miércoles, 25 de marzo de 2015

Una gran historia con personajes geniales y excelentes interpretaciones


En menos de un mes vi los 86 capítulos de The Sopranos y se me ocurrió hacer algunos apuntes arbitrarios e innecesarios.

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En sus mejores momentos The Sopranos te convence de que lo único necesario es una gran historia con personajes geniales y excelentes interpretaciones, que todo lo demás (la experimentación de las vanguardias que supimos conseguir: disolución del personaje, fragmentación narrativa, ruptura de la linealidad temporal) es simplemente el recurso de los que justamente no tienen la suerte de tener una gran historia con personajes geniales y excelentes interpretaciones. Como si ver una serie sobre un ghetto conservador (la mafia italiana implantada en el corazón yanqui: católica, misógina, republicana) te volviera conservador como espectador.

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Todo lo que se dijo sobre James Gandolfini, el Jesucristo de la era de las series, es verdad. Pero no sólo habría que decir que le creemos todo como Tony Soprano, sino también que uno es capaz de oler los pedos que se tira después de intoxicarse con comida india y de intuir cosas más allá de lo que cuenta la serie, como por ejemplo la fragancia a perfume pasado de rosca, esa que inunda los ambientes cuando un tipo poderoso entre en un lugar cerrado. La construcción del personaje es tan inteligente como para alternar secuencias en las que resulta un gordo encantador con otras en las que es un hijo de puta indignante. Pero no hay ambigüedad ni chantaje moral en ningún momento de la serie: como en la vida, siempre sabemos que estamos amando a un psicópata.

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Respecto a las series que vimos ya entrados los 2000 (y hoy se encuentran en el ocaso de sus dinámicas narrativas), The Sopranos anticipa varios tópicos que ya se volvieron redundantes: la distancia, explotada dramáticamente, entre el personaje social y el individuo privado; el sueño como detalle sobrenatural para explayarse o bifurcar la trama (el psicoanálisis como rama de la literatura fantástica); el flashback ("el artista antes llamado racconto"); la muerte de personajes importantes (algo que no ocurría muy a menudo en series de la década del 80' o 90'); el desfase entre historia narrada e historia “real”, etc. Hay, especialmente en ciertos lapsos oníricos, algunas imágenes que recuerdan a Twin Peaks.

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The Sopranos tiene una libertad estilística que hoy parece muy curiosa. Por ejemplo los capítulos no terminan con esos ganchos forzados que sustituyen el suspenso con demagogia argumental (remarcando grotescamente el predominio del mercado por sobre el producto artístico). En The Sopranos los finales son distinguidos, piezas de colección en sí mismas. A veces recurren al anti clímax (como por ejemplo en la extraordinaria secuencia final del último capítulo). Casi siempre hacen espacio donde no hay y suena algún tema muy famoso que la serie resignifica a la perfección (en ese sentido es una enciclopedia de la música popular de los últimos 50 años). Son especialmente inolvidables los finales con “My lover’s prayer” de Otis Redding, “Thru and Thru” de Los Rolling Stones (nótese el detalle: se elige como tema final de la segunda temporada un tema de los Rolling cantado por Keith Richards) y “Can't Put Your Arm Around A Memory" de Johnny Tunder. La música siempre está presente, no sólo como banda de sonido para el espectador, sino como parte de la vida cotidiana de los personajes. Tony siempre escucha una radio de rock clásico. Hay un momento muy gracioso en el que maneja y canta “Dirty Work” de Steely Dan. En ese sentido, ya en la presentación (Tony recorriendo la ciudad desde su camioneta) la elección de “Woke up this morning” de Alabama 3 era acertada y te predisponía a ver la serie con más ganas desde el primer capítulo.    

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El lastre de la tradición de ficciones sobre la mafia está hábilmente resuelto a través de la referencia casi inmediata. Es como si David Chase (el creador) dijera implícitamente que si vas a robar algo, lo primero que tenés que hacer es admitirlo. Silvio Dante, el consiglieri de Tony, se la pasa imitando una secuencia de El Padrino III. Chris, otro capo de la familia, es un cinéfilo obsesivo que termina coproduciendo una película bizarra que mezcla el cine de mafia con el de terror (el monstruo es un capo descuartizado que vuelve de la muerte para matar a su jefe).

The Sopranos parte de la premisa de Analízame: el jefe mafioso que recurre a la psicología para revisar su crisis de virilidad: ataques de pánico, disfunción erectil, estrés, etc. La película se estrenó el 5 de marzo de 1999, la serie el 10 de enero del mismo año. Sin embargo, el desarrollo de la serie es inmensamente más profundo y dramático que el de la comedia. Y si me permiten la herejía: que el de El Padrino y Buenos Muchachos. The Sopranos es una serie que ocurre en el submundo de la mafia pero que habla de las relaciones de pareja, de las diferencias generacionales entre padres e hijos, del extraño mundo de los ancianos, etc. De la familia, en fin. Es una mezcla de Los Benvenuto y Los Simpsons dirigida por Scorsese. No se trata de un claro ejemplo del género realista (The Wire, otra serie emblemática de HBO, cumple mejor con ese encasillamiento), sino más bien naturalista: pocas veces se vio comer, coger y matar como en The Sopranos. Rodrigo Fresán dijo alguna vez que The Sopranos era a The Wire lo que Elvis a The Beatles. No estoy de acuerdo pero me gustaría que la comparación se me hubiese ocurrido a mí. Creo que Lost era los Beach Boys.

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Sin dudas lo más atractivo de la serie es la cantidad increíble de personajes inolvidables: el mencionado Silvio; Paulie (un subordinado de Tony que se roba varios capítulos y fue parte de la mafia en la vida real); Janice, la hermana new age de Tony; Livia, su madre castradora; Carmela, la esposa; el increíble Tío Junior (cuando empieza a perder el bocho está mirando la tele y cree que es Larry David); Vito, el capo homosexual; Johnny Sack, el capo neoyorquino enamorado de su mujer gorda; los dementes Ralph y Richie Aprile. 

La lista es eterna, pero mi personaje favorito es Chris Moltisanti, el sobrino de Tony con cara de camello, que dilapida su futuro como Jefe entre la adicción a la heroína, su relación tormentosa con Adriana La Cerva y sus ínfulas de escritor y director de cine. Chris es patético, en las dos acepciones del término: la que utilizaba Borges en sus ensayos y la que usan las chicas conchetas para referirse a alguien insoportable. Michael Imperioli, el actor que lo interpreta, le otorga un espíritu ambivalente. Es, al mismo tiempo, un niño en cuerpo de adulto y un personaje de Tarantino que se mueve en ese terreno en el que la ternura siempre está a un paso de la más horrible brutalidad. Mientras veía The Sopranos pensaba que a veces uno se cruza con Chris, la clase de tipos que te ponen nervioso y nunca se sabe con qué mierda van a salir. Es muy placentero mirar sus desventuras en el monitor, diversión garantizada, pero en la vida es mejor estar lo más lejos posible de alguien como él.   

