El día que Spinetta reunió a sus bandas eternas también estableció su
canon personal. Los invitados fueron innumerables. A medida que fue avanzando
la noche Spinetta elegía palabras cada vez más extremas para describirlos:
"genio", "perla", "talento", etc. Cuando se quedó
sin adjetivos empezó a repetir y convirtió todo en un stand up rockero muy
gracioso. Gustavo Cerati fue un mundo aparte. No por mejor, sino por distinto
(en caso de que fuese el mejor, jamás lo diríamos). O mejor dicho: por
distinguido. Entre la mística, el derrape y el habitual quilombo del "rock
nacional", Cerati daba la impresión de ser un tipo que se fue a Europa, la
hizo bien y vuelve al barrio para comerse un asado con los amigos. No era un
rockero más, sino alguien al que la palabra "perfección" le quedaba
chica: su guitarra sonó como los dioses, su voz se escuchó como en los discos,
su semblante de guitar hero era el del poster. En el contexto de Soda Stereo o
en el recital spinetteano cargado de emotividad, Cerati encajaba y era la pieza
más sofisticada del engranaje. Pero ese mismo profesionalismo, pasado de rosca
y en escenarios menos favorables, fue el que durante algunos tramos de su
carrera solista lo alejó de la gente. Por eso la devoción generalizada hacia
Cerati viene con delay: recién cuando está a punto de morir, su figura alcanza
el grado actual de interés social. Cerati siempre fue masivo: aunque sea a
partir del segundo o tercer disco de Soda su éxito fue categórico. Pero nunca
fue, por utilizar una palabra horrible que no sé si existe (y si existe no
debería existir), "movilizante", en el sentido que lo son Charly
García o el Indio Solari, es decir, aglutinador de sentimientos genuinos que
van más allá de la admiración o el enamoramiento platónico o la compra de
discos.
Durante su apogeo, Soda Stereo vendía más discos que nadie y llenaba
estadios en toda América Latina, pero nadie escribía su nombre en los paredones
simbólicos del gusto popular argentino. La ortodoxia rockera siempre miró a
Cerati de reojo porque sintió que le faltaba mugre: hijo de una familia
acomodada, ex estudiante de Publicidad, con esa pose decadentista, entre la
indiferencia y el desprecio por todo lo que pasara fuera de su nube, Cerati,
digamos la verdad, podía deslumbrar a nuestra homosexualidad reprimida y
embobar a las chicas que nunca nos dieron la hora, pero no le caía simpático a
nadie. Ni siquiera a Zeta Bosio y Charly Alberti, a quienes en los últimos años
de la primera (y en realidad única) etapa de la banda, apenas les dirigía la
palabra. La verdad es que nos gusta querer a nuestros ídolos porque pasaron
desventuras, porque se suponía que no deberían llegar y "ahí están",
porque vivieron en pensiones y almorzaron aciagas albóndigas con arroz en
oscuros piringundines del conurbano. Cerati, en cambio, era lindo, cool,
siempre estuvo en la cresta de la ola y si no lo estaba, parecía que sí.
Tampoco se victimizó ni ventiló miserias de su vida privada para recibir el
guiño del pueblo ni inventó un pasado de penurias para congraciarse con sus
fans. Su combo personal era tan inalcanzable para el ciudadano medio que no
lograba identificación. Los fans de Soda decían "Hey, hey, hey"
cuando la banda tocaba los temas más emblemáticos... Lo paradójico del caso es
que logra la ovación de todas las tribunas cuando ya no lo puede percibir.
Conozco individuos con el corazón redondo y el alma de ricota
avergonzados por haberle deseado la muerte, enterados por fin de que era mejor
que no se murieran ni Luca ni Cerati ni nadie, capaces incluso de reconocerle
sus habilidades como guitarrista y hasta algún que otro track de Canción Animal. Es que el ACV de Cerati
dejó en off side a todo el arco opositor: ¿y ahora quién es el enemigo de la
barbarie? Venir de Cerati y terminar en Chano es como tomarse un colectivo en
Londres y bajar en Mar de Cobo (con el respeto que tenemos por Mar de Cobo los
que no conocemos Londres). Tan distinguido es Cerati que Fuerza Natural, su último disco, es el mejor de su carrera solista.
Un viaje en el que el folck cósmico se confunde con el folclore y cada tanto
asoma la vena lírica de Spinetta distorsionada por el ochentismo: Cerati es un
continuador de Spinetta por otros medios.
En "El milagro secreto" Borges concibe a Jaromir Hladík, un
escritor judío condenado a muerte durante la época del nazismo. Hladík cuenta
con una obra inconclusa, Los enemigos,
y la noche anterior a su fusilamiento le pide a Dios que le otorgue un año para
terminarla. Dios finalmente le concede el deseo: el tiempo efímero (tic tac
efímero) que pasa entre la orden y la ejecución del fusilamiento dura un año en
su mente. Lo mejor que podemos pensar sobre Cerati es que le haya ocurrido (que
le esté ocurriendo) el milagro secreto pero al revés: que los 3 largos años de
coma inducido, en su mente hayan durado sólo un segundo.






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