sábado, 27 de junio de 2015

La historia de Tevez


El otro día me colgué viendo la “historia de Tevez”, un compilado breve de su carrera en Boca, Brasil y Europa. Ahí me di cuenta de tres cosas:

1- Que la mayoría de los goles de Tevez son golazos.
2- Que lo mejor de cuando baila es su cara.
3- Que me había olvidado de varios de los despelotes extra futbolísticos que tuvo: pelea a piñas con un compañero del Corinthians, pelea con Ferguson, pelea con los hinchas del Manchester United cuando pasó al City, pelea con Mancini, pelea con los hinchas del City.

Cualquier otro jugador, por más bueno que sea, hubiese sucumbido mediáticamente ante ese itinerario tempestuoso. Tevez, afortunadamente, no.

Se suele comparar a Tevez con Maradona, aunque sea en la naturaleza de sus actitudes. Y Tevez tiene algo de la actitud clasista y combativa de Maradona pero sin el componente político. Antes del partido contra Italia jugado en Napoles, en el Mundial 90, Maradona dijo que recién ahora los italianos se daban cuenta que Napoles quedaba en Italia. Se refería a la encrucijada nacional entre el Norte y el Sur. Tevez le gritó un gol en la cara a Ferguson con la camiseta del City. Se refería a la encrucijada personal entre él y Ferguson. Son actitudes similares con la diferencia de que en un caso las repercusiones se limitan al fútbol y en el otro lo exceden.

Hay una estética de la honestidad, basada en la ausencia de filtros para expresarse, que Tevez representa y que gusta mucho a los espectadores de fútbol. Ese mismo comportamiento Tevez lo traslada a la cancha, donde suele ser un jugador explosivo, que aterroriza a los defensores con una gambeta efectiva y un remate violento de media distancia que lo convirtió en ídolo de sus Clubes. Al mismo tiempo, hinchas de los dos Manchester tiraron sus camisetas a la basura en reproche a algunas de sus actitudes. Es como si Tevez estuviese condenado a vivir en extremos: de Fuerte Apache a Londres, de ídolo a villano, del Manchester United al Manchester City.  

Hay algo significativo en Tevez y es su resistencia a ser colonizado por la subjetividad europea. De hecho su vuelta a Boca, en un momento de esplendor de su carrera, remite a ese estoicismo. Puede usar tatuajes y gel, pero mientras los demás jugadores argentinos se muestran escandalizados ante el evidente bardo que es el fútbol argentino, Tevez, contra todos los pronósticos, decide volver al bardo.

Ayer Agüero hablaba de “América” como si fuera un conquistador del Siglo XV describiendo un mundo exótico y primitivo.   

A diferencia de otros jugadores de la Selección, de igual pasado humilde y presente multimillonario, Tevez todavía logra entablar identificación con el público. No importa si quien lo reemplaza hace un buen papel o si cuando juega no se nota, el público, aunque sea una gran parte de él y no necesariamente hinchas de Boca, quiere que Tevez siempre juegue en la Selección.

Antes del Mundial 2014 existía la equivocada sensación de que a Tevez nunca le habían dado una oportunidad en la Selección. Sin embargo Tevez terminó siendo titular tanto en el 2006 como en el 2010. Es más de lo que muchos jugadores de la historia del fútbol argentino pudieron hacer. Bochini, por ejemplo, sólo jugó unos minutos contra Bélgica en el 86. Riquelme jugó un solo Mundial. Pero el absurdo no termina. Cuando la Selección perdió la final con Alemania muchos salieron a decir que con Tevez ganábamos. La Selección llegó a la final de un Mundial después de 24 años y sin Tevez pero una extraña lógica contrafáctica indicaba que con Tevez (que, repito, ya había jugado dos mundiales que la Selección había perdido contra los mismos fucking alemanes pero en Cuartos) ganábamos.

Por su actualidad futbolística Sabella debió haber convocado a Tevez el año pasado. Muchos se siguen preguntando por qué no lo llevó. ¿Nunca se dieron cuenta de que Tevez es un tremendo bardero? Y lo digo con la simpatía que me causan muchos de sus bardos. Un equipo de fútbol también es un grupo de seres humanos que se tienen que llevar bien. Simplemente Sabella debe haber visto el partido contra México del Mundial 2010 en el que Tevez manda a la mierda a ¡Maradona! porque se anima a reemplazarlo y debe haber preferido que Lavezzi le “acabe” una botella de agua en la cara. Es una opción menos riesgosa. También debe haber pensado en las peleas con Ferguson y Mancini. Es decir, la realidad indica que tener a Tevez en un plantel es beneficioso sólo cuando está adentro de la cancha. Pero a veces hay otros jugadores que merecen ser titulares tanto como él. Y finalmente ocurre algo extraño: aunque sus virtudes lo destacan del resto, parecería que los entrenadores de la Selección (aunque sea Pekerman, Batista y ahora Martino) lo ponen porque no les queda otra. Esa es la verdadera historia de Tevez, aunque sea en la Selección. Hasta ahora, claro.  

***

Ayer Tevez hizo el demorado penal del triunfo y Argentina pasó a semifinales de la Copa América. El mito dirá que Tevez necesitaba errar el panel en el 2011 para poder convertir el de ayer. Me gustaría que la misma paciencia que le tienen a Tevez se la extiendan a Messi, que hace cosas extraordinarias cada vez que la toca. O por qué no a Martino, que acaba de iniciar su ciclo y todavía no pasó ningún “papelón” importante. Hay una histeria permanente ligada al fútbol que no tiene ningún anclaje en lo que sucede en los partidos. El equipo suele jugar muy bien los primeros tiempos y se desinfla en el complemento. Además se pierde muchos goles (peor sería que no hubiese situaciones). Los cambios no aportan mucho. Eso es lo único que se puede decir del equipo de Martino, que apenas tiene cuatro partidos oficiales en la Selección. Abrazo de gol. 

lunes, 22 de junio de 2015

Creo que hace diez años que existe este blog



Hubo un momento en que casi me paso a Tumblr pero entrar ahí era definitivamente más complicado que concluir un trámite en Afip. Había una burocracia digital a la cual mi mente ya no sabía adaptarse.  

Cuando empecé a escribir en este blog (si a eso le podemos llamar escribir) los suplementos culturales debatían sobre el rol de los blogs. Incluso los escritores, algunos, opinaban en contra o a favor (los menos) de los blogs. Había muchas bloguerías. Uno podía ser de Blogger, de Wordpress. Bueno, en realidad sólo recuerdo Blogger y Wordpress pero había muchas (la mayoría horribles). Blogger es medio berreta. Blogger es Axe y Wordpress tampoco es la gran cosa. Es Rexona o Nivea.

Esa pelotudez que acabo de escribir sobre Axe y Blogger no es sólo porque soy un pelotudo simplemente quería describir, a través del ejemplo didáctico, cómo eran los posts de la mayoría de los blogs de hace diez años. Ahora tratan sobre cosas más interesantes como Messi y remeras de Spinetta en sacerdotes de Canal 13. También los posts ya eran apologías de la autoconsciencia.

Las entradas más visitadas me recuerdan desde hace un tiempo que yo escribí en contra de Abzurdah, el libro de Cielo Latini en el año 2007. Si me acusaran de un homicidio cometido en el año 2007 lo único que podría usar como coartada es que escribí un post sobre Abzurdah. No me acuerdo de nada. Además el post es en contra. Ni siquiera sobre, en contra. Recuerdo que a algunas fans de Cielo Latini les molestó y me escribían mails intimidatorios. Mails intimidatorios de fans de Cielo Latini, qué época. Lo peor es que tenían razón. Ahora nadie dice nada malo de nadie. Ya todos estamos cansados de las discusiones de facebook sobre si el PJ es o no es algo que nadie va a saber jamás. ¿Hay que escribir un post sobre Randazzo? ¿Sobre la desilusión como tendencia histórica del peronismo de izquierda y sus efectos en la política del gobierno de Scioli? Por supuesto.    