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Ahora me cuesta mucho ponerme a ver otra serie. Es como dejar el budismo para ser umbanda. En una época en la que todos recomendamos series que al final decepcionan (The Walking Dead, Game Of Thrones, Homeland; por no hablar de porquerías serias como Under the dome, Bates Motel, Helix y un largo etcétera), estoy esperando que llegue el futuro para poder ver otra vez The Sopranos

miércoles, 18 de marzo de 2015

Pasado, presente y futuro de River Plate


Me fui a la mierda con el título, pero en fin. 

Antes de decir algo, habría que explicar que el declive de River no empezó en el verano con la goleada 0-5 contra Boca (significativa pero absolutamente exagerada por los medios: ¿desde cuándo un Torneo de Verano tiene importancia?) ¡sino a mediados del semestre pasado!, cuando se lesionó Kranevitter, se empezó a empatar (tres partidos consecutivos: Boca, Arsenal, Lanús) y el equipo perdió el juego colectivo, abastecido en base a la presión ofensiva y la efectividad en los pases de sus jugadores. A partir de ahí River fue contundente, pero dejó de brillar y aplastar a los rivales (algo que, francamente, no es muy posible de sostener en el tiempo). El logro en la Copa Sudamericana (y especialmente la eliminación en las semifinales a Boca) barrieron debajo de la alfombra el bajón y otro problema inquietante: el abuso de juego brusco. Por momentos, aun ganando, el equipo pareció desequilibrado y confundió templanza con violencia. Las amarillas y las rojas llegaron a su cenit en el famoso 0-5. De hecho tal vez lo único positivo de este comienzo de campeonato local y Libertadores es que River volvió a la senda del juego limpio. 

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Con una racionalidad inquietante para el hincha ansioso D’Onofrio reemplazó los “jugadores falopa”, expresión acuñada por Passarella que tuvo su auge en la era Aguilar (Robert Flores, San Martín, Salcedo, Paniagua) por la austeridad era Francisco I: para este semestre sólo vinieron Mayada y Martínez. En el anterior se había aplicado la misma política: Chiarini y Pisculichi, más los regresos de Sánchez y Mora que resultaron refuerzos de jerarquía (Ramón Díaz les había bajado el pulgar). Cirigliano, un número cinco auspicioso, fundamental en el Torneo de Ascenso, no fue tenido en cuenta.    

Aimar, el crack veterano que ostenta el orgullo de ser el ídolo de Messi, el jugador que salvo contadas ocasiones (River, Valencia, un poco en Benfica), nunca fue aprovechado plenamente por ninguno de los equipos en los que jugó (por lesiones, por irregularidad en el rendimiento), fue una apuesta arriesgada que por ahora no salió del todo bien: se pensaba que podía jugar la Libertadores pero cuando estaba a punto de recuperarse volvió a entrar al quirófano. De todas maneras su ausencia no explica ni un dos por ciento de la situación de River, que en ese puesto cuenta con Pisculichi, el mencionado Martínez y el de las inferiores, Tomás.  

El ex jugador de Huracán estuvo a punto de llegar al plantel el semestre pasado pero la operación no pudo llevarse a cabo. Era uno de los objetivos de Gallardo y por ahora es el mejor jugador del equipo. Aunque sus apariciones fueron esporádicas (no es titular y encima se lesionó), mostró un nivel superior al resto. Rápido, de una gambeta productiva (va hacia adelante) y con un buen panorama para hacer pases entre líneas (es un gran “asistidor”), se ganó el cariño del hincha con muy poco. Por ahora suele diluirse en los segundos tiempos, aunque tal vez se deba al poco rodaje. Mayada, el tercer uruguayo del plantel, todavía es una incógnita. Aunque tuvo varios momentos brillantes, especialmente con sus arranques por derecha pegado a la línea, en los que empieza de marcador de punta y termina de wing derecho, a veces se lo nota demasiado desprolijo en la resolución de las jugadas y carente de marca, aunque este último más que un defecto de él, es un desperfecto del plantel, que no encuentra reemplazante para Mercado (Solari nunca dio resultado).         

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Si lo que se advierte es una pérdida notable de cohesión en el juego asociado de los delanteros y volantes ofensivos y una falta de coordinación alarmante en la defensa la razón quizás radique en el bajo nivel de muchos jugadores que el año pasado llegaron a rendir por encima de cualquier expectativa. No hay esplendor colectivo sin plenitud individual.  

Funes Mori, que había tenido una evolución sorprendente (lo que llevó a algunas exageraciones, como compararlo con Passarella) sufre una regresión considerable. Algunos consideran que estaría ingresando nuevamente en el útero. Rojas, un mediocampista que se había convertido en el corazón secreto del equipo, con su prolijidad en los pases y su alto sentido de la ubicación (tanto para cortar avances del rival como para crear juego), hoy es totalmente intrascendente. Kranevitter nunca recuperó el nivel de comienzos del campeonato pasado. En cuanto a Teo (uno de los más criticados): siempre fue así. Incluso en sus mejores partidos suele desaparecer durante largos tramos, en los que hace gala de su exasperante displicencia, que se convierte en calidad cuando las cosas le salen bien. Así se podría continuar con casi todos los jugadores con excepción de Sánchez y Mora: Pisculichi, Barovero, Maidana, Vangioni, Mercado.

Los pibes (Simeone, Driussi, Boyé, Solari, Tomás Martínez) todavía no han demostrado ese plus de frescura y atrevimiento que uno espera habitualmente de los más jóvenes. Cavenaghi obviamente no está pasando por su mejor momento: cae en off side continuamente, abusa del pase atrás, etc. A veces sus intervenciones parecen lentas y redundantes pero son acertadas: quiere darle un poco de perspectiva y respiración al equipo atolondrado. Su primer tiempo contra Unión fue muy bueno. En otras ocasiones confunde instinto goleador con egoísmo, pero eso le pasa a casi todos los delanteros del mundo.   

Chiarini y Urribarri son Chiarini y Urribarri.       

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Muchos se preguntan qué le pasa a River aunque tal vez mejor sería preguntarse qué le pasó el año pasado para jugar tan bien y destacarse en forma tan ostensible del resto de los equipos. Probablemente nunca se vuelvan a dar las condiciones para que el equipo brille, aunque sí es factible que se encuentre un equilibrio entre la efectividad ofensiva del principio y la sobriedad defensiva del final (me refiero al semestre pasado). El Campeonato es muy largo y todavía no se perdió ningún partido. De ganar mañana, increíblemente (por lo mal que está jugando), puede quedar segundo en el grupo de la Libertadores. Si ninguna de estas proyecciones optimistas suceden, bueno, hay cosas peores.


Por otro lado al periodismo (y al hincha en general) le conmueve el morbo de que los archienemigos siempre estén en condiciones totalmente opuestas. El año pasado River jugaba mejor y Boca empezó a renovarse con la llegada de Arruabarrena, sin embargo el análisis era que River se parecía al Barcelona y Boca a Juan Aurich. Hoy es al revés. Así es la vida, amigos. 

jueves, 12 de marzo de 2015

Computación sin computadoras


En quinto grado me gané una "beca" para estudiar Computación por ser el mejor alumno. Ser el mejor alumno es siniestro. Esa mezcla de odio y vergüenza de sí mismos de los demás era un cóctel mortal para mi cerebro. Cuando en séptimo llevé la bandera sentí que estaba en un cuento de Kafka. Ser el mejor alumno es ser una cucaracha. Pero si sigo siendo una cucaracha no es precisamente porque siga siendo el mejor alumno.

