miércoles, 17 de diciembre de 2014

Los precursores de Dynamo


Se atribuye a Abelardo Castillo la idea de que si a un escritor le gusta mucho un cuento debe escribir su propia versión. Buena parte de los grandes hits de la cultura rioplatense se elaboraron (voluntariamente o no) de esa forma.

Sin ir más lejos Levrero reconocía que su primera novela era una remake de Kafka. En Irrupciones descubre que Los Adioses, de Onetti, es una remake de un cuento de Faulkner llamado “Idilio en el desierto”. Fue Piglia, el gran interpretador pop de la literatura argentina, quien entendió que Faulkner traducido por Borges parecía Onetti.

En el prólogo de Zama Saer se desentiende de su aparente vinculación con el objetivismo francés y dice que en realidad su estética le debe más a Di Benedetto. El mismo Di Benedetto cuenta en una entrevista que se cruzó a Robbe-Grillet en un Festival de Cine y lo desafió a discutir sobre quién de los dos había inventado el objetivismo. Robbe-Grillet lo invitó a su habitación y no se pusieron de acuerdo. Lo que demuestra claramente que Di Benedetto, como casi todos los genios, estaba re chiflado.

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El rock argentino tal vez sea una de las corrientes que más frecuentemente recurrió a este precepto de Abelardo Castillo. Uno puede rastrear gran cantidad de sonidos que en un principio creyó originales en discos de bandas de afuera.

Cada vez que escucho Dynamo descubro un disco de una banda de aquella época (principios de los 90) al que se parece demasiado.

La referencia histórica es Loveless, de My Bloody Valentine, considerado el punto más alto del shoegaze, si es que eso pudo llegar a existir alguna vez. 

La filiación de Dynamo y Loveless es bastante nítida aunque siempre me pareció más conceptual que otra cosa. Allí está la voz perdida atrás de los instrumentos, la variedad de efectos de distorsión en las guitarras. Aunque algunos temas empiezan muy parecido (por ejemplo “Texturas” y “Loomer”), el afán experimental de Cerati no podía con su tendencia al pop.

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Otra de las ocasiones en las que volví a escuchar Dynamo terminé cayendo en Ride. Hasta el momento sólo sabía, como todos los jóvenes argentinos que perdieron su vida acumulando información que no sirve para nada (ni siquiera para seducir chicas ya que la mayoría de las fanáticas de Cerati jamás aceptarían que su ídolo se inspiró en alguien), que la versión unplugged de “Un misil en mi placard” tenía exactamente la misma introducción que “Chrome waves”.

Pero escuché Nowhere, de 1991, y Ride me pareció My Bloody Valentine traducido por Soda Stereo. 

Ride siguió editando algunos discos después de Nowhere, bastante alejados del noise y el shoegaze. Uno se llama Carnival of Light, como el tema psicodélico e inédito de Los Beatles.

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Finalmente el otro día, leyendo comentarios en YouTube (una de mis actividades preferidas más insalubres), me enteré de que hay gente que cree que Dynamo es un afano de Spooky, de Lush. 

Realmente Lush se parece mucho a ese Soda Stereo: la influencia, claramente, es al revés pero a excepción de Cerati y Melero todos escuchamos primero Dynamo. Al igual que en Dynamo, en Spooky, la famosa bola de ruido del showgaze aparece diluida en canciones más cercanas al pop.

Para muchas personas esta tendencia a copiar discos y sonidos en boga debilita al rock argentino. Para mí todo lo contrario: que un gran disco me lleve a otros tres grandes discos sólo multiplica su valor. A veces caemos en la tentación de juzgar las obras de arte por su originalidad y no por el placer estético que provocan.

En el librito del cd de Dynamo decía: "¿Y la música dónde está? ¿En los cables?". Era el año 1992.  

domingo, 14 de diciembre de 2014

Un cuento de Navidad


En los días previos al 24 fui tanteando a mi vieja para saber si el regalo que deseaba estaba más o menos cerca del que me habían comprado. No recuerdo exactamente cuáles eran las señas con las que ella calibraba mi ilusión, pero sé, por un lado, que mi vieja era muy certera, que nunca prometía de más y, por otro lado, que yo siempre fui un niño exageradamente racional, consciente de una situación económica de clase media baja que no permitía los grandes lujos.

Lo curioso es que yo creía en la existencia de Papa Noel y al mismo tiempo sabía que el regalo me lo compraban mis viejos. Detrás del regalo sospechaba un acuerdo o pacto financiero en el que Papa Noel depositaba el dinero (según cómo me había portado en el año) y mis padres lo usaban a su criterio.  

De cualquier forma yo estaba casi convencido de que el regalo era la gran caja con el barco y los playmobil’s piratas. Cerraba los ojos y podía imaginar un verano repleto de aventuras con los piratas navegando la pileta de fibra de vidrio del patio. Cerraba los ojos y casi podía tocar a los muñequitos: el 1979 tallado en los pies, sus articulaciones, sus trajes especiales y las pelucas con corte taza que se podían sacar y poner.

La gran virtud de los Playmobil era la variedad de temas que recreaban. Se trataba de un espectro de representación que, además de atravesar todas las capas sociales, excedía los límites del espacio-tiempo: astronautas, obreros, piratas, indios, oficinistas, despachantes de nafta de una estación de servicio, cowboys, trabajadores portuarios. De ahí mi aversión a los Pinipons, carentes de esa cuota de realismo que convertía a los Playmobil en una verdadera comedia humana.

Otra característica especial de los Playmobil era que también se vendían en cajas individuales: un solo muñequito recreando algún tema específico. Estas cajas eran más baratas que las más grandes (si no recuerdo mal salían alrededor de 10 pesos) y servían a mis padres como opción de regalo sorpresivo entre el día del niño y mi cumpleaños o mi cumpleaños y Navidad. Esto ocurría menos de lo que yo quería.

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El primer dato inquietante fue cuando llegamos a la casa de mi abuelo y mi vieja ubicó los regalos. El regalo que decía “Fede” no era una caja sino un evidente conglomerado de piezas amorfas que no podía identificar.

¿Mi vieja había comprado los Playmobil y los había sacado de la caja? ¿Los Playmobil ya no venían en una caja? ¿Mi vieja había comprado los Playmobil más baratos en la Triple Frontera y habían venido sueltos? Pero ¿desde cuándo mi vieja iba a la Triple Frontera? Y en caso de que estuviera yendo ¿por qué lo ocultaba?

A partir de ese momento todo se volvió impreciso.  

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Cenábamos en el garaje de la casa y éramos alrededor de treinta o cuarenta familiares. Probablemente éramos diez o quince, pero a la distancia flasheo que éramos cientos, miles de familiares.

Pasé la cena, con las horribles y frías comidas navideñas llenas de mayonesa, en silencio, buscando los ojos de mi vieja para que me diera alguna pista sin obtener nada a cambio, ofuscado sin saber todavía muy bien por qué, básicamente negando mi condición de niño, de niño que debe estar feliz porque es Navidad y hay regalos, petardos y familiares a los que considerás auténticos superhéroes.  

