viernes 27 de febrero de 2009

1999 (1ra. Parte)

Subir la soga

Estamos sentados como indios, uno al lado del otro. Observamos la puerta del gimnasio por la que debería venir el profesor. Algunos chicos llegan tarde y saludan con gritos e insultos. Los que estamos sentados llevamos una conversación que indistintamente vuelve sobre temas como el fútbol, las chicas y la soga que deberemos subir una vez llegado el profesor. Miren mi pantalón, dice el Chino, es Nike. Todos miramos el pantalón del Chino. ¿Original?, pregunta Facundo. Original, original, responde el Chino. Mostrá la etiqueta, ordena Facundo. El Chino se sonroja y busca la etiqueta en el interior de su pantalón gris y azul. Para mí que es trucho, me dice Facundo al oído. Mientras el Chino busca la etiqueta, otros compañeros muestran sus pantalones de marca. Algunos se paran e imitan a los modelos de la televisión. Fernández tiene unos pantalones Adidas y antes de decir una sola palabra, muestra las dos etiquetas con gesto altivo. Luego dice dónde lo compró, cuánto le salió y cuántos más se piensa comprar. Acto seguido, nos describe sus zapatillas. Fernández tiene toda la guita, me dice Facundo al oído. Después llega Ramiro. Tiene puestos unos pantalones anchos y una remera larga del rapero Eminem. Además, lleva cadenas y collares en todo el cuerpo. Saluda con sonoros apretones de manos: pero no lo hace en la forma clásica sino apretando una y otra vez el puño y chocando y golpeando sus manos contra las nuestras. Buena onda, dice Facundo. Llega Martín, el flaco esquelético que se sienta en la última fila. Tiene un jogging azul gastado. Pertenecía a otro curso pero como se quedaron sin cupo y es el último de la lista, lo mandaron con nosotros. No habla con casi nadie pero a mi me saluda.

Martín se sienta atrás de todos, también como indio. Lleva unos auriculares aparatosos. Facundo, aprovechando que no lo escucha, cuando pasa delante nuestro, dice: Hola Esqueleto. Los demás sonríen. Martín se saca los auriculares y mira fijo a Facundo. A Facundo se le transforma la cara. Se pone rojo, fucsia y de todos los colores. El Chino oprime su cara de una forma espantosa, así hace cada vez que Facundo falla. Hola, dice Martín y comienza a sonreír con unas carcajadas espeluznantes, no me molesta que me digan esqueleto, agrega, prefiero eso a ser un ignorante. Todos nos quedamos callados. Facundo, creo, no sabe qué es eso de ser un ignorante porque se ríe como si fuera el clon de Leonardo Di Caprio. Entra el profesor y por detrás, con una bolsa en la mano, camina Stapowalo, el freak del curso. Tiene la cabeza rapada y un buzo gris y bordo metido adentro del jean ajustado. Al mirarnos, transpira y cierra y abre los ojos unas setecientas veces por minuto. Mira al profesor y este último le indica que debe sentarse. Stapowalo se muerde un labio, ensaya unos cinco o seis tics más y se sienta adelante de todos, no como indio sino con las piernas torpemente estiradas. Sus medias son rosas y tienen agujeros por todas partes. Sentáte bien Stapowalo, grita Facundo. Stapowalo mira hacia atrás y le saca la lengua. Los demás nos descostillamos de la risa. Facundo también. El profesor, sin decir siquiera buenos días, nos ordena comenzar a correr alrededor de la cancha de básquet. Antes, toca el silbato unas tres veces y nos dice que mejor elonguemos. Así estamos un rato, estirando las piernas, tocándonos la punta de los pies con los dedos de la mano, etc. Mientras, hablamos del partido de ayer a la noche, un rato más. Algunos eructan ruidosamente o dejan escapar pedos en la cara de otro, especialmente en la de Stapowalo, que hace todo diferente a los demás y encima todavía tiene en su mano derecha la bolsa con la carpeta, un taper y el libro de estudios. El profesor le indica varias veces cómo debe hacer pero no hay caso. Martín, todavía con los auriculares puestos, ni siquiera se digna a realizar un movimiento. ¿Vos por qué no te movés, flaco?, pregunta el profesor. Elongué antes de venir, en mi casa, dice y vuelve a mostrar su enorme sonrisa. Hasta el profesor se ríe.

Comenzamos a correr. Stapowalo lleva la bolsa en su mano derecha. Corriendo, parece un conejo o un animal extraño. El profesor también trota y cuando pasamos cerca suyo nos pega una patada en el culo. Stapowalo, grita Facundo al pasar a su lado en tanto le pega una piña en la espalda, hasta mi abuela corre más rápido que vos. El Chino le pega una patada en la mano y le tira la bolsa al suelo. Cuando Stapowalo está por tomarla de nuevo, Fernández la patea y se la pasa a Ramiro. Éste la toma con la mano y prueba en el aro de básquet. Stapowalo corre de un lado a otro mientras le pegan, lo insultan y juegan con su bolsa. Ruego que no me la pasen a mí porque en verdad no tengo ganas de hacerle daño a Stapowalo. Me cae mal, como a todos, pero no me parece una mala persona. Es uno de esos chicos, fácilmente me di cuenta, que con sólo mirarlos creen que son tus amigos. Cuando Facundo me pasa la bolsa, cierro los ojos y la pateo con todas mis fuerzas. Así seguimos un rato. El profesor se adentra en la clase, una vez más, y nos explica que en minutos vamos a tener que subir la soga. De esto depende la nota del trimestre, dice. ¿Y eso qué mierda es?, pregunta, al ver la bolsa de Stapowalo en la mitad de la cancha y sus pertenencias debajo del aro. La bolsa de Stapowalo, contesta Facundo. El profesor toma las cosas con desgano (Stapowalo, inmóvil y con los brazos cruzados, parece una señora mayor) y las tira hacia el lugar donde están todas nuestras mochilas. Stapowalo deja escapar un grito afeminado y se dirige corriendo al lugar. El profesor lo toma por el cuello y le dice unas palabras al oído. Martín observa la escena con los ojos bien abiertos. Facundo se frota las manos. El Chino lo imita. Recién ahora llega el Gordo, que tenía un permiso especial ya que debía ir al dentista. No sabés las tetas que tenía la secretaría del dentista, me dice el Gordo, ni bien llega. Todas las mujeres que se cruzan con el Gordo, a su vista, tienen las tetas grandes. Stapowalo parece perdido. El profesor le dice que vaya a buscar las colchonetas y que las coloque debajo de la soga. Stapowalo sale disparado para el sector de los baños, no sabe bien hacia dónde va. Vos vas a ser el primero en subir, le dice, con un grito amenazador. Vengan, nos indica al resto, vamos a ver cómo sube la soga Stapowalo. Martín es la ira hecha flaco esquelético. Facundo y el Chino gritan y aúllan, ellos gustarían de ver a Stapowalo caer de la soga y romperse la cabeza en mil pedazos. Al momento de sentarnos alrededor de la soga dicen eso mismo, con otras palabras, claro está. Por ahí no es Stapowalo, grita el profesor, las colchonetas están en el armario. Stapowalo, al parecer, no sabe dónde está el armario y por unos cuantos minutos da vueltas alrededor del gimnasio, con los ojos húmedos y las mejillas coloradas. ¿De qué planeta bajaste Stapowalo?, pregunta el profesor. Todos reímos. Andá a buscarlas y decíle dónde están para las próxima vez, dice, por fin, mirando a Facundo. Pero que las traiga él, eh. Facundo indica pedagógicamente dónde están las colchonetas y vuelve a sentarse. Stapowalo tiene millones de problemas para abrir la puerta del armario. Con fuerza, con fuerza, grita el profesor. Ustedes también repitan: Con fuerza, con fuerza, gritamos todos. Finalmente, Stapowalo logra abrir la puerta del armario. Sobre su cabeza cae una pequeña pelota de papi fútbol. Facundo se retuerce de la risa e informa que le duele la panza de tanto hacerlo. A mí también, dice el Chino, a mí también.

Pasan quince minutos hasta que Stapowalo logra colocar todas las colchonetas por debajo de la soga. Está visiblemente transpirado y mira a todos lados. Intenta eludir nuestras miradas pero es notorio que no puede. Del techo al piso debe haber unos 10 metros; es un gimnasio altísimo y espacioso, como todo lo que hay en el Industrial. En la primavera vienen colegios de todo el país a jugar voley, handboll y fútbol. Los Bonaerenses. También hay fiestas y si tenés suerte te podés poner de novio unos días hasta que la chica en cuestión parta a Luján, Escobar o San Miguel, esas localidades desconocidas que me recuerdan el color gris. En esa semana, nos ubicamos en la parte de arriba del gimnasio (donde hay unas pocas gradas) y les gritamos obscenidades a las jugadoras lindas, casi todas más altas y desarrolladas que nosotros a pesar de contar con nuestra misma edad. Facundo dice que se transó a una rubia que viene todos los años. El Gordo dice que es mentira. Stapowalo se va a largar a llorar, me dice al oído Facundo. ¿Y vos qué harías en esa situación?, le pregunto, molesto, porque odio que me hablen desde tan cerca. Su aliento caliente me acaricia la oreja y me provoca escalofríos. Facundo me mira sorprendido, evidentemente nunca pensó en ponerse en la situación de los demás. Yo no lloraría, me dice, después de un minuto, ¿y vos? Yo tampoco, le digo, yo tampoco.

