domingo, 20 de abril de 2014

Sobre García Márquez


Leí tres novelas de García Márquez. Dos de ellas (Relato de un náufrago y Crónica de una muerte anunciada) durante la Secundaria, totalmente alucinado y en un día. Forman parte de esas lecturas idílicas, que con el tiempo parecen pertenecer a una etapa acabada en la que el acto de leer todavía era una cuestión puramente hedonista, ligado al placer y el disfrute ya que uno está descubriendo la actividad y casi todo nos parece nuevo y genial. La tercera novela fue Del amor y otros demonios. Y no recuerdo absolutamente nada. Ahí hubo algo que me distanció para siempre de García Márquez, pero sería hipócrita de mi parte decir qué fue porque pasaron quince años y no tengo ni la más puta idea. No era tan grave, sino me acordaría. (Y no tiene que ver con los reparos extra literarios que alguien como García Márquez puede generar a su paso).

Así que mi opinión con respecto a García Márquez no está a la moda. Digo esto porque actualmente pareciera que caben sólo dos posiciones: o estar completamente de acuerdo o estar completamente en desacuerdo. Entonces se muere alguien y las únicas opciones posibles son que nos parezca un genio o un gil. No hay término medio ni incertidumbre ni indiferencia. Sin embargo intuyo que en la mayoría de los casos uno tiene en claro tres o cuatro cosas (en general bastante insignificantes: no hay que meter los dedos en el enchufe, etc.) y sobre todo lo demás no sabe bien qué pensar.

Evidentemente a muchos lectores la figura del escritor fálico, del patriarca latinoamericano que baila vallenato con sombrero, les parece protectora, algo así como un refugio seguro donde un abuelo nos cuenta historias antes de irnos a dormir. A otros, esa misma imagen iconográfica de escritor profesional, nos resulta totalmente distante. Siempre se me hizo difícil creer que Gabo existiera realmente, como si en verdad no fuera un tipo de carne y hueso, sino una figura de cartón con tamaño humano, de ésas que ponen en las casas de ropa deportiva y quieren crear la ilusión de que estamos al lado de Messi o Cristiano Ronaldo.

La muerte de García Márquez me provoca dos sentimientos. Por un lado la sensación ineludible de que no leí sus grandes obras a tiempo y que, por ejemplo, Cien años de soledad se me escapa cual wing derecho hacia el infinito mientras mi vida me mantiene ocupado en otras lecturas diametralmente opuestas. Por otro lado tengo la impresión de que el porvenir es largo, que los itinerarios de los lectores son insondables, que es una escandalosa mentira que a ciertos libros hay que leerlos a ciertas edades y que no deja de ser encantadora la idea de que todavía tengo gran parte de la obra de García Márquez por descubrir.

Fogwill le decía García Marketing. Me permito pensar que más que una broma, era un reconocimiento ya que no hubo otro autor argentino más desesperado por ser famoso que Fogwill (si uno lee los testimonios que reunió Patricio Zunini en su libro no quedan dudas; Fogwill hasta pensó en escribir una misa con música de Charly García con el objetivo de ganar visibilidad pública).

Me llama la atención que los medios no elaboren una opinión un poco más intensa con respecto a la relación de García Márquez y la Revolución Cubana y sólo se dediquen a celebrar su amistad con Fidel Castro como si se tratara de dos niños inocentes jugando a la Play. Creo que la disyuntiva maniquea “García Márquez Bueno vs. Vargas Llosa Malo” atrasa por lo menos 40 años. Hay un artículo famoso que le dedica Reinaldo Arenas por su apoyo incondicional a la Revolución: “García Márquez: ¿esbirro o es burro?”. Se trata de una diatriba con pasajes de alto voltaje: “Al parecer, a García Márquez le placen los campos de concentración, las vastas prisiones y el pensamiento amordazado. A esta vedette del comunismo le irrita la fuga de los prisioneros, tal como irritaba, a los grandes terratenientes cubanos de los siglos XVIII y XIX la fuga de los negros esclavos de sus plantaciones”. Arenas fue un anticastrista recalcitrante en línea directa con los “gusanos” de Miami. También es verdad que huyó de Cuba perseguido por gay y opositor a la Revolución.  

A partir de los 90’, el predominio total de García Márquez comienza a encontrar algunos núcleos de resistencia. En primer lugar, sus epígonos, como Isabel Allende y Laura Esquivel, más que rendir homenaje a los procedimientos narrativos del autor colombiano, hacen uso y abuso del imaginario del realismo mágico hasta convertirlo en un estereotipo liquidado. En otro plano, los escritores nacidos en la década del 60’, ya sin el odio personal de Arenas, se desmarcan del influjo de Gabo con la necesidad de sacarse de una vez por todas los lastres del compromiso político y el color local. Más claro echale aguarrás: la antología de Alberto Fuguet se tituló McOndo. El prólogo era muy gracioso: “Si hace uno años la disyuntiva del joven escritor estaba entre tomar el lápiz o la carabina, ahora parece que lo más angustiante para escribir es elegir entre Windows 95 o Macintosh (…) En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que en el nuestro cuando la gente vuela es porque anda en avión o están muy drogados”. Allí se dieron a conocer al resto de América Latina Rodrigo Fresán, Martín Rejtman, Gustavo Escanlar. Se me ocurre pensar que la aparición estelar de Roberto Bolaño vino a poner un postergadísimo fin a la imagen de García Márquez como figura Todopoderosa y Omnipotente de la literatura latinoamericana. Incluso las críticas de Bolaño a García Márquez por sus vínculos con el Poder, parecen ser una opción superadora al relativismo posmo y autoconsciente de los muchachos de McOndo: “La mejor lección de García Márquez fue recibir al Papa de Roma en La Habana, calzado con botines de charol, García, no el Papa, que supongo iría con sandalias, junto a Castro, que iba con botas. Aún recuerdo la sonrisa que García Márquez, en aquella magna fiesta, no pudo disimular del todo” (“Los mitos de Cthulhu”, El gaucho insufrible). 


En todo caso, la muerte de García Márquez, además de la noticia del momento, implica una suerte de melancolía general llamativamente genuina. En la era de las sensaciones afectadas para no quedar en off side en las redes sociales, no es poca cosa. 

lunes, 14 de abril de 2014

El lado oscuro del cuadrado


Del 10 al 13 de abril estuve en la ciudad de Azul invitado a participar en el FILBA Nacional. Una de las actividades que me encomendaron fue dar un paseo en bicicleta junto a Roque Larraquy por la famosa Ruta Salamone, que incluye alguna de las obras que el mítico arquitecto realizó en los años 30. El objetivo de la experiencia era escribir un texto que funcione a modo de bitácora para ser leído en la mesa de cierre del Festival.   

Durante buena parte del paseo, Azul parece el sitio en el que ocurren los poemas de Borges de los años 20.

Los proyectos edilicios de Salamone intervienen violentamente el espacio.

Es como si la ciudad fuese escrita por Borges y por Girondo al mismo tiempo.

La distancia simbólica que existe entre una y otra estética poética es la medida del extrañamiento que la ciudad le propone al visitante ocasional.

La imagen monumental del ángel que protege el cementerio provoca un shock, hay algo aterrador en esa imagen, como si estuviésemos ante el patovica total, uno que ya no te discrimina por negro o estar mal lookeado, sino que directamente deja afuera del boliche a todos los que están vivos.

No conocía la obra de Salamone, carezco de presupuestos intelectuales para describirla, y si los tuviese probablemente tampoco sabría qué decir.

Todos me dijeron que al no haber diagonales, es imposible perderse en Azul: “es un cuadrado”. Bien, creo que le encontré el lado oscuro al cuadrado, porque me perdí por lo menos dos veces por día.

Salamone provoca una subversión espacial, como si el solo hecho de ver las estatuas o el plano laberíntico de la Plaza tuviese un efecto narcótico que altera el eje de quien mira.

De esta manera intento responsabilizar a Salamone de mi absoluta falta de orientación en espacios reducidos.

Aunque se conocen las circunstancias políticas y sociales en las que Salamone craneó sus obras, las construcciones poseen un carácter inescrutable que hace pensar que detrás de todas las razones conocidas hay un secreto que se mantendrá oculto por el resto de la eternidad.

Pienso que todos los habitantes de Azul conocen el secreto pero se trata de esos conocimientos pre-empíricos, ineludibles para quienes los poseen pero imposibles de expresarse ante un recién llegado.

El paseo Salamone le otorga un plus de diferencia a la ciudad, aquí podría filmarse una película de David Lynch, esta ciudad también podría haber sido inventada por Roberto Bolaño.