Cuando somos adultos llegan las doce sin que nos demos cuenta. Alguien dice “Ya son las doce”, otro dice “Poné Crónica” y un tío se apura para abrir una botella de sidra a tiempo. Pero cuando somos niños el lapso que hay entre la cena y las doce es inenarrable. Pasan años, décadas, siglos y uno sigue esperando.

Hay momentos en los que el niño, desconsolado, llora, expulsando un repugnante pus a través de todos los orificios de su cuerpo, retorciéndose en dramáticas convulsiones porque cree que las doce no van a llegar jamás.

Bueno, tal vez esté exagerando un poco.

Lo concreto es que esa Navidad en especial el tiempo se estiró de una manera intolerable. Cuando llegaron las doce yo era un hombre viejo, una masa hirviente de carne y órganos que pugnaba por llegar al árbol. Tardé muchísimo. En el camino mis primas grandes me daban besos, mis tíos me alzaban en el aire, los vecinos me daban abrazos y me confundían con otros nenes del barrio, mi abuelo me hacía bromas que requerían mucho ingenio para ser interpretadas sin detenerse a pensar un poco.

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Durante la cena las únicas luces que iluminaban el comedor eran las del árbol. A veces me gustaba retirarme del bullicio del garaje, recostarme en el sillón y convivir un rato con el silencio del comedor. Me sentía desfasado. Con el tiempo entendí que el vértigo melancólico que me generaba esa situación se relacionaba con que, sin saberlo, estaba viviendo una escena del futuro: a medida que pasa el tiempo la Navidad se convierte en un indicador brutal de las ausencias. Por esa misma razón existe tanta gente en el Planeta que ese día se deprime y quiere suicidarse.  

En la Navidad del futuro siempre estamos más solos. Primero falta un tío. Después una abuela. Todos van desapareciendo hasta que finalmente falta la familia entera. Esto sonará demasiado pesimista pero es lo que suele ocurrir a no ser que uno tenga la suerte de ser pariente de Highlander o un tipo que curta un súperpoder de esa clase. 

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Finalmente llegué al árbol. Para crear más misterio abrí antes los regalos que me habían hecho los Papa Noel de los demás familiares: un par de medias, una colonia, una calculadora que se cargaba con la luz del sol. Casi todos ya habían abierto sus regalos y habían gritado de emoción porque era justo lo que ellos querían. Ahora estaban en la vereda y miraban los fuegos artificiales con copas de sidra en la mano.

Quedé solo frente al árbol y abrí mi paquete lentamente.

Se trataba de un balde acompañado de unas palas y unos moldes para jugar en la playa.

Juro que todavía siento la puntada en el pecho. Después sobrevino el profundo dolor, las sensaciones abismales, de mareo, de pérdida del conocimiento, de que la vida era complicada, pero no complicada como una tarea de matemáticas complicada, sino más complicada.

Me quedé mirando el regalo y el árbol como si estuviera analizando la escena de un crimen horrendo. Todo mi verano se había derrumbado. Si en Navidad me regalaron esto, especulé, en Reyes probablemente me traigan unos pañuelos o un calzoncillo. Pensaba deambular por la casa, tomarme todas las sobras de sidra y morir, pero cuando me di vuelta estaban mis viejos, mis viejos que en realidad todavía eran mis papás, hermosos y expectantes, los dos juntos a la espera del veredicto.  

Les dije que me encantaba.     



jueves, 11 de diciembre de 2014

River Campeón


El partido de ida contra Atlético Nacional había dejado dos puntos de vista diferentes. En el Primer Tiempo River fue ampliamente superado por un rival que demostró saber manejar la pelota y tener jugadores cuyos arranques individuales pusieron en evidencia ciertas limitaciones en la marca de Vangioni (más volante ofensivo que lateral) y Funes Mori (de un marcado declive futbolístico en el último mes). En el Segundo Tiempo River se adelantó en el campo y con iguales cuotas de actitud y juego empató el partido y hasta lo pudo ganar.

Con ese antecedente el lugar común del periodismo sobre que la final estaba abierta era real.

El Primer Tiempo del partido de vuelta tuvo a River dominando la pelota y con las jugadas de gol más claras (muchas, casi todas en los pies de Teo). Atlético, por su parte, no se quedó atrás y, aunque sufrió muchísimo con los desbordes de Sánchez, contó con algunas ocasiones de gol y un jugador llamado Ruiz, de un quiebre de cintura endiablado, que afortunadamente desapareció en el resto del partido.

En el Segundo Tiempo River empezó algo nervioso y realizó algunas faltas innecesarias (un detalle negativo del último tramo). Para colmo Funes Mori volvió a perderla antes de la mitad de la cancha y hubo cierta tensión que rápidamente se esfumó. Dio la sensación de que River recibió en esos cinco minutos del Segundo Tiempo todo lo que dio en el Primero. Mercado y Pezzella, tras dos tiros de esquina de Pisculichi, cerraron un partido al que le sobraron treinta minutos. Los cabezazos fueron un golpe de nocaut para un equipo colombiano abrumado, que perdió el toque, la velocidad y no atisbo a reaccionar en ningún momento.

Que los goles hayan sido de dos defensores habla también de la variedad de recursos ofensivos de un plantel corto en el que hicieron goles casi todos. También hay que reparar en la metamorfosis de un equipo que resultó más pragmático de lo que se creía, amoldándose a sus propias necesidades según el momento.  

Si de un mes y medio a esta parte River comenzó a decaer, enalteciendo el resultado por sobre el juego, la final de hoy fue una linda confirmación de que con un poco de descanso y tranquilidad ese equipo vistoso de comienzos de semestre puede volver a aparecer en cualquier momento.

La Copa Sudamericana fue históricamente subestimada por el hincha medio argentino (como antes sucedió con la Mercosur y, en menor medida, con la Supercopa). Hija boba de La Libertadores, la Sudamericana tiene la característica ingrata de ser valorado sólo por quienes la ganan. Sin embargo en esta edición en particular se dio vuelta la tortilla.


En primer lugar, la posibilidad de que River no gane ninguno de los dos torneos que peleaba le otorgó un plus de importancia. En segundo lugar los duelos contra Boca hicieron que la semifinal cobrara una relevancia histórica, propia de una definición de Libertadores. Finalmente, que el rival haya sido un equipo tan interesante como Atlético Nacional terminó de completar un marco que la Sudamericana pudo lucir muy pocas veces o nunca. 

