martes, 28 de junio de 2016

La máquina de pedirle a Messi


Creo que fue a principios de año que el micro que llevaba por las rutas venezolanas al plantel de Huracán chocó y varios jugadores del Globo sufrieron heridas graves. El más perjudicado de todos fue Patricio Toranzo, un mediocampista exquisito cuya tradición estética remite a Fernando Redondo, quien perdió una parte de los dedos de su pie derecho. El accidente conmovió a la opinión pública del fútbol (siempre alerta para convertir tragedias en espectáculos masivos) y se destacó la carta de un niño, hincha de Huracán, que le ofrecía a Toranzo los dedos de sus pies ya que él los iba a utilizar mejor.

En el momento me llamó la atención que nadie reparara en que la ofrenda del niño, más que una demostración de amor, era la manifestación de una patología. Por más que el enunciado haya sido interpretado en términos simbólicos, lo que el niño manifestaba era real y por lo menos sugestivo: la amputación personal en nombre de un ídolo. 

El niño y Toranzo no importan tanto como la metáfora brutal sobre la dinámica del vínculo hinchas/jugadores que se desprende de la anécdota.   

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Como sucedió con el accidente de Toranzo la renuncia de Messi hizo que los medios vuelvan a utilizar el escudo de los niños para simbolizar el “sentimiento” de un país. Ayer Marcelo Tinelli difundió el video de un niño al borde de la descompensación, que entre llantos y convulsiones, le pedía a Messi que no renunciara. Lo más turbio de todo es que mientras el niño balbucea se oye la voz de la madre instigándolo a que siga hablando, a que manifieste su patología en público. La maternidad/paternidad, incluso cuando es buscada, de por sí, es autoritaria: alguien decide la existencia de una persona sin saber si a esa persona le agradará existir. Claro que el error original puede remedarse con amor. En una canción llamada “Esto va para atrás” Moris se refiere a ese dilema y llega a la conclusión de que nuestras madres tampoco pidieron nacer. Ahora bien, el video del niño que le pide a Messi que no renuncie demuestra que la maternidad/paternidad, cuando es irresponsable, es casi fascista.

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La sobreactuada delicadeza, el excesivo dramatismo con que se le pide a Messi que no renuncie esconden la intención despótica de pasar por arriba de los deseos del otro. Básicamente se le está pidiendo a Messi que no haga lo que quiere hacer de una manera amable. Más o menos al estilo de los mafiosos en las películas antes de matar a la víctima.

El extremo de ubicarlo en la situación de un mártir porque los aviones de la Selección no salen a tiempo también es ridículo si tenemos en cuenta que cada tanto chocan los trenes de la clase trabajadora.  

La idea de "un país" que insulta y denigra a un jugador por el simple hecho de errar un penal o no ganar una Copa es deleznable. Pero que ahora el mismo país, a través del chantaje emocional de periodistas compungidos, padres enajenados y maestras equivocadas, quiera convencer a ese mismo jugador de que no renuncie a la Selección es propio de un psicópata. Ojalá que Messi haga lo que se le cante.


lunes, 27 de junio de 2016

Vindicación de la Selección Argentina



Argentina perdió el partido psicológico cuando se quedó con uno más y, en vez de  sacar ventaja, mordió el anzuelo de la hábil psicopateada chilena. Corolario: quedó con un jugador menos (fue Rojo, mal expulsado, pero podría haber sido otro). 

Los relatores (tanto en la TV Pública como en T y C Sports) exacerbaron la incidencia del mal desempeño del árbitro pero la verdad es que cobró mal para los dos lados (hubo una exquisita patada criminal de Funes Mori que podría haber sido roja). 

Esta Copa América Centenario, desde el principio, fue un fake, pero desde los medios argentinos se le dio una trascendencia ridícula que fue una carga liviana mientras los rivales fueron débiles (Panamá, Bolivia, Venezuela, EE.UU) y se convirtió en una mochila pesada en la final contra Chile, a quien la Selección le había ganado en la primera fase (en un triunfo merecido pero que también pudo ser empate). 

El fallido de la Selección fue no imponerse justo cuando empezaba la Copa real. El resto (errar goles, no convertir penales) son, simplemente, las características de un deporte llamado fútbol cuyos malos resultados generan conductas en los hinchas que casi lo invalidan como deporte. Por ejemplo: esta semana se filtró el sueldo de Francescoli en River (una operación política tan evidente como sucia). La cifra es elevada e indudablemente puede provocar críticas, ahora bien, el resultado fue una andanada de hinchas de River insultando a Francescoli en redes sociales. Yo sólo quiero decir algo: si usted es hincha de River e insulta a Francescoli sufrió una terrible equivocación: usted no es hincha de River. Casi lo mismo se podría decir de quienes insultan a Messi.  

Chile es un rival históricamente intenso que ahora cuenta con el plus de una generación dorada. Para Argentina perder con Chile ya supone un acontecimiento ominoso, propio de una pesadilla compulsiva, un estigma que la opinión pública del fútbol, con su crueldad irracional (se habla de "fracaso", de "culpables", de "renuncia") hace muy difícil de borrar.      

Sólo hace falta ver el discurso mayoritario de quienes critican a Maradona (racista, discriminatorio, tilingo) para estar de su lado aunque diga y haga barbaridades (casi todas pertenecen a su vida privada). Lo mismo pasa con Messi, a quien le hemos cargado una cruz simbólica que, en caso de existir, explica lo peor de la idiosincrasia argentina.

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El año pasado conocí a un jugador de fútbol de Primera así que aproveché para hacerle preguntas cholulas sobre las intimidades de un plantel y la experiencia de ser jugador profesional. Me contó dos cosas que me parecen puntuales para dejar de ser una mala persona. 

Por un lado, que con los años el fútbol para él se había convertido en un trabajo más y que a veces no lo disfrutaba ni un poco. Por otro, que un día tuvo que ir a jugar un partido a alguna provincia lejana y erró un gol abajo del arco porque estaba pensando en que al mismo tiempo su mujer estaba dando a luz a uno de sus hijos. 

Yo miro fútbol desde que tengo cinco años pero recién ese día entendí en su real dimensión que los jugadores de fútbol son seres humanos. Larga vida entonces a Messi, a Mascherano, a Higuaín, a Banega y a Romero. Larga vida a quienes sin ningún tipo de preparación son obligados a llevar todo junto y en un solo puño la psiquís y el latido de su pueblo.  

viernes, 17 de junio de 2016

Análisis coyuntural del relato


El imaginario anti-kirchnerista está plagado de escenas conspiranoicas. La muerte de Kirchner generó, por lo menos, tres:
-Cristina mató a Néstor;
-Néstor no estaba en el cajón;
-el velorio de Néstor lo organizó Fuerza Bruta. 

El kirchnerismo no fue menos imaginativo en este punto: la idea de que todo lo malo que sucedía en el país, del 2008 a esta parte, correspondía a un plan estratégico de Magnetto para desgastar al gobierno fue un lugar común del campo nac and pop que con el tiempo se convirtió en un chiste malísimo. Cuando Hebe de Bonafini dice que López en realidad es un infiltrado del periodismo/servicios de inteligencia está agregando un episodio a esa serie.

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Ante los diferentes shocks mediáticos de corrupción el kirchnerismo eligió diferentes respuestas.

En primer lugar se instaló la idea de "operata" (que lo explica todo). Esta idea supone que cualquier caso de corrupción (desde Boudou hasta Lázaro Báez) es consecuencia de una jugada sucia activada desde los medios de comunicación hegemónicos que, aliados con el establishment económico, se dedican a desprestigiar a los líderes populares a través de intrincadas puestas en escenas que los desfavorecen.    

Después, con el PRO ya más expuesto (gobierna Nación/Provincia/Capital), se utilizó la dinámica del "ojo por ojo": Panamá Papers, Caputo o Niembro demostrarían que tanto de un lado como del otro existen "chorros". Esta idea, además de su indudable mal gusto (del tipo: "vos lavaste los platos pero yo saqué la basura"), es muy complicada, ya que, como es obvio, la corrupción de un lado no desactiva la del otro (y esto no sólo se relaciona con el antagonismo kirchnerismo/macrismo sino con el sector público y el privado). En todo caso lo que subyace en esta postura es que la corrupción es universal, propia del ser humano y no de un partido, lo que por otro lado es verdad aunque se complica cuando los de un lado sólo ven la corrupción del otro y viceversa.  

