jueves 15 de marzo de 2012

Y Dios es una máquina de humo

Adaptarse siempre cuesta. Pasar del turno mañana al turno tarde y conocer nuevos compañeros. Ir del noviazgo al concubinato y convivir. Descender de Primera a la B y jugar los sábados. Cuando se trata de adaptar obras de teatro a la pantalla del cine, las cosas pueden salir mal. En el teatro, por ejemplo, se justifica cierta artificialidad en los diálogos. En el cine muchas veces menos es más y esa afectación puede jugar en contra. Closer es un buen ejemplo. El tono de la película es realista, pero la gente enamorada no habla de esa forma. Evidentemente hubo una incapacidad a la hora de trasladar el guión de un ámbito al otro.

Otro aspecto negativo de las obras de teatro que pasan al cine es que (a no ser que vivamos aislados del mundo y sólo accedamos a él cuando vemos películas), generalmente sabemos de qué se tratan y hasta cómo terminan. Un dios salvaje (Carnage) es la última película de Roman Polanski. Es una obra de teatro que reescribió junto a la dramaturga original, Yasmina Reza. Aquí el problema no son los diálogos (que, pese a algunos excesos, se adaptan al contexto) ni las actuaciones, sino la total previsibilidad con que se desarrolla la trama. Como diría un amigo: A Un dios salvaje se le notan las costuras. Como los personajes responden a estereotipos el espectador adivina con facilidad que sucederá con cada uno de ellos. Pero la cosa no termina ahí: hasta los objetos que la película remarca con un subrayado fosforescente tienen un itinerario obvio.

El argumento tiene la simpleza de las cosas geniales. Pero como leer a Osvaldo Lamborghini o revolucionar Cuba, es mejor la idea que la praxis. Un niño le pega a otro con un palo y los padres se reúnen en la casa de la víctima para dejar las cosas en buenos términos. Los padres del agresor son Nancy (Kate Winslet) y Alan (Christoph Waltz). Los de la víctima, Penélope (Jodie Foster) y Michael (el genial John C. Reilly). Alan es un abogado inescrupuloso. Nancy es una estirada de la alta sociedad. Penélope es una progre. Michael es un boludo. Cada uno tiene un objeto que atesora y lo define: Alan, su celular (que no para de sonar); Nancy, su maquillaje; Penélope, sus libros de arte; Michael, como dijimos, es un boludo y no tiene nada. O tiene a su madre que lo llama por teléfono, pero no importa.

En los 80 minutos que dura Un dios salvaje, ninguno de los personajes deja de hacer lo que se supone que hará. Incluso cuando cambian de opinión y de actitud. El abogado inescrupuloso es cada vez más inescrupuloso. Su esposa es cada vez más falsa. Penélope es cada vez más "ética". Michael es cada vez más boludo. El celular que no deja de sonar y molesta a todos, termina adentro de un florero lleno de agua. Nancy vomita los libros de arte de Penélope. El set de maquillaje es revoleado por Penélope. El antagonismo filosófico entre los dos matrimonios (especialmente entre Alan y Penélope), se resuelve con mal gusto: vómitos, borracheras, golpes, llantos. Y lo peor es que la película es de ésas que pretenden enseñar “cómo es el mundo”. Pero ni siquiera deja que el espectador elija entre los dos esquemas de pensamiento: el personaje de Penélope es tan burdo en su corrección política que no queda otra que darle la razón a Alan, el yuppie anacrónico (Jorge Asís mode).

Polanski es un gran director. En el año 2009 se reabrió una causa en la que se lo acusa por abusar de una menor en 1977. Suponer que cargó las tintas contra el personaje de Penélope porque representa el tipo de público que lo condena, sería incurrir en una absurda sobre-interpretación que no estoy dispuesto a esbozar. Por eso mismo, ni siquiera la mencionaré. Consecuencia de su situación judicial, Polanski no pudo rodar en EE.UU una historia que transcurre en New York. Lo hizo en París. La película, que en un 95 por ciento de su duración sucede en un departamento (o su escenografía) costó 25 millones de dólares.

domingo 11 de marzo de 2012

La yanquilosidad al palo

Como si no fuera poco con los convictos insufribles que vuelven en el bodrio de Alcatraz (¡en el episodio 9 vuelve uno que ya lo había hecho en 4400!), la nueva gran serie del momento también trata sobre un regreso. En este caso es un soldado norteamericano, Nicholas Brody, dado por muerto y rescatado luego de ser mantenido en cautiverio 8 años en Irak. Su Némesis es Carrie Mathison, una detective de la CIA al borde de un ataque de nervios. Ella sospecha que el nuevo emblema nacional en realidad es un infiltrado de Al-Queda.

Una de las cosas que más llaman la atención de Homeland son sus escenas de sexo. No es que nos escandalicemos por un par de tetas, pero habitualmente las series deciden ser aptas para todo público para captar más espectadores. En el caso contrario, una serie que incluye escenas de sexo habitualmente quiere: a) cautivar a un público masculino/femenino onanista o b) sacar carnet de "serie adulta". Homeland sortea con éxito estos dos lugares comunes. Las escenas de sexo son necesarias para el entendimiento completo de la historia que se cuenta y eso no es muy frecuente. En el primer capítulo se ven dos polvos. El primero es un polvo divertido, lo protagonizan Jessica, la mujer de Brody y su amante. El segundo se parece bastante a una violación, lo protagoniza nuevamente Jessica pero con su esposo. Uno sucede cuando Brody es un recuerdo lejano y los dos amantes piensan decirle a sus hijos que están juntos. El otro sucede en la primera noche de Brody y Jessica luego de su desaparición. El amante de Jessica es un viejo amigo de Nicholas. Ahí ya se armó el clásico triángulo amoroso telenovelesco, que en el contexto de series actuales, recuerda demasiado al de Rick, Lori y Shane en The Walking Dead. Pero si The Walking Dead es un drama para dummies y los actores que más se destacan son los que hacen de zombies (¡porque cada tanto se morfan a alguno de los protagonistas!), Homeland tiene ritmo, intriga y buenas actuaciones.

Damian Lewis como Brody la rompe. Parece un robot. O uno de los solados que describió Benjamin, aquellos que perdieron la posibilidad de narrar su experiencia porque el horror de la guerra los dejó mudos. Es complicado representar a un tipo perturbado en televisión. Se corre el riesgo de caer en excesos para la tribuna ávida de pirotecnia emocional. La escena en que Brody mata a una ciervo en medio de una fiesta tiene la densidad de un cuento de Richard Ford. Brody es totalmente impredecible y a medida que avanzan los capítulos se torna imposible saber qué carajo está pensando. Carrie Mathison (Claire Danes), por suerte, no es Dana Scully. Más bien parece una chica Almodóvar atrapada en la CIA. Es un personaje genial, que al principio causa rechazo y después te encadena a su show. Carrie es fanática del jazz, paranoica, bipolar y resuelve los casos a través de epifanías propias de una artista conceptual del espionaje. En el primer capítulo encuentra una pista asociando el movimiento de la mano de un contrabajista con un tic nervioso de Brody. Estos dos personajes tienen tanta química que cuando se encuentran hacen pensar que podrían funcionar perfectamente en una comedia romántica, de ésas que protagonizan Adam Sandler y Drew Barrymore. Completa el combo de personajes sublimes, Saul Berenson (Mandy Patinkin), el tutor de Carrie dentro de la CIA, un tipo melancólico que parece salido de un policial negro. 

Para sobrellevar Homeland, claro, habrá que aceptar (mirando para otro lado) ese pathos profundamente norteamericano basado en instituciones represivas como la Seguridad Nacional o la Patria. La serie se lo replantea: hay funcionarios corruptos de la CIA y el FBI, se menciona Guantánamo, etc. Pero aun en el relato más crítico se filtra un nacionalismo completamente reaccionario. Incluso personalidades yanquis aparentemente progres como Michael Moore y Sean Penn parecen más preocupadas por el prestigio de la bandera que por las muertes causadas por la política de relaciones exteriores. De todos modos, cualquier perspectiva reveladora sobre el tema fue desmantelada por Obama cuando mencionó a la serie como una de sus favoritas. Obama recurrió a esa estrategia tan astuta que consiste en burlarse de uno mismo para que los demás no te puedan hacer el chiste.

No sé cuánto durará el auge de las series. Casi todas son híbridos de otras. Hay escenas que ya vimos mil veces. Actores que hacen siempre el mismo papel. Diálogos sentimentaloides en un loop sostenido hasta el infinito. Homeland no es de otro mundo pero es un programa digno. Deplorar su solemnidad yanquilosada es pedirle peras al olmo.