Con material de este blog publiqué tres libros. La idea ni siquiera es mía, es un mal de la época, como ver series y buscar videos en YouTube. Este blog es como una casa. Ahí están las paredes, pintadas ya no sé de qué color (porque escribo en Word), los títulos, que son como grandes edificaciones simbólicas de las que se cuelgan las palabras. Creo que releí mucho a Ballard.    

Siempre me hago una pregunta: ¿si yo tengo un blog quiere decir que alguien, en algún lugar del mundo, todavía tiene un fotolog o un Tamagotchi? Tengo la extraña sensación de estar atrapado en algún tipo de atesoramiento anacrónico. Sayonara.


martes, 16 de junio de 2015

Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Uruguay


Tener uruguayos en tu equipo es tan bueno como que no los haya en tu rival. Y si el plantel entero de rivales es uruguayo las complicaciones son múltiples. A Uruguay raramente se le va a ganar por goleada o con total claridad. Aunque hubo una época en la que el clásico entró en decadencia (durante los noventa y principios del dos mil) y Argentina y Uruguay sólo empataban. Probablemente hayan empatado dos veces pero a mí me quedó esa sensación, como la de que todos los River vs. Argentinos Juniors de la última fecha estaban arreglados. En fin.

Que haya un técnico que le da la titularidad a Pastore es buena noticia. Pastore es un error de la Matrix o algo así. Ahí debería haber otro jugador, más acorde a los tiempos modernos, sin embargo aparece Pastore y es una vindicación de Riquelme demasiado rápida para poder entenderla. Sus pases entre líneas, su cuerpo espigado y somnoliento intentando escapar, sofisticadamente, de sus marcadores. En el imaginario de Huracán Pastore es algo así como el hijo de Houseman, o sea: Jesucristo. Y para coronar la buena noticia Pastore no sólo juega de titular sino que además lo hace muy bien. Porque suele pasar que cuando estos  jugadores extraños y geniales logran ingresar a un equipo titular de la Selección no pueden mantener la titularidad y son reemplazados por tipos más polifuncionales y efectivos como Maxi Rodríguez (que también me parece un jugadorazo). Pero hoy Pastore se destacó en un equipo en el que Messi jugó un gran partido.

Da la sensación de que ahora hay más predisposición al juego vistoso que antes. De hecho cuando entró Tevez intercambió un par pases con Messi. La indicación de esta escena comprueba las pocas veces que sucede. El ingreso de Biglia por Banega (que había jugado un primer tiempo extraordinario con Paraguay) le otorgó al equipo el famoso “equilibrio”, término bajo el cual el periodismo deportivo señala la existencia de equipos que evitan el desparpajo, la espontaneidad, la individualidad, el riesgo y una serie de cosas sin las que el fútbol es una mierda. De todos modos el mediocampo desierto del 2-2 con Paraguay fue un error interesante para detectar la forzada indignación de un “mundo del fútbol” que quiere convertir todo en un “escándalo” o “papelón”.

Di María está medio peleado con la pelota pero siempre deja relucir su picardía en todo lo referido a la parte “ilegal” del fútbol. Es muy evidente su habilidad para fabricar faltas y a veces con eso compensa cierta desprolijidad propia de su estilo. Por supuesto nadie busca estadísticas propias de Iniesta en Di María. Biglia sigue rindiendo, como una especie de peón secreto que tal vez comience a ser reconocido como un discípulo de Mascherano. El ingreso de Zabaleta comprobó que no había nada que retocarle a la defensa del Mundial (se entiende el ingreso de Otamendi para curtirlo en un puesto y un momento en el que Demichelis es un jugador veterano).

Argentina dominó ampliamente el primer tiempo. Uruguay basaba sus expectativas en utilizar los laterales como córners. Argentina manejaba la pelota y llegaba con bastante claridad pero las dificultades para llegar al arco eran importantes. Si no llegaban a interceptar la jugada, los uruguayos cortaban con falta y eso comenzó a crispar los nervios de los argentinos, entre ellos Mascherano. El partido se puso chivo, los jugadores se puteaban y daba la impresión que alguno se iba a ir con diez. En ese clima (con Martino expulsado) la propuesta de Argentina perdió protagonismo. Esa dinámica de juego continuó en el comienzo del segundo tiempo. En un buen tramo de la primera parte Argentina había sido un grupo de jugadores organizados que recreaban la vitalidad de un cuerpo enérgico y libre. En el complemento la disposición de los jugadores en la cancha se retorció, formando un nudo táctico que impedía el avance del equipo. Sin embargo la lucidez de Pastore para inventar espacios permitió el centro de Zabaleta y el cabezazo de Agüero, que había estado desaparecido y fastidioso. Uruguay pudo haber empatado pero el triunfo argentino es muy merecido.

A todo esto Messi está sólido. Le queda mejor la camiseta. Pocas veces lo vi jugar en la Selección con este nivel de confianza. Está rápido, no se deprime, gambetea, se muestra, incluso mejoró su pegada con respecto a hace ¿dos meses? Me hace pensar en la épica del antihéroe y ese tipo de cosas. Nunca es tarde para ilusionarse con Messi. Total el que tiene que sublimar todas nuestras miserias cotidianas es él. Nosotros no podríamos hacerlo de ninguna manera, sino ¿quién fabricaría miserias cotidianas?  

El Maestro Tabárez, sentado en el banco, con su piloto y su bastón, parecía un actor italiano interpretando un personaje de Fontanarrosa.




lunes, 8 de junio de 2015

Un sacerdote con la remera de Luis Alberto Spinetta


¿En qué lugar del mundo las monjas comparten casa con un sacerdote sexy? En una serie de Polka.

A y B comparten un gran secreto que involucra a C. ¿En qué lugar del mundo A y B hablan en voz alta y con lujo de detalle del secreto a pocos metros de C, que interrumpe la escena y pregunta de qué estaban hablando? ¿Y en qué lugar del mundo, C, estando tan cerca y con sus oídos en funcionamiento, jamás puede escuchar lo que hablan A y B? En una serie de Polka.

Las series de Polka giran en torno a uno o dos problemas generalmente relacionados con la identidad. Más en tono de ligera comedia shakesperiana que de denuncia social. Alguien (el protagonista) dice ser quien que no es. La distancia entre una y otra identidad es la medida del malentendido cómico, que a la vez puede ser tratado como un drama. Hay malos de clase alta. A veces son excéntricos y la interpretación de tal característica generalmente resulta afectada, lo que diluye la verosimilitud de la típica novela costumbrista. Hay algo artificial en esos papeles y el programa aprovecha para generar una dinámica cómica más incisiva y absurda. En los últimos años se puso de moda hacer actuar a famosos, generalmente cantantes.

Según tengo entendido Polka genera estas series como si fueran artefactos perfectamente diseñados por una máquina narrativa pigliana. Los actores, los modos de hablar de los personajes, las locaciones, los conflictos: quienes no vemos estas series tenemos la sensación de que siempre son la misma pero con diferente nombre. De hecho los títulos de las tiras no varían demasiado. “Corazón”. “Esperanza”. “Mía”. “Mío”. “Amor”. Esas cinco palabras forman parte del campo semántico mágico de los creadores. 

La crítica de espectáculos sólo prestigia los unitarios de Polka, los que protagoniza Chávez y generalmente ganan el Martín Fierro de oro.

