntaria prueba de la faceta más experimental y vanguardista de la banda. 


viernes, 7 de noviembre de 2014

Revolución



Todo apasionamiento pasa por su etapa de intelectualización. Es decir: el instante en que miramos a la persona que nos gusta y nos preguntamos por qué nos gusta. Esta idea generalmente causa desastres, pero ésa es otra historia. Revolución en la mente, de Ian MacDonald, es la gran intelectualización de Los Beatles. Un trabajo monumental, obsesivo y categórico, en el que se repasan cronológicamente cada una de las grabaciones de la banda, desde "My Bonnie", en 1957 (con Tony Sheridan) hasta las maquetas de Lennon retocadas en 1995 para el proyecto Anthology

Hay un lugar común, tal vez algo anacrónico, para diferenciar un cuento largo de una novela. En el cuento largo el protagonista permanece inmutable de principio a fin. En la novela, el protagonista atraviesa experiencias que lo modifican hasta que se convierte en otro. Esta dinámica, por ejemplo, corresponde a las novelas de aprendizaje. O a ciertas distopías en las que el protagonista comienza como un adherente del sistema opresivo y muta en un rebelde activista.

Cada una de las entradas de Revolución en la mente puede ser entendida como el capítulo de una novela pero los protagonistas no son ni John ni Paul sino la canción beatle como una entidad homogénea.

En ese sentido, el libro de Ian MacDonald puede ser ubicado en la biblioteca junto a Piazzolla. El Mal Entendido (de Fischerman y Gilbert) que, a pesar de contar con mucho texto de recepción selecta (comentarios técnicos y teóricos), chino básico para el fan amateur, compensa con una amplia variedad de información: desde interpretación de líricas hasta datos biográficos sobre la situación personal de cada uno de los compositores y posibles fuentes de inspiración. Sobre esto último: por momentos parece que la mejor banda de la historia en realidad fue un grupo de audaces epígonos de The Band, los Who, James Brown, Dylan, Zappa,etc.

Aunque hay anécdotas y datos que ya conocíamos (tal vez muchas hayan aparecido por primera vez en este libro) es muy interesante cierto manejo de información que hace MacDonald, por ejemplo cuando se refiere a "Carnival of light" (el tema inédito de 14 minutos que, según parece, Harrison no quiso incluir en Anthology) o cuando habla del armado de The White Album (George Martin, Lennon y McCartney se pasaron 24 horas seguidas en el estudio trabajando el orden de los temas). También permite analizar más profundamente cierto periodo de "estancamiento" conceptual (entre Beatles for Sale y Help) y la manera en que Lennon y McCartney evolucionan con obras maestras como Rubber Soul, Revolver y Sgt. Peppers's. Una de las cosas que impactan es que más allá de sus declaraciones hirientes, a Lennon le seguía gustando la música de McCartney y estaba enojado porque no lo había invitado a cantar "Why don't we do it in the road" y "Oh Darling". Al igual que Geoff Emerick, para MacDonald Magic Mystery Tour y The White Album son obras desparejas, casi menores. 

El otro día Messi alcanzó a Raúl y con 71 goles se convirtió en el máximo goleador de la Champions League. Hay un dato que me pareció asombroso: Raúl hizo los 71 goles en 142 partidos, ¡Messi en 90! Comparar a Los Beatles con cualquiera de las otras grandes bandas de rock de la historia es como comparar a Messi con Raúl.

MacDonald adora a Los Beatles. Por ejemplo dice que "Tomorrow Never Knows" "en términos de innovación de textura, es al pop lo que la Sinfonía Fantástica de Berlioz fue a la música orquestal del Siglo XX". Tampoco se ahorra elogios para McCartney, a quien considera por lejos el músico más talentoso de Los Beatles, el cerebro detrás de Sgt. Peppers's y Abbey Road. Sin embargo, una cosa no quita la otra. MacDonald no le perdona a Lennon el bajo desafinado de "The long and wending road". Dice que "I'll follow the sun" tiene "una estructura mal resuelta que pronto" llega "a cansar". Critica "Run for your life" por sexista. Dice que "Norwegian wood" se sostiene sólo por la letra. Considera que "Day Tripper" es "poco inspirada para los parámetros de los Beatles". Califica de "musicalmente un desastre" a "Bar Original", un instrumental aparecido en el Anthology. Entiende que el efecto general de "Here, there and everywhere" es "ciertamente empalagoso". "Baby you're a rich man", básicamente, no tiene música "bien trabajada". "Across the universe" es un "conjuro lastimosamente infantil" que aburre. Cuando comenta "Helter Skelter" afirma que los intentos de Los Beatles por imitar "el estilo heavy fueron vergonzosos sin excepción" y que el tema en particular es "ridículo", "una desastrosa juerga alcohólica".