domingo 4 de marzo de 2012

Sobre Alcatraz y Grimm

Para BC

Alcatraz. Lo primero que llama la atención de Alcatraz es que su trama es demasiado parecida a la de la reciente 4400. Un género que podría englobarse dentro de la descripción "tipos que desaparecen nadie sabe bien por qué y vuelven años después como si no hubiese pasado el tiempo". En este caso, quienes regresan son convictos que todos creían trasladados a otras prisiones cuando Alcatraz cerró sus puertas en 1963. El enigma de la serie debería ser ése. Sin embargo, a medida que avanzan los capítulos, comienza a predominar otro: ¿por qué razón los criminales más peligrosos e inteligentes de la historia del mundo, tanto es así que los encerraron en una emblemática cárcel de máxima seguridad, son tan fáciles de atrapar? Si uno se deja guiar por lo que ve, estos cerebrales malhechores son unos paparulos tremendos: dejan pistas por todos lados, cometen un delito y se quedan en las inmediaciones del lugar papando moscas, van a visitar a sus ex conocidos, etc. La “destreza” de la detective Rebecca Madsen tal vez sólo sea haraganería de los escritores de la serie. En uno de los capítulos quien vuelve del pasado es un temible francotirador. La escena del crimen es un parque de diversiones. La detective llega, pispea unos segundos y señala un monte que se ve a la distancia. Inmediatamente sube: encuentra los cartuchos de las balas del arma del francotirador y todo lo necesario para resolver el caso... No importa qué tan delirante sea el argumento de una serie, dentro de su sistema narrativo, debe poseer la verosimilitud necesaria para que el espectador se crea lo que está viendo. Y de Alcatraz no nos creemos nada. Parece estar hecha a trazos gruesos, como si el director creyera que le alcanza con la música de suspenso a todo volumen, la publicidad y la presentación rimbombante. Hay otros enigmas, ¡pero ni me los acuerdo! La serie es tan mala que ya promediando la reseña me quiero ir a dormir. Por otro lado, los personajes no aportan nada. Rebecca Madsen continúa sin novedades el estereotipo fundado por Dana Scully dos décadas atrás: fría, un tanto asexuada, sin gracia. Eso sí: en vez de ser pelirroja, es rubia. Diego Soto, el especialista en Alcatraz que la acompaña, es Jorge García, el que interpretó a Hugo en Lost. Jamás un personaje nos dará tanta nostalgia por otra serie: prácticamente hace el mismo papel. ¡Es peor que ver Ah qué Kiko! Como en aquel olvidable y oscuro programa uno esperaba que apareciera el Chavo, acá estamos a la expectativa de Ben o Kate o Desmond. Incluso pagaríamos por un cameo de Lapidus antes de seguir soportando el bodrio. Sam Neil, de taquito, se destaca sobre el resto. Esta serie es vista por dos tipos de personas. Por un lado están los garcas. Son los que hicieron creer al resto que era dirigida por J.J Abrams cuando en realidad sólo la produce. Por otro lado, estamos nosotros. Nosotros nos podemos distinguir por una característica muy simple: somos unos imbéciles.

Grimm. Desde hace por lo menos un lustro, seguir una serie se convirtió en algo más complicado que defender la política ferroviaria del Gobierno. O leer el Ulises de Joyce entero. Pareciera que los norteamericanos con ínfulas de grandeza dejaron atrás el sueño de la Gran Novela y se dedicaron a elaborar la Gran Serie. Concentrados en hacerle creer a sus espectadores que eran mejores personas, perdieron de vista una idea central: entretener. No sos especialista en medicina por ver House. No sos forense por ver CSI. Y Grimm viene a llenar el espacio de las series pochocleras, pasatistas y sin mayores ambiciones, ésas que podés enganchar haciendo zapping sin que haga falta un Enciclopedia para cazar un diálogo. Sus productores son los de Buffy, la Cazavampiros, serie a la que todos apelaron para describirla, cruzándolo con Los expedientes X. Pero más allá de ese híbrido efectista (1), Grimm es un manual pop de zoología fantástica. Los monstruos clásicos del imaginario popular han sido remasterizados y van del bosque encantado de los cuentos de hadas al ritmo criminal de las urbes modernas. Quien debe contrarrestar el ataque del Mal es Nick Burkhardt, un oficial de policía que pertenece a los Grimm, una estirpe de guerreros que combaten presencias sobrenaturales desde el principio de los tiempos. Lo acompaña Hank Griffin, el inevitable negro macanudo de toda serie yanqui culposa. Sin embargo, el verdadero compañero del Grimm es un hombre lobo redimido que reprime sus instintos arreglando relojes y haciendo pilates. Es el encargado de introducir un humor medio bobo, pero bastante logrado. Los contrapuntos entre los dos personajes me recuerdan al sketch de Olmedo de Borges y Álvarez. Grimm es una pelotudez fabulosa, no te va a cambiar la vida ni te proporcionará un estatus superior en la escala humana, pero probablemente te divierta. ¿Acaso no es eso lo que buscamos en una serie de televisión?

(1): Otra serie del momento, The River, es Aguirre, la ira de Dios más Actividad Paranormal. Terra Nova, por su parte, es Los Picapiedras más Los Supersónicos.

sábado 25 de febrero de 2012

Automovilismo para todos


En 1951, Julio Cortázar se fue a vivir a Francia porque las manifestaciones peronistas no lo dejaban escuchar ópera. Esos negros que molestaban a Cortázar no militaban para conseguir alguna minita ni para formar parte del clima de la época, se identificaban naturalmente con un líder que los había visibilizado por primera vez en la historia argentina. Cortázar era tan gorila como Borges y Bioy. Después le creció la barba y se hizo adicto al socialismo pocket. Cortázar es como los Beatles: su figura está presente en nuestras vidas como el sol o el agua y a veces nos olvidamos de lo bueno que es por sentirlo tan cotidiano. Uno de sus cuentos más gloriosos se llama "La salud de los enfermos". Trata sobre una familia que elabora una trama demencial de ficciones para ahorrarle a una mujer mayor la noticia del fallecimiento de su hijo (Alejandro). La mentira llega a tal punto que los mismos tipos se convencen de las fantochadas que repiten para dejar tranquila a "Mamá". Pero "Mamá" ya sabía todo desde hacía rato. Cuando me enteré de algunas de las reacciones kirchneristas ante la noticia del choque del tren en Once me acordé de ese cuento. Dijeron que los trenes iban muy llenos porque ahora había mucho trabajo. Que el culpable principal era el maquinista. Que no se debía politizar una tragedia. Que el tratamiento de los medios fue morboso. Cualquier cosa con tal de no decir la verdad: que este hecho marca el inexorable "Dream is over" del kirchnerismo. "Mamá", en este caso, claro, es nuestra conciencia.         

Por un lado, el kirchnerismo ganó la batalla cultural. Con sus claros y oscuros, las banderas del pensamiento nac and pop fueron asimiladas por buena parte de la sociedad. Actualmente, a no ser que lo hagas para ejercitar tus dotes de semiólogo de café, leer Clarín es un quemo. Casi nadie se declara en voz alta a favor de los militares. Se toleran leyes hasta hace poco insólitas, como el matrimonio igualitario. Se supone, sin mayores argumentos, que es más fácil criticar un gobierno que apoyarlo. Entendemos que la casa se construye con bosta. Entendemos que no importa tanto ser honesto si no se es eficiente. Está out preocuparse por el patrimonio de los que se llenan la boca hablando de pobreza. Está out investigar los negociados de los funcionarios porque ahora sabemos que también roban los privados. Perón, de pronto, es cool: millones de personas que no tienen la más mínima tradición política corrieron a clickear “Me Gusta” para no quedar en off side ideológico. El destino del país se juega en la mesa chica de Papel Prensa. Parece existir un consenso con respecto a la militancia: es positiva, per se. Los fierros son los medios, las balas son los archivos. Los paracaidistas del kirchnerismo, además, maravillados ante conceptos desconocidos hasta hace poco ("derechos humanos", "identidad de género") instauraron una “dictadura” discursiva de lo políticamente correcto.

Pero por otro lado, el kirchnerismo perdió la batalla social (si es que alguna vez quiso pelearla en serio). No puede ser casualidad que un hit de la degradación noventosa, los desperfectos del sistema ferroviario, sea la causa de 50 muertes y 700 heridos en el año 2012. Así, la profundización del modelo ejecutada por el Gobierno es meramente simbólica. Está hecha de tweets, sí, muy ingeniosos, de posts esclarecedores y ácidos, de discusiones interminables en los comentarios de facebook, de ciber militantes que te recitan los informes de 678 de atrás para adelante, de fotos digitales como perfil junto a tu muñeco Boudou en la inauguración de la Concha de tu Hermana, pero mientras tanto se mueren 50 héroes de la clase trabajadora y vos ibas a anunciar el Automovilismo para Todos.        

En fin. Tal vez la gran diferencia es que antes te ibas a Miami a hacerte el yuppie. Y ahora vas a Cabo Polonio a hacerte el hippie. El menemismo y el kirchnerismo. Dos boletos distintos que te dejan en el mismo lugar. 

Este gobierno es apoyado por dos tipos de personas. Están los garcas. Son los que se tatúan el "Modelo" en el corazón con tal de conseguir un buen sueldo en cualquier lugar perteneciente o afín al Estado. A estos tipos se los distingue fácilmente: cuando hablan no se les mueve un solo músculo de la cara. Puede ocurrir un accidente fatal por responsabilidad de la Secretaría de Transporte y ellos están indignados por lo que publicó Clarín en un recuadro de la página 8.

Y estamos nosotros. Nosotros nos podemos distinguir por una característica muy simple: somos unos imbéciles.  

miércoles 15 de febrero de 2012

¿Qué se puede hacer salvo escribir sobre Spinetta?

En la película Dos días en París, uno de los personajes visita la tumba de Jim Morrison porque es fanático de Val Kilmer. El chiste es bastante malo, pero sirve para reflejar ciertos equívocos vinculados a la construcción del mito de las estrellas de rock. En el caso de Spinetta, pareciera que muchos quieren instalarlo entre Sabato y Favaloro en el estante de los grandes héroes de la argentinidad. Se trata de un grupo de figuras nocivas que, de tanto ponderarlas, son anquilosadas y sólo sirven para que nos paralicemos pensando en lo horribles que fuimos comparados con ellos, quienes murieron porque les "dolía el país" (como si eso fuera posible y como si al panadero de la esquina no le doliera). En su columna en Página 12 del domingo pasado, por ejemplo, Sergio Marchi dice que Spinetta fue "un Humanista, con mayúsculas". ¿Alguien me puede explicar qué clase de humanista contempla la posibilidad de la pena de muerte? La verdad es que Spinetta, como todos, fue un hombre contradictorio. Otros genios argentinos, como Sarmiento, Borges y Piazzolla, también lo fueron. A no ser que pensemos que hay personas intocables, decirlo no debería ser un escándalo. Cuando salió en la tapa de Gente con el famoso cartel a favor de los libros y en contra de la basura, el ataque, involuntariamente, no fue hacia la revista (que neutralizó su protesta poniéndolo en tapa y seguramente vendió bastante) sino contra la pobre gente que no tiene ni la cultura ni la educación necesaria para acceder a Foucault, Castaneda, Jung o Artaud. Que no se confunda la honestidad con actitudes como las del periodista español Diego Manrique, que escribió una semblanza que quiso ser demoledora con respecto a Spinetta y lo terminó siendo para él mismo. Me recordó el Borges a Contraluz, de Estela Canto, un libro escrito para calumniar. De todas formas, mucha gente confunde "recordar" o "admirar" con "canonizar". Una de las cosas que más me gustaban de las entrevistas a Spinetta era que cuando se ponía muy “profundo”, obturaba el discurso con una broma propia de un maestro del humor absurdo. Algo totalmente contrario a esa imagen moralizante que, por necesidad o costumbre, hemos construido. A la opción de convertir a Spinetta en un prócer, entonces, propongo una situación mucho más terrenal y sublime: escuchar sus discos hasta morir.
 
