miércoles, 23 de abril de 2008

Conociendo a Junot Díaz


Hace poco más de una semana, Eduardo Varas Carvajal informó en su blog, Libros, autores y riesgos, que el dominicano Junot Díaz había ganado el prestigioso Premio Pulitzer. El breve post nos advertía que detrás de la presumible catarata de elogios que sobrevendría luego de tamaña congratulación, había literatura de calidad. Días después, caminando por la Peatonal de Mar del Plata con mi novia, encontramos un local espantoso que advertía (con aún más espantosos carteles) su pronta desaparición. Como es claro, todo lo que había allí (supuestamente) estaba a la mitad o a la mitad de la mitad de su precio. Lanzando un suspiro, con algo de curiosidad, atravesamos el umbral. En su interior yacían los restos de la cultura Occidental más vulgar: mochilas plastificadas de Barbie, peluches que ningún niño quisiera tener en su pieza, juegos electrónicos manuales de marcas insospechadas, anacrónicas tazas con dibujos de Disney. Sin embargo, por detrás, asomaban, sobre unas precarias mesas, una centena de libros amontonados. Con algo parecido a la sorpresa advertí que, por fin, iba a adquirir McOndo (aquella antología a cargo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez que, a mediados de los 90’, abogó por la muerte del “realismo mágico”) a escasos cuatro pesos, un dólar y centavos. Ya feliz con mi compra, decidí hacer otro pequeño gasto (creo que allí todos los libros costaban cuatro pesos) y llevar un libro de cuentos exquisitamente encuadernado: Los boys. El nombre del autor, como el riff de “I’ can’t explain” de The Who se esparce en todas las bandas de retro-rock, me sonaba de algún lado: Junot Díaz.

The boys -que en verdad se llama “Drown” (Ahogado)- fue publicado hace unos once años y es, tal vez, uno de esos libros a los que les augura un porvenir de culto. A diferencia de otros títulos de la época (el prólogo de McOndo, por ejemplo), no ha envejecido un segundo. En 1997, Junot Díaz, al igual que ahora, era un dominicano que vivía en Estados Unidos y escribía en inglés. Esa posición inestable en el espacio (compartida por millones de individuos en el mundo), se ve reflejada en el poema de Gustavo Pérez Firmat que elige a modo de epígrafe:

El hecho de que te escriba

en inglés

ya falsea lo que quería

contarte.

Mi cometido:

cómo explicarte

que el inglés no es mi sitio

aunque tampoco tengo ningún otro

Los personajes de Díaz se mueven entre las barriadas pobres de República Dominicana y las comunidades latinas instaladas en Norteamérica. En los mejores cuentos (“Ysrael”, “Fiesta, 1980”, “Aguantando”, “Cómo salir con una morena, una negra, una blanca o una mulata”, “Negocios”) las frases tienen la eficacia de una inyección letal. A menudo, el protagonista es un niño híper sensible o un adolescente drogón que (por ciertas marcas, frases, guiños) probablemente sean el mismo autor: la forma en que se lo describe parece mezclar la ternura algo edulcorada de ese viejo y lacrimógeno libro de la pubertad latinoamericana llamado “Mi planta de naranja lima” con el sarcasmo nihilista del “realismo sucio”. Una buena combinación, sin dudas. Los cuentos se conectan entre sí y dan forma a un libro entrañable, con algo de autobiografía y una estructura que por poco no termina siendo una novela.

El campo semántico de Los Boys está plagado de “centroamericanismos”. Si el estilo de Junot terminase por ser artificial podríamos parafrasear a aquel Borges arrepentido de su temprano criollismo y espetar: “Olvidadizo de que lo era, Junot Díaz quiso ser dominicano”. Sin embargo, los modismos se adosan al registro utilizado en forma impecable, es decir que significan y producen sentido aún en los lectores extra-centroamericanos. (Alguna vez debería analizarse la virtud sonora que ofrece la utilización del término “pinga” en desmedro de la anodina “pija” argentina o la “pichula” que Vargas Llosa inmortalizó en Los cachorros: “o sobre aquella vez que se le hinchó la punta de la pinga hasta ponérsele como un limón”, escribe Díaz en “Ysrael”).

Como sucede con otros buenos cuentistas latinoamericanos de la última época (pienso en Roberto Bolaño, en Fabián Casas, en Rodrigo Rey Rosa) en Junot resplandece la influencia de esos escritores norteamericanos de la segunda mitad del Siglo XX (Raymond Carver, Charles Bukowski, Richard Ford, según dicen, también Richard Yates) que asimilaron/metabolizaron la maestría narrativa de varios consagrados (Chéjov, Cheever, Hemingway, Jack London) para contar historias mínimas en contextos sórdidos o marginales con un gran caudal poético capaz de transformar en alta literatura esos tiempos muertos de la vida donde, aparentemente, no pasa nada. La atemporalidad de Los boys quizás se deba a que lo que sucede en estas páginas es perpetuo. Para el ciudadano medio argentino, tan proclive a pensar que todo lo que ocurre en esta parte del mundo es único e inigualable, Los Boys es un espejo: allí también los chicos que no tienen nada que hacer (y son como esas capsulas espaciales que no logran ponerse en órbita, dice un profesor) se juntan en la esquina, allí también hay planes sociales, chicas fáciles y chicas inaccesibles, cigarrillos de marihuana, madres sacrificadas, algo locas, una gran intromisión de la cultura estadounidense. Ese sentimiento tranquilizador llamado “happy end” es tan impensable en Los Boys como en la realidad. Más bien todo finaliza abruptamente, pero con la resignada certidumbre de los que saben que el mundo, aún prendiéndose fuego desde hace siglos, seguirá girando, como si quien esto escribe decidiera terminar el texto exactamente acá.

domingo, 20 de abril de 2008

AUTORES MAL LEÍDOS, URUGUAYOS RAROS, ORBIS TERTIUS

Debo a la conjugación de un correo electrónico y un link el descubrimiento de Felisberto Hernández, a quien hasta hace un tiempo llamaba Felisberto “Fernández”. La gente solía reír cuando yo caí en tal equívoco. Yo no comprendía por qué y, como estúpido, reía con ellos. Y así estábamos durante minutos, horas. Un día dije Felisberto “Fernández” un sábado a la tarde en la verdulería y fue tal la hilaridad (“Ilari Ilarie oh oh”, cantaba la poeta brasilera) que el martes al anochecer nos encontró aún en pleno carnaval (de Rabelais) de risas. Pero éstas (ésas no, éstas) son cuestiones que exceden lo poco, lo poquísimo que quiero escribir. Volvamos a la primera línea del párrafo: Debo a la conjugación de un correo electrónico y un link el descubrimiento de Felisberto Hernández. Cabe aclarar que la palabra “descubrimiento” bien parece significar que me acabo de leer las Obras Completas de Felisberto cuando en realidad sólo leí un cuento, hermosamente llamado “Nadie encendía las lámparas”. A continuación, un lugar común: me gusta que los cuentos tengan en su título un pretérito imperfecto ya que la acción que en ellos transcurre, si la calidad del mismo llega a sublime o casi-sublime o re-sublime, dura eternamente. Por cuestiones de Tiempo (no de disponibilidad horaria exactamente, sino por época de nacimiento: si algún distraído no se ha dado cuenta, yo nací en plena “posmodernidá”) leí el relato en el monitor de mi computadora. Los argentinos suelen decir de Felisberto que es uno más de esos “raros” escritores uruguayos. Como Onetti o Levrero, por ejemplo. Es necesario decir que lo que los argentinos ven como “raro” en los uruguayos es que además de ellos, existan escritores excepcionales en otros países del continente. Por otro lado (éste lado, no ése), Felisberto es uno de esos tantos autores que no he leído y que advierto (con algo parecido al pavor y a la formas destrozadas de un pastel de papa mal armado) nunca leeré con consistencia. Es inaudita la cantidad de autores que leí mal o muy mal. De pronto, me acabo de dar cuenta de que cuando leía a Cortázar prestaba mucha atención a su barba pero no a la forma en que escribía. O que la primera vez que me enfrenté a “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” me fascinó aún sin saber qué eran el materialismo y el idealismo. ¿Notaron que en nuestras vidas siempre hay una novia que uno no entiende cómo fue nuestra novia? Trasladado a mis relaciones lectoras, ése es el triste papel que cumple Roberto Arlt. Nunca puedo explicar el regocijo de quienes lo aman porque cuando lo leí, no pude construir ningún sentido. Evidentemente, teniendo en cuenta que últimamente las estructuras temáticas en forma de etiqueta han invadido mi cerebro, éste es el post del delirio, la escritura automática y la digresión. ¿Por qué cuando empezamos a leer con constancia nos parece tan interesante el surrealismo y luego, pasados unos años, un juego de niños? Otro tema: ahora que lo releo para la Universidad, creo que el Girondo de “20 poemas para ser leídos en el tranvía” que tanto me encandiló en la Secundaria es algo así como un “Manual Didáctico para pseudo vanguardistas púberes” repleto de eslóganes muy lindos (ejemplo: “En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana”). Eso no invalida lo bueno que es, claro (ejemplo: “En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana”). Aprovechando el ambiente onírico que hay alrededor de estas fragmentadas palabras, una frase: siempre me pareció una estupidez que una de las características intrínsecas de la erudición sea citar de memoria. “¡Cómo sabe!”, suele decirse, “¡dijo de memoria un poema de T.S Eliot!”. Esto no es más que un mero silogismo: de ser cierto, todos los alumnos de Primaria que recitan monótonamente los accidentes geográficos de la Región Pampeana son eruditos. Y eso es todo lo que tenía para decir. Lo de los uruguayos y los argentinos y lo de los autores que leí mal. Ahora desprécienme, yo soy Vincent Moon.

