sábado, 23 de septiembre de 2017

El equipo proletario


“Desde que empieza a dar sus primeros pasos en la vida, el niño proletario sufre las consecuencias de pertenecer a la clase explotada”. Así empieza “El niño proletario”, cuento de  Osvaldo Lamborghini que ejerce una fascinación terrible desde la primera vez que se lo lee. Relata la violación seguida de muerte de un niño de clase trabajadora por parte de tres fantoches de la alta burguesía argentina y al tiempo que establece una denuncia sobre las injusticias del sistema también expresa un regodeo morboso en su funcionamiento. A no ser que uno sea hijo del Marqués de Sade generalmente se llega a ese cuento después de leer a Sabato y a Cortázar, sin saber que alguien puede escribir de esa manera. De hecho después de ese cuento no se sabe bien qué pasó en la literatura argentina. Osvaldo Lamborghini les dio a los escritores argentinos licencia para matar pero nadie volvió a matar como él. 

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Desde la noche del jueves algo me hace ruido con respecto a la histórica goleada 8 a 0 que River Plate le propinó a Jorge Wilstermann, un equipo de Bolivia que había ganado la ida 3 a 0 y se preparaba para vivir su momento de gloria. En todo esto, por supuesto, el fútbol queda en segundo plano, lo peligroso es lo que genera bajo el eufemismo del "folclore". Es ahí donde conexiones aparentemente trasnochadas pueden tener sentido. 

Como si fuera una premonición, antes de que comience el encuentro, un grupo de barras de River le había desfigurado la cara a un par de hinchas del Wilstermann, noticia que tuvo una repercusión casi nula para la gravedad del caso. Además, en la semana se había difundido un video en el que antes de salir a jugar el partido en Cochabamba los jugadores locales se arengaban entre ellos definiendo a los argentinos como “gauchos de mierda”, definición inocente, casi risible para los niveles de desprecio que existen en la sociedad argentina hacia la comunidad boliviana, que sin embargo propagó un sinnúmero de reacciones, en el sentido ideológico de la palabra, no sólo de parte de los hinchas de River sino de los argentinos en general. 

“Bostero, bostero, bostero/ Bostero no te lo digo más/ Andate a vivir a Bolivia/ Toda tu familia está allá”. Es pertinente recordar este cántico de aliento riverplantense, hoy prohibido, del que sólo transcribo un fragmento para no abundar en detalles, como forma de terminar de configurar el mapa psicológico instalado en las horas previas al partido. En un sentido simbólico, no muy difícil de interpretar, cuando River se enfrenta a un equipo boliviano (o paraguayo) el significado implícito es, por un lado, que está jugando también contra Boca y, por otro, que Argentina, cual Norteamerica del Sur, se enfrenta a sus vecinos "inferiores". Después el argentino medio, que cree pertenecer a una raza superior, viaja a España y se enoja porque le dicen "sudaca"... 

“RIVER PLATE 8 VS WILSTERMAN 0 - VIOLACION EN LA COPA LIBERTADORES - VUELTA – AUDIO” es el título de un video de Youtube. Un periodista partidario de River vomitó: “Lloran los bolivianos de Cochabamba (…) Lloran los bolivianos del barrio de La Boca”. A confesión de partes, relevo de pruebas. Sería obtuso indicar que la xenofobia sólo involucra a River, amplios sectores de la sociedad y del fútbol argentino en particular la ejercen con orgullo, lo que es ineludible es que River es el Club que más ha profundizado en ella. 

Que quede claro: no estoy diciendo que Enzo Pérez corrió sesenta metros pasando rivales como si fueran infinitos carteles que no dicen nada con el deseo manifiesto de estigmatizar un país o porque leyó a Lamborghini pero lo cierto es que la trascendencia social del fútbol lo asemeja a la continuación de la política por otros medios. A mucha gente le resulta más interesante saber qué hace el presidente de Afa que el de la Argentina. El fútbol entonces actúa no sólo como factor de distracción sino también como sustitución de lo que realmente debería importar. Nada de lo que estoy diciendo es nuevo, lo que me parece extraño es que por ser viejo no se diga más seguido.


En fin. Soy hincha de River pero no me deja de incomodar su rama clasista, el vínculo directo que el Club ha mantenido por siempre con la tradición más conservadora del país. El 8 a 0 destapó nuevamente la cloaca. A la vez también me incomoda señalarlo, lo que confirma que para el hincha de River se trata de un tema tabú, como si nuestro Súper Yo nos fuera a reprimir por decirlo en voz alta, como si por decirlo fuésemos menos hinchas que aquellos que naturalizan o subestiman este tipo de comportamientos. En este plano subrayar las estrategias geniales de Gallardo, los cinco goles de Scocco y el Monumental repleto es por demás anecdótico al lado de lo que este cóctel explosivo produce en la psiquis de ciertas personas: ¿no será hora de que emerja en el imaginario riverplatense un nuevo estereotipo de hincha? La única manera de inventarlo es que quienes lo somos no nos hagamos los boludos. Ustedes saben: el que calla otorga.  

lunes, 4 de septiembre de 2017

La vuelta del malón


La escena ocurre el 28 de mayo de 1961. Bioy Casares visita la casa de Borges y la madre le lee la “furibunda carta de un peronista, comunista o castrista” que los insulta a todos por haberse ido a Europa, leer libros y fabricarse una cultura para deslumbrar a los atorrantes que viven en los ranchos (síntesis de la carta según Bioy). Borges le dice que la rompa. Bioy que la olvide. La madre de Borges cree que su hijo tiene que contestar. Norah, la hermana del escritor, señalada como la oveja negra de la familia por sus salidas impredecibles, dice al pasar: “Tiene su punto de vista”, a lo que Borges, con sorna, comenta: “Norah ha de creer que es un muchacho puro y que podría salvarlo mostrándole cuadros de Picasso”. Entonces Bioy cierra la conversación diciendo algo políticamente incorrecto en tiempos de la grieta: “No hay que contestarle. Un lado humano tendrá, uno acabará comprendiéndolo e iniciando una amistad imposible. Aborrecemos a todos los peronistas, comunistas y castristas como ellos nos aborrecen; es triste, pero es así. Dejémoslo en su mundo revuelto”. 

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En La vuelta del malón, una pintura de Ángel Della Valle de fines del siglo XIX, un grupo de indígenas atraviesa un pantano. Uno de ellos, del mismo modo que los otros agitan sus lanzas, lleva una cruz católica como estandarte. Otro una valija cerrada. El tercero una mujer blanca, cuyo vestido está rebajado hasta la cintura y deja ver el torso desnudo. La imagen, casi didáctica, alude a las guerras de frontera y representa una escena que encierra los temores (y tal vez los deseos reprimidos) de la derecha argentina: la inminencia del saqueo por parte de un enemigo interno. La cruz, la valija y la mujer son símbolos exactos de la cultura que se opone a la barbarie. La literatura argentina retomó una y otra vez el tema a través de la figura de “la cautiva”. A lo largo del siglo XX la clase dominante vio en la forma del peronismo (y sus ramificaciones) una continuación del malón por otros medios. La centralidad que el gobierno y los medios aliados le otorgaron a RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) como forma de diluir los efectos del caso Santiago Maldonado parece retomar en forma demasiado literal y hasta hace poco impensada el hit de Ángel Della Valle.

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“Qué mal te veo, democracia oral, con estos servis de morondanga” se lee en Partes de inteligencia. Uno de los hechos que comprueba que la Argentina está en problemas es que Jorge Asís ya escribía sobre todo lo que pasa ahora hace treinta años. Casi tiene una novela para cada hashtag. La idea del “servicio” en cierto modo corresponde a las estructuras narrativas de la ciencia ficción distópica, estilo Blade Runner, donde el ser humano ya no se distingue de “los replicantes”, androides con forma humana y en vías de desarrollar una psiquis propia. Aunque echarle la culpa a “los servicios” también es una explicación ritual para salir del paso, los incidentes de la marcha del viernes vuelven a poner en escena a los “servis de morondanga” que Asís bardeaba en la primavera alfonsinista. Incluso escrachados en las redes, mirando a cámara, el detalle aterrador es que cuesta encontrarles ese factor deshumanizado, casi grotesco, que uno creería encontrar en el enemigo. Es más: pueden ser nuestros contactos favoritos en Facebook. Y no enterarnos nunca.