Recuerdo tener 12 años y estar tirado en mi cama escuchando en un walkman un cassette truchísimo. De un lado tenía la mitad de Pelusón of Milk, del otro Fotos de Tokio. Nunca llegué a los temas de Pedro Aznar: los de Spinetta estaban del lado A. Es una escena pre-empírica. La menciono porque tal vez otros la hayan vivido. Sucede cuando todavía no ocurrió el sexo ni el amor ni el trabajo ni la angustia ni el primer shock político. A través del cine, la música y la literatura configuramos el mapa de experiencias del porvenir. Una ingeniería psicológica pop que funciona a partir de nuestros deseos, un flashforward inducido, signado por la poética de las letras de rock, los personajes principales de las novelas (Belano, Oliveira, Franny Glass) y las imágenes emblemáticas del cine. Desde ese plano se entiende que Spinetta haya tenido tanto que ver en nuestra vida. Es la clase de tipos a los que les empezamos a hacer caso cuando nuestros padres ya no nos resultan cool.

Mientras tanto suceden cosas increíbles:
1) Pedro Aznar ofreció un recital en la Costanera Sur y tocó algunos temas de Spinetta. Cuando fue el turno de "Ella también" pasó una estrella fugaz. La gente la ovacionó. No sé si otro artista puede provocar asociaciones de ese tipo;
2) Cuando murió Jazmín de Grazia y Clarín recordó la pelea por Twitter que había mantenido con Aníbal Fernández, el kirchnerismo deploró que intentaran darle uso político a una muerte tan trágica. Ahora bien, cuando muere Spinetta y la presidente recuerda su encuentro con Kirchner y todos los kirchneristas muestran La Foto, nadie quiere hacer quedar al "Poeta del Rock" como un kirchnerista de la primera hora, es simplemente un recuerdo de personas sensibles.

Charly García y Spinetta tienen estéticas diferentes pero, aunque se los suele diferenciar, los dos son los únicos integrantes de una misma tradición. Los precursores fueron Litto Nebbia, Javier Martínez, Miguel Abuelo, Moris. Pero Spinetta y García lograron algo extraordinario: a la vez que sofisticaron la propuesta de sus antecesores, la volvieron masiva. Excedieron el rock y se insertaron en la liga de los grandes compositores de la música argentina. Muerto Spinetta, el rock argentino llega al final de una etapa: la tradición de quienes compusieron "Rezo por vos" todavía era la columna vertebral del movimiento. Este tipo de certeza sólo puede generar nostalgia y pena. Spinetta, alejado de la solemnidad de quienes lo quieren guardar en el panteón sagrado, respondería “No paniqueen o “Mañana es mejor”.

sábado 11 de febrero de 2012

Todos estos años de Spinetta

Escuchando a Spinetta en el Auditorium de Mar del Plata (23/07/06)
“Jardín de gente” dio paso al primer chiste de la noche, la primera muestra de la anti solemnidad que suele tener el Flaco en cada uno de los recitales que ofrece: en vez de decir, al finalizar el tema “El collage…de la depredación humana” dijo, con su tono más serio, “El collage… de las porciones de fugazzeta que nos lastramos”.


Siguiendo los pasos del Maestro: Martropía, conversaciones con Spinetta (9/02/07)
Imperdibles son sus recuerdos de una extraña y desconocida entrevista con Borges: el Flaco estaba tan nervioso que llegó tarde. La entrevista se suspendió pero el Flaco llegó al encuentro totalmente aterrado: le preguntó por Artaud y Borges dijo desconocerlo. Según el Flaco “Me petrificó”. Finalmente el desenlace: “Yo le dije que era músico, que tenía dos hijos, y que no sabia demasiado bien por qué estaba con él, pero que para mí representaba una gran satisfacción porque lo admiraba mucho. Me despidió diciéndome “Permiso, me tengo que ir” (…) A veces pienso que fue un encuentro con Homero. Pero era Borges”.


Spinetta contra todos los males de este mundo (3/09/07)
Decir que la gente enmudece cuando habla Spinetta es poco: la gente lo escucha como si de escucharlo dependiera el mundo. O esa abuela, la conciencia que lo regula. Y sí, buena parte del mundo de aquellos que fuimos el sábado a verlo está compuesta por canciones de Spinetta, letras de Spinetta, solos de guitarra de Spinetta y discos de Spinetta.


Almendra II: Volando en una mosca infernal (21/02/08)
De las melodías redondas del primer disco pasaron a riffs de guitarra estructurados para confundir. De las canciones acústicas limpias a "Leves instrucciones", que, por su devaneo melódico puede emparentarse con "A Starosta, el idiota", un tema emblemático que Spinetta incluyó en Artaud, su obra cumbre. De la línea “apolítica” del principio a la letra de "Camino difícil", que parece instar a la lucha armada: “Compañero/ Toma mi fúsil/ Ven y abraza a tu general”. Almendra II es un cambio radical, de esos que suelen pegar las grandes bandas cuando están sofocadas por las etiquetas. Lo extraño es que les haya sucedido sólo unos meses después de sacar su primer disco.


Artaud: una genialidad atemporal (1/03/08)
La estrofa que dice: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir/ que todo tiempo por pasado fue mejor/ mañana es mejor”, con el paso del tiempo se ha convertido en un lema épico, esperanzador y parece una reacción del autor ante el eterno lamento del tango por los años idos. Hay folk, blues, rock, pero lo que finalmente sobrevuela es una sensación de genialidad atemporal. El mismo tema podría haber sido escrito 50 años atrás, 200 más adelante: “Estos son en verdad los pensamientos/ de todos los hombres en todas las/ épocas y naciones (…) Esta es la hierba que crece/ donde quiera que haya tierra y agua/ éste es el aire común que baña el globo”.


Un cuento y una canción 6/05/08
A excepción de ese elocuente estribillo que se repite cual mantra hindú (Lo que está y no se usa nos fulminará), no tengo la más mínima idea sobre el significado concreto de la letra de mi canción favorita: “Elementales leches”, de Invisible (Luis Alberto Spinetta). Sé, sin dudas, que es superior a “Cantata de puentes amarillos”, a “Para ir”, a “Dale gracias”, todos temas del mismo autor que colocaría en la cumbre de la música argentina, si esta última existiera.


Sobre Un Mañana, el nuevo disco de Spinetta (2/07/08)
Si hay que marcar correspondencias en la discografía, Un mañana podría ubicarse entre Pelusón of Milk (1991) y Don Lucero (1989). ¿Pop anti-hit? ¿Rock de la melodía irregular y la armonía descabellada? ¿Música para dedicarle a una novia marciana y escuchar adentro de un frasco vacío de mayonesa? Algo así.


Algunas cosas (más) sobre Spinetta (25/07/08)
La heladera. Spinetta suele componer músicas que escapan a cualquier denominación genérica. Una de ellas es “La montaña”, cuarto tema de Pelusón of Milk (1991), que termina diciendo: “Trepen a los techos ya llega la Aurora”. En el video, los actores del mismo se suben al techo y reciben ¡una Heladera marca Aurora!


Also sprach un fanático de Spinetta (3/11/09)
El jardín de los presentes (1976): Evidentemente este repaso por mis elegidos para el 4 de diciembre fue un fracaso por consecuencia de que me gustan todas las canciones. ¿Cómo elegir temas de un disco como El jardín de los presentes? Todos son buenos. Se supone que estarán “El anillo del capitán Beto”, “Que ves el cielo” y “Los libros de la buena memoria”, pero ¿cómo dejar afuera “Doscientos años”, “Niño condenado”, “Ruido de magia”? Por suerte, no tengo ese problema, simplemente lo disfrutaré moviendo mi cuerpo corvinamente en una lejana playa del animus. Perdón, en el campo del Estadio José Amalfitani.


Los mejores discos de la década en el rock argentino (6/11/09)
Pan (2006), Luis Alberto Spinetta: Luego de trabajos interesantes pero algo densos como Silver Sorgo (2001) o Para los árboles (2003), Luis Alberto Spinetta siguió con su actual tendencia musical (un sonido cercano al jazz y a un rock netamente anticomercial) aunque subiendo un tanto la intensidad. Un mañana también puede considerarse un punto alto, pero no tiene “Bolsodios”, un tema sublime, en el que el ex Almendra demuestra que aún hoy, con cuatro décadas de carrera, puede exprimir la mente de sus oyentes con frases como: “Todo las cosas que perdemos las tiene en un bolso Dios” o “Nadie se escribe el destino”. El resto del disco no desentona, destacándose la tonada algo telúrica de “La flor de Santo Tomé”, “Atado a tu frontera” (deja vú de Los Socios del Desierto) el poptimismo de “Dale luz al instante” y el clásico delirio spinetteano de “Espuma mística”.


Spinetta (4/12/09)
Porque, “con todo respeto”, no es lo mismo cantar “Devolvé la bolsa” que “Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca”. Porque en una era en la que todo tiene que estar a un link de distancia e inducir al baile, no es para nada desdeñable resistir escuchando a Spinetta y tener confianza en que su música sublime nos protegerá “cuando el arte ataque”.