PD: Después de escribir este texto, Martín Zariello fue encerrado en un Hospital Psiquiátrico de máxima seguridad del Condado de Yoknapatawpha.

viernes, 18 de abril de 2008

Un chiste de argentinos

Les iba a contar que River jugó muy bien por primera vez en el año pero ayer me contaron un chiste que me hizo matar de la risa. Ya sé que no acostumbro a contar chistes pero éste es tan absurdo que se los voy a contar igual. Resulta que en un país perdido en el culo del mundo hay una dictadura bestial, viste: los tipos, obviamente, asumen el poder a la fuerza y no sólo se acotan a eso sino que apresan sin juicio previo, secuestran, roban bienes y roban niños, violan mujeres embarazadas, torturan física y psicológicamente a sus víctimas y, como si fuera poco, matan y en vez dar a conocer la identidad de los asesinados, dicen que no están, que no existen, que están desaparecidos. Todo esto pasa durante 7 u 8 años hasta que hay elecciones libres y vuelve la democracia. La cosa es que muchos de los tipos que mataron gente durante la dictadura siguen libres por la calle y uno de ellos se llama Patti. Patti es un tipo siniestro, con cara de piedra y, por sobre todo, cínico. La cuestión es que confiesa (casi orgullosamente) que torturaba gente con su picana eléctrica. En eso, ja, ja, el tipo es elegido en un Partido como Intendente. Ja, ja. Pero no sólo una vez, unas cuantas veces y cuando ya no se puede presentar como Intendente lo hace como Diputado y, ja, ja, qué buen chiste, el tipo vuelve a ganar con 400.000 votos. La cosa es que, un día, el torturador Patti cae preso. Y un tiempo después, sale. Y, ¿cuánta gente puede esperar a un torturador genocida acusado de varios asesinatos? ¿Su esposa y sus hijos?, ¿su esposa, sus hijos y parte de la familia?, ¿diez o quince seguidores trasnochados? No, no, ¡lo esperan en un complejo del Partido de Escobar, unas cuantas decenas de personas que lo abrazan y lo besan y lloran y le dicen que lo quieren ver de vuelta! Ja, ja. ¿No es buenísimo el chiste? Un montón de gente, no un poquito, sino ¡un montón de gente ama y quiere y sigue a un torturador que encima dice defender la democracia! Ja, ja, qué buen chiste, ja, ja, pero… ¿a quién se le puede ocurrir un chiste tan bueno?, ¡qué bueno, por dios!, porque a pesar de que el tipo torturaba gente y también mataba, un montón de gente lo seguía queriendo a pesar de eso, ja, ja, porque… ah, ¿no era un chiste?, ah, perdón.

miércoles, 16 de abril de 2008

BREVE COMENTARIO SOBRE UN VIEJO DISCO DE BOB DYLAN

“El autor no está obligado a ceñirse a los hechos, pues la gente se cree cualquier cosa”- Bob Dylan

En el año 1975, Bob Dylan se separó de Sara Lowndes, su esposa, y grabó Blood on the Tracks, uno de los discos más sublimes en la historia del rock. Ya en la unánime noche de la contracultura, a mediados de los 60’, había revolucionado la cosmovisión del mundo folk al adosar a sus melodías acústicas una vibrante guitarra eléctrica: Dylan, como tantos otros esclarecidos que modificaron el rumbo del arte, supo que una buena forma de aportar algo novedoso es combinar dos tendencias relativamente alejadas. Lo que sucedió luego de “Like a Rolling Stone” y el grito de “¡Judas!” fue el más magnifico desorden de los sentidos. Y hasta se podría asegurar (como manifestara Woody Allen sobre “I want to hold your hand”) que luego de aquello, todo se volvió difuso. Los estertores agónicos de esta estampida, 40 años después, son más “revolucionarios” que cualquier mentada Revolución: lograron cambiar las estructuras mentales de toda una sociedad sin matar a nadie. Si en una hipotética “Guía Rock para la vida”, Lennon nos enseñó a rechazar a los ídolos -en “God”, llega a mascullar un furibundo “No creo en Zimmerman (nombre real del trovador)”- y construir nuestro propio camino, Dylan demostró que el itinerario de un artista (o un individuo) debe dejar de lado cualquier tipo de presión externa (tocar folk puro hasta el Juicio Final, por ejemplo) y concentrarse en lo que dictan las genuinas coordenadas de su alma (dar un paso más allá, desmarcarse, abrir caminos). Pero las apreciaciones que estoy formulando forman parte de otro capítulo, una historia que excede este y todos los párrafos del cosmos. Regresemos a Blood on the tracks, un disco que, como diría Homero Simpson, funciona a muchos niveles.
Para advertir la grandeza de Dylan habría que observar el modo en que cambian Los Beatles luego de su acercamiento al rock: de la adolescente “She loves you” a la evocadora “In my life”. Es un lugar común decir que las letras de Dylan son poesía (allí está su probable Nobel de Literatura, allí está el Titanic navegando al amanecer mientras todos preguntan “¿de qué lado estás tú?” en la sublime “Desolation Row”, de Highway 61 Revisited), lo que no es tan frecuente es hallar en su lírica a un eximio cuentista con resonancias poéticas. “Tangled up in blue”, esa extraordinaria balada-folk que abre Blood on the tracks, está a la altura del mejor Charles Bokowski o Richard Ford o Raymond Carver. La línea conceptual del tema es la misma que la del disco: la finalización de una pareja (de ahí el título: “Envuelto en tristeza”); a la entrañable historia de amor:

Ella encendió un fuego de la estufa
y me pasó una pipa
“creí que nunca ibas a decir hola”, dijo ella
entonces abrió un libro de poemas
y me lo pasó
escrito por un poeta italiano
del siglo trece
y cada una de las palabras sonaba a verdad
y brillaba como un carbón ardiente
fluyendo de cada página
como si estuvieran escritas en mi alma
de mí a ti
envuelto en tristeza