Matías Jesús Almeyda es la celebridad deportiva más famosa de Azul y uno de los ídolos de mi infancia. Observando detenidamente la figura del ángel descubrí algo revelador: el ángel y Almeyda son exactamente idénticos. El físico bien trabajado, el mismo corte de pelo, en fin, ese aire de guerrero erótico a la Game Of Thrones que enamora a todas las mujeres. Pero hay una bonhomía en Almeyda que el ángel, tan temible, no representa. Y en ese punto ingresa la tradición cervantina de la ciudad: pocos jugadores más quijotescos que Almeyda.

Desde mi nacimiento nunca viví fuera de Mar del Plata. Una de las cuestiones que me inquietan cuando estoy de viaje es caminar y no encontrar el mar por ningún lado. El mar es el desintegrador más eficaz contra la vanidad, nadie que lo mire puede sentirse importante.


Luego de transitar la ruta Salamone se me ocurre que cuando los habitantes de Azul caminan por ciudades ajenas, lo que echan de menos no es la llanura, común a una extensa zona de la región pampeana, sino las irrupciones desconcertantes de Salamone. Entienden que sin esa escenografía sus vidas serían completamente diferentes. 

lunes, 31 de marzo de 2014

Hablemos de (cualquier cosa excepto de) fútbol


Con perros colgados en la concentración de un Club y casas de presidentes baleadas por barras bravas enojados, daría toda la impresión de que el 2014 es al fútbol lo que el 2012 fue para la Tierra según los mayas. Los medios de comunicación se escandalizan y agitan la bandera de la pureza deportiva, pero al mismo tiempo fogonean ese imaginario de agresividad. A veces bajo el pretexto del folclore, a veces porque si el fútbol no tuviera esa carga simbólica, no habría noticia. Repiten los dichos de Bebote, líder de la barra de Independiente, como si fuera Jean Paul Sartre. El tipo apenas sabe hablar, por supuesto. Le dan aire a hinchas enojados para que hagan catarsis en vivo y en directo. Algo similar sucede con el narcotráfico: ¿no es sintomático que los mismos medios que empiezan a hablar del tema como algo serio que ocurre en el país sean los que construyen la figura de Pablo Escobar como un súper-héroe de ficción? Esa supuesta preocupación por el futuro de nuestros hijos o curiosidad por los laberintos secretos del Mal no es más que un eufemismo para no expresar abiertamente admiración por una forma desconocida de acumular Poder e impunidad (el sueño de buena parte de los periodistas canónicos). Entonces justo en el momento en el que los barras bravas se adueñan definitivamente del fútbol (incluyendo a los dirigentes y políticos que antes los utilizaban), se pone de moda ser cada vez más bruto.

Los periodistas partidarios de los equipos siempre existieron pero ahora cuando relatan un gol insultan a los jugadores, les agarra un ACV, mueren y resucitan al aire. Es la teatralización barata del hincha. Por ejemplo: se instaló la idea de que no hay nada más erótico que ver a una mujer semi desnuda bailando en un caño. Pero ésa es una idea que propagan los medios tendiente a pauperizar la perspectiva erótica de los hombres. Un hombre real no necesita que una mujer pendule agarrada de un caño para excitarse, eso, por suerte, no sucede nunca en la vida cotidiana, donde el deseo es más íntimo, discreto y emocionante. Es decir: erotismo vs. espectacularización del erotismo/ un hincha de un Club vs. un pobre descerebrado cagando por la boca. La primera opción es correcta, la segunda es la que los medios inventan para colonizar nuestras subjetividades y hacer de este mundo un lugar más inmundo.   

En medio de ese despelote es muy complicado encontrar al fútbol incluso en un partido de fútbol. Ver el último River-Boca, con la cantidad de información innecesaria que se difundió antes, durante y después del encuentro, fue como comprarse esos discos con una edición deluxe y muchas versiones alternativas de los grandes clásicos, pero resulta que en medio de esa parafernalia de la producción nunca encontrás la versión original de "My sweet lord". Tal vez sea el único que lo piensa pero ¿alguien puede explicarme para qué Titi Fernández repite lo que grita Bianchi o Ramón Díaz? ¿Alguna vez se sacó una conclusión interesante de eso? Lo fabuloso sería que el técnico de Boca le dijera a Martínez que no haga goles o que el de River le pidiera a Barovero que se deje hacerlos, pero siempre es y será al revés. ¿Por qué le dan tanta importancia a lo que declaran los jugadores? Salvo raras excepciones, los jugadores nunca dicen nada (emiten palabras para mantener el canal de comunicación abierto) y además odian hablar con la prensa. Trabajan de otra cosa. A veces los periodistas les piden que se saquen el casete para hablar y siguen diciendo las mismas nimiedades. Saber jugar al fútbol no es indicio de ser capaz de transmitir ese conocimiento. Para ser jugador de fútbol hay que dedicarse plenamente a esa actividad desde muy pequeño y en la mayoría de los casos es imposible complementarlo con una educación adecuada (sin contar que muchos jugadores vienen de sectores humildes con varias necesidades vitales postergadas, entre ellas la educación).

Esa intromisión de absurda espectacularidad y falso dramatismo que amenaza con comerse lo poco de fútbol que queda, ayer arruinó a Boca. Después de que Riquelme empatara de tiro libre todo parecía indicar que nos encaminábamos a la historia de siempre. Una vez más íbamos a ser doblegados por nuestro clásico rival, con el agravante de que habíamos empezado ganando y que hace poco volvimos de la B (algo supuestamente vergonzoso que recomiendo con sinceridad). Estaba viendo el partido en la casa de un amigo de Boca y declaré mi resignación: "Estamos nocaut". Con otro amigo hincha de River nos empezamos a mandar mensajes de autoayuda. Pero ocurrió la estupidez: alguien creyó que era necesario encender unos fenomenales fuegos artificiales, como si el 2 a 1 a favor de Boca fuese un hecho consumado aún antes de existir. En ese instante recordé el 7D, ese día histórico en el que Clarín se desguazaría para que el país alcanzara, en un solo movimiento mágico, la cima de la libertad. De ahí a un gol de Ramiro Funes Mori hay un solo paso.


Borges decía que el arte era "la inminencia de una revelación que no se produce". El fútbol se transformó en eso. El problema es que no es un arte, es un deporte.

lunes, 24 de marzo de 2014

Todo lo que querías saber sobre True Detective y ya te contaron 2666 veces en la última media hora


Bolaño se estaba muriendo, pero no estaba equivocado. Antes de irse al otro barrio, durante los últimos años de su vida, escribió un libro monumental que finalmente se publicó en forma póstuma y se llamó 2666. El libro está dividido en cinco partes y tiene 1100 páginas. Una de las partes es "la de los crímenes" y describe minuciosamente cientos de cadáveres de mujeres encontrados en Santa Teresa, ciudad mexicana abiertamente inspirada en Ciudad Juárez. Los cuerpos aparecen en el extrarradio, en zonas aledañas a los parques industriales y casi siempre se trata de mujeres obreras, niñas humildes o prostitutas. La tapa del libro, aunque sea en su versión original (desde entonces debe haber decenas de ediciones), tenía una ilustración que mostraba a una mujer de espaldas, sentada en una silla en medio de un desierto árido, ventoso y nublado. Pocas veces vi una tapa que encaje tanto con el libro en sí mismo y no sea pura decoración. Con ver la tapa uno ya empezaba a leer 2666, a sentir aquellas sensaciones abismales, esa especie de tristeza vertiginosa que nos da estar cerca del final de algo grande que ni siquiera sabemos bien qué es. “La parte de los crímenes” tiene varios momentos memorables. Recuerdo dos que me fascinaron bastante cuando los leí. El primero cuando una psiquiatra enumera todas las fobias existentes hasta llegar a la pantofobia (que es el miedo a todo) y la fobofobia (que es el miedo a los propios miedos). Son decenas de fobias, una detrás de la otra y cada vez más extrañas: la optofobia, miedo a abrir los ojos o la cromofobia, el miedo a ciertos colores. Otro momento genial es cuando un policía se transforma en una máquina de contar chistes machistas, mucho más allá del principio del placer, donde comienza el principio del horror, supongo.

Uno de los personajes de 2666 dice que detrás de esos crímenes "se esconde el secreto del mundo". En el libro de la muestra itinerante Archivo Bolaño es muy sugestivo ver el plano de Santa Teresa elaborado por el propio escritor, con sus Colonias, sus barrancos y basureros. Se nota que para escribir el libro Bolaño se fue a vivir a la ciudad que inventó, como el escritor de In The Mouth of Madness. Hubo una serie bastante floja libremente basada en “La Parte de los crímenes”, The Bridge, pero paradójicamente no fue la que mejor recreó esa subcultura de sordidez y misoginia que amenaza con adueñarse del mundo.