Spinetta y las bandas eternas (5/12/09)
En Retiro me esperaban Marilina y Matías, dos seres amables (conozco pocas personas que derrochen tal grado de bondad y en forma tan desinteresada) que se prestaron de guías para que la aventura del Corvino en la Gran Ciudad no termine en un nuevo y lamentable caso Pomar. Desde allí nos tomamos el 106 y en el trayecto hasta la cancha, como buenos porteños y orgullosos de serlo, me fueron mostrando la avenida más larga del mundo, la plaza más larga del mundo, la pizzería más genial del mundo, el camión más raro del mundo y finalmente, la gran estrella de la noche: el andamio, que según Marilina, es el más fuerte del mundo y por supuesto está en Capital (como todo lo mejor, grande y bueno).


Escape hacia el alma (10/06/10)
Injustamente olvidado, creo que Fuego Gris (1993) es la última obra maestra de Spinetta. Y es más: en mi podio personal lo ubico junto a Artaud (73’) y Kamikaze (82’). Esto contradice las consideraciones del universo spinettoide que suele hablar de Fuego Gris como una continuación fallida de Peluson of milk (91’). Es verdad que el modo es el mismo (el lenguaje utilizado es similar y Spinetta es solista en el sentido literal del término: casi no hay invitados), pero Fuego Gris lo supera o, si se quiere, es una parte II a su nivel.


Escritos de un spinetteano indecente (13/12/10)
El spinetteano cree que las mujeres lo deben amar porque escucha a Spinetta. En todo caso las mujeres deben amar a Spinetta por ser Spinetta, pero ¿por qué un spinetteano cree que va a seducir a alguien porque escucha a Spinetta? El spinetteano nunca pensó que una mujer le iba a decir que no le gusta Spinetta. Un 80 por ciento del vínculo que pretendía establecer se desmantela: "Nosotros y nuestro amor por el Flaco". Desconfía y arremete con frases del tipo "Lo que pasa es que no lo escuchaste bien" (subestimación), "¿Querés que te grabe un compilado?" (colonización cultural masculina), etc. El spinetteano ortodoxo, más o menos literalmente, cree que Spinetta es Dios. El spinetteano que lo llama “Luis Alberto” merece una patada en el culo.


Spinetta está en su derecho (20/01/11)
En fin, como espectador y espero no dar más vueltas, estoy en mi derecho de decir que el recital de Luis Alberto Spinetta en el Teatro Auditorium del día 19 de enero del año 2011 fue un gran, terrible y por momentos doloroso: bodrio. Probablemente nadie lo reconozca. Ni siquiera la chica de atrás mío, sí, vos, la de pelo verde, que te quedaste dormida en la Fila 6 de la Platea Alta.


Música para camaleones: Bonus Track I (16/08/11)
Spinetta: Música para tipos que tienen una imagen de sí mismos superior a la real y creen que los demás no se dan cuenta (pero sí), a los que les gustaría formar parte del clan Pauls, que ya son o serán canosos (son canosos de alma), que se hacen los interesados en el budismo, se enorgullecen de no ver "mucha tele" como si fuera la gran cosa y leyeron a Artaud, íntimamente saben que no entendieron un choto, pero no se animan a decirlo en voz alta ni por puta.


Este post no es sobre Artaud (26/10/11)
Spinetta, por su parte, se hallaba en un evidente pico creativo. Pescado 2 conjuga, por momentos, la inocencia del primer disco de Almendra con las letras herméticas y fascinantes del periodo de Invisible. Eléctrico (“Poseído del alba”, “Ámame peteribi”) o acústico (“Mi espíritu se fue”, “La cereza del zar”). Blusero (“Como el viento voy a ver”) o pop (“Viajero naciendo”). En plan delirio (“Panadero ensoñado”) o de denuncia apocalíptica (“Corto”), Spinetta brilla como cantante original, letrista inspirado y leyenda.


Spinetta, el músico que nos salvó la vida (8/02/12)
Recuerdo una vieja nota sobre Los Ramones en la que Joey decía que el rock le había salvado la vida. En los últimos años, casi todas las apariciones públicas de Spinetta se relacionaban con su labor en Conduciendo a Conciencia. Alertaba sobre el flagelo de los accidentes de tráfico para que no se siguieran provocando muertes evitables. El Flaco no lo sabía: sin necesidad de ninguna campaña, su música nos había salvado la vida mucho tiempo atrás.

miércoles 8 de febrero de 2012

Spinetta, el músico que nos salvó la vida

Algunas semanas antes de que la enfermedad del Flaco se filtrara en un diario sensacionalista, alguien, sabiéndome spinetteano, me confirmó que mi ídolo tenía cáncer. Días después, no me sorprendió que en la tapa de la revista Caras Spinetta siguiera brillando entre la mediocridad. La verdad es que no lo vi desmejorado: su figura, aun en los peores momentos, siempre estará asociada a la belleza, a algo refinado y difícil de sujetar. A ese golpe bajo, tan agresivo e indignante, prefiero elegir la discreción que hizo que miles de fans alrededor del país se pasaran la peor noticia con el cuidado que usarían al referirse a un gran amigo. Es que probablemente, Spinetta ha incidido en nuestras vidas tanto como aquellos a los que más amamos. Escucharlo jamás fue el acto mundano de apretar PLAY: significó, literalmente, encontrar un lugar en el mundo. Ahora entiendo que, de alguna manera, quienes escuchamos su obra hemos transitado la vida cobijados por una sensibilidad que, como la de todo gran artista, perdurará más allá de su permanencia en la Tierra. Borges siempre repetía que cuando murió William Morris, Bernard Shaw escribió "Y ahora basta de lamentaciones por el hombre que hemos perdido con Morris. A un hombre como Morris no podemos perderlo sino con nuestra propia muerte". La frase me parece totalmente adaptable a esta situación.


Cuando me enteré de su muerte no pensé en los discos de las bandas eternas (la parte de su carrera que me obsesiona) sino en que nunca más iré al Auditorium a sacar las entradas para su concierto, en que nunca más preguntaré en AGB si salió "lo nuevo de Spinetta", en que nunca más escucharé en vivo "La herida de París". Su frase emblemática es elocuente: "Mañana es mejor" y su música nunca dejó de sonar en el futuro.


Durante décadas, la música de Spinetta se erigió como núcleo de resistencia ante el avance de la estupidez como forma de vida. Spinetta actuó como antónimo de “frivolidad”, “banalidad”, etc. Durante los 90, incluso, estuvo varios años sin grabar porque no le ofrecían un contrato discográfico a la altura de sus expectativas. "Leer basura daña la salud, lea libros" fue el mensaje del cartel con el que Spinetta salió en la tapa de la revista Gente durante su romance con Carolina Peleritti. Sin embargo, esa postura, pasada de rosca, muchas veces desembocaba en un hermetismo que en algunos casos se confundía con el elitismo, la solemnidad o la pose intelectual. Como si la carga simbólica de Spinetta se hubiese desplazado de su extraordinaria música a su estereotipo (el Artista Complejo, el defensor de la Cultura, el Poeta, es decir, Luis Almirante Brown). En ese sentido, el recital de las Bandas Eternas fue un acto de justicia y una revelación. Spinetta reunió a 40.000 personas en una cancha de fútbol y se reconcilió con su veta popular, aquella que hace que hoy todos lloremos, intentando escribir o decir o recordar esa frase de ese tema que sintetice todo lo que sentimos y no podemos expresar. Tal vez Spinetta podría hacerlo: llegado el punto, hacía cualquiera cosa con el lenguaje. "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca" y "Todas las cosas que se pierden las tiene en un bolso Dios" son versos que se pueden escuchar en dos de sus canciones. Entre una (1976) y otra (2006) hay 30 años. Siempre nos preguntaremos cómo hizo para introducirlos en canciones pop de pocos minutos. En un texto muy reciente, Fabián Casas dice que lloró cuando en el comunicado de diciembre pasado Spinetta le dio vida a un sustantivo y nos dijo, mágicamente: "no paniqueen". En esa imprudencia verbal también advertía toda la esencia de la lírica spinetteana.


Spinetta escribía “Te hallaré en mí como un jarrón” o “Curvas del aire son puertas del blanco barco lento de las horas desvelo”. Se trata de composiciones polisémicas que funcionan en base a su sonoridad, a la forma en que se cantan y al novedoso modo en que están diseminadas en el marco de una canción de rock-pop. Pero Spinetta también era capaz de conmover otorgándole un sentido mayor a frases creadas a través de palabras simples y directas: “Muchacha, te haga reír hasta llorar”; “Oh, mi amor, qué hermosa estás”; “No hagas que me pierda yo en tu corazón”; “Y hoy que enloquecido vuelvo buscando tu querer, no queda más que viento, ¿cómo no queda más que viento?”; “Alguien me hirió y algo más me hirió y luego otro también y me quedé súper herido”. Estas dos vertientes (la que flirtea con el surrealismo, la que se vale de un lenguaje más llano) conforman el universo semántico de un autor totalmente extraterrestre. Musicalmente se valió de distintos géneros en boga (el hard rock, el jazz, el blues, la balada beatle), pero siempre metabolizando la información desde su inédita perspectiva.


Ya todo fue dicho pero nunca viene mal aclarar que su voz era como un instrumento. No sólo a la hora de cantar, sino también en la conversación: la voz de Spinetta es un emblema de la cultura argentina. ¿Quién no lo recuerda preguntando "¿Estamos todos locos o pasó una hormiga, Cacho?" o diciéndole a Mercedes Sosa que estaba saliendo con Britney Spears? En una de esas valijas que entierran para que las las generaciones futuras sepan cómo era la civilización actual, deberían poner una grabación de Spinetta hablando: nunca jamás habrá un tipo con ese tono. No hará falta guardar discos, perdurarán por siempre. Me alegra, en este momento tan triste, tener la seguridad de que dentro de cientos de años van seguir existiendo adolescentes que van a descubrir a Spinetta. De alguna manera es la prueba de que el mundo no es tan horrible.


Todos los días tengo un disco favorito de Spinetta distinto. Hoy no me voy a hacer el original. Elijo Artaud. Es el instante en el que el rock argentino deja de ser un género para convertirse en una cultura. Spinetta asimila influencias literarias y las vuelca a su obra expandiendo ese interés a todos sus seguidores. El rock ya no servía sólo para tener un look atípico y espantar a los padres sino también para elaborar una cosmovisión que contradecía las normas estructurales de la sociedad.