Luego de dar un pequeño y ridículo salto, Stapowalo se ha prendido a la soga como un gatito recién nacido. El profesor se pone en cuclillas y le indica, con más bestialidad que paciencia, cuáles son los movimientos que debe llevar a cabo con los pies y las manos para llegar arriba. Arriba de todo tenés que llegar, eh, le grita. Arriba de todo, vamos, vamos, marica, vamos mariquita. Las articulaciones de Stapowalo parecen ser de cristal, no parece tener huesos sino cartílagos. Sus manos resbalan una y otra vez y pasado un largo rato, no se ha movido un ápice del lugar en que está. Vamos, mariquita, vamos, grita el profesor. Ustedes también, nos dice, cómo si fuera el cantante de una banda de rock para corear en estadios. Vamos, marica, gritamos todos. Vamos, marica, grito yo. Stapowalo mueve sus manitos desesperado, con tantos movimientos que, en determinado momento, queda dando vueltas en torno a sí mismo, como si fuera una calesita. El profesor niega con la cabeza. ¿Te gustan las mujeres?, pregunta. ¿Te gustan las mujeres?, pregunta nuevamente. Si, grita Stapowalo, si. Entonces subí esa puta soga como un hombre, carajo. Facundo y el Chino enloquecen, agitan sus brazos como si gritasen un gol. Todos se volvieron locos, pienso. El profesor, enceguecido, sigue gritándole insultos al pobre Stapowalo, que, ya destruido, baja de la soga y se sienta adelante de todos, como al principio. ¿Quién quiere pasar?, pregunta el profesor, miren que la tienen que subir todos, no solamente Stapowalo. Silencio absoluto. El flaco Martín se para, se saca los auriculares y va a hasta la soga. El profesor lo mira como si hubiese visto levantarse un fantasma o una criatura extraña de Los Expedientes X, mi serie favorita. Martín toma la soga con las dos manos y sube con facilidad. Nadie entiende nada. Facundo dice que parece un gusano. El Gordo le dice que se calle, que gusano y todo la está subiendo como los dioses. Tampoco para tanto, dice Facundo. Como los dioses, repite el Gordo, como los dioses. A poco de llegar al suelo, el profesor aplaude. Es una buena técnica dice, señalando al esquelético Martín, hacer nudos con los pies e ir subiendo. Así cualquiera, dice Facundo. Que cada uno lo haga como quiera, dice el profesor. Facundo está enfurecido. Martín baja y se gana un respetuoso aplauso de todos. Stapowalo también aplaude. Martín se sienta a su lado y le dice algunas cosas. Stapowalo estalla en carcajadas. Es feliz, alguien se le ha acercado. Alguien quiso compartir una broma con él. A la distancia, mientras Facundo pregunta si serán novios y el Chino aplaude el chiste estúpido, quiero caminar e ir hasta dónde están, sentarme con ellos y hacer feliz a Stapowalo. El resto de la clase la pasamos jugando al fútbol. Martín quedó en nuestro equipo. Juega bastante mal pero no es un tronco: le pega bien a la pelota y no es fácil pasarlo. Intentó algunas gambetas pero no le salieron. Yo hice cinco goles; uno, de cabeza, fue tras un centro de Martín así que me pareció indicado ir a festejarlo con él. Facundo se mordía el labio. Stapowalo se quedó corriendo alrededor de la cancha, no quiso jugar.

A las doce del mediodía, cuando termina la clase, todos nos dirigimos al vestuario. El primero en desnudarse es Facundo que, mirando fijo a Stapowalo, dice: Mirá como elongo la pija, mientras mueve su pene erecto en círculos. El Chino se baja los pantalones y hace lo mismo mientras observa a Facundo, esperando un guiño. Facundo hace un gesto de enfado entonces el Chino se termina de desnudar tristemente. Da risa ver el culo peludo del Chino mientras camina hacia la ducha. Parece una novia despechada. Nos tenemos que bañar rápido porque hay que entrar a clases a la una y media. Algunos, como Stapowalo, el Gordo o yo, traemos un calzoncillo y nos bañamos con el que tenemos puesto durante la clase. Después nos cambiamos debajo de una toalla. A otros, como Facundo, les encanta exponer, parar y mover la verga. Ramiro nos muestra un slip perverso con el hocico de un oso hormiguero. Se lo regaló su novia. Buena onda, dice Facundo. Este tarado, me dice el Gordo mientras se enjabona la barriga, cuando habla con Ramiro se hace el mexicano. Martín, que se está bañando en la ducha de al lado, se muere de la risa. Es verdad, dice el Gordo, alentado por la risa enorme de Martín, es verdad.

Salimos todos juntos. Incluso Martín y Stapowalo van atrás de todo. Ahora vamos a lo de Ramón, una casa de comidas que queda a la vuelta del Industrial. Allí compramos sanguches de milanesa o de jamón y queso o de lechuga, tomate y queso. Luego nos sentamos en la vereda, los treinta o cuarenta estudiantes, y comemos desaforadamente, mientras hablamos con la boca abierta, repetimos teorías estudiadas de memoria o describimos la anatomía de algunas de nuestras escasas compañeras. Cuando todos estamos sentados, veo como Stapowalo saca de su taper un sanguche de salame y queso y un vasito celeste con el dibujo de un elefante. Al lado está Martín, que se compró un sobrio sanguche de jamón y queso, igual que yo. Tengo cosas en común con Martín, pienso. Me gustaría pasar más tiempo con él, Stapowalo y Luciana. Facundo habla sobre una chica que conoció el sábado. El Chino come en forma horrorosa, me dan ganas de vomitar. Encima, cuando habla, escupe mayonesa. Como nadie me presta atención y no me importa nada lo que están hablando, me levanto, sigiloso, tomo mi mochila y me siento al lado de Martín. Stapowalo me pregunta cómo me fue en la prueba de matemáticas de ayer. Bien, le contesto, los polinomios son una boludez. ¿A vos cómo te fue?, le pregunto. Stapowalo toma un sorbo de su jugo y hace temblar la mano izquierda, en ademán de que le fue más o menos. Martín come su sanguche con tranquilidad oriental. Me mira y me saluda haciendo un cabeceo. Yo le guiño un ojo y le pregunto dónde aprendió a subir la soga así. En mi casa no tenemos escaleras, tenemos sogas, me responde. Stapowalo estalla en carcajadas. No le creas, me dice, se la pasa diciendo mentiras. Martín se ríe. Me di cuenta mientras éste la intentaba subir, contesta más tarde. Éste tiene un nombre, dice Stapowalo, divertido, creo que nunca se la pasó tan bien en su vida. Yo me río y le doy una palmada en el hombro a Stapowalo quien me ofrece un trago de su jugo. No, gracias, respondo. El aliento de Stapowalo es de ultratumba. Pregunto a Martín qué música escuchaba hoy, con el discman. Spinetta, contesta. Ah, digo yo, que de Spinetta sé menos que de geografía, ¿qué disco? Pelusón of Milk, responde Martín, una obra maestra, ¿lo escuchaste?, me pregunta. No, no soy de escuchar esa música. ¿Y qué música escuchás?, me pregunta, muy interesado. Un poco de todo. ¿Cómo qué? Nombro, con mucha vergüenza –nunca tuve tanta vergüenza en mi vida, quiero sacar una pala y enterrarme bajo tierra- algunos grupos y solistas de moda. Martín hace una mueca de desagrado. Es que no me gusta la música vieja, digo yo. Spinetta sigue tocando, dice Martín, todo depende a qué llames música vieja. Yo no tengo nada que decir; por lo visto, es muy difícil discutir sobre algo de lo que no sabemos. A mi me gusta Ricardo Montaner, el Puma Rodríguez, ese tipo de música, dice Stapowalo. Martín y yo nos reímos a las carcajadas. Bueno, dice Stapowalo, es la música que escucha mi mamá.

Desde el momento en que me senté con Martín y Stapowalo a comer mi sanguche, al momento de entrar a clase, Martín me ha dicho tantas cosas que tengo el cerebro latiendo como el corazón late luego de dar cuatro vueltas a la Plaza España. Recibí tanta información como nunca en mi vida. Primero me recomendó discos de Spinetta. Después teorizó sobre las canciones de amor (algunas dicen tonterías, según él, pero muchas tienen razón y eso parece sacarlo de quicio). Más tarde dedicó un discurso de varios minutos al profesor de gimnasia, quien según él, era misógino, machista y reaccionario, términos, estos últimos, del que sólo creí entender el segundo y a medias. A continuación, elaboró una hipótesis según la cual Facundo, en realidad, todavía seguía siendo virgen. Lo digo por experiencia, agregó. Más tarde sacó un libro, Rayuela, de Julio Cortázar. Tenés que leerlo, me dijo, mirándome tan fijamente a los ojos que me obligó a bajar la vista. Se puede leer de dos formas distintas, agregó, entusiasta y con los ojos vidriosos. Ah, como Elige tu propia aventura, dijo Stapowalo. Así pero mejor, dijo Martín, secamente. Después me recomendó otros autores, uno atrás del otro. Si querés, podés comprar un cd y yo te grabo los discos de Spinetta en formato mp3, me dijo, cuando entrábamos por el portón. Ojo con las computadoras, dijo Stapowalo, el 31 de diciembre van a dejar de funcionar, la otra vez leí en una revista de mi papá que con el Y2K se va a venir todo abajo; no hay que almacenar información ahí. Eso es para la gilada, dijo Martín, no va a pasar nada. Si vos lo decís, dijo Stapowalo, mordiendo una manzana verde que hace las veces de postre, si vos lo decís. Sonó el timbre de entrada.

lunes 23 de febrero de 2009

Al revés

Por cuestiones superficiales (la parquedad, el silencio como forma de comunicación, un dejo campechano, la dubitación) se ha instalado la idea de que la figura de Carlos Reutemann representa una especie de enigma en la política argentina. Lo extraño es que tal característica de su personalidad (o de su vida o de sus manifestaciones públicas siempre ambiguas) no genera desconfianza en la opinión pública (como sucede con la intransigencia K en algunas enfoques: llámese campo, rumbo de la economía, actitud de “confrontación”), sino cierta simpatía y hasta un tono condescendiente de parte de los periodistas hacia cada una de sus nuevas inclinaciones (por más irresponsables que éstas sean). Su alejamiento del bloque del Frente para la Victoria produjo algarabía en el sector agropecuario. Arriesgándonos, podríamos suponer que esta dinámica (¿qué sería de mí sin tus múltiples acepciones bendita “dinámica”?) explicita un cambio en el paradigma político nacional. Antes se despreciaba a todo aquel político “panqueque”, que cambiaba de opinión según cómo corría el viento y se acomodaba a su contexto en forma oportunista. A partir de la irrupción del conflicto campo/gobierno, éstos son enaltecidos como “valientes”, “héroes que escuchan el rugir del pueblo”, etc. Siguiendo esta línea de pensamiento, ningún diputado o senador K actuaría en base a convicciones, sino indefensos ante el avasallamiento de su líder (“el ex presidente en funciones”). Basándose entonces en que cada medida del gobierno “autoritario”/ “hegemónico”/ “tiránico” es errada, el sector anti-K ha logrado erradicar del mapa la “lealtad”. Incluso tal término ha sido reformulado como “obsecuencia” o pasado a conformar un campo semántico negativo: el escrache a Agustín Rossi no tuvo otros motivos que su “lealtad”. Mientras tanto, cada postura kirchnerista que simboliza una contradicción con el supuesto modelo original pseudo-izquierdista (aliarse con lo peor del PJ bonaerense, otrora desdeñado) es duramente castigada.