Por un lado, estas verdaderas herejías sirven para que el libro sea todavía más atractivo. MacDonald se caga en el mito de que Los Beatles son intocables y provoca al lector con su purismo musical y ciertos arrebatos arbitrarios, capaces de dar a entender que por letras como "Glass Onion" (donde se reía de las leyendas modernas que generaban las canciones del grupo) el propio Lennon se buscó ser asesinado por un psicópata.

Por otro lado, y esto va más allá de MacDonald, mientras leía el libro pensaba que el conocimiento es un arma de doble filo. En primer lugar permite interpretar un cuadro abstracto, una novela de Joyce o una película de Pasolini, es decir, piezas artísticas ante las que muchos quedamos impávidos, con el presentimiento de que somos más idiotas de lo que pensábamos. Pero a veces, el conocimiento actúa como una barrera simbólica que se cierra ante cualquier defecto. Por momentos pareciera que MacDonald no puede acceder a la sensibilidad y la belleza genuina de ciertos temas por estar atrapado bajo las estrictas leyes de su sabiduría formal. Es decir que parece desconocer cierta ley implícita que podría ser explicada de la siguiente extraña manera: a veces escuchamos un tema, vemos una película o leemos un libro y esperamos 10 o 5 o 0, pero en vez de eso el resultado es 147 o -88. La noticia es que en esa distancia errática entre lo que tendría que haber sido y lo que es también se puede hallar cierto placer estético. Muchas obras de arte explotan ese desfase. En el caso de Los Beatles: yo creo que cuando querían sonar heavy y “no les salía”, ese híbrido de laboratorio sonaba mejor que el heavy original.

Leer Revolución en la mente mientras se escuchan por lo menos unos segundos de cada tema analizado produce un placer indescriptible. Es casi como cuando George Costanza consigue tener sexo y comer al mismo tiempo.

      

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Z Nation: Walking Dead con la estupidez asumida


Partamos de la base de que miramos películas y series sobre zombies para ver cuerpos putrefactos que se arrastran, cabezas decapitadas, sangre en cantidades industriales y personas desesperadas dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de salvarse. Para todo lo demás están Ingmar Bergman o Michelangelo Antonioni. 

En un principio, la idea de Walking Dead, hacer una especie de telenovela sobre zombies (basado libremente en un cómic de culto), fue bienvenida. A medida que avanzaron las temporadas la serie fue tomando un giro cada vez más melodramático y sensiblero, hasta convertirse en una narración lenta, excesivamente contemplativa, por momentos intrascendente y casi siempre solemne, con unos pocos capítulos (casi siempre el primero y el último de cada temporada) que justificaban el entusiasmo del espectador. De pronto Walking Dead se convirtió en esa serie yanqui en la que un personaje se tira un pedo y el otro contesta haciendo un comentario sobre un versículo de la Biblia.

Si a Francisco I le pidieran que mencione su serie zombie favorita, elegiría Walking Dead.

La respuesta zombie británica vino de la mano de In the flesh, que en un principio realizó un tratamiento original sobre el tema (tratar al zombie como un enfermo desde cierta perspectiva social) hasta mutar a un freak show edulcorado estilo Crepúsculo.

Nótese como todo en un principio es bueno y como todo a medida que pasa el tiempo es una mierda. En fin. 

La respuesta zombie argentina es una novela de Telefé que vi ayer mientras hacía zapping, en la que Sebastián Estevanéz le dice a Carina Zampini cosas del tipo "¿Cómo hago para dejar de amarte?" y Carina Zampini le da un té y lo mete en la cama. Pero aquí estaríamos hablando de una zombificación involuntaria, otra historia.

Para todos aquellos que ya no se bancan los devaneos pseudo existenciales de Walking Dead, llegó Z Nation.