Recuerdo una vieja nota sobre Los Ramones en la que Joey decía que el rock le había salvado la vida. En los últimos años, casi todas las apariciones públicas de Spinetta se relacionaban con su labor en Conduciendo a Conciencia. Alertaba sobre el flagelo de los accidentes de tráfico para que no se siguieran provocando muertes evitables. El Flaco no lo sabía: sin necesidad de ninguna campaña, su música nos había salvado la vida mucho tiempo atrás.

Luis Alberto Spinetta (1950-2012)

domingo 5 de febrero de 2012

La playa como un ajedrez

Finalmente Charly García tocó en Arena Beach. Se trató de un recital largamente anunciado pero que muchos creíamos irrealizable. Todavía hay gente en Pinamar esperando a Richard Ashcroft… Antes de ir al grano, quiero declararme impávido ante el estremecedor desconocimiento del público sobre el repertorio de Charly. ¿Tanto escándalo por la ley S.O.P.A y nadie se bajó la discografía completa de Charly García? ¿A dónde fueron a parar todos esos links de Megaupload? ¿A quién escuchan estos ñatos cuando están desorientados y no saben qué bondi hay que tomar (al 511 sube menos gente que en el 221)? Por lo menos el 80 por ciento del público no conocía "Instituciones" ni "Plateado sobre plateado" ni "Canción de dos por tres" ni "Piano Bar" ni "No te animás a despegar" ni las versiones instrumentales de "La grasa de las capitales" y "Tango en segunda". La diferencia que sentí con respecto a los Gran Rex de noviembre fue la que hay entre un partido de River o Boca y uno de la Selección. Fueron a ver al mito, que poco tiene que ver con la música. Se encontraron con un artista que ofreció un recital de dos horas y media, con un "setlist" que eludió los lugares comunes y llegó a momentos extraordinarios. Ver a Charly García tocando "Eiti Leda" mientras cae el sol no tiene precio. Incluso fue gratis. Al principio, el viento atentó contra el sonido de una banda bastante inusual (ensamble de cuerdas, bandoneón más dos guitarras, bajo, batería y teclados). Son los riesgos que se corren al llevar un show para Teatro a un espacio abierto en el que entran 40.000 personas (y la bandera de Libres del Sur, que provocó el vuelco hacia la derecha del 50 por ciento del público). Luego el viento se calmó en coordinación perfecta con una mejoría en la voz de Charly, que se soltó un poco más.


Antes del intervalo y la proyección de “Perro Andaluz”, Charly preguntó al público si conocían a Dalí. La respuesta de Arena Beach fue un “Si” instantáneo y general. “Público culto”, dijo Charly. Después el Negro García López tomó el micrófono para decir que era muy lindo estar frente a un “mar de gente”. “Un filósofo”, replicó Charly.


En el transcurso del show. En el camino de vuelta. En el colectivo. Había gente feliz, pero también se quejaban. Y no del sonido. O la elección de temas. Muchos fans le piden a Charly que viva en la oscuridad para que les ilumine la vida. Lo condenan a ser el reventado del poster mientras se comen un choripán. En un post bastante emblemático, Pablo Ramos cuenta que asistió a uno de los recitales del año pasado en el Gran Rex. De pronto se desploma en su butaca y está llorando. Le duele observar en lo que se ha convertido su ídolo. El relato es muy bueno y representa fielmente una de las sensaciones que puede causar ver a Charly después de “la venganza de Palito” (como dice Fabián Casas). Podría ingresar en la serie del ¿Ubi Sunt?, un tópico literario que se pregunta dónde mierda está todo lo que ya no existe. Termina así:


“Me fui luego de “No soy un extraño”, por la mitad del Show. Me fui con lágrimas en los ojos. Rogándole a Dios que él no se diera cuenta de nada, que no se le ocurriera nunca jamás mirarse en alguno de los videos capturados por los enceguecidos fans.


Adiós Charly, sos una de las personas más importantes de mi vida, y eso no lo va a cambiar ningún psiquiatra ni con un arsenal de perversos psico-fármacos”.


Sin dudas hubo una metamorfosis que puede causar incomodidad. Lo injusto es que el espejo retrospectivo sólo se utilice para escudriñar a Charly. Antes yo también lo hice, pero luego comprendí que tal vez a cualquiera que se mire en el pasado y se compare con quién es hoy, le den ganas de llorar. Esto no invalida ninguna crítica, sólo advierte que, actualmente, para ver a García hay que ser más realista que Balzac. No se pueden esperar milagros. ¿No tiene voz? Bueno, a no ser que el tiempo se detenga, con los años perderá más. ¿Parece un poco anestesiado? Probablemente sea el precio que tiene que pagar una persona que se tiró de un noveno piso. A partir de estas premisas (nada originales) se puede disfrutar mucho de esta versión de Charly. Concentrándose en los temas. En ciertas ocurrencias clásicas de su repentismo (musical y discursivo). En la buena noticia de que ese artista genial (a la altura de Lennon o Dylan) sea argentino y lo podamos disfrutar en nuestro propio idioma, en vivo y en directo.


Otro hit de la hinchada Say No More (es decir, quienes nacimos en los 80' y le hicimos el aguante durante los 90' y 2000) es que éste no es el "verdadero Charly". El verdadero llegaba 2 horas después de lo anunciado. El verdadero rompía instrumentos y equipos. El verdadero no se molestaba en cantar la letra de los temas. Coincido en algo: antes los shows de García contaban con la adrenalina de lo imprevisto. Eso que te hacía sentir parte de algo único y mirar a los desconocidos del público con cierta complicidad. Ojo, lo imprevisto, a veces, puede ser un gran bochorno. Pero sí, sin mediar palabras, advertíamos que lo que sucedía en esos conciertos caóticos era el rock. Sin embargo, intuyo que vimos muchas películas. Que idealizamos demasiado. El rock, entre otras cosas. El "verdadero Charly". No olvidemos que para alguien que lo vio en su esplendor ochentoso, el "verdadero Charly" difiere completamente del imaginario Say No More. Ese tipo con un brazalete y la cara plateada es tan desconocido para ellos como para nosotros el zombie que fue a Susana. Por otro lado, a quienes se pusieron nostálgicos les pregunto si hubiese estado tan bueno que Charly saliera a tocar dos horas después con 32 grados de temperatura…


En el pogo de Arena Beach había adolescentes. Al pasar junto a ellos, recordé sus caras. ¡Los conocía a todos! Éramos nosotros hace diez años. Extrañamos al viejo Charly. Extrañamos no estar tan cerca de los 30. El tiempo no pasa sólo para él.


miércoles 1 de febrero de 2012

La pendejada de que todo es igual

Dije que el acceso irrestricto a material descargable había desterrado hábitos de recepción artística. Dije que una película está hecha para ver en el cine, no en un monitor de 17 pulgadas. Dije que se perdió la costumbre de escuchar un disco entero. Dije que las corporaciones que defienden la ley S.O.P.A serán reemplazadas por las que la rechazan. Dije que los dueños de Google no deben ser menos oscuros y millonarios que los dueños de Sony (en caso de que siga existiendo). Dije que la democracia no sirve para nada si consiste en que las burguesías del mundo puedan ver Alcatraz online. Dije que las revoluciones no se hacían armados con un teclado y un mouse. Dije que los que se escandalizan porque bajarse discografías completas es ilegal son los primeros vigilantes que cuando pueden acusan a X banda de robo, a tal director de plagio o determinado escritor de copiarse. Dije que los derechos de autor no le importan a quien se manifiesta solemnemente en contra de ellos, sino a quienes ni siquiera los mencionan. Dije que acusar a EE.UU de imperialista por la ley S.O.P.A era tan ridículo como meter preso a Al Capone porque se robó una gallina. Dije que la gente no se compra discos porque están caros, sino porque los pueden conseguir gratis: en ninguna época nada fue barato, ¿o acaso existieron manifestaciones en las que se reclamaba el aumento de algo? Dije que no se pude confiar en Fierita.


En las últimas semanas, el consenso general con respecto a la ley S.O.P.A me llevó a elaborar lugares comunes y chicanas a favor de una medida con la que no coincido. No deja de resultarme llamativo no haber podido encontrar una sola persona que estuviera a favor de la ley. Y convengamos que no se quiere promulgar la abolición de los negros: es la prohibición de algo que siempre supimos que es ilegal pero que a esta altura es imposible de detener. Me asombra también la seguridad con la que muchos creen que de ejecutarse la ley S.O.P.A, el mundo, tal cual lo conocemos, cambiaría: ¿esa gente no conoce al verdulero de la esquina, al taxista que escucha AM, a sus padres, a su abuelo? Repito el planteo: hay tipos a favor del antisemitismo, a favor del servicio militar obligatorio, a favor de la pena de muerte. No hay tipos a favor de la ley S.O.P.A. Nos dirigimos, entonces, hacia un mundo aburridísimo. Si hay una certeza que explicitan las redes sociales es que todos somos iguales. Y no en pos de una perspectiva igualitaria del mundo, sino para no quedar mal con el resto. Cuando murió Néstor Kirchner, de repente eran todos kirchneristas. Cuando murió Steve Jobs, de repente eran todos clientes de Apple.


¿Nos creemos que no nos damos cuenta o nos hacemos los boludos?