También se esbozó, en una línea más extrema y rápidamente acallada, que la corrupción era necesaria, casi en forma estructural, para que los políticos electos no siempre fueran multimillonarios que responden a los intereses de su clase. La verdad es que la realpolitik sirve para hacerte el canchero en un café o en el comentario del post de un estúpido bloguero sin formación política pero en términos fácticos te puede dejar en una posición incómoda.

El grotesco de la situación de López, con su estética trash del derroche, propia de Scorsese (potlatch para todos y todas), supone una ola de indignación interna. Se trata de un perfil reconocible, un estereotipo del devenir político histórico: el militante desencantado. Esta figura responde a una construcción casi dramática: el que antes militaba la calle e intentaba convencer a los tibios o distraídos, luego del desencanto ("la torta siempre se la llevan los mismos"), des-milita, es decir, intenta convencer a los nuevos convencidos de que no vale la pena involucrarse ya que en realidad "son todos lo mismo".

En ese sentido estamos asistiendo a un nuevo triunfo de la derecha histórica del país que ante el fin de cada proyecto político que se le opone enarbola, de manera hábil y paternalista, la figura del militante ingenuo (por joven, por ignorante, ¡por boludo!), engañado por sus propios líderes. La idea sería atendible si no fuera porque, además de denunciar la traición (la necesaria traición), lo que en verdad viene a decir es que ningún proyecto que se aleje de las normas económicas, culturales y sociales de los grupos concentrados de poder puede tener éxito (algo que tal vez sea cierto pero no por eso menos trágico).                

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El caso de José López produjo una pérdida automática de autoridad moral. Mientras tanto los kirchneristas mediáticos se muestran tan espantados que es imposible no intuir una penosa sobreactuación, la misma que se podía intuir cuando defendían el modelo (en todo caso el fantasma de la sobreactuación sobrevuela todo hecho de indignación colectiva). Como lo fueron en su momento la muerte de Mariano Ferreyra y el choque de Once el lópezgate es un dardo letal que desinfla el globo de la compensación, en la que los errores y horrores del kirchnerismo de algún modo se justificaban con los logros pasados o los errores y horrores ajenos (no hay pero y de haberlo perdió sentido).

En la guerra cultural esta es una batalla que pierden los militantes kirchneristas y, por cercanía, quienes defendimos algunos de los hits asociadas a esa corriente (AUH, Procrear, ¿Filmoteca?). No importa que este bozal simbólico sea odioso o injusto o hiperbólico o las tres cosas juntas, lo significativo es que es real en el plano del discurso (donde, por suerte, se dirimen estas batallas que hace poco menos de cuarenta años se resolvían a los tiros). La dinámica perversa del silenciamiento actual es la respuesta en espejo a un sector de kirchneristas ortodoxos que durante estos seis meses aprovecharon el gatillo fácil de las redes sociales para responsabilizar a los "globoludos" por las medidas impopulares del gobierno de Macri. Detrás de estas reacciones emerge la peligrosa idea de que votar mal (es decir: votar a quien yo no voté) es un delito moral.

Se trata de una lógica estigmatizante, propia de la crueldad irracional de los niños (incapaces de ponerse en el lugar del otro), de la que todos somos rehenes. No cuesta mucho rastrear su origen en el fanatismo imperante (apañado por la improductiva neutralidad de quienes no lo somos): tanto de los K, apólogos híper conscientes de una bajada de línea de tintes religiosos; como de los anti K, apólogos inconscientes de la anti-política de los gerentes que hoy gobiernan para sí mismos. 

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Hace bastante que el kirchernismo es un poema de Leónidas Lamborghini que deriva en un cuento de Osvaldo. Que del otro lado haya una novela de Aguinis es otro tema (es casi responder a Báez con Calcaterra) pero indica algo sugestivo: no hay salida. El nihilismo será inconducente pero a veces es inevitable.        

domingo, 12 de junio de 2016

Los rusos hijos de puta


1) Ambientada en el primer lustro de la década del 80 los protagonistas de The Americans son Philip y Elizabeth, espías de la KGB, adoctrinados para hacerse pasar por ciudadanos estadounidenses y destruir el American Way of life desde adentro de la Matrix. Sus hijos, Paige y Henry, yanquis ortodoxos en la edad del pavo, simbolizan el enemigo interno: ella es una católica idealista, él un paparulo adicto a los videojuegos. La ambivalencia monstruosa del vínculo, que a veces se resuelve de manera dramática y a veces de manera cómica, es la clave para entender la adicción que genera la serie. 

2) La mayoría de las películas de terror suceden en torno a familias que viven en casas poseídas y, subrepticiamente, más que para asustarnos de los fantasmas, sirven para espantarnos del concubinato y el matrimonio. No es de extrañar entonces que la familia atormentada se mude a otra casa y los hechos sobrenaturales prosigan: los malditos son ellos y, por añadidura, el sistema cultural que rige occidente. En The Americans la guerra fría es una boludez al lado de lo verdaderamente importante: la guerra de guerrillas que entraña en sí mismo el concepto de familia. Con sus correspondientes superclásicos: padres vs. hijos, hija vs. hijo, padre vs. madre, padres vs. vecinos. Acá, como en una materialización grotesca del loco Althusser, todos se revelan aparatos ideológicos del Estado. Especialmente aparatos.  

3) La banda sonora de la serie curte el synth pop de diferentes ramas que gobernó la estética musical de la época. En ese sentido The Americans es crítica rock ya que en forma implícita señala una conexión política (o al menos poética) entre el predominio de la tecnología en el pop, con sus gélidas drum machines, y la competencia armamentista de los 80, telón de fondo (estereotipado) de la guerra fría que enfrentó a Estados Unidos con la Unión Soviética. Afortunadamente The Americans no abusa de la retromonía. En cambio, cuando menos lo esperamos y muy cada tanto, elige ubicar algún que otro tema, a veces hits gastados ("In the air tonight", "Under pressure") que en medio de la trama hermética al tiempo que se resignfican le dan un poco de aire al psicologismo opresivo de la ficción. 

4) Desde el principio The Americans fue una serie exitosa que tuvo a favor al público y a la crítica pero jamás representó un boom. Es decir, más allá de su regularidad (acaba de terminar la cuarta temporada) y de su prestigio, nunca fue Breaking Bad, ese tipo de series que si cometés el pecado de no ver (porque no te interesan, porque no te gustan) te hacen quedar afuera de La Conversación. Durante un tiempo me molestó que The Americans no fuese reconocida pero ahora me pasa con la serie lo mismo que con algunas bandas o escritores de culto a los que atesoramos de tal forma que, a mitad de camino entre la estupidez y el amor (bueno, como siempre), creemos que su masificación incidirá de manera negativa en el contenido de la obra. Así que por favor no vean The Americans, sigan con House of Cards y ese tipo de cosas inteligentes.  

5) Algún día alguien explicará cómo fue que Keri Russel pasó de ser la flaquita de rulos de Felicity a esta mujer que propaga una especie de erotismo inteligente, si es que esto existe, y a la que, misteriosamente, todas las pelucas le quedan bien. Mientras tanto podemos seguir mirándola para desentrañar el enigma. Los Fabulosos Cadillacs se burlaban del auge tecnológico de los 90 aclarando en el sobre interno de sus discos "no se usaron samplers". En la entrada de Wikipedia de Keri Russel deberían añadir "no se usaron cirugías estéticas".        