Lo bueno del breve curso de Computación es que me permitió ser el peor alumno. Yo no entendía nada. Y claro que no entendía si en mi casa no tenía computadora e iba a un curso sólo cuarenta minutos por semana. ¿Cómo querían que supiera? Tomé un par de clases y nunca más se habló del tema.  

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En el Industrial cuando pasabas Noveno tenías que elegir una especialidad. Elegí Informática porque me pareció que me iba a ensuciar menos que en Mecánica o Construcciones pero siempre supe que tenía mis días contados. El día que repetí me tomé el 573 y hacía mucho calor. Me acuerdo porque tenía una remera negra y el sol me pegaba en el estampado enorme de la espalda. Prendí el walkman y estaban pasando el tema ese de Eminem que sampleaba otro de una cantante llamada Dido.

Durante el tiempo que estudié Informática (un año) no alcancé a entender nada. Usaban un programa, Pascal, y hacían cosas maravillosas pero absolutamente aburridas, cosas que se regodeaban en el aburrimiento que causaban, como si existiera el aburrimiento barroco. En Algoritmo muchas veces sentí que estaba estudiando el idioma de los extraterrestres. Mis compañeros eran salvajes y escupían a los profesores. Una compañera era más extrema: masticaba Criollitas, escupía en la mano el bolo alimenticio y se los tiraba por la cabeza a quienes le caían mal. Los bolos se amontonaron arriba y al costado del pizarrón y con el tiempo se convirtieron en figuras macizas con formas de gárgolas.    
  
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Después de repetir en el Industrial me fui a otra Secundaria. Evidentemente creían que el lujo era vulgaridad: en Informática nos daban Computación y no teníamos computadora.

Computación sin computadoras, parece un chiste o un verso de una canción de Calamaro.

El director de esa Escuela se llamaba Arroyo y es un político de derecha muy conocido en la ciudad Feliz. Siempre me estaban corriendo porque no respetaba el look milico del establecimiento: corte media americana, corbata, sin barba, sin bigote, etc. Un día Arroyo se me acercó y me susurró “Alumno, usted parece un hippie”. Todavía puedo sentir el aroma a cigarrillo y jabón que despedía su fabulosa cabeza. Durante la adolescencia eso fue lo más parecido a un triunfo, pensé que aunque sea me parecía en algo a un chico de un colegio cool, de esos en los que los alumnos son lindos, no como éramos nosotros en todas las escuelas a las que fui, flacuchos y dientones, ¡como horribles liebres desnutridas a punto de ser degolladas! Tal vez exagere un poco. Mientras estuve en la Media 2 creí que estaba bajo las garras de un régimen de facto,  pero ahora Arroyo me cae bien. El tipo cranea proyectos emocionantes como sacar los corsos de las plazas públicas y llevarlos a  un lugar cerrado para que no molesten con el ruido; o negarle a Manu Chao el título de visitante ilustre porque lo considera ¡un anarquista! Estoy de acuerdo con las resoluciones de Arroyo pero no por sus mismas razones. Si sigo así dentro de diez años voy a tener las mismas razones.

En fin. Computación sin computadora. La tarea consistía en dibujar un teclado y destacar para qué servía cada tecla. Por ejemplo “¿Para qué sirve Repag?”. Bueno, en realidad eso nunca lo aprendí pero era lo que se estilaba.

Nos pasábamos clases enteras repitiendo la diferencia entre Hardware y Software, como si fueran claves secretas para ingresar al mundo del Futuro. Anotábamos los pasos a seguir para saber qué hacer el día que tuviéramos la enorme fortuna de poder guardar un archivo en un disquete real.

El proyecto final era que cada uno construyera una computadora con cajas de pizza y fósforos hábilmente entrelazadas. Nadie la hizo. En esa época la dignidad no se negociaba.  

jueves, 5 de marzo de 2015

Vindicación de las lonas/Intoxicados




Vindicación de las lonas 

A nadie le sorprende que un psicoanalista o un abogado escriba en sus ratos libres, eso es lo más natural. Pero puedo asegurar que la idea de que a alguien que trabaja con sus manos (un albañil, un carpintero) se le ocurra escribir se encuentra desterrada de todas las mentes del mundo, por más abiertas y modernas que sean. No los juzgo, yo también tengo el mismo prejuicio. Parece que la escritura es para las personas que tienen una profesión, no un oficio.   

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Intoxicados 

Pity Álvarez terminó de incrustarse en nuestro corazón cuando todavía en Viejas Locas sentenció “Homero”, su preciosa balada sobre la clase trabajadora argentina, con un epitafio premonitorio y fatal: “Pocos son los que van a zafar”. El verso arrojaba la conclusión de toda una década y se adelantaba involuntariamente a Cromañón, el final simbólico y doloroso de la generación chabona a cuyas filas Pity había pertenecido como uno de sus más ilustres representantes. 

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lunes, 2 de marzo de 2015

Sólo por hacer la contra


Sólo por hacer la contra me gustaría que Tan Biónica me parezca una gran banda. El grado de encono que genera la banda seguramente habla más de nosotros como público rockero sin brújula que de Chano and Company. Tan Biónica se convirtió en un chivo expiatorio. En cierto punto, la sola mención de su nombre fue asimilada al insulto. La verdad es que se suelen atribuir a Tan Biónica todos los males del “rock nacional” cuando la banda, en caso de encarnar algún mal, es más una consecuencia que una causa.

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Una de las razones del odio que genera Tan Biónica se concentra en el tipo de público que sigue a la banda. La ortodoxia rockera, corriente de pensamiento basada en la orgullosa liberación de prejuicios y sectarismos, suele mirar de reojo a las bandas con público mayoritariamente femenino y adolescente. Porque el público de Tan Biónica ni siquiera llega a estar conformado por mujeres, como sucede con las legendarias amas de casa cansadas de la rutina que siguen a Ricardo Arjona, sino por “minitas”. Minitas que gritan permanentemente haciendo gala de un fanatismo enceguecido y un desconocimiento absoluto de la historia del rock argentino. El rockero desconfía de este tipo de público (exceptuando el género y la franja etaria, no muy diferente al de Los Redondos o Cerati) porque supone que más que por aspectos musicales, la “minita” se entusiasma por circunstancias de tipo hormonal. Tal interpretación camufla otra más incómoda: la certidumbre de que Chano, siendo o pareciendo (con mucho énfasis) un paparulo perfecto, tiene más posibilidades de tener sexo en una noche que nosotros en toda nuestra vida. La verdad es que el ataque hacia esa clase de público es injusto: muchos de los fans de Tan Biónica se están iniciando en el rock y es posible que la banda les sirva como trampolín hacia otros artistas, aunque no es alocado pensar que, desprejuiciados, ya escuchen Tan Biónica y Pink Floyd sin sentirse culpables de un delito moral.