Supongo que las series de Polka también pueden ser graciosas, no llegan al nivel de cursilería de Estevanez. De chico yo vi Rodolfo Rojas DT y Gasoleros. Suelen robarse actores de la escena under y/o cinematográfica para subir el estatus de su reparto. La repetición de la fórmula, por otro lado, es el talón de Aquiles de la comedia televisiva en general.

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Recién estaba haciendo zapping y vi a Mariano Martínez con una remera de Spinetta.  Es una foto muy conocida, una de esas emblemáticas, con su rostro en primer plano. De principios de los 80. El exceso de  canonización de Spinetta, con las estatuas, los homenajes tributo, los recitales tributo, los discos tributo, llevó a que ahora se lo etiquete como “Música para sacerdotes”. Spinetta llegó a cantar “No tengo más Dios”. Bueno, era el año 1972. 

La serie se llama Esperanza Mía y Mariano Martínez hace de sacerdote. Vive en un convento (o eso creí entender) junto a monjas. Entre ellas Lali Espósito que en realidad se hace pasar por monja. Al mismo tiempo, Gabriela Toscano es su madre y también es monja y justo vive en el mismo convento que ella, su hija. Lali no sabe que Gabriela Toscano es su madre. Ana María Picchio sí. No alcancé a entender si Mariano Martínez esconde algún secreto, es de suponer que no sea sacerdote o que sea el hermano de Lali. Otra que parecía esconder un secreto era Rita Cortese.

Lali Espósito tiene algo del carisma barrial de Natalia Oreiro. Además es cantante y por lo visto tiene muchos admiradores. En un video de YouTube cuenta  que en la fiesta de la revista Gente conoció a Charly García. Charly le preguntó quién era y ella respondió: “Hago Música”.

Charly sentenció: “Ya está hecha”.


sábado, 6 de junio de 2015

Está por empezar el partido


Nunca conecté con la costumbre del Siglo XXI, consistente en seguir el fútbol europeo casi con el mismo nivel de concentración que habitualmente se utilizaba para el campeonato local. Debe ser porque no considero al fútbol una de las bellas artes ni la octava maravilla. No podría explicar racionalmente por qué el fútbol y no el básquet o el tenis, que también son deportes atractivos y con un gran componente azaroso que favorece la expectativa del público. Tal vez soy muy consciente de que un alto porcentaje de mi obsesión con ese deporte (y con River en particular) se debe a factores emotivos: la cercanía con mi viejo, la infancia y la adoración por ciertos jugadores emblemáticos, etc.

Un buen ejemplo de qué pasa con el fútbol cuando no existe el factor emotivo se puede ver en un capítulo de los Simpsons. México y Portugal juegan para determinar cuál es el país más grande del mundo (la serie profundiza el sinsentido del fenómeno) y el relator yanqui analiza el partido como una serie ininterrumpida y soporífera de pases horizontales en el medio de la cancha.

Las leyendas sobre míticos bateadores de beisbol que vemos en películas de micro de larga distancia no son tan diferentes al rito de la palomita de Poy, al gol de Palermo en muletas o a la vaselina de Rojas.   

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La hermenéutica kirchnerista descubrió en las recientes PASO que a la hora de elegir un candidato el electorado decide más por cuestiones afectivas que ideológicas. En esta era de secularización del fútbol, en la que los partidos parecen revelarse como poco más que cartón pintado y se hace necesario bajar un cambio ante el avance de la violencia simbólica y fáctica, tal vez sea interesante considerar que el fútbol no es superior estéticamente a ningún otro deporte (como ningún otro deporte es superior al fútbol).

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Partiendo de la base de que influyen más los motivos emocionales que los estrictamente deportivos es que esta fascinación por el fútbol europeo siempre me pareció cercana a la tilinguería. La misma que se puede rastrear cuando un superclásico termina en escándalo y el principal problema es lo que van a decir de “nosotros” en el exterior. O cuando los Capos de la FIFA andan flojos de papeles y la noticia se transmite en cadena nacional y con ese impostado tono de tragedia, como si el chanchullo de Blatter y Cía. fuese a afectar seriamente el funcionamiento de los hospitales y las escuelas del país.

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No es que no me atraigan los colores de la camiseta del Arsenal, el césped sintético del Nou Camp o la imperturbabilidad de los hinchas del Bayern. Es que básicamente todo eso me chupa un huevo. Puedo disfrutar con un golazo o un buen partido de la liga X de Europa, incluso con el partido de hoy, pero ninguna de esas cosas me puede llegar a conmover. Y es muy probable que uno haya sido el equivocado al idealizar un  supuesto mundo en el que lo que realmente importaba era lo que nos conmovía, no lo que era “bueno” o “espectacular”.        

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Pero hay algo que me llama la atención de los indignados del fútbol político, atentos a los pasillos de la Conmebol y al móvil desde Zurich, y es que no ven una conexión entre la FIFA y lo que más les gusta, es decir, el fútbol, con el Mundial por un lado, y el partido “que hay que ver”, Barcelona vs. Juventus, por el otro.

Si hay algo que representa a la FIFA como país imaginario es un partido como el de hoy. Barcelona vs. Juventus sería el superclásico del país FIFA. El que quiera creer que la Juve, por enfrentarse al Barcelona y tener en su plantel un Tevez y un tucumano, es un equipo humilde está mirando otro canal. Por si alguien no se acuerda hace menos de diez años la Juve fue descendida por casos de corrupción no muy distintos a los que hoy agobian a los amigos de Grondona.

¿Y qué podemos decir del Barcelona? Es algo así como la Nueva Roma del fútbol. La existencia de Cristiano Ronaldo y su antagonismo con Messi convirtió al Real Madrid en un club antipático. Muchas veces en los últimos años se lo criticó por basar su poderío futbolístico en su incalculable fortuna. Así cualquiera. Y estoy de acuerdo. Ahora bien ¿qué se puede decir de un equipo que cuenta con Messi, Neymar y Suárez? ¿Representaría algo así como el espíritu amateur en el fútbol? ¿Traducidos al fútbol argentino serían Deportivo Riestra? ¿Esa es la última esperanza del fútbol? ¿Una multinacional catalana que puede contar con el mejor argentino, el mejor uruguayo y el mejor brasileño mientras las ligas de los países de esos mismos cracks no tienen un solo tipo que exprese futbolísticamente el diez por ciento de ellos?

Y ahora mejor dejo de escribir: está por empezar el partido.


domingo, 31 de mayo de 2015

Aimar es Aimar


Hoy fui a comer a la casa de un amigo hincha de Boca. Durante el almuerzo y la sobremesa intercambiamos las típicas escaramuzas que se dan entre amigos de clubes diferentes en un momento tan crítico del universo Superclásico. Creo que estamos en un país en el que es más importante hablar de fútbol que mirarlo. A mí particularmente me encanta hablar de fútbol. Soy capaz de arruinar reuniones concurridas recordando que Maisterra jugaba en Platense y Ramón Díaz y la Copa Interamericana y algo que ya me olvidé pero era lo importante de esa historia. Mi mente es una serie de archivos con partidos, jugadores, goles, canchas. La cuestión es que antes de despedirme le recordé que hoy River jugaba a las seis y media y que tal vez ingresara Aimar. La respuesta fue tan positiva que sentí que le había dado una buena noticia. Creo que ningún otro jugador de River (y menos de este River) puede provocar actualmente un sentimiento parecido en un hincha de Boca.