se le intercalan frases que parecen describir un ambiente ya pasado (“De noche había música en los cafés/ Y revolución en el aire”, se escucha en un fragmento). Cuando la canción termina, la voz de Dylan sigue sonando en nuestros oídos eternamente, como los versos memorables de Walt Whitman o los riffs de bandoneón de Ástor Piazzola. Otro aspecto glorioso del disco es el fraseo de antología de la carrasposa voz de Dylan que, según mi acotadísimo entender, se encuentra en su punto culmine: el sensacional blues “Meet in the morning” es un buen ejemplo. La originalidad de su registro es la causa de la proliferación de imitadores que creó a lo largo y ancho del globo. Fabulosas canciones de divorcio como “Simple twist of fate” o “You’re a big girl now” refutan una máxima que se la atribuye al propio Bob: “No se puede estar enamorado y ser sabio al mismo tiempo”.
Uno de los preconceptos erróneos que se han difundido sobre la obra de Dylan es que la aparente sencillez de su música esconde algún tipo de limitación. Por ejemplo, en Sheik Yerbouti, un disco del gran Frank Zappa (un músico de dimensiones colosales), al promediar la canción “Flakes”, hace una graciosísima aparición un émulo de Bob que canta lamentablemente y enfatiza su parte con errabundos solos de armónica. Se suele decir, entonces, que si no se conocen las maravillosas letras traducidas, el oído hace pasar de largo al creador de Blonde on Blonde. Blood on the tracks, sin embargo, es un disco que también encandila desde la música. El sonido, construido en base a una instrumentación clásica para la época con gran preponderancia de guitarras acústicas y una percusión austera, está totalmente alejado del arcaísmo que el oyente moderno puede suponer. Quizás no haya nada más complejo que lograr una obra de arte admirable y, al mismo tiempo, con aspecto sencillo. Cuando conocemos las letras, directamente nos convertimos en nuevas ovejas del Rebaño de God Bob.
Finalmente, tornando el trazo de este texto definitivamente subjetivo debo decir que no soy un gran oyente de Bob (claramente me agradan sus discos más conocidos: Blonde on Blonde, Highway 61 Revisited, etc.) Si hubiera en estas líneas algún error cronológico o conceptual que exasperase a un internauta dylanista, permítanme excusarme (y despedirme) con una frase de Lucio V. Mansilla: “Mi desarrollo intelectual ha sido más precoz que mi desarrollo moral, de modo que he escrito muchas cosas sin saber nada”. Sayonara.

sábado, 12 de abril de 2008

SOBRE “BORGES Y LOS PIQUETEROS”, UNA NOTA DE MARIO VARGAS LLOSA, ESE EXTRAORDINARIO AUTOR

¿Qué duda cabe? Mario Vargas Llosa es un autor extraordinario. Uno de esos autores que poco a poco van dejando de existir, una especie que desaparece, como Carlos Fuentes, como Gabriel García Márquez: escritores magníficos, polémicos, que en sus libros se atañen a desentrañar las grandes ideas a través de una prosa sofisticada, repleta de artilugios a la hora de armar y rearmar estructuras narrativas complejas. El cosmopolitismo, la política, el destino del latinoamericano, la lengua española, Borges, el tango. Nada es ajeno a los grandes autores y todo lo que dicen parece ser dicho para grabarse en una plaqueta de bronce. Leí poco del peruano, pero lo poco que leí fue mucho, alcanzó para deslumbrarme: Los cachorros, una nouvelle de fines de los años 60 cuenta la historia de Pichula Cuéllar, integrante de un grupo de amigos que sufre una amputación vital y debe enfrentarse a un mundo atroz. Además del ajustado tono coloquial en el que está narrado el texto (a pesar de ser una lengua singular, propia del pueblo peruano, Vargas Llosa se las arregla para que esa lengua se convierta en todas las lenguas de las calles suburbanas del continente), lo fascinante del mismo es que el narrador se desdobla en uno, dos y tres interlocutores que van contando la historia de Pichula interfiriéndose entre sí. El mismo contexto de Los cachorros, tiene el volumen de cuentos Los jefes, donde Vargas Llosa, ¡con 23 años!, logra construir un mundo propio y, por consecuencia, una cosmovisión particular, donde la amistad, los duelos y las mujeres cobran una dimensión ontológica. No son pocos los que dicen que Conversación en la Catedral es una novela insuperable. No son pocos los que dicen que sin Vargas Llosa no puede entenderse a otro grande: Roberto Bolaño. En fin, Vargas Llosa es un autor extraordinario y como todo autor extraordinario escribe columnas en El País de España que aquí reproduce La Nación. Este sábado 12 de abril publicó “Borges y los piqueteros”, a favor de lo que él cree es la tolerancia y el progreso.
Hace poco menos de 2 semanas, en pleno conflicto entre el campo y el gobierno, Vargas Llosa (conservador de esos que dicen defender la democracia y, en el camino, no duda en respaldar la invasión de Bush a Irak) visitó la Argentina para formar parte de una reunión de liberales de la Fundación Libertad, creada en 1988. El coloquio se llevó a cabo en Rosario y no faltaron figuras de las talla de Mauricio Macri (Jefe de Gobierno porteño que dijo que la homosexualidad es una enfermedad, que el siglo XX fue el de los derechos humanos y el XXI debe ser el de las obligaciones), Bernardo Neustadt (ingenioso periodista argentino con la virtud de apoyar y relacionarse con los gobiernos más detestables de la historia argentina, entre los que se cuentan, por supuesto, la última dictadura militar y el gobierno menemista) y Juan José Sebreli, filósofo del que Vargas Llosa dice que “Como muchos argentinos que he conocido, me da la impresión de haber leído todos los libros”. Hasta allí nada que pueda indignar a un individuo: ¿a quién pueden molestar unos tipos amables y brillantes que se juntan a defender la libertad, la tolerancia y la libertad de expresión? Sin embargo, desde las sombras de la más ominosa ignorancia, hace su aparición ella, Doña Bárbara. Resulta que el micro que llevaba a Vargas Llosa y otros paladines de la justicia al coloquio fue atacado por una agrupación de Izquierda (el escritor, un tanto confundido, cree que la Izquierda argentina es D’Elía y no duda en señalar al patotero oficialista como Jefe de todo movimiento “bárbaro” del país) que, con palos, ruido y furia, interceptó el transporte moderno, apto para llevar hombres probos del progreso humano, elocuentemente en contra de la idea de libertad, tolerancia y democracia que tienen nuestras agradables deidades. Desactivando el anodino matiz irónico de las últimas líneas, debo decir que cuando me enteré de tal situación, me pregunté para qué lo hacían: es verdad que Vargas Llosa y sus amigos apoyan decisiones y cierto orden mundial difícil de tolerar, pero ¿se gana algo aportando violencia física? Absolutamente no y, por otra parte, ¿no dijo Voltaire “detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”? Libertad, como dice Orwell evocando a Rosa Luxemburg en “Libertad de prensa”, es libertad para los demás. Es verdad, Vargas Llosa es de aquellos que celebraron el “¿Por qué no te callas?” sin prestar atención al tono autoritario y colonial de la frase, es de aquellos que, en su ceguera anti-Chávez, creen que fuera del venezolano, Castro y Evo Morales, los latinoamericanos son todos “discretos y esforzados gobiernos que (…) trabajan por sacar a sus pueblos de esa barbarie de subdesarrollo que representan los bajos índices de crecimientos”. ¿Es discreto y esforzado arrojar una bomba a un país vecino como lo hiciera hace tan poco tiempo Álvaro “Benjamin Linus” Uribe? Sin embargo, en mi ideario algo hippie y utópico, la violencia nunca está justificada y la agresión al micro de los “liberales” me pareció, al igual que el desalojo de la Plaza infame por parte de D’Elía, estúpida y contradictoria: la libertad, como ya se ha mencionado, difícilmente se defienda agarrándose a piñas o cortándole la posibilidad de indignarse al de la vereda de enfrente. De todos modos, sería correcto aclarar algunas cosas que Mario Vargas Llosa, en su fundamentalismo exasperado, dice en “Borges y los piqueteros”.