Los grandes genocidios de la historia fueron activados por grupos al mando de totalitarismos, cruzadas y colonizaciones culturales que, alienados en la embriaguez que propagaban sus dogmas, terminaban borrando del mapa a quienes se les ocurriera pensar distinto. El nuevo siglo ofrece una versión atomizada y caótica de aquellas matanzas. A simple vista no hay inquisiciones ni dictaduras ni campos de concentración, pero proliferan individuos que sólo pueden relacionarse a través de la muerte. Marginados del Sistema sin limitaciones morales. Freaks que ya no pudieron salir de su imaginario. Adversarios de la rutina pasados de rosca. Buenos vecinos a los que alguna vez les pediste que te cuidaran la casa. Algunos matan por creerse los guías de una vida alternativa. Otros porque están aburridos y no tienen otra cosa que hacer. Ya superados los fanatismos ideológicos y las avanzadas religiosas, el Estado se enfrenta a un enemigo invisible, que curte sus mambos a oscuras y ejecuta a espaldas del mundo con total discreción. La era de la híper comunicación llega a los lugares más recónditos, pero todavía no pudo infiltrarse en la mente. Antes el Enemigo era visible, se identificaba con colores, discursos y actos multitudinarios, dependía del Estado o alguna Institución de su misma fortaleza. Ahora la conducta del enemigo se rige en base a un cóctel de trastornos y patologías que se encuentran más allá de cualquier clase de control, el asesinato emerge como la perversa somatización de una dinámica social que promueve la oferta material para sus consumidores pero bloquea la demanda afectiva y emocional de solitarios y desesperados que no pueden satisfacer sus necesidades íntimas.   

Como las novelas del Siglo XIX le sacaban la ficha a la subjetividad de su tiempo, las series se regodean en este aspecto y los asesinos ahora son parte del engranaje estructural que intenta socavarlos. (Ya en Zama, el bandido Vicuña Porto es parte del grupo de hombres que lo busca) En Dexter, es el policía. En la tercera temporada de The Killing se trataba del Jefe de la división encargada de investigar los asesinatos. En The Fall, un psicólogo. En la versión de Hannibal, un psiquiatra forense. Estos casos, además de denunciar las obvias complicidades entre el delito y las altas esferas del Poder, vienen a exponer una sensación colectiva implícita y algo apocalíptica: en la actualidad, el centro neurálgico en el que se expresa el Mal se encuentra en esos crímenes siniestros en los que las víctimas, casi siempre niños o mujeres, pagan los platos rotos por una civilización que se cae a pedazos en cada esquina. True Detective une las líneas paralelas: el delito como ritual secreto de las Instituciones que supuestamente lo combaten (Policía, Iglesia) y el delito como trama macabra de un genocidio espontáneo pero igual de implacable que los del Siglo XX.

A pesar de su originalidad, la serie posee los elementos característicos de un policial televisivo hecho y derecho: los testigos recuerdan y tienen una crisis psicológica, los policías salen del laburo y escabian en un bar con una mesa de pool, los cuerpos aparecen en sitios abandonados o al costado de la ruta, los detectives fuman y toman café, etc. Como en las novelas de Chandler la atmósfera era tan o más importante que los personajes, en True Detective la idea de paisaje es netamente romántica, en el sentido de que el pueblito conservador, con su ambiente apagado de eterno domingo a la tarde, expresa claramente la psiquis y los deseos ocultos de sus habitantes. En una de sus deliradas y poéticas acotaciones, Rusty dice que el lugar le hace pensar que no está en el pueblo, sino en el recuerdo desvaneciente de alguien que recuerda ese mismo pueblo. Una de las grandes obsesiones de la paranoia posmoderna es pensarse dentro del sueño desquiciado de una mente enferma. Estas hipótesis se proponen como soluciones al problema, pero más bien son síntomas. True Detective prepara un cóctel que va de la conspiración al misticismo y como Bolaño con esos chistes sobre mujeres en una ciudad con miles de cadáveres de escenografía, te muestra lo cerca que están los rituales satánicos del catolicismo y los policías de narcóticos de los yonquis.

Piglia dice que en el policial negro los crímenes se cometen por dinero (estafas, secuestros, sobornos, etc.) y en el policial clásico los crímenes son gratuitos y esa gratuidad refuerza el enigma. True Detective es un híbrido entre esas dos vertientes: forma clásica, fondo negro. De todos modos, lo que uno espera de True Detective, apenas ve el primer episodio, son esas charlas filosóficas entre Marty y Rusty en el auto, pequeños ensayos que en medio de una serie masiva son tan desubicados como reparadores. Rusty es un pesimista arrogante, con una prédica existencial que descoloca a Marty, cavernícola rubio acostumbrado a hacerse el boludo para pasarla mejor. Valiéndose del contrapunto (tan viejo como las novelas de Jane Austen), la serie hace chocar dos mundos irreconciliables. Lo que muestra True Detective son las esquirlas de ese accidente.   


Diez años después de separar sus caminos, los dos compañeros ya son tipos enemistados a los que la vida les hizo jaque mate por diversas causas. Sin embargo Marty acepta volver a trabajar con Rusty. Y creo que en ese punto se encuentra una de las famosas "claves del éxito" de True Detective. Más allá de la complejidad narrativa (es magistral el momento en el que se empiezan a distanciar los testimonios de lo que sucedió realmente) y la sofisticación técnica (el celebrado plano-secuencia, materia en la que ahora todos somos expertos), lo que transforma a True Detective en un pequeño hito de la ficción actual es que conmueve. Traveler diciéndole a Oliveira que le ponga la traba ("la falleba") a la puerta porque van a entrar. El replicante rubio de Blade Runner ayudando a Rick Deckard en el borde del rascacielos. Tadeo Isidoro Cruz defendiendo a Martín Fierro. Una de las causas de empatía supremas para un espectador o lector es que dos personajes distanciados se reúnan, ubicando la amistad por encima de sus pobres individualismos. En un giro sentimental necesario después de tanto terror y oscuridad, ésa parece ser la sencilla sugerencia de la escena final de True Detective. Sayonara.  

jueves, 13 de marzo de 2014

El Artista antes conocido como Jorge Bergoglio

Los formalistas rusos, en su cruzada por averiguar el adn de la literatura, "descubrieron" la desautomatización, proceso discursivo mediante el cual el lenguaje realiza una autopsia de los hechos elementales que conforman la "realidad" para quitarles su carácter automático, ése que Tolstoi describe cuando, alienado en la tarea de limpiar su pieza, no recuerda si también hizo lo propio con su diván (un ejemplo cotidiano de automatización es el de cerrar con llave y a las pocas cuadras no saber si lo hicimos o no). Para combatir esta robotización que hace que la vida se desarrolle en forma inconsciente, Tolstoi, dice Víktor Shklovski, describe las cosas como si las hubiese visto por primera vez. ¿De allí viene, tal vez, la enorme extensión de sus novelas? En fin. Creo que es necesario desautomatizar la idea generalizada de que Francisco es diferente a otros Papas, por más conocidos y redundantes que sean los argumentos. Esto no sería grave si lo creyeran sólo los católicos practicantes, el problema es que personas supuestamente progresistas ahora se entusiasman con una Revolución Escolástica. Uno se pregunta de qué tratará eso: ¿miles de curas y obispos encerrados diez noches como en el Decamerón, pero con niños en vez de mujeres?  

Después de ganar el casting que lo eligió como Papa, se empezó a hablar permanentemente sobre la humildad de Bergoglio. La gente se maravilló porque viajaba en subte, tomaba mate y le gustaba el fútbol, atributos usuales en todos los seres humanos del país. Ahora bien, ¿la austeridad en sí misma es una virtud? Tal vez signifique tacañería o, en el caso de Bergoglio, falta de imaginación para gastarse los cuantiosos sueldos que le otorgaba el Estado por ser Obispo. La pregunta que hay que hacerse es qué clase de humildad puede tener alguien que acepta ser Papa, el Sumo Pontífice, ¡Sucesor del Apóstol Pedro!, encargado de decirle a la Humanidad qué es lo que está bien y qué es lo que está mal porque tiene línea directa con Dios. La leyenda cuenta que Bergoglio no quería ser Papa y que por poco tuvieron que empujarlo para que saliera a la Plaza a saludar a sus fieles. Esto me suena a René de Calle 13 en contra de Sony pero sacando sus discos desde Sony. O a René de Calle 13 rompiendo un auto lujoso que él mismo se compró un par de años atrás. En realidad René y Bergoglio tienen en común muchas más cosas que la calvicie.