El cenit más disparatado de esta nueva forma de razonar lo representa Julio Cobos. La situación del ex gobernador de Mendoza podría ser el argumento de una novela surrealista: es el vicepresidente de un gobierno que dice detestar. No es que está en desacuerdo en algunos puntos aislados, no comporte los rasgos fundamentales del espacio al que pertenece. Su permanencia en el cargo es inadmisible, tanto es así que lidera un proyecto político que, acompañado por otras fuerzas, competirá con el mismo gobierno en las elecciones legislativas de octubre. Lo voy a repetir porque creo que lo escribí muy claramente:

El vicepresidente Julio Cobos lidera un proyecto político que, aliado con otras fuerzas, competirá con el mismo gobierno en las elecciones legislativas de octubre.

Ninguno de los que se dedican a inquietarse con cada peinado nuevo o llegada tarde de Christine, observa que algo funciona mal en el comportamiento de Cobos. Aún más, cada “ninguneo” (anécdotas vulgares que tienden al sensacionalismo, insignificantes ante la gravedad del tema) es magnificado ostensiblemente por la prensa, mientras su imagen aumenta en las encuestas y su estilo mesurado genera beneplácito en tiempos de “censura” e “intolerancia”. Tema del traidor y del héroe. Dentro de algunos años se hablará de Cobos como un subversivo que liberó al pueblo de una dictadura “estanilista”. Las razones que se ofrecen para convalidar su presencia en el gobierno son absurdas y probablemente sólo se expliquen por el odio que generan Néstor y Cristina Kirchner en los grandes medios de comunicación y los centros urbanos (1). Tal vez la más graciosa (tanto es así que me río a carcajadas y me golpeo la cabeza contra la pared mientras escribo) sea aquella que explica que en caso de que Cobos renuncie, la institucionalidad sufriría un golpe: ¿acaso hay una afrenta más grande para la institucionalidad que el vicepresidente del gobierno sea un opositor declarado? La realidad es que Cobos se queda porque le conviene y allí radica su fenomenal perversión de tintes psicópatas (inadvertida para sus fans, preocupados por patologías resbaladizas como la “locura” de Kirchner y la presunta “depresión” de Cristina). Los constantes “desplantes” lo certifican como “víctima” ante la sociedad y la situación de inmovilidad a la que lo condena su postura, le asegura un estado vegetativo por el cual su “voto no positivo” seguirá conservando el aura gloriosa a pesar del paso del tiempo. Antes de terminar el post, expreso mi más sincero apoyo a Hugo Biolcati, ingenuísimo presidente de la Sociedad Rural que desgraciadamente cayó en la telaraña de maniobras tejida por la Mafia (2). Sayonara.

(1): Del mismo modo que sólo mi odio a los grandes medios de comunicación y los centros urbanos explica mi usual acercamiento al kirchnerismo, vertiente política que desacredito. Por otro lado, se suele hablar de que el exceso de ideología impide a los Kirchner resolver el problema del campo: ¿alguien me puede explicar cuál es la ideología de los Kirchner?

(2): La Mesa de Enlace habló de “dilaciones inexplicables” (están a full con el diccionario de sinónimos, parece que habían usado demasiado “demoras”) y falta de diálogo. El vocero presidencial salió a explicar que se estaba faltando a la verdad teniendo en cuenta que Biolcati venía reuniéndose con De Vido (¿?) desde enero. ¿Qué sector comete primero una chicana/jugarreta política para tener a la opinión pública de su lado? La respuesta está soplando en el viento. Y no admite dudas.

miércoles 18 de febrero de 2009

Doble Post + 3 Descartes

A los dos posts inmediatamente contemporáneos en el espacio temporal (LA REPÚBLICA DE LOS SABIOS, FÓRMULA) agrego otros 3 (EL TIPO DEL MALETÍN , SUEÑOS, VIEJO CARCASSONNE ) que descarté en el último par de años por considerarlos aburridos, monótonos, muy mal escritos, innecesarios, redundantes, artificiales, deleznables, ilegibles. Aquí puede comentar, gracias.

LA REPÚBLICA DE LOS SABIOS

“Como te ven te tratan y si te ven mal ¡te maltratan!”- Mirtha Legrand
Todo sucede en forma espontánea. Estoy pasando canales y recalo en el programa de Mirtha Legrand, donde se agrupan una serie de invitados que admiten el calificativo de heterogéneos. Está el Rabino Bergman, que es muy “republicano”, por lo tanto ansía más que nada una “República” y para dejarlo en claro repite constantemente la palabra “republicano”. Está Mónica Gonzaga, paradigma inalcanzable de la vedette ochentosa que mostró el culo, se arrepintió y luego se atragantó leyendo libros de autoayuda. Está Nicolás Pauls, especie de neo-hippie fumado fuera de contexto que interpretó en “Casi Ángeles” (ese hito insoslayable en el que se reflejó toda una época) a un villano inequívocamente inspirado en Benjamin Linus. Está Flavia Palmiero que es muy linda y tiene un escote generoso. Ésta el campeón Omar Narváez, el típico deportista humilde que Mirtha incomoda y dice alrededor de 15 palabras a lo largo del programa. Y, por supuesto, está Mirtha, probablemente el espécimen sublime de la clase media-alta argentina, capaz de reproducir por emisión de sus almuerzos televisados un promedio de 10 o 20 frases compuestas por lugares comunes, prejuicios y enunciados vaciados de significado. Como es obvio entre tales referentes del humanismo universal, el tema de la conversación se estanca con profundidad en cómo salvar a la Argentina de la horda de bárbaros que la gobiernan. El más convencido de poseer en sí las aptitudes necesarias para liberar la Nación de la tiranía es el rabino Bergman que, como ya hemos mencionado, no cesa de repetir la palabra “republicano” ni de instar a la población a hacer valer sus derechos civiles. Si uno cierra los ojos (si uno tuviese el valor de hacerlo, ya que cerrar los ojos y escuchar la voz superior de Bergman debe ser muy parecido a entablar un contacto con Dios y el impacto puede ser muy fuerte) puede que uno se confunda y piense que está escuchando a Elisa Carrió, pero el rabino (¡oh, majestuoso rabino de colorida gorra que, nadie sabe bien por qué ni cómo, tiene la llave para depositar a la Argentina en el reino de la Institucionalidad, el diálogo multireligioso y las jubilaciones privadas!) aclara que no apoya a nadie en especial, aunque decir que en octubre hay que elegir entre la “República” y “seguir como estamos” (esto en un tono cansino y hasta sobrador, porque, por momentos, el formidable rabino, en su exceso de inteligencia, parece un maldito soberbio que impone sus ideas como si fueran únicas) no confirma sus declaraciones. A todo esto Mirtha ha demostrado su monumental perspicacia preguntando: “¿Pero eso que dice no es utópico?” y al pronunciar el término “utópico” los ojos le brillan en todo su esplendor, como si hubiese explicado la teoría de gauge. Por supuesto, los demás comensales no se quedan atrás y acompañan al rabino en la cruzada. Mónica Gonzaga piensa que "esto" (la inseguridad, la miseria) es un guerra. El rabino la reta por utilizar tal palabra. Nicolás Pauls dice que está leyendo a un alemán que habla sobre la generación de gente que tiene 55 años. Flavia Palmiero indica que ella paga sus impuestos. Nicolás Pauls agrega que el libro se llama El lector y su padre quiso hacer una película. Mirtha dice que ella también paga impuestos y que en medio de alguna de las fastuosas cenas de sus múltiples asociaciones solidarias donde se donan millones de dólares a seres carenciados, piensa que eso no debería existir, que de eso debería hacerse cargo el Estado. Cada tanto, Narváez responde tímidamente alguna pregunta de Mirtha (cuánto pesa, por qué razón el destino de los boxeadores es trágico, quién es su representante) y hasta se anima a modelar, pero el eje de la problemática expresada es (implícitamente, recordemos que actualmente donde moran los librepensadores acecha el fantasma de la Censura) de qué forma salir de la pesadilla K. Mónica Gonzaga afirma que cada uno debería hacer lo que sabe hacer. Bergman, inclaudicable en su lucha, dice que hay que hacer más. Mirtha dice que la Argentina podría alimentar al mundo. Bergman sigue hablando y Pauls lo interrumpe evocando la Red Solidaria. Mirtha repite su consigna, pero como no le dan bola, ahora afirma que la Argentina es un país maravilloso. Mónica Gonzaga y Flavia Palmiero están de acuerdo. El rabino Bergman (irónico) también está de acuerdo aunque se lamenta de que el país esté lleno de argentinos. A Mirtha tal acotación le parece cruel, lo mismo que a Mónica Gónzaga. El rabino no dice nada y ensaya un gesto enigmático. Después dice que todo se reduce a elegir entre los malos y los buenos. Nadie le pregunta cuáles son sus parámetros para medir tales valores, ni quiénes vendrían a ser los buenos y los malos. Se presume que los malos son los K. Comentan ahora el rebrote antisemita y Mirtha dice que en la Argentina hubo presidentes nazis y que Perón era conservador. Antes de ir al corte le pregunta cómo fue lo de las Afjp. El rabino no llega a revelar nada, porque no hay tiempo, pero dice que le cortaron las cámaras. ¿Quién, cómo, cuándo, de qué forma? No importa, he aquí otro episodio de censura. Mirtha alerta sobre el peligroso hecho de que en la fiesta de la Vendimia las autoridades de Canal 7 decidan no enfocar a Cobos. Flavia Palmiero dice: “Ésas son las cosas que no tienen que pasar más”. Sin dudas, el “ninguneo” a Cobos (una de las acciones gubernamentales que más escandalizan a Alfredo Leuco y Nelson Castro) es inexplicable: ¿por qué negarle el helicóptero a Tartagal?, ¿alguien piensa que un hombre de la ética de Cobos pretendería sacar rédito político de eso?, (descartando que es la presidenta y le corresponde), ¿Cristina no lo sacó al hacerlo?, ¿por qué suprimir relaciones? ¿Acaso por qué es vicepresidente, forma parte del gobierno y no está de acuerdo con nada de lo que hace éste e incluso forma un partido para competir con el espacio político que “ocupa” y escribe un documento titulado (en un ejercicio literario trascendental) “Por una Argentina genuinamente representativa, profundamente republicana y verdaderamente federal”? El nivel de intolerancia, permítanme la redundancia, ya es intolerable. Me perdí, los invitados ya se despiden mientras bailan y cantan una cumbia al aire libre. Cambio y fuera.