El Clausura fue un Torneo necesario para empezar a borrar de a poco el cimbronazo del descenso, pero la renuncia del entrenador a los pocos días dejó en claro que el triunfo, más que de River como Institución, había sido de Ramón como gran ególatra. Que River de una vuelta con un técnico joven y talentoso, en un Torneo internacional, mechando jugadores surgidos en las inferiores, refuerzos que ya son ídolos (Teo, Pisculichi) y otros que tuvieron su revancha después de años complicados (pienso en Ponzio y Sánchez) es un cóctel de buenas noticias que, hasta hace poco, era muy difícil de imaginar. Abrazo de gol. 

domingo, 7 de diciembre de 2014

Una extraña enfermedad degenerativa


Ahora que los 90 reemplazaron a los 80 como década ideal me acordé de las Rock Cards. Quien no juntó Rock Cards definitivamente no creció en los 90.

Cuando recordamos que juntamos Rock Cards es imposible no pensar que todo (lo bueno y lo malo) era posible en los 90. Eran de cartón y se pegaban con plasticola. El paquete era muy caro: salía un peso.

Esto sucedió a mediados de los 90 pero el álbum, salvo honrosas excepciones, estaba repleto de anacrónicas bandas de glam metal: Poison, Bon Jovi, Anthrax, Def Leppard, Skid Row, etc. Después había un par de clásicos como Los Doors y Queen. Y solo algunos grupos del momento: Nirvana  (que ya no existía pero Cobain recién se había matado y duraba el auge), Red Hot Chili Peppers, Faith No More y pocos más.

Es decir que para quien armaba el álbum casi no existía el grunge ni el brit pop ni el rock más under y alternativo que gobernó la estética noventosa.  

Hasta ahí habíamos juntado figuritas de Los Simpsons y de fútbol, no entiendo cómo ni por qué nos interesó el rock suave, yanqui y de derecha de fines de los 80.

Los únicos argentinos que aparecían eran Soda Stereo y Cerati Solista.

Philthy Taylor, el baterista de Motorhead, parecía un integrante de los Wawancó. Lo busco en Google y sigue igual pero con canas. ¡Una de las fotos de Los Doors era la tumba de Morrison!

¿Cómo fue que empezamos a juntar Rock Cards? ¿Quién fue el primer niño que compró un paquete? ¿Cómo hacían las grandes corporaciones de figuritas para que los niños las juntaran? ¿Algunos de nuestros compañeros eran infiltrados de las grandes corporaciones de figuritas? ¿Cuánto duraban los periodos de furor de las figuritas? ¿Dónde fueron a parar todos los álbumes? ¿Cómo funcionaba el late/nola? ¿Siguen juntando figuritas los niños de hoy? ¿Uno se tiene que sentir privilegiado por haber coleccionado figuritas de Slash a los 10 años?

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En la primaria fui al turno mañana. Después de almorzar a veces me tiraba en la cama y estudiaba el álbum de las Rock Cards como si tratara de la Biblia. La parte que más me impactaba era la de Los Ramones. Ahí había un dato revelador e inquietante, propio de una película de Cronenberg. Casi al final de la sinopsis de la banda, sin mayores aclaraciones, decía que Joey padecía “una extraña enfermedad degenerativa”. Yo leía una y otra vez ese fragmento buscándole un significado oculto. Después me di cuenta que la "enfermedad degenerativa" era el rock: todos mis grandes ídolos rockeros terminaron hechos mierda.  

Hasta que desapareció en una mudanza, la figurita que retrataba a Joey Ramone me acompañó a todos lados. Los Ramones son el grupo punk que nos gusta a quienes no toleramos demasiado el punk. Son como los Beach Boys a mucha velocidad. Pero lo más sorprendente de la banda es la unión de sus líderes, Joey y Johnny, dos personalidades antagónicas que se odiaban a muerte pero que construyeron su obra gracias a la presencia del otro. El sonido de la banda es atemporal (más allá de su género) y la voz de Joey Ramone es definitivamente una de las mejores de la historia.

En la figurita Joey sostenía el micrófono con su guante negro. El pelo, largo y lacio, le cubría toda la cara.


jueves, 4 de diciembre de 2014

Conductas de lectura


Ayer llegué a la conclusión de que repito cuatro conductas de lectura.

La primera se da cuando leo un libro solo. Generalmente es un libro que me gusta pero de un autor al que no pienso seguir leyendo o,  al que por el momento, no pienso leer con frecuencia. Se trata de una lectura relajada y agradable, pero un tanto light e inofensiva.  

La segunda conducta es cuando leo varios libros a la vez y no me decido por ninguno. Hace un tiempo tenía tan poca concentración que, como era obvio que no iba a poder leer un solo libro, directamente iba a mi biblioteca y elegía cuatro o cinco. No es que los libros sean malos o que no me gusten (en el futuro suelen gustarme), es que no puedo leer nada entero durante ese periodo.   

La tercera forma de leer es probablemente la mejor aunque un tanto enfermiza. Sucede cuando leo el libro de un autor y siento unas irresistibles ganas de leer toda su obra. O, aunque sea, varios libros de su obra. Este año me pasó con Truman Capote y Carson McCullers. Por un lado es interesante porque te permite tener una perspectiva muy amplia y tener una perspectiva amplia sobre un autor también es una forma de conocer sobre diferentes épocas o culturas. Por otro lado la conducta incluye cierto costado neurótico ya que promediando un libro generalmente empiezo el siguiente, lo que me deposita en la actual y última conducta de lectura.

Esta conducta sucede cuando leo varios libros a la vez. Todos me interesan y me gustan así que no puedo decidirme por uno solo, de hecho la idea de decidirme por uno me empieza a parecer exótica y absurda. A la vez, en estos periodos, me regalan libros, me mandan libros, me encuentro libros, es como si el mundo fuera una excusa para llegar a unos cuantos libros.

Por ejemplo ahora estoy leyendo Inédito, de Diego Giordano. Generalmente cuando se habla de rock y de Rosario se menciona a Nebbia, Páez y la Trova, pero Giordano cuenta el lado de B de esa historia y hace un repaso por las bandas que durante los 80 propusieron un cambio más ligado a la new wave. La edición es preciosa y el libro no solo habla de Rosario sino también del panorama del rock argentino de la época.

Al mismo tiempo sigo con Carsick, un libro bizarro (si es que esa palabra se puede usar) de John Waters, el Messi del cine trash. Creo que Cheever tenía un cuento llamado “El nadador” en el que un tipo se proponía ir hasta su casa pasando por todas las piscinas del barrio. Waters, en cambio, cuenta cómo fue viajar a dedo desde su casa en Baltimore hasta su departamento en San Francisco. Todo sucede en un marco de deliro y buena onda. Waters fantasea con que el primer tipo que lo sube en la Ruta es un traficante de marihuana que le financia su próximo proyecto y con el que habla de las películas de Armando Bó y las tetas de Isabel Sarli.  