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Una escena de treinta y cinco segundos de En la boca del miedo, de John Carpenter, emerge como breve comentario de la teoría que adjudica a la historia argentina una dinámica circular (David Viñas decía que para salir de ese circulo había que hacer un triángulo). En ella, el personaje de Sam Neill (un detective contratado para buscar a un escritor perdido) se encuentra en medio de un callejón y observa como un tipo es descuartizado por una turba de zombies armados de hachas. Cuando se da vuelta un policía-zombie está por pegarle un garrotazo hasta que se despierta en su sillón y dice las palabras mágicas: “Fue sólo un sueño”. En las películas de terror esta frase determina la situación antagónica: cuando mira hacia la derecha tiene al policía zombie sentado al lado. Y se despierta otra vez. Así en loop hasta el infinito.      

jueves, 31 de agosto de 2017

Tester de violencia


En “Segunda vez”, un cuento de la última etapa de Cortázar (aparece en el flojo Alguien que anda por ahí, de 1977), una chica llamada María Elena debe concurrir a una dependencia pública para que le tomen los datos. El trasfondo es kafkiano: no sabe por qué la llaman y ni siquiera a qué Ministerio pertenece la dependencia. En la sala de espera conoce a Carlos, con quien fuma un cigarrillo y se pone a hablar de la vida. Carlos es llamado en primer lugar por las autoridades. Cuando le toca el turno a ella Carlos todavía no salió. María Elena entra a la oficina, ofrece sus datos y le dicen que debe volver dentro de un par de días. Al salir entiende que cuando ella entró Carlos ya no estaba ahí y la oficina tenía una sola puerta.

Los mejores cuentos de Cortázar funcionan en el vacío, en lo que no se dice. Cuando Cortázar quiere llenar ese vacío (algo que sucede a menudo a partir de Octaedro), arruina todo. Este cuento es casi como una letra de rock nacional: recrea el tema de los desaparecidos sin mencionar la palabra una sola vez.   

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Los “trolls de Marcos Peña” son una trampa que se tiende a sí mismo el kirchnerista/progre para evitar mirar de frente la verdad. Comparado con creer que realmente piensan así es una idea tranquilizadora suponer que quienes escriben barbaridades sobre Santiago Maldonado en Facebook o en los comentarios de Clarín están contratados para hacerlo, son sólo profesionales que desempeñan su trabajo. Pasaba lo mismo a la inversa durante el kirchnerismo pero en este país la memoria es como un Historial de Internet Explorer que se elimina en forma automática. 

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Los reclamos de los organismos de derechos humanos y la concientización sobre el tema en instituciones públicas son señalados por sus detractores como formas espurias de visibilizar el caso. En realidad, dicen, no están preocupados por Santiago Maldonado, están politizando, están haciendo campaña. De esta forma se da vuelta la tortilla de manera algo perversa: el escándalo no sería la desaparición de Maldonado sino el "adoctrinamiento" que sobre el caso han llevado a cabo docentes en distintos puntos del país.

La confusión entre “politizar” y “partidizar” a esta altura ya es consuetudinaria pero no por eso menos dolorosa. En principio nada puede ser politizado porque todo es político pero en caso de que haya resquicios de la vida humana que queden por fuera de lo político, ¿cómo si no es a través de lo político que debe asimilarse el caso de una persona que desaparece en medio de una represión de Gendarmería? ¿Qué disciplina debería hacerse cargo? ¿La gastronomía? ¿El ballet? ¿Animales Sueltos?

En cuanto a la idea de que la desaparición de Maldonado sirve para hacer campaña a menos de dos meses de las elecciones habría que preguntarse cuántos votantes de Cambiemos van a cambiar su voto, valga la redundancia, porque Maldonado no aparece. Es más, da toda la sensación de que los únicos que piensan eso son los votantes de Cambiemos. En todo caso es la hollywoodense demonización de los mapuches (con dramáticas apelaciones a una repentina guerrilla que asolaría el país y la usurpación del territorio nacional en manos de diabólicos chilenos) lo más similar a hacer campaña ya que activó un nacionalismo recalcitrante y rescató del sótano más oscuro del inconsciente colectivo el temor a lo “subversivo” justamente en la misma semana que se conoció la desaparición de Maldonado. Qué coincidencia, che.    

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Los rodeos del Gobierno en torno al paradero de Maldonado permiten experimentar la figura del desaparecido en tiempo real para varias generaciones de argentinos sub-35; de ahí proviene la consternación que provoca el caso. La desaparición de Julio López generó una respuesta similar pero en una época sin redes sociales (de todas maneras aquella vez la responsabilidad del gobierno, para nada menor, fue no otorgarle la protección necesaria al testigo, algo muy diferente a lo que se sospecha que sucedió con Maldonado). No importa cuántos volúmenes de La Voluntad hayas llegado a leer o cuántas veces hayas escuchado “Canción de Alicia en el país”, para entenderlo hay que sentirlo en el presente.

En el terreno social tal vez lo más perverso de una “desaparición” es que en su ambivalencia (“no está ni vivo ni muerto”) genera un sinfín de hipotéticas y desconsideradas historias sobre los probables destinos de la víctima. Incluso quienes aceptan la posibilidad de que haya sido “chupado” recriminan a la víctima haberse metido donde no lo llamaron. Se construye entonces una fábula cuya respectiva moraleja entraña un claro ejemplo de disciplinamiento ideológico. El Physique du rol y la filosofía de vida de Maldonado (hippie, artesano, viajero), a su vez, lo convierten en un nuevo tester de violencia para la sociedad argentina.   

La multiplicación de narraciones contradictorias (hábilmente difundidas por el Gobierno y los medios aliados) infunde en la opinión pública la incertidumbre sobre la veracidad de los hechos: “¿Y si aparece?”. Aunque en este país desde chiquitos nos hayan dicho lo contrario es mejor “quedar como un boludo” que ser una mala persona. Sin comillas. Sayonara.  


jueves, 10 de agosto de 2017

La librería del horror


La semana pasada fui a Buenos Aires y en una librería (creo que por Avenida de Mayo) me compré, a un precio irrisorio, los siete volúmenes de La Familia Fortuna, una novela publicada por la editorial Lengua de Trapo a comienzos de los 2000. El autor se llama Tulio Stella. Hasta hace poco creía que había inventado la existencia de este libro (películas como El maquinista, Memento y Una mente brillante han dañado mi cerebro). Las historias de los libros (con unas tapas amarillas muy atractivas que incluyen una caja para guardarlos) transcurren en lugares de Mar del Plata como la confitería Topsy. Uno de los libros, llamado El país del fugu, parece una premonición de la grieta: la ciudad está en guerra, dividida en dos bandos. ¿De dónde recordaba yo esa extraña y olvidada novela? De cuando trabajé en el depósito en una librería. 

Todos trabajamos alguna vez en una librería. Si te gusta leer, te animás a escribir y acumulás libros en departamentos de uno o dos ambientes, en determinado momento, no importa si lo quisiste o no, te das cuenta de que trabajás en una librería.

Duré muy poco. Fue un trabajo tardío de temporada. Por esa época yo sólo laburaba en el verano. Y ese verano había pasado diciembre y enero y no había conseguido nada. La depresión total. No tener trabajo durante el verano en Mar del Plata es como que te lean las cartas y te digan que vas a morir.

Sé que el trabajo de librero tiene cierta mística. Sé que casi todos los trabajos tienen cierta mística. Yo no le encuentro mística al trabajo: me sigue pareciendo una trampa.

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En fin, estábamos a principios de febrero y conseguir trabajo me hizo feliz pero al mismo tiempo me sacó de un ocio improductivo que empezaba a disfrutar. Ni siquiera recordaba cuándo había dejado ese curriculum. Me llamaban como refuerzo porque se venía el comienzo de clases.

Había reglas estrictas que ahora no recuerdo pero en el salón de la librería reinaba el silencio. Te daban una lapicera, una goma y una regla. Y una riñonera o una pechera para guardar las herramientas (nadie las usaba). No recuerdo para qué era la regla. Había una mujer de unos cincuenta años que era la jefa. Nunca la vi cagar a pedos a nadie pero todos se esforzaban para que eso no suceda. Había logrado un grupo sin camaradería. Una genia del mal.

