
Hace poco más de una semana, Eduardo Varas Carvajal informó en su blog, Libros, autores y riesgos, que el dominicano Junot Díaz había ganado el prestigioso Premio Pulitzer. El breve post nos advertía que detrás de la presumible catarata de elogios que sobrevendría luego de tamaña congratulación, había literatura de calidad. Días después, caminando por la Peatonal de Mar del Plata con mi novia, encontramos un local espantoso que advertía (con aún más espantosos carteles) su pronta desaparición. Como es claro, todo lo que había allí (supuestamente) estaba a la mitad o a la mitad de la mitad de su precio. Lanzando un suspiro, con algo de curiosidad, atravesamos el umbral. En su interior yacían los restos de la cultura Occidental más vulgar: mochilas plastificadas de Barbie, peluches que ningún niño quisiera tener en su pieza, juegos electrónicos manuales de marcas insospechadas, anacrónicas tazas con dibujos de Disney. Sin embargo, por detrás, asomaban, sobre unas precarias mesas, una centena de libros amontonados. Con algo parecido a la sorpresa advertí que, por fin, iba a adquirir McOndo (aquella antología a cargo de Alberto Fuguet y Sergio Gómez que, a mediados de los 90’, abogó por la muerte del “realismo mágico”) a escasos cuatro pesos, un dólar y centavos. Ya feliz con mi compra, decidí hacer otro pequeño gasto (creo que allí todos los libros costaban cuatro pesos) y llevar un libro de cuentos exquisitamente encuadernado: Los boys. El nombre del autor, como el riff de “I’ can’t explain” de The Who se esparce en todas las bandas de retro-rock, me sonaba de algún lado: Junot Díaz.
The boys -que en verdad se llama “Drown” (Ahogado)- fue publicado hace unos once años y es, tal vez, uno de esos libros a los que les augura un porvenir de culto. A diferencia de otros títulos de la época (el prólogo de McOndo, por ejemplo), no ha envejecido un segundo. En 1997, Junot Díaz, al igual que ahora, era un dominicano que vivía en Estados Unidos y escribía en inglés. Esa posición inestable en el espacio (compartida por millones de individuos en el mundo), se ve reflejada en el poema de Gustavo Pérez Firmat que elige a modo de epígrafe:
El hecho de que te escriba
en inglés
ya falsea lo que quería
contarte.
Mi cometido:
cómo explicarte
que el inglés no es mi sitio
aunque tampoco tengo ningún otro
Los personajes de Díaz se mueven entre las barriadas pobres de República Dominicana y las comunidades latinas instaladas en Norteamérica. En los mejores cuentos (“Ysrael”, “Fiesta, 1980”, “Aguantando”, “Cómo salir con una morena, una negra, una blanca o una mulata”, “Negocios”) las frases tienen la eficacia de una inyección letal. A menudo, el protagonista es un niño híper sensible o un adolescente drogón que (por ciertas marcas, frases, guiños) probablemente sean el mismo autor: la forma en que se lo describe parece mezclar la ternura algo edulcorada de ese viejo y lacrimógeno libro de la pubertad latinoamericana llamado “Mi planta de naranja lima” con el sarcasmo nihilista del “realismo sucio”. Una buena combinación, sin dudas. Los cuentos se conectan entre sí y dan forma a un libro entrañable, con algo de autobiografía y una estructura que por poco no termina siendo una novela.
El campo semántico de Los Boys está plagado de “centroamericanismos”. Si el estilo de Junot terminase por ser artificial podríamos parafrasear a aquel Borges arrepentido de su temprano criollismo y espetar: “Olvidadizo de que lo era, Junot Díaz quiso ser dominicano”. Sin embargo, los modismos se adosan al registro utilizado en forma impecable, es decir que significan y producen sentido aún en los lectores extra-centroamericanos. (Alguna vez debería analizarse la virtud sonora que ofrece la utilización del término “pinga” en desmedro de la anodina “pija” argentina o la “pichula” que Vargas Llosa inmortalizó en Los cachorros: “o sobre aquella vez que se le hinchó la punta de la pinga hasta ponérsele como un limón”, escribe Díaz en “Ysrael”).
Como sucede con otros buenos cuentistas latinoamericanos de la última época (pienso en Roberto Bolaño, en Fabián Casas, en Rodrigo Rey Rosa) en Junot resplandece la influencia de esos escritores norteamericanos de la segunda mitad del Siglo XX (Raymond Carver, Charles Bukowski, Richard Ford, según dicen, también Richard Yates) que asimilaron/metabolizaron la maestría narrativa de varios consagrados (Chéjov, Cheever, Hemingway, Jack London) para contar historias mínimas en contextos sórdidos o marginales con un gran caudal poético capaz de transformar en alta literatura esos tiempos muertos de la vida donde, aparentemente, no pasa nada. La atemporalidad de Los boys quizás se deba a que lo que sucede en estas páginas es perpetuo. Para el ciudadano medio argentino, tan proclive a pensar que todo lo que ocurre en esta parte del mundo es único e inigualable, Los Boys es un espejo: allí también los chicos que no tienen nada que hacer (y son como esas capsulas espaciales que no logran ponerse en órbita, dice un profesor) se juntan en la esquina, allí también hay planes sociales, chicas fáciles y chicas inaccesibles, cigarrillos de marihuana, madres sacrificadas, algo locas, una gran intromisión de la cultura estadounidense. Ese sentimiento tranquilizador llamado “happy end” es tan impensable en Los Boys como en la realidad. Más bien todo finaliza abruptamente, pero con la resignada certidumbre de los que saben que el mundo, aún prendiéndose fuego desde hace siglos, seguirá girando, como si quien esto escribe decidiera terminar el texto exactamente acá.