Riquelme, Aimar y Cambiasso de alguna manera podrían protagonizar una película noventosa sobre tres hermanos en busca de su destino. Son jugadores que, a pesar de sus diferencias, pertenecen a Pekermanlandia y evocan el mismo campo semántico: técnica, lirismo, psicodelia, Color Humano. Riquelme fue el más genial y el más bardero. Cambiasso fue el que mejores logros obtuvo. Aimar quedó a mitad de camino. Acosado por las lesiones, que le provocaron periodos de inactividad demasiado extensos, Aimar fue perdiendo terreno y descansó del ojo mediático en la liga portuguesa, jugando para el Benfica, con algunos momentos brillantes. Entre el éxito en el Valencia y el Bénfica llegó a descender con el Zaragoza.

En Alemania 2006 Pekerman lo eligió para sobrevivir al alargue contra los mexicanos. Intercambió algunas paredes con Messi, que lo reconoció como su ídolo. Aimar es a Messi lo que Federico Moura a Cerati. ¿Aimar es el eslabón perdido entre Maradona y Messi? Puede ser. Por qué no.   

Fuera del terreno de juego lo que atrae de Aimar es su sensatez. Su particular modo de elegir las palabras y conformar un discurso sólido, absolutamente consciente de su lugar, no en el fútbol, sino en el mundo. La mente de Aimar, aunque sea lo que traduce su voz en entrevistas, me parece algo tan sofisticado como su juego. No hablamos de Barthes, claro, tampoco quisiéramos, pero Aimar sabe de lo que habla y el resto no. Y no es la famosa tilinguería de “estuvieron en Europa y fueron reeducados por el Viejo Continente”, es que al tipo se le nota que es un ser humano.


Después del partido del jueves, en el que River jugó algo así como su mejor partido en la historia reciente de Copas Libertadores, el regreso de Aimar redondeó una noche en la que el equipo pasó dificultades para ganarle a Central. Igual el partido me importó poco teniendo en cuenta que volvía Aimar. Creo que Vignolo y Fabri no le prestaron realmente atención a las cosas que hizo Aimar. Sí se enteraron que Gallardo le dio un beso y que un juez de línea le dio un beso: la energía que rodeaba el regreso perdía de vista el partido. En las menos de diez pelotas que tocó Aimar expresó un domino técnico sublime. Todo lo que hizo fue de una sabiduría tremenda, con un don intacto para el repentismo, como si con muy poco le alcanzara para hacer la diferencia. Lo mismo que se percibía de Riquelme en Argentinos Juniors. Aimar es uno de esos jugadores que nos enorgullece haber defendido. No es que sea Messi ni Tevez, pero como dirían en el barrio: Aimar es Aimar.    

martes, 26 de mayo de 2015

Nos sabíamos las letras de todas las canciones aunque no nos gustaran


Me compré el primer disco de Molotov gracias a una súper oferta de Musimundo. Lo vendían en formato casete a catorce pesos junto a Maderita de Los Visitantes y Una pila de vida de Turf. En esa época escuchábamos discos enteros y nos sabíamos las letras de todas las canciones aunque no nos gustaran.  

A la distancia recuerdo el primer disco de Molotov como todo lo que quiere un niño de catorce años y aún no sabe cómo explicarlo. En el Industrial a todos nos gustaba Molotov y comentábamos diariamente sus canciones sobre putos, perras arrabaleras, personas llamadas Tete que aparentemente merecían la muerte y personas llamadas Jacobo que no debían convertirnos en bobos. Se trataba de un rock musculoso, mezclado con rap tercermundista de denuncia social, una traducción caótica y al spanglish de Rage Againts the Machine y los Chili Peppers menos sensibles. Y después estaban los músicos de Molotov, que estéticamente funcionaban como su música: unos tipos deliberadamente desagradables, con aspecto de haber fumado marihuana en una habitación sin puertas ni ventanas durante los últimos quince años. Y uno era yanqui.

El disco se llamaba ¿Dónde jugarán las niñas? y hacía alusión al título de uno de Maná: ¿Dónde jugarán los niños? Con el detalle del cambio de género Molotov convertía el cuidado por la ecología en una provocación sexual incorrecta. La fotografía del arte de tapa mostraba las piernas de una muchacha que, llevando el uniforme escolar, tenía la bombacha a la altura de las rodillas. El contenido discursivo de las canciones, impulsado por sus envolventes estructuras rítmicas, cuestionaba todo tipo de poder (de la clase política a los medios hegemónicos) pero también caía en los vicios del machismo y la homofobia. Casi podría decir que por eso mismo nos gustaba.


¿Dónde jugarán las niñas? es un disco histórico y genial pero, como muchas otras obras cumbres del rock, sólo puede ser entendido desde la agitación cavernícola de la adolescencia y en una época determinada. Actúa como Vida, de Sui Generis, pero desde el lado oscuro de la fuerza. Recién Molotov cerró los festejos por la Revolución de Mayo. Cuando tocaron “Puto” sentí algo muy similar a la madurez. 

viernes, 22 de mayo de 2015

River/Cruzeiro. Ida



El amargo 0-1 ante Cruzeiro actualiza el estado futbolístico de River después del fiasco de la trilogía. La verdad es que River es un equipo en transición desde fines del año pasado (cuando ganó la Sudamericana ya lo era). Pero si hasta hace poco todavía hacía muchos goles y generaba circuitos de juego (esporádicos pero existentes al fin) ahora llegar al arco contrario constituye una proeza.

Después de la goleada aplastante contra Banfield (un espejismo a esta altura) River jugó seis partidos de los que perdió tres, empató dos (uno por la mitad) y ganó uno. La sequedad ofensiva es tan alarmante que en esos seis partidos pudo marcar sólo un gol y de penal. Ante la ausencia de juego River se acostumbró a imponerse a la fuerza, con iguales cuotas de fortaleza de espíritu y brusquedad. La forma incómoda en que se definió la serie ante Boca parece haber vaciado al equipo incluso de esa energía alternativa que le permitió sobreponerse a situaciones similares. No hubo envión anímico ni revitalización de algún tipo después del fallo de la Conmebol. La eliminación “de escritorio” sufrida por Boca supone un atisbo de justicia poética luego de su polémico ingreso a la Copa; podríamos suponer que el pase a cuartos de River, por las mismas vías, hoy parece condenarlo de antemano. No sólo el equipo se mostró apagado sino también el hincha, como se encargó de remarcar Niembro durante toda la transmisión, casi con el detallismo con que James Ballard describía accidentes de coches en Crash. River eliminó a Boca en la cancha, pero lo hizo consciente de sus limitaciones, concentrándose más en neutralizar al rival que en proponer juego.

Desde el principio Cruzeiro ubicó a sus centrales muy cerca de la mitad de la cancha y dificultó la salida de River encarnando así una nueva venganza del pressing. Desde su formación el equipo de Gallardo se asumió como un equipo vertical sin pretensiones de poseer el balón: Mora y Teo arriba y Vangioni y Mamanna (de excelente partido pese a la falla en el gol) sumándose a los avances de Sánchez y Martínez. Para que ese planteo funcione debe haber una efectividad y una resolución en velocidad que River está cada vez más lejos de tener. Por algo se pasó la primera fase de milagro y contra Boca fue de punto. Antes Sánchez otorgaba despliegue y gol. Ahora se dedica a embarullar las jugadas, atascado en una posición intermedia que no le sirve ni a él ni al equipo. Rojas, el corazón secreto del mediocampo, el eslabón perdido entre la sobriedad de Ramón y la explosión de Gallardo, está en el banco pronto a tomarse el palo al Santos de Brasil. Es cierto que River tuvo algunas chances de gol pero más bien de atropellada, sin ninguna clase de claridad.

Si el primer tiempo aunque sea contó con algunos destellos que, con mucho optimismo, permitían la esperanza, el segundo fue la confirmación de los peores presagios. El partido se empantanó y la posibilidad de un gol a favor se fue alejando cada vez más. De hecho lo más parecido a un gol fue una pelota que Vangioni sacó en la línea.