La tapa de Bergoglio en la Rolling Stone confirma su costado pop star. La nota sobre el Papa es muy buena y en la edición argentina se hace un informe sobre la relación de Bergoglio con el rock. Allí se dice que Bergoglio, "de joven", escuchó a Bob Dylan y Crosby, Still and Nash. Doy por sentado que la información está debidamente chequeada, sin embargo se hace muy difícil pensar que un tipo nacido en 1936 (cuando tenía 20 años casi ni existía el rock and roll), de una rama ultra conservadora como la Iglesia Católica, de repente tenga un prontuario flower power. Me recuerda a Kodama diciendo que Borges era fan de Pink Floyd para acercarlo a las nuevas generaciones. 

Los mismos analistas que critican el populismo de los gobiernos sudamericanos, elogian los "gestos" del Papa: pagar la cuenta de su hotel, llamar por teléfono a una monja, entablar conversación con un argentino de paseo por el Vaticano, lavar pies a diestra y siniestra, sacarse autofotos. Le falta pedirle a un secretario que retire el cuadro de Ratzinger. Varios de estos gestos forman parte de la vida privada de Francisco, al hacerse públicos se transforman, justamente, en demagogia, es decir, escenas deliberadas para la tribuna que no provocan ningún cambio fáctico en la Institución que maneja. 

Francisco intenta hacernos creer que la pasa mal, que sufre allá en la cima del mundo mientras les explica a millones de personas cómo tienen que vivir. Pero se preparó toda la vida para ocupar ese lugar. En eso también se parece a las estrellas de rock que se quejan de la alta exposición cuando fue lo que desearon desde siempre. Algunas, por lo menos, tenían la deferencia de dejar la egolatría de lado por un momento.  En vez de decir "Recen por mí", cantaban "Rezo por vos".      

lunes, 24 de febrero de 2014

Uno x Uno. River Plate vs. Colón


Barovero: Arquero de Selección, sobrio y flemático, Barovero, a excepción de las veces que sale mal a cortar centros, da rebotes o le hacen goles de caño, es el mejor jugador de River de los últimos 3 meses.   

Pezzella: Pezzella es un jugador elegante, que por su porte de galán parece salido de una película de los años 50.  En conclusión, muy lindo pibe.

Víctor Cabrera: Según se sabe, en su etapa de Inferiores, el tucumano Cabrera jugó mayormente de cinco y de central.  El magnánimo, genio y huevón (por los dos grandes huevos que afirmó tener) de Ramón Díaz lo hizo debutar de lateral en una defensa de tres recién estrenada en un partido de visitante contra un rival que está peleando el descenso. Algunos dirán que es una forma de quemar al pibe debutante, otros que sólo es una incineración pasajera.

Ramiro Funes Mori: Cuando todo hacía suponer que la Dinastía Funes Mori había desaparecido, Ramiro Funes Mori vuelve a la carga. Esa falta no cobrada del segundo tiempo, con los dos pies hacia adelante y la mirada de un asesino serial, es sin dudas lo que necesita River para volver a ser el que alguna vez fue.    

Vangioni: En tiempos donde nadie escucha a nadie, en tiempos donde todos contra todos, Vangioni se destacó por su incansable ida y vuelta y su capacidad para pegarle desde afuera del área. Lástima que desde que está en River hizo cuatro goles, el equipo es un desastre y la Institución parece condenada al acabose total, porque si no ¿quién lo para a Vangioni?

Kranevitter: Recién ahora que aprendemos a pronunciar bien su nombre, Kranevitter, que prometía ser un Macherano postpunk, comienza a bajar su nivel hasta perderse para siempre en los glaciares del olvido. El fútbol es muy paradójico.

Ponzio: Ponzio es un líder. Durante mucho tiempo fue el único jugador de River que hacía las cosas bien y se metió a la hinchada en el bolsillo. Pero pronto advirtió que destacarse en un plantel de tipos que, por lo general, jugaban para el orto lo inmortalizaba como potencial ídolo, pero también, involuntariamente, denigraba  a sus compañeros. Así fue que Ponzio comenzó a jugar cada vez peor hasta llegar a este presente en el que no da un pase bien y no se diferencia en nada de los demás. Ponzio es un líder y lo rubrica cada vez que juega igual de mal que sus matungos compañeros. 

Carbonero: Durante su paso por River, no fuimos pocos los que despreciamos a Patiño, no sólo por prometer siempre más de lo que daba: también su heterodoxa fisonomía cayó en la andanada de discriminación e ignorancia. Hoy, años después de la ida de Patiño, sin saber muy bien si sigue jugando al fútbol o es uno de los extras de Walking Dead, pedimos su rápida y obligatoria vuelta al mediocampo de River Plate.  

Lanzini: La 10 de River siempre ha sido un escollo duro de sortear para cualquier jugador. Algunos sucumbieron a la presión, como es el caso de García Aspe o el Hachita Ludueña. Luego de ídolos como Ortega (que tomaba vino) o Gallardo (que no se acordaba el nombre de sus hijos), ser el encargado de generar juego parece un reto insuperable. Más allá de altos o bajos rendimientos, hay que decir que Lanzini se hizo un peinado en la onda rockabilly que le queda muy bien. Si la cosa no funciona nuevamente, tranquilamente podría tocar en Arctic Monkeys.  

Cavenaghi: Casi todos recuerdan la primera etapa de Salas en River, con sus goles definitorios y su festejo mil veces copiado. Lo que casi todos olvidaron es su segunda etapa, ya entrados los 2000 y ya entrado Salas en un par de kilos de más. Su mejor arma, en aquel regreso, era tirarse arriba de los defensores buscando la asfixia de los mismos. Según las malas lenguas, Cavenaghi parecería haber ingresado en esa misma etapa, aunque él no hace caso a las críticas y sigue haciendo goles trascendentales en partidos que, por supuesto, River pierde inapelablemente.   

Teófilo Gutiérrez: Llegó a River con una asentada fama. Por un lado, la de jugador exquisito con pasta de crack, técnico y de buen pie en la tradición de los mejores jugadores colombianos de la historia. Por otro lado, Teo acumulaba el prontuario de un malhechor, en otra tradición histórica de Colombia, exactamente la de Escobar y Gaviria. Desde que llegó a River, esa personalidad esquizofrénica se fundió en una sola, un cóctel del crack y el malhechor rebajado con agua. Entonces tenemos a este Teófilo que empieza grandes jugadas que nunca termina. Que choca contra arqueros y defensores como si estuviese jugando al rugby pero después los ayuda a levantarse con cara de Francisco I. Ni Jekyll ni Mr. Hyde, Teófilo tampoco se decide a ser armador, delantero o pistolero.

Giovanni Simeone: Es el hijo de Diego Simeone. Su madre es Carolina Baldini. Sus abuelos, de rama paterna, son los padres de Diego Simeone. Sus abuelos, de rama materna, son los padres de Carolina Baldini.

Fabbro: En reiteradas ocasiones nos preparamos unos fideos porque no hay nada para cocinar en la casa, pero cuando estamos a punto de hacer la salsa nos damos cuenta que lo único que queda es una lata de tomates que venció en el 2013. Cerramos los ojos, echamos la salsa en un recipiente y que sea lo que Dios quiera. Ah, Fabbro es más hincha de Boca que Passarella.


Menseguez: Porque su increíble velocidad impide al espectador ver si realmente juega al fútbol, Menseguez fue apodado el Rayo. Jugador fetiche de Ramón Díaz, las malas lenguas dicen que está en River porque es amigo de Emiliano Díaz. Él se defiende de las habladurías del mundo con goles, especialmente marcados en San Lorenzo en la temporada 2007-2008.       

jueves, 6 de febrero de 2014

Esta es tu película de Facebook


Her es una distopía sobre el afecto. La película está ambientada en un futuro cercano en el que las relaciones interpersonales besaron la lona. La amistad, los vínculos de pareja y de familia han sido intervenidos por corporaciones que les ahorran a sus clientes la tarea de comunicarse con los demás. Las personas siguen teniendo las mismas necesidades emocionales y físicas pero ya no puede llevarlas a cabo por sí mismas. En el presente, el viagra ofrece un S.O.S sexual, en el futuro que plantea Her no hay químico que pueda contra la impotencia amorosa.

Theodore (Joaquin Phoenix) atraviesa el vía crucis del desamor después de la ruptura con su mujer. No ve a nadie, se niega a firmar los papeles de divorcio y trabaja en una compañía escribiéndole cartas de amor a terceros. A veces tiene sexo virtual con minas que se excitan con gatos muertos. De ahí a enamorarse de un Sistema Operativo inteligente y sensible (con la voz Scarlett Johansson) hay un solo paso.          