La columna comienza rememorando su visita a la Biblioteca Miguel Cané en la cual trabajó Borges de 1937 a 1946 hasta que los peronistas lo mudaron a un puesto que nunca tomó: Inspector municipal de aves y gallineros. De este modo, Vargas Llosa explica, con colosales omisiones, cómo la Argentina, antes del peronismo, era un palacio cuasi-europeo, repleto de agitación cultural, cosmopolitismo, es decir, un país al nivel de un escritor como Borges. Todo fue luminoso y bello hasta que llegó Juan Domingo. A partir de allí (y no antes con la Campaña del desierto, el golpe de Uriburu, los fraudes electorales, el autoritarismo, la exclusión femenina en las elecciones, el racismo y otras yerbas) Argentina entró en un “proceso de barbarización política” que “latinoamericanizó” (¡!) el país y lo llevó a obnubilarse con “el populismo, la demagogia, el autoritarismo, la dictadura y el deliro mesiánico”. Lo más sorprendente es que Vargas Llosa nos quiera hacer creer que está tan mal informado, que de verdad desconoce que “la democracia, la economía de mercado (…) las instituciones civiles, la cultura de brazos abiertos” con las que califica a la Argentina pre-peronista-piquetera-dictadora (evidentemente, el extraordinario autor mezcla todo) no escondía, por detrás, una fabulosa exclusión social que, por inercia, alguna vez debía explotar.
Según Vargas Llosa los piqueteros “en sus orígenes eran, al parecer,” (sólo “al parecer”) “desempleados y marginales que salían a reclamar atención y trabajo de un poder que los ignoraba, de un mundo oficial sin alma, que daba la espalda a los más necesitados”. Cierto sarcasmo en sus palabras (la rimbombante línea “mundo oficial sin alma”) enturbia aún más el texto del escritor. Sin saber que no todos los piqueteros son oficialistas y que éstos, aunque debilitados, también siguen coordenados en contra del gobierno (es el caso de Castells), Vargas Llosa, con cierta verdad, afirma que los piqueteros (sin distinciones) “son las fuerzas de choque del poder político” y que el 25 de marzo último entraron a la Plaza de Mayo para dispersar a palazos y patadas a los “simpatizantes de los agricultores” (¡!). Me es difícil encontrar una serie de maniqueísmos más degradantes porque, acto seguido, Vargas Llosa (otra vez confundiendo a D’Elía con un amplío sector de la población argentina) dice lo siguiente (es necesario citar todo el párrafo para que se entienda su garrafal desinformación):
“¿Cuál revolución? (se refiere a la que, supuestamente, llevan a cabo los piqueteros) La del odio. Lo explica muy bien el líder piquetero Luis D’Elía, afirmando que la culpa de esta movilización de agricultores contra el Gobierno la tienen “los blancos”. Añade que él odia a los blancos del Barrio Norte y quisiera “acabar” con todos ellos (…) Pregunto a mis amigos argentinos qué quiere decir el líder piquetero con aquello de “blancos”. Porque, por donde yo miro, en la Argentina, por más esfuerzos que hago, sólo veo blancos. ¿Quiere acabar, pues, el piquetero con cuarenta millones de sus compatriotas? No veo argentinos, negros, ni cholos, ni indios, ni mulatos, salvo turistas o inmigrantes. ¿Únicamente a ellos está dispuesto D’Elía a salvar de sus fantasías homicidas y racistas?”.
Ay, Vargas Llosa. En Argentina sí hay indios (mapuches, tobas) pero es claro por qué no los viste: éstos no suelen encontrarse cerca de los coloquios liberales ni de la Biblioteca Miguel Cané ni del célebre Café Tortoni sino más bien agrupados como animales en zonas periféricas, territorios que poco a poco les van robando empresas transnacionales en nombre del progreso, la democracia y la libertad, mientras mueren de hambre ante el mutismo de todo el país. En Argentina, puede que no haya muchos negros al estilo Carl Lewis o Michael Jordan (el único tipo de negro que reconocen los liberales: aquellos que en vez de hablar, corren a toda velocidad o pican pelotas) pero sí hay un gran segmento de la sociedad que es maltratada y, ¡oh casualidad!, suelen ser denominados con esa palabra: “negros”. Incluso una de las conversaciones más usuales en taxis, reuniones familiares y programas de televisión en Argentina es dedicarse a fantasear con que alguna vez se cumpla el gran sueño de los argentinos: “matar a todos los negros”. Es raro, en verdad muy raro que Vargas Llosa no sepa que también los bolivianos, los paraguayos y sus compatriotas, los peruanos, son denominados “negros” y sufren discriminación, escarmiento y xenofobia por parte de esos “blancos” tan agradables que somos nosotros, los argentinos (como ese policía que quiso matar a un boliviano y recibió, hace pocos días, 22 años de cárcel o el propio Fernando Peña, ese lúcido artista trasgresor, hoy cruelmente perseguido por las huestes bárbaras, quien antes de hacerle una nota a D’Elía no tuvo mejor idea que decir que iba realizar “una nota de color…de color negro”). Perdonen el sarcasmo, pero hay veces que es difícil aceptar que uno de los escritores más importantes de la historia de Latinoamérica opine del mismo modo que Susana Giménez.
Por último, Vargas Llosa vuelve a caer en un equívoco y como se entiende desde el título de su nota, se esperanza con que el espíritu de Borges despierte “a la Argentina de la pesadilla de los piqueteros”. Vargas Llosa, sin dudas, confunde las cosas: ese genio de las Letras que fue Borges no dudó en ser bárbaro cuando, por ejemplo, apoyó los bombardeos de la “Revolución Libertadora” o manifestó que Videla era una persona honorable. Georgie también era, a pesar suyo, a pesar de la visión idealizada de Vargas Llosa, “un consanguíneo del caos” (dixit “Nuestro pobre individualismo”), un argentino más. Como bien dice Fabián Casas “los caminos de los puristas conducen irremediablemente al fascismo”. Mario Vargas Llosa, lamentablemente, se ha convertido en un purista, un tipo que no puede ver más allá de su posición y que inmiscuido en sus ideas supuestamente “liberales”, no duda en escribir párrafos maniqueos, fatalmente desinformado, con grandes omisiones. Los que apedrearon su micro estaban convencidos de que haciéndolo subvertían alguna ley capitalista pero, claro está, en su estúpida agresión, son tan fundamentalistas como él y como D’Elía y como los chicos ricos de Barrio Norte que escriben en un cartel, “a favor de la democracia”, “Reteneme esta”. Pero regresemos al principio, lo único que importa en este mundo atroz: Mario Vargas Llosa es un autor extraordinario