En cuanto al prejuicio sobre el público femenino habría que aclarar que otras buenas y significativas bandas de rock argentino han sido imputadas por lo mismo sin que por ello se dudara masivamente de su talento: Serú Girán, Soda Stereo, Babasónicos. Si la mención de Serú Girán parece desacertada sólo lean entrevistas y cartas de lectores de la época en Expreso Imaginario. Estos casos de consumo cultural mayoritariamente femenino, en los que la crítica al objeto se traslada al menosprecio de sus seguidoras, suele darse en otros ámbitos. Sin ir más lejos veamos el escándalo que causa en las mujeres y hombres sofisticados la existencia de mujeres aparentemente no sofisticadas que se excitan con Cincuenta sombras de Grey.   

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Tan Biónica parece amalgamar la música que se oye habitualmente en las publicidades de celulares (un electro pop muy FM y apto para todo público) con las secuelas de una generación canchera que en vez de bucear en las obras cumbres de Spinetta y García decidió quedarse con los estereotipos de Calamaro, Páez y Cerati. Es decir, el aleph de todo lo que está mal en la vida. No culpo a Calamaro, Páez y Cerati por la existencia de Tan Biónica, digo que en Tan Biónica intuyo (tal vez en forma errónea) cierta metabolización a la bartola de estos tres compositores, que llegaron a niveles de exquisitez en más de una ocasión. La misma relación de dependencia se da entre Redondos y Callejeros o Pity Álvarez (Viejas Locas, Intoxicados) y Jóvenes Pordioseros. Los ejemplos son innumerables. Un artista puede inventar a otro sin siquiera tocarlo. Daniel Hendler es un actor de Martín Rejtman y nunca trabajó en una película de Martín Rejtman. En fin. Lo dijo el mismo Chano: “Spinetta y Charly García no me producen nada” (de allí la referencia a los dos patriarcas en el inicio del párrafo). La frase apuntaba directamente a los cimientos de la cultura rock argentina y provocó una mini polémica. El problema no es descartar a Spinetta y a Charly con tal soberbia (algo que han hecho muchos, especialmente con García, casi como rito de iniciación), sino decirlo y que tu música no esté a la altura de tales pretensiones. Uno puede criticar muchas cosas de los escritores argentinos pero nadie es tan necio como para ponerse en contra de Borges sin ironías. No podemos decir lo mismo de los músicos.  

La lírica de Chano hace una épica del reviente nocturno, electrónico y selecto de los jóvenes ABC1 de la Buenos Aires del Siglo XXI (aunque su música atravesó todas las capas sociales).  Las melodías zigzagueantes y frenéticas (casi siempre matizadas por una gruesa capa de sintetizadores) parecen recrear la banda sonora del consumo de determinadas sustancias tóxicas, con sus efectos colaterales: ansiedad, desequilibrio, agitación, etc. A este tipo de piezas se contraponen las canciones del bajón, que ya no ocurren en la noche sino en la mañana posterior al reviente. “Chica biónica”, el tema que abre su primer disco oficial (Canciones del huracán, 2007) parece una declaración de principios: “Sobreviví, mi novia biónica empolva su nariz/ en duras tardes cotidianas/ canta la Capital, la radio anuncia las catorce/ y la ciudad va recogiendo mis pedazos”. “Arruinarse”, el primer hit, predecible ya desde el título, es una canción de versos pre adolescentes con el sujeto abandonado quejándose porque la chica/merca no lo quiere más. (“Detesto no saber si te acordás de mí/ O no te importa nada de lo que me pasa”). El tercer tema (¡“Mis madrugaditas”!) es un híbrido de electrónica y cumbia (a la Bersuit), donde se rima la palabra “cerveza” con la palabra “tristeza”. Incluye frases del tipo “Por perder el control, lo pierdo todo”. El resto del disco deambula por los mismos parajes pachangueros, con algunas tendencias que, a futuro, se convirtieron en el ADN de la banda: referencia constantes a Buenos Aires (más que a un letrista, descubrimos en Chano un geógrafo frustrado), multiplicación de diminutivos, exclamaciones y la hazaña de intentar una poética desde el discurso de un mensaje de texto mandado a las cuatro de la mañana. No siempre la suma de los defectos crea un estilo, a veces la suma de los defectos da como resultado muchos defectos. Algunas otras frases imperdibles: “Qué rica pastillita fuerte”; “acostumbrado a mis nochecitas/ voy emparchando mis fisuritas”; “Everybody welcome/ Sangraba plush, bijouterie”; “la cocaína seca las lágrimas/ y es el combustible de mi ciudad”.  

Obesionario (2010) sigue exactamente la misma tónica, con canciones llamadas “Dominguicidio” y “Pastillitas del olvido”, nuevas alusiones a la ciudad de Buenos Aires y frases del tipo “este amor es como un helado caliente/ que te quema cuando lo querés chupar”. Hay, eso sí, un aumento de climas oscuros en la intro de las canciones, por lo que se deduce un aumento del consumo o una baja en la calidad de los tóxicos. Destinología (2013), último disco por el momento (ya sale Hola Mundo) es un acto reflejo del fallido Mylo Xyloto y sin Brian Eno.

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Después de formar parte de innumerables charlas en las que los interlocutores (entre ellos un servidor) criticaban a Tan Biónica sin siquiera haber escuchado un tema creí oportuno dejar de lado los prejuicios y, como decíamos en los 90, “ver qué onda”. Escuchando la discografía de Tan Biónica es sorprendente lo mucho que se parece la banda a su propio estereotipo. Básicamente no hay nada en los discos de Tan Biónica que no hayamos adivinado con escuchar dos temas de pasada en la radio. Lamentable y musicalmente Tan Biónica es el triunfo de nuestros peores prejuicios. El resto es propio de toda la cultura rock en Argentina: construir una identidad a partir del síndrome de Peter Pan, replicar discos exitosos del rock de afuera, usar trajes ridículos, etc.  

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Volviendo a las letras, este tipo de contenido (incluso su dinámica: “me coloco, luego fisuro”) también es muy propio del rock. Tal vez Tan Biónica abusó, fue demasiado lejos. La diferencia es que si la cultura rock habitualmente utilizaba técnicas de reviente como medio para llegar a un fin (y así le fue), en Tan Biónica el fin parece ser el mismo reviente (y así les va). Y aquí nos encontramos con un “problema” del que Tan Biónica (o por lo menos su imaginario) es solo un emergente.

Por otro lado nótese que el rock es moralista hasta cuando se droga, sus teóricos nos convencieron de que incluso drogándonos tenemos que tener algún tipo de proyecto a largo plazo, ya sea encontrarle sentido a la vida, hablar con Enrique Symns, hacer Sgt. Pepper’s o tirarnos de un noveno piso.   