6) Al lado de los yanquis truchos vive Stan, agente del FBI que se destaca por ser un talento en su profesión (es el personaje de la serie condenado a descubrirlos) y un bodrio en la vida cotidiana (su mujer lo abandona y su hijo no le da bola). Por supuesto Stan desconoce la verdadera identidad de sus vecinos y entabla una amistad patológica con Philip. Hay algo morboso y al mismo tiempo conmovedor en esos dos adversarios irreconciliables que, mientras cae la noche y se toman una cerveza fría, se cuentan sus intimidades. Te encargo esa grieta.               

martes, 7 de junio de 2016

La Selección Argentina es una cosa que sin duda sucede en el pasado


Estuve viendo el partido de Argentina y Chile de reojo porque esta Copa América no me importa nada. Un poco porque me parece trucha: ya hubo una en el 2015, el año en que correspondía, y ahora esta Copa Centenario da la sensación de ser un invento total. El fútbol es ficción y a esta Copa le falla el verosímil. A mí me gusta el fútbol pero creo que en la vida hay que dosificar. Ya sea con un amor o un sándwich de miga. Una Copa América cada cuatro años está bien. Una atrás de otra pierde sentido. 

Por otro lado estuve viendo 1986. La historia detrás de la Copa y eso me llevó a transitar muchos videos de YouTube sobre aquella y otras Selecciones que sí llegué a ver en mi infancia. La Selección actual con respecto a esas selecciones para mí es como un folleto de los Testigos de Jehová comparado con la Biblia. La Selección Argentina es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Se disfruta más en la infancia, cuando uno no sabe que el fútbol es una excusa para vaciarnos el cerebro.   

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El primer Mundial del que tengo recuerdos es el 94 que, como esta Copa América, también fue en Estados Unidos. Cuando Argentina quedó eliminada hinché por Bulgaria, que nos había ganado en la fase de grupos pero tenía un equipazo comandado por un amigo de Maradona, Hristo Stoichkov. Salieron terceros o cuartos. Nunca me acuerdo si le ganaron o no a Suecia (que también tenía un buen equipo). Tengo un amigo en Bulgaria. Lo primero que me contó de ese país es que todos se llaman Hristo. Allá es como llamarse Carlos.

En esa época no existía este auge por el fútbol europeo, no había tanta información, no éramos tan tilingos. Los Mundiales entonces eran los eventos en los que uno se enteraba de la existencia de jugadores copados como el nigeriano Jay Jay Okocha o el 10 de Arabia Saudita, Al Owairan.  

Todavía me acuerdo el color del cielo del día del partido contra Rumania. Me emocionaba mucho que Ortega reemplazara a Maradona. Ortega es como mi magdalena de Proust. Jugó un partidazo pero no alcanzó. Era el único que quería jugar y se notaba.   

Cuando me enteré de la suspensión de Maradona me largué a llorar desconsoladamente. En su programa Bernardo Neustadt congeló la imagen de Maradona gritando el gol contra Grecia y se preguntó si esa era la cara de un hombre sano. Este país siempre estuvo lleno de peligrosos caretas. El Mundial 94 dejó una sensación de velorio, de domingo a las siete de la tarde.

Hoy al mediodía en un programa de mierda de esos en los que unos tipos con traje compiten para ver quién grita más alto comparaban a Maradona con Messi. Se preguntaban cuál es la diferencia entre los dos. A mí me encanta Messi pero la diferencia es esta: por ahora nadie llora por él.   

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Vi dos veces a Maradona en una cancha. Las dos en el Mundialista, una vez como jugador y otra como técnico.

Como jugador fue en un partido de la Selección contra Dinamarca. La cancha estaba muy llena y como yo tenía ocho años no veía absolutamente nada. El pretexto era la Copa Artemio Franchi. Nunca supe qué era eso. En la platea cubierta estaba Roberto Carlos. Cada tanto mi viejo me decía: "Mirá, Fede, ese es Maradona". Maradona se veía a lo lejos rodeado de daneses altos y rubios que no le podían sacar la pelota.


Como técnico lo vi un par de años después cuando junto a Carlos Fren se hizo cargo de Racing. Ya era el periodo Say No More de Maradona. Usaba camisas y corbatas multicolores. Tenía puesto un traje gris que le quedaba grande. Maradona siempre se pone trajes que le quedan grandes. En ese sentido es un niño: si no tiene una camiseta de fútbol parece que está disfrazado. Yo estaba en la popular de River y la gente le gritaba "drogadicto", "puto" y ese tipo de cosas que la gente “normal” le dice a los poetas malditos. Cada tanto Maradona se levantaba del asiento del banco, miraba a la popular de River y hacía visibles cortes de manga. A los hinchas de River no les molestaba que Maradona les hiciera cortes de manga, más bien se reían y decían "Qué hijo de puta" con admiración. Lo querían pero no sabían cómo expresarlo.   

miércoles, 25 de mayo de 2016

El lado ominoso del histrionismo


Siempre me pareció que lo mejor de Lynch era Twin Peaks y lo mejor de Aira son sus Relatos Reunidos. En los dos casos, tanto Lynch como Aira, en vez de darle rienda suelta a su imaginación desbordada como quieren sus fans, se tuvieron que adaptar a esquemas ajenos, algo restrictivos, y ganaron sustancia sin perder un ápice de sofisticación y delirio. La verdad es que la autocensura tiene mala fama pero a veces no viene nada mal.

Algo similar me pasó al comparar las películas de Luis Ortega con Historia de un Clan, una serie del año pasado que es probablemente uno de los puntos más altos del género junto a Okupas. Yo no la quería ver de puro prejuicioso hasta que pesqué un video de YouTube en el que las hijas de Puccio bailan “La grasa de las capitales” frente a una mesa en la que hay cuatro personas con máscaras de Videla, Perón, Evita y Menotti. La escena es un símbolo de la dictadura. Incluso aislada del capítulo del que forma parte funciona estéticamente como una canción a la que no le entendemos la letra ni la estructura musical pero que no podemos dejar de escuchar. Se trata de una imagen tan siniestra como adictiva y remite directamente a Kynodontas, película griega del 2009 sobre una familia demencial en la que el padre en vez de secuestrar rugbiers, secuestra a sus propios hijos (dos de ellas mujeres que también hacen coreografías siniestras).

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Historia de un Clan está llena de guiños de los que a mí me resultaron especialmente placenteros los siguientes:

1) En un capítulo Puccio psicopatea al familiar de una víctima y, entre otras cosas, le dice “La entrada es gratis, la salida… vemos” (tanto Luis Ortega como Pablo Ramos, dos de los guionistas de la serie, han reconocido públicamente que son fans de Charly García).   

2) En otro capítulo el Coronel (Tristán) sienta a una chica trans en una silla, le pone un vaso de leche en la cabeza, le apunta y le dispara. William Burroughs hizo lo mismo con su mujer, con dos pequeñas diferencias: en vez de un vaso había una manzana y en vez de acertarle, la mató.   

3) El segundo secuestrado de los Puccio es (como el primero) un jugador de rugby. En una escena se lo ve junto a otros integrantes del CASI (entre ellos Alejandro Puccio/Chino Darín) iniciando a un novato en la ceremonia secreta del Tercer Tiempo (donde los rugbiers subliman la represión reventándose de mil diferentes maneras). En este caso los rugbiers agarran al novato, le bajan los pantalones, le muerden el culo y le tiran cerveza con el cuerpo boca abajo. Ahí se nota la ambición literaria de la serie que de este modo actualiza la conexión El Matadero/La fiesta del monstruo/El niño proletario disimuladamente. Como sabemos hay una línea crítica que sostiene que la escena capital de la literatura argentina es la vejación sexual con trasfondo político.    

Los guiños culturales funcionan cuando alguien (un director, un músico, un escritor) reúne en un mismo trabajo muchas referencias que siempre habíamos sentido semejantes y que nadie se había encargado de asociar.   
  
La serie empieza con un intento de suicidio de Alejandro Puccio saltando desde las escaleras de un juzgado. Cuando lo vi pensé en el tipo que se tira por la ventana en Cicatrices y dice: “Los pedazos no se pueden juntar”. Creo que es lo único que me acuerdo de Saer. Algunos criticaron la serie porque juega con la historia real como un jazzista con un standard. A mí eso me parece lo mejor de todo, para saber lo que pasó miro el noticiero.

Después me enteré que Alejandro Puccio se tiró de verdad. Con esto quiero decir que todos estos links tal vez sólo estén en mi cabeza.   