Mientras Rick (el sheriff que lidera el grupo de insufribles que protagonizan Walking Dead) pasa dos temporadas preguntándose las resonancias religiosas, filosóficas y políticas de sus tres próximos pasos, en Z Nation hay tsunamis y tornados de zombies (literalmente) cada dos episodios. Tal vez la única virtud de la serie sea conocer bien sus limitaciones (básicamente es una berretada absoluta) y aceptar dignamente su rol de Walking Dead sin pelotudeces sentimentales. Es más, al Rick de Z Nation se lo morfan en el sexto capítulo. Incluso ya en el primer capítulo un bebé zombie había liquidado al que pintaba para líder (el actor que interpretaba a Michael de Lost), en una evidente declaración de principios. Atención, eso fue un spoiler.

La historia es obvia: un grupo de sobrevivientes de un apocalipsis zombie se dirige a California porque lleva entre sus integrantes a un tipo que tiene en su cuerpo la cura del virus zombie. La dinámica del grupo recuerda muchísimo a Vampiros de John Carpenter, es decir, chistes malos, personajes amorales y pasajes pseudo-emotivos que terminan con cabezas rodando por el piso y chicas con dedos y orejas en el pelo. Paralelamente al camino de los sobrevivientes se encuentra un tal Ciudadano Z en el Polo Norte, administrativo de la NSA, algo asi como el conductor de un programa de radio que no escucha nadie, quien desde su bunker sigue vigilando el mundo a la espera de un milagro. La idea del personaje es mejor que su concreción, pero tiene algunos momentos logrados (por ejemplo cuando se pregunta cómo es posible que después de un apocalipsis zombie haya gente que todavía sube fotos de sus gatitos a Facebook).

Mi personaje favorito de Z Nation es el Doc, un hippie viejo quemado por las drogas, residuo del Verano del Amor y el Flower Power, que por su calidad de politóxico hace las veces de Doctor. Es el eje de dos escenas memorables. En una está a punto de morir y para tranquilizarse se fuma un porro y le da una seca al zombie que tiene al lado y se lo está por morfar. En otra tiene que esconderse en la bóveda de una morgue y para evitar la claustrofobia se pone a memorizar las formaciones de Los Yardbirds y Los Kinks.


Durante mucho tiempo creímos que en las series se hallaban el mejor cine, la mejor literatura, los mejores actores, los mejores guionistas. Después de una década de hegemonía, las series no han cambiado el rumbo del Planeta y comienzan a saturar, volviéndose predecibles y estereotipadas. Con sus dosis exactas de barbarie y rock and roll, Z Nation subraya esa decadencia asumiendo su estupidez y dejando en off side a los demás. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

Las tres verdades de la cerradura


El otro día llegué a mi casa y se me trabó la llave en la cerradura. Media hora después, mientras miraba al cerrajero abrir la puerta sin ninguna clase de dificultad pensé que ese tipo de profesión debe ser ejercida por personas de alto nivel ético: si quisieran, en vez de dedicarse a recibir dinero por abrir puertas, podrían dirigirse a cualquier casa, abrir la puerta y robarse el dinero que a ellos se les cante. 

En un capítulo de Los Simpsons, Ralph le roba la llave maestra de la ciudad a su padre, el Jefe Gorgory, con la que se puede abrir cualquier puerta de Springfield. Los cerrajeros tienen la llave maestra en su cerebro. Pensar en estas cosas nos demuestra lo sobrevalorado que esta el conocimiento intelectual y lo subestimado que está el conocimiento práctico, el de los hombres que saben hacer cosas con sus manos.

Un par de días después conocí a otro cerrajero, ya que el que me destrabó la cerradura me había aconsejado mandarla al médico. Cuando me la devolvió (totalmente arreglada, como nueva), sin que yo se lo pidiera, el cerrajero pasó a indicarme las tres verdades de la cerradura. Y es que sólo de ese modo se deben conocer las grandes verdades. Cuando uno busca la verdad o algo importante es posible que la ansiedad anule todo tipo de revelación. El grupo que busca el hit, no lo consigue. El escritor que quiere ser el autor de la gran novela, no la escribe. A las personas que buscan desesperadamente una pareja, nadie les da bola.