Por otro lado estoy liquidando Alt Lit, la antología sobre los nuevos y jóvenes narradores de Estados Unidos. El nivel (como el de toda antología) es desparejo y los mejores momentos no se alejan mucho de los mejores momentos de Facebook o Twitter. La sensación es que Alt Lit es la nomenclatura que se podría utilizar para denominar un espectro de discursos que no necesariamente se ejercen como literarios. Si alguien entendió lo que quise decir que me avise porque yo no. En todo caso los relatos que más me gustaron fueron los de Jordan Castro (un pibe que nació en 1992) y Noah Cicero.

Siempre me causó gracia que la gente leyera a Sándor Márai, más que nada por toda esa mitología sagrada sobre el autor que habla de la burguesía. Bueno, lamentablemente la Plaza Rocha está llena de libros de un lector que se cansó de Márai y yo me los estoy comprando todos. Leí Divorcio en Buda, me encantó, y ahora estoy leyendo El último encuentro. Es solemne y deliberadamente aburrido pero me gusta su ambición por ofrecer un fresco de la época e imaginar esas escenas grandilocuentes de personajes que definen toda su vida en una sola noche. Lo bueno de Márai es que te hace creer que todo el tiempo estás leyendo algo importante.

También estoy leyendo los respectivos libros de dos autores chilenos. Uno es Diego Zúñiga, con Racimo, su nueva novela. En Camanchaca había un estilo confesional y minimalista. En Racimo se nota muchísimo el crecimiento del autor, tanto en el armado de los personajes como en la elección de la trama y el contexto (los hechos suceden en el 2001), que apunta a desentrañar el misterio de la desaparición de varias niñas en la ciudad de Alto Hospicio. Pero claro que esa línea, de ficción social, es alternada por los detalles y las circunstancias que rodean al protagonista, un fotógrafo divorciado que cae a un pueblo y se encuentra con un infierno. A esas vicisitudes formales y de contenido se agrega el buen gusto de Zúñiga, su forma de abordar imágenes y momentos, que tanto acercan su narrativa a la poesía.

El otro libro es Eslovenia, de Esteban Catalán, una colección de cuentos sobre historias cotidianas, principalmente protagonizadas por jóvenes, a veces dramáticas, en otros casos con un tono ambivalente, siempre narradas con elegancia y melancolía. Hay algo muy claro en estos cuentos y es que son difíciles de clasificar. Se podría hablar de Carver o de Bolaño, pero más bien se trata de una operación estética que se complace en no dejar huellas.


El último libro es Irrupciones, de Mario Levrero. Cuando leía a Levrero a sol y sombra, pensaba en la reedición de Irrupciones como si fuera la llegada del Mesías. El tiempo pasó, leí demasiado a Levrero (más de lo debido) y finalmente Irrupciones se reeditó, pero no le presté atención. Ahora me lo trajeron de Buenos Aires y me doy cuenta que Irrupciones (una serie de columnas que Levrero escribió para una revista entre 1996 y el 2000) es uno de los mejores libros de Levrero, un espacio de experimentación en el que se adivina el concepto general que iba a regir La novela luminosa, una de sus obras maestras. Lo mejor es volver a reírse con Levrero, sorprenderse nuevamente con su imaginación. No hay nada mejor que encontrarse con un gran libro de un autor al que habíamos agotado.  

martes, 2 de diciembre de 2014

Aléjese usted tanto de sí mismo como de mí


Quienes ven a menudo películas de terror habrán notado que todas las que tratan sobre una casa embrujada o maldita en realidad no son películas de terror, sino películas sobre la convivencia. De una pareja, de un matrimonio, de una familia.

Woody Allen seguramente diría que el terror y la convivencia son la misma cosa.

Incluso a veces los protagonistas se mudan y después de un periodo de aparente calma, vuelven a suceder hechos sobrenaturales. Ni siquiera así los protagonistas se dan cuenta que el problema es de ellos.

Algo así sucede con Borges, el fabuloso mamotreto de Bioy Casares que supuestamente es sobre el autor de Otras inquisiciones pero que en realidad es sobre Manuel Peyrou. Las apariciones de Peyrou son las que terminan definiendo el carácter necesario del libro.

Nadie necesita que se recuerde a Borges. Borges es como el cielo o el mar, siempre está ahí. Sin embargo, para nosotros, Peyrou está ahí porque Bioy Casares escribió Borges.

Peyrou era un escritor de cuentos y novelas policiales. Aparentemente nadie vivo lo leyó. Yo no conozco a nadie que lo haya leído, pero tampoco es que conozco tantas personas así que tal vez este país, América Latina y por qué no el mundo esté lleno de lectores de Peyrou.

Varias veces quise leer a Peyrou pero nunca encontré sus libros. Bueno, dos o tres veces. Bueno, una vez. Bueno: recién se me ocurrió que quiero leer a Peyrou. Tal vez Peyrou sea uno de esos autores que son mejores sin leerlos, pero seguramente es mejor que Eduardo Mallea, del que encuentro libros en todos lados.

Todas las apariciones de Peyrou en Borges son inolvidables. Uno sigue leyendo Borges para que aparezca Peyrou de la misma manera que mira Seinfeld para que entre Kramer por la puerta y haga alguna pirueta graciosa.

Según cuenta Bioy Peyrou era extremadamente reservado. Es famosa la secuencia en la que Bioy y Borges se enteran de que se acaba de casar por la madre de Borges. En otro momento Borges viaja a la facultad de una provincia a dar una charla y cuando llega se da cuenta que el rector es Peyrou. El tipo no contaba nada aunque a veces me pregunto si no sería que Bioy y Borges no le prestaban atención. Le tenían afecto, pero no se tomaban muy en serio sus opiniones (literarias, políticas) y cuando se iban lo gastaban como más o menos hacían con todas las personas que conocían.

Según recuerdo Borges sólo habla bien de Cabrera Infante y John Dos Passos (Bioy no puede entender cómo Borges habla bien de alguien).  

Una de las escenas que más gracia me causó leyendo un libro (al punto de que a veces lo vuelvo a leer y largo carcajadas) es cuando Donald Yates, que se iba a México, le preguntó a Peyrou cuál era su mensaje para los jóvenes poetas mexicanos y Peyrou respondió “Dígales que se vayan a la puta que los parió”.

Más allá de la respuesta, me causa gracia que Donald Yates (traductor de Borges) le pidiera justamente a Peyrou un mensaje para los jóvenes poetas mexicanos. 

El otro día leí un libro que se llama Encuentros con Samuel Beckett. Lo escribió Charles Juliet y trata, por si hace falta aclararlo, sobre cuatro encuentros que, a lo largo de los años, tuvo Juliet con Becket. 

Es un libro muy lindo, muy pequeño (de tamaño y de extensión) y se lee de un tirón. Una respuesta de Beckett me hizo acordar a la de Peyrou.

En realidad no tiene mucho que ver. En realidad no tiene nada que ver, pero desde que lo leí pensé que me encantaría cerrar un texto con esa frase.  

En los encuentros Beckett, como si fuera uno de sus personajes, está callado y dice cosas por la mitad. Hablan casi siempre de un amigo que tienen en común al que Beckett dejó de ver hace muchos años. A veces se retira sin avisarle. En resumen, daría la impresión de que a Beckett los encuentros con Juliet le rompen mucho las pelotas.