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Es un lugar común de la crítica cinematográfica elogiar a cualquier comediante que se sale de su estereotipo e interpreta a un villano. En la Argentina el caso más conocido fue Guillermo Francella en Tiempo Final (que, con el tiempo, también hizo a Puccio). Yo no sé si Francella es tan buen actor dramático como creemos, lo que sí sé es que Tristán como villano es un hallazgo trascendental. Los gestos de Tristán en Historia de un Clan son como el lado ominoso del histrionismo. 

El gran acierto de la serie es haber sabido captar el carozo del terror argentino, que no es otra cosa que el eterno retorno del terrorismo de Estado volviendo en forma de fichas. Los argentinos somos personas que a lo largo de la historia, por alguna extraña razón, resolvimos las cosas a través del secuestro y la tortura. Eso está ahí aunque intentemos barrerlo debajo de la alfombra. Es como un deseo prohibido que emerge en las pesadillas con aspecto morboso. Eso sumado a la atmósfera enrarecida, algo incestuosa, de la familia Puccio y la violencia estética innata de los interiores de la clase alta de San Isidro son un cóctel que no se mezcla solo.  

“A tu papá le meto el pito en la boca y a tu mamá le hago caca” le dice el personaje de Pablo Cedrón a Tom, un noviecito de la más chica de los Puccio. El vocabulario infantil ubicado en la voz de un hombre grande y degenerado es perfecto para expresar la maldad humana. En la calle yo conocí gente que habla así y no se da cuenta. Los monstruos no saben que lo son (por eso Awada brilla como Arquímedes). Todo esto daría la impresión de que la serie es como meter la cabeza en un balde de mierda, un rejunte de escenas sórdidas y repulsivas, pero también es erótica y cómica.     

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Hace un par de meses me secuestraron. Virtualmente, claro. Estaba durmiendo y me desperté con varios llamados en mi celular. Eran mis viejos preguntándome si estaba bien. En la mitad de la madrugada alguien los había llamado diciéndoles que era su hijo y pidiéndoles plata a los gritos a cambio de que lo dejaran de torturar. Ellos estaban al tanto de esta modalidad de extorsión al voleo sin embargo no pudieron evitar comprobar que yo estuviera sano y salvo. Creo que, involuntariamente, estos secuestradores virtuales meten el dedo en la llaga del inconsciente colectivo de los argentinos.

Nadie se puso a pensar que tener una vida virtual tal vez implique que en ese plano también ocurra nuestra muerte mientras nosotros seguimos vivos.

Por otro lado, el hecho de que alguien en algún lugar de la ciudad se estuviera haciendo pasar por mí me dejó perturbado durante varios días. Fue como sentir en carne propia el lado ominoso del histrionismo. Viva la Patria.  

viernes, 6 de mayo de 2016

Radiohead



Hoy se estrenó el segundo video del nuevo disco de Radiohead. Lo dirigió Paul Thomas Anderson, probablemente el director más pretencioso, genial e insoportable de los últimos 20 años. Algo similar se puede decir con respecto a Radiohead. De hecho PTA y Radiohead eran como dos líneas paralelas que se tenían que juntar en algún momento.  

Una de las pocas noticias agradables que la cultura rock le puede enviar al mundo es que cada tanto aparece un nuevo disco de Radiohead. A mí no me vuelven loco desde hace mucho pero el solo hecho de saber que van a sacar algo nuevo es lo que Borges llamaría la inminencia de una revelación que no se produce: arte. Deja todo lo supuestamente interesante de la cultura rock del nuevo milenio en un segundo y ridículo plano (pienso ahora en la ansiedad impostada ante la grilla de los grandes festivales). 

El video muestra a Thom Yorke deambulando por distintas locaciones mientras carga sus 47 años con honestidad y despreocupación. En redes sociales (especialmente en Twitter) muchos fans se espantaron por su aspecto. Esto comprueba algo que vengo pensando hace mucho: que a Radiohead lo están escuchando las personas equivocadas. 

Cuando me refiero a "personas equivocadas" estoy siendo totalmente resentido y discriminador (y tal vez cosas peores) aunque en mi defensa podré alegar que sin estas "personas equivocadas" yo no sería ni resentido ni discriminador. ¿Saben de quiénes habló? Personas que parecen vivir en una fotografía de Instagram y cuyo mayor esfuerzo es deslizar su dedo índice por la pantalla táctil de un celular. Esto no sería grave ni criticable sino fuera porque en determinado momento esta gente decidió que no sólo bastaba con ser linda y cool, sino que también se iba a adueñar ¡de todo lo nos hace sentir bien a quienes no lo somos! 

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Fabián Casas dice que la música de Spinetta es como su cara. Lo mismo se puede decir de la música de Radiohead y de la cara de Thom Yorke. El ojo deforme de Thom Yorke es fundamental porque detrás de él subyace una idea en la que se apoya buena parte de la cultura rock: la venganza de los nerds, la consagración simbólica de los condenados al bullying por feos, tontos o aburridos (o por las tres cosas juntas). Ahora nos enteramos, como a quienes les revelan una verdad atroz e indecible, que mucha gente se sorprende porque Thom Yorke es feo. 

Recuerdo un video en el que Radiohead interpreta "Bones" en la tele y cuando llega el clímax de la canción Thom Yorke se retuerce en terribles y maravillosos espasmos como si tuviese epilepsia o algo peor. Eso es lo hermoso para quienes de verdad aman a Radiohead. 

No me extraña entonces que el genio de Paul Thomas Anderson haya devuelto a Thom Yorke a la estética deforme que hizo grande a Radiohead. Es bueno que la gente haga bromas en Twitter con su cara, eso confirma que el espíritu de Radiohead sigue vivo y pone las cosas en su lugar.

Ey lindos: no molesten a Radiohead, no arruinen su real significado, ustedes no necesitan escucharlos. Para todo lo demás está Maroon 5 (que además de tener un cantante lindo es una buena banda).  

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Dicen que el primer video está basado en una película de los 70 llamada El hombre de mimbre y yo lo único que puedo pensar es en qué buena estaría una versión de Radiohead de "Dedos de mimbre".  

A mí el video de Thomas Anderson me recordó a "Nuestro iglú en el Ártico", un cuento de Levrero en el que un personaje se despierta y descubre que detrás del armario de su habitación hay una puerta que lo lleva a distintos ambientes que no sabía que existían. Al final se cruza con una mujer y se besan "solos en algún lugar del mundo".

lunes, 25 de abril de 2016

El niño de la banda roja


Desde que somos chiquitos sabemos que Sebreli está en contra del fútbol. Se trata de un gesto tan interesante como propio de un estereotipo intelectual anacrónico, ensimismado en la torre de marfil.

El problema de Sebreli es que no entiende el fútbol. Me di cuenta de esto en una vieja entrevista en la que presentaba un libro en el que ahora no sólo estaba en contra del fútbol sino también de Maradona, Evita, Gardel y el Che Guevara, A mí me gusta el Sebreli joven de Buenos Aires vida cotidiana y alienación, ese que al final llamaba a modificar la vida a partir del cruce de Rimbaud y Karl Marx...   

En esa entrevista y queriendo derribar el mito de Maradona Sebreli dijo que una de las causas por las que Pelé era mejor residía en que ¡había marcado más goles! Eso es no entender nada y hasta cuesta explicar de qué forma lo es. O sea que las críticas de Sebreli al fútbol pueden ser atendibles en cuanto a fenómeno de masas pero ya parten de una equivocación con respecto al significado del deporte. Si Sebreli cree que quien mete más goles es mejor entonces niega la gracia misma del fútbol, que va mucho más allá de las estadísticas (se diría incluso que lo más gris del fútbol son las estadísticas, las de Pelé en especial). No le encuentra sentido, de ahí la irritación (sumado esto a su pertenencia de clase, su ideología, su humor al día en que hizo este comentario sobre Pelé y Maradona, que no recuerdo exactamente dónde fue pero seguro fue en Canal 7, en programas de Osvaldo Quiroga y Cristina Mucci con horarios rotativos o algo así porque siempre, con De la Rúa o Néstor o Macri, aparecen en el instante del día más retorcido, ya sean las siete o las dos de la mañana).

Mi problema con el fútbol es otro. Le encuentro sentido, hasta un sentido cercano a la belleza estética (supongo que por ahí licuaremos cantidades industriales de homosexualidad reprimida), lo que me resulta inconcebible, a veces, es lo que rodea al fútbol (incluido el público, del que soy parte).