UNA PARA EL LADO DE LA JUSTICIA

La revista Ñ del No-Monopolio Clarín tiene hoy en su tapa al grosso James G. Ballard. Allí podemos encontrar un perfil conmovedor sobre el autor escrito por el especialista en ciencia ficción Pablo Capanna. Imperdible.

viernes, 11 de abril de 2008

La paradoja de ser Charly García

Ya no soy mí- “Curitas”, Charly García.

La nota central del número aniversario de la edición local de la revista Rolling Stone (ahora la contracultura tiene 70 páginas de publicidad y 72 de redundantes (y harto transitadas) evocaciones de tapas, declaraciones e imágenes viejas) es una entrevista que Mariana Enríquez le hizo a Charly García. Luego de leer la fragmentada paleta de impresiones que la escritora tiene sobre el artista en cuestión (por lo que se deja entrever, en estos tiempos, es difícil sacarle dos o tres frases seguidas a Say No More) se pueden hacer varias apreciaciones (que siguiendo los dogmas SNM, quizás no apunten a nada). En primer lugar, la mayoría de las cosas que dice Charly ya han sido reveladas en otras entrevistas: la “sofisticada” teoría sobre la personificación de las notas musicales (“Do es un gordo de Mar del Plata (…) Sol es femenina, es el folk, Joni Mitchell”) ya había aparecido años atrás en la extinguida publicación La García; el extrañísimo cambio de sangre al que fue sometido en Texas, en marzo del 2007, fue parte de un especial de Radar del año pasado sobre la reedición de la biografía de Sergio Marchi; su opinión sobre el polémico encuentro con Nemen lo conocen todos y el decálogo de frases constant concept aquí calificado como “nuevo” es más conocido que la letra de “Canción para mi muerte”: La entrada es gratis, la salida vemos; La vanguardia es así; Mi capricho es ley, etc. Por otro lado, no muy distante del anterior, el fan hinchapelotas de Charly (un servidor) no podrá dejar de advertir que Enríquez no aclara que varios de los temas de Kill Gil que ella exalta y parece juzgar como nuevos (“El artista que hace rato parece terminal, extrema la lógica de sus letras” dice sobre “Transformación”, un tema de ¡1992! que Bicolor Man reversionó para su disco freezado) son viejos: al recién nombrado hay que agregar “Happy and Real” (Tango IV, 1991) y “Telepáticamente”, Sí, 2001). Pero más allá de estos datos insignificantes (existe la seria posibilidad que no toda la gente se haya pasado su adolescencia leyendo entrevistas y escuchando discos de Charly García y que todo lo que para un fan parece un refrito sea una novedad…o no) la nota de Mariana Enríquez, a través de su narración acelerada, ofrece un punto de vista escalofriante sobre la situación del autor de “Adela en el carrusel”. Confundido, demente, impenetrable, reaccionario, idealista. La variedad de calificativos que pueden describir al Charly de hoy es tan contradictoria como sus manifestaciones: mientras en su reciente episodio con los actores colombianos (¡!) dijo haber escupido a un policía, aquí proclama que “Los únicos que no me cagaron fueron las putas, la policía y los fans”; en tanto denosta la falta de ideales de su hijo y la generación rockera actual, dice no arrepentirse de haberse acercado a Nemen; afirma que la música no es para hacer plata pero en diciembre del 2002 en el teatro Gran Rex pidió a sus fans un peso para no abandonar el país. “Por favor”, decía aquellas noches, en tono sarcástico mientras ofrecía los mejores recitales en años, “no me quiero ir de este país, lo amo tanto”. Probablemente, las repentinas mutaciones en el discurso de García sean lógicas y se deban a su estado mental: no son novedad sus súbitos malhumores ni sus desquicios, pero últimamente la bilis parece haber aumentado. Hace poco vi en televisión una entrevista del año pasado que un periodista le hace por la calle. Como muchas de las situaciones que suceden con Charly, esta es tragicómica: ahí está “el genio”, sucio, desdentado, con una bolsa que parece pesar más que su cuerpo, refunfuñando, enojado. El periodista lo sigue: Charly, la gente te extraña. Y yo me extraño a mí, contesta García, dramáticamente. Charly, vuelve a señalar el periodista, ¿vas a volver a tocar? Si, pero en Estados Unidos, contesta el músico. Pero Charly, arremete el periodista que, evidentemente, desea que García lo trompee, ¡estás en Argentina! No voy a comentar nada sobre la respuesta de Say No More, sólo voy a decir que contestó como lo haría un chico caprichoso: ¡Loco, déjenme progresar!
En el párrafo anterior desmenuce arbitrariamente la nota de Mariana Enríquez para exponer alguna de las contradicciones de Say No More. Sin embargo, la más grande de éstas tiene que ver con su pasado y, más que contradicción, es una paradoja. Abanderado de una generación que exigió (a través del cabello largo, las consignas políticas, la diversidad sexual y la experimentación con las drogas) la libertad total del ser frente a las diversas formas del autoritarismo, Charly, ahora, en un mundo donde la libertad conseguida ha llegado a perder el respeto por figuras de su envergadura, a subirle ilegalmente discos a la Red y hacer artistas a “esos que creen que es arte sacarle fotos a sus propios dedos gordos del pie” (Enríquez dixit), se siente acorralado. En su locura, cree que cada una de las personas del país no sería igual de no haber estado él con sus músicas y su piano y su bigote bicolor y sus letras de antología. Tal vez algo de razón tenga, pero suena desquiciado cuando cuenta cómo le dijo a un policía que si Sui Generis no hubiese existido éste no se daría besos con sus compañeros al llegar a la comisaría. Demasiado ego, que le dicen. Pero en su debacle económica (finalmente García es uno más de esos argentinos que sólo saltan y cacerolean cuando no tienen dinero para irse a Miami; tal vez por eso nos represente y varias de sus letras conformen nuestro inconsciente colectivo) y racional, Charly (horrorizado ante el conformismo del rock vernáculo y la inexplicable condescendencia de los críticos hacia bandas que él no considera música, a saber: Los Piojos, Babasónicos, Catupecu Machu, Airbag) no teme sentenciar “Lo que voy a decir ahora puede parecer fascismo, pero no lo es, nada que ver. La situación de que haya un enemigo claro, y que te tengas que jugar por algo, hace la hamburguesa de la canción. El arte era mejor cuando estaban los militares”. Quién lo hubiera dicho: el autor de “Alicia en el país” añora el matiz artístico de las épocas de plomo. Obviamente, la reflexión de Charly no es fascista, sino más bien melancólica y algo egocéntrica: lo que extraña García no es la represión sino una época particular, justamente aquella, donde no existían Los Piojos ni Catupecu Machu ni Babasónicos, bandas que son más populares entre los jóvenes que él, quien se considera el padre del rock argentino. Pero antes de desautorizar el discurso de Charly, habría que repensar sus manifestaciones despóticas (fuera de él, parece decir, no existe la música argentina). Evidentemente, el rock ha decidido cargar las tintas sobre todo lo accesorio del arte: los que fueron a ver a Los Piojos en el Quilmes Rock, antes de hablar de la música, extasiados, cuentan cómo baila Andrés Ciro, de qué colores eran los disfraces de los integrantes del grupo, cómo entraron en un auto y en bicicletas, la espectacularidad de las luces, etc. ¿Y la música? Bien, gracias. Catupecu Machu, esa banda arrogante que cree estar revolucionando la música por producir sus discos, sacó un álbum con 4 temas nuevos y la prensa se arrodilló. Sin dudas, actualmente, lo que importa es el gesto excéntrico, la pose esnob y muchos de los que afirman que Kill Gil es un disco mediocre, ni siquiera se tomaron el trabajo de escucharlo y comprender que varias de sus canciones están a la altura de quien las compuso.
El mismo dejo amargo que se esparce por ese gran disco que es Kill Gil, es reflejado por Enríquez en la nota: “Estamos juntos”, canta en forma irónica al final de su apocalíptica “No importa”; “Y nadie es feliz”, repite hasta el cansancio en el pop pegadizo “Los fantasmas”; “Y todo lo que fue”, se lamenta, también en forma constante, al finalizar “Pastillas”. Es factible que García extrañe (y mucho) la cultura rock de antaño (“Nuestro rock era bueno. Vos escuchás a Almendra y no lo podés creer” dice, certero), pero lo que parece lamentar con más convicción es aquello que contestó al periodista en la nota del año pasado: ya no ser él.

jueves, 10 de abril de 2008

LO QUE SABEMOS

Sabemos que los números del INDEC están dibujados. Sabemos lo de los fondos millonarios de Santa Cruz. Sabemos, con sólo salir a la calle, que es mentira que el país haya salido de algún pozo. Sabemos que el gobierno utiliza su política de Derechos Humanos para tapar incongruencias varias. Sabemos que la gente se sigue muriendo de hambre. Sabemos que el gobierno utiliza (a través de órdenes o no) a D’Elía y compañía como fuerza de choque. Sabemos que es muy probable que este gobierna sea tan o más corrupto que el de Menem. Sabemos que la medida de las retenciones fue mal implementada. Sabemos que Cristina usa boinas francesas cuando va a París y nos reímos de ello. Sabemos que la “garita mediática” es un agravio. Sabemos que la interpelación a Sábat fue, por lo menos, alocada. Sabemos, en suma, que todo es una gran farsa (como siempre). La pregunta es obvia: ¿acaso en la televisión, en la radio, en los diarios, en los blogs hay gente que NO dice lo que piensa por miedo? Si los aprietes del gobierno fuesen tan serios (y no los mismos que cada gobierno democrático está mal acostumbrado a hacer) ¿creen que todos estaríamos enterados?, ¿creen que Pepe Eliaschev podría sacar su libro sobre “las listas negras”? Indudablemente, va a parecer que estoy defendiendo a D’Elía pero sólo se trata de observar el modo en que accedemos a la información: ¿no es peligroso omitir el racismo de Fernando Peña y editar la nota de éste con D’Elía como si su reacción hubiese sido a propósito de nada? Clarín, quizás, técnicamente, no sea un monopolio (sabemos, también, que hay otros diarios y canales y radios para elegir) pero la línea que baja (ya sea desde TN o Canal 13 o el propio diario) no es inocente: sabemos cómo fue tratado el tema del campo y el gobierno, sabemos cómo, repentinamente, en los programas de opinión (vaya a saber por qué tramoya trasnochada) la relación con el gobierno mutó en forma radical. El trato que reciben los medios por parte del gobierno (sin posibilidad de preguntar por los temas más álgidos, sin repreguntas, sin contacto inmediato con la presidenta), ya lo harto sabemos, es vergonzoso. Lo que nadie dice es que también los medios (con sus mentiras, con sus maniqueísmos, con sus intereses, con sus hipocresías, ¡con sus imprevistas conexiones con el Gobierno cuando conviene! (remember Joaquín Morales Solá y Cristina), con sus rasgaduras de vestiduras, con sus analogías entre este presente (donde felizmente todos dicen lo que se les canta) y la dictadura, con los endiosamientos a Elisa Carrió, con su elemental amarillismo) son vergonzosos. Gran parte de la gente analiza la realidad a través de lo que se dice en los noticieros o lo que se titula en los diarios, sin filtro, sin pensamiento crítico alguno, no jodamos: sabemos que nunca, una decisión gubernamental va cambiar nuestras vidas, todos los gobiernos argentinos son abstracciones y la era K no es la excepción, pero, por favor, no me hagan morfar eso de que Clarín está manejado por seres angelicales y TN es periodismo independiente. Lo único “inexplicable” (Telenoche dixit) del ataque de Luis D’Elía al grupo económico Clarín en “A dos voces” es que el gobierno K (además de errático) sea tan obvio, lo demás (amenguando ciertas frases, recortando los improperios desmedidos y el tono apocalíptico), lamentablemente, es verdad.

martes, 8 de abril de 2008

Doble post

En forma arbitraria, cruel e intolerante, usted podrá comentar los dos posts anteriores sólo en esta entrada. Muchas gracias.