Lo mismo sucede a la hora de analizar nuestras preferencias en materia musical, cinematográfica o literaria. Sospecho que en nuestro afán por diferenciarnos y eludir los clisés del mainstream y las corrientes hegemónicas, hemos creado un sistema de referencias culturales tan monótono como el que creímos dejar atrás. Hoy no existe lo alternativo porque ya no hay alternativa. Tal vez las películas de Wes Anderson, los discos de cantautores indies, los blogs de misceláneas, los bolsos cruzados, los libros-objeto, los comentarios ácidos en twitter, los anteojos negros de carey, necesiten de una macro estructura estética que se les oponga para lograr algún tipo de efecto. Serializados, al alcance de todos, multiplicados en los parlantes y los monitores del mundo, estos productos resultan tan o más previsibles que un programa de Tinelli. Mientras escribo me pregunto la cantidad de posts idénticos a éste que habrá en la blogósfera.

domingo 29 de enero de 2012

La gran bestia pop

El viernes, en Villa Victoria, se realizó el MardelPop 2012, un festival con varias bandas y solistas que en los 90' denominaríamos "alternativas" o "indies". Cerraba la jornada Daniel Melero. Si Ricardo Iorio es el pionero criollo del heavy metal, Melero lo es del underground local. Antes tocaron, entre otros, Gonzalo Aloras, AltoCamet, No lo Soporto, una ex Bandana y Déborah De Corral. Inmediatamente anterior a Melero fue el turno de Banda de Turistas, el típico grupo de nenes arrogantes a los que no les vendría mal que los cagaran a tiros. Ésa sensación reaccionaria es la que todo artista de rock debería conseguir en vivo: el deseo de matarlos. Banda de Turistas me gusta bastante. El recital contó con un repaso por sus dos primeros discos y algunos adelantos del tercero que, parece, será una evolución más valvular, rockera y setentosa.


Mientras esperaba el show de Melero me compré Ahora, antes y después, un librito genial de Gustavo Álvarez Nuñez. A modo de memorias o autobiografía o serie de máximas, recopila anécdotas y declaraciones de Melero sobre su vida, Spinetta, Charly García, Litto Nebbia, Seinfeld, la pornografía, la genética, internet, su discografía, la mitificación alrededor de su figura. Las conversaciones que posee el libro se llevaron a cabo entre fines de los 90 y principios de los 2000 pero mantienen total actualidad. Se trata de un material imprescindible: no sólo para quienes gustan de Melero, sino para los oyentes de rock argentino. Melero es un rockólogo tirabombas extraordinario, con una capacidad de articulación de pensamientos inédita en el panorama local. Mientras tocaba AltoCamet no pude evitar hojearlo y encontré un fragmento que justifica su adquisición. Se trata de un apartado en el que distintos músicos y periodistas opinan sobre Melero. Pappo es breve:


"Ése, cada día más vago." (Al mencionársele que Melero estaba trabajando con instrumentos bajados en internet y los tocaba sólo con el mouse.)


Se dice habitualmente que el público no está preparado para ver a Melero en vivo. Se trata del artista adelantado, el que vino del futuro, el extraterrestre, un caso para Los Expedientes X. Lo que nunca escuché decir es que Melero tampoco está preparado para tocar en público. Sólo en su caso esta observación no debe sonar peyorativa. Para que se cumpla la experiencia de ver a Melero en vivo, intuyo que hace falta sufrir la incomodidad de ver a un tipo que en realidad no debería estar arriba de un escenario. En Internet circulan muchos videos en los que está sentado y acompañado por una guitarra acústica. El resultado es más clásico. Cuando toma la forma de un crooner decadente con sintetizadores la cosa se pone inquietante. No hace falta saber nada de música para notar que es un cantante bastante discutible y que no sabe tocar ningún instrumento. Desde esa perspectiva, el show del Hombre Tecno es lo más punk que vi en mi vida después de un viejo recital de Mal de Parkinson en la Vinoteca Perrier.


A la edad en que todos se compran una guitarra, Melero elige adquirir dos grabadores y una consola. En Ahora, antes y después, se nota muy bien la estrategia de sostener el mito del no músico a través de la narración de experiencias ulteriores a su irrupción en el rock argentino que terminan por otorgarle un marco de coherencia a su trayectoria. Una escena bisagra sucede cuando sus amigos de la escuela le roban la mochila para ver qué tenía adentro: estaban seguros de que era de otro planeta. A su vez, el orgullo que manifiesta ante los 30 kilos de fruta que le arrojan los hippies agresivos del BARock 82, explicita que el éxito de su estética es el fracaso.


El programa Todo por dos pesos realiza un sketch que le rinde homenaje. Lo invitan a tocar con el objetivo de consumar una reparación histórica para quien ha sufrido tantas veces la intolerancia en los festivales de rock. Pero a poco de comenzar, el público lo abuchea, le tira objetos contundentes. Finalmente, alguien le pega un escopetazo. "Explotó Melero" es la frase histórica que formula Capusotto mientras el no-músico se levanta y sigue tocando moribundo.


Lo curioso es que 30 años después de BARock, es cierto, ya no hay frutas, pero sí estupefacción, sonrisas ante sus extraños pasos de baile, indiferencia. La sociedad ha reprimido sus instintos en pos de una supuesta tolerancia. El speech mítico diría que a Melero le agradaría más la violencia que esa falsa actitud contemplativa: apuesto que la mayoría de los presentes pensaban en cuánto faltaba para que termine "eso". En el libro, Melero explica que sus discos se terminan cuando se editan. Lo que vemos en vivo es el pasaje entre su último trabajo y el próximo.


Muchas bandas son mejores en vivo que en estudio. El distrito de Melero, claramente, es el segundo. Sus recitales no deberían llamarse de ese modo. Debería existir un vocabulario que invente un término que los defina. Si lo que sucede no es un fiasco es porque Melero, a pesar de sí mismo (sospecho que en su pasión por ser original le gustaría ser malo), es uno de los mejores compositores del rock argentino. Sólo hace falta escuchar Rocío (1996), Vaquero (2000), X (2009) o Travesti (1994) para comprobarlo. La fuerza de las canciones es tal que supera las limitaciones escénicas de su autor. Las letras de Melero dicen muchísimo en muy pocas palabras y tienen la solidez conceptual de un buen haikus. Su música, en una primera audición, puede parecer tan monótona como su voz, pero después descubrimos esa tenue melodía que la vuelve inmejorable. Esta asimilación paulatina hace que Melero, a diferencia de otras bestias pop, nunca canse ni empalague. Alguien comenta en YouTube que "Descansa en mis brazos" es una de las canciones más lindas del mundo. Lo mismo se puede decir de "Habitantes", "La sed", "La vida es caprichosa", "Nadie sabe amar", "Nena mía", "Tenés", "Cielo", "Por el río". Por otro lado, Melero siempre mantuvo la premisa rockera de cambiar. Desde la época de Los Encargados (Virus con mala onda) hasta Supernatural, no existe, no hay posibilidad de que un disco de Melero sea igual a otro.


Si la historia es una sucesión de hechos consecutivos, podríamos elucubrar que el público que asistió a Villa Victoria no existiría de no ser por Melero. Sin embargo, ni esa gente lookeada para resistir la propuesta más extravagante de la Tierra, pudo con la de Melero. Con su ausencia de demagogia (nada de "Tratame suavemente", "Quiero estar entre tus cosas", "No dejes que llueva"). Su mínimo registro del espectáculo. La brevedad del repertorio.


Cuando Melero y sus músicos empezaron a probar sonido sucedió un hecho casual, pero cargado de significado: de fondo se escuchaban los fuegos artificiales que marcaban el final del multitudinario recital de Vicentico en Playa Varese.

lunes 23 de enero de 2012

Música del coolo

Para BC


En los últimos años al rock se le dio por la remake y me tocó asistir a varios regresos. El de Soda Stereo en el 2007. El de los Peligrosos Gorriones en 2010. El de las Bandas Eternas de Spinetta. El de Charly García luego de la zombificación. Pero si hay uno en el que no me imaginaba era en el de Illya Kuryaky. Este comentario podrá ser completamente subjetivo y no contar con ningún tipo de argumentación sólida (por otro lado, ésa es la idea del blog), pero probablemente hayan sido una de las bandas que más rápido se olvidaron luego de su disolución. Puede que exagere, pero por muchos años no escuché hablar de Illya Kuryaky. El estallido de algarabía luego de la noticia de su reunión se debió más al recuerdo de dos o tres éxitos y la típica careteada general de las redes sociales que a un fanatismo concreto. Esta sensación tal vez se deba a su condición de banda deforme. El blues, el reggae, ahora el jazz. Todos estos géneros afroamericanos llegaron a ser modas masivas en la Argentina. No así el hip hop. Y menos el de Illya Kuryaky, que debió integrarse a una movida continental junto a grupos con los que no tenía mucho que ver (Control Machete, Plastilina Mosh o Tiro de Gracia). Al auge de Chaco (1995) le siguieron dos discos sin mucha más repercusión que la rotación constante en MTV. Entonces, ya sea por anacrónicos (su música resignificaba sonidos vintage que iban del soul y el funk al acid jazz) o "adelantados a su tiempo" (con respecto al panorama dominante del rock argentino de la segunda mitad de los 90), los Kuryaky nunca lograron consolidar un público. Todos sabemos que quienes votaban en los rankings de MTV no iban a recitales y que a las bandas para minitas siempre le faltaron cinco para el peso en los manuales de rockología. Por otro parte, por haber empezado de muy pequeños o por ser la banda "del hijo de...", en el imaginario colectivo quedaron como adolescentes. Por lo tanto, a los Illya Kuryaky nadie o casi nadie se los tomó muy en serio. Eso que debería ser norma (¿qué cosa más contradictoria que el rock serio?), en un medio tan propenso al drama y la solemnidad, les terminó jugando en contra. También es verdad que ese universo que mezclaba el culo de Jennifer Lópéz y la iconografía de las artes marciales no existía en ningún lugar. Y que hoy como ayer son tiempos difíciles para los soñadores. Mucho más en una Argentina en la que imperaban el rock barrial y la lírica amorosa-costumbrista de Andrés Calamaro. Por último, la música es universal, de otra forma no existiría el rock argentino, pero el acento chicano tampoco ayudó demasiado. Tal vez los Illya Kuryaky quisieron hacer un gran chiste, una gran fiesta, una gran orgía en un país que no estaba para chistes ni fiestas ni orgías ni nada remotamente parecido.


Pero un buen día llegó el kirchnerismo, manejando un cuatrimotor y fue tiempo para chistes y fiestas y orgías y volvió la alegría, vieja y volvió Illya Kuryaky and the Valderramas Illya, Illya Kuryaky and the Valderramas Illya, Illya Kuryaky and the Valderramas Illya...