Theodore es un personaje romántico y ensimismado, ve pasar la vida como si estuviese del otro lado de la pecera. Jonze lo ubica en medio de una ciudad apabullante (Los Ángeles), con rascacielos infinitos y pantallas enormes, un parque de depresiones donde los habitantes caminan como zombies y la frialdad tecnológica ha reemplazado el calor humano. El posthumanismo ha ganado la batalla. Theodore es un flâneur nostálgico adicto al porno y los videojuegos: percibe el extraordinario paisaje urbano como un plano de sus humillaciones y fracasos. Los ventanales de su depto nos muestran cientos de edificios donde sólo se ve luz artificial y jamás un ser humano. Ese gigantismo estético empequeñece aún más a Theodore y lo convierte en un personaje querible y empático, un ser atravesado por la sensibilidad humana pero incapaz de ponerla en práctica con personas reales.  

Her se integra rápidamente a un tipo de película que si se vendiera en el supermercado podría etiquetarse bajo el nombre de "melanco-arty". Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Perdidos en Tokio. Esa mirada gris metalizado sobre las relaciones, bandas de sonido con dream pop que rompe el corazón de las almas sensibles (esta vez a cargo del grupo del momento, Arcade Fire), cierto detallismo minimalista de la intimidad amorosa con adn de video clip que deviene en una "ristra" de imágenes idílicas que contrastan con el presente del protagonista arruinado. En ese plano, Her apunta a un público específico, es un cliché indie de principio a fin. Sin embargo es una película conmovedora y puede provocar el suicidio en personas solteras propensas a mirar la noche desde el balcón. Como las súper producciones apocalípticas lateralmente nos dicen que el desastre comenzó cuando tiramos un papel al piso o llenamos el aire de smog, el mensaje de Her es que la catástrofe amorosa tiene su origen en las horas conectados a Facebook o en la adicción a los dispositivos electrónicos en boga (celular, Play Station). En cierto modo se trata de una fábula moral y es en ese punto (tan didáctico y predecible, humanista) que la película gana densidad dramática. De esa manera contrarresta una pulsión esteticista permanente que en el caso de las películas “melanco-arty” muchas veces acaba por vaciar de contenido cualquier propuesta. 

Algo notable de la película es que su título remite a la mujer pero si en líneas generales habla de las relaciones, específicamente se encarga de los hombres. La mejor ciencia ficción viaja hacia el futuro para analizar el presente. Como los replicantes de Blade Runner, el sistema operativo de Her sirve como un espejo. En la actualidad, el rol preeminente de la mujer modifica a su vez el papel de los hombres en la vida cotidiana. Así nace una nueva categoría de hombres inhibidos e inseguros por el apetito sexual y el poder social de las mujeres profesionales del nuevo siglo. Theodore es la hipérbole del hombre sensible del nuevo milenio, esa mezcla de humano y Snoopy que por rechazar o no alcanzar los cánones básicos de la masculinidad cavernícola (virilidad, rudeza, anti sentimentalismo) se regodea excesivamente en el narcisismo, la cursilería y un costado femenino impostado, hecho a medida de lo que demanda la época para sentirse parte. Como todo personaje sustancial y bien logrado, Theodore es contradictorio. Ese cóctel de emociones lo conforman, por un lado, su evidente dolor y, por otro, ese individualismo extremo que convierte a las personas en máquinas de drogarse (y drogar a los demás) con su historia personal.  


Como toda gran película, Her no ganará el Oscar.  

miércoles, 29 de enero de 2014

Estos muchachos ya aburren


Una de las impresiones que tenía cada vez que alguien agitaba la bandera de Escándalo americano era la incertidumbre de no saber cómo el director de un bodrio como El lado luminoso de la vida ahora se había convertido en el mejor hombre jamás visto en la Tierra. Ayer vi Escándalo americano y entendí perfectamente lo que pasaba: Escándalo americano es una película con excelentes actuaciones, pero no es, ni por asomo, una gran película. 

Llegará el momento en que los directores de cine deberán dejar de abusar de las bandas de sonido. Me recuerdan a esos compañeros de facultad que cuando hacían un trabajo práctico malísimo elaboraban una carátula genial para que el profesor se pierda por la tangente de la pirotecnia visual. El problema es que nunca en los putos años que estuve en la facultad ningún profesor pidió que un trabajo práctico tuviese una carátula vistosa, sólo eran los datos, el número de matrícula y a otra cosa mariposa. Escándalo americano, como los textos adosados a esas hermosas carátulas, parece una película adosada a una perfecta banda de sonido que, por otro lado, cae en todos los excesos que existen desde Forrest Gump para acá. Después de Escándalo David O. Russell pasa a formar parte del gran panteón de directores que más que usar canciones, por poco apuestan todo a que el espectador se identifique con una vieja melodía y crea que está ante una escena memorable. Cameron Crowe y Sofia Coppola saben de qué hablamos.

¿No les parece que en muchas ocasiones escuchamos discos, vemos películas o leemos libros y antes de zambullirnos en las profundidades de esas obras ya sabemos lo que tenemos que decir? Yo empecé a ver Escándalo americano como si estuviese en el Louvre mirando la fucking Mona Lisa. Qué sonrisa, qué obra de arte, qué belleza, qué mierda es esto. Puede que este cuadro sea genial, puede que en verdad yo, en esta realidad alternativa y dirigida en la que me traslado a ciudades en las que nunca estaré, me tenga que cagar encima frente a la Mona Lisa pero teniendo en cuenta que antes de que yo naciera, mucho antes, exactamente desde hace 500 años, todo el mundo sabe, sin siquiera pensarlo, que La Mona Lisa es lo más grande que hubo sobre la Tierra, puede que mi impresión sobre ese cuadro esté, cómo decirlo, un tanto determinada y mediada y formateada por un contexto llamado Historia de la Cultura de Occidente. Algo similar sucede con productos de consumo masivo y prestigioso. Como el último disco de Daft Punk y, por supuesto, Escándalo americano.

Lo mejor de la película es el contrapunto de Bradley Cooper, otro agente del FBI indigente, y su jefe. No por Cooper (el actor más demagógico del momento, el hijo de puta actúa para la tribuna y nadie se da cuenta), sino por su jefe, interpretado por el comediante del momento Louis C.K. La película tiene otros grandes hits que terminan conformando una ensalada interesante, pero tampoco es la mejor que vas a probar en tu vida: el escote de Amy Adams, la actuación de Christian Bale (ahora en su etapa Maradona en Cuba), la actuación de Jennifer Lawrence y la recreación de la época (vestuario, accesorios, etc.) que, sumada a la banda de sonido setentosa, representan un universo muy puntual, lo que genera un nuevo punto de conflicto (que ya excede a la película en sí): en vez de seguir alimentando el mito del vintage cinematográfico con películas que constantemente quieren retrotraer el tiempo a los 60, 70 u 80, (no sólo con respecto al marco, sino a la forma en que están dirigidas y escritas), ¿no sería mejor ver películas de los 60, 70 y 80? ¿Qué es lo bueno de ver siempre la copia, el homenaje, la secuela atravesada por la idealización de la época? Yo si quiero escuchar a Los Redondos, pongo Oktubre, no un disco de Callejeros. Escándalo americano parece una de Scorsese pero lenta. ¿Y ese sentimentalismo barato, de novela de las cuatro de la tarde con triángulo amoroso? ¿A quién hay que reclamar?  

(No tengo nada en contra del escote de Amy Adams, ideológicamente me manifiesto a favor de ese escote, pero ¿no les parece que es un señuelo más propio de Sofovich que del gran David Oh! Russell? Esta película es un gran PERO, esta película es el auto que te quieren vender y desde afuera parece perfecto, con pocos kilómetros y aire acondicionado, pero poco a poco te das cuenta que está flojo de papeles y su dueño anterior era Marcos Di Palma). 

Como Lobo de Wall Street, Escándalo americano está "basada en hechos reales". O sea que lo que vemos es un reality en el que USA se flagela y nuevamente busca al héroe individual, al implacable deconstructor del sueño americano. El problema es que aun enfrentando al sistema y en off side ético (y estético), el estafador en cuestión todavía sigue defendiendo aquellos valores que hicieron grande al país: es el último romántico vivo y con su inteligencia es capaz de engañar al FBI, a los políticos y al público. Casi como Superman o Batman. Que alguien les avise a estos muchachos que ya aburren. 

jueves, 23 de enero de 2014

Una abstracción incomprobable


No vi ninguna película de la saga Qué pasó ayer pero supongo que se trata de un par de tipos que se despiertan con resaca y se preguntan qué hicieron sus narices y sus pitos en las últimas horas. En su peor momento, Lobo de Wall Street es eso. De tanto patinar sobre el hielo del delirio, la megalomanía y el espíritu dionisíaco Scorsese se pasa de rosca y termina siendo el director favorito del boludo de la butaca de atrás, que se reía de todos los chistes, por más malos que sean, a un volumen altísimo. Pero de todas formas da la impresión que pasarse de rosca está entre los primeros objetivos de la película en particular, y de Scorsese, en general, alguien que se casó cinco veces y fue adicto a la cocaína, sustancia que riega sus películas como si se tratara de billetes de dos pesos. Pero la obsesión de Scorsese con la merca va más allá de su consumo. La merca determina el ritmo frenético de la narración (ése que también aparece en Boogie Nights, de Paul Thomas Anderson). Y la merca también se convierte en un componente estético: sus personajes aspiran sobre culos y tetas, en autos y yates, sin timón y en el delirio. Si Scorsese fuera Spinetta, las escenas de sus personajes tomando merca serían "Muchacha ojos de papel". Scorsese no quiere filmar sobre la cocaína, quiere que sus películas sean cocaína para los ojos. 