EL EXTRAÑO CASO DEL TÉCNICO SIMEONE Y RIVER PLATE

Uno de los grandes enigmas de la contemporaneidad (además del paradero de Juan Carlos Blumberg y la fecha de edición de Kill Gil) es comprender por qué el River de Simeone ganó un Torneo de Verano, está primero en el Campeonato Clausura y tiene posibilidades serias de pasar a la segunda ronda de la Copa Libertadores de América. Muchos, optimistas, dicen: “cuando se acostumbre a estar en la punta va a jugar bien” o “es más fácil que comience a jugar bien un equipo que gana (como el equipo del Cholo) que uno que pierde: tarde o temprano, River va a jugar bien”. Sin embargo, el Campeonato ya lleva 9 fechas (es decir que faltan apenas 10 partidos) y River never jugó bien: nunca tuvo posesión de la pelota, nunca pasó por encima a un rival, nunca, a lo largo de un encuentro, hilvanó numerosas jugadas de las que participara todo el equipo, nunca demostró solidez defensiva sino más bien “suerte defensiva”, siempre careció de equilibrio, siempre necesitó de su arquero para asegurar las victorias, nunca tuvo pudor para reventar pelotas a la tribuna y hacer del “centro salvador” su bandera futbolística, etc. Para que el River actual esté a la altura de la Institución que representa (no justamente la de los barras y el presidente Diamante, digo Aguilar, sino la de Labruna, Alonso y Francescoli), deberá ganar los partidos restantes con goleadas microcósmicas y actuaciones sobresalientes. De lo contrario, será un campeón tan triste como el día en que se nos muere una mascota (preferentemente un perro).

Una de las grandes estupideces de la contemporaneidad (además de pensar la violencia escolar como algo nuevo y creer que el cacerolazo del 25/3 significó “un hito en la historia argentina”) es la de entender que donde hay gran cantidad de números hay, sin dudas, algo excepcional. Es así que los programas de televisión rigen su continuidad conforme al rating. Es así que los autores que más venden son comúnmente catalogados como “exitosos”, cuando todos sabemos que el éxito de una obra literaria, si es que existe, debe medirse por la calidad y no por su inserción en el Mercado… ¿De qué estaba hablando? ¡Ah, de River! Un buen ejemplo de este tipo de equívoco fue el partido que el Club de Nuñez perdió contra el América de México por 4 a 3. La mayoría de los medios deportivos (y, por consiguiente, la gente) habló de ese partido refiriéndose a una “fiesta del fútbol”, “una noche excepcional” sólo porque hubo 7 goles, es decir, una cantidad extraordinaria para la media habitual. Este silogismo es más fácil que escribir una nota sobre Seinfeld advirtiendo la paradoja de que “la comedia sobre la nada” se haya convertido en la “comedia humana sobre todo”. Sólo profundizando unos milímetros, caemos en la cuenta de que el partido fue horriblemente mal jugado, tanto es así que fuera de los goles (todos, a excepción del último, a través de pelotazos que causarían la envidia de un rugbier) casi no hubo llegadas de gol. De todos modos, en ese partido, el hincha de River que desde que Simeone comenzó su ciclo se preguntaba a qué jugaba el equipo, tuvo la respuesta: River juega a “la restada”, aquella idílica recreación donde se enfrentaban dos jugadores-arqueros que remataban desde su arco, prescindiendo de un equipo y haciendo de la pelota parada su única arma para herir al rival. Otra enseñanza de la aventura azteca es que el glorioso momento de Carrizo tiene mucho del factor suerte: fuera de estar muy bien ubicado y mirar con excesivo “gesto solvente” las pelotas que se van cerca del arco (¡e incluso las que pegan en el palo y las que se meten en el ángulo!), cuando te hacen 4 goles en 25 minutos, ni el arquero más sublime te salva. Los periodistas deportivos (que suelen hacerle problemas a ese extraño hombre llamado Ischia cuando Boca crea 520 situaciones de gol y empata) ni se inmutaron: River jugó bien, Simeone es un gran técnico y el equipo tiene mucha actitud…El partido contra Lanús fue parejo y, en el balance, fue el equipo de Cabrero el que dominó: River se dedicó a esperar, armar jugadas de contraataque y rezar porque alguna de sus irregulares figuras tenga un acceso de inspiración, algo que ocurrió finalmente en el segundo tiempo cuando el Niño de Cobre realizó una apilada genial y definió ante Carlos “adelantado 20 años” Bossio. Después lo tuvo Sand, que volvió a ser el de River, Colón y Banfield: en 5 días dilapidó dos penales vitales. En una contra, Abreu, sólo ante el arquero, pateó el césped, cayó y pidió penal. Alexis Sánchez se convirtió en el jugador más absurdamente ovacionado. Las vacas están tan flacas que ya aplaudimos a un jugador porque nos cae simpático: la verdad es que el chileno deambula en la cancha y tiene tantas buenas como malas, pero ya lo dijo Calamaro: No alcanza ni para fiambre/ a conformarse con los olores…

Las palabras claves para definir a River son claras con respecto al juego del equipo: oportunismo, actitud, contundencia, presión, etc. Todo lo transitorio que tiene el fútbol se encuentra en esos términos. Simeone viene ganando, es verdad, pero la excesiva puesta en escena que realiza en cada partido (mezcla hiperbólica de la ancestral mala onda de La Volpe con el perfeccionismo paranoico de Bilardo) explicita que no está conforme con el funcionamiento. Algo me dice que lo que busca Simeone y no puede plasmar, tampoco me gustaría mucho. Habrá más noticias para este boletín. Cambio y fuera. Abrazo de gol. Sayonara. ¡Viva la bagatela!