¿Por qué naturalizamos que cuando un jugador contrario tira un centro (en este caso fue D'alessandro) tenga que recibir escupidas, insultos y un encendedor en la espalda por parte de la hinchada local? ¿Por qué eso está bien? Por lo menos no está tan mal como para remarcarlo.

Ayer presté atención a la cara de los que insultaban a D'Alessandro y pensé que esos tipos (lo mismo diría si fueran de River o Godoy Cruz) después le tienen que decir a sus hijos que no traguen pastillitas de extraños. Una buena pregunta para hacer sobre la muerte de los chicos en la fiesta electrónica es ¿por qué creemos que una sociedad enajenada va a generar comportamientos no-enajenados?  

Por otra parte ¿qué porcentaje ocupa el fútbol en nuestra cabeza? Yo supongo que uno bastante importante. En días de superclásicos (no el de ayer, claro) o de partidos decisivos casi diría que pienso todo el tiempo en River. O sea que puedo estar hablando del clima o de la situación política de Brasil (sin saber un carajo) pero siempre hay una gran porción de mi mente que se quedó anclada en el fútbol. ¿Eso es bueno? ¿Eso no es ser un zombie? ¿No deberíamos estar interesándonos por cosas más importantes, cosas nuestras por ejemplo, en vez de preocuparnos por gente que no nos conoce y quiere meter goles? 

Tal vez el desarrollo del partido alentó mi cortocircuito con el fútbol, ¡mi neosebrelismo! Lo que se vio fue algo espantoso y además aburrido. Ahora el fútbol es un catálogo de arbitrajes, bromas de las hinchadas y lesiones. River nunca demostró que tenía un jugador de más. Controló el balón pero Boca, en sus espaciados ataques, fue más incisivo, más profundo. En algún momento pareció que los de Gallardo le dejaban la épica servida. Eso sí sería un retorno total a los 90. Me pregunto a qué "normalidad" se habrá referido Tevez el año pasado.

Lo único rescatable fue el juego de D'Alessandro, que en medio de ese panorama, incomprendido y aun sin romperla, era como la fucking niña del abrigo rojo de La lista de Schindler. Creo que me gusta otra vez el fútbol.  


jueves, 14 de abril de 2016

La patria es Mercedes Ninci


A raíz de una trifulca entre estudiantes y policías en medio de las manifestaciones del Mayo Francés Pasolini escribió un famoso poema-ensayo titulado “Los odio, queridos estudiantes” (también conocido como "El PCI para los jóvenes") en el que se declaraba a favor de los policías porque ellos, a diferencia de los estudiantes, eran hijos de pobres:

En Valle Giulia, ayer, hemos tenido un fragmento
de lucha de clase: y ustedes, amigos (aunque de la parte
de la razón) eran los ricos,
mientras que los policías (que estaban de la parte
equivocada) eran los pobres. ¡Linda victoria, entonces,
la de ustedes! En estos casos,
a los policías se les dan flores, amigos.

Es decir, Pasolini se daba cuenta de que el sistema tenía más que ver con los padres de esos estudiantes súper burgueses que con la policía. Algo de eso intentó expresar Bertolucci en Los Soñadores aunque pocos pudieron prestarle atención al mensaje con las tetas de Eva Green en primer plano.

Lo genial de la empatía de Pasolini es que se trataba de una empatía incómoda, políticamente incorrecta, algo así como un segundo nivel de empatía consistente en sentirse identificado con todos pero especialmente con quienes odiamos.

En estos días percibí varias situaciones en las que me parece que haría falta la empatía heterodoxa de Pasolini.

Por ejemplo, en medio de los frecuentes desalojos de Capital un mantero revoleó por el aire a un policía y todo el progresismo argentino festejó a las carcajadas. Nadie pensó que ese policía es enviado a hacer su trabajo por sus superiores o que puede tener hijos que sufren al verlo hacerse mierda contra el piso.   

Por ejemplo los taxistas, tal vez a causa del prejuicio, temen perder su trabajo y muchas personas lo festejan porque se supone que son fachos e ignorantes.

***

Habitualmente almuerzo cerca de las tres de la tarde y viendo televisión. Desde hace un tiempo me gusta ver un programa de Canal Trece llamado El diario de Mariana. Allí se amontonan un montón de panelistas que dicen cosas con las que no estoy de acuerdo. Aunque no coincida a mí me agrada escucharlos. No sé por qué, debe ser porque ya sé cómo pienso y no quiero que Roberto Navarro me lo diga a los gritos y con grandes dosis de demagogia. Sin dudas también existe un regodeo morboso en mi costumbre de ver por lo menos quince o veinte minutos de ese programa. El objeto de ese regodeo es esperar a que Mercedes Ninci diga algo por completo descerebrado para, a continuación, disfrutar porque yo no soy así.  

Muchos anti-macristas ven a Roberto Navarro para saber qué pensar. Yo, en cambio, veo a Mercedes Ninci y pienso lo contrario.  

No sé muy bien qué es, probablemente la fusión de su tono de voz y las barbaridades que dice (algunas de ellas tan hirientes como infundadas) pero Ninci es una persona casi intolerable. Ayer fue la marcha de apoyo a Cristina y algunas personas la trataron bastante mal. La empujaron y terminó tirada en el piso rodeada de personas que la miraban como a un perro al que se le cuentan las costillas. La misma situación con respecto a una periodista afín hubiese provocado la indignación de todo el kirchnerismo.

Muchas personas justificaron la agresión porque, en apariencia, Ninci fue a provocar a La Cámpora. Hay un error de concepto en esa apreciación: ¡justamente porque fue a provocar deberían haberla tratado bien, muchachos! Otros dicen que no les importa que agredan a Mercedes Ninci porque cuando la policía reprime a una murga de niños las mismas personas que ahora se indignan no dicen nada. Esa deducción me parece rarísima. Es nivelar para abajo: en vez de copiar las actitudes nobles y generosas para que todos seamos mejores, copiamos las actitudes miserables e insensibles para que todos seamos peores.

“Así no van a convencer a nadie” alertó Cristina, lúcida, cuando los militantes empezaron a bardear a Diego Bossio. El incidente con Mercedes Ninci y ese cántico contra el ex frontman del ANSES tal vez sean nimiedades pero confirma que cierto sector del kirchnerismo en vez de decidir de manera política y estratégica, lo está haciendo de manera emocional e impulsiva. Entonces se multiplican los insultos, se difunden noticias falsas, se sacan frases de contexto, el anti-macrista es el anti k del otro lado del espejo. Algo de esa actitud endogámica se puede rastrear en quienes confunden deseo con “realidad” y creen que los votantes de Macri ya están arrepentidos de votarlo. Habrá algunos, pero la gran mayoría lo votó para que haga exactamente lo que está haciendo. Es que si vivimos atados a un microclima en el que todos piensan igual y sólo vemos la información que nos conviene corremos el riesgo de enfermarnos de coyuntura, como quienes se alegran de los despidos en el Estado. Sencillamente olvidamos que existe el otro. De hecho se suponía que la Patria era el otro. Mercedes Ninci incluida.  

martes, 5 de abril de 2016

La grieta


Hace mucho (por lo menos un año) dejé de ver series. Sinceramente me pudrieron. Les empecé a ver las costuras y se me volvieron predecibles (probablemente por haber visto demasiadas). O tal vez fue que elegí mal porque las últimas cuatro o cinco que vi (a excepción de The Americans) me parecieron desastrosas. Pero el otro día me enteré (tarde) de que había una nueva serie de Louies C.K y no pude resistirme a bajarla.

La serie se llama Horace and Pete y creo que es una obra maestra. "Creo" porque vi un solo capítulo y tal vez los siete restantes sean horribles pero lo dudo mucho.