Si Leonardo Di Caprio (Jordan Belfort) reemplazó a De Niro como actor fetiche, después de Lobo de Wall Street no sería raro que Jonah Hill (Donnie) hago lo propio con el gran Joe Pesci. Llega un momento en el que hasta esperamos que Donnie se encame con la mujer de Jordan, como hacían los personajes de Joe Pesci con las mujeres de De Niro. Físicamente Donnie es una especie de Dr. Lambetain joven con el temperamento de un púber de doce años y la perversión del Marqués de Sade. Los Pesci/Hill de Scorsese actúan como dobles bifurcados de los protagonistas (pueden ser hermanos, camaradas, socios) y también son el doble de carismáticos que ellos. También ejercen de válvula de escape cuando la película adquiere mucha densidad.

A medida que avanza, la película va perdiendo el referente. Primero se construye una mística delirante sobre Wall Street. El chiste es que esos tipos de traje, corbata y maletín en realidad eran los últimos salvajes que le quedaban al Planeta Tierra. Entonces el mundo de los corredores de bolsa pasa a tener una estructura de orden mesiánico, donde Jordan es el chamán y los empleados a su cargo además de capitalistas fanáticos son los integrantes de la tribu, con el sexo, las drogas y la ostentación de clase como ritos sagrados. Pero de tantos dólares, orgías y enanos la película queda en la otra punta (opinión sobre la que no voy a ofrecer mayores datos, especialmente por tratarse de una abstracción incomprobable, eso es bastante importante a la hora de escribir: si uno dice una abstracción incomprobable es mejor no ofrecer mayores datos). La velocidad narrativa pierde en el camino al mentor de Jordan, otro merquero sublime que además canta como si Tarzán hubiese escuchado a Brian Eno. A la película no le interesa la verosimilitud (el color de la Ferrari de Jordan cambia por una corrección del narrador en off), pero llega un punto en el que la desmesura no hace pie ni siquiera en una pelopincho. Para contrastar ese mundo inalcanzable lo único que tiene a mano Scorsese es Denham, el agente del FBI que persigue a Jordan. Y lo hace viajar en bondi y soñar con una vida mejor, como si el fucking FBI estuviera lleno de héroes de la clase trabajadora, personajes anónimos que hacen la justicia y la legalidad como un albañil levanta una pared o un tucumano prepara la caña de azúcar.

Quiero aclarar que a pesar de los reparos, Lobo de Wall Street me pareció una película extraordinaria. La función empezó a las 21:10 y recién miré la hora a las 23:45. Evidentemente Scorsese sabe cómo mantenerte atrapado y una de las claves (además de las escenas de Di Caprio aspirando cocaína sobre el culo de una señorita, claro) son los personajes casi caricaturescos que nunca dejan que la fiesta decaiga. Di Caprio es como Sandro en el Gran Rex repasando las mejores canciones de su vida, es un Grandes Éxitos de Di Caprio: está en un barco que se hunde como en Titanic, es piloto como en El Aviador, en una escena tiene un retraso mental como en ¿Quién ama a Gilbert Grape?, es un magnate como en El Gran Gatsby. Es verdad que Lobo de Wall Street suena a melodía conocida para quienes ya vieron Buenos Muchachos y Casino, pero por otro lado, cada tanto, es reconfortante ver que un viejo director de cine le guiña el ojo a su público y le da lo que esperaba. En el otro extrema está Francis Ford Coppola que se dedica a filmar para la República Unida de Palermo Hollywood. Si Charly García sacara un disco con canciones parecidas a Clics Modernos pero tan buenas como aquellas no se me ocurriría reprocharle algo. 


Buena parte de la película se la llevan las arengas de Belfort a sus empleados. Lobo de Wall Street es la vida después de Steve Jobs. Incluso la fuerza épica de Belfort, hacerse de abajo, es la misma que la de Jobs. La última escena nos muestra a Jordan transformado en un conferencista que gira por el mundo. Scorsese toma una historia que empieza a fines de los 80 para retratar el presente, cuando los especialistas en recursos humanos han sido canonizados globalmente y los gerentes de las grandes compañías ofrecen charlas "motivacionales" a empleados "proactivos" que quieren saber cómo se vende una lapicera (estribillo de la película). La habilidad para el comercio y el marketing superó la garantía de status social para ser considerada una nueva forma de arte. Ese enfoque intenta humanizar el mundo empresarial y revestirlo con una fina capa de carácter mítico, como si formar parte de una estructura laboral tuviera un costado lúdico, casi mágico, porque de un momento a otro, si llegás a horario y hacés bien los deberes, te podés convertir en un megamillonario cool. Yo me cruzo todos los días con personas que venden lapiceras arriba del bondi. La próxima vez que vea a alguna le voy a preguntar por qué no se decide a ser millonario.    

domingo, 19 de enero de 2014

River y Boca


Cuando era un niño mi padre me llevaba a ver Torneos de Verano. Íbamos con mi tío y era muy parecido a una aventura. En los alrededores del Estadio la velocidad de nuestros pasos crecía de modo exponencial, había que empezar a caminar rápido y de pronto a trotar, ¡como si estuviésemos ante la inminencia de una revelación que nunca se producía! A veces mi viejo, con la idea de llegar a nuestro sitio sin tantos obstáculos, craneaba una entrada lateral, alternativa y peligrosa. Una vez fuimos a la platea cubierta pero para llegar hasta ahí hicimos la cola con los hinchas de Boca. Recuerdo el temor de que algún conocido nos señalara como gallinas y nos pasara lo que al unitario en el Matadero. A veces teníamos que saltar un pequeño cráter de los que están o estaban alrededor de los árboles.

Ayer fue un día en el que la temperatura llegó a 39 grados. Después el cielo se cargó de nubes y empezó a amenazar con una tormenta perfecta. En ese momento estaba en la playa y percibí un cuadro parecido al de aquellas noches de Torneo de Verano. El murmullo general, la advertencia que los padres les hacían a los hijos, era que un rayo nos iba a partir al medio, como les pasó a unos pobres adolescentes en Villa Gesell. Y aunque muchos huían despavoridos, otros se quedaban porque les gustaba sentir el aroma a napalm, la sensación erótica e inquietante de que en cualquier momento se pudre todo y estamos ahí para verlo o padecerlo.    

Lo único que se escucha decir a los marplatenses sobre los Torneos de Verano es que vieron una cola tremenda e interminable por Independencia. Los marplatenses no sabemos qué es Mar del Plata. La imagen de la ciudad está tan configurada por los medios y los clichés de la cultura popular que en cierto punto la ciudad real desaparece y es puro estereotipo, como el Museo de Arte Contemporáneo con lobos marinos gigantes, cajas de alfajores, Olmedo y Moria. Mar del Plata será eternamente el niño con súper-poderes que desconoce que los tiene.  

Antes que Aldosivi le ganara a River en la B, en el 94 jugaron un amistoso y River también perdió con un gol en contra de Rivarola. En el 91 o 92 o 93 Maradona tuvo uno de sus inolvidables regresos. Recuerdo preguntarle a mi viejo insistentemente si aquel petiso que la guardaba contra el córner rodeado de daneses rubios era Maradona. Un par de años después Maradona era el técnico de Racing y todos le gritamos drogadicto. Maradona salía del banco, miraba a la tribuna de River y practica cortes de manga. A Islas y Navarro Montoya, acusados de ser pareja por los hinchas rivales, se les recordaba que no eran arqueros, sino putas de cabaret. Recuerdo las charlas entre la gente de la popular. Sobre si habrían viajado o no los Borrachos del Tablón. Sobre la vez que en el Mundial 78 Francia usó la remera de Kimberley. Sobre el histórico e intrascendente gol de chilena de Enzo. Polonia debe haber dejado de existir cinco veces desde aquella vez.