Ahora bien, cuando uno se encuentra en una situación tan cotidiana y vulgar como que te arreglen la cerradura es probable que consigas una y hasta tres verdades sin que ni siquiera necesites pedirlas. 

Mientras el viejo cerrajero me decía las verdades me pareció que estaba asistiendo a un momento clave de mi vida. Empecé a ver todo en cámara lenta y los sonidos del roce de llaves y herramientas de los ayudantes del cerrajero recreaban canciones emotivas de Phil Collins.

El día anterior había cumplido 30 años así que pensé que a partir de ahora la vida sería así: verdades, secretos, descubrimientos, ¡velos que se corren, persianas que se abren, cerraduras que se destraban!

Lo más increíble es que estaba tan fascinado con la situación que no pude prestar atención a lo que me decía el cerrajero, que hablaba rápido y con una síntesis conceptual sorprendente. El cerrajero era uno de esos tipos desenvueltos que crean intimidad y complicidad con sólo decirte “Hola”, que te hacen sentir parte de la Historia aunque las cosas significativas siempre ocurran a miles de kilómetros de distancia.

Sólo recuerdo algo así como que las cerraduras tenían dos componentes, la llave, claro, y la cerradura, por supuesto, que eran como el pegamento, que no había que aceitarlas, que además de la cerradura reparada me hacía entrega de dos llaves nuevas, que todo me salía cien pesos. En un acto de interpretación automática adapté cada una de las verdades de la cerradura a la existencia y advertí que las tres verdades de la cerradura en realidad eran las tres verdades de la vida.


Frente al cerrajero me sentí como cuando iba a Letras y una Profesora nos dio una clase magistral sobre Mallarmé y el simbolismo. En realidad fue igual, tanto que al salir de la cerrajería, de la misma forma que cuando salí de la Facultad, lo único que me quedó en claro es que no había entendido nada.  

viernes, 31 de octubre de 2014

Intrusos en Abbey Road


Me regalaron El sonido de los Beatles, un libro en el que Geoff Emerick, ingeniero de sonido de varios discos de la banda, explica la manera en que se realizaron varios trucos técnicos para que todo sonará diferente y mejor. Como el libro me gustó tanto (creo que es uno de los libros que más disfruté junto a Borges de Bioy), comparto algunos chismes sobre las peleas internas de la banda, que Emerick cuenta con especial énfasis.

Lennon vs. McCartney: Para Emerick John y Paul siempre fueron distintos: uno caótico, el otro metódico; uno brutal, el otro conciliador; uno instintivo, el otro intelectual. Hasta Sgt. Pepper's las diferencias eran necesarias para la evolución musical del grupo: a pesar de la distancia estética, los dos se complementaban como una pareja ideal. Según Emerick, Paul incidía más en las canciones de John que John en las de Paul (las llevaba casi terminadas y John tampoco se preocupaba mucho por ellas). A partir de la muerte de Brian Epstein, el desembarco del lsd y la irrupción de Yoko, todo se volvió mucho más denso (incluso Emerick renunció mientras se grababa el Álbum Blanco porque no se bancaba más la mala onda). A Paul no le agradaba la experimentación pasada de rosca de Lennon (odiaba "Revolution 9" y la forma abrupta en que termina "I Want You (She so's heavy)". Lennon se burlaba abiertamente de ciertas canciones de McCartney, especialmente de "Ob-La-Di, Ob-La-Da", a la que calificaba de "música para abuelas". McCartney cansó a todos intentando nuevas formas de tocar ese tema y, paradójicamente, fue Lennon el que un día, sacadísimo, se sentó al piano e inventó los acordes iniciales con los que empieza el tema. Sin embargo, en medio de esa tensión, Lennon y McCartney grabaron solos "The ballad of the John y Yoko", hicieron junto a George las preciosas armonías vocales de "Because" y tocaron, también junto a George, los solos de guitarra de "The End". Para Emerick el líder de los Beatles siempre fue Paul.   

McCartney vs. Harrison: Básicamente McCartney se la pasaba ordenando a George el modo en que tenía que tocar, hasta el punto en que él tocaba el solo del tema si así le parecía. Recién en Abbey Road, más seguro con sus aportes, George se animó a decirle a McCartney cómo tenía que tocar el bajo.

McCartney vs. Ringo: El mismo caso que Harrison: McCartney también tocaba la batería y Ringo se exasperaba con sus indicaciones.