Gallardo reaccionó e hizo algunos cambios que no cambiaron el panorama en absoluto. El reemplazo de Pisculichi por Martínez, sin querer queriendo, dice mucho de lo que es hoy River. Martínez le había ganado el puesto a Pisculichi porque su desparpajo le otorgaba un poco de aquella “frescura” perdida al equipo; pero desde que es titular sus actuaciones fueron involucionando tanto que ahora da la impresión de que Pisculichi debe volver a ser titular aunque todavía no recuperó ni el diez por ciento de su nivel. Cavenaghi (por Mora) y Mayada (por Ponzio) tampoco dieron vuelta la tortilla. Cruzeiro, que parece estar a años luz de los equipos brasileros que habitualmente nos aterrorizaban, aprovechó el cuelgue de River y hasta pudo ganar por dos goles.


La vuelta en Brasil se percibe complicada. Un pase a semifinales, a jugarse a fines de julio, pertenecería a otra dimensión. Ganar por dos goles para un equipo con semejante imposibilidad ofensiva sería una hazaña. O sea: es un partido que arrancamos a jugar desde la perspectiva de Los Pumas. Y Los Pumas casi siempre pierden. Debe existir un progreso muy marcado para que eso ocurra. Mientras tanto, las secuelas de la trilogía inconclusa sólo estimularon el fanatismo bobo de las dos parcialidades. ¿Será el básquet tan apasionante como dicen?  

domingo, 17 de mayo de 2015

Los muchachos de antes no usaban arsénico


Los famosos acontecimientos ocurridos en la Bombonera el pasado jueves, interpretados casi por todos, incluyéndome, como tragedia social y cívica de una Nación en bancarrota existencial de aquí a la eternidad, ya se fue, por decirlo de un modo sofisticado y como no podía ser de otra forma, al carajo. Tal vez desde el mismo momento en que lo interpretamos como tragedia social y cívica de una Nación en bancarrota existencial, etc.

Por redes sociales y medios de la web comenzaron a circular fotografías históricas de jugadores de Boca y River abrazados en plena cancha acompañadas por leyendas del tipo “Antes el fútbol era así, amor y paz, y ahora mirá en lo que nos convertimos, Cacho”. Ok, Cacho asiente y mira por el gran ventanal de una pizzería en la calle Corrientes. Con ustedes la secreta ideología del costumbrismo, con sus dosis exactas de melancolía y resignación, apoderándose de nuestra subjetividad, viendo un locus amoenus donde sólo había mierda o algo muy parecido.   

Las imágenes tienen, casi por protagonista absoluto, a Riquelme. Riquelme y Aimar abrazándose. Riquelme y Aimar riéndose. Riquelme festejándole el gol en la cara a Ramón Díaz en la Bombonera. Debo haberme equivocado porque creo que hasta hace muy poco Riquelme era apenas un gran jugador con serios problemas de comportamiento y el vestuario de Boca se había visto notablemente confortado con su ausencia.

Las relaciones entre emblemas de River y Boca se debieron a amistades muy puntuales. Casi siempre de jugadores que, más allá de los colores, se sentían cómplices en su manera de jugar al fútbol: Maradona y Francescoli, Riquelme y Aimar. Ramón Díaz tiene la extraña habilidad de llevarse bien con dos archienemigos: Riquelme y Macri. Realmente daba gusto, aun cuando se lo sufría, ver que Riquelme le podía festejar un gol a Ramón Díaz en la cara y Ramón Díaz podía entender la broma y reírse también. Sí, era genial, pero era un archipiélago muy alejado del Continente del fútbol. Como un flash de lo que debería ser y no es. Más que Riquelme y Aimar el Superclásico era Giunta y Hernán Díaz.


Antes, en fin, no pasaba nada mucho mejor de lo que sucede ahora. El fútbol nunca fue un espectáculo ecuménico, donde los habitantes de todo el mundo, sin distinciones, se unían en una comunión sagrada. Quien diga lo contrario perdió la memoria o no le prestó atención al fútbol jamás. En los 90, por ejemplo, un hincha de Boca podía festejar la muerte de dos de River frente a las cámaras sin ninguna clase de remordimiento. También los hinchas de River ejercían la xenofobia sin que absolutamente nadie pusiera en tela de juicio las resonancias culturales de tales prácticas. Los vínculos entre política, dirigencia y barras eran los mismos de ahora. En todo caso antes no existían las herramientas de comunicación para expresar durante 24 horas todo lo que se nos ocurre sobre fútbol. 

viernes, 15 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio III


El mensaje omnipresente que sugirió el hincha de Boca durante la semana, aunque sea en foros del Club y redes sociales (replicando de esta manera su famoso “sentir”) es que si el partido no se ganaba, se iba a armar quilombo. Se trata de una amenaza institucionalizada en el universo del fútbol: si los jugadores no se pueden hacer cargo existe una ley implícita que le otorgaría a los hinchas (el jugador número 12) la potestad para intervenir en el partido. Es uno de los hits del “folclore del fútbol", tal vez el principal, el que más tiempo estuvo arriba en los charts: la creencia de que el fútbol no es tanto el enfrentamiento entre dos equipos que juegan a ese deporte, sino el enfrentamiento entre dos hinchadas. Ayer los hinchas de Boca (los diez o los diez mil, no importa cuántos fueron) se convirtieron en lo que siempre fingieron ser. Era mejor cuando lo fingían, ¿no?  

El hincha de Boca, históricamente, hizo un culto de su hinchada. El año pasado, poco después de perder las semifinales contra River, se enorgulleció de llenar la cancha para festejar, qué duda cabe, el día del hincha. El mensaje era obvio: al hincha de Boca no le importa perder un partido de fútbol, ni siquiera contra River, lo más importante, pase lo que pase, es la hinchada, que siempre alienta y aterroriza a los jugadores del equipo rival, especialmente a los de River, aunque ayer dio la sensación de que ocurrió todo lo contrario. De tanto alimentar al monstruo, el monstruo se los terminó morfando. El estruendoso recibimiento de la 12 pareció perjudicar más a Boca, cuyos jugadores tenían cien kilos de lastre en cada pierna.  

De la misma manera que no sabemos qué hubiese pasado si el partido hubiera seguido, tampoco sabemos si el incidente de la manga se hubiera llevado a cabo con un gol a favor de Boca o, por lo menos, un claro dominio del local al término del primer tiempo. Algunos hinchas de Boca (por lo menos son minoría) echaron a correr la versión de que en realidad intentaron tirar una bengala adentro de la manga y que los policías recurrieron al gas pimienta para reprimirlos. De haber sido así, la historia no cambia nada: ¿acaso tirar bengalas en mangas por donde se trasladan los jugadores del equipo contrario es relativamente mejor que tirar gas pimienta? Las conspiraciones y los manejos turbios son muy atractivos para explicar aquello que nos molesta, pero llegado el caso Yabrán está muerto y, por ahora, Nisman no fue asesinado.  