Un día Medina Bello le pegó un pelotazo a Marini en la cara. Marini deambuló a la manera de los dibujitos de la Warner que son noqueados. Hasta que cayó al suelo como un gorrión muerto en el medio de la vereda.      

De un momento a otro dejé de ir a la cancha. Los últimos clásicos a los que asistí hubo incidentes. En uno los hinchas de River dieron vuelta un puesto de choripanes y empezaron a quemar todo. En otro que también terminó suspendido los hinchas le pedían a Jean Pierre Noher, que estaba en la platea, que hiciera algo porque él era un tipo famoso. Jean Pierre Noher decía que no podía hacer nada. Jean Pierre Noher eligió la banda de sonido de Okupas, es excelente. Cada tanto enganchaba una película en Volver en la que imitaba a Borges.

Como se agotaron las entradas, ayer también pasaron el partido en Mar del Plata por TV. Niembro es un comentarista tan malo que cuando enuncia su interpretación del partido esa interpretación es totalmente obsoleta. Niembro dice que Boca domina y al segundo River le inclina la cancha. Niembro dice que Boca está dando un ejemplo de templanza y al segundo River empata. Niembro es el tipo que siempre tiene la fija, pero de la carrera anterior. Lo de ayer fue más un acontecimiento político que un partido de fútbol. Con gran elocuencia la cobertura puso en escena la Argentina del futuro, con los presidentes de Boca y River compartiendo palco. Y Scioli y Macri rondando los mismos pasillos sin ningún problema. La Argentina de El artista antes conocido como Jorge Bergoglio, de Capitanich, de Cristina en cualquiera, del cóctel de ídolos (más Gancedo) que se detestan pero que D’Onofrio reunió no se sabe muy bien para qué.

Convengamos que Cavenaghi es "lo más parecido a un crack" con respecto a Ortega o Francescoli. Uno lo ve ahí, con su panza y su culo, con esa barba que también cultivan nuestros amigos fumones y lo último que podemos creer es que ese tipo la va a mandar a guardar. Pierde más de las que gana. A veces se borra. Pero cada tanto aparece. O se pone el equipo al hombro, con un poco de humo y amor propio, como cuando baja hasta el sector de los defensores para frenar un ataque y después mira el horizonte dando a entender que Chuck Norris o Steven Seagal son tipos blandos para él. El partido de ayer, con expulsión incluida, es un mal augurio. Teo Gutiérrez es el nueve mentiroso, no porque se tira atrás para empezar como enganche sino porque no le hace un gol ni al arco iris.


Una cosa más. Si Villalva volvió a River creo que hay chances de que el Indio Solari y Skay se arreglen y Los Redondos toquen gratis en la 9 de Julio.     

domingo, 12 de enero de 2014

El post es el mismo

“La música es una rueda. Y se va modernizando, a la vez. Es como un dínamo. Un dínamo tiene cinco contactos, por ejemplo. Cuando giran, van cambiando. Y la música va rotando como el tiempo, invierno, primavera, verano, otoño. Entonces en cada punto de contacto, pasa una cosa distinta. La música es una época. Y cuando va cambiando la época, cambia la música”- Norberto Napolitano, Expreso Imaginario, Noviembre 1981.  

Hola, me gusta mucho una banda de rock y quiero decirlo a los gritos cual adolescente enamorada que talla un corazón en el árbol de una casa de verano en Las Toninas. Eso que sucedía tan a menudo poco tiempo atrás y con el tiempo se convierte en una sensación olvidada. Me refiero a escuchar bandas nuevas, no a tallar corazones en árboles de Las Toninas (actividad que nunca hice y probablemente nunca haré a no ser que mi vida sufra una metamorfosis, un giro inédito, una vuelta imposible y me convierta en una chica de 16 años, preferiblemente rubia y con trenzas). En fin. Ser adulto es dejar de escuchar bandas nuevas. Se escuchan bandas nuevas para asociarlas con bandas viejas y tacharlas del mapa. Se escuchan bandas nuevas para ejercer la ironía y el sarcasmo. Se escuchan bandas nuevas, en todo caso, para decir "sí, la escuché", ante la pregunta en una tertulia esnob, cuando en realidad:
-Apenas pasamos los 30 segundos del primer tema.
-Fuimos al quinto para ver si la cosa seguía igual y de hecho seguía igual.
-Al azar elegimos el tema ocho y adelantamos para saber algo de la lírica. No entendimos si el compositor era un genio o un tarado, aunque estamos más seguros de lo segundo que de lo primero.  
-Finalmente recalamos en el tema 12 con un tres por ciento de esperanzas de que nos guste y de hecho no nos gustó.

Y a eso llamamos haber escuchado una banda nueva. Debo decirlo: ustedes me avergüenzan. En este país, día y noche, hay miles de rockeros trabajando para nosotros. Sólo buscan alcanzar nuestra identificación, seducir a nuestras novias y robarnos nuestro dinero para acceder al submundo de las drogas ilegales y el sexo libre. Incluso a veces leen. Repito: en algunas ocasiones, los rockeros, con el objeto de llegar a nuestros oídos, toman un libro y lo leen. Y después hacen un tema y hasta un disco con el nombre del poeta. ¿Y nosotros cómo respondemos ante esa demostración de respeto? ¡Con indiferencia, con burlas, con discriminación, con bullying intelectual! Imaginen 45 años atrás. Un disco nuevo y un amigo con el corte de pelo de una peluca te pregunta qué te pareció:
-La tapa mucho no me gustó. Un payaso con una sopapa, cualquiera. El primer tema es lento, la voz da medio puto. Después fui al tercer tema a ver si levantaba y era cualquiera, había un coro y unas flautas: eso no es rock ni acá ni en la China. El último tema es malísimo, un tango con una lírica poética así medio berreta, onda Serrat, ¿viste? Ni da para darle otra oportunidad.

Conclusión: gracias a gente como ustedes, en una realidad paralela estilo "El jardín de senderos que se bifurcan", Almendra hubiese naufragado en los Mares del fracaso hasta perderse en el gran Océano del olvido para luego terminar en el gran Inodoro de la cultura internacional. Spinetta se hubiese dedicado a dibujar modelos de autos para Mercedes Benz, es decir que Spinetta hubiese tenido el empleo del hermano de Homero Simpson. Nunca hubiésemos oído una canción que empieza diciendo "Te hallaré en mí como un jarrón". Por otro lado nos hubiésemos salvado de los homenajes de Pedro Aznar a Spinetta, lo que no hubiese estado nada mal, pero en general podríamos hablar de una enorme injusticia. Y todo culpa de ustedes, por supuesto.

La nueva banda en cuestión no sé si es tan nueva (su primer disco data del año 2010). La nueva banda en cuestión tiene un nombre raro, de esos largos y estrafalarios con los que Gustavo Sala hace chistes cambiando las palabras de lugar: Él mató a un robot bajo el agua. ¿Pero acaso no siempre las bandas de rock tuvieron nombres raros? Jamás nos pareció raro que una banda tuviese el siguiente nombre: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Anotación: ser adulto es comenzar a pensar que las bandas de rock tienen nombres cada vez más raros.

¿Qué es lo que diferencia a Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete de todas las bandas nuevas que se amontonan en bandcamp y después pasan a nuestra carpeta de Descargas sin pena ni gloria, al lado de capítulos de series horrorosas llamadas Grimm o Revolution? Básicamente el hecho de que las otras bandas no se pueden escuchar y Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete es una gran banda. Es un chiste. Casi todo es un chiste. No que Miro sea una gran banda, sino que las demás no se pueden escuchar. En resumen, sacando lo de querer ser una rubia con trenzas y que nunca fui una rubia con trenzas, todo es un chiste.

El último disco de Miro, La Humanidad, está repleto de pistas falsas que te hacen sentir en un lugar cómodo y reconocible. Allí están las melodías redondas, la furia de una armónica que parece soplar contra toda la fuerza del viento, las guitarras como campanadas de Iglesia a la "No surprises". Pero en ningún momento la música suena a Beatles, a Radiohead o Dylan. Esas referencias se acoplan al sonido de Miro como viejos ingredientes caseros en una receta completamente nueva. Miro se prueba un pantalón tiro alto y en vez de parecer una ñoña que se viste con la ropa de la tía, es Kate Moss. Y si hay algo que debemos celebrar de esta banda es que en realidad se trata de un Compositor en busca de la canción perfecta, esa vieja costumbre que el rock argentino olvidó. Más atento al look. Enamorado de la idea de letra como mantra. Enamorado de la poética aniñada de cierta corriente con personas de 40 años que escriben como si tuviesen 13. Con dos discos y un ep Ramiro García Morete ya dibujó los trazos esenciales de un imaginario propio, sus canciones siempre cuentan con un plus y se convierten en la banda de sonido de un placentero laberinto del discurso. El Yo sensible e irónico, la temática meta rockera, la nostalgia absurda de los que siempre fuimos viejos, las historias sobre vínculos destrozados. Se nota el talento para elegir las palabras adecuadas de un vocabulario variado y la habilidad para jugar con gracia el papel del loser atávico hasta llegar a ese lugar en el que la cultura rock se confunde con la literatura (en la senda Dylan-Cohen-Waits-Cave y, por qué no, Andrés Calamaro y Manuel Moretti). Y "Muchachos", el último tema de su disco anterior (Los Caminos) es una de las mejores baladas que se compusieron en la Argentina en los últimos 20 años por lo menos.