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En conclusión: a excepción de hacer música que no nos gusta, se declara a Tan Biónica inocente de todas las acusaciones que se hicieron en su contra; asimismo Tan Biónica sólo puede acercarse al rock presentando una orden legal; el rock, por su parte, puede volver a renacer sólo a 100 metros de donde se encuentre Tan Biónica.      

miércoles, 11 de febrero de 2015

Cuatro


Cuatro es el nombre de un nuevo libro de cuentos, publicado en el marco de la colección de narrativa Leer es futuro, del Ministerio de Cultura. Su distribución es gratuita y se puede leer en línea o descargar en PDF en esta página (donde encontrarán todos los libros de la colección). Agradezco infinitamente a los editores Marcos Almada e Inés Kreplak; también a Daniel Ruggeri, quien hizo la ilustración de la tapa. Un abrazo para Leonardo Oyola, Martín Cantalupi, Pía Bouzas y Otto Zaiser, con quienes compartí la presentación de nuestros respectivos libros hace un par de días. Sayonara.   

martes, 3 de febrero de 2015

Juan Román Riquelme


Tal vez porque ya había sucedido en el pasado, no le di mucha importancia al retiro de Riquelme hasta ayer, cuando me colgué en un canal deportivo mirando sus goles en Boca. Salvo raras excepciones, eran todos golazos. No sé de cuántos futbolistas se puede decir eso: Maradona, por supuesto, Francescoli, Messi (que ahora le pega con la derecha), Ortega.

En vez de “jugar al fútbol” Riquelme hablaba de “jugar a la pelota”. Como se sabe, la distancia entre uno y otro concepto es abismal: a la pelota juegan los pibes del barrio, al fútbol los multimillonarios metrosexuales tatuados hasta en las rodillas. Después de escucharlo decir lo mismo tantas veces muchos creímos que se trataba de un cliché con el que Riquelme izaba la bandera del amateurismo romántico. Pero mientras veía sus goles me di cuenta de que Riquelme verdaderamente jugaba a la pelota. Había algo demasiado lúdico para el profesionalismo en sus elecciones en el campo de juego. Por ejemplo en un viejo partido (contra Belgrano de Córdoba creo) Riquelme hace dos goles en los que la pelota pica antes de tocar a la red, pero lo correcto sería decir, por el modo en que lo hace, que se le “ocurre” hacer esos dos goles.

La forma en que la opinión pública interpreta la conducta de los grandes ídolos del deporte, la política y el espectáculo es sospechosa. Aunque antes habría que aclarar que la opinión pública suele estar digitada por los medios de comunicación que, a su vez, responden a determinados intereses. Esto es tan obvio que a veces lo olvidamos por completo. Riquelme, entonces, un tipo que se acostumbró a verduguear a los periodistas y a utilizarlos para su propio beneficio (al revés de la mayoría de los futbolistas) fue acusado de camarillero, problemático, etc. La deducción general dice que si se llevó mal con tantos compañeros, directores técnicos, dirigentes y periodistas el problema es suyo. Marcelo Bielsa tuvo y sigue teniendo problemas del mismo tipo. Ricardo Lunari, ex jugador de Newell’s, cuenta una situación digna de Whiplash: siendo jugador de Inferiores varias veces pensó en dejar el fútbol por la manera agresiva en que Bielsa le recriminaba los errores. 

Con esto no intento ni remotamente hablar mal de Bielsa (no me interesa y además me atrae su extenso anecdotario y disfruté del juego de algunos de sus equipos), sino subrayar que las personalidades “conflictivas” son ubicadas en uno u otro lado según conveniencias muy puntuales. Actualmente Marcelo Bielsa es sinónimo de ética, Riquelme todo lo contrario.        

Algo que nunca pude entender es cómo hay hinchas de Boca que no quieren a Riquelme. En su momento preferían a Palermo, un goleador extraordinario y probablemente un buen tipo, pero que en comparación pierde de la misma forma que Chano de Tan Biónica ante Frank Zappa. De última Palermo era un futbolista pero ahora prefieren a Angelici. ¿Acaso se trata de un deseo homoerótico reprimido por los hombres con cadenas de oro, camisas con botones desprendidos y una total impericia para hablar y pensar en el mundo contemporáneo?

Sin dudas otra de las cosas que me gusta de Riquelme (además de su condición de crack) es que siempre habló bien de los jugadores de River. Podemos elucubrar que se trataba de una táctica maquiavélica para llegar sin presión antes de los superclásicos o de un demagógico serial (¿por qué mierda intentaría serlo con los hinchas de River?) pero que una vez retirado diga que ahora “queda Pablo Aimar” es una de las declaraciones más hermosas que escuché en el horrible "mundo del fútbol". Parece que Riquelme, ese mala leche y pecho frío, en realidad cree en un mundo en el que más allá de su profundo bosterismo, lo importante es el fútbol y la amistad. Riquelme nunca se olvidó de Aimar, su viejo amigo. Es más: Riquelme se acordó más de Aimar que los hinchas de River. Ese instante del partido contra México en el Mundial 06, antes del alargue, con el grupo deambulando por un lado y Pekerman hablando insistentemente con Aimar y Riquelme siempre me pareció emotivo.   


Por último quisiera agregar otro dato: Riquelme era uno de los pocos jugadores, sino el único, que se reía mientras jugaba al fútbol. Perdón: a la pelota. 

jueves, 29 de enero de 2015

La última de Paul Thomas Anderson


Como diría Sabato pero refiriéndose a lo horrible que es la vida: Que Paul Thomas Anderson es un genio es una verdad que no necesita ser comprobada.  

Si en su momento la famosa lluvia de ranas de Magnolia nos pareció un gol de mitad de cancha, a la distancia es un recurso demasiado cercano al golpe de efecto. Lo mismo sucede con varias genialidades que marcaron nuestra educación sentimental: los capítulos prescindibles de Rayuela, las esculturas de Marta Minujín, las canciones de Machito Ponce, etc.   

La buena noticia es que ya desde Petróleo Sangriento y The Master, PTA encontró la fórmula para que sus películas, enmarcadas en un realismo metafísico único en su especie, sean fantásticas sin recurrir al viejo truco del realismo mágico. Las películas de PTA son oníricas y extrañas como las tardes de verano después de una siesta que duró más de lo indicado.

Por su parte, Joaquín Phoenix se convirtió en la clase de actor poderoso que puede crear un personaje desde su look. En Inherent Vice lo amarán las mujeres y lo querrán como amigo los hombres. Deja de lado su inclinación por los seres atormentados (recordar The Master y Her) y hace de Doc Sportello, un detective privado que se la pasa fumado y recuerda (¿demasiado?) al legendario Dude, encarnado por Jeff Bridges en El Gran Lebowski.

Es imposible no pensar qué papel hubiese hecho Philip Seymour Hoffman si estuviera vivo.

Como The Master, la película tiene una estructura deliberadamente indeterminada y es probable que en cierto punto nos preguntemos qué mierda está pasando. Está basada en una novela de Thomas Pynchon, otro muchacho hermético. Aunque dicen que no es la más característica de su obra, que PTA filme una novela de Pynchon se asemeja a que Björk haga un cover de Spinetta. Sólo tipos como Dios o Deleuze pueden entender lo que pasa. Hay un clima enrarecido en Inherent Vice y no tiene que ver precisamente con el humo de los innumerables porros que se fuma Doc Sportello durante toda la película.