Lo que más me gustó de Horace and Pete, en un principio, es que es una serie deliberadamente aburrida o, que por lo menos, parece no tener groove, es decir, va en contra del vértigo narrativo imperante. Dura una hora y pico, tiene un intervalo, no hay actores lindos, casi no tiene música incidental (y cuando la tiene es cursi y sensiblera), la puesta es prácticamente teatral, el tema final es de Paul Simon. Es como si todo fuese hecho a propósito para no tener onda (provocando el efecto contrario, claro). Es una serie para ver tomando un whisky, con el celular apagado y sin twitter, por decir una boludez simbólica que todos van a entender.

Mayormente, la serie transcurre en el bar de Horace (Louies C.K) y Pete (Steve Buscemi). También son parte del reparto glorias como Jessica Lange y Edie Falco (la esposa de Tony Sorpano). El bar, estéticamente anacrónico, es regenteado por los dos hermanos (al finalizar el capítulo nos enteramos de que en realidad son primos) y un tío anciano que, con su amargura y su brutalidad, se roba buena parte de la atención.

El bar me recuerda a esos bares pesimistas sobre la condición humana que aparecen muy seguido en los cuentos de Carson McCullers o Bukowski. Esos bares de mierda en los que, sin embargo, la literatura y el cine ponen a funcionar la vida.

Todos los personajes de la serie parecen resignados y tristes, deambulan por ahí como si les hubiese pasado algo tremendo y sin solución. Aunque por momentos es muy cómica Horace and Pete transmite una melancolía pegajosa. Los únicos felices son los hipsters, que curten el bar como consumo irónico.

Ya en Louie, una serie aparentemente cómica que llegó a niveles extraordinarios de profundidad narrativa, se notaba que a su protagonista y creador le tiraba cada vez más el drama. Horace and Pete es el resultado de ese tirón.

A primera vista, tanto en Louie como en Horace and Pete hay algo que causa incomodidad: el modo en que actúan los personajes, sus conductas, los diálogos algo inconducentes, el ritmo aletargado. Después uno se hace fan de esa incomodidad. Es como escuchar una de esas músicas raras en las que tenemos que saltar un filtro para naturalizarlas y hacerlas nuestras.  

La serie trata sobre los problemas familiares de Horace y Pete (sus enfermedades, sus hijos, sus hermanos, sus parejas, sus negocios) y cada tanto pone la lupa en las conversaciones de los borrachos del bar.

La serie tiene un registro humano atemporal pero también se exponen temas de coyuntura yanqui sin anestesia. Una de estas conversaciones entre borrachos se da entre un conservador y un liberal y tiene algo de fábula o de chiste malo. 

Para hacerla corta el conservador le dice al liberal que los de su ideología son todos unos boludos y el liberal le dice al conservador que los de su ideología son todos unos forros. En el medio de los dos oponentes hay un tipo que actúa como árbitro que les aconseja que en vez de juzgarse el uno al otro describan lo mejor de sus ideologías. Entonces el conservador dice cosas irreprochables sobre los conservadores y el liberal dice cosas irreprochables sobre los liberales. El mediador les dice que si partieran de la definición que dieron sobre sí mismos tal vez podrían llegar a ponerse de acuerdo. La escena parece apuntar a una especie de redención pre-ideológica hasta que un personaje que también está acodado en la barra del bar (que ya tiró datas entre paranoicas y anárquicas) dice:

-¿Quién dijo que se quieren poner de acuerdo? No quieren llegar a ninguna clase de consenso. Para ellos esto es un fucking deporte. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Ricoteros


Si nos guiamos por la construcción de la crítica de rock, el público original de Patricio Rey estuvo constituido por beatniks, existencialistas franceses y sociólogos de la Escuela de Frankfurt. Sea o no cierto y sin llegar a esos extremos, la opinión generalizada coincide en que había un espíritu intelectual entre los primeros seguidores de la banda. Aquellos años de amateurismo (fines de los 70, principios de los 80), sin discos de estudio, están marcados por un fan ilustrado que aparentemente disfrutaba el rock and roll primitivo pero conocía la cultura rock. No eran hippies, no eran pesados, no tenían nada que ver con el imaginario del viejo público de "rock nacional". Es que el mito del comienzo de Los Redondos también supone la invención de un público adulto que hasta ese momento no existía porque escuchaba bandas de afuera (principalmente en sus vertientes psicodélicas o progresivas: Zappa, Floyd) ya que el "rock nacional", salvo honrosas excepciones, le parecía demasiado cándido para su gusto.

Este tipo de fan se complace en recordar viejos y olvidadísimos shows en lugares remotos, se refiere con cierto desdén a los ricoteros (los entiende como sector social, no como oyentes), intenta convencer al resto de que además del Indio hubo otras personas que se enteraron que existían los “yippies” en la Argentina (de cuatro a cinco, el Indio entre ellos), tiene por lo menos una anécdota con Enrique Symns y asegura que los mejores temas de la banda nunca fueron grabados oficialmente ("El regreso de Mao", "Mi genio amor", "Nene Nena", "De estos polvos futuros lodos", "Pura suerte").  

A medida que crece la convocatoria de la banda, gradualmente, los viejos fans se retiran, huyendo del bardo y de un repertorio que ya no los identifica. Los nuevos fans de Los Redondos, los ricoteros, ingresan al rock y toman a la banda como un cuadro de representación en épocas de nihilismo y crisis. A excepción de Sumo, el ricotero prescinde de casi todo el espectro del rock argentino canónico y convierte los shows (las misas) en un termómetro social (con incidentes, desmanes y peleas con la policía) cada vez más inmanejable para la banda. 

Si la primera época es planteada como el paraíso en el infierno, un ritual anti sistema y contracultural, una burbuja de libertad en medio del clima asfixiante de la dictadura (y del propio medio del "rock nacional"), los recitales de los 90 son interpretados como fiestas paganas en las que el ricotero, a través del reviente, sublima sus frustraciones y expone brutalmente los problemas estructurales y la brutal desigualdad, ya no del rock, sino del mismísimo país. A partir de ahí, Los Redondos son desbordados como hecho musical y pasan a ser “el fenómeno”, un hito de la sociología argentina.      

El mayor placer del ricotero es pasar horas interpretando y discutiendo con otros ricoteros los mensajes secretos que se esconden detrás de las letras crípticas del Indio. Y llega a conclusiones polémicas, moviéndose en el extraño límite de la linealidad y el delirio: "Tarea Fina" está dedicada a Karina Rabolini, "Aquella solitaria vaca cubana" habla de la Revolución Cubana y “Toxi taxi” del narcotráfico, "Susanita" está dedica a Susana Giménez. Cuando no se sabe de qué hablan los temas, la conclusión es que son contra Enrique Symns (“Blues de la artillería”, “Salando las heridas”, “El héroe del whisky”).  

La aparición de Último bondi a Finisterre (1998) provoca otra particularidad en la conducta de los ricoteros: por primera vez se muestran contrarios al rumbo artístico que tomó la banda. La inclusión de máquinas y sonidos "modernos" les impide disfrutar completamente de la nueva obra. El público sigue llenando los Estadios, pero hay una distancia en la recepción del nuevo y el viejo repertorio (similar a la que ocurría entre los fans de Soda con respecto a la era pre y post Dynamo). Esta distancia se profundizaría con Momo Sampler (2000) y los discos solistas del Indio Solari.

Luego de la separación de Los Redondos, enterados a través de los medios de los problemas contractuales que desencadenaron la ruptura, se produce una división muy clara: por un lado los que apoyan al Indio, por otro los que apoyan a Skay y Poly. Un tercer grupo está conformado por quienes se desentienden de las preferencias, no escuchan los discos solistas de ninguno de los dos y siguen eligiendo a Patricio Rey, como si verdaderamente se tratara de un ente que excede el trabajo de los músicos que lo crearon. Para estos ricoteros, que el Indio y Skay hayan separado a Los Redondos se asemeja a una herejía religiosa, sienten que la banda también les pertenece a ellos y que los líderes se tomaron demasiadas atribuciones al decidir unilateralmente qué hacer con su propia banda.

Con los dos líderes distanciados, otros ricoteros, incorregibles, redoblan la apuesta y se dedican a descubrir ¡qué letras del Indio están dedicadas a Skay y cuáles de Skay están dedicadas al Indio!