Escuchen a Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete. Y dibujen un corazón con el nombre de la banda en algún árbol de una ciudad de la Costa.   

domingo, 15 de diciembre de 2013

Indio Solari


Hace poco vi un documental sobre el recital del Indio Solari en Mendoza y estaba lleno de miembros de la facultad de ciencias políticas y sociales. Uno supone que si un artista de rock debe ser explicado por un sociólogo y no por Alfredo Rosso, está en problemas. La distancia que hay entre el fenómeno social y la música es la medida del malentendido.

Desde que se separó de Los Redondos, la música del Indio se mantiene en una encrucijada. Ya no es el rocanrol nacional y popular con el que cargaba pilas mentales la juventud relegada de los noventa. Tampoco es el amuleto predilecto de alguna tribu de iniciados que escuchan música del futuro. Por momentos, entonces, la música del Indio post Redondos parece ser una lanza arrojada al vacío, que no clava en el centro de ninguna sensibilidad representativa. Allí está el meme emblemático, con el Indio en el papel de Bart Simpson mientras pregunta a la clase si no debería estar haciendo canciones nuevas. "Haz lo tuyo", le responden los demás y el Indio canta un fragmento de "Ji ji ji".    

El indio comenzó su carrera solista en el 2004 con El tesoro de los inocentes, pero Los Redondos comenzaron a terminar en Último bondi a Finisterre. Tanto ese disco como Momo Sampler pueden escucharse como obras conflictivas, en las que se advierten las turbulencias burocráticas y emocionales que luego acabarían con la banda. Porque aunque a veces el Indio hable de Skay como un subalterno simpático al estilo Watson ("todos los temas de Los Redondos son míos"), es evidente que el sonido ricotero también pasaba por las manos del guitarrista.   

Justo cuando el Indio enrarece el clima de sus canciones (fines de los 90' en adelante) su lírica se hace más terrenal. Las referencias se vuelven más directas. Aparecen los tafiroles, las pibas de Blockbuster, los tickets de Carrefour, las remeras de Greenpeace. Como sucede con Osvaldo Lamborghini, algunas letras de Los Redondos no parecen estar escritas por un sujeto, sino por una especie de organismo monstruoso. En la era solista aparece el hombre. 

El mito sobre el Indio como recluso legendario y francotirador posmoderno dista de ser real. Exceptuando a Charly García y Andrés Calamaro, no recuerdo un rocker argento del que haya leído tantas notas (y tan extensas). Sé más del Indio que de mis primos. Un outsider es Thomas Pynchon, un tipo del que no se sabe si tiene manos o tentáculos. El Indio es alguien que ha dramatizado inteligentemente (tal vez en forma involuntaria) "el precio de la fama". La anécdota de su hijo Bruno preguntándole en el shopping por qué todos le piden cosas (autógrafos, fotos), contada por el Indio, adquiere matices de parábola bíblica. Como sucedía con Spinetta, la sola alusión a su desdén por las entrevistas en el copete de otra nueva (y ultimísima) entrevista, vacía de sentido lo que se afirma.  

Sin embargo es cierto que cuando uno repasa lo que sabe de la vida del Indio fuera de la música, las imágenes no parecen corresponder al mismo tipo. Y ahí empieza el tan mentado misterio, como cuando vemos una fotografía de nuestra pareja antes de conocernos, con otra gente y otro look. Por ejemplo repasemos las cosas que contó el Indio a Pablo Perantuono en una excelente entrevista para la revista Orsai. Ahí observamos al Indio (igual a Girondo) ciertamente en cualquiera, participando en un corto malísimo con una escena lyncheana en la que se lava la cara y aparece una mujer frente al espejo. El Indio trabajando en una hostería en Valeria del Mar, un trabajo propio de un personaje de Roberto Bolaño en Los detectives salvajes. El Indio de incógnito recorriendo Nueva York, asistiendo a recitales avant- garde en los que hay 25 veces menos público del que él lleva a sus recitales. El Indio en un hospital, oficiando de cura sanador para un fan enfermo y obsesionado con Los Redondos. Y por último tenemos el discurso del Indio, al que hay que seguir muy de cerca para no perderse, por esa extraordinaria capacidad temática-oral, en la que brilla el hombre de la psicodelia, el hippie instruido, el rockero al que no sabemos si calificar como post estructuralista o vende humo, capaz de tirarte la Posta en cada frase. Y su utilización heterodoxa del lunfardo, todo un mundo, con "mantecas (de la experiencia) que hay que untarse" y la idea del artista "añoso", un poco "chúcaro".     

Una de las páginas web que más me gustan es una cuenta de Youtube donde alguien sube las canciones de Los Redondos y del Indio Solari subtituladas. Los videos no tienen un detalle estético impactante, simplemente lo que vemos es una pantalla en negro y las letras en blanco, como si todo estuviera hecho a propósito para que lo que resalte sea la palabra. Y el resultado es efectivo porque después de tantos años de escuchar, mirar esos versos que sabemos de memoria los carga de un efecto de extrañamiento en el que el Indio llega a las alturas de su propia mitología. 

Pajaritos, Bravos Muchachitos es el nuevo disco del Indio. Hay algo de rock anglosajón para estadios de fútbol en toda la carrera solista del Indio. No es que la música de Solari necesite de un estadio para cumplir su cometido, es que no da la sensación de poder ser disfrutada en el living (lo que no es necesariamente malo, por supuesto). Pajaritos, Bravos Muchachitos sigue esa línea pero los temas son más melódicos. Es un disco parejo y se destacan especialmente tres temas. También podría haber elegido "Amok Amok" o "Beemedobleve":

1) Empieza con el bizarro "A los pájaros que cantan sobre las selvas de Internet". Un órgano en plan macabro se suma a la marcha de la guitarra y la batería hasta que irrumpe el loop de unas voces que parecen rugbiers enojados haciendo el HAKA. Según todas las reseñas la letra alude a la fauna twittera y adquiere tintes paranoicos cuando el Indio pone su mejor voz de demente y grita: "Tumbados en mi techo, ¿de dónde podrán ser?, los lindos pajaritos muertos".   

2) "La pajarita pechiblanca" cierra el disco muy arriba, con el Indio amable y despojado, jugando con los registros de su voz. El tema es automáticamente importante por contar con el acompañamiento de Sergio Dawi, Walter Sidotti y Semilla Bucciarelli (que es pintor y en una entrevista dijo que no se sabía bien las letras del Indio). Aunque no se relaciona directamente por su sonido, la frescura de la canción evoca los aires de "¿Lobo estás?" y podría ser un hit veraniego. Suena a permitido en medio de una dieta de rock serio e inteligente. Con aire circense, levemente cabaretero, aplausos y risas coronan una melodía pegadiza y una letra delirante: "Vagabunda, los mocos me sonó/ Fracasó como lesbiana/ Y así me profanó".   

3) El tema que pelea para ingresar en los charts ricoteros es "Había una vez", un rock pop que va al grano, sin esa pared de sonido industrial, tan gris e infranqueable, que recorre todos los discos solistas de Solari. No hubiese desentonado en Los Redondos noventosos pre-Último bondi. La letra surca los lugares básicos de la canción de amor con algunos destellos notables, como cuando el Indio se permite una descripción existencial y anímica y resume: "Vengo cínico, fóbico, crudo, hervido y asado por vos". Pero la frase con destino de trapo llega al final. Es esa clásica mezcla entre cursilería y eslogan, declaración de principios y sabiduría pop que hizo del Indio un tipo que se permite decir en una entrevista "El patrón de mis ondas cerebrales me manda mensajes inciertos":

Con los puños en alto
deseando al final
hacer la revolución
con una canción de amor.


Hace poco salió un nuevo disco de Paul McCartney. Me pareció tan bueno que pensé que en cierta forma es tranquilizador saber que en algún lugar del mundo, a esta misma hora, un tipo que estuvo en Los Beatles sigue componiendo canciones. Como si esa fuera la prueba de que los creadores del universo estético que nos educó todavía tienen La Llave. Esta última estrofa de Solari me hizo pensar lo mismo.