Ya es un tanto inquietante ver el desempeño de una banda de rock and roll cuando las nieves del tiempo platean las sienes de sus integrantes. Por eso agradecemos la deferencia de Illya Kuryaky de volver en buen estado, cuando los dos integrantes del dúo pueden realizar sin mayor esfuerzo la performance escénica que requiere el tipo de espectáculo que plantean. Algo que sorprende al verlos en vivo (Arena Beach, domingo 22 de enero) es la paridad total que no permite distinguir si alguno de los dos es más líder que el otro. Pareciera que esos dos tipos, como Beavis and Butt-head o Carlos Calvo y Pablo Rago, nacieron para estar uno al lado del otro. Dante arenga constantemente al público y por momentos se convierte en una especie de personal trainer o profesor de spinning pasado de rosca. El otro (no me hagan escribir Emmanuel Horvilleur en enero) es el fútbol: la dinámica de lo impensado. Baila, toca la guitarra e improvisa versos como debe una persona con su apellido y sus novias: excéntricamente. Hasta a los más acérrimos discípulos de Schopenhauer Illya Kuryaky logró arrancarles una sonrisa, un baile ridículo, un tarareo de aquel viejo estribillo impensado. La banda sonó bien y el swing fue el maestro de ceremonias de la tarde. Se suponía que iba a llover pero las nubes la tienen adentro porque salió un sol con los anteojos de Stevie Wonder, la cara de Prince y el prontuario de Michael Jackson. Si cerrábamos los ojos llegábamos a creernos que esos dos tipos blancos de Barrio Norte eran negros de Chicago en el año 1978. Lo cierto es que a quienes pasamos de la infancia a la adolescencia en los 90 los Kuryaky se nos hacen una banda entrañable: los muchachos tienen carisma, buenos temas, jugos y coolos.


Hay algunas obligaciones que un fan digno de rock argentino debe cumplir en su vida. Escuchar en vivo "Ji ji ji". Escuchar en vivo "Cerca de la revolución". Escuchar en vivo "La balsa". "Abarajame" está en los primeros puestos de la tabla de posiciones de grandes canciones para cantar en vivo. Cuando la tocaron, al final del show, recordé la primera vez que la escuché. Estaba en quinto grado y me pareció deslumbrante. No supe de qué trataba el tema a los 10 años y tampoco lo sé a los 27. No es necesario. Aún hoy conserva su halo de inexplicable y feliz genialidad.

martes 17 de enero de 2012

Todo empezó con el chiste que decía


Hace un par de días, se echó a correr la versión de que la campaña de Macri recibió fondos de una red de prostitución. La noticia fue difundida especialmente por los kirchneristas, quienes tiempo atrás, cuando se investigó el mismo tema con respecto a la campaña de Cristina, se hicieron los boludos. O acusaron a los que se preocuparon por tales nimiedades de ser funcionales a la derecha. O reaccionarios. Es lo que 678 llamaría un caso de "distinta vara". Pero al revés. Del lado de los nuestros, los tipos buenos, con conciencia social, como Federico Luppi, Timerman o León Gieco, que en su nuevo video baila y canta con negros, amputados, Estelas de Carlottos, gordos y chinos. En fin. Lo principal es que la siguiente dinámica rige parte de nuestra vida: si te pasa a vos, sos el hijo de puta o el boludo más grande del Universo; si me pasa a mí, fue sin querer o hagamos de cuenta que nunca pasó.


Es decir, amigos, siendo exhaustivos, arbitrarios, hijos de puta, si a usted le parece que ése es el insulto adecuado para calificar a alguien a quien se le ocurre lo siguiente: se pueden hacer chistes con la bombacha de Marcela Noble Herrera (una víctima de la dictadura). Con la muerte de Iván Heyn no. De esa línea para allá podés decir lo que se te canta. Para este lado, say no more. Podemos hacer chistes y ser crueles con supuestos niños apropiados durante la dictadura que cuando son adultos se niegan a separarse de quienes creen que son sus padres. Eso es very gracioso. No podemos hacer chistes y ser crueles con tipos de la Cámpora que supuestamente se ahorcan en habitaciones de Hoteles mientras se masturban. Eso no es very gracioso. Pero, ¿por qué un drama es cómico y el otro no? No lo sé, vayan a preguntarle al guionista del kirchnerismo, seguro tiene una respuesta ya que el kirchnerismo se caracteriza por tener: “una respuesta para todo”. Ése debería ser el eslogan de campaña. En menos de lo que tarda en tomarse un cortado en jarrito, un K te explica:


1) por qué Moyano era lo más de lo más y ahora es la nada; 2) por qué Clarín era un diario amigo y ahora es el diablo; 3) por qué está bien que Cristina haya dicho que le va a ganar al cáncer y ahora no tenga cáncer; 4) por qué no nos tiene que molestar ni un poco que una mujer que dice defender a los desposeídos tenga un patrimonio de 70 millones de dólares o pesos (lo mismo da).


Elipsis.


Hoy facebook y twitter se inundaron de burlas referidas a la caída de un vip en el recital de David Guetta. Hubo 9 heridos. La mayoría de los comentarios estaban destinados a la aparente idiotez y al tamaño de las cuentas bancarias de las personas que asisten a tales eventos. En conclusión, la idea principal de la gran broma de las personas evolucionadas era: por tontos y ricos merecen caer del vip. Si se cayera una tribuna en un recital de cumbia y a alguien se le ocurriera alegrarse porque quienes escuchan ese tipo de música son idiotas, la progresía nacional pondría el grito en el cielo. Con toda razón y por lo menos, acusarían a tal energúmeno de fascista. Pero al revés no. Es que las cosas cambian mucho cuando a otro le pasa lo mismo que a vos.


Si sólo nos pusiéramos a pensar que cuando un boludo se cae en la calle nos cagamos de risa pero cuando el boludo que se cae somos nosotros es una de las situaciones más humillantes que podemos pasar en la vida cotidiana… Todo empieza a partir de ese simple cambio de roles. Eso lo sabe hasta Claudio María Domínguez.


Preguntas básicas ante este tipo de casos:


¿Acaso los únicos tontos de la música son los que escuchan electrónica? ¿Acaso los recitales de rock no cuentan con vips que cubren la mitad o la totalidad de lo que antes era campo? ¿Cuál es la diferencia entre una estrella de rock y un dj de fama interplanetaria? ¿Qué uno tiene VISA y el otro MasterCard? ¿Y cuál es la diferencia entre los seguidores de cada uno? ¿La marca del desodorante? ¿Que uno cree que el Che Guevara es un revolucionario y el otro un asesino (de hecho fue las dos cosas)? ¿Qué uno está convencido de que subvierte algún orden por estar fumado y ver tipos barbudos en un escenario y el otro sólo quiere bailar empepado?


A mí no me gusta David Guetta, todo lo contrario, pero que yo sepa muchos recitales de rock suceden en tugurios espantosos, donde el público se encuentra hacinado, en los que el sonido de las bandas se escucha para el reverendo ojete. Si seguir asistiendo a esa clase de espectáculos (en nombre de un ritual o un concepto dudoso de autenticidad) nos hace más inteligentes que ir a un Balneario por la noche a pasarla bien, a nuestro concepto de “inteligencia” le falta un par de ajustes. No lo dudo. Sayonara.


sábado 14 de enero de 2012

Lo último en padres copados con cáncer

Cuando era niño y neoliberal (como sabemos, aún teniendo 7 años, todos los que vivimos en los 90 éramos cómplices del saqueo), en los kioscos sólo vendían alfajores de chocolate y dulce de leche. Actualmente, gracias al kirchnerismo (como sabemos, todo lo bueno que sucede es gracias a Néstor y Cristina) hay de brownie, de capuccino, de bonobon, de vauquita, de lemon pie, de arroz inflado, de bizcochuelo, de pepitos. Cada personalidad cuenta con un alfajor. La especificidad se extiende a todos los niveles de la vida. Paradójicamente, dependiendo de la tribu a la que se pertenezca (wachiturro, indie, poeta, músico de jazz), somos todos específicamente iguales: escuchamos la misma música, vemos las mismas series, decimos lo mismo cuando fibertel no funca.


Además de los géneros tradicionales (ciencia ficción, policial, comedia), el cine cuenta con una serie de subgéneros tan específicos como los alfajores multiculturales de la última década.


Digresión: ¿los pueblos originarios tendrán su alfajor algún día? Por supuesto, en los próximos cuatro años el gobierno de Amado Boudou se dedicará a cumplirnos todos aquellos sueños que creíamos irrealizables. Esperamos, mientras tanto, con la sonrisa en el ojal, el deleite de este nuevo sabor. Fin de la digresión.


Por ejemplo, el subgénero de los directores que son tan cancheros que te hacen creer algo durante todo la película hasta que en los últimos cinco minutos te dicen que no, que sos un pobre tipo que se creyó que Bruce Willie estaba vivo (Sexto Sentido), que Brad Pitt existía (El club de la pelea), que Leonardo Di Caprio estaba cuerdo (La Isla Siniestra), que Christian Bale era un flaco piola (El Maquinista) y que un genio puede tener amigos (Una mente brillante). También están las películas con personajes víctimas del bullying que llegan a ser reyes (El discurso del Rey), bailarines (BIlly Elliot), marines (Cuestión de Honor) o boludos inolvidables (Forrest Gump). Por último, la película franco-canadiense Las invasiones bárbaras puso en órbita los dramas de padres copados con cáncer. Dos películas recientes retoman este tópico.