Antes de que llegara el tsunami de madres en marzo me mandaron al depósito. Mi tarea consistía en ordenar alfabéticamente los libros para que los vendedores no perdieran tiempo buscándolos. Me aboqué a la tarea con un compromiso absurdo, el mismo compromiso con el que se deben sobrellevar la mayoría de los trabajos. Una de las cosas que deberían decirnos antes de ingresar a nuestro primer trabajo es que hacer tiempo es lo peor que podemos hacer. Obliga a estar pendientes del reloj. Pendientes de si pasa el jefe y se da cuenta que estás boludeando. Trabajar es una mierda pero es más difícil hacer tiempo que trabajar. Lo mejor es hacer todo el tiempo algo. O algo todo el tiempo. Tal vez sólo los trabajos que me tocaron a mí requerían esta dinámica. ¿Pero aclarar que cada cosa que se opina corresponde a un criterio personal es lo que está arruinando esta época, no?

El problema es cuando no hay nada que hacer. Recuerdo otro trabajo en el que cuando no había nada que hacer, el encargado, temeroso de que el jefe nos viera, imploraba: "hagan que están haciendo algo". Era un caso laboral heterodoxo, como esa película de Lars Von Trier, una de las pocas en la que los personajes no se amputan extremidades ni se hacen pasar por retrasados mentales. En esa película, un tipo no soporta ser el jefe de una oficina y contrata a un actor para que desempeñe ese rol. Y después el actor contrata a otro, porque tampoco lo soporta. 

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Todavía me asombra no haber robado libros. Creo que casi me llevo uno de Caicedo y lo pagué antes de irme (tenía descuento). En el depósito pasé mis mejores momentos en la librería. Aunque llamarlos "mejores" modificaría el concepto del término. Decir que en el depósito me sentí cómodo sería más correcto. La caja del libro de Tulio Stella me parecía lo más. Me la quedaba mirando, como cuando era chiquito y miraba el caleidoscopio de la tapa amarilla de Bestiario. Creo que no lo compré porque sospechaba que en realidad ese libro no existía. No puedo explicarlo mejor.

Después me cambiaron de sucursal y me pusieron a atender personas. Nunca me pude lucir. Era algo que yo suponía pero no esperé que el fracaso fuese tan enorme. Nunca encontré un libro inhallable. Nunca recomendé algo y tuve éxito. Nunca me pidieron cosas bizarras que con el paso de los años se convirtieron en anécdotas grandiosas. Para simplificar: como librero fui una mierda. Ni siquiera tuve un gran amor. Ni siquiera renuncié después de una discusión épica con la jefa autoritaria. Ni siquiera me quedó alguien como amigo. Recuerdo a un compañero en especial. Su mamá confeccionaba hermosas camperas a pedido. Nos llevábamos relativamente bien. Cuando uno no ama, compra, dijo Cerati. Es verdad. También es verdad que cuando uno no paga alquiler, gasta plata en camperas. Un día le pregunté a mi compañero si me podía encargar una campera. Su única respuesta fue:

-No.   

lunes, 31 de julio de 2017

¿Cómo se llamaba esa serie?


Era una serie en la que las historias cambiaban de un episodio a otro. Un unitario. De terror. No duraba más de media hora. No era La Dimensión desconocida ni Cuentos de la cripta. Ni tan vieja y mítica como la primera ni tan mala y simpática como la segunda. Tampoco era Hitchcock. Ni Cuentos asombrosos.

No era de los 90 ni tampoco de los 80. Probablemente del 89 o del 91, cuando las estéticas de cada década todavía no estaban del todo desarrolladas y se daban combinaciones inexactas de la época. Si alguien mirara esa serie y pensara que alguna vez el mundo fue así se equivocaría. Fue así en la confusión del director. Tampoco descarto que sea del 79 o del 81. 

La daban a la medianoche por Canal 8. Creo que los viernes. Nunca supe en qué canal la pasaban originalmente porque Canal 8 repetía programas de Telefé y de Canal 13 al mismo tiempo y además tenía programas propios pero esta serie no era un programa propio porque los programas propios de Canal 8 no acostumbraban a estar hablados en inglés y doblados al castellano. Los programas propios de Canal 8 mostraban mujeres haciendo veladores. O tipos pescando en Mar Chiquita. Otro tipo de terror. Tal vez Canal 8, por su cuenta, compró esta serie a alguien. O consiguió esta serie de alguna manera. ¿Cómo podría saberlo?

Mi hermana tal vez sepa algo pero no recuerdo haberla visto con mi hermana. No era como Los expedientes secretos X, no era cool, era una serie hecha para ser vista dos o tres veces y recordada veinte años después. Creo que tampoco estaba anunciada en la Programación. No había publicidad sobre esa serie, simplemente la daban. Y el título (algo con Misterios, Noches, Terror, Otro lado) tampoco era el original, por supuesto, era una interpretación de algún traductor, pero no Aurora Bernárdez, sino de un tipo que trabajaba en la tele y le quiso poner un título con gancho a un programa de terror que nadie vio.  

¿Y de qué se trataban los capítulos de esa serie? Tampoco lo sé muy bien. Pero sí recuerdo dos de las historias.

En una el personaje principal se despertaba y cuando abría la puerta para irse al trabajo notaba que del otro lado había una pared de ladrillos. Y después abría la ventana y también había ladrillos. Y así con todos los orificios de su casa. Obviamente no daban a entender que un grupo de albañiles borrachos se había confundido. Ni siquiera que la mafia había ordenado restringir los accesos de la casa. Se trataba más bien de algo metafísico y horrible que le pasaba al tipo por alguna razón en especial, aunque tampoco puedo asegurar que lo daban a entender ni que hubiese una razón en especial. Lo terrorífico tenía que ver con que no hubiese razones. 

En otro capítulo una familia estaba encerrada en su casa pero no porque del otro lado hubiese ladrillos sino porque se acercaba un gran monstruo. Al parecer todo en esta serie tenía que ver con el encierro. Tapiaban las puertas y las ventanas y se reunían alrededor de la mesa y comían a la luz de unas velas y nadie decía nada sobre el monstruo que estaba por llegar pero se escuchaba un murmullo en la noche, un murmullo cada vez más cercano, que podía ser la respiración del monstruo, o el aleteo del monstruo. Tal vez había más de un monstruo. Lo único que sé es que el éxito de ese capítulo estaba basado en no mostrar el monstruo. "Si usted quiere asustar, no muestre al monstruo". Es un buen consejo para directores de películas de terror.  

A veces creo que me inventé esta serie. O que la soñé. De hecho los dos capítulos que recuerdo remiten a cierta estructura onírica propia de los sueños, aunque si una pesadilla tiene estructura onírica no es un sueño, es el capítulo de una serie. No hay escritor o director de cine que conozca la lógica de los sueños. Ni Freud. Por ejemplo, uno se puede imaginar que alguna vez va a volar en un sueño pero cuando volás no te imaginás cómo. Y tampoco sabés qué es lo que vas a sentir en pleno vuelo. Cuando volé en un sueño me tiraba de pecho contra un camino, rebotaba un par de veces, el camino que seguía en determinado momento era el límite de una montaña y al toque ya estaba volando.

Bueno, todas las personas que me contaron que volaron en sueños, volaron de una manera diferente.

También me pregunto por qué, si la serie me impactó tanto, no la seguí mirando. Tal vez la cortaron. Tal vez no me dejaban quedarme despierto hasta tarde. Tal vez no la vi más justamente por eso, porque me impactó.

No recuerdo otros capítulos de la serie. Sólo sé que no está en Netflix, no está para bajar en ningún lado y nadie que yo conozca la recuerda. Y si alguien me dijera que se acuerda de esta serie, simplemente no le creería. Por alguna extraña razón me gusta que sea así. Aunque no miento si digo que me gustaría saber cómo mierda se llamaba esa serie.  


jueves, 13 de julio de 2017

La historia sin fin


I

En el primer capítulo de su reciente libro 56, que se puede leer gratis en algunos sitios de Internet como gancho para comprarlo, Jorge Lanata se refiere al grupo que conformaba el dream team de la primera época de Página 12 y dice “incluso nos tocó un psicótico que —Argentina, Argentina— con los años se transformó en un escritor de culto”. Desconozco si en los capítulos posteriores Lanata revela el nombre del psicótico pero todo indica que se trata de Salvador Benesdra. Y si no lo es, porque es probable que en ese célebre dream team hubiese varios psicóticos, no importa.