Un día Juliet le mandó treinta poemas para que Becket le dijera qué le parecían. La respuesta que obtuvo fue tremendamente beckettiana:

“Aléjese usted tanto de sí mismo como de mí”. 

domingo, 30 de noviembre de 2014

El efecto emocional


Una de las cosas que siempre me sorprendió de El Chavo del 8 es que cambiaba el móvil del conflicto pero en sí mismo se trataba de un mecanismo narrativo en el que se repetían las secuencias. Los personajes siempre decían sus frases de cabecera y las escenas eran siempre las mismas (la llegada del Señor Barriga, el enojo de Don Ramón después de la cachetada de Doña Florinda, el encuentro del Profesor Jirafales y Doña Florinda), la virtud de Roberto Gómez Bolaño era combinar cada uno de los engranajes hasta lograr hacer con los mismos elementos de siempre un capítulo nuevo.

La serie duró mucho tiempo, pero su mejor momento fue durante los 70. En determinado momento se fueron Quico (el complemento perfecto del Chavo) y Don Ramón (el actor más carismático) y el programa perdió bastante sustancia.

Recuerdo lo violento que fue darme cuenta que Quico ya no aparecía en el Chavo. Pero lo más raro fue el hecho de saberme impactado por una noticia que había ocurrido tanto tiempo atrás (Quico se fue del programa en 1978, yo miré el Chavo durante el primer lustro de los 90 y un poco más).

En un capítulo Doña Florinda aclaraba que Quico se fue a vivir con su madrina porque ella le podía dar una educación mejor. En su momento me pareció una estafa. No pude entender cómo una madre tan sobreprotectora se desentendía de su hijo de esa forma.

Por otro lado uno vio los capítulos del Chavo desordenados y era todo muy confuso: en un capítulo estaba Don Ramón y no estaba Quico, en otro estaban los dos, en el siguiente ninguno de los dos.  

Según los expertos El Chavo se grabó hasta 1992 (ya como parte del programa global Chespirito). En esa última época pasaban varias cosas raras. En primer lugar los capítulos eran nuevos pero repetían escenas y gags conocidos, es decir, eran refritos. En segundo lugar ya no había risas, lo que le otorgaba a las escenas una sensación de vacío. El Chavo sin risas a veces era una serie dramática. Por último el Chavo parecía realmente un hombre grande disfrazado de niño, algo que el espectador no percibía en su época de oro. La vejez y cierto notorio desgano de los actores le quitaban ritmo a los diálogos y justamente el ritmo del contrapunto entre los personajes era lo que hacía que el Chavo fuera genial.

Los personajes que intentaron reemplazar a Quico y Don Ramón fueron completamente intrascendentes y nunca se ganaron el cariño del público. Uno fue Godinez, un niño con visera y jardinero, del que nadie recuerda ninguna frase graciosa. El otro Jaimito El Cartero, un hombre mayor y canoso que llegaba a la vecindad en bicicleta y tenía unas conversaciones aburridísimas con el Chavo, parecían dos jubilados.

Ahora estoy recordando otros personajes olvidados como Gloria (una vecina linda a la que Don Ramón quería seducir y fue interpretada por varias actrices), La loca de la escalera (un personaje casi idéntico a La Bruja del 71 pero sin su gracia) y Malicha, la prima de La Chilindrina. Cuando veía la serie de chico, no pensaba que esos personajes le otorgaban un aire fresco a la dinámica repetitiva del Chavo (supongo que Gómez Bolaños los ponía por eso), sino que interrumpían el normal funcionamiento de la serie, que no tenían derecho a estar ahí.

El programa de Quico y Don Ramón se llamó ¡Ah qué Kiko! (no podía utilizar el nombre original porque le pertenecía a Gómez Bolaños). En realidad el programa debió llamarse ¿Ah? ¿Qué? ¿Kiko? Una serie de preguntas que recreaban lo que el espectador sentía cuando lo estaba viendo. Este Kiko estaba vestido con el mismo traje marinero que usaba en el Chavo pero ahora era celeste o azul francia. Fuera del universo narrativo de Gómez Bolaños Quico era un personaje más, no podía sostener una serie por sí mismo.

De alguna manera Quico es el McCartney del Chavo. Funcionan mejor juntos que separados.

A medida que pasaban los años uno se iba a enterando ciertos chismes del Chavo. Esos chismes no venían de Internet o de programas de televisión, sino de primos o amigos que se habían enterado de estas cosas no se sabe dónde. En los chismes a los actores se los seguía llamando por el nombre del personaje y eran los siguientes:
-Don Ramón había muerto en un terremoto.
-Doña Florinda y el Chavo eran marido y mujer en la vida real.
-Quico se había ido del programa peleado con el Chavo.
-La Bruja del 71 también.
-Ñoño/Señor Barriga era gay.

Como me sucede con los cuentos de duelos de Borges, no sé si distingo capítulos del Chavo, pero sé que me gustaron mucho. Sin dudas hay momentos sublimes como cuando el Chavo recita el poema del perro arrepentido. O cuando se va y todos le dicen “No te vayas, chavo”. O cuando lo acusan de ladrón y lo señalan. O esas Navidades tan tristes en las que el Chavo andaba deambulando por la vecindad sin juguetes ni una familia que lo contuviera.

Con el tiempo nos enteramos de que el Chavo no vivía en el barril sino en el departamento Número 8. Este dato nos hubiese ahorrado muchas tristezas en la infancia. Que nunca se haya mostrado el departamento ni se haya conocido el nombre real del Chavo le daba a la serie un misterio necesario, servía como anzuelo para seguirla.

Cuando se fue Don Ramón el enigma pasó a ser con quién vivía La Chilindrina.

Aunque las situaciones son grotescas, el Chavo tiene cierta densidad propia de la literatura realista, en el sentido de que los personajes comen, tienen problemas de dinero, se golpean, lloran, no están puestos allí como meras palabras que conforman un diálogo, intentan ser seres de carne y hueso. En sus mejores capítulos uno puede sentir hasta el calor asfixiante de México, sin haber estado jamás en México. Incluso la escenografía, tan berreta, se convertía en un barrio de verdad. Hay un capítulo especial en el que los personajes se van de vacaciones a Acapulco y aparecen en escenarios naturales: la playa, una pileta, etc. Por más artificial que fuera la vecindad, al estar fuera de ese micromundo, todo perdía verosimilitud.  

Otro acierto es el fuerte contenido icónico, de estrellas pop, de todos los personajes: cada uno tiene su forma de llorar, su ropa, sus accesorios.