Veamos: no hay una puta virtud en alentar a un equipo, esa es la estupidez que inventamos para sentir que somos partes de algo que no nos pertenece (de otra forma estaríamos adentro de la cancha); virtud sí hay en los pies de Riquelme y Aimar, por ejemplo. También había virtud en los pies de Francescoli y Maradona. Incluso había virtud en los pies de Manteca Martínez y el Mencho Medina Bello. El problema obviamente no es de Boca, pero no deja de ser paradójico que el Club que siempre hizo hincapié en su fabulosa hinchada sea el que termina pagando las peores consecuencias por ese culto excesivo. Y que justo ocurra cuando a todas luces entre River y Boca había un simbólico intercambio de imaginarios en sus respectivos estilos. Boca, después del hito Riquelme y una década de éxitos deportivos, pareció inclinarse hacia un fútbol más vistoso, con hinchas educados que no insultaban a sus jugadores y equipos con una clara intención ofensiva. River, después del descenso, pareció resignarse a perder sus banderas, con una hinchada que hacía alarde de estar primera en recaudaciones y pedía huevos antes que fútbol. De hecho el antecedente más similar de lo ocurrido ayer sucedió cuando hinchas de River ingresaron a la cancha para pegarles a sus jugadores por estar a punto de descender en instancias de Promoción (cuando ni siquiera se había terminado de jugar el primer partido contra Belgrano).

Del partido en sí se pueden decir muy pocas cosas. El planteo táctico de River fue bastante acertado aunque cada vez le cuesta más progresar en ofensiva. Si a River las cosas le salieron bien principalmente fue porque a Boca todo le salió mal. Desde la tarjeta amarilla automática a Osvaldo hasta la reclusión de Gago entre los dos laterales. Visiblemente afectados por el malhumor del hincha ante la falta de respuestas anímicas del partido de ida, Boca salió a responder a los golpes del jueves pasado pero se olvidó de jugar. El clima del partido era, por instantes, sórdido. En una jugada Pablo Pérez retrocedió unos metros para clarificar la salida y, como pocas veces en los últimos años, La Bombonera se le vino encima. River se fue al descanso conforme con lo hecho pero con la certeza de no haber aprovechado del todo el desconcierto de Boca (de hecho llama la atención lo mal que encaró Boca, tanto futbolística como psicológicamente, esta serie de partidos). El resto es historia.     

Durante mucho tiempo el fútbol sostuvo nuestra vida. Las miserias públicas e íntimas fueron compactadas y comenzaron a aflorar intensamente en cada partido decisivo. Como si el fútbol fuera el conducto fluvial por donde se va toda la mierda de nuestro espíritu. Ahora el fútbol quedó demasiado lejos de lo que proyectamos que es. Como si el significante estuviera en Tierra del Fuego y el significado en La Quiaca. Ir a la cancha es asistir a las inmediaciones de una tragedia: policías con caballos, hinchas reventados que te apuran por unas monedas, corridas, humo. Haber naturalizado esa situación es parte del problema. Sin embargo hay otras cuestiones un poco más incómodas que se relacionan con la subjetividad de los que nos reconocemos aficionados o hinchas de tal o cual equipo. ¿Cultura y poder son esta porno bajón? ¿Puede ser que la culpa sólo sea de aquellos encargados de la seguridad y aquellos encargados de eludirla? ¿Hasta qué punto nuestra devoción desmedida hacia ese deporte no alimenta la violencia? ¿Hasta qué punto toda la “intensidad” discursiva que utilizamos para debatir, en broma o no, con el hincha del equipo rival no estalla en el gas pimienta de ayer o los destrozos en la cancha de River el día del descenso? ¿Hasta qué punto si fuese Gago el de los ojos irritados y las manchas en la espalda yo no hubiese justificado el ataque porque simplemente me parece el tipo más irritante de la historia del fútbol mundial? Algo me hace ruido en la proliferación de palabras del tipo “vergüenza” referidas a un espectáculo del que todos (los que miramos fútbol) somos en alguna medida responsables. Es como si las grandes palabras ocultaran que, más allá de Di Zeo, Angelici, D’Onofrio y los Borrachos del Tablón, hay algo realmente malo en cada uno de nosotros que nos impide disfrutar de una de las cosas que, aparentemente, más nos gustan. No nos merecemos el fútbol. 

jueves, 14 de mayo de 2015

Contra Boca tiene que jugar Alexis Sánchez


Si tuviese la oportunidad de hacer regresar a un ex River para jugar el partido contra Boca elegiría a Alexis Sánchez. Creo que con un jugador como Alexis en el equipo el partido resultaría un poco menos complicado. Quiero decir: Alexis Sánchez es uno de esos jugadores que pueden gambetearte a siete del equipo rival sin haberla tocado en todo el partido.  Aunque sea siempre daba la sensación de que iba a hacer eso. Si el funcionamiento de Alexis Sánchez se limitara a sus arranques, creo que estaríamos ante el más grande jugador de la historia. En River ya no quedan de esos dementes. Pero hay de los otros. Tipos como Vangioni o Funes Mori, que son como esos asesinos profesionales de Tarantino, que no sólo van a matarte, sino que van a disfrutar mientras lo hacen. ¿Cómo les van a sacar una tarjeta roja? Sería discriminación. Estos tipos son víctimas de la sociedad.

Sabemos que el binomio Astrada-Hernán Díaz jamás llegará a la galería de los ídolos, son como la clase baja del chupetómetro riverplatense. Tal vez ganando una Libertadores cómo técnico, pero eso fue en el 2004. Incluso también en el 2005 (River llegaba a semifinales de Libertadores y se consideraba fracaso). Sin embargo allí están como antiguos guerreros pintados en óleos precolombinos mostrando el camino a los más pequeños sobre la forma en que se tiene que agitar el puño contra esos muchachos. Se ganaron el lugar (en la escalera el último escalón) porque, por más que perdieron más de lo que ganaron, contra Boca demostraron cierta actitud acorde con lo que deseaba el hincha (que siempre quiere más, cual femme fatale casada con Franz Kafka). La fibra de Passarella. De los de antes (en la historia reciente) sólo estos dos pegaban como los de Boca. Por supuesto que había más jugadores de River que pegaban pero me refiero a la proyección imaginaria e inmediata que tenemos los hinchas de River para el estereotipo del jugador aguerrido de grandes huevos y mirada tosca y vacía.

La mirada tosca y vacía del binomio Astrada-Hernán Díaz era verdaderamente perfecta. Era algo grave, dramático, le otorgaba a los partidos una inyección de épica instantánea. No sé si en River hay jugadores con esa mirada, más bien asoma la sonrisa macabra de Funes Mori, un asesino serial, de los excéntricos que empezaron a poblar el cine yanqui en los 90. Maidana tal vez sea el de la mirada más tosca y más vacía. Esa sensación temible en la calle: vas caminando y te cruzaste con el tipo equivocado. El binomio también contaba con una característica negativa que los años convirtieron en tradición: la posibilidad, muy cierta, de que los expulsen muy seguido y en los peores momentos posibles.

El binomio Astrada-Hernán Díaz podría ser, tal vez, uno de los nombres más pedidos por los hinchas en una hipotética encuesta que responda a una pregunta absurda: “Si tuvieses la oportunidad de hacer regresar a un ex River (de todas las épocas) para jugar el partido contra Boca ¿a quién elegís?”.  


Creo que los últimos minutos que jugó Astrada con la camiseta de River coincidieron con el secuestro de su padre. Hernán Díaz jugó en el partido homenaje a Ortega. Erró un gol solo frente al arco y los jugadores lo cubrieron con carteles de publicidad. 

domingo, 10 de mayo de 2015

El niño extraviado


Hace unos años se publicó un libro llamado Mi cuerpo es una celda, que compilaba cartas de Andrés Caicedo editadas por Alberto Fuguet como una especie de autobiografía en tiempo real. Después de leer ese libro el lector no podía dejar de pensar en el evidente desfase que había entre el mito de Caicedo y su manifestación terrenal. Por un lado estaba Andrés Caicedo como escritor oculto y mártir de la nueva literatura latinoamericana, un colombiano mezcla de Jesucristo con James Dean. Por otro estaba el Andrés Caicedo que se narraba a sí mismo en esas cartas, un chico sensible de clase acomodada, mantenido por sus padres y con una concepción romántica de la literatura que de tan extrema parece una parodia. Es decir, por un lado el hecho concreto, por el otro una interpretación, muy interesante, por cierto, pero por sobre todo una interpretación. Yendo de la persona a la obra lo mismo sucede con Los Siete Locos. Desde siempre uno leyó (y ahora ve) Los Siete Locos a través del filtro de Piglia, una relectura pop ingeniosa y efectiva que actualiza el contenido de la novela.