YA NADIE LEE EN ESTOS DÍAS


Desde el año pasado, obtener un libro en Mar del Plata se ha hecho doblemente dificultoso. A la complicación esencial que supone la compra (conseguir el libro deseado, tener el dinero para pagarlo) se sumó otra, tal vez un tanto fundamental: encontrar una librería. Por cuestiones que desconocemos (y podrían ser el azar, la casualidad, una oscura conspiración de parte de un organismo diabólico que desea el fin de la lectura, la esfumación, la abducción extraterrestre, el hecho de que, generalmente, la gente no lee), entonces, el local de disfrute y búsqueda, de tortura y felicidad conocido como Librería se ha extinguido casi completamente de la ciudad de los lobos marinos.
Chesterton, por ejemplo, una muy buena librería (o que, desde su imagen, augura una buena librería) pasó a ser un Café con libros alrededor. Mi conservadurismo innato gambetea tales invenciones posmodernas. Lo mismo sucedió con Fray Mocho. Tal vez a muchos les agrade buscar libros entre camareras y cabezas que toman la merienda, a mí me incomoda. La visita a una librería supone cierta internación en el lugar hasta encontrar el volumen deseado, la librería-café rompe con esa costumbre: comprar libros allí es como llegar a una casa de noche sin haber sido invitados a cenar.
En la misma cuadra donde originalmente estaba Chesterton (Belgrano entre Corrientes y Santa Fe) supo haber otras dos librerías. No eran grandes librerías (ni siquiera buenas) pero al menos tenían ofertas que podían sacarnos de un brete. Como es claro, las dos desaparecieron desactivando, con ellas, la capacidad de sacarnos de oscuros bretes que no voy a desentrañar. Quizás la librería que más lamenté su desaparición es la que estaba en el medio de la Galería San Martín. Allí había inhallables, viejas ediciones, una buena parte de la historia de la literatura argentina. Primero se adosó a una disquería de rock progresivo. Una tarde de invierno tenía ganas de comprarme un libro. Llegué y caí en la cuenta de que ya no estaba. Snif, snif.
Por la Peatonal, las librerías de saldo (a excepción de una ubicada entre Buenos Aires y Entre Ríos) se han unido a negocios inverosímiles: una casa de revelados de fotos y Milki, un local de golosinas. En el primer caso, al entrar, uno debe soportar que lo indaguen con la mirada en forma insistente: creen que ha ido a comprar una cámara digital o revelar el rollo de un casamiento (me pregunto quién aún hoy revela rollos) hasta que recuerdan que también son empleados de una librería.
Cualquiera que conozca el funcionamiento de una librería sabe que al lector no le gusta que le pregunten qué va a llevar como si estuviera eligiendo un vestido. La compra de un libro, muchas veces, es súbita o consecuencia de un acto más espontáneo que premeditado. Esta pregunta se da porque la mayoría de quienes trabajan en las librerías marplatenses no saben de libros. Simplemente se trata de otorgarle trabajo a quienes de verdad lo merecen. Es inaudito entrar a una librería, preguntar por Adán Buenosayres y tener que deletrear 5 veces el título para que luego, con mala gana, un empleado/a lo teclee en la computadora sin obtener resultado. “¿Estás seguro que se llama así?”. “No sé, si querés voy a preguntar a la tumba de Leopoldo Marechal”. ¡Plop! Estas líneas, no lo niego, pueden esconder cierta intolerancia: para entenderme sólo imagínense entrar a un taxi, indicar Luro e Independencia y que el conductor nos informé que nunca escuchó sobre esas calles.
Después están los locales que se llaman librerías pero más bien parecen perfumerías lujosas. Son las que eligen poner en sus vidrieras los libros más vendidos (que casi siempre tienen la cara de un famoso en la tapa). El Atril, que siempre fue caro, pero donde había variedad (ahora ni siquiera eso), parece un aeropuerto: hay que dejar los bolsos, guardarlos en un casillero de llave complicada. No se les ocurra tener barba o ser un poco desprolijo porque te miran temiendo una atentando terrorista ¿Desde cuándo las librerías se convirtieron en sucursales de la Bonaerense? Una de las cosas a las que se deben resignar los dueños de librerías es a que, cada tanto, les afanen un libro. Palito (la que está en San Martín entre Mitre y San Luis) no sólo está mortalmente desordenada: es tan cara que libros que en otros lugares salen 4 pesos, aparecen a 30 (Todas las familias son psicóticas, Douglas Copland). La tradición de esa librería es la imposibilidad de saber los precios. Ahora (como en toda librería traicionera) ni siquiera los dicen pero antes había un complicado (y por sobre todo absurdo) sistema donde cada letra del abecedario significaba un número. Así era que el precio de un libro podía llegar a ser: “H + U + O + P + L + K + I”. ¿Por qué no ponen los precios basándose en el idioma analítico de John Wilkins? Sería un poco más dificultoso, pero bastante más literario. Cambio y fuera.

Librerías marplatenses recomendadas:

Librería Horacio.
Puesto de libros de Plaza Rocha (20 de septiembre entre San Martín y Luro)
Librería ubicada en una galería que cambia de lugar misteriosamente o que yo nunca encuentro.
Librería Martín (Rivadavia entre Independencia y Salta).

domingo, 6 de abril de 2008

Reducción selectiva de la violencia

Aunque me fuercen/ Yo nunca voy a decir/ Que todo tiempo por pasado fue mejor/ Mañana es mejor- Cantata de puentes amarillos, Spinetta.

Ahora que los medios, constantemente, agitan el avispero de la violencia social, vendría bien recordar el pequeño fragmento de “Lingüística general” de Bernard Pottier que los estudiante de Letras leemos en el primer año de la carrera (y si tienen ganas, como yo, dos veces más, para aclarar las dudas). En este breve artículo, el amigo Pottier, casi tan sintético como la eterna y ortodoxa Ofelia Kovacci, nos contaba que antes de construir un enunciado, el individuo hace una “conceptualización”, “una reducción selectiva de la referencia”, es decir que de la marañosa entelequia “realidad” tomamos sólo un trozo y construimos un mensaje. Pensar que ese mensaje es infalible, que expresa exactamente lo que queremos decir, deja de lado los oscuros propósitos del ser humano como así también las diferentes circunstancias contextuales de la comunicación.

La teoría de Pottier desarrollada en el párrafo anterior (que, a través de redundantes oraciones apositivas y aclaraciones innecesarias, tiene la rara virtud de volver compleja una teoría muy simple) podría traerse a colación cuando analizamos la forma en que los medios de comunicación (principalmente los noticieros, que, a su vez, recogen las coordenadas ideológicas de radios y periódicos del monopolio pertinente) reflejan la realidad. Sería iluso pedirle a un noticiero que aclare a los desprevenidos que allí sólo se muestra un minúsculo ápice de lo que sucede en el país (por acotarnos a un territorio cercano), pero teniendo en cuenta los intereses económico-políticos y la ansiedad por obtener una noticia efectista, no vendría nada mal.

Como dijo Pablo Vasco en su buen programa de radio “Exijo una explicación”, si uno ve el noticiero de América corre el riesgo de no querer salir más a la calle: pandillas asesinas, helados hechos a base de frutas podridas, desabastecimiento, nuevas técnicas de delincuencia, secuestros. La misma reflexión puede hacerse de todos los canales de información: el problema no es la catarata de malas noticias, sino que cada flagelo es narrado como algo nuevo, un gen novedoso y maligno que se inserta en la comunidad por consecuencia de la estructura social en la que está inmiscuido el hombre. En el afán de ofrecer (¿o vapulear?) al espectador con artillería rimbombante, la noticia siempre es vendida como algo propio del mundo contemporáneo con causas propias del mundo contemporáneo, según corresponda: la disgregación familiar, la corrupción de la dirigencia en los clubes de fútbol o la imprudencia al pisar el freno de los automóviles.

Hoy en día, los medios tienen una relevancia descomunal en el individuo. Si prestamos atención, veremos cómo digitan nuestras conversaciones más frecuentes. Una semana, hablamos de la violencia en el fútbol. A la siguiente, el timón ha girado a la multiplicación excesiva de accidentes de tránsito. Días después, capta la atención la cantidad de robos en una estación de servicio. Al poco tiempo, la violencia en el fútbol y los choques han perdido espacio por un flagelo aún más tenebroso: la violencia juvenil representada en un púber boquense de pelo largo que ataca a piñas a su maestra. Si nos quedamos en la superficie, haciendo la plancha con el cerebro, pareciera ser que durante los días en que murió Emanuel, el pobre pibe de Vélez, no hubo tantos choques en las autopistas capitalinas y que mientras surgió “el rebrote de violencia escolar” (¡!) cesó la agresividad en el fútbol argentino… No faltará, entonces, quien agrupe todas las noticias con núcleos violentos y manifieste que cada una de ellas está relacionada con la otra y forman, en conjunto, la triste realidad del país: los argentinos, día a día, estamos cada día más violento. No importa que en España o Estados Unidos o Nigeria o Malasia suceda más o menos lo mismo, con índices más o menos bajos o altos, la explicación radica en la personalidad argentina: según se dice, somos violentos, agresivos, intolerantes, maniqueos, enfermizos. Personalmente, creo que no hay nada más errado que creer en la “argentinidad”, rasgo por el cual los nacidos en este país seríamos los forjadores de toda la gama de características desechables de la historia del mundo. Creo que en todos los lugares de este hermoso Globo la gente, aún sin ser argentina, mata, discute sin saber, miente y es egoísta. Creo, si no me falla la memoria, que desde que tengo uso de razón la violencia asota al fútbol y en las calles se respira el odio más inusitado. Hace 10 años, cuando yo iba a la Escuela Secundaria, nos juntábamos en el tercer piso del Colegio Industrial a organizar peleas cuerpo a cuerpo. A veces nos sangraban los labios, a veces la seguíamos en la Plaza. En las horas de clase escupíamos e insultábamos a los profesores. Y eso no era nada: se contaba que antes, todavía era peor. Es probable que en 1978 la delincuencia callejera no fuese tan cruenta, sin embargo, el terror y las ganas de quedarse en casa de noche provenían de un Estado genocida. Eso sí, seguramente, décadas atrás, los noticieros no podían contar con las imágenes de filmadoras portátiles, celulares o cámaras fotográficas digitales ni las noticias eran publicadas al instante a través de la Red informática o alguno de los tantos canales del cable…

Tenemos que ser un poco más serios: nunca, ni el 506, ni el 2000, hubo lugar para los débiles. La violencia está agazapada en nuestro propio ser y también existe en las sociedades supuestamente perfectas, donde no hay barras bravas, ni disgregaciones sociales ni disputas entre el campo y el gobierno. Entre el enjambre de noticias apocalípticas, sólo vislumbro dos verdades inapelables: por un lado, la inclinación eterna del ser humano hacia el mal; por el otro, la certeza de que el único refugio posible es el amor. Cambio y fuera.