II

Hoy Lanata es una de las estrellas de Canal 13. Más que de política, sus programas son de anti-política, tanto es así que se lo señala como uno de los artífices de la victoria de Cambiemos. Muchas de las muletillas que utilizan los comentaristas seriales de las redes sociales (que combinan odio de clase, individualismo y crueldad) parecen ser continuaciones de las partes más brutales del discurso de Lanata. Por supuesto, Lanata no inventó el desdén por las políticas inclusivas pero supo captar ese espíritu de los tiempos y plasmarlo en un show que se convirtió en un nicho de pertenencia de la clase media argentina moderna. Aunque el histrionismo y la teatralidad siempre fueron parte de su estilo, muy atractivo por cierto, ahora añadió a su stock estético el stand up y sketchs con imitadores que parecen salidos de las peores temporadas de Videomatch. Hay algo en el ritmo de la voz y en la respiración de Lanata que habría que estudiar bien para entender su éxito a través de los años. Algo relacionado a lo actoral. Incluso sus fracasos son exitosos.

III

Una vez le pregunté a mi viejo para qué veía Tiempo Nuevo si odiaba a Bernardo Neustadt. Para putearlo, me contestó. Yo tenía 8 o 9 años y no entendí. El otro día intenté ver el inicio de Periodismo para Todos y me acordé de esa escena noventosa.  

IV

Salvador Benesdra, por su parte, se suicidó en 1996 y es el autor de El Traductor, una novela que cuenta con la distinción y el lastre de ser literatura para escritores. Del mismo modo que Zappa o Prince cuentan con el lastre y la distinción de ser música para músicos. Elvio Gandolfo escribió el prólogo de la reedición que hizo Eterna Cadencia hace algunos años. Fabián Casas también se refirió a Benesdra. Una de las pocas cosas que sabemos en la vida es que si Gandolfo y Casas dicen que tenés que leer un libro, es probable que tengan razón. Piglia decía que Borges no necesitaba que alguien le diga que un libro era bueno, él ya lo sabía de antes. Algo similar se puede decir sobre Casas, sobre Gandolfo y sobre el mismo Piglia. Pero la expectativa que generan estos lectores-faro muchas veces es tan grande que al encontrarnos con el texto se produce un efecto negativo. Después de lo que dicen Casas y Gandolfo lo menos que se puede esperar del libro en cuestión es un viaje alucinado estilo La historia sin fin. Y algo de eso hay.

V

Desde hace varios días todos hablan del capítulo 8 de la nueva temporada de Twin Peaks. Probablemente para satisfacer las expectativas creadas deba ver ese capítulo dentro de treinta o cuarenta años cuando ya me haya olvidado que se trata de una obra maestra. Quiero decir: a las obras maestras mejor descubrirlas sin saber que lo son. Mejor que nadie te diga que son obras maestras. Es como si alguien te presentara a tu futura novix y te dice: “Acá está el amor de tu vida”. Salís corriendo. Y esta época es una cagada en ese sentido porque se anuncian discos y series nuevas que sabemos que van a marcar algún tipo de hito antes de que existan. El Traductor, por ejemplo, es una obra maestra pero si alguna vez me decidiera a escribir sobre ella nunca diría que lo es.

VI

Sin embargo las obras maestras tienen un plus, de otro modo no lo serían. Cuando las leés no encontrás exactamente eso que te habían contado sino algo totalmente diferente. Recuerdo mi sorpresa al leer Operación Masacre. Yo había leído mucho sobre esa novela pero ninguna monografía me había dicho que había unos tipos encerrados en una casa escuchando el relato de una pelea de boxeo. Ninguna monografía contaba que uno podía sentir la tensión, incluso el sudor, de todos esos tipos juntos. Es decir, aunque suene muy reseñador profesional: la obra maestra se resiste a ser clasificada y encuentra una nueva faceta con cada nueva lectura.

VII

Como varias de los grandes libros de la literatura argentina (pienso en Facundo, en Los 7 Locos, en Zama) El Traductor tiene un aroma profético que tal vez, más que a la clarividencia del autor, se deba a la dinámica cíclica de la historia. El protagonista es Ricardo Zevi, un intelectual brillante que todos vinculan como obvio alter ego de Benesdra. Zevi es alguien que, puesto en una hipotética conversación, no dejaría meter un bocado a Horacio Oliveira o Emilio Renzi. Trabaja como traductor en una editorial de izquierda, Turba, aparente sucedáneo de Página 12, aunque leerla en ese plano tan coyuntural sin dudas deserotiza el efecto de lectura. No sé, yo prefiero que las golondrinas de Plaza de Mayo sean golondrinas. Zevi está obsesionado con Brockner, un pensador de derecha que debe traducir y que refuta cada una de los ideales de su formación ideológica. El feedback deforme entre Zevi y el fucking Bruckner, a quien seguramente le gustaría vivir en nuestra neonazi Mar del Plata, es un poco el que tenemos a veces con figuras con Neustadt o Lanata. Nos confirman que estamos del lado correcto pero si nos pasamos de rosca tal vez terminemos pensando como ellos.

VIII

La novela está situada a principios de los 90 y el ruido de fondo es la caída del Muro de Berlín, el fin de las ideologías y el avance arrasador del neoliberalismo, que comienza a filtrarse en Turba por ciertas situaciones de precarización laboral que después concluyen en un conflicto dramático entre los dueños de la empresa y gran parte de los trabajadores. Al mismo tiempo Zevi, al filo de la locura, conoce a Romina, adventista salteña con la que inicia una relación enfermiza cuyo desarrollo incluye varias escenas que un escritor de la actualidad pensaría varias veces antes de publicar si no quiere aparecer fusilado mediáticamente en Twitter. Las confusiones básicas autor/narrador están a la orden del día. La novela, entonces, alterna la vida pública de Zevi (los conflictos gremiales, el vínculo pendular con sus compañeros de trabajo) con su vida privada (los conflictos sexuales con su pareja, la expansión del germen de la locura). Frente a la intensidad morbosa del binomio Zevi/Romina el detallismo neurótico con que se narran las discusiones gremiales puede parecer un plomo. Sin embargo, ese plomo es el que posibilita que las desventuras de la pareja adquieran mayor efecto. Una canción no puede ser puro estribillo. Eso es un jingle. Otra cosa que me gustó de El Traductor son los diálogos extensos, totalmente anacrónicos y poco pertinentes en el marco de una novela que no sea del siglo XIX. Esto nos dice que un tipo inspirado puede hacer casi cualquier cosa y le sale bien.      

IX


El Traductor no es un libro que tranquilice y a veces es un libro que te expulsa, que preferiríamos no leer. De hecho las personas que conozco y lo leyeron compartieron conmigo cierto sentimiento inquietante que se esparce por estas páginas de mierda, tan actuales. Con algunos libros, incluso muy buenos libros, uno siente que está perdiendo el tiempo, que la experiencia está allá afuera y hay algo del orden de lo inmoral en la idea de evadirse. El Traductor es un libro que provoca el efecto contrario. La “realidad” pierde densidad a medida que la novela cobra vida. ¿Qué más se le puede pedir a un libro?        

lunes, 3 de julio de 2017

Escritos de un gallina indecente


El homenaje a Cavenaghi activó una estúpida y atractiva polémica con respecto al panteón de ídolos riverplatenses.

La transmisión combinó el humor chabacano, los golpes bajos, el sentimentalismo forzado y el mal gusto habituales del estilo Telefé. Unos ex-Videomatch se obstinaron en exceder su rol de agitadores y en más de una ocasión me pregunté cómo podía ser posible que mientras en “el verde césped” Ortega se la pasaba a Gallardo, los conductores hicieran chistes malos con jugadores de tenis o personajes de la farándula sentados en el banco de suplentes. Por más que nadie puede tomarse en serio un partido homenaje, más cercano a un show televisivo que a un evento deportivo, hubo algo cercano a la falta de respeto y de entendimiento de la vida en esas actitudes que se pretendían graciosas y eran más bien ridículas. A veces la gente que se cree "divertida" colabora para arruinar el mundo con una efectividad deslumbrante.   

Pero si hubo algo que generó serios escalofríos en lo más profundo de mi ser gallináceo es la presentación en la que los jugadores invitados entraron a la cancha. Que Astrada y Hernán Díaz no hayan sido ovacionados como sus trayectorias lo merecen puede ser entendible dado que más allá de su obvia identidad riverplatense, nunca fueron esos cracks sofisticados que los hinchas de River acostumbran a retratar en las banderas. Astrada y Hernán Díaz son dos obreros, indispensables para levantar los cimientos de una hermosa parte de la historia de River, pero que siempre se sintieron cómodos y agradecidos en la tercera o cuarta fila.  