El Indio se llevó el grueso del público: sus recitales baten récords de audiencia y por poco se alquilan ciudades y países pequeños para que ocurran con normalidad. Skay se dedica a tocar en teatros y festivales, con una asistencia más reducida. Los que siguen a Skay dejan entrever que el verdadero espíritu de la banda está en el guitarrista y que el contexto que recrean estos recitales, de alguna manera, recupera la esencia perdida detrás de la gran banda que emergió en los 90. Los que siguen al Indio ignoran por completa la obra solista de Skay, si se lo cruzan por la calle tal vez no lo reconozcan y creen que el único que asegura la existencia de vida ricotera inteligente en el Planeta es el Indio Solari.


Eso sí, fans del Indio, de Skay, de los dos o de ninguno, se ven unidos en una súplica compartida que aspira a restaurar los viejos valores ricoteros, tal y como los habían conocido en el pasado: "Sólo te pido que se vuelvan a juntar".   

miércoles, 23 de marzo de 2016

Eh Eh Uh Uh


No están tan equivocados aquellos indignantes ingeniosos que obligan al antiimperialista a dejar de beber Coca Cola, a no ver más películas de David Lynch y a no escuchar a Bob Dylan si genuinamente no quieren que Obama pise el suelo patrio. La verdad es que mientras EE.UU no está asesinando personas en tu país en tiempo real (y en formas más o menos explícitas) la penetración cultural es la marca de la gorra del Imperio.

No están tan equivocados aquellos indignantes comprometidos que señalan con burla la tilinguería de hablar de la pareja presidencial yanqui como lo haría un vasallo de reyes medievales elegidos por la voluntad de Dios. Sin contar que la presencia de tal pareja y su contacto con el Presidente Mau puede afectar la economía del país y no necesariamente de una manera positiva.  

En conclusión: existe una contradicción en los superados que entienden que EE.UU es sólo su política exterior y olvidan que su incidencia en la cultura occidental nos alcanza a todos y existe una confusión en los cholulos que no tienen en cuenta la política exterior de EE.UU encandilados por los fuegos de artificio de una pareja del Primer Mundo en el fondo del Tercer Mundo. Fin de la discusión.

***

Cuando Bush visitó Mar del Plata en el 2005 también la parte más cool de la ciudad fue alterada con grandes vallados e inescrutables hombres de negro. A veces pareciera que un presidente estadounidense es la misma persona con distintas mascaras. En esencia es alguien que se dedica a alterar la soberanía de los demás individuos del mundo. Por eso cuando llega a otro país hay personas que ya no puedan ingresar a su barrio sin pedirle permiso. Más que por una cuestión de seguridad, es por una cuestión de estética. Por decirlo de una manera sofisticada: Clinton/Bush/Obama es el más poronga del mundo. ¿Cómo no odiarlo si ni siquiera cuando es negro pudo evitar volverse blanco?  

Todavía me acuerdo cuando se puso de moda Michael Moore. Un día estaba viendo una de sus charlas, esos encendidos monólogos en los que gritaba y se avergonzaba de tener un presidente como Bush y me pareció que más que en contra de la guerra, estaba en contra de la manera en que Bush manejaba la guerra. Claro, pensé y dejé de ser adolescente, para ellos la guerra es como para nosotros tomar mate.

Aclaro que yo no tomo mate.  

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Una de las novelas distópicas de Ballard se llama Hola América y sucede en el contexto de un mundo futuro devastado por una gran crisis energética ocurrida en las primeras décadas del Siglo XXI (la novela es del 81): “Incapaces de pagar el precio del petróleo importado, varias economías antes florecientes se derrumbaron de súbito. Los grandes programas de industrialización de Egipto, Ghana, Brasil y Argentina fueron cancelados”. La novela cuenta la travesía de unos exploradores europeos que  llegan a EE.UU tras la huella de una nube tóxica. La narrativa de Ballard a veces es intensamente política, casi pedagógica, pero también puede tener la fuerza de un shock poético. De esa novela lo que me quedó en la memoria es la imagen de un holograma gigante de Superman proyectado en el cielo de Las Vegas.  

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La Cumbre del 2005 no sólo fue importante desde el punto de vista formal (la postura económica regional de negarse a formar parte del ALCA), sino también desde lo iconográfico. Durante esos días se terminó de construir el estereotipo kirchnerista. En un tren llegaron, entre otras estrellas de  la cultura nacional y popular, Maradona y Hebe de Bonafini. Manu Chao tocó gratis en la Plaza España. El ciborg K que proyectaron los nuevos gorilas del Siglo XXI (los que hoy se regodean en saber si Miriam Quiroga escupía o tragaba y fantasean con ver a Cristina en cana) seguramente se ve como Maradona, piensa como Hebe y canta como Manu Chao.


Uno de los detalles morbosos de la visita era el rumor de que con la comitiva de Bush venían cientos de bolsas de cadáveres por si había un atentado terrorista. El 2001 estaba a la vuelta de la esquina y el error no era la paranoia sino no ser suficientemente paranoico. Con mi novia de aquel entonces, mitad en serio, mitad en broma, paseábamos por ahí y nos preguntábamos cuáles serían las Torres Gemelas de Mar del Plata. Nunca nos pusimos de acuerdo. 

lunes, 21 de marzo de 2016

Spinetteanos


Los fanáticos de Spinetta se dividen en dos grandes grupos. Quienes conocieron su obra mientras estuvo vivo y los que se sumaron después de su muerte.

El fanático original de Spinetta es tal vez uno de los personajes más emblemáticos del rock argentino. Durante los recitales, una de las características principales del spinetteano era pedirle a su ídolo que toque canciones que habían quedado afuera del repertorio del autor entre quince y veinte años atrás. El spinetteano sabía que Spinetta no tocaba temas viejos, sin embargo sentía un indisimulable placer al recriminárselo. 

Por ejemplo, Spinetta presentaba Un mañana en el año 2008 y el spinetteano pedía "Blues de Cris" (1972) o "Dios de la adolescencia" (1975). Esa actitud del spinetteano lo define claramente como sujeto: por un lado hace alarde de su conocimiento frente a los fans nuevos al referirse a canciones viejas y olvidadas, por otro lado entiende que su devoción por Spinetta justifica sus recriminaciones públicas. Otra clave del reclamo se basa en la posibilidad de que Spinetta respondiera a los pedidos con su habitual ironía o mal humor. La anécdota del diálogo crecerá exponencialmente con los años. El spinetteano pidió a los gritos "Casas Marcadas" (1982) en un recital de 1995, la época de Los Socios del Desierto (cuanto más alejado estuviera el tema del material que presentara Spinetta, mejor) y Spinetta le contestó "No". A partir de allí, el spinetteano hace su trabajo. A fines de los 90' dirá que Spinetta le dijo "No voy a hacer ese tema". A mediados de los 2000 Spinetta le respondió eso pero también intercambió bromas. A fines de los 2000 Spinetta empezó a tocar el tema previsto pero a la mitad lo interrumpe, toma una guitarra acústica y le dedica "Casas Marcadas", después lo invita a cenar a su casa y se quedan hasta las 5 de la madrugada hablando de mandalas.

El recurrente pedido de temas imposibles también se puede entender de otro modo. Spinetta fue un músico que exigió a sus fans un caudal de paciencia y abstracción superior al resto y creó, a su vez, un público a su imagen y semejanza. El spinetteano a veces cede al elitismo y puede llegar a jactarse de no escuchar a Charly García como quien se estuviese refiriendo a Agapornis. 

Cuando el spinetteano reclamaba un tema imposible en realidad estaba verificando si las convicciones spinetteanas (no ceder a los hits, tocar sólo material reciente, olvidar deliberadamente el repertorio de las Bandas Eternas) se mantenían vigentes. De allí el placer del spinetteano ante la negativa: es verdad, no iba a poder escuchar "Ruido de magia" en el 2007 (¿y a quién si no a un spinetteano ortodoxo se le podría haber ocurrido?), pero Spinetta mantenía la postura ética que lo había convertido en su ídolo.  