FÓRMULA

Agrupe los siguientes términos a gusto y obtendrá un post de Ilcorvino:

Reaccionario
Dinámica
Coordenadas
Fascista
Notable
Extraordinario
Sofisticado
Gorila
Kirchnerismo
Perspectiva
Entelequia
Campo
Gobierno
Tensiona
Estereotipos
Subvierte
Discurso
Semántico
Significante
Significado
Realidad
Conjunción
Elementos
Receptor
Insufrible
Posmoderno
Afectado
Prejuicio
“sin timón y en el delirio”
“hay un largo y sinuoso camino”
“en forma…”
“en modo…”
Convencional
Efectivo
Reflexión
Heterodoxo
Artefacto
Implacable
Simeónico
Prefiguración
Comentario
Paradigma
Complejidad
Xenofobia
Laconismo
Sayonara.

EL TIPO DEL MALETÍN (junio 2008)

Estamos de acuerdo. Ok. No hay que explicar. Esa obsesión por explicar cada cosa que uno escribe y negarse a los delirios semánticos. Como: Artefacto lumínico en la pared verde amengua. O: Caja rectangular de canguros con vincha. O, mejor: Una vez tropezó con la laucha trigueña y salió por la ventana. Estamos en la dictadura de la racionabilidad, no hay dudas. Estas cosas pienso mientras camino. Es viernes. Ah, todo lo que voy a contar es real, pasó fehacientemente hace un par de días. No, en realidad ya es sábado. Habrán pasado 10 o 20 minutos del sábado. En el aire, la humedad poderosa de un día extremadamente lluvioso. Me dirijo a la casa de mi novia, que no es una casa sino un edificio, hecho de varios departamentos. Llovizna: ¿hay alguien que no deteste ver gotas de lluvia en el cabello de los demás? Como sé que debería estar estudiando, planteo mis pensamientos por fuera del objeto de estudio. Lo más lejos que pueda. Pero no quiero que esto se convierta en una narración lineal, razonable y legible. Entonces, nuevamente, practiquemos: fascículo color amarillo manifiesta la inanición indómita. O: Parvas de luz se multiplican en la altiplanicie desnuda. Esto parece una letra de Spinetta. Además, qué ingenuo creer que la escritura automática deba ser anunciada. Sigo caminando. De las enigmáticas tapas circulares que se encuentran en todas las esquinas, salen formas de humo. Cuidado con el perro. En Bolívar y Jujuy. No, en Bolívar y España hay un perro negro que te muerde. Hay que tener cuidado. Pero ya mismo estoy pasando por allí y no está. Ahora, lo predecible: gente que me pide cosas. Yo debo ser el tipo (no en la acepción del término “tipo” como hombre, sino como extracto sociológico) indicado para que desconocidos de la calle le pidan cosas. O le hablen de cosas. O lo confundan con otro. Es muy raro. Yo debo hablar más con gente desconocida de la calle que con gente conocida que veo a menudo. Hasta la esquina de Independencia y Colón (donde en verdad, comienza la historia con el tipo gris y su maletín) me paran, me chistan, me miran, cuatro personajes salidos, respectivamente de: un cuento de Charles Dickens, una novela de Juan Carlos Onetti, una de esas películas objetivistas del cine independiente norteamericano y un cómic de Crumb. Uno me pide monedas. Otro si conozco la dirección de algún “kiosquillo” (esa es la palabra que utiliza) donde vendan “licorillos o cervecillas”. Otro, nuevamente, si no sería tan amable de darle una monedas. Otro simplemente me mira y con un dedo señala su muñeca izquierda. Al primero le digo que no tengo. Al segundo le digo (no sin la estupefacción intrínseca de escuchar a alguien que termina cada palabra con el morfema “illo” o “illa”) que no conozco. Al tercero le doy un peso. Al cuarto, de buena gana le habría dado la hora, pero su actitud arrogante (una actitud en la que-noté-que-él-creía-que-yo estaba obligado a darle la hora) me sugirió esbozar un: “No tengo”. O también podría haberlo dejado pagando. Decirle “si, tengo hora” pero no dársela. Estar en pareja es desactivar una bomba todos los días. Hay veces en que la bomba no es desactivada a tiempo y explota y hay muertos y las plumas de los almohadones vuelan por el living. Cuando camino se me ocurren inicios de relatos que nunca escribo. No sé si les pasará a ustedes.

Antes de llegar a Independencia, dos perros corren hacia mí en dirección contraria. Ladran y de sus hocicos sale una baba blanca que denota rabia o demasiada algarabía. No puedo evitarlo, es un movimiento que dura menos de un segundo: los esquivo, me salgo de la vereda y camino por la calle unos pasos mientras los perros corren por la vereda. En la de enfrente, dos tipos (¿jóvenes?, ¿viejos?, no se ve muy bien, ha comenzado a llover pesadamente), creo, se ríen de mi reacción. Pienso en encararlos y pegarles. Así nomás, pegarles, ¿por qué se tienen que reír de mí?, yo hago esfuerzos para no faltarle el respeto a la gente hilarante que veo por la calle. Pienso también en ir hacia dónde están (en realidad no están en un lugar preciso, a medida que caminan, claro, se van corriendo del lugar en el que yo creo haberlos visto reír) y decirles, sin previa introducción, que ellos también hubiesen reaccionado así. Pienso también en correrlos y asustarlos de alguna manera, no sé cuál. Pienso en gritarles: “¡Yo no me asusté por los perros, simplemente me corrí, hice lo que cualquier hubiese hecho!”. Yo nunca les tuve miedo a los perros. Esas cosas pienso, los tipos ya doblaron por Salta y yo cruzo Independencia (ni un solo auto, ni una sola persona caminando) y me dirijo hasta Colón. Y ahí lo veo (él no me ve, claro, quién sabe qué hubiese hecho en ese caso): un tipo de barba y bigotes, un tipo gris (su piloto es gris, sus pelos son grises, sus ojos tal vez sean grises) que entra en el Colegio de Escribanos. Quiero aclarar que es viernes (en realidad es sábado) por la noche. Viernes, día de esparcimiento, día en el que nadie entra en un Colegio de Escribanos. Viernes, día en el que los hombres grises con maletines no tienen otra cosa que hacer que estar con sus familias (con sus esposas, con sus hijas que deben estar por casarse). O ir a un puterío, quizás, o juntarse en una peña con viejos compañeros de la colimba a recordar el día en que se le escapó un tiro al Chacho Nosécuánto (siempre me llamó la atención cómo la gente que fue al Servicio Militar recuerda las escenas más sórdidas con una sonrisa en la cara), pero (y de eso estamos seguros), nadie un viernes por la noche (es sábado, en realidad), un viernes de llovizna, entra al Colegio de Escribanos. Arbustos y pequeñas paredes de ladrillos a la vista rodean la puerta central de vidrios del Colegio de Escribanos. Todo el edificio está oscuro (es una gran masa kafkiana de burocracia en la más pura de las soledades), menos la entrada principal, donde se nota una luz tenue. No hay sereno, ni algún empleado terminando un trabajo a las apuradas. El tipo gris empuja la primera puerta (la primera puerta de vidrio) y, cuando se va a enfrentar a otra puerta igual, saca una llave y abre. Yo observo todo escondido en un arbusto. No pasa nadie. Antes de perderse en los recovecos del Colegio de Escribanos, el tipo gris mira atrás y un poco se vuelve. Sí, quizás me haya visto. Pero decide llevar a cabo su complot. Porque es claro que todo lo que va a realizar (a ejecutar) ese hombre gris, que todo lo que puede hacer un hombre gris un viernes (un sábado, en realidad) de llovizna en el edificio inescrutable y oscuro del Colegio de Escribanos, es el punto final de una memorable serie de conspiraciones, de transacciones enigmáticas que prefiguran El Complot. Y tengo malas noticias porque ese complot, sin dudas, nos arruinará aún más la vida a cada uno de nosotros. Y soy yo, justamente yo (¿por qué yo?) quien debe evitar ese complot, quien debe introducirse en el Colegio de Escribanos, interrumpir al hombre gris, desactivar El Complot. Entonces, sin mirar atrás, sin pensarlo, paso las dos puertas (el hombre gris ha dejado abierta la segunda) e ingreso al inescrutable complejo donde se trama El Complot que el hombre gris llevará hasta su punto más álgido. ¿Cuánta gente habrá matado el hombre gris hasta llegar a ésta, la noche final? ¿Cuántos años de trabajo conspirativo arruinaré al interrumpir su tarea? Lo que lleva en su maletín, sin dudas, es la fortuna, la fortuna que debe entregarle al Jefe y el Jefe se encuentra en el más alto piso del Colegio de Escribanos. Lo espera quizás tomando coñac. El sonido maquinal del tubo fluorescente me inquieta. Comienzo a subir las escaleras. Observo las oficinas y entreveo: 1) la tristeza que poseen las cosas cuando al ser abandonadas por los individuos y 2) el discurso subliminal del Complot, que decodifico en los papeles, en la posición de las biromes, nada está allí por casualidad. Recuerdo gestos ambiguos, frases que nunca logré comprender, omisiones, aquel día en que me crucé cuatro veces con la misma mujer, todo forma parte de la trama secreta. Pero no debo distraerme, el hombre gris está por finalizar su plan implacable, la serie de conspiraciones llega a su fin y en ella, ocurrirá la prosperidad de unos pocos (sin dudas, la del Jefe, quizás no la del hombre gris, a quien el Jefe matará una vez asido el maletín) y la perdición de todos. Si, el Jefe matará al hombre gris. La misión que se me ha encomendado (pienso que la conspiración también presuponía la presencia de un transeúnte lúcido enterado en el acto del Complot) es convencer al hombre gris para no entregar el maletín, para avisarle que el Jefe piensa matarlo. Pero de seguro el hombre gris me preguntará qué jefe, qué conspiración, qué plan mortal.
-Si lo único que tengo en este maletín –dirá, abriéndolo- es esto.
Un arma. Debo decirlo: nunca antes había visto un revólver. Es negro, parece pesarle en las manos, brilla en la tenue oscuridad. Debo decirlo: me he equivocado, tal vez el hombre gris va a matar al Jefe. O quizás se enfrentarán en un duelo del que la crónica policial nada informará.
-Ahora debería matarte.
-Prefiero estar muerto antes que vivir en un mundo preso de la Conspiración.
El hombre lanza una risita, apenas audible. “Qué solemne”, murmura.
-¿Alguna pregunta, algún deseo antes de despedirte?
-Quiero saber la historia, la historia de la conspiración.
-Es muy larga para contar un viernes por la noche. Sólo te puedo decir que todo es una gran farsa: presidentes, dirigentes, actores, conflictos, guerras. Nuestras vidas, tal como las concebimos, no existen, somos el sueño del sueño de un psicópata que jamás nunca vamos a conocer. Cada una de las entidades que forma parte de lo que vos creés es la realidad es una más de las puestas en escenas que trama la Conspiración. Todos los años, en una habitación inasible, los Jefes se juntan a jugar al Poker, quien gana, será el dueño del mundo por un año. Pero los demás Jefes no se contentan y quieren arruinarle el Plan al Jefe supremo. Por eso yo acá con este maletín, entre las sombras.
-¿Quiénes son los Jefes?
-No son muchos, ni siquiera puedo decirte quiénes son. Tal vez el que dentro de unos minutos voy a encontrar subiendo por estas escaleras y espera en su oficina tomando alcohol es un Jefe apócrifo, de los tantos que pululan en el mundo. Tal vez yo sea el Jefe.
-¿Cuál es el fin del Complot?
-Dominar al mundo a través de una cadena incesante de distracciones. Todo es tramado, incluso los temas profundos que parecen superar a los frívolos, incluso la idea de la Conspiración, incluso la idea de que la Conspiración es una fábula creada por paranoicos, incluso los perros que acabás de cruzar y los personajes que te han pedido monedas, incluso esta esquina desierta de Mar del Plata por la que sólo vos caminabas, incluso vos y yo en este viernes lluvioso.
-¿Con qué fin?, ¿para qué?
-Para que la verdad nunca se sepa.
-¿Y cuál es la verdad?
-¿La verdad? Es mejor que no la conozcas- dijo el hombre, con el dedo índice en el gatillo.
De pronto, la lluvia se detiene. Veo, desde la vereda, que el hombre gris se sienta en un mísero banquito desplegable y abre su maletín. De su interior, saca un diario y lee, pacientemente, uno de los suplementos. Es el de Deportes de Popular porque en la contratapa alcanzo a divisar las formas exuberantes de una muchacha. Mejor camino por Colón, pienso, mi novia debe estar preocupada.