Tampoco podía indignarme que no supieran quién era el Pichi Escudero, reemplazante de Monserrat surgido en Colon si no me equivoco, o Alejandro Saccone, más conocido por su participación en TyC Sports que por ser el eterno suplente de la década del 90. No sé si llegó a ser suplente de Sodero, Zeoli y el Gato Miguel pero tal vez sí. Me pareció entendible que recientes campeones de la Libertadores como Mercado y Vangioni sean ovacionados. O que Gallardo se llevara, sin dudas, el primer puesto en el aplausómetro. O que mi adorado Ponzio reciba tanto cariño como Ortega, por más que no haya comparación posible. Quiero decir: a mí me encanta Francisco Bochatón, pero no lo voy a comparar con Spinetta. Ahora bien, cuando salió Enzo Francescoli y la gente no estalló con el clásico "Uruguayo, uruguayo" sentí una puñalada en el pecho. Puede ser que el puesto de manager en un club con fuertes internas políticas como River enturbie el recuerdo de algunos pero hay algo más puntual que vengo pensando desde hace bastante y voy a decir de una manera muy sofisticada: los hinchas 2.0, fogueados al calor del twitter y los memes, no tienen la más puta idea de la historia del fútbol. Y no sólo pasa en River. Algo muy similar sucede con los hinchas de Boca que creen que el Club empezó en 1998.

Sospecho entonces que, existiendo YouTube, aunque tengas quince o veinte o cinco años, si no te enteraste quién es Francescoli en la historia de River, probablemente el fútbol no te guste. En esos latiguillos repetitivos como "Sos de la B" o "Tiraste gas y abandonaste", en esos memes llenos de cargadas, en esa teatralización insoportable de lo que significa ser de un Club, pelotudeces en las que un servidor ha caído en sus momentos de ocio, encuentro una sobreactuación muy evidente de parte de varios hinchas. ¿Y cuándo se sobreactúa? Cuando mentimos. Aunque odiemos que nos cuenten chistes, es probable que no nos animemos a quedarnos con cara de póker y tengamos que fingir una carcajada para congraciarnos con el perverso que acaba de contarnos uno de gallegos. Es como si les importara más ser reconocidos como hinchas para formar parte de un grupo de pertenencia que los integra al micro-clima de las redes sociales que el fútbol en sí mismo. ¡De hecho ahora hay hinchas que se filman a sí mismos mirando partidos y lo suben a Youtube! El resultado es espeluznante. Tipos gritando, insultando, sacando a relucir los peores prejuicios que activa el fútbol (xenofobia, homofobia, exitismo, machismo) como si putear a un arquero se tratara de un hecho estético. Ya creer que el fútbol es una de las bellas artes siempre me pareció un exceso. Ahora parecería que ser hincha también lo es.

Algunos dicen que este tipo de cosas sucede por cuestiones generacionales. Enorme falacia. Yo no vi al Beto Alonso pero mi viejo me contó quién fue. Y aunque nunca me cayó muy simpático, sabía que hablaba todo el tiempo del día de la pelota naranja, del título de 1975 en el que fue uno de sus principales artífices, que fue suplente en el Mundial 78, que fue campeón del mundo en el 86 y que durante mucho tiempo se creyó que "El anillo del Capitán Beto" estaba dedicada a él. Y tampoco es que en mi casa se respiraba fútbol. Eso era lo que debía saber cualquier hincha de River más o menos nerd. Evidentemente los padres de mi generación no estarían haciendo los deberes. Y los abuelos tampoco porque el Beto Alonso entró a la cancha y nadie le dio bola.   

En sí mismo el homenaje a Cavenaghi, un jugador muy respetable pero a años luz de un Ortega o un Gallardo (que siguen jugando mejor que varios tipos que están actividad), es una exageración para cualquiera que conozca mínimamente la historia de River. En todo caso si 60.000 personas agotaron las entradas para despedirlo seguramente se lo merecía pero en medio de esa festividad riverplatense (fue hermoso ver a Hernán Díaz subiendo por el lateral derecho o a Astrada con su gesto adusto aún en 2017) el desconocimiento de la historia me hizo mucho ruido y aunque parezca exagerado casi me ofendió.

En determinado momento del partido hubo un penal para el equipo en el que jugaba Francescoli y la gente estalló con el clásico "Muñeco, Muñeco". Creo que hasta a Gallardo le dio un poco de vergüenza patearlo.    

miércoles, 28 de junio de 2017

El viejo truco del rock nacional


-¿Viste que se volvieron a juntar Los Caballeros de la Quema?
-¿Caballeros de la Quema? ¿No había cerrado ese antro?
-Claro, vos siempre escuchaste Simón Poxyran y el último de Él Mató. De hecho ya en 1998 escuchabás el último de Él Mato de tan adelantado que sos.
-¿Es que también hay que reivindicar al rock barrial? Ya sos como esos kirchneristas que habían empezado a reivindicar a Menem hasta que se dieron cuenta que no era necesario porque Menem era kirchnerista. 
-Si, si, pero en la 125, la votación más importante, votó en contra. No sé si se trata de reivindicar al movimiento de rock barrial, tal vez sea reivindicar al adolescente que alguna vez fui y escuchó Caballeros de la Quema.
-Bueno, yo cuando era chiquito veía Hola Susana con mi vieja pero no por eso voy a estar reivindicando a Susana Giménez.
-No llevemos las cosas al extremo. Simplemente hay que intentar no ser como esa gente que leyó Cortázar a los 15 y después se siente demasiado inteligente como para leer a Cortázar.
-No ser como Aira.
-Aira sí puede ser como Aira. Pero es como me dijo el poeta hace diez años: "Tratar de ser Aira sin su talento es very danger".

***

-Bueno en realidad tenés razón, versos como "un safari hasta las tetas de Graciela Alfano" sólo son comparables con "Dios es un mundo en el que amar es la eternidad que uno busca".   
-Entonces vos sos el típico mala leche que juzga a los poetas por sus peores versos. Yo me acuerdo por ejemplo de una imagen poética muy lograda de Iván Noble: "La noche se hace demasiado larga con un Guaymallén de cena".
-Claro, con la cantidad de dulce de leche que le ponen te pasás toda la noche comiéndolo. ¿Qué pasa en la fábrica de Guaymallén que no le embocan bien las tapas? De todos modos lo acepto: no hay nada mejor que bajonear con un Guaymallén de cena.
-Justamente el encanto del Guaymallén es esa desprolijidad, esa característica del dulce de leche cayendo por los costados le otorga identidad, sin ir más lejos la misma identidad del rock barrial. Se nota que no viviste en un barrio sin asfalto
-Ah bueno, habló el héroe de la clase trabajadora. Ahora un alfajor explica el rock barrial.  
-Fuera de joda, el contexto en el que crecés genera la perspectiva desde la que ves la vida, o sea, la perspectiva desde la que ves al rock. El Guaymallén, al que hace mucho que no veo en kioscos, salía cuarenta centavos. La cosa es que me fijé en YouTube el recital de Caballeros y me conmovió un poco.
-¿No estarás deprimido? "Che Guevara entregá a tu hermana, alternativo pelate un higo".
-¡Eso es genial! Pone en escena la disputa simbólica a través de una simpática rima asonante: sónicos vs. barriales. Es decir, por un lado las bandas tuteladas por Melero y respaldadas por Soda Stereo: Martes Menta, Los Brujos, Babasónicos, Peligrosos Gorriones. Por otro, las bandas tuteladas por la calle y respaldadas por el público: Viejas Locas, La Renga, Caballeros de la Quema.
-La 25, Guasones, Callejeros.
-No, no, esas bandas pertenecen a una segunda camada de bandas de rock barrial, que tendrán sus luces y sus sombras pero a las que yo ya no escuché mucho. Tanto es así que mezclo La 25 con Guasones, que no tienen nada que ver. 
-Si, si, claro, ahora nadie escuchó Callejeros. Ni la Bersuit. Ni el Otro Yo. ¿Viste que Borges decía que otra sería la historia si se hubiese leído más el Facundo que el Martín Fierro? Ok: otra sería la historia si se hubiese escuchado más Peligrosos Gorriones y menos a La Renga.
-Primero: hasta Borges leyó más el Martín Fierro que el Facundo y dudo que lo haya terminado. Segundo: podías escuchar las dos cosas al mismo tiempo. Yo escuchaba Viejas Locas y Babasónicos.
-Siempre fuiste un traidor. 
-No, boludo, simplemente no me dejaban entrar en ninguna tribu. Para ser stone tenía la cara muy redonda y para ser alternativo había que tener el dato de una feria de ropa usada de la cual nunca supe la dirección.  
-Uh sí, esa época, chicas de 18 años vestidas como nuestras abuelas que aun así lograban parecer eróticas.
-Eran todos unos conchetitos. Hoy esos alternativos manejan empresas capitalistas, viven en Miami o forman parte del Gobierno. O las tres cosas juntas.
-¿No estarás exagerando?
-Probablemente, pero si vamos al grano: ¿quién organizaba Buenos Aires no duerme?
-Ah, estás mezclando todo.
-¿Pero quién lo organizaba?
-¿El novio de María Gabriela Epumer?
-Por eso mismo. Cuando se dice que el kirchnerismo cooptó al rock nacional habría que aclarar que continuó el legado de La Alianza.
-O sea que junto al Procrear y el programa de Osvaldo Quiroga, el rock vendría a ser la tercera cuestión de Estado que mantienen los gobiernos argentinos. 
-Algo así.