Beatles vs. George Martin: Según Emerick, al principio la unión entre el productor y el grupo era perfecta. A medida que pasó el tiempo y comenzaron los cambios (la fama, la evolución artística) los Beatles comenzaron a desacreditar a George Martin, haciéndole saber (siempre en forma implícita) que podían hacer música sin él. A Martin le desagradaba bastante la experimentación con drogas de Los Beatles y durante una de las sesiones de Magical Mystery Tour, mientras los Beatles hacían una zapada interminable, dijo "¿Qué estoy haciendo acá?" y se fue. Emerick y su ayudante se burlaron del tono de la voz de Martin y al rato se fueron también (parece que el tono de la voz de Martin es muy gracioso porque Emerick se caga de risa todo el tiempo de eso). La etapa psicodélica de Los Beatles, post Sgt. Pepper’s, es decir Magical Mystery Touyr, para Emerick fue casi una broma pesada. En fin. Martin volvió a laburar fuerte en Abbey Road, en los arreglos de "Because" y la suite de Paul.

Lennon vs. George Martin: Emerick describe a Lennon como un "chabón" (aunque también dice que exageraba su faceta de "chico rudo", ya que se había criado con una tía y no había tenido una infancia tan dolorosa como la que planteaba). Tal vez por esa diferencia social con Martin, Lennon se le reía en la cara y desde siempre manifestó, sin pelos en la lengua, cuando no estaba de acuerdo con las ideas del productor, al que llamaba en sorna "Henry" (su segundo nombre).  

McCartney vs. George Martin: McCartney era el que más interesado estaba en la parte técnica y durante buena parte trabajó codo a codo con George Martin. Pero cuando las cosas empezaron a ponerse feas, en una de las interminables sesiones de "Ob-La-Di, Ob-La-Da", llegaron a insultarse.

George Martin vs. Emerick: Emerick maneja la honestidad brutal y sus palabras con respecto a su relación con George Martin no son la excepción: le agradece haberlo elegido para trabajar junto a Los Beatles, pero también comenta que el productor siempre quiso silenciar los aportes del equipo de sonido, haciendo de cuenta que todos los avances técnicos de Los Beatles le pertenecían a él. También se ríe, cómo no, del tono de su voz y de sus costumbres puritanas (por no darse cuenta que Lennon estaba en ácido, un día lo dejó deambulando solo en la terraza). Emerick cuenta que que cuando venían periodistas de televisión a hacer notas, Martin le pedía que saliera del estudio. 

Emerick vs. Lennon: Emerick es durísimo con Lennon. Su amistad con McCartney tal vez haya pesado a la hora de escribir el libro. Emerick pinta a Lennon como a un gran artista, pero también como un tipo violento, inseguro y cruel. El Lennon de Emerick por momentos es un psicópata peligroso. Emerick no duda en mostrarse totalmente disgustado con algunas canciones. Por ejemplo dice que "Come Togheter" era bastante mala y por poco afirma que "I'm the walrus" se salva por los retoques sonoros que él añadió. Se regodea en las dificultades de Lennon para expresar sus deseos artísticos y se muestra indignado con todo lo que tiene que ver con Yoko (bueno, en eso puede que tenga razón). Sin embargo también reconoce que Lennon fue el único que le pidió que se quedara cuando renunció y que cuando estaba de buen humor, podía ser genial.

Emerick vs. Ringo: La semblanza que hace Emerick de Ringo es lapidaria: lo describe como alguien callado y desconcertante, muy lejos del humorista nato que todos recordamos. Emerick dice que nunca pudo entablar una conversación con Ringo y destroza sus aportes al grupo. También cuenta que fue reemplazado por otro batero durante la grabación de “Love me do”. Se refiere varias veces a sus complicaciones para hacer un simple redoble (algo de lo que el mismo Ringo se burló diciendo que sus redobles tenían el sonido de una persona cayéndose por una escalera). Eso sí, es muy emotivo cuando recuerda la sesión en la que Ringo cantó "With a Little Help from My Friends", con los tres miembros restantes del grupo alrededor, motivándolo para que lo hiciera bien.  