SUEÑOS (Agosto 2007)

-Sueño que estoy en la Facultad, en un aula muy pequeña o, mejor dicho, claustrofóbica, llena de gente, quizás la 82 de Ciencias de la Salud. Mis compañeros tienen la cara de los turistas que vi en el Hotel donde trabajaré hasta mañana. El profesor (creo que es Roberto Bolaño pero no lo puedo asegurar) ha traído a clase un perro enorme, de proporciones extraordinarias. Dice que no muerde, que no hace nada, pero a mí me da mucho miedo. Tiene la cabeza del tamaño de un televisor de 60 pulgadas –si es que estos existen- y comienza a ladrar, mostrando sus colmillos. Es la versión demoníaca del perro de La historia sin fin. De pronto comienza a lamer a una compañera. Luego escabulle su cabeza hasta quedar frente a mí. Me muestra los dientes. Es un perro color café con leche dice alguien. Yo le acarició el hocico y se calma. A los costados del aula hay otros perros de proporciones extraordinarias pero son flacos y de raza doberman. Están como dibujados en la pared pero tienen vida. Al rato estoy en los pasillos de la Facultad (que en realidad son los pasillos del Hotel donde trabajo) y viene mi amigo Emiliano (con la cara de mi amigo Lucas) y me dice que acaban de explotar la Avenida Colón. Tiene un televisor rectangular de madera en su hombro y me muestra imágenes donde la avenida Colón parece Irak. Él me dice que por eso van a suspender las clases. Yo me quedo solo y me digo: Pero si la Facultad queda por Funes, ¿por qué van a suspender las clases? Ingreso otra vez al aula. Tengo muchos accesorios en mi mano: buzos, mochilas. Depositó mis accesorios en el banco de atrás y una compañera que cambia de cara unas 5 veces (tomando, a su vez, el rostro de otras 5 compañeras) me dice que no me preocupe, que ella me guarda mis cosas en su carterita. Su carterita es muy pequeña pero increíblemente caben todos mis accesorios. Me quedo pensando que la chica me robó mis pertenencias pero que no me animó a decirle nada.

-Sueño que estoy caminando por un barrio que parece africano. Hay chozas, el camino es de tierra naranja y alrededor hay pastizales. De repente me doy cuenta de que puedo flotar y que si me animo vuelo. Entonces el camino comienza a quedar más abajo (no es que yo comience a tomar vuelo sino que el camino que estoy transitando se hace cada vez más abajo). Tomo coraje y me tiro de pecho. Al principio trastabillo con el suelo pero después empiezo a volar a una velocidad altísima. Tengo un poco de miedo de morirme, de estrellarme contra una montaña pero sigo. Cuando ya hace un tiempo que vuelo una voz en off me informa que estoy a unos 3000 metros del suelo. Miro a los costados y hay montañas, valles, abajo esta el mar. Son gráficos de un video juego, pienso. Ya sé que es un sueño, digo en voz alta. No hay ninguna persona alrededor. Cuando me despierto, entre dormido e inconsciente, anotó en un papel: Se está muy solo cuando se vuela.

-Sueño que camino por el quinto piso del Hotel Estocolmo. Tengo que ir a cambiar una lamparita pero no recuerdo en qué habitación. De repente me doy cuenta de que me olvidé de ponerme la ropa del trabajo. Me miro en un espejo pero sólo veo mis piernas peludas. Estoy vestido para ir a la playa en realidad, pienso en voz alta. Entro a una habitación. Ninguna luz funciona, me faltan lamparitas ¿Y si me quedó acá durmiendo?, pienso antes de salir de la habitación. Me despierto.

-Sueño que estoy de vuelta en la escuela 36, en la primaria. Tengo 7 u 8 años. Hay una chica que me gusta. Esa chica es mi novia. Ella también tiene 7 u 8 años. Hay un aljibe, algunos nenes se van por una soga y no vuelven más. Adentro del aljibe todo está negro. En el mismo sueño pienso: este sueño es un contrapunto: arriba mi novia, la felicidad, el sol, los pozos de sus mejillas cuando se ríe; abajo, el aljibe, los nenes que no vuelven porque se los traga la oscuridad. Mi novia me hace caritas.

-Sueño que estoy ingresando a un departamento. Cuando abro la puerta del baño salen unos 5 o 6 gatos. De repente me doy cuenta de que mi “misión” en el sueño es patear a los gatos. En un principio tengo miedo de que los gatos me caguen a arañazos si los pateo pero dada la vehemencia con que el término “misión” aparece en el inconsciente del “yo” empiezo a patear. El estómago de los gatos retumba efectuando un sonido musical y cierro la puerta con llave para que los vecinos no vengan a interrumpir mi misión. Al poco tiempo soy yo en el medio del departamento deshabitado con 15 o 20 gatos flotando y rebotando contra las paredes. A estos les tendría que poner nombres, pienso. Y me despierto.

-Sueño que leo cosas interesantísimas, inteligentes, sofisticadas. En el mismo sueño me digo a mi mismo: tenés que intentar recordar lo que leíste, una vez despierto lo transcribís como si fuera tuyo. Tomo una hoja y lo único que puedo leer es: tenés que intentar recordar lo que leíste para cuando te despiertes. Me da bronca escribir tan bien en sueños y tan mal en la realidad. Las palabras empiezan a subir por los márgenes y desaparecen.

VIEJO CARCASSONNE (Julio 2007)

No sé de vinos. Incluso los detesto. Prefiero el fernet, el whisky. Cualquier cosa menos el vino. Y menos si ese vino se llama Carcassonne, que es como ponerle a una casa de prendas femeninas Mariposa, a una parrilla Martín Fierro. Es tan fácil ponerle a un vino Carcassone... Y yo, repito, no sé si ese vino es bueno pero apuesto lo poco que tengo –en verdad no tengo nada- a que ese vino es malo, de mala calidad. Y a punto de irse a natación, mi viejo, que viene de trabajar y tiene un corte de pelo que es la locura absoluta, me dice si le hago el favor de ir hasta el supermercado chino y comprarle un Carcassonne tinto. Y yo le digo que sí y salgo. Antes me abrigo, me pongo un pulóver arriba del otro y una campera marrón, rústica y hermosa que me regaló mi novia, quizás para tener un novio que se vista bien y no un novio que se vista mal, muy mal, ya que esa es la manera en que yo me visto.

Hace un frío, como dice Fogwill en Muchacha Punk, que cala en los huesos. A propósito de esta cita: mandé un cuento a un concurso y creo que plagié, sin querer, esta frase Fogwill. Creo, no lo recuerdo bien. No importa. Lo importante es que hacía frío y me dirigía al supermercado chino caminando rápido, pensando básicamente en literatura y también pensando en una vez que me emborraché y me caí de las escaleras de una discoteca u otra vez que me emborraché y me desperté tirado en la plaza Rocha con flores en los bolsillos. Creo que los recuerdos alcohólicos vinieron a mi por la presencia inefable y omnipresente del Carcassonne, un vino argentino, imagino, o un vino que toman los argentinos. Un vino, pienso, mientras ingreso al supermercado oriental –que se llama, poco originalmente, El Oriental- que debe salir entre 3 y 5 pesos, no mucho más. El de la etiqueta amarilla, dijo mi madre, antes de irme, sabiendo que yo no presto atención a absolutamente a nada que tenga que ver con la vida familiar (siempre me entero último de quién se separó, quién está gravemente enfermo, quién va a tener un hijo) y mucho menos a un vino con un nombre que, debo reconocerlo, ya me está cayendo simpático: Carcassonne.

La búsqueda fue breve. El Carcassonne tinto, con un embotellamiento similar y/o igual al de otra centena de vinos de baja o mediana calidad, apareció ante mí a los pocos minutos. Sale cinco con setenta y es el típico vino que se aposenta en las mesas familiares.