Doc Sportello investiga un caso en el que está involucrada su ex novia pero como en los policiales post Raymond Chandler importa mucho más el universo poético que se recrea y los personajes (los multimillonarios excéntricos, los matones, las mujeres fatales) que el enigma. El argumento se va perdiendo y es difícil destejer el arcoíris.    

Muchas personas desprecian este tipo de películas. Creo que estoy entre ese tipo de personas, pero con PTA hago una excepción. Me gusta pensar en sus películas como canciones de rock con líricas disparatadas en las que el sentido no tiene que ver exactamente con la racionalidad sino con la combinación de elementos y sensaciones que varían según quien los reciba.   

Se podrán decir muchas cosas feas sobre PTA (a mí no se me ocurre ninguna) pero nadie hace películas como él.

Por supuesto Inherent Vice no está entre las nominadas a Mejor Película en los Premios Oscar. 

martes, 27 de enero de 2015

Clint Eastwood


Clint Eastwood es incapaz de hacer una película mala. Su claridad conceptual, su engañosa simpleza, la humanidad que transmiten sus personajes, su entusiasmo para seguir contando historias de amor y amistad pese a todo. Podríamos estar décadas repasando los atributos que hicieron a Clint un viejo lobo de mar del cine, tan conservador y recalcitrantemente yanqui como tierno y encantador.    

Lo primero que sorprende de American Sniper (su última película, nominada al Oscar) no es el motivo bélico (uno de los mejores sub-géneros del cine: sólo con Full Metal Jacket Apocalipsis Now alcanza para sostener esta arbitrariedad) sino la redundancia en la psicología del francotirador, cuestión que ya se había analizado, por ejemplo, en The Deer Hunter (El Francotirador en América Latina), una película tan larga (literalmente no termina nunca) que daba la impresión que jamás se volvería a hablar del tema.

Según Eastwood la película está en contra de la guerra. En este punto no se puede dudar de sus declaraciones (y también preguntarse quién podría estar a favor de la guerra: probablemente el mismo Clint Eastwood), lo que sí se puede afirmar es que la película estará en contra de la guerra pero no está en contra de los asesinos de guerra.

Para traducirlo al idioma kirchnerista: es como estar en contra de la SIDE pero a favor de Stiusso…   

American Sniper recrea la vida de Chris Kyle, un soldado norteamericano nacido en Texas que se anota voluntariamente en el Ejército Norteamericano y se siente mal porque mata iraquíes. Sin embargo sigue matando durante algo así como diez años. Hasta que luego de matar 168 (sic), con una rapidez de reflejos admirable, renuncia. Por supuesto uno debe compadecerse del pobre asesino texano que no sabía que si entraba en el Ejército iba a matar niños y mujeres iraquíes (los hombres iraquíes evidentemente no merecen compasión: todos sabemos que los iraquíes-macho son unos asesinos del primero hasta el último).

Chris se casa con una mujer que odia a los soldados de su tipo. Tienen dos hijos que sufren porque su padre, en vez de llevarlos a jugar beisbol, se la pasa en Irak matando muñecos desde las azoteas. Por supuesto también debemos compadecernos de la mujer boluda que voluntariamente se casa con un asesino boludo y de los dos niños inocentes, tan diferentes y parecidos al niño iraquí que el francotirador fulmina porque tiene una granada en la mano. Ojo, no sin sentirse re mal después de hacerlo.  

Aunque la película muestra los inconvenientes mentales que supone el paso de la guerra por la zabeca de los soldados, la visión del Ejército es casi idílica. Cuando matan a un iraquí, por más que se trate de un niño, siempre lo hacen como reacción a un ataque. Para que quede claro: ellos están invadiendo un país, dando vuelta casas, explotando bombas, matando gente inocente y de la otra, pero en ningún momento se insinúa que son unos reverendos hijos de puta. Más bien parecen un grupo de amigos cancheros y musculosos, de esos que aparecen en las propagandas de Quilmes, lo único que en vez de chamuyarse rubias, asesinan negros.

Por Dios, la película es tan horrible que me obliga a hablar mal de Estados Unidos, algo que debe hacerse sólo hasta los 18 años y con la orden de un Juez.

Bradley Cooper está muy bien en su papel de “soldado cuadrado y violento pero de gran corazón” aunque no se puede evitar pensar que hace de sí mismo.     

Para que quede más claro: el problema con American Sniper no es sólo ideológico. Allí está Gran Torino, Karate Kid al revés, el mejor ejemplo de que con talento hasta una perspectiva derechosa del mundo puede ser genuina y hermosa. El problema, como diría Ricardo Arjona, es que además de esa visión por lo menos polémica de la guerra, hay grandes dosis de chantaje emocional y golpes bajos. Es verdad que buena parte del cine de Eastwood siempre se caracterizó por una marcada apelación a los sentimientos, pero hasta aquí no había cruzado la línea que separa la sensibilidad de la sensiblería.   
                                                              
Repito: Clint Eastwood es incapaz de hacer una película mala. Pero con American Sniper estuvo muy cerca.


martes, 20 de enero de 2015

Paranoia es cuando uno tiene todos los datos


En el imaginario colectivo la muerte de Nisman reconstruye los pedazos rotos del espejo de los grandes crímenes políticos ocurridos en democracia. De Cabezas, la sensación, propia de una novela negra, de que el esclarecimiento policial revelará, no sólo las circunstancias de un hecho aislado, sino también los laberintos ocultos de toda una época. De Yabrán, las versiones alternativas y antagónicas sobre las causas de la muerte: el suicidio, según la autopsia y el suicidio manipulado o el asesinato encubierto, más cercana a una hipótesis popular. De Favaloro, la escena del hombre probo que muere en manos de un sistema maligno (por corrupto, mafioso o indolente) alentado por el Estado. Lo más evidente es que Nisman, como personaje mitíco, emerge al nivel de un Frankenstein de estereotipos nacionales que conmueven seriamente a la opinión pública. 

Decir "Je suis Nisman" tal vez sea más complicado que decir "Je suis Charlie". Nisman era un fiscal que vivía en Puerto Madero, rodeado por diez custodios y con un historial de visitas a la embajada de Estados Unidos que no permiten tan fácilmente la empatía con el ciudadano común y corriente (más bien todo lo contrario). Dentro del marco del desastre se percibe cierto exceso. En el otro extremo está el Gobierno, con su famosa interpretación, casi tradicional y consuetudinaria: un diagrama previsible que de una u otra manera recae en Magnetto y las tapas de Clarín. En la distancia que hay entre esas dos perspectivas se encuentra lo único concreto: no sabemos qué pasó y aunque nos lo digan vamos a seguir creyendo que fue otra cosa. 

Hubo un tiempo en que sucedían esta clase de escándalos sociales y uno recurría a cierto referente (un periodista, un intelectual, un amigo, un ser humano) que le decía "la verdad". Bueno, esos tiempos ya pasaron. 