Emerick vs. Harrison: Otro que cae en la volteada del Ingeniero. Hasta "Something" y "Here comes the sun", para Emerick todos los aportes de Harrison fueron malos o aburridos. Emerick se complace en contar lo mucho que le costaba a Harrison hacer un buen solo (literalmente cada vez que tenía que hacer uno entraba en crisis) y la indiferencia de los demás beatles hacia sus temas (mientras los de John y Paul recibían la atención de todos, los de Harrison los hacía él solo).

Yoko vs. Todos (menos John): La llegada de Yoko contada por Emerick es especialmente desopilante y llega a su punto máximo cuando durante la grabación de Abbey Road Lennon llevó una cama al estudio y Yoko permaneció ahí acostada (recibiendo visitas) hasta que terminó de grabarse el disco. Emerick cuenta la irritación de todos cuando Yoko dijo que un tema debía ser tocado más rápido. Los Beatles eran muy maniáticos con su comida. Un día estaban todos en la consola y George Harrison vio como Yoko se comía sus galletas digestivas. La recontra cagó a puteadas.

Para el final transcribo el testimonio de Emerick sobre la grabación de los solos de guitarra de “The End”:

“(…) durante la hora que tardaron en tocar aquellos solos, toda la mala sangre, todas las peleas, toda la mierda que había separado a los tres antiguos amigos quedó olvidada. John, Paul y George parecían haber retrocedido en el tiempo, como si volvieran a ser niños, tocando juntos por puro placer. Me recordaron a unos pistoleros, con las guitarras colgadas, la seguridad de acero en sus miradas, decididos a superarse el uno al otro”.


miércoles, 29 de octubre de 2014

El tráfico de monos


El electricista contó que se fue a Córdoba a participar de una carrera de bicicletas y paseó por una reserva de monos.

Los monos de la reserva son recuperados del oscuro mundo del tráfico ilegal de monos. Estos monos han pasado por situaciones graves y en la reserva pueden andar libremente entre las personas. 

Los traficantes de monos drogan o emborrachan a los animales y se los ofrecen a sujetos desprevenidos propensos a comprar monos. 

Para anestesiar a los monos, los traficantes utilizan vino tinto Carcassonne y porro paraguayo. 

Los sujetos desprevenidos compran el mono creyendo que es un animal cariñoso, diligente y educado. Sueñan con que el mono les haga las tareas del hogar durante la semana y los divierta con piruetas aprendidas en el circo los domingos aburridos y lluviosos.

Cuando el mono sale del letargo narcótico y entiende que se encuentra en cautiverio empieza a cometer diversas atrocidades: escupe a los invitados, se masturba frente a las vecinas más distinguidas del barrio, hace sus necesidades sobre manteles y sábanas de seda, agrede a los niños, rompe platos, vasos y tazas, se toma el whisky más añejo, mete al gato en el lavarropas, se prueba los trajes del padre de familia, cambia la página de inicio de Google Chrome y rompe la cortina de la ducha. 

Los dueños, desesperados, intentan deshacerse del mono rabioso, pero nadie se quiere hacer cargo, por lo tanto intentan devolverlo a quien se los vendió. El traficante de monos lo acepta sólo si, además del mono, le dan la misma suma de dinero por la que se lo compraron.

Con solo tener un mono, un traficante puede vivir toda la vida, ya que el mono le retribuye dinero ida y vuelta infinitamente. Hay traficantes de monos que han llegado a vender tres veces en una semana al mismo mono. Quienes han querido denunciar la práctica se han encontrado con una gran red que encubre y promueve secretamente el tráfico ilegal de monos.

Un mono puede llegar a costar entre 6000 y 10000 pesos. Aunque los hay también más caros o más baratos (en algunos casos los venden moribundos o con enfermedades terminales), en dólares o reales (el mono brasilero es más prestigioso que el argentino).

Además de los sujetos desprevenidos propensos a comprar monos, los traficantes de monos se aprovechan especialmente de las personas: a) solitarias; b) inservibles; c) que durante los 80 gustaron de ver películas con monos inteligentes o simplemente pícaros, que viajaban al espacio o jugaban al básquetbol; d) que son de Boca y tuvieron un póster en el que un mono acompañaba o sustituía a Navarro Montoya; e) que desean abrir un pequeño zoológico; f) que no distinguen mascotas de animales salvajes; g) que se encuentran aburridas, no saben qué hacer y de repente dicen "me voy a comprar un mono"; h) que fantasean con comerse un mono a la parrilla o al horno.  