***

El Chapulín Colorado tomaba chiquitolina y empequeñecía. A la distancia pienso que la chiquitolina era una droga y que el Chapulín no se hacía chiquito sino que alucinaba. En fin. No recuerdo bien por qué necesitaba empequeñecerse tan a menudo pero a veces peleaba con ratas blancas de laboratorio. Cuando el Chapulín tomaba chiquitolina aparecía superpuesto en otras imágenes. La técnica, avanzada para su época,  era muy precaria al verla en los 90. Sin embargo hace poco enganché un capítulo en el que el Chapulín empequeñece y me gustó divisar ese subrayado negro alrededor de su cuerpo. El efecto especial se había transformado en un efecto emocional.


viernes, 28 de noviembre de 2014

Este es el famoso River Plate


Antes de la revancha, el contexto parecía condicionar negativamente a River. Desde el punto de vista futbolístico venía sufriendo un evidente bajón coronado por los empates ante Olimpo y Boca y la derrota previsible ante Racing, que lo dejó nocaut de cara a la definición del Torneo.

Encima ocurrieron algunos hechos desafortunados que enturbiaron el panorama: la muerte de la madre de Gallardo (un golpe anímico para el líder del grupo) y un nuevo enfrentamiento entre las facciones de la barra brava en el interior del Club.

A todo esto, había una sensación general, instalada por el periodismo, de que el 0 a 0 de la ida era un mal resultado para River, casi dando por sentado que Boca podría hacer un gol de visitante.

Boca, mientras tanto, le ganó muy bien a Independiente y, sin brillar, se mostraba algo más sólido aunque con "el diario del lunes" esa supuesta mejoría del Boca de Arruabarrena tal vez se haya exagerado en comparación con el más que flojo desempeño de la etapa de Bianchi.  

El comienzo del partido pareció confirmar todos los presentimientos. Ni bien movió del medio Boca encontró muy mal parado al fondo de River y Rojas cometió un penal alevoso. Para colmo el árbitro (tal vez demasiado consciente del superclásico anterior) amonestó a Ponzio y Mercado por protestar, madrugándolos para el resto del partido. Barovero se había mostrado bastante dubitativo en los últimos encuentros pero demostró que su supuesta falta de personalidad es pura frialdad deportiva, la necesaria para desviar un penal en un Monumental que se asemejaba al infierno.

A partir de ahí River recibió un envión importante pero no supo capitalizarlo en el juego. Boca tenía el claro objetivo de hacer un gol y, con algunas participaciones interesantes de Carrizo y la habilidad de los jugadores de arriba para aguantar la pelota (Calleri, incluso el criticado Gigliotti) logró crear algunas jugadas de gol bastante claras. A diferencia del partido de ida esta vez Meli no desniveló y Gago fue un fantasma hasta que salió por un malestar físico.

Pero como en decenas de clásicos la suerte fue para Boca, la balanza parece haberse inclinado para River revirtiendo la vieja paternidad (en ocho partidos jugados durante el año Boca no ganó ninguno). Tal vez sin merecerlo River llegó al gol con una buena combinación que recordó al equipo de las primeras fechas: Mora descargó de espaldas hacia atrás, Ponzio abrió inteligentemente hacia la izquierda (a lo Kranevitter) y Vangioni envió un busca-pie venenoso que Pisculichi aprovechó de manera notable.

Durante el primer tiempo los nervios les jugaron una mala pasada a varios jugadores de River, pero en el complemento mejoraron muchísimo. Ponzio jugó tal vez los mejores 45 minutos del año. Sánchez volvió a ser el jugador incansable. Vangioni dejó de coquetear con la expulsión y se dedicó a jugar. Esos rendimientos sumados a los partidos extraordinarios de Pisculichi y Teo Guitérrez (crack) tal vez expliquen el triunfo, aunque habría que subrayar que la actitud de River, a contramano de la historia, superó con creces a un Boca que tuvo la pelota pero no pudo crear una sola situación de gol en todo el segundo tiempo. Fuenzalida, que había entrado por Gago, fue literalmente en salida y entró Chávez, que nuevamente tuvo una actuación muy pobre. Incluso River, en medio del quilombo y la ansiedad de los dos equipos, tuvo varias ocasiones para cerrar el partido, con el funcionamiento made in Gallardo, pero falló una y otra vez en la definición.

River ganó un partido importante, no sólo porque le permitió acceder a la final de una Copa Internacional después de once años, sino porque estos cruces con Boca tenían un contenido histórico innegable (algo que los propios bosteros se encargaron de recordar durante toda la previa).

El triunfo sirve para recuperar el prestigio del Club luego de varios años deprimentes pero también para revertir el imaginario popular en el que River siempre aparece como víctima de un Boca prepotente que, de cualquier manera, jugando bien, mal o regular, lo pasa por encima. En realidad a partir de los 2000 Boca ganó los clásicos más importantes (Libertadores 2000 y 2004) pero River tuvo muchas victorias que fueron desterradas por el descenso y el recuerdo (cada vez más lejano, por cierto) del Boca exitoso de Macri.

Por otro lado, este River de Gallardo, que supo deslumbrar y proponer una estética superadora para el fútbol argentino, aunque sea por justicia poética, merecía pasar a la final.


Habernos ido a la B, esa supuesta “mancha” que nos recuerdan como un jaque mate cada vez más carente de sentido, es justamente lo que permite disfrutar plenamente de esta felicidad. Pero para entender esto los hinchas de Boca deberían aprender a vivir, ¿y cómo se supone que podrían llegar a esa instancia si en 110 años ni siquiera aprendieron a jugar al fútbol? Sayonara. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

¿Te das cuenta de que todas las personas que conocés algún día se van a morir?


Uno de los efectos típicos del consumo de marihuana es que el fumado cree que todo lo que le pasa es extraordinario. Dice un chiste y le parece que es un genio del humor. Se le ocurre una idea y cree que puede filmar una película con ella. Habla con una chica y cree que se enamoró. Lo llama un amigo por teléfono y se convence de que es una casualidad cósmica. Escucha una canción y cree que es la mejor de la historia. Es decir, el fumado, además de ser ese tipo que se ríe mucho, es un campeón de la autoindulgencia.

El momento posterior al consumo, sin ser dramático como el de otras drogas duras, es triste y necesario. Triste porque demuestra que la vida es mucho más ordinaria que extraordinaria. Y necesario porque equilibra un poco los niveles de estupidez.

El efecto de bienestar que provoca la marihuana es casi tan interesante como el que sucede en el intervalo entre uno y otro porro.   

Flaming Lips es la banda psicodélica por excelencia. Y se nota que de un tiempo a esta parte están evitando ese intervalo de sobriedad que permite que los pies se acomoden en la Tierra para entender que no todas las ideas que se te ocurren son tan buenas. De otro modo no se entiende un disco como el que acaban de sacar, en el que (junto a algunas figuras), regraban Sgt. Pepper’s, de la misma forma que años atrás regrabaron The dark side of the moon. Un canto a la retromanía.  