Mientras tanto los adictos a la narración esquizo de las series políticas de cabecera (Homeland, House of cards) agitan la posta: un enfrentamiento interno de la ex SIDE, organismo sin codificación masiva, en las sombras y, por eso mismo, apto para las más variadas especulaciones (en esto sí coinciden K y anti K).   

La presidenta escribió una carta sobre el caso y entre varios interrogantes se pregunta qué o quién llevó a Nisman a interrumpir sus vacaciones, volver al país e inesperadamente acusar al gobierno. En este punto también hay dos versiones: por un lado quienes creen que Nisman quiso aprovechar la onda expansiva del atentado en Francia; por otro quienes aseguran que Gils Carbó estaba por cortarle el rostro y no le quedaba otra. En la descripción sobre el regreso de Nisman, Cristina indica que el fiscal abandonó a su hija en el Aeropuerto de Barajas. Sea o no cierto, dar a conocer ese tipo de imagen es una decisión algo perversa, en los límites de la integridad ética. 

La larga noche kirchnerista ya nos acostumbró a estos días turbios en los que el supuesto poema peronista de Leónidas Lamborghini se transforma en un relato de su hermano Osvaldo. El bombardeo mediático al que nos sometemos (a través de la tele y las redes sociales) nos lleva a preguntarnos realmente si, además de las jugadas políticas de los hombres del Poder, no serán las elecciones íntimas y cotidianas de cada uno de nosotros las que hacen a un país de determinada manera.      

En Ficciones Barrocas Carlos Gamerro atribuye a William S. Burroughs una frase de resonancias profundas: "Paranoia es cuando uno tiene todos los datos".  

domingo, 18 de enero de 2015

"Je suis Bergoglio"


Recuerdo una escena que me impactó mucho cuando en la adolescencia leí Rebelión en la granja: el momento en que el resto de los animales (el pueblo) observa que los cerdos se paran en dos patas y empiezan a imitar la conducta de los humanos. En ese sentido, la imagen es análoga a otra de 1984, en la que el viejito simpático e inofensivo que les da alojamiento a los protagonistas de la novela se transforma en un soldado del Big Brother. Hay algo que Freud denominó "ominoso" y en la literatura  de la primera mitad del siglo XX funcionó como un shock simbólico irreversible en la mente del lector. 

Algo de eso sentí cuando Bergoglio pasó a ser Francisco I, lo único que en este caso la metamorfosis fue al revés: de ser el líder de la derecha argentina (y esto iba más allá de estar en contra de los K) a ser la remake de un sacerdote tercermundista. Bergoglio no sólo cambió el look, sino también la forma de caminar, de hablar ¡y de pensar! Ahora que se conocieron las nominaciones al Oscar me sorprendió que no fuera candidato a Mejor Actor porque este tipo es mejor que el difunto Philip Seymour Hoffman.

Entre las miles de reacciones que provocó el atentado contra la revista Charlie Hebdo también estuvo la de Bergoglio. Y esta vez digo “Bergoglio” porque el único que puede decir algo así es nuestro viejo y conocido amigo. En su Biblioteca Personal, Borges dice que la forma natural del pensamiento de Jesús era la metáfora. Para condenar la pomposidad de los funerales, por ejemplo, Jesús afirmó que los muertos entierran a los muertos. A Bergoglio, como fan número 1 de Jesús, también le gustan las metáforas por eso cuando le tocó opinar sobre el atentado dijo que si alguien insultaba a su mamá, se iba a ligar una piña. Creo que ni siquiera a los que llevaron a cabo la matanza se les había ocurrido algo tan simple y genial para justificarla. Bergoglio debería ser el manager de las corrientes extremistas de todas las religiones. 

Mientras tanto hay gente que sigue afirmando que los gestos de Bergoglio ponen muy nerviosos a los altos mandos de la Iglesia y uno imagina hordas de obispos con el culo lleno de preguntas, tejiendo una trampa mortal para serrucharle el piso a Su Santidad. Sin embargo ¿no es el mismísimo Bergoglio el más alto mando de la Iglesia? Y por otro lado, a casi dos años de su asunción, si estos altos mandos no estuvieran representados por él, ¿no será que en realidad les conviene que siga ahí arriba recibiendo a todos los cholulos del mundo que quieren sacarse una selfie? 

Humildemente, uno supone que hay que seguir cuestionando a Bergoglio. En caso contrario vamos derecho a un mundo de gente que piensa como él o como los que asesinaron a doce personas por dibujar a Mahoma. Y repleto de policías de Scioli. Bueno, probablemente ya estemos en ese mundo. 

domingo, 28 de diciembre de 2014

2014




Enero 

El post es el mismo

River y Boca

Una abstracción incomprobable 

Estos muchachos ya aburren

Febrero

Esta es tu película de Facebook

Uno x Uno

Marzo

El artista antes conocido como Jorge Bergoglio

Todo lo que querías saber sobre True Detective y ya te contaron 2666 veces en la última media hora

Hablemos de (cualquier cosa excepto de) fútbol

Abril

El lado oscuro del cuadrado

Sobre García Márquez

Mayo  

Sobre Simon Reynolds y Osvaldo Príncipi

El jugador del country

Gracias Ramón

Junio

El Mundial es una excusa para llegar a Pirlo

Me gusta el juego de Sabella pero prefiero el fútbol

Macaya lo hizo de nuevo

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Irán

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Nigeria

Bo' Caníbal

Julio  

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Suiza

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs Bélgica

Tengo una buena y una mala noticia

El fútbol es una excusa para amar a Mascherano 

Se terminó la era Codesal

Agosto  

Por qué Truman Capote es un genio y nosotros todo lo contrario 

Si te dejo en una habitación frente a frente con Astor Piazzolla

Sobre Relatos Salvajes

Belleza y Dignidad

Septiembre  

¿Por qué no exaltar lo que consideramos genial y callar sobre lo que nos desagrada? 

Gustavo Cerati

Algunas cosas (más) sobre Los Beatles

Thom Yorke

En realidad quería hablar de otra cosa

Octubre

Algunos temas olvidados o raros o versionados de Charly García

Yo quería escribir sobre Jake Bugg pero evidentemente escribí sobre Mark Ruffalo

Conducta de Scarlett Johansson en tres películas en las que no hace de ser humano

Los tesoros de Bob Dylan

Ocho comentarios acerca de River Plate

Ocho comentarios sobre Richard Linklater y Boyhood 

Seguridad Industrial

Utilidad y supervivencia de los poetas en caso de un Apocalipsis Nuclear

Todo lo que quería saber sobre una película que nadie quiere ver y un músico al que nadie quiere escuchar

Arbitrariedades sobre Eduardo Mateo

El tráfico de monos

Intrusos en Abbey Road

Noviembre 

Las tres verdades de la cerradura

Z Nation: Walking Dead con la estupidez asumida

Revolución

Museo del Disco de la Eterna

La pausa más larga de la historia

Las contratapas

El bajón

Rock Chabán

Un partido espantoso

Nueva vindicación de Marcelo Gallardo

¿Te das cuenta de que todas las personas que conocés son boleta?