El electricista contó que en la reserva prohíben que los visitantes se acerquen demasiado a los monos, ya que estos se encuentran resentidos y decepcionados con los seres humanos. Una turista desoyó la orden y comenzó a sacarle fotos con el celular a un mono diminuto y simpático. El mono soportó los flashes un rato hasta que tomó el celular y se lo llevó a la cima de un árbol. Una vez arriba, sentado en una rama, empezó a golpear el celular contra el tronco hasta romperlo en mil pedazos. La turista empezó a llorar y a pedir auxilio. Para recuperar el chip los reservistas tuvieron que darle al mono media docena de bananas de alta calidad.    


martes, 28 de octubre de 2014

Arbitrariedades sobre Eduardo Mateo


1) Lo que más llama la atención de Mateo solo bien se lame es la originalidad de sus escasos y efectivos recursos técnicos. Aunque la grabación parece muy precaria, el sonido despojado y un par de buenos trucos logran que el resultado sea tan sencillo como sorprendente. El ritmo de los temas remite al candombe y la bossa pero la guitarra tiene un espíritu beatle; la percusión se dirige tanto hacia la tradición rioplatenses de la que Mateo es uno de sus principales cultores (los tambores) como a la generación flower power (el eco de los golpes y el surrealismo natural de las letras sumerge las canciones en un mar proto-psicodélico). El disco documenta a Mateo hablando antes del inicio de las canciones ("Yulelé", "Uh qué macana") o haciendo varias tomas en falso ("De nosotros dos"). Lo que en otro artista sería desprolijidad en Mateo es esencial. Pero más allá de todo lo que se puede decir sobre Mateo solo bien se lame (que más bien es poco, repetitivo y al pedo) el disco es legendario porque las canciones son inmediatas y frescas como una mañana soleada de otoño.    

2) Alguna vez Spinetta se enfureció muchísimo porque un periodista dijo que era una mezcla de Lennon y Caetano Veloso. Según Spinetta, decir eso significaba que el periodista deseaba ser garchado por Lennon, Caetano y él. Es interesante recordar estos improperios spinetteanos ahora que es una estampita y se lo confunde con un ángel o un duende. Creo que Spinetta es un artista aún más urgente y necesario en su real dimensión que en su estereotipo lavado para consumo masivo. En fin. El enojo permitió advertir hasta qué punto un genio se convierte en un ser autoritario que pretende, no sólo que lo elogien, sino que lo hagan en los parámetros que él determina. En otro orden de cosas: supongo que ser comparado con Lennon y Caetano Veloso, como la suma perfecta de esas dos sensibilidades, es lo más increíble que le pueden decir a un músico, pero a Spinetta le parecía que lo estaban bardeando. A Eduardo Mateo también se lo comparó mucho. Especialmente con Syd Barret y aunque efectivamente no tienen nada que ver, es innegable que forman parte de una serie maldita y dolorosa de grandes artistas absolutamente desquiciados. Es decir que las semejanzas, más que musicales son psicológicas. Escuchando a Mateo, del mismo modo que cuando escuchamos a Daniel Johnston o al mencionado Barret, a veces sentimos que estamos trasformando una tragedia personal en un estúpido mito pop.

3) La otra comparación a la que se suele hacer referencia para explicar a Mateo es la de Tanguito. Dado el carácter mítico y border de los dos artistas el paralelismo es entendible, pero con profundizar sólo un poco las diferencias son enormes. Tanguito parece el embrión de un gran artista que nunca llegó a la cima de sus potencialidades. Algo similar sucede cuando leemos a Caicedo: más que por lo que escribió, uno se maravilla por lo que podría haber escrito. Eduardo Mateo, en cambio, a pesar de sus dificultades, logró armar una obra reconocible y es el lugar en el que se cruzan los artistas más destacados de la música uruguaya, desde Jaime Roos y Drexler hasta Leo Masliah y Franny Glass. Por ejemplo ese estilo de voz seca y que se regodea en su poca expresividad recorre un gran espectro de compositores uruguayos y no existiría de no ser por Mateo.  