Algunos elogian a la banda porque se anima a meterse con esos hitos de la historia del rock. Yo me pregunto qué necesidad hay de volver a hacer algo que, como está, es perfecto. Por más cool que sea, el resultado no está muy alejado de las remakes de Solaris o Carrie. Increíblemente los mejores momentos del cover de Sgt. Pepper’s son las canciones en las que canta Miley Cyrus. 

Si Sgt. Pepper's recreaba el trip alucinógeno de una generación, Whit a little help from my fwends se asemeja al estado de pesadez mental que sobreviene después de una sobredosis de clonazepam.

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Mejor exaltar los que consideramos genial y callar sobre los que nos desagrada. Así que hagan de cuenta que no leyeron nada hasta acá.

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Obnubilados detrás de la nube de autoindulgencia, los Flaming Lips olvidaron que ya habían grabado su propio Sgt. Pepper’s, el inolvidable Yoshimi Battles the Pinks Robots, de 2002.

Mezclando sonidos acústicos y del espacio exterior, la banda hizo un híbrido electrónico y progresivo pocas veces oído, tendiendo un puente imaginario entre los 60 y el Siglo XXI. Yoshimi cuenta con una producción barroca y digital en la que se destaca el uso renovado de los sintetizadores (que marcaría tendencia). Como las de Los Beatles o Los Gatos, las canciones son melancólicas y al mismo tiempo luminosas. Fue como si los Flaming Lips hubiesen encontrado el secreto para ser clásicos y sonar más modernos que todos los hipsters juntos. El disco es conceptual (es decir: ¡se oyen ruidos incidentales entre tema y tema!) y se puede escuchar como una gran canción de cuarenta minutos. En ningún momento aburre.

El tema homónimo (dividido en dos partes, una de ellas instrumental) trata sobre Yoshimi, una karateka que pelea contra robots programados para destruir la Tierra. Sin embargo la mayoría de las canciones hablan sobre el amor, la vida y la fuerza que hace falta para superar las pérdidas.    

El hit fue “¿Do you realize?”. El verso de una de sus estrofas decía “¿Te das cuenta de que todas las personas que conocés algún día se van a morir?”. 


lunes, 24 de noviembre de 2014

Nueva vindicación de Marcelo Gallardo


Una de las mejores cosas de arriesgarse es que siempre se lo pedimos a los demás.

Les pedimos a nuestros músicos favoritos que se arriesguen y hagan discos novedosos que no tengan nada que ver con lo que hicieron antes. Les pedimos a nuestros escritores favoritos que se arriesguen y escriban siempre un libro nuevo y mil veces mejor y diferente. Les pedimos a Campanella y Damián Szifrón que se arriesguen y se conviertan en Tarkovski. Les pedimos a los políticos que se arriesguen, tengan ideas progresistas y, a diferencia de gran parte de la población mundial, sean honestos, justos e inteligentes. Les pedimos a los directores técnicos que se arriesguen y hagan jugar a todos los equipos como si fueran el Barcelona de Guardiola.

Daría la impresión de que todos los que opinamos somos seres humanos experimentales, del Siglo XII, a la vanguardia de la existencia, siempre cambiando para que cada día sea una aventura digna de Indiana Jones.

Sin embargo la mayoría de las personas vivimos vidas rutinarias y predecibles, donde todo tiene un horario y está pautado de antemano. Casi nadie se anima a dejar un trabajo indigno para buscar uno mejor. Hay gente que está durante años con la misma pareja porque le aterroriza estar solo. Hay gente que no se anima a dejar de estar solo porque le aterroriza estar en pareja. Hay gente que durante décadas hace exactamente lo mismo todos los días.

Gallardo se arriesgó. Primero, se arriesgó al querer que River juegue mejor que los demás (el juego de River lo podría haber intentado cualquier otro técnico, pero el único que lo llevó a la práctica fue él).

Después se arriesgó al querer pelear los dos campeonatos y no especular con uno solo.

Y finalmente se arriesgó ayer, cuando ante Racing, en un partido que definía la punta del Torneo, mandó a la cancha a un rejunte de pibes y jugadores de Reserva para que los titulares tengan un descanso de cara al partido contra Lady Gago y Compañía.

Aclaro que yo no sé si estoy de acuerdo con lo que hizo Gallardo. Que tal vez desde el sillón de mi casa hubiese puesto a algunos pesos pesados en el banco (Teo, Rojas, Pisculichi) para que entraran en el Segundo Tiempo si la cosa se complicaba. Además jugarse tan de lleno a la Semifinal recarga todavía más el lastre psicológico del equipo (que, por otro lado, sabe que en Copas Internacionales Boca le sacó ventaja varias veces).

Ayer River no jugó tan mal como parece hoy, con el diario del lunes. Es más, si me apuran digo que River jugó muchísimo mejor que Racing. Pero eso no sirve para ganar tres puntos, claro. En los primeros diez minutos tuvo más llegadas que en los últimos tres partidos. Hay jugadores de calidad (Boyé, Solari, Mamanna, Tomás Martínez) a los que evidentemente les falta rodaje y un poco de experiencia, picardías que se aprenden con el correr del tiempo.

Racing, un equipo bastante limitado, cuya máxima figura es un ex River que pasó por el Club sin pena ni gloria, con un crack en el ocaso de su carrera y muchas ganas alimentadas por el fervor de su extraordinaria hinchada, terminó regalándole la pelota a River y esperó liquidarlo de contra porque se dio cuenta de que el partido podía durar diez horas y los de Gallardo no iban a completar una sola jugada.

De acá en más puede pasar cualquier cosa pero da toda la impresión de que Racing, con el envión anímico que significa ganarle a River (el historial es el más desigual entre equipos grandes: River ganó 88 veces y Racing 40), ya tiene todo cocinado. Incluso, tal vez por el clima creado por el periodismo, ésa era la impresión que había antes de que comience el partido: River tenía el boleto picado.

Dicho esto, creo que criticar a Gallardo por arriesgarse en este partido es de una bajeza bastante importante. Además River perdió el Campeonato (si es que lo perdió) cuando Olimpo le empató en el Monumental, el domingo pasado, con casi todos los titulares en cancha (excepto los que la Dirigencia no supo negociar porque estaban en sus respectivas Selecciones).


Gallardo se arriesgó y de perder el Torneo y la Copa (en realidad más el superclásico que la Copa), se expuso a ser señalado con el dedo por los infelices de siempre. Yo soy un infeliz, pero no cuenten conmigo.   

viernes, 21 de noviembre de 2014

Un partido espantoso


Desde la perspectiva extra futbolística el resultado tal vez sea positivo para enfrentar la final con Racing de mejor ánimo.