Una se llama La Prima Cosa Bella y, a excepción de las personas llamadas "Catalina Dugli", ni siquiera debería ser mencionada. Hablamos del grado cero del campanellismo. O de algo peor: del campanellismo sin Campanella, del campanellismo a la italiana. De una película, en fin, perfecta para ser comentada por Catalina Dugli un jueves a las tres de la tarde. La madre hermosa y más rápida que Messi se enfrenta a todo con tal de proteger a sus hijos. El mayor de los dos, crece y se droga. No quiere saber nada con su madre hasta que su hermana lo convence de que la visite a un sanatorio en el que está muriendo consecuencia de un cáncer. A partir de aquí el director hace todo lo posible para que el espectador ría y llore y se fascine con el cambalache de emociones que es la vida, pero los únicos que ríen y lloran son los personajes. Borges observó que en el Corán no hay camellos y sin embargo se destaca como emblema del mundo árabe. Explicaba de este modo que la abundancia de color local no es necesaria para dar cuenta de una identidad. El director de La Prima Cosa Bella no leyó nunca a Borges o lo leyó y no estuvo de acuerdo porque en el Corán aparecen 19 camellos. Lo que sí sabe es que el mundo demanda ver italianos haciendo sus cosas. Es que son tan simpáticos y seductores y pasionales. Ay. Efectivamente, los personajes de su película hablan, gritan, lloran, se visten y se mueren como lo indica el estereotipo italiano más básico y elemental.


Con Beginners, al igual que con Elvira, es otra cosa. El padre aquí tiene cáncer y además se revela gay luego de la muerte de su esposa. El hijo, Oliver (Ewan McGregor) lo cuida durante su agonía mientras asiste a la inesperada salida del closet junto a su chongo-drastro. Luego conoce a Anna (Mellanie Laurent), que es hermosa y loca. Claramente, se enamora. La película empieza unos meses después del fallecimiento del padre y a través del flashback recrea el via crucis sentimental de Oliver. Por un lado, Beginners cae en una especie de proclama gay que ya aburre. ¿Quién en el 2012 necesita que le expliquen que ser gay es tan normal como no serlo? Probablemente millones de seres humanos en el mundo, no los individuos que miramos este tipo de películas tan cool. Beginners, como Tiempo Argentino, sale a cazar gallinas en el gallinero. Por otro lado, en las diferentes y sutiles historias de amor (la de Oliver y el padre, la de Oliver y Anna, la del padre y el chongo, la del perro genial y todos los personajes) se llega a escenas, diálogos e imágenes de muy buena factura estética. Beginners se integra fácilmente a un cúmulo de productos culturales que manejan una sensibilidad naif y han calado muy hondo en el imaginario de los jóvenes de principios del Siglo XXI. Oliver dibuja la historia de la tristeza, tiene un perro que piensa en forma lacónica y poética, escribe grafitis oblicuos, etc. Quienes leen a Liniers, escuchan a Lisandro Aristimuño y tienen el corte de pelo de Amelie saben de qué estamos hablando. En un principio, no tengo nada contra este tipo de sensibilidad. Pero cuando la ternura y los pajaritos y los tipos grandes que actúan como Kitty y las mujeres de 44 con voz de nenita de 5 años y la “buena onda” hasta en la cámara de gas se pasan de rosca, siento incontrolables deseos de escuchar a Pappo, leer a Gustavo Sala, idolatrar a Jorge Asís y ser un reverendo hijo de puta. No sé si le pasará a alguien más. Sayonara.

miércoles 11 de enero de 2012

BIG BORGES

Anotaciones arbitrarias sobre Borges, de Bioy Casares


Para algunas personas, pensar significa poner en correlación todo acontecimiento de la vida con un episodio de Los Simpsons. Otros tienden a encontrar un sentido sexual a cada frase. Borges encontraba connotaciones literarias. En ese plano era como los skaters o los surfers, que, respectivamente, sólo hablan de skates y tablas de surf. Peyrou le pregunta a Bioy por las flores que lleva en el ojal y éste le contesta que se las compró a una niña que jugaba a vender flores. Borges comenta: "Al comprador de esas flores al final del capítulo lo matan. Por la ley de casualidad estética".


A veces pareciera que Borges no entiende nada. Por "nada" me refiero a "todo": al peronismo y a Roberto Arlt, principalmente. Es decir: su ignorancia es de las más coherentes que se han advertido, hasta en la ignorancia era genial.


Sin embargo I: "El juguete rabioso de Arlt es mejor que todas las novelas de Mallea: cuando el malevo traiciona al amigo, está bien".


Sin embargo II: "Hay una grandeza en el hombre, casi en cualquier hombre, aun en el peronista que muere gritando "¡Viva el 2 de Infantería!" y en el otro peronista que le dice al tembloroso conscripto que debe ejecutarlo: "No tengas miedo, pibe, y apuntá acá" (indicándole el pecho). Aun esa tripulación de un avión, que al caer a tierra habría muerto cantando el grotesco himno Los muchachos peronistas, no deja de ser respetable. Es difícil que el heroísmo sea ridículo".


El tono de Borges es el de una sitcom. Fácilmente podemos situar las conversaciones entre Bioy y Borges en el departamento de Jerry Seinfeld, oír las risas y los aplausos luego de las réplicas mordaces y los contrapuntos absurdos de los dos personajes principales y la plana mayor de SADE. Borges es George y Bioy es Jerry. Elaine sería Silvina Ocampo (que a lo largo del libro no es más que un par de líneas) y Peyrou, Kramer. Pero de la misma forma que Seinfeld podría ser un drama si se corriera sólo un milímetro el enfoque sobre las características de los personajes (un egocéntrico, un misántropo, un freak, una histérica), el telón de fondo de Borges son los fusilamientos de la Revolución Libertadora y un continuo de reflexiones amargas sobre el paso del tiempo y de la vida: "La conversación de Borges, de Peyrou y la mía está hecha de retazos de conversaciones que tuvimos muchas veces entre nosotros. Cada uno, al empezar a hablar uno de los otros dos, mentalmente ha de decirse: Ahora va a contar el episodio B1, ahora va a hacer la reflexión B2, ahora va a hacer la broma B99".


Emma Risso Platero, una de las amigovias de Borges, está triste porque debe irse a Japón por 5 años. Borges le dice: "No te preocupes. No estarás cinco años. No está uno cinco años en ninguna parte, sino un instante, el instante presente".


Sobre el estilo de Bioy se ha hablado mucho pero no se llega a ninguna conclusión que explique algo. Tal vez el error sea pensar que se puede explicar algo referido a la escritura, el lenguaje, la literatura. Lo que sucede es que si pensamos profundamente en esto, mucha gente debería salir a buscar trabajo, inventarse una vida nueva, suicidarse. En fin, la cuestión es que la de Bioy parece ser una operación estética sin huellas. Tomando algunos tics sintácticos reconocibles, el uso frecuente de ciertos términos, se puede hacer una caricatura del estilo de Borges, de Cortázar, de Bolaño, de Kafka. No ocurre lo mismo con Bioy. En su libro Palabra de Bioy, Sergio López dice que su estilo, con el tiempo, se ha vuelto invisible. En "Diario para un cuento", el narrador de Cortázar (el mismo Cortázar) quiere escribir sobre Anabel, un viejo amor. Anhela ser Bioy Casares para tratar a Anabel "desde cerca y hondo y a la vez guardando esa distancia, ese desasimiento que decide poner (no puedo pensar que no sea una decisión) entre algunos de sus personajes y el narrador". Ése es el mecanismo con el que Bioy construye a Borges. Tal vez:


1) Bioy no quería a Borges como a un amigo, sino como a un personaje.


2) no se enemistara con Kodama por distanciarlo de él, sino porque ya no lo frecuentaba lo suficiente como para seguir escribiendo Borges.


Las dos presuposiciones son inválidas: evidentemente Bioy quería a Borges como a un amigo y a un personaje. Incluso todos queremos a nuestros amigos de esa manera.


La parte del libro que más gustaría a Borges es cuando Bioy sospecha que Borges sabe que es el personaje de su libro. "Tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios" ("Magias parciales del Quijote"). El 18 de mayo de 1960, Borges se pregunta si Johnson sabría que Boswell estaba escribiendo sobre él. Eso explicaría la pereza de sus últimos años: nada de lo que decía se perdería si todo lo anotaba Boswell. Luego comenta Bioy: "Yo me preguntaba mientras tanto si él sospecharía la existencia de este libro; si tendría curiosidad de leerlo; si lo corregiría; si la circunstancia de que últimamente escribiera tan poco se debería no sólo a la deficiencia de la vista y a la haraganería, sino también al conocimiento de este libro".


En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” Borges se refiere a las amistades inglesas que empiezan por excluir las confidencias y terminan por omitir el diálogo. Probablemente hablaba por experiencia propia. Uno de los momentos más hilarantes del libro es cuando se enteran por terceros que Peyrou (un amigo con el que compartían la cena varias veces al mes) se casó. "¿Vos sabés lo que hizo Peyrou?", le dice la madre de Borges a Bioy. Peyrou merece un libro aparte. Probablemente sea mucho más liviano que Borges, pero igual de divertido.


Borges también es el libro de muchos escritores que existieron de la misma forma que en un reality show, además del ganador, hay otros 19 participantes: Mallea, González Lanuza, Alicia Jurado, Mariana Grondona, Guillermo de Torre, Erro, Estrella Gutiérrez, Aita, Galtier y un largo etcétera. Tal vez alguno (no Mallea, por supuesto) valiera la pena, pero la sensación es que la fuerza gravitacional de Borges los hizo existir. De todos los escritores argentinos de la época que mencionan y bardean (la lista es interminable: amaban tanto la literatura que por momentos parecían odiarla), Peyrou es el único que a uno le dan ganas de leer. En su Diccionario de autores latinoamericanos, Aira lo refiere como "el Chesterton argentino"...


"Sábado, 31 de diciembre (1960). Come en casa Borges. Brindamos con champagne. Después de comer, Borges y yo vamos a la ventana de la sala de Silvina, hasta que sean las doce. BORGES: "Esperamos algo que no sabemos bien en qué consiste". Miro los árboles y los senderos de la plaza, la estatua de Alvear y pienso en la máquina del tiempo de Wells y en que todos somos una máquina del tiempo de vuelo de ave de corral. "Qué raro -comenta Borges- que en tantos años como viví no hubiera un momento en que yo haya estado más adelante en el futuro que ahora".