Ayer vi el nuevo y definitivo documental sobre Kurt Cobain y me pasó algo parecido que con Caicedo. Montage of heck, dirigido por Brett Morgen con el visto bueno de Courtney Love y su hija, trabaja sobre materiales realizados o protagonizados por el mismo Kurt (dibujos, grabaciones, videos, cuadernos) y los hace funcionar a la vista de todos. Más allá del problema ético que supone exponer la vida íntima de una persona que ya no existe, llama la atención que Kurt, tan reacio a las cámaras, en realidad haya sido un niño al que comenzaron a filmar directamente desde que nació. En el auge comercial de Nirvana Cobain llegó a escupir cámaras en medio de un recital representando de manera explícita su odio visceral a la exposición. Observando la cantidad de material fílmico del propio Cobain hasta se nota la intención involuntaria de continuar la Boyhood que habían comenzado sus padres.

El documental hace hincapié en la vida de Cobain y no en su obra y tal vez allí esté el problema. En la mayoría de los casos, (Cobain y toda la estirpe rockera no son la excepción), las vidas de artistas despojadas de sus obras suelen parecer tan ordinarias como las de cualquiera. Incluso peores, ya que se parte de la base de que se trata de vidas extraordinarias o que de tan ordinarias terminan siendo extraordinarias. Incluso con genios instintivos y salvajes como Cobain pasa lo mismo. Al revés de Thom Yorke que realmente es feo, Cobain parece uno de esos chicos hermosos que se sienten feos para pasarla peor. Y Montage of heck ni siquiera lo trata como a un chico sino como a un niño. De hecho explica su descenso a los infiernos con el cliché psicológico de los dibujos: de las ilustraciones ingenuas del niño hiperactivo al berenjenal sórdido del adolescente hipersensible que no puede digerir nunca la separación de sus padres. La cuestión es que no sólo Kurt Cobain, sino todo niño con cultura rock que se precie de tal empezó con Mickey y terminó dibujando monstruos amorfos acompañados de leyendas supuestamente revulsivas como “Cristo es aborto”. Es como si la enfermedad no declarada de Cobain y muchos de nuestros ídolos fuera la extensión de la adolescencia.  

Hace poco enganché un viejo capítulo de Friends y me di cuenta que mirándolo como un espectador neutral, desconociendo el pacto de verosimilitud que propone la serie, se trataba de personas grandes hablando como los actores de Amigovios. A la distancia es imposible no ver en Friends y en el mito de Kurt emergentes muy marcados de la muerte de la adultez, cada uno, por supuesto, ubicado en uno y otro extremo de la cultura de los 90.   


Más allá del impacto por el material inédito y algunas buenas ideas (la recreación animada de las cintas de Kurt es todo un flash) aunque la intención de Montage of heck es esculpir la figura del ícono lo único que logra es desgastarlo. Mirándolo tan de cerca uno no puede evitar hacerse las mismas preguntas obvias. ¿Para qué hacía anuncios de MTV si odiaba al canal? ¿Por qué hablaba sin un solo atisbo de humor de Nirvana y de sí mismo si se creía tan poca cosa? ¿Por qué se vestía en forma estrafalaria si no quería salir en televisión? Una de las disyuntivas hermenéuticas de la crítica argentina es el abordaje de Alejandra Pizarnik. Están los que la leen desde la perspectiva de la “niña extraviada”, es decir, tras las cortinas de la interpretación mítica y quienes consideran, con Aira, que esa mística creada alrededor de Pizarnik equivale a enaltecer las singularidades de una salud mental en detrimento de toda una obra. Por suerte existen los discos de Nirvana, ¿no? 

viernes, 8 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio II



Si en River la inquietud pasaba por digerir el doble cinco de local la actuación de Ponzio, adelante de Kranevitter y con inclinaciones ofensivas, fue una virtud de Gallardo y un defecto de Boca que no sólo careció de respuestas emocionales sino también de generación de juego.

En los primeros minutos, a pesar del pretendido asedio de River, Boca demostró un mayor control de balón y sin tener situaciones de gol ni profundidad, parecía estar mejor ubicado en la cancha. Pero ante la esterilidad de Boca, River comenzó a poner en práctica no sólo ciertos modismos del karate sino también una presión estructural que Boca no pudo revertir en ningún momento del primer tiempo. Fue un capítulo más de la venganza del pressing. El pressing es al fútbol de los noventa lo que Bret Easton Ellis a la literatura de la misma década. Sin arriesgarse mucho, pero con el equipo más adelantado que en La Bombonera, River inclinó la cancha por prepotencia de trabajo y acumuló, más que nada, una cantidad importante de córners que no fueron del todo aprovechados (aunque por suerte no fueron tan anodinos como los centros al primer palo del querido pero ayer desaparecido Mora). Boca fue un clon de los primeros quince del segundo tiempo en La Bombonera.

Como se presentía luego del primer tiempo, River acusó el desgaste físico y Boca empezó a recuperar juego asociado con un Gago más libre y movedizo y la calidad reconocida de sus mediocampistas. Sin embargo, exceptuando una llegada de Calleri muy clara, jamás pudo filtrarse a través de la defensa de River (cuyo punto más alto fue Maidana) ni lo encontró mal parado de contraataque aprovechando la velocidad de Pavón. Con la entrada de Martínez River recuperó un poco la iniciativa y llegó el penal que Sánchez (de dramático duelo verbal y físico con Gago) eligió patear.

Cuando se habla de “juego” en este partido, tanto para River como para Boca, nos denominamos a situaciones efímeras y aisladas que inclinaron la balanza en el transcurso del partido, casi siempre en forma leve. En el final Teo Guitérrez definió mal solo frente al arquero y se hizo echar absurdamente, arruinando su buen partido (no fue superlativo ni mucho menos pero a lo que venía jugando mejoró mucho).


Como en La Bombonera la diferencia pareció no ser futbolística sino de intensidad. Como si ese plus anímico en realidad fuese el que decidiera quién gana los partidos. El exceso de infracciones de River tal vez pueda deberse a la reacción brutal del “hijo”, cruelmente estigmatizado en los últimos años, que debe jugar no sólo un partido de fútbol sino también una cita con la historia. Daría la sensación de que psicológicamente “el mundo River” no aceptaría perder en instancias internacionales contra Boca y que Boca todavía no se dio cuenta. Esto sería casi como creer que en vez de un partido de equipos de fútbol esto es una lucha de imaginarias fuerzas mentales y cósmicas. En estos días de ebullición superclásica no estaría muy lejos de creerlo. No fue casual la instalación mediática de un punzante caso de traición en el seno del grupo, el mismo que en 2004. Con una salvedad: Sánchez agarró la pelota, pateó el penal y lo hizo. La epiqueó. En ese punto, sin quitarle gravedad al asesinato del fair play, en Boca hay una evidente falta de recursos humanos para no dejarse amedrentar (algo que ya se había visto en los cruces por la Sudamericana el año pasado). La actitud beligerante de River, al borde o en el centro mismo de la conducta antideportiva, se benefició, por un lado, de la permisividad del árbitro y por otro, de la falta de energía de Boca, que se pensó desde el principio como víctima. Recordemos que la hegemonía boquense en Superclásicos iniciada en los 90 tiene más condimentos anímicos y psicológicos que futbolísticos. Esto no le resta virtudes a la pegada de Riquelme o al olfato goleador de Hugo Romeo Guerra, lo que quiero señalar es que River no sólo perdía en el marcador y para las estadísticas sino también en cuanto a espíritu. Ganaba y se lo daban vuelta. Llegaba más pero sufría de contraataque. Buscaba todo el partido y se quedaba sin fuerzas en el final. River parece estar dando vuelta esta dinámica a las patadas (literalmente), lo que contrasta un poco con el estilo de su prestigiosa escuela de juego. Esta versión de River incomoda muchísimo a sus hinchas. Tanto como a los de Boca verse cagados a patadas...  

lunes, 4 de mayo de 2015

Superclásico. Episodio I


Aunque el 2 a 0 es exagerado con respecto al trámite del partido, el resultado no deja de ser coherente con el funcionamiento que mostraban los dos equipos al llegar al primero de los tres cruces.