El nivel de cada uno de los jugadores no estuvo a la altura de las circunstancias. Barovero algo errático y nervioso. Funes Mori se parece cada vez más al viejo Funes Mori. Vangioni mostró su cara más salvaje (casi no pasó al ataque, ni siquiera cuando entró el enigmático Fuenzalida). Maidana sin la seguridad habitual. El bastión intocable fue Mercado. Incluso fue el único al que le sacaron amarilla por una falta necesaria (Chávez se iba directo al arco). Sánchez estuvo activo pero desprolijo. Ponzio tuvo un primer tiempo desquiciado. Rojas intermitente. Muy poco de Pisculichi. Teo más concentrado en su show que en hacer jugar al equipo. Gio aislado y morfado por los defensores de Boca. 

El exceso de faltas habla de una desventaja física que se intentó suplir a través de la interrupción permanente del partido. Pero esa estrategia, que algunos llamarán "garra" o "huevos" o "corazón", se transformó, a los pocos minutos de comenzado el encuentro, en un desborde emocional peligroso.

Los hombres suelen confundir la personalidad con la violencia. El fútbol es un buen ejemplo de este lamentable error. Ahora bien, que las mismas "personas" que hicieron un póster de una patada asesina de Krupoviesa se quejen por el juego brusco es uno de los acontecimientos más hilarantes de la historia. 

Es verdad el cansancio, que los rivales ya conocen como juega (¿o jugaba?) River, que jugar en la Bombonera no es broma, pero ayer hubo una evidente falta de confianza en la posibilidad de producir juego propio. De otra forma no se entiende que antes siempre se saliera jugando y ahora Barovero siempre salga con pelotazos, tristes divididas que caen en cualquier parte y son invitaciones directas a que el rival disponga de la pelota.

Más allá del arbitraje, River la sacó barata por la total impericia de Boca para crear situaciones de gol claras. El equipo de Arruabarrena estuvo mejor parado pero nunca pudo encontrar una variante para hacer valer el supuesto plus de diferencia con el que contaba por haber llegado al partido más relajado que River. De hecho en varios tramos River le regaló la pelota y Boca no supo qué hacer con ella. Sólo los quince minutos iniciales mostraron a un Boca asfixiante y decidido a llevarse a River a la rastra.

Por momentos las escenas dantescas recordaron al partido de Ida de la Libertadores 04, pero este Boca ya no es uno de los mejores equipos de la historia, como lo fue durante la presidencia de Mauricio Macri (sin dudas el máximo ídolo surgido en las entrañas del Club). 

Sólo en los diez minutos finales, con el ingreso de Boyé (y su habilidad para aguantar la pelota y nunca saber qué hacer después con ella), River pudo jugar con la ansiedad de Boca y moverse de una forma un poco más cerebral y no arrastrado por la pasión. 

Boca puede darse el lujo de pasar a la final empatando pero no haber ganado de local tampoco es alentador. River se fue de la Bombonera sin perder pero no evidenció ninguna clase de mejoría con respecto a su nivel futbolístico.


En resumen, hubo un intercambio de roles que no benefició a ninguno. Ni River demostró saber cómo se juega fuerte, ni Boca demostró, claro, saber cómo se juega al fútbol.

martes, 18 de noviembre de 2014

Rock Chabán


La TV Pública le hizo un homenaje a Cerati. Pero Cerati decía, resignado, en una vieja edición de la revista La Mano, "El rock ya no nos pertenece".

Después de Cromañón, desde el punto de vista social, lo mejor que le pudo pasar al rock argentino fue que el Estado se hiciera cargo de su logística, organizando recitales, festivales y radios que lo difunden día y noche los siete días de la semana.

Desde el punto de vista estético, creo que el hecho de que el Estado se haya tenido que hacer cargo debe ser entendido como el gran fracaso del rock argentino.

Las bandas que se formaron en el Einstein y Cemento protagonizaron la avanzada post-punk del rock argentino. Aunque García vio a Los Twist por primera vez en Cemento, ni él ni Spinetta tocaron alguna vez en un boliche de Chabán.

Darle la espalda a los viejos próceres del rock era necesario a principios de los 80, cuando todavía predominaba el hippismo tardío. El cambio que propagaron Sumo, Los Encargados y Soda Stereo, entre otras bandas, directa o indirectamente también influyó en la obra de Charly y Spinetta.

Estos ambientes, verdaderos antros donde podía ocurrir cualquier cosa (desde porquerías hasta genialidades) eran una proyección fantástica de la mente delirante de Chabán y hoy son recordados como una extraña mezcla de La Cueva, el Di Tella, el CBGC y Studio 54. No sólo había recitales de rock sino también espectáculos de danza, obras de teatro (con todo el dream team de la escena contracultural ochentosa) y monólogos en los que Chabán terminaba desnudo o haciendo alguna de sus típica payasadas.

La distancia simbólica entre ese mundo alucinante y Callejeros es un tema más ligado a lo sociológico que a la estética o al movimiento de rock argentino propiamente dicho. Lo que sí es cierto es que buena parte de los actores del movimiento promovieron una clase de conducta que terminó en la muerte de 194 personas (de hecho el Indio Solari aceptó a regañadientes que se dejaran de encender bengalas).

En el libro Cuando el arte ataque se realiza una semblanza de Omar Chabán en la que se intenta visibilizar su costado más amable. Al parecer, Chabán era un freak insoportable, de esos que se dedican a espantar burgueses las 24 horas del día y de los que en determinado punto no se sabe bien dónde está el personaje y dónde la persona.

Según se cuenta en el libro, Chabán negociaba con los pibes que no podían acceder a pagar el precio de las entradas, organizaba ollas populares, cuidaba a los fans de la policía y promovía una gran cantidad de eventos estrafalarios que no le dejaban un solo peso.

Más allá de la puerta de emergencia cerrada (hecho puntual e inexcusable) tal vez la razón por la que Chabán se convirtió en uno de los tantos culpables del desastre de Cromañón fue no convertirse nunca en un empresario profesional, algo que, paradójicamente, varios músicos que habían tocado en sus boliches le reconocían como una virtud. La actitud de Chabán frente a un grupo que dejaba pérdidas era la de recuperar el dinero en el próximo recital.

En el primer lustro de los 2000 Chabán actualizó sus números artísticos con los grupos que más sonaban en la radio (La 25, Jóvenes Pordioseros, Callejeros) y creyó que los viejos códigos del renacer democrático seguían valiendo en un país socialmente devastado. Mientras tanto el público se había vuelto bastante más anárquico y autoindulgente (de hecho lo sigue siendo: Ni las bengalas ni el rocanrol, a nuestros pibes los mató la corrupción) y las bandas, cada vez más demagógicas y vacías en su contenido, actuaban como un reflejo anacrónico y afectado de Sumo y Los Redondos. De los tardíos hippies a los tardíos chabones.

No es casual entonces que ni Spinetta ni Charly García hayan tocado en boliches de Omar Chabán. De Charly tal vez no encajaba su desbordado ego, de Spinetta su aburrido profesionalismo. Esos condimentos que en exceso pueden ser fastidiosos (de hecho lo fueron durante buena parte de los 90 y los 2000 para estos dos artistas), pero que en su justa medida sirven para que el show siempre suceda arriba del escenario.