Ya hacía 5 minutos o un poco más que estaba esperando en la cola. La cajera (como la mayoría de las cajeras) es una mujer que admite los siguientes calificativos: errabunda, aburrida, apesadumbrada, aplastada por la vida y su falso remolino de pasiones, amores y desengaños, acostumbrada a conformarse con poco. Parece que le dieron muchas manos de cal. Y parece que esas manos de cal se fueron cayendo y fueron formando grietas y agujeros y pequeños desperfectos en su cara. Así es la cajera del supermercado chino. O así la veo yo ahora, a pocos minutos del suceso. Atiende a un viejo, un anciano tan errabundo como la cajera, un tipo lento y hablador, que hace exasperar a la señora que tengo adelante (soy el tercero de la fila, empezando por el viejo errabundo y siguiendo por la señora no menos errabunda que me antecede). El viejo ya ha vaciado su carro pero habla incansablemente con la cajera. La mujer que tengo adelante vacía su carro y en señal de estricta disconformidad con el viejo que tiene adelante, toma el carro de éste –el viejo- y lo tira hacia delante, intentando conectarlo con la fila de carros que hay al lado de cada puerta de todo supermercado, pero, dado sus años, su vista defectuosa o su elocuente nerviosismo, falla, y el carro del viejo (ya vacío, ya no es del viejo a decir verdad) choca contra el mostrador donde un chino guarda los bolsos y bultos de los compradores. La situación me da risa pero como soy tímido no río ni nada, sonrío como un estúpido y me quedo callado.

No he nombrado todavía la puerta corrediza por la que se accede al Supermercado. Con nombrarla una vez está bien, no hay mucho que decir, sólo que casi siempre está abierta, porque es difícil de cerrar para alguien que está apurado. Sólo hay que saber que la puerta está abierta. Está justo en frente de la cola de compradores. Ya han pasado 3 o 4 minutos desde que la vieja tiró el carro del viejo y erró. Y han pasado 5 minutos desde que la vieja vació su carro para poner sus alimentos en el mostrador de la cajera, que sigue hablando con el viejo. Y es entonces cuando la vieja, alocada, me mira un segundo (quizás buscando complicidad en su enojo, pero yo estoy pensando en que voy a viajar para encontrarme con mi novia que se fue unos días a Pinamar, en que terminé un final sobre El Castillo de Kafka, en el cuento que mandé al concurso, llamado Fotografías desde un balcón, en el disco Tic Tac de Francisco Bochatón, en Passarella), toma su carro con una sola mano y lo tira nuevamente –como hizo con el otrora carro del viejo- hacia la fila de los carros que no están usados de momento. Pero esta vez, la mujer tiene aún menos puntería: el carro hace una comba digna del mejor tiro libre de Marcelo Muñeco Gallardo y se va por la puerta (la puerta eternamente abierta del supermercado chino), baja a la vereda y llega hasta la calle.

Cuando la camioneta choca el carro, todo el supermercado mira a la calle. No hubo ningún problema, es claro, ningún herido, pero todos (incluso los dueños chinos, los individuos errabundos y los demás compradores) salen a la calle a observar el carro y la camioneta, que tiene como conductor a un tipo rubio y alto parecido al cazador de cocodrilos que se murió. Y todos están afuera pero yo me he quedado adentro con el Carcassonne, yo me he quedado porque nunca miro choques, siempre sigo de largo. Me creo muy inteligente por no mirar choques. Me creo superior, me creo sin morbo por eso. Y entonces salgo. Todos miran la camioneta, el carro. Todos miran a la vieja que tiró el carro, no entiendo si la comprenden o la detestan, si la van a abrazar o van a llamar a la policía. Nadie me mira a mí, que salgo con el Carcassonne en una mano, al principio visible para todo el mundo pero luego escondiéndolo bajo la campera marrón que me regaló mi novia. Camino lentamente, con algo de vergüenza pero en pocos segundos accedo a un paso casi normal. Cuando estoy llegando a la esquina y a punto de volver, me arrepiento… Pero ¿qué habría dicho?: “Hola, vengo a pagar este vino que quise robarme”; “Hola, recién me olvidé de pagar un vino, ¿Me lo cobra?”. No, es mejor, me digo, mientras sujeto el viejo Carcassonne contra mí escudriñando los cuatro costados, apurar el paso y no mirar hacia atrás, hacer de cuenta como si nunca hubiera ocurrido, que nadie se entere.

viernes 13 de febrero de 2009

Doble Post

Fútbol x 2

Cortázar, ese escritor tan malo

Aquí puede comentar, etc. Muchas gracias.

Fútbol x 2

En el presente post se analizarán dos partidos jugados en la semana, así que el nombre del viejo programa de T y C Sports me viene como anillo al dedo. Hoy en día (que el periodismo deportivo compite en sensacionalismo palmo a palmo con Jorge Rial) sería imposible pensar en un programa tan aburrido y monótono como aquel, en el que se repetían resúmenes de una hora de los partidos del fin de semana. Imagínense un miércoles de mayo lluvioso a las 2 de la tarde mientras en la TV retransmiten un partido ocurrido tres días antes (un Platense vs. Mandiyú, por elegir dos equipos que jugaban en primera división durante los 90’) y del que todos saben cuál es el resultado. Claro, en ese tiempo todavía se estaba muy lejos de los extensos primeros planos a los directores técnicos, la puntualización absurda en detalles insignificantes y los 10 partidos en vivo y en directo (no porque el fútbol es un negocio, por supuesto, sino en homenaje a los número 10, como dice la lacrimógena publicidad). Algunas de estas características (entre otras) que convierten al deporte conocido como fútbol en un espectáculo mediático donde todo lo accesorio funciona más que el hecho concreto de patear pelotas e intentar meterlas en un arco, deben incidir para que los hinchas de River (en una actitud casi enternecedora por su inocencia) idolatren en forma tan grandilocuente al Ogro Fabbiani. Por no hablar de Cristian Castillo, ¿alguien recuerda a Alexis Sánchez? Evidentemente no. La historia fue muy parecida. Lo único que espero es que no se repita, ya que el chileno arrancó como sucesor natural de Salas y terminó sin pena ni gloria, perdiéndose en gambetas imposibles y calentando el banco de suplentes. Aunque sea, los 30 minutos que el Ogro jugó ayer contra el precario Nacional de Paraguay (quien basó toda su apuesta futbolística en hacer tiempo; Niembro, cada vez más gagá y ajeno al partido, se encargó de endiosar a un centrodelantero apellidado Arriola porque la sabe cabecear) sirven para entender que si hay alguien que puede devolverle algo de fútbol a River ese es, crease o no, Marcelo Gallardo (o Yoda, como ustedes prefieran llamarlo). Un Gallardo en declive, que viene de fracasar en dos equipos remotos y que ya a mediados del 2000’ cuando volvió, era el 60 por ciento del que brilló desde 1997 hasta el 2000 inclusive (su etapa de mejor desempeño), figura del River tricampeón, pedido como titular en el Mundial 98’ y estratega del Mónaco de Francia (donde también ganó un Torneo).

Lo que no se puede negar es la capacidad significante de Fabbiani, quien sin haber tocado una bocha, provocó en los hinchas riverplatenses un efecto de algarabía que ni la reencarnación de Labruna y Pedernera hubiesen alcanzado. En el juego, demostró un efectismo lindante con la demagogia (tacos a nadie, pisadas inofensivas), pero un despliegue físico conmovedor, ya que se lo nota (como aclaró el desubicado Gorosito, siempre hablando de más desde su llegada a River) bastante excedido de peso. De todos modos, ¿cómo no encariñarse con un jugador (exquisito al 100 por ciento) que ansía jugar en River tan brutalmente, dejando plantados a propios y extraños, en tiempos en que casi todos los jugadores de la galaxia bajan la cabeza y se hacen los desentendidos cuando se trata del club de Nuñez? Sobre las incorporaciones hay que remarcar la vehemencia de los dirigentes por poseer en el plantel jugadores estigmatizados por las hinchadas del fútbol argentino. Ya que no están Tuzzio ni Simeone (a quienes acribillaban con ataques a sus respectivas virilidades) ni Ortega (quien fue objeto del hiriente cántico: “Ortega está borracho”), contrataron a Gallardo (para las nuevas generaciones, más conocido por sus arañazos que por su pegada) y Fabbiani (es costumbre que las hinchadas de los equipos rivales elaboren carteles sobre su contextura física), con los que las cargadas y las burlas están aseguradas. Y encima tenemos a un arquero decaído como Ojeda (en la senda de Lux y Constanzo) al que, después de los dos goles de Colón, le tiran de afuera del área como si se tratara de un liliputiense ciego y sin manos. ¿Qué pasa con el estado anímico de los arqueros con pelo hasta los hombros y barba sin recortar? Para completar la fisonomía depresiva deberían salir con un pucho en la boca. Todo lo contrario al psicópata de Carrizo, segurísimo con su barba candado y su corte de pelo robótico.
Del partido, es poco lo que se puede decir. Se trató de un tedioso monólogo de River, quien la mayor parte del tiempo tuvo la pelota…sin ninguna idea. Desde la punzante frase de Falcao, la ausencia de un armador de juego es aún más palpable, parece que River jugara con 10: están los que recuperan, los que la llevan, los que deberían meter goles, pero falta el que mueve los hilos del equipo. El único modo de crear peligro en el arco rival fue a través de tiros de esquina y faltas alrededor del perímetro del área, como en la oscura noche simeónica. La diferencia con la era del técnico yuppie se observa en que actualmente el equipo no está acelerado y tiene como objetivo inmediato el toque (son interesantes los encuentros entre Ferrari y Augusto Fernández, estandartes absolutos del equipo). Lamentablemente, en la mayoría de los casos, la producción de jugadas fracasa. Es notable la cantidad de veces que los jugadores pierden la pelota en pases sencillos (especialmente Villagra) y la poca confianza que se tienen para desbordar frente a un contrario (les cuesta muchísimo, Buonanotte está recuperando su nivel pero se encuentra a años luz del que alguna vez pareció ser; mientras, pierde entre 5 y 10 pelotas por partido). En algún contraataque hubo peligro de gol y se temió la típica velada terrorífica de Libertadores que ya se transformó en un clásico, con los jugadores deprimidos y el público en llamas. Cuando todo terminaba, la era Gorosito se llenaba de signos de interrogación y se comprendía que Fabbiani era más el símbolo de un futuro posible (pero inexistente) que un presente, llegó otro centro al área rechazado por los paraguayos, que Robert Flores (de letal displicencia e inexplicable continuidad en la Institución, encima después lo expulsaron; no creo que tenga más chances) volvió a meter la pelota en el área a través de un cabezazo. Luego Fabbiani la paró con la ayuda de la mano, pateó sin fuerza y en el rebote, Buonanotte, que para no desentonar con la desprolijidad de la jugada estaba en estruendosa posición adelantada, la mandó adentro. La gente festejó revoleando las remeras. Peor es nada, ¿no?