4) Hace poco, leyendo una antología sobre la Alt. Lit. (la nueva literatura norteamericana) pensé en la cantidad de personas que, en la última década, escribieron cuentos con un estilo idéntico al de esos escritores sin darse cuenta que pertenecían a ese supuesto movimiento. Es decir que a veces determinadas corrientes culturales y contextos sociales hacen que en diferentes lugares del mundo se produzcan cambios estéticos al mismo tiempo, que más que con las características irrepetibles de ciertos individuos, tienen que ver con lo que consumen y usan esos individuos. Algo de eso pasó con Almendra, Os Mutantes y El Kinto. Cada uno tomó la vertiente más experimental del rock and roll y la fusionó con la música urbana de sus ciudades. Almendra con el tango, Os Mutantes con el samba y la bossa, El Kinto con el candombe. Circa 1968 es un discazo y un verdadero dream team (además de Mateo estaba Rubén Rada).

5) La discografía de Mateo es desprolija y confusa. Incluso observando detenidamente la cronología de sus discos cuesta entender el orden y el criterio. Entre uno y otro disco solista pasan décadas (Mateo solo bien se lame es del 72 y Cuerpo y Alma del 84). Hay recopilaciones con canciones en vivo que no parecen ser de consola, sino grabadas de aire (las de la serie La máquina del tiempo, que encima incluye dos discos de estudio: Mal tiempo sobre Alchemia y La Mosca). A pesar de sus conocidas imposibilidades para coordinar con la Industria, en Mateo hay una falta de coherencia que se convirtió en un amateurismo deliberado. Como dando la razón a quienes dicen que el estilo es la suma de los defectos.

6) Todo gran artista tiene su etapa Say No More, el disco, el libro o la película del que nunca se sabe del todo si es una porquería o una obra maestra. En la discografía de Mateo ese disco es La Mosca, lo último que grabó antes de morir (1990). Yo creo que es una obra maestra. La Mosca muestra hasta qué punto Eduardo Mateo mantenía la mente abierta a nuevos sonidos y conceptos artísticos. Y esa apertura, además de estar relacionada con su curiosidad, también tiene que ver con algo más literal y cruel, con la idea de un tipo al que le están haciendo una lobotomía y se escapa en mitad de la intervención quirúrgica. Si uno viene de Mateo solo bien se lame o sus colaboraciones con Cabrera o Trasante, La Mosca es un baldazo de agua fría. Acá Mateo juega con la artificialidad de los sintetizadores y la frialdad futurista de las programaciones, la tecnología de los 80 que se iba a perfeccionar en la década siguiente. En ciertos tramos del disco (sobre todo en la introducción de ciertas canciones: "El trompo loco", "Juntos podemos llegar", "No hay vuelta de hoja") la arquitectura musical remite increíblemente al Spinetta hermético de Don Lucero o las piezas más inabordables de Peluson Of Milk (pienso en "Domo tu", "Bomba azul"). Las letras hablan de moscas, extraterrestres y robots. Una mezcla rara de cosmología disparatada y ciencia ficción artesanal. El gran problema es la voz de Mateo, por momentos grotesca, totalmente diferente a la de otros discos en los que conservaba cierta dulzura y gracia. A su favor podemos decir que con un par de audiciones la molestia se supera y podemos prestarle más atención al ingenio de las letras y la estructura imprevisible de la música.     

7) Algunos grandes compositores no son grandes cantantes o intérpretes de sus propias canciones. Como Jobim tuvo a Elis Regina, Mateo tuvo a Diane Denoir, que grabó sus temas a principios de los 70. Su disco fue redescubierto hace unos diez años y tuvo su edición en cd. Las versiones de Denoir se inclinan hacia la bossa nova y la chanson francesa (no la de Roland) y son un buen modo de iniciarse en la obra Eduardo Mateo porque la selección incluye sus temas más conocidos (“Esa tristeza”, “Mejor me voy”).   

8) Hay muchas anécdotas sobre Mateo. Como sucede con Borges, la persona dio paso al personaje y ya no se sabe exactamente cuál de las cosas que se cuentan sobre ellos son ciertas. La anécdota que más me gusta es cuando Mateo, en medio de un recital, dijo que era el momento de un solo de guitarra y abandonó el escenario dejando la guitarra parada junto al pie del micrófono. El público aplaudió la ocurrencia. Y Mateo no volvió más.