La conducta del spinetteano durante los recitales también cuenta con otras señales específicas. El spinetteano fue el único fan del rock argentino que pedía silencio. Al mismo tiempo que se creía lo suficientemente autorizado para pedirle al mismísimo Spinetta que hiciera un tema que no tenía pautado de antemano, también entendía que sus años como oyente de Spinetta lo autorizaban para oficiar de preceptor simbólico de los recitales. El spinetteano en acción era alguien que, básicamente, ponía orden: le decía a Spinetta qué tenía que tocar y, si oía el murmullo de un grupo de amigos o el sonido del papel de un caramelo desenvolviéndose mientras Javier Malosetti ejecutaba su solo en "La herida de París", automáticamente pronunciaba su clásica onomatopeya: "Shh". Si la situación lo ameritaba, agregaba un tajante "Cállense, viejo, acá se viene a escuchar".

Entre otras características, el spinetteano ortodoxo odia la cumbia, compró y hasta escuchó discos de Claudio Cardone y Mono Fontana, leyó y dice que le gusta Guitarra Negra, compró la edición original y nunca prestó Crónica e Iluminaciones (la reedición del libro de Eduardo Berti lo desconcertó), se interesó sinceramente por todas las lecturas que Spinetta reconoció como decisivas para su música (Artaud, Jung, Castaneda, Foucault). En reuniones con amigos, el spinetteano se deleitará contando detalles secretos sobre Spinetta que no le interesan absolutamente a nadie: en Spinettalandia y sus amigos hay dos temas de Pappo, en "Alarma entre los ángeles" el que toca la guitarra es Tomás Gubitsch, "Parlante" aparece como bonus track del cd de Tester de Violencia pero originalmente es un tema de Piel de Piel, un disco que compilaba temas de Tester de Violencia y Don Lucero. Uno puede burlarse, indignarse y hasta evitar su cercanía en una fiesta, pero nadie puede negar que el spinetteano dedicó toda su vida a escuchar a Spinetta. Hay quienes hablan de reclamar al Estado una pensión por Oyente de Spinetta. No se puede decir lo mismo del segundo grupo de fans de Spinetta.

El segundo grupo de fans de Spinetta emergió luego de su muerte. No llegó a Spinetta directamente sino a través de los homenajes de Pedro Aznar o del ruido mediático post 2012. Cree que Spinetta es un ángel. Si alguien osara decir que Spinetta tiene discos o, por lo menos, un par de temas que no son tan buenos, el nuevo fan de Spinetta actuará como si lo hubiesen violado y obligará a pedir disculpas de rodillas (el spinetteano ortodoxo, entre las muchas actitudes que se atribuye, se permite criticar dos y hasta tres discos de Spinetta cada cinco años). En vez de "Luis Alberto", como lo llaman los spinetteanos ortodoxos (convencidos de que Spinetta era un primo o un tío), lo llaman "Flaquito". Los spinetteanos ortodoxos sospechan seriamente que el nuevo fan de Spinetta conoce la obra de Spinetta de un modo muy fragmentario. Incluso es de esperar ciertas herejías en este tipo de sujetos:
-que desconozcan versiones originales pero sí el cover de Pedro Aznar;
-que no hayan escuchado todos los discos enteros sino canciones sueltas en YouTube;
-que nunca (y esto es lo más grave) lo hayan visto en vivo ¡aun siendo lo bastante adultos como para haberlo hecho!

Muchos aseguran que la pasión por Spinetta en las nuevas generaciones (es decir aquellas nacidos en los 80, 90 y 2000, los que no eran jóvenes cuando Spinetta tuvo sus primeras bandas) sólo puede otorgarse. Es decir, debe existir cierto ritual de iniciación, como en algunas sectas o logias. En este caso se da a través de ciertos vínculos determinados:
-de madre o padre hippie a hijo probablemente hippie;  
-de primo freak a primo menor;
-de hermano mayor a hermano menor desorientado;
-de amigo mayor (por lo menos 5 años) a amigo menor;
-de ex novio/a a novio/a abandonado/a.

Una opción seriamente discutida es "de Alfredo Rosso a oyentes de sus programas", pero los spinetteanos nunca terminaron de ponerse de acuerdo. 

Otros, más despreocupados, tienen una idea un tanto más sencilla: cualquiera que tenga predisposición a disfrutar de la belleza del mundo es apto para escuchar a Spinetta.               


jueves, 10 de marzo de 2016

Cultura fútbol


De la misma manera que existe la cultura rock, también existe la cultura fútbol. No me refiero a cargar a un equipo porque se fue a la B o a otro porque tiró gas pimienta y abandonó. Esas son cosas realmente estúpidas vinculadas a una de las miserias más grandes del ser humano: alegrarse con las desgracias y los errores de los demás.

Una de las cosas que más me gustan de Aimar y Riquelme, además de que eran jugadores extraordinarios, es que a pesar de ser adversarios se admiraban y se querían.

Tener cultura fútbol es respetar jugadores que uno no vio nunca en su vida gracias al relato de padres, tíos, hermanos, primos mayores o, incluso, viejos que nos cruzamos por ahí y te cuentan flashes en blanco y negro del fútbol argentino: el River de Labruna, La Máquina, el Huracán de Menotti, el Estudiantes de Zubeldía, el Boca del Toto Lorenzo, el Racing de José, Los Carasucias.

El fútbol no es la épica contemporánea por los asesinatos entre barras bravas, sino porque, al igual que la Ilíada y la Odisea, sus escenas se relatan de boca en boca cual tradición oral consuetudinaria. De esta manera conocí historias incomprobables en las que el Charro Moreno comía ravioles media hora antes de los partidos, Houseman jugaba borracho, Scotta hacía goles de media cancha, Amadeo Carrizo la bajaba con el pecho, etc. Probablemente muchas de las cosas que me contaron son falsas pero poco me importa a los efectos especiales que el fútbol crea en mí. El director de cine John Ford decía que entre la realidad y la leyenda se quedaba con la leyenda.

Cuando Lisa Simpson descubre que Jeremías Springfield, el prócer del pueblo, en realidad fue un pirata y no peleó con un oso, se siente impulsada a desenmascararlo ante toda la población pero al toque entiende que el mito ayuda a conservar algunos de los valores más nobles de la sociedad.

Hoy se murió Perfumo, un ex jugador de fútbol que no vi jugar jamás y al que, sin embargo admiré muchísimo. Los mayores dicen que era impasable y que, además, tenía el porte de un galán. Era muy genial escuchar a Perfumo hablar de fútbol por la sinceridad y la despreocupación con la que decía cosas terribles, como por ejemplo la manera en que elegían jugadores con Basile para sacarlos de la cancha en camilla.  

Perfumo confesó que dejó de ser técnico porque un día entró al vestuario y no supo qué mierda decirles a los jugadores. Nadie del mundo del fútbol se animó a confesar algo así porque eso es indicio de debilidad o falta de hombría. Perfumo hacía ingresar el absurdo en el esquemático mundo del fútbol. Me hizo a acordar a Bartleby y compañía, ese libro en el que Vila Matas repasa la historia de los escritores que, de un día para otro, dejaron de escribir.

Otra anécdota que me encantaba de Perfumo es cuando contaba que medía sus pases de acuerdo a los carteles de publicidad. Perfumo era un jugador de fútbol con alma de artista o algo así. También decía que cuando River salió campeón después de 18 años era tal la algarabía de la gente que los tuvieron en andas dando la vuelta olímpica durante cinco o diez horas.  

Hace muchos años Maradona contó que jugando para Argentinos se enfrentó a River y Perfumo lo bajó cuando se iba solo para el gol. Después lo levantó de los pelos y le preguntó si estaba bien. Maradona respondió: "Si, señor, ¿usted está bien?". Algo así. La anécdota es hermosa por dos razones: porque cuando Maradona habla de Perfumo le brillan los ojos y porque en su comicidad desborda de ambivalencia, ya que el subtexto explica que, a veces, el amor entre hombres obligados a reprimir su lado sensible se comunica a través de la brutalidad. Hoy se supo que esa anécdota es falsa porque Maradona y Perfumo nunca se cruzaron en una cancha. No dan las fechas.

A veces los desmitificadores son como esas personas que cuando te enamorás te avisan que todo en la vida se termina. Eso lo sabe todo el mundo, ¿a quién le importa?       

Era mejor la narración de Perfumo sobre el fútbol que el fútbol en sí mismo.