***

-Todo esto me hizo acordar a ese tema de Divididos que dice "Hubo un tiempo que fui hermoso y fui preso de verdad".
-No sé exactamente qué te hizo acordar de eso, supongo que el exceso de añoranza mezclado con ácido, pero le voy a dar un like. "Ñapi de mamá" tiene algunos de los mejores versos del rock argentino. "Buenos Aires se ve como vianda de ayer".
-¡Si! O: "Mezcla rara de angustia y cañita voladora".
-En realidad todo ese disco de Divididos tiene las mejores letras de Mollo. El disco post cocaína. El disco en el que el rockero entiende que tomar mucha cocaína no puede ser un plan a largo plazo suele salir muy mal pero Narigón del siglo es la excepción a la regla.
-"Un chalchalero no es un rolling stone".
-"Por drogado a bellas artes". Mollo metía esas frases contundentes y brillantes en medio de letras inentendibles. Estamos hablando del viejo truco del rock nacional. Hay letras de Divididos que parecen escritas en otro idioma. Además Divididos no era alternativo ni chabón, eran la tercera posición. Nunca es tarde para decir: Qué buena banda Divididos. El último disco que escuché fue Vengo del placard de otro.
-¿El de la morcilla? La tapa es horrible pero el disco sigue siendo inspirado. En un tema dice otras dos cosas geniales: "amas de casa lavando ropa en el fondo del océano" y "pezón, pezón, qué grande sos". ¿Sacaron otro?
-Si, Amapola del 66, en el 2010. ¿Qué les pasó? Sacaron 3 discos en 17 años.
-Natalia Oreiro.
-Tal vez el tipo no se fuerza a publicar cosas de las que se va a arrepentir. Ser músico, ser escritor, no es como ser carpintero, en el sentido de que para hacer la mesa necesitás inspiración pero principalmente un método. En cuanto a la Oreiro: hay toda una corriente historiográfica del rock que explica las modificaciones en el género a través de las mujeres. Yoko Ono, Celeste Cid, Cecilia Roth, Deborah de Corral. Son explicaciones machistas porque casi siempre dan a entender que el deslumbramiento por una mujer arruina la capacidad artística del compositor.

*** 

-Unos años después los fui a ver al Polideportivo. Tocaba primero Spinetta y después Divididos.
-No te hagás el macho: vos fuiste a ver a Spinetta.
-Sí, éramos 150 pegados al escenario. El resto no conocía a Spinetta más que por nombre. Yo en esa época escuchaba todo el tiempo a Pergolini. Pergolini era como la voz de mi conciencia.
-Qué horrible. "Exclusivo Rock and Pop".
-Pero no decía esas cosas. ¿Viste la serie Kevin, creciendo con amor en la que las escenas conmovedoras son narradas por una voz adulta en off que le dice cosas como: “Ese día comprendí que mi padre y mi madre habían crecido en un mundo, etc”? Bueno, la voz de mi mente era la de Pergolini de tanto que lo idolatraba. Después lo odié. Y ahora no sé ni lo que hace pero debo admitir que cuando abría el programa con treinta minutos de Spinetta no estaba tan mal.
-¡¿Ahora reivindicás a Pergolini?! En vez de "Poné la radio que está hablando Perón", "Poné la radio que está hablando Pergolini".
-En fin... En ¿Cuál es? regalaban entradas para un recital de Spinetta y llamaban tipos diciendo que no le perdonaban a Spinetta ¡haber separado Pescado Rabioso! Ése era el grueso del público de Spinetta: tipos que lo habían escuchado hasta Artaud. O hasta El jardín de los presentes. Si querés hasta Spinetta Jade. No habían digerido las máquinas de ritmo. Estaban hablando de 1972 y ya estábamos en el 99.
-Bueno, vos estás hablando del 99 y estamos en el 2017. Igual ¿cómo puede ser?, ¿no es que Spinetta les gustaba a todos? Ah, cierto que estaba vivo.
-Noto que esta época te está afectando. No sólo vuelven los Caballeros de la Quema desde los 90, también vuelve el cinismo.
-Cinismo es que te guste Spinetta recién cuando se muere. ¿Cómo te fue en el recital? 
-No sé, fue en el 2002. Recuerdo flashes. Mucho respeto por Spinetta que por supuesto no tocó un solo tema rockero a excepción de "Ana no duerme", a la que le infiltraba una parte rapeada para que canten sus hijos. Recuerdo una spinetteana que estaba por ahí, sola, treintañera, con una mochila grande en la que yo creía que se encontraban todos los misterios del mundo femenino. Un auténtico "Bolsodios". Todo esto me lo decía Pergolini en mi mente pero con la prosa poética de Kevin, creciendo con amor. Y había un tipo que creo que ahora escrachan por Facebook pero que en ese momento no sabíamos que podía llegar a ser interpretado como un acosador. Hablaba con unas minas y les contaba que Aquelarre era una banda llena de pelados. Y las minas decían "Ah, mirá vos". No tenían idea de qué era Aquelarre.  
-Qué recuerdos raros tenés vos. 
-Si, es que eso del rock and roll le mete a uno muchas cosas raras en la cabeza. Después me metí en el pogo de "Cielito lindo". Un chabón me pegó un codazo en la boca del estómago y me volví a mi casa en el 54 pensando que cuando fuera grande quería tener una novia spinetteana.  
-¿Con la voz de Pergolini?
-No, con la de tu vieja.
-Cómo se nota que escuchaste Caballeros de la Quema.

miércoles, 14 de junio de 2017

El gato que hay en vos no te lo digo yo



"El gato que hay en vos no te lo digo yo". Es el verso de Random que gana espesor a medida que avanzan los meses. Pertenece al tema “Lluvia”, un shock de melancolía y belleza típicamente García, con aroma a "Baba O´Riley". En cuanto a la frase: algo absurda, algo forzada, que de igual modo contiene evidentes resonancias poéticas (lo pudo decir Charly en Filosofía Barata), finalmente eleva su carga semántica a través de la coyuntura política. Los anti-macristas (porque no son sólo K) le dicen "Gato" a Macri. Sin ir más lejos: yo a veces le digo Gato a Macri. Es indispensable hacerlo.

Imagino subordinados cansados de Macri que, en el descanso, mientras toman Citrus, le dicen "Gato" a sus espaldas. “¿Está el Gato?”.  A propósito: no me creo el Macri budista zen que venden por TV.

Macri tampoco pudo hacer algo con ese Gato que hay en él. Por lo menos en los grandes medios de comunicación es un tema casi tabú. Como lo fue el "Yegua" de Cristina por un tiempo, hasta que se resignificó a través de una valoración positiva del imaginario asociado a las mujeres-yeguas. Con su Gato Macri no pudo hacer nada. Ni siquiera uno de esos chistes malos que suelen hacer los presidentes. Cristina no hacía chistes: simplemente siempre estaba bardeando a alguien. Néstor era más entrador pero tampoco era un mago de la oratoria. Duhalde: buenas anécdotas, pero chistes malos, sin duda malos. De la Rúa era un chiste. Menem está sobrevalorado, era todo gestos, caras y acentos. Alfonsín sí tenía humor. Hay un documental sobre la dictadura en el que chusmea que cuando Perón y los Montoneros estaban a punto de romper se encontraron y los muchachos de la juventud maravillosa le dijeron: "Pero General, usted había dicho que la juventud era el futuro". Entonces Perón contestó: "Lo que pasa es que ahora estamos en el presente". Esta es una anécdota de aspecto demasiado mítico para ser real ya que expresa de manera muy efectiva una época compleja. De todos modos contada por Alfonsín tiene gracia.