Este es el famoso River Plate

El efecto emocional 

Diciembre

Aléjese tanto de sí mismo como de mí

Conductas de lectura

Una extraña enfermedad degenerativa

River Campeón

Un cuento de Navidad

Los precursores de Dynamo

Tres historias verídicas de la Ruta 88



viernes, 19 de diciembre de 2014

Tres historias verídicas de la Ruta 88


El loco del barrio hizo artes marciales al costado de la Ruta. En determinado punto estuvo tan cerca de los autos que el verdulero salió corriendo y lo movió como si fuera un mueble.

Las demás actividades del loco del barrio generalmente son discutir con los perros, discutir con árboles, discutir con los postes de luz.

Cuando no practica artes marciales, boxea con el aire. A veces se presenta en la panadería o el almacén y hace pedidos desorbitantes.

El loco del barrio se toma el colectivo a la mañana y pasa todo el día bailando en La Rambla. Sus estilos favoritos son el rock and roll, la cumbia y el foxtrot. Los que lo vieron dicen que baila bien.

Nadie sabe exactamente si el loco del barrio nació así o un hecho específico lo volvió loco. Sobre esta última posibilidad hay varias especulaciones: un hijo muerto, una mujer que lo abandonó, unos padres violentos y más locos que él. Lo cierto es que está re loco.

***

Naturalmente sin que le preguntemos un tipo que entró al negocio por qué no sabía dónde quedaba una calle contó cuáles son sus modos de juzgar a los homosexuales. Si el homosexual creció en una familia con padre y madre, le tiene asco. Si el homosexual creció sólo con su madre o su abuela, es decir, sin una figura paterna, lo entiende. Si el homosexual tuvo experiencias sexuales con mujeres y de todas formas elige a los hombres, es un boludo. Si el homosexual es discreto y no "un trolo de mierda", lo respeta. De todos modos aclara que sus formas de entender y respetar a los homosexuales están por debajo de sus formas de entender y respetar a los heterosexuales. Dicho esto dio por terminada su intervención y se fue. 

***

Hoy nos visitó el jubilado que se jacta de saber sobre todos los deportes. Su estribillo es el siguiente y lo recita como un vendedor ambulante: “Fútbol, tenis, básquet, golf, rugby, hockey, automovilismo, preguntá de lo que quieras, sé de todos los deportes”. Cuando le preguntamos algo que no sabe, busca el diario, lo abre y si encuentra la noticia la lee y después dice: “Viste que sé de todos los deportes”.

La curiosidad que contó hoy fue que LeBron James ganó su primer palo verde a los doce años. La verdad es que sabe de todos los deportes.

El jubilado que se jacta de saber de todos los deportes a veces habla sobre algunos personajes del barrio. Hoy le tocó a la Gringa, una anciana de gran corazón y carácter fuerte. El problema de la Gringa es que no se puede discutir con ella: cree que tiene las mejores plantas, el mejor lote, el mejor hijo. La Gringa era fanática de Berlusconi y el jubilado que se jacta de saber de todos los deportes no lo podía ni ver. Así estuvieron años, décadas, discutiendo sobre Berlusconi.

El día que cayó Berlusconi, acusado de una serie extraordinaria de comprobados casos de corrupción y abuso sexual, el jubilado se acercó a la casa de la Gringa y le preguntó con sorna: “¿Y? ¿Ahora qué me contás de tu amigo Berlusconi?”. La Gringa se tomó la cara con las manos, farfulló unos sonidos de indignación italiana y gritó: “¡Le tendieron una trampa!”. 


miércoles, 17 de diciembre de 2014

Los precursores de Dynamo


Se atribuye a Abelardo Castillo la idea de que si a un escritor le gusta mucho un cuento debe escribir su propia versión. Buena parte de los grandes hits de la cultura rioplatense se elaboraron (voluntariamente o no) de esa forma.

Sin ir más lejos Levrero reconocía que su primera novela era una remake de Kafka. En Irrupciones descubre que Los Adioses, de Onetti, es una remake de un cuento de Faulkner llamado “Idilio en el desierto”. Fue Piglia, el gran interpretador pop de la literatura argentina, quien entendió que Faulkner traducido por Borges parecía Onetti.

En el prólogo de Zama Saer se desentiende de su aparente vinculación con el objetivismo francés y dice que en realidad su estética le debe más a Di Benedetto. El mismo Di Benedetto cuenta en una entrevista que se cruzó a Robbe-Grillet en un Festival de Cine y lo desafió a discutir sobre quién de los dos había inventado el objetivismo. Robbe-Grillet lo invitó a su habitación y no se pusieron de acuerdo. Lo que demuestra claramente que Di Benedetto, como casi todos los genios, estaba re chiflado.

***

El rock argentino tal vez sea una de las corrientes que más frecuentemente recurrió a este precepto de Abelardo Castillo. Uno puede rastrear gran cantidad de sonidos que en un principio creyó originales en discos de bandas de afuera.

Cada vez que escucho Dynamo descubro un disco de una banda de aquella época (principios de los 90) al que se parece demasiado.

La referencia histórica es Loveless, de My Bloody Valentine, considerado el punto más alto del shoegaze, si es que eso pudo llegar a existir alguna vez. 

La filiación de Dynamo y Loveless es bastante nítida aunque siempre me pareció más conceptual que otra cosa. Allí está la voz perdida atrás de los instrumentos, la variedad de efectos de distorsión en las guitarras. Aunque algunos temas empiezan muy parecido (por ejemplo “Texturas” y “Loomer”), el afán experimental de Cerati no podía con su tendencia al pop.

***

Otra de las ocasiones en las que volví a escuchar Dynamo terminé cayendo en Ride. Hasta el momento sólo sabía, como todos los jóvenes argentinos que perdieron su vida acumulando información que no sirve para nada (ni siquiera para seducir chicas ya que la mayoría de las fanáticas de Cerati jamás aceptarían que su ídolo se inspiró en alguien), que la versión unplugged de “Un misil en mi placard” tenía exactamente la misma introducción que “Chrome waves”.

Pero escuché Nowhere, de 1991, y Ride me pareció My Bloody Valentine traducido por Soda Stereo. 

Ride siguió editando algunos discos después de Nowhere, bastante alejados del noise y el shoegaze. Uno se llama Carnival of Light, como el tema psicodélico e inédito de Los Beatles.

***

Finalmente el otro día, leyendo comentarios en YouTube (una de mis actividades preferidas más insalubres), me enteré de que hay gente que cree que Dynamo es un afano de Spooky, de Lush. 

Realmente Lush se parece mucho a ese Soda Stereo: la influencia, claramente, es al revés pero a excepción de Cerati y Melero todos escuchamos primero Dynamo. Al igual que en Dynamo, en Spooky, la famosa bola de ruido del showgaze aparece diluida en canciones más cercanas al pop.

Para muchas personas esta tendencia a copiar discos y sonidos en boga debilita al rock argentino. Para mí todo lo contrario: que un gran disco me lleve a otros tres grandes discos sólo multiplica su valor. A veces caemos en la tentación de juzgar las obras de arte por su originalidad y no por el placer estético que provocan.

En el librito del cd de Dynamo decía: "¿Y la música dónde está? ¿En los cables?". Era el año 1992.