Dejar de matar, dejar de mentir- Ariel Minimal

No queda mucho que decir

Mas queda mucho por hacer

En esta casa nuestra

Primero dejar de matar

Segundo dejar de mentir

Y por algo se empieza


Y el viento del Sur

Nos hará temblar

Y las ventanas del frente

Se abrirán

Y la ciudad será un poco nuestra

El cielo nos verá baldear el patio

Y las plantas regar

En esta casa nuestra

No olvidar dejar de matar

No olvidar dejar de mentir

Te lo digo de vuelta


Y el viento del Sur

Al atardecer

Nos hará viejos

Y quizás nos hará más

Esto recién empieza...

jueves, 3 de abril de 2008

ENCRUCIJADA MORTAL

"Reflexioné, también, que toda incertidumbre era preferible a la de un diálogo con esos consanguíneos del caos, a quienes la infinita repetición de la interesante fórmula soy argentino exime del honor y la piedad. Además ¿no ha razonado Freud y no ha presentido Walt Whitman que los hombres gozan de poca información acerca de los móviles profundos de su conducta?"- Jorge Luis Borges, “Anotación al 23 de agosto de 1944”, Otras Inquisiciones.

La fórmula maniquea “CAMPO VS. GOBIERNO” nos coloca en una encrucijada mortal. En primer lugar, observo que cada una de las personas que opina sobre el tema (yo, por ejemplo) se obliga a decir algo inteligente y esclarecedor, cuando en la mayoría de los casos sólo logra construir un discurso redundante que, en muchas ocasiones, se apoya en cuestiones que pueden ser ciertas pero, habitualmente, al no ser específicamente comprobadas, huelen a generalización barata (“Los del campo se hicieron ricos en los últimos 5 años”; “La plata de las retenciones va a parar a la cuenta bancaria de los Kirchner”). Estas reflexiones apresuradas me recuerdan a los nazis que dicen que los judíos se quieren adueñar de la Patagonia o los fascistas que se preguntan dónde estarán los desaparecidos (tal vez viajando por Europa en un yate).
La mayoría de quienes discutimos sobre el tema no sólo no sabemos nada de economía y engranajes agropecuarios sino que además recibimos La Información de medios que tienen preferencias por alguna de las supuestas dos facciones (Canal 7 y Página 12, por ejemplo, a favor del Gobierno; Canal 13 y Perfil, a favor del campo). Como sucede en la mayoría de los casos, nuestro cerebro recibe información transgénica o suavemente pasteurizada. Es así que, según corresponda, la soja puede pasar de ser el producto que “sacó a la Argentina del infierno” al detestable alimento para ganado que arruina la tierra fértil de la Patria y produce anomalías en el cuerpo de los niños. Desde una visión, la soja es el manjar de los dioses, desde otra (más cercana a la mía), algo así como el “tomaco”, la fruta mutante que planta Homero en un capítulo de Los Simpson.
Teniendo en cuenta lo dicho y para terminar con la cuestión (materia de discusión que, personalmente, me apasiona) voy a dejar en claro mi pensamiento, híbrido de razones encontradas que propician una necesaria tercera posición:
-No estoy con el Gobierno pero creo que las retenciones a los grandes productores son necesarias.
-No estoy con el Campo pero comprendo la indignación de quienes tienen poco y, por consecuencia de las medidas harto mencionadas, ganan menos. Asimismo, me cuesta ver y entender a los pequeños productores (supuestamente quienes más participaron de la protesta) aplaudiendo al canoso Presidente de la Sociedad Rural. Y también vendría bien que alguien defina qué es un pequeño productor y si es posible diferenciarlo de un gran productor.
-No estoy con el Gobierno ni con D’Elía pero el cacerolazo en Capital y diversas ciudades donde no ganó el oficialismo me parece lamentable (macristas y seguidores de la Coalición Cívica aprovecharon un problema ajeno para despotricar contra el gobierno), hipócrita (autodefinirse como “campo” cuando en su vida les interesó el país más allá de la General Paz) y cínico (comparar un gobierno democrático con la peor de las dictaduras y, al mismo tiempo, en forma implícita, tener deseos golpistas: que la presidente abandone su puesto).
-No estoy con el cacerolazo pero es triste que en democracia haya gente que tenga que correr porque viene D’Elía con sus muchachos a ganar el centro de la Plaza.
-No estoy con D’Elía pero la actitud de “víctimas de un gobierno autoritario” de buena parte de la clase media-alta argentina es perversa (tanto como olvidar que todos los días millones de blancos argentinos dicen “negros de mierda” sin que se produzca cataclismo alguno).
-No estoy a favor de la utilización y banalización de los horrores de la dictadura con fines políticos, pero entiendo que buena parte del campo está habitado por terratenientes retrógrados y gran parte del cacerolazo fue llevado a cabo por personas que, inconscientemente o no, pedían la destitución de un gobierno elegido en democracia (Mensaje para Macri: el hecho de que muchos tengan 20 años y no conozcan la historia justamente los hace más peligrosos).
-Todo lugar donde se unen personas argentinas con banderas argentinas, camisetas argentinas y gestos adustos a gritar “¡Viva la Patria!”, es peligroso.
-Toda entonación del Himno en periodos de antagonismos esconde un nacionalismo barato con tintes reaccionarios: parece que al cantar las estrofas se está explicitando que los del “otro bando” no son argentinos. Es triste pero es verdad.
-La pululación exagerada de términos como “xenófobo”, “reaccionario”, “fascista”, “peronista”, “terrateniente”, “Ministro de Economía” no significa la inexistencia de los mismos.
-No es correcto creer que si el atroz D’Elía llama a X “fascista”, X no puede de ninguna forma ser fascista. Lamentablemente, la imbecilidad de una persona no implica la falsedad de sus dichos. Muchos periodistas parecen no saberlo.
-No me indigna que la Plaza de Cristina haya sido llenado, en buen número, con gente a la que se le pagó, me da tristeza.
-Me molesta que haya gente que se indigne con quienes van a actos políticos a cambio de plata. Esto supone el total desconocimiento sobre la pobreza que sufren buena parte de las personas que habitan el país: sin educación, sin salud, sin trabajo, no creo que haya demasiado tiempo para pensar si es éticamente correcto recibir 50 o 100 pesos a cambio de gritar y asistir a un acto político. Además, esta acusación (habitual en el vocabulario de cierto segmento de la población que desdeña las organizaciones piqueteras) supone que toda manifestación masiva y espontánea tiene un móvil legítimo. Aquí vendría bien recordar que el nazismo tuvo muchos adeptos y que éstos marchaban asiduamente por las calles de Berlín. La proliferación de personas a favor de algo no significa que tengan razón, sólo que están de acuerdo.
-A propósito del campo (y el sacrificio que supone trabajar en él), en los últimos días, constantemente, se ha repetido una frase: “Hay que volver al país de nuestros abuelos”. Quiero recordar que nuestros abuelos (o más bien los padres de nuestros abuelos o los abuelos de nuestros abuelos) también solían ser, además de trabajadores, autoritarios, racistas, machistas e infelices. Muchas gracias.