Otra de Alfonsín: igual de mítica, revelada por Duhalde tal vez en el afán de acallar versiones de pactos y conspiraciones siniestras, en el 2001, cuando todo explotaba Alfonsín lo llama y le dice: “¿Vos también vas a sacar el culo de la jeringa?”. En fin, Macri por ahora no pudo capitalizar en forma positiva lo negativo. Sacó el culo de la jeringa. Simplemente se dedicó a ubicar al Gato en el rincón más oscuro del sótano, como hacemos con fantasmas que no sabemos si los inventamos o en realidad existen.  


Ahora bien: más allá del buen funcionamiento del apodo y de su casi enternecedor infantilismo (se asemeja a los cuernitos en las fotos de los 90), hay un claroscuro en su origen. Culturalmente el kirchnerismo corresponde a un segmento en el que la palabra "Gato" no forma parte de su vocabulario. "Gato" es un término de pertenencia, de origen tumbero, que rápidamente se expandió a través de la jerga callejera hasta atravesar todas las capas sociales como una flecha. Es decir: aún colonizado por otros sectores, son los más humildes los que pueden utilizar el epíteto "Gato" con mayor coherencia. Y a esta altura de la resaca política es imposible decir si los más humildes están diciendo "Gato", Mauricio. "Yegua" o Cristina. Eso va a importar mucho en las próximas elecciones. Mientras tanto cuando Charly tocó "Lluvia" en el show de marzo ocurrido en Caras y Caretas, un fan le gritó "Dale, Charly", a lo que él respondió, rápido, cual Perón, cual Alfonsín: "Yo le doy".  

lunes, 29 de mayo de 2017

La máquina de hablar de fútbol


-Mirá esto que decía Kandinsky: “El amarillo es un color típicamente terrenal, sin gran profundidad. Enfriado por azul, adquiere, como dijimos, un tono enfermizo”.
-¿Y?
-¡Eso es Boca! Es lo que le está pasando a Boca. Es un equipo enfermizo y sin profundidad.
-¿Vos decís que Kandinsky sabe más de fútbol que los periodistas deportivos?
-No tengo la menor duda.
-Yo entiendo que como hincha de River progre intentes odiar a Boca sin apelar a la xenofobia pero si para hacerlo vas a citar a Kandinsky… Se nota mucho el esfuerzo mental al que te sometés para no decir que son todos bolivianos.  
-Para mí estás proyectando, vos creés que son todos bolivianos y que eso de alguna manera es ofensivo. No todos los hinchas de River somos clasistas, algo que lamentablemente nos caracteriza, porque de ahí viene el desprecio a bolivianos o peruanos. Yo creo, en cambio y como Adrián Dárgelos, que debe ser de Lanús, que todos en el mundo somos grasas, no hago distinción de sexos ni razas, lo único que algunos lo disfrutan y otros no pueden evitarlo. Igual no hay nada que iguale a Horacio González diciendo que los hinchas son  "microetnólogos que encarnan el prestigio invertido de una fusión con la plebe que pasa por nostálgicas idolatrías"
-¿Qué?
-Ves que no entendés nada de fútbol.
-¿Qué sería entender sobre fútbol?
-Hay tres maneras conocidas de saber sobre fútbol. Una es haber jugado bien y mirar el partido como hacen Latorre o mi amigo Lucas. Ellos saben cuándo un jugador ocupa el espacio equivocado, cuándo un técnico acierta con un cambio antes de que se produzca, miran un tiro de esquina y te marcan quién tiene más posibilidades de hacer un gol. Eso no se adquiere, para tenerlo tenés que haber estado adentro de una cancha y entender qué mierda estaba pasando. Yo siempre que jugué al fútbol me sentí en una película de David Fincher, todo iba a mucho velocidad y cada vez que la tocaba (cosa que no pasaba muy seguido porque los que saben jugar al fútbol también saben distinguir al que no sabe jugar al fútbol y no se la pasan) me sentía desbordado por la situación y cuando me quería dar cuenta un rival se dirigía hacia el arco con pelota dominada.
-Qué vida horrible.
-Si, por supuesto, por eso no me quedó otra que ser un nerd del fútbol, que es el otro tipo de conocimiento. Ser un nerd del fútbol es declamar: “Bonano; Hernán Díaz, Celso Ayala, Berizzo, Sorín; Monserrat, Astrada, Berti; Ortega, Francescoli y Cruz” sin fijarte en Wikipedia. Saber que ése fue el equipo titular con el que River salió campeón en el Clausura 96, saber que Salas a veces entraba por Cruz, saber que en ese Torneo Boca nos ganó 3 a 2 en la Bombonera con el nucazo de Guerra, saber que en ese Torneo debutó Solari, saber que Ortega contra Ferro hizo un gol parecido al segundo de Maradona contra Bélgica pero mejor.
-Lo repito: qué vida horrible.
-Y yo también lo repito: si, por supuesto.
-Igual te faltó la tercera forma de saber sobre fútbol.
-Ah, eso ya es casi inalcanzable. Es el que sabe jugar al fútbol y también recuerda la formación del River Campeón del Clausura 96. Son como esos tipos que saben pensar y bailar. Es como unir el intelecto con el erotismo. Generalmente si sabés pensar no sos erótico y si sos erótico, ¿para qué mierda vas a pensar?

***

-Lo que yo me pregunto es porque estamos hablando de erotismo masculino si se suponía que íbamos a construir una máquina de hablar de fútbol.
-Bueno, justamente, crecer es darse cuenta de toda la homosexualidad reprimida que ronda el fútbol. Esos hombres atléticos rozándose entre sí en los tiros de esquina, a veces metiéndose el dedo en el culo con la excusa de que expulsen a un rival sin darse cuenta que con la excusa de hacer expulsar a un rival están metiendo un dedo en el culo, sácandose la camiseta para mostrarle los pectorales o un tatuaje a la hinchada contraria. Y qué decir de los vestuarios donde los jugadores dotados reciben la admiración de sus compañeros. Y qué decir de la resistencia de los hombres para que las mujeres formen parte del fútbol. Y qué decir de los hinchas que cuando un equipo sale campeón entran a la cancha y dejan a los jugadores en calzones. No hace falta ni argumentarlo, es demasiado gráfico. ¡Incluso El Gráfico tal vez se llame así por eso! Y a su vez millones de tipos creyendo que una de las cosas que los hace hombres es mirar eso, pegando pósters de Batistuta en las paredes de sus habitaciones. Fijate de lo que hablan las canciones de los hinchas, fijate cuál es el mayor placer del hincha: cogerse al rival, romperle el culo, ¡sodomizarlo! Por eso Maradona fue un ser superior. El no necesitaba reprimirse cuando tenía ganas de comerle la boca a Caniggia. Iba y lo hacía. Un ser superior, señores.  
-Pará Foucault. ¿Todos putos? Tal vez el puto seas vos. 
-Puto el que lee. Como diría Seinfeld: “no tiene nada de malo”, el problema es que esté todo tan a la vista y nadie se anime a expresarlo, lo que refuerza la idea de represión.
-¿Pará Freud?
-Que lo mira por TV, seguramente.  
-¡La cuestión acá es que River se-ca-gó!
-Podría seguir con mi teoría en el sentido de que cuando un equipo debe ganar y pierde no se hace hincapié en el mal juego sino en que se cagó, en una simbólica pérdida de virilidad. Aunque de simbólico no tiene nada. ¿Qué se le reclamó a Boca cuando perdió con River? Hombría. Escuché a periodistas que decían: “A este Boca le faltan hombres, le falta un Ponzio, un Maidana”. Yo creo que al periodista le falta un Ponzio, un Maidana.
-Es como cuando Spinetta dijo que si lo comparaban con Caetano Veloso y John Lennon en realidad era que el periodista estaba proyectando que quería que se lo garchen entre los dos.
-Es verdad, creo que estoy extremando mi posición. Por otro lado, ése fue el momento exacto en que nos dimos cuenta que la segunda parte de Luis Almirante Brown no era un invento.  