Ahora pasemos al partido que la Selección jugó con Francia. Lo que tengo para decir es sintético: paren la mano que no fue para tanto. ¿Por qué siempre se tiene que repetir la misma cronología? Llega un nuevo técnico, gana dos partidos y ya somos campeones del mundo, no sólo de Sudáfrica 2010 sino en el 2014 y el 2018. Obviamente se trató de una victoria contra un rival de alto nivel. Sin embargo, vi todo el partido y en ningún momento advertí esa superioridad que el mismo Maradona (y el mundillo periodístico) se encargó de resaltar al terminar el encuentro diciendo que “dejamos en ridículo a Francia”. El partido fue mucho más terrenal. Francia dominó los primeros 35 minutos con bastante hidalguía, vértigo (a través de las apariciones fulminantes de Ribery y Henry), pero sin crear demasiado peligro en el arco de Carrizo (que atajó muy bien). Hasta ese momento la defensa se vio desbordada (Papa erró varias veces en los pases, Zanetti no jugó su mejor partido), Gago y Mascherano lucharon por todos y de los de arriba (a excepción de una apilada de Messi) no hubo mayores noticias. Luego el ex 5 boquense encontró una pelota, Agüero la aguantó, cambió de frente dentro del área y Jonás Guitérrez la mandó adentro. Eso recién fue a los 41’ minutos del segundo tiempo. De ahí hasta el final (es decir, durante 5 minutos), efectivamente, el equipo argentino tocó y tocó (de adelante hacia atrás preferentemente, sin contar un tiro de Zanetti que Mandanda atajó sin problemas) y se escuchó un “Ole” bastante injustificado, por cierto, pero entendible.

En el segundo tiempo, Francia volvió a tener el predominio del balón, pero no inquietó ni una sola vez porque la defensa argentina estuvo muy bien plantada (Demichelis y Heinze jugaron un partidazo, Papa levantó vuelo) y Gago (no lo menciono a Mascherano porque ya es natural) demostró una solvencia enorme (a la calidad técnica le ha sumado marca). La verdad, de todos modos, es que, nuevamente, recién después del gol de Messi a los 37 minutos Argentina encontró la pelota y toqueteó de aquí para allá. Antes no había llegado una sola vez. La victoria fue justa, pero bastante intrascendental, ¡lo que ocurre es que todo lo que hace Maradona trasciende! Más si él mismo se enloquece y declara frases altisonantes, propias del final de un torneo (“Nosotros sabíamos que podíamos ganarles a quien se nos plante”), pero no de un partido que será olvidado rápidamente. ¿Y yo estoy loco o Messi no jugó tan bien como dicen? Recibió siempre de espaldas (por lo que la tuvo que tocar atrás constantemente) y rara vez desniveló como lo hace en el Barcelona (casi siempre por la derecha, ganando en velocidad a los defensores con su extraña gambeta y de frente al arco). El gol sirvió para maquillarlo todo. Agüero otra vez estuvo perdido, creo que se hace obvia la inclusión de un 9 de área. Por otro lado, los que se ilusionan con el juego del seleccionado, deben saber que faltó Riquelme, quien, por sus características innatas, es incompatible con el funcionamiento estructural que el equipo mostró ante Francia. Todos esos errores que marco, claro está, son pertinentes para un equipo que sólo jugó dos partidos. Incluso por esa misma razón se me hace todavía más absurda la andanada de elogios. Es probable que de seguir el mismo camino (como sucede en el club gallináceo ahora se nota una mayor prestancia para jugar a un toque e hilvanar jugadas en velocidad por los costados) se llegue a buen puerto. Todavía, quitando las buenas intenciones, las cosas siguen igual. Y por favor dejen de joder con la actitud, la mística, el combustible espiritual. Como siempre, yo aguando la fiesta. No me hagan caso.

Cortázar, ese escritor tan malo

Lo que sigue está mal escrito y a las apuradas. No tengo mucha argumentación para amortiguar mi ¿pseudo-idea? Más que nada se trata de una queja acalorada que bien podría pasar como modelo de carta en un suplemento cultural. Ayer se cumplieron 25 años de la muerte de Julio Cortázar. Cuando no se trata de un adolescente maravillado que recién lo descubre o algún cuarentón que se quedó en Rayuela a vivir para siempre, parece que no hay forma de recordarlo sin que el interlocutor pertinente recuerde su experiencia personal como lector. Pocas veces un texto sobre Borges (tampoco quiero generalizar) comienza con el autor confesando cuál fue la primera vez que lo leyó y de qué modo incidió ese hecho en su vida personal. Esta práctica es usual, sin embargo, para hablar de Cortázar. (Aclaro que yo mismo he caído repetidas veces en ese lugar común, así que este breve apunte es una autocrítica). Lo malo de este ejercicio es que el itinerario de los lectores de Cortázar, en la mayoría de los casos, es idéntico: X lee a Cortázar en su juventud, cuando es hermoso, cree en la revolución y está enamorado. Pasado un tiempo, X comprende que la vida es una mierda, que el amor no alcanza, que hay que ser cínico, que Cortázar es cursi (“el mejor Cortázar es un mal Borges” diría Aira), que sus posturas políticas lindan con el desastre y que Rayuela (aquella novela que subvirtió sus sentidos al máximo y lo hizo querer escuchar jazz, vivir en París, ser Oliveira y noviar con una Maga), como la vieja mula de los Simpsons, “ya no es lo que era, ya no es lo que era”. El mejor exponente de esta clase de relatos lo escribió Fabián Casas y se llama “Tarde en la noche viendo a Cortázar”. Trata sobre el impacto que tiene en el poeta cuervo la emisión de una entrevista que Cortázar concedió a la televisión española a fines de los 70’. Ayer la repitieron y la volví a ver: es maravillosa. Allí, Cortázar repasa su obra intercalando sorbos de whisky y pitando su cigarrillo. Es la imagen del póster en acción y cae tan bien como la primera vez que lo leímos. Después del texto mencionado (breve y contundente como un buen contragolpe), entonces, creo que es redundante hasta la monotonía aclarar nuevamente de qué forma queremos a Cortázar y hasta qué punto, con el paso de los años, despreciamos su obra. En conclusión, fatalmente, la mayor parte de la gente está convencida de que la vida es genial cuando se lee a Cortázar por primera vez. Nos los culpo: yo también lo creo y cada tanto releo sus libros queriendo encontrar allí el efecto visceral que tantos han revelado. Lo malo es que cuando se advierte que ese sentimiento era una proyección pasajera (la mayor parte del tiempo la vida no es efervescente, sino triste, en ocasiones decepcionante y en el peor de los casos, aburrida) no se encuentra mejor culpable que al mismo Cortázar. Parece que él tuviera la culpa de que la Revolución no funcionara, de que haya escritores mejores, de que el amor sea doloroso, de que no se pueda escuchar jazz y tomar whisky porque hay que trabajar. “Che, Cortázar nos cagó”, parecen decir los anti-cortazarianos, a la inversa que Casas, “¡era un barbudo de un Centro de Estudiantes Universitarios cualquiera!”. Tal razonamiento, por otro lado, tiende a bajarlo del pedestal en forma injustificada. Si por Libro de Manuel y sus últimos e inestables volúmenes de relatos (Octaedro, Alguien que anda por ahí, Queremos tanto a Glenda; afortunadamente no el recomendable Deshoras), Cortázar es un escritorcito del montón, estamos cagados. ¿No valen nada entonces Bestiario, Las armas secretas, Todos los fuegos el fuego, Final del juego, Historias de cronopios y de famas, Los premios? Sigo con esto no porque la obra de Cortázar no admita múltiples críticas, sino porque se pone el énfasis sobre lo más endeble de su carrera, algo que no sucede nunca, por ejemplo, con Borges. Valorar a Cortázar por Libro de Manuel es tan inexplicable como colocar a El informe de Brodie por sobre Ficciones o El Aleph. Por esta razón, celebro el artículo que escribió Eduardo Berti en ADN el sábado pasado, donde repasa la obra de Cortázar concretamente, sin detenerse en detalles superfluos y demostrando un amplio conocimiento tanto de sus relatos como de sus novelas. Muchas gracias.

miércoles 11 de febrero de 2009

GRAN CLINT EASTWOOD

No soy un gran seguidor de la carrera de Clint Eastwood. Vi, sin mucho interés, películas en las que realiza la tarea de ser actor y director. Algunas de las características de su cine me gustan (especialmente esa pulsión arrolladora por contar historias y cierto laconismo no exento de maldad) y otras me aburren o me dejan estupefacto o no causan efecto alguno en mí. Hace unos días vi El sustituto. La experiencia fue ambivalente: por un lado me atrapó la anécdota (una madre pierde a su hijo y recibe otro de manos de la policía) y la pericia narrativa con que está tratada; por otro, sufrí ostensiblemente la actuación de Angelina Jolie, actriz con la que mantengo un prejuicio sobre sus capacidades de trabajo muy cercano a la realidad. En los últimos días fui instado (a través de recomendaciones de conocidos, comentaristas del blog y artículos de prensa) a ver Gran Torino. No le tenía mucha fe y tal vez por la distancia que hubo entre lo que esperaba y lo que finalmente me pareció, al terminar de verla, la consideré excelente.

El núcleo a partir del cual se activa la acción de la película se centra en el devenir de su personaje principal: Walt Kowalski (interpretado por el mismo Clint), un militar retirado a quien se le acaba de morir la mujer. Walt (quien odia que lo llamen de ese modo) es un tipo fácilmente irritable, armado hasta los dientes, que responde con gruñidos o insultos hirientes cuando algo no le gusta, con una bandera norteamericana flameando en el porche de su casa, un Torino del 72’ en su garaje y una estructura mental anclada en los años 50’, época en la que peleó en la guerra de Corea. Más que practicar la xenofobia (entre otros, contra los coreanos que viven al lado de su caso), la sufre, ya que ésta no le permite tomar contacto con el mundo (en su caso, un barrio al que van a parar las distintas etnias que llegan a EE.UU) y lo lleva a permanecer inerte en el porche de su casa tomando cerveza y maldiciendo a todos. (Es gracioso su parecido estético con los personajes de Los reyes de la colina). Años de culpa (una relación tormentosa con sus hijos, que se quieren quedar con sus cosas y se burlan de él a sus espaldas; el recuerdo de los soldados que mató) lo han depositado en un estancamiento emocional eficazmente reflejado en la rigidez de su rostro.