El innecesario partido contra Huracán y su consecuente derrota, con el diario del lunes, adquiere otro significado en el sentido de que advirtió que no era el de la goleada a Banfield el River característico de estos tiempos. Decir que es el que perdió contra Huracán también sería injusto, pero sin dudas se le acerca más en rendimientos individuales y juego colectivo.  

Gallardo planteó un partido sin enganche definido (Driussi fue más cuarto volante o tercer delantero invisible) y con un central como lateral por derecha (Mammana), sin embargo la apuesta fue mucho más noble que la del partido de ida de la Sudamericana, cuando jugó de entrada Pisculichi y River, supuestamente, llegaba mucho mejor que Boca.

De hecho cuando lo que se imponía era la entrada de Ponzio (para contener un poco a Boca, revitalizado con la entrada de Gago) mandó a Pity Martínez y Cavenaghi. Sin dudas el gran desperfecto de River, además de la falta de juego (algo que arrastra desde hace mucho) fue en la actitud o en la falta de viveza para leer el partido: no aprovechar o directamente no darse cuenta del desconcierto de Boca de los primeros quince del segundo tiempo. Esa apatía puede deberse a la proximidad del partido del jueves o a la displicencia inexplicable de algunos jugadores claves (la nube de pedos de Teo ya es una tradición consuetudinaria). La única buena noticia del partido es que Kranevitter parece haber recuperado su nivel histórico. El resto deambuló en una medianía intrascendente aunque se podrían rescatar las ganas de Sánchez y Mora y cierta regularidad de Maidana.    

Mientras los cambios de Boca fueron puntualmente determinantes en el resultado final (Gago fue el cerebro, Pavón y Pérez lo definieron), los de River no tuvieron incidencia alguna en el transcurso del partido. A Cavenaghi la pelota no le llegó nunca; Pity Martínez parece haber perdido no sólo la oportunidad de ser titular sino también de transformarse en ese “revulsivo” necesario de los segundos tiempos.

Hay dos datos estadísticos interesantes para analizar el partido. El primero que, aunque por muy poco, River tuvo más posesión de pelota que su archi-rival (53 contra el 47 por ciento), algo extraño teniendo en cuenta el desempeño de Boca de local durante este año. De todos modos el equipo que llegó con más peligro (especialmente en los primeros y últimos 15 del partido) y que mejor se asoció fue Boca, incluso con Lodeiro y Osvaldo lejos de sus mejores versiones. Conclusión obvia: River tuvo la pelota pero nunca supo qué hacer con ella. El segundo dato es sobre la efectividad en los pases, emblema del mejor River de Gallardo: Boca se equivocó en 37, ¡River en 87! Aunque estos números muchas veces no recrean exactamente lo que pasó en el partido, en este caso parecen coincidir con la entrada de Gago y, por ejemplo, el bajo rendimiento de Rojas (aunque caerle al volante de River sería no sólo odioso sino también arbitrario algo de eso hubo).


Aunque de los tres partidos éste era el menos importante ya que no representaba ningún tipo de eliminación (River quedó a tres de la punta en un torneo interminable y perdió el clásico, es cierto, pero en La Bombonera) la sensación es que a Boca, con poco (ya que no fue su mejor partido ni mucho menos) le alcanzó para ganarle merecidamente al mejor River disponible en este momento. La incógnita es saber si River podrá revertir la historia a partir del jueves. La respuesta, amigos, está soplando o flotando (según Rodrigo Fresán) en el viento. Abrazo de gol.     

martes, 28 de abril de 2015

La proveeduría de Dios


Mi tendencia a mirar cualquier tipo de entrevista y creer que allí se encuentra el secreto de la vida ayer tuvo un capítulo más, cuando haciendo zapping me encontré con Facundo Cabral a fines de los 70’ entrevistado en el programa español A fondo, el mismo de las entrevistas a Borges, Cortázar y Di Benedetto, entre otros.

Al igual que con Brian Eno, siempre me dio la sensación de que la obra de Facundo Cabral no estaba a la altura de su personaje. Ayer lo comprobé. Si nos dejamos llevar por su manera de hablar, Cabral debería ser el Bob Dylan de la lengua castellana. Tal vez lo sea y la costumbre del rock nos anule la posibilidad de disfrutar de otras cosas por fuera del género.  

Lo primero que me sorprendió del reportaje fue el look de Cabral. Acostumbrado a su imagen icónica (rulos desbordados, barba y bigote setentosa), acá aparecía totalmente afeitado y con el pelo rapado casi al límite. Su rostro mezclaba al clásico morocho del conurbano, estereotipo de la picaresca argentina, y al Lennon primal de Plastic Ono Band. Por eso no me pareció raro que, entre las muchísimas referencias que hizo, mencionara también a los Beatles.   

Todas las respuestas de Facundo Cabral eran geniales, propias de un iluminado. Cuando le preguntaron por el folclore argentino dijo que Falú era el Yin y Atahualpa el Yang, una conclusión que, cierta o no, podría encantar a las juventudes hipsterianas.

Los tres grandes maestros de Cabral: Walt Whitman, Atahualpa y Borges (con quien conoció la metafísica).

Sobre Macedonio Fernández contó una anécdota: todos los días escribía poemas y los quemaba porque lo contrario sería desconfiar de la proveeduría de Dios. Cuando le preguntaban por qué los quemaba respondía “Dios proveerá”.

Todo el discurso de Cabral estuvo matizado por un coctel de distintas filosofías (zen, oriental, cristiana) capaz de realizar vueltas de tuerca a cualquier razonamiento lógico fundado. El resultado fue lo más similar que escuché a una autoayuda que, aun valiéndose de lugares comunes y clichés, puede funcionar. ¿Por qué? ¡Porque lo dice el fucking Facundo Cabral y no Stamateas! Por ejemplo, en vez de decir que su padre lo abandonó a los seis años, Cabral repitió varias veces que su padre “perdió el camino de vuelta a casa” cuando él tenía seis años.

Cabral dijo que antes sus canciones denunciaban las cosas que odiaba pero que después se dio cuenta de que si hablaba de lo que no quería, sus oyentes, en vez de conocerlo a él, sólo iban a conocer a sus enemigos. A partir de ese momento empezó a cantar sobre las cosas bellas de la vida.    


En determinado punto de la entrevista Cabral tomó un vaso con agua y lo elevó. Cuando todo hacía pensar que se iba a referir a la eterna disyuntiva sobre el vaso medio lleno o medio vacío, dijo: “Algunos pueden pensar que en una de mis dos manos tengo un vaso lleno de agua; otros pueden pensar que una de mis dos manos está ocupada y no la puedo utilizar”. Claro, pensé, ¡lo importante no es el vaso, es la mano! Nunca se me había ocurrido pensar así.