***

-Igual River se cagó y no querés responder. Es más, todo esto que estás diciendo, todo estas apreciaciones sobre el erotismo reprimido de microetnólogo de no sé qué, es para no hablar de lo obvio: que River le tenía que ganar a Central y empató. Un equipo que quiere salir campeón no puede jugar así. 
-Ahí veo otro error: mirá como se analizó la jugada del gol de Huracán: “Zuqui no puede hacer esa falta. Rossi no puede salir así. El árbitro no puede cobrar ese penal”. Todas cosas que en apariencia no pueden ser pero que en realidad son el 95 por ciento del fútbol. Si no existieran errores, no habría goles.  
-Debo admitir que son geniales todas las vueltas que das para no decir que River se cagó.
-Chabón, la presión la sigue teniendo Boca. River está peleando este Torneo porque Boca se derrumbó. Si Boca lo gana no va a ser porque River empató con Central, va a ser a pesar de que perdió con River en la Bombonera. Estamos en la Libertadores, que era lo único que ellos querían este año. ¿Alguien se acuerda que Boca salió campeón en el 2015? ¿O de la Copa Argentina de ese año? No le importó a nadie. Y al hincha de River, otra vez, le va a chupar un huevo que salga campeón Boca. 
-Mmm. Chupar un huevo, ¿estás proyectando que querés que te chupen un huevo?
-No voy a responder a las chicanas. Lo que el hincha de Boca todavía no entiende es que River asimiló el "ser de la B" productivamente. Es decir: ¿hay algo peor que nos pueda pasar? Evidentemente no. River necesitó tocar fondo y utiliza ese fondo como resguardo de cualquier cosa mala que le pueda pasar. Y a partir de ahí le empezó a ir bien. Lo mejor que nos pueden decir a los hinchas de River es que somos de la B: primero porque sabemos que no lo somos y segundo porque nos recuerdan que ya pasó lo peor.
-¿Alguna vez oíste hablar del concepto de “negación”?
-¡Andá a chuparte una pija! 

martes, 9 de mayo de 2017

Todo no se puede


Llego tarde a Los Espíritus. Como quien llega a Fito por El amor después del amor. Como quien llega a Calamaro por Alta Suciedad. ¿Como quien llega a Spinetta por el tributo de Pedro Aznar? Bueno, tampoco para tanto, pero si como quien llega tarde al asado y se come un chorizo frío en silencio y no puede reclamar nada porque llegó tarde. Así es que yo llego a Los Espíritus.

De todos modos siempre estuve al tanto de que me estaba perdiendo algo. Y de todos modos tuve mis coqueteos con la banda pero no nos dimos nada más, sólo un buen gesto. Por ejemplo durante un verano kirchnerista, de esos veranos en los que al parecer todos éramos felices, no me pude sacar de la cabeza "Lo echaron del bar". Escuchaba especialmente la parte en que lo echan de su hogar. Es un tema que me hace reír a carcajadas. "Los masones en bicicleta/  Y los radicales a pie" es otro verso del rock argentino que me hace reír cada vez que lo escucho. "Jesús rima con cruz" ya me parecía una forma superior de drenar a Calamaro sin convertirse en una réplica. Después de eso fui a "Av. Corrientes" con ocho años de atraso y sentí que ese tal Maxi Prietto que todo el mundo decía que era un "genio" lo era, en el sentido que les decimos "genios" a quienes llegan a nuestro corazón no sólo con una linda melodía y una letra conmovedora sino, claro, con su espíritu.

Más allá del acercamiento no me alcanzó para escuchar Gratitud entero. Supongo que había algo de esnobismo al revés. O de esnobismo sin más. Hay un tipo peligroso en mi cabeza que dice: "Como la escuchan todos yo no la escucho". Una vez que ese tipo hace su aparición, es decir, un tipo que ya no puede querer sin presentir al decir de Enrique Santos Discépolo, es muy complicado sacárselo de encima. Agua Ardiente, el último disco de Los Espíritus, logró asesinarlo. (Creo que vi demasiadas películas en las que al final el tipo era un esquizofrénico). 

Si tuviese que definir a este disco con una frase diría: las canciones suenan como si siempre hubieran existido. Agua ardiente parece un clásico automático. No digo necesariamente que sea Artaud. Tampoco quiero que lo sea y además las canciones de Artaud no suenan como si siempre hubiesen existido. Digo que es como Maderita, que si no me equivoco también es el tercer disco de Los Visitantes. Imagino a alguien que lee esto y nunca escuchó Maderita: ¡Ve por tu Maderita, hermano! De todos modos Maderita no tiene nada que ver con Agua ardiente a no ser su pertenencia al sector de discos clásicos pero de culto. Por otro lado Agua ardiente salió hace sólo una semana y tiene un camino muy largo por recorrer y es posible que durante ese camino rompa, o mejor dicho, "obture", señoras y señores, como diríamos en Letras, el camino de culto y salga a la autopista del.... ¿no-culto?

¿Será éste el único disco de Los Espíritus que me guste? No lo creo, pero me refiero a que es un disco para poner de fondo en cualquier lugar y lograr cierto consenso. Tiene toda la pinta de ser el disco que no sólo le gusta a los fans, sino a todos. Por eso me gusta a mí. El disco en el que los seres distantes con tipos peligrosos en su cabeza, bueno, digámoslo claramente: el disco en el que los boludos se acercan y quieren formar parte de la fiesta. El disco en el que los fans más ortodoxos tal vez eleven algunas críticas y sientan algo así como unas mini invasiones bárbaras. Es duro enterarse que a tu enemigo le gusta la misma banda que a vos.

En una novela de Pol-Ka Mariano Martínez apareció con una remera de Spinetta. El problema por supuesto no es el galán carilindo sino que le tocaba interpretar a un sacerdote. Ese es el momento en el que empezás a preguntarte si tu época no estará canonizando por demás. Si no habrá que empezar a canonizar a otros pero con el cuidado suficiente para no volverlos "música para sacerdotes de Prime Time". Sería preferible incluso dejar de canonizar.        

El tema adelanto llamado "La mirada", que recrea la quimera social a través de un viaje en subte, dice "El pasaje cuesta el doble y nadie dice nada". Es un verso que sólo queda bien si lo cantan algunas personas. Dos o tres pueden hacerlo en el rock de acá y uno ya no está y se llamaba Bocha Sokol. Es una canción que no desentonaría en un disco de Dylan post 97. Blues con reverberaciones de salón, música para tocar mientras unos tipos transpirados salidos de El Mariachi juegan al pool y están a punto de matarse. Tiene ritmo (como todos los temas de Los Espíritus y como pocos del rock argentino) y un par de solos de guitarra que parecen entablar un vínculo desprejuiciado y productivo con distintas ramas del gran árbol del rock. 

Lo esencial de Los Espíritus es la evidente impresión de naturalidad que exhala su música, algo que no corresponde a una fórmula, sino al mestizaje que combinan los diferentes miembros de la banda. Porque hay algo latino en el producto final (que tal vez responda a que el percusionista, Fernando Barrey, es miembro de Morbo y Mambo). También es determinante el aporte de Santiago Moraes, que compone líricas y melodías y aporta voces (los temas están firmados como Los espíritus; por otro lado Prietto y Moraes tienen voces bastante similares a primera oída). El resultado es una banda que remite tanto a ciertas cadencias del rocanblues del país (riffs a lo Gabis, intros de La Pesada) como a Los Lobos o a las atmósferas psicodélicas del surf rock. Una banda imprevisible cuyos temas no esquivan las baladas encantadores ("Esa luz") ni un folk-blues de asimilación instantánea como "La rueda que mueve al mundo". Después hay cosas inexplicables y bellas como “Perdida en el fuego”, que debe ser uno de los temas más tristes de los últimos tiempos o algo parecido. La voces de Prietto y Moraes no se caracterizan por la amplitud de sus rangos vocales sino por la expresividad de sus registros. Por eso cuando alguno de los dos dice “Y tus ganas de cantar” (creo que es Moraes) puede que te den ganas de llorar sin saber por qué. No es sólo lo que dice sino la manera en que lo dice.      

Tengo la sensación de que las letras del rock argentino recuperan la calle en Agua ardiente. Los temas de Los Espíritus no suceden en un departamento sino en medio del hecho social. Son la banda de sonido de un piquete, del 2x1 a los asesinos, de una chica que no volvió nunca a su casa. ¿Qué sería del rock sin la sociología? Y viceversa. Como todos sabemos las mejores épocas del rock argentino corresponden a situaciones en las que el país parecía suceder en la mente de un psicópata. Cuándo este país no fue pensado por un psicópata es otra historia. Hablamos del rock como refugio anti nuclear. El rock como emergente de cierta resistencia civil. El rock vs el Estado. Es lo que pedimos, en forma más o menos disimulada, desde el 25 de mayo de 2003. 

En el imaginario colectivo se comenta que Macri ganó por dos cuestiones:

1- Para transferirle a los ricos y a los fachos lo que tenían los pobres y los progres; 2- Para que el rock argentino vuelva a tener sentido.

Todo no se puede.