Esa cara de piedra marca Eastwood, sumada a otros elementos con los que el actor construye al personaje que encarna (su andar desconfiado, el murmullo amenazante de su voz, la postura tensa al sentarse), de por sí, hacen imprescindible la vista del film. Es notable la carga expresiva (entre dramática y cómica) que Eastwood amalgama en Walt. Para ir de un tenor a otro, Eastwood sólo necesita cerrar un puerta, como cuando, alcanzado por la tristeza de estar solo en su cumpleaños, asiste a una reunión en la casa de sus odiados vecinos. Durante la velada no deja de desgranar su desconfianza y sarcasmo, hasta que se encierra en el baño y mirando al espejo se dice que está solo, sin familia, rodeado de desconocidos y tosiendo sangre. Esa breve escena puede causar escalofríos.

La cuestión es sencilla y esperable: el duro comienza a ablandarse ¡Y (oh, las vueltas de la vida) justamente con los coreanos a quien tanto detesta! Contar cada una de las peripecias del film sería atenuar la sorpresa del espectador. Digamos que Walt se convierte (sin quererlo) en el guardián protector de sus vecinos de al lado, quienes son hostigados por una malvada pandilla de su misma nacionalidad (que parece salida de un comic), quien quiere convertir al joven de la familia (el tímido y balbuceante Thao) en uno de ellos. Este último, se ofrece a Walt para realizar trabajos de mantenimiento (en recompensa por haberle querido robar el auto y por haberlo defendido inconscientemente) y entabla con el viejo una relación entrañable, hecha de momentos muy graciosos, como cuando el ex militar le quiere enseñar al pequeño coreano de qué forma hay que blasfemar para ser respetado por los hombres norteamericanos. Es así que Walt pasa de ser, durante el transcurso del film, un reaccionario irascible sin atisbo alguno de corazón a una especie de maestro Miyagi invertido, políticamente incorrecto, poco tolerante y con mala onda, que en vez de enseñar el abc de las artes marciales, explica a Theo el funcionamiento de un desagüe. No sé si la película será fascista, reaccionaria o retrógrada. (Como dijo Quintín en su columna de Perfil, raramente se entiende qué piensa Eastwood del mundo). En este caso no creo que importe demasiado, desactivando nuestras coordenadas cerebrales circa Siglo XXI (adeptas al “cualquierismo”, doctrina que alguna vez explicaré), creo que se puede disfrutar muchísimo. Reconocido republicano, es usual que el contenido de sus manifestaciones artísticas sea etiquetado con reservas. El excepcional final de Gran Torino, con Walt desarmado ofreciéndose cual kamikaze para vengar y salvar el futuro de su (ahora) amada familia de coreanos, no deja dudas al respecto. En un mundo caótico, que perdió el sentido de la bondad y el respeto, Eastwood (valiéndose de un personaje polémico), como la madre de El sustituto, que sigue buscando a su hijo hasta el último día de su vida, parece adherir a costumbres y factores éticos lamentablemente en desuso. Sayonara.

domingo 8 de febrero de 2009

Por qué parezco kirchnerista

Nuevamente inmiscuido en un entuerto (la “censura” contra Nelson Castro) que tensiona las coordinadas que enfrentan al kirchnerismo con el sector de la sociedad (mayoritario) que desprecia el gobierno, me asombro observándome posicionado en el lugar de los primeros. Digo me “asombro” porque si algo sé es que los K (en cualquiera de sus acepciones), fuera de contexto, en la práctica concreta del ejercicio de la democracia, suelen provocar mis náuseas: desde el peculiar sentido que le dan a la política de derechos humanos (capaz de alinear en su cuadro al fascista Aldo Rico, pactar con Daniel Hadad o hacer migas con Moyano, acusado por la misma Hebe de Bonafini como miembro de la Triple A) pasando por la proliferación de sujetos turbios que conforman su naturaleza (De Vido, Jaime) y la necesidad “peperinesca” de Chritine de “no ser como cualquiera” afectando su discurso al máximo hasta la verborrea exenta de sutilezas de Néstor (reflejada en el paupérrimo discurso del 16 de julio). Inclusive la ingenuidad de propulsar un acontecimiento como el de Nelson Castro, dejando el camino libre para que éste (un hacedor de chismes profesional de inverosímiles fuentes, desfachatado sujeto que se atreve a ofrecer consejos a la presidenta convencido de que está diciendo las grandes verdades cuando manifiesta el lugar común más elemental de la sociedad, repentino paladín de la democracia y la libertad de prensa que trabaja al servicio de Clarín) se erija como “mártir” y “perseguido”, no admite dudas: estamos ante una conducción que, a pesar de sus ya muchas veces mencionados aciertos (hoy alejados en el espacio temporal, como si formaran parte de un sueño olvidado), declina en forma permanente. Entonces, ¿por qué suelo ocuparme de quienes están en contra con más vehemencia si mi opinión de los K dista de ser la mejor? A continuación, algunas de las características de los anti-K que provocan mi ira (aclaro que voy a nombrar mucho las palabras “gobierno”, “Christine”, “kirchneristas”):
1- Incapacidad total para entender que alguien esté a favor del gobierno (o de algunas medidas del gobierno) y no sea “pagado” por el mismo. Incluso en discusiones bloggeras se da el hecho de que comentaristas dejan mensajes a favor de los K y los anti responden: “¿Y vos cuánto cobrás?”. El nivel de paranoia es alarmante. En pleno conflicto con el campo, se denominaba a los que se manifestaban a favor del gobierno como “infiltrados”. En el excepcional caso de que crean en la convicción del kirchnerista o casi-kirchnerista, ya no lo consideran un mercenario, sino un idiota, lo que tampoco ayuda demasiado.
2- Cierta irritabilidad de clase media-alta propia del lector que manda cartas a La Nación y se pregunta cómo verán en el exterior cada una de las medidas del gobierno.
3- Utilización de un sinnúmero de términos que a partir de los K son sacrosantos y antes ni siquiera eran mencionados: institucionalidad, republicano, diálogo, consenso. Leer la nota a Norma Aleandro publicado hoy en Perfil para más datos.
4- El escándalo que provoca que se esquiven algunos protocolos anquilosados.
5- El doble discurso que hace que conocidos pensadores de raigambre fascista (Mariano Grondona, por ejemplo, representativo de buena parte de la clase alta argentina) aboguen por la democracia.
6- Comparar con notable frecuencia a este gobierno (elegido democráticamente, guste o no) con aparatos totalitarios genocidas (la última dictadura militar, estalinismo, nazismo). Sólo una mente muy bifurcada puede hallar enlace alguno de este tipo basándose en rasgos propios de todos los gobiernos democráticos como el recelo con la prensa, la toma de medidas unilaterales, la falta de autocrítica (¿qué gobierno en el mundo se deshace en describir sus errores?), etc. El temor de Gasalla (y otros adalides de la farándula) a ser golpeado por D’Elía en caso de criticar a los K (algo que hace, probablemente, el 85 por ciento del país a toda hora, en todo momento y sin víctimas que lamentar), como si éste fuera parte de un grupo de tareas que asesina gente, es claro en este punto.
7- Histéricos pedidos (que me recuerden el “¡Alguien quiere pensar en los niños!” de la esposa del reverendo Alegría) para que no se “ideologicen” una serie de temas (la economía, los conflictos que se suceden a diario) cuando cualquiera con dos dedos de frente entiende que apelar a la ausencia de ideología para resolver cosas es poner en marcha un efectivo modo de “ideologizar”.
8- El absurdo endiosamiento de Cobos. ¿Cómo es posible defender a un vicepresidente que hace campaña (declaraciones, alianzas) contra el gobierno al que pertenece?
9- Tendencia a pensar que cada problema que ocurre en la Argentina (llámese “inseguridad”, “descontrol juvenil”, “narcotráfico”) es culpa directa de Christine y ella es la única que puede solucionarlo (cuando se trata de conflictos estructurales que escapan a la pericia de una sola persona).
10- Especular con versiones nunca del todo confirmadas (chismes, en fin: Christine está deprimida, Moreno amenaza con pistolas a los empresarios, Néstor decide absolutamente todo mientras Christine no está de acuerdo con nada) que terminan por convertirse en flancos que deterioran aún más la relación del gobierno con la sociedad (propensa a creer cualquier cosa negativa sobre “los políticos corruptos que le arruinan la vida a la gente trabajadora y siempre buena de la Argentina”).
11- La mala leche evidenciada en los puntos anteriores.
12- El temor (típicamente gorila, fascistoide) al avance de la izquierda que supuestamente representarían los K. Esto se observa claramente en la inquietud de cierta gente cada vez que Christine se encuentra con Chávez o se saca una fotografía con Fidel Castro.
13- Los golpes bajos remanidos como decirle “presidente” a Kirchner (o “ex presidente en funciones”) o comenzar con los sobreentendidos cuando Christine se va de gira y queda Cobos como presidente interino.
14- Inclinación pueril a tomar cualquier dato frívolo y harto común (el comportamiento de Florencia Kirchner propio de una adolescente, la predilección de Christine por las carteras, propia de cualquier mujer preocupada por su imagen) como defecto que incide dramáticamente en las acciones del gobierno. Creo que hasta les molesta que sea linda.
15- La alta gama de prejuicios raciales e ideológicos que suscitó la protesta del campo (innumerables veces tratadas aquí). El desdeño por las organizaciones piqueteras o los derechos humanos es elocuente.
16- Como los comentaristas deportivos que en el gol sólo ven los defectos de la defensa rival, hay una opinión marcada de aceptar que lo bueno de los últimos 5 años se debió enteramente a una tendencia económica mundial ajena al gobierno que al accionar del mismo.
17- La aseveración de que no hay espacios para criticar a los K o de que todos los medios son kirchneristas cuando sucede todo lo contrario en forma estruendosa. ¿Quién mira Canal 7? ¿Cuántos compran Página 12? Los medios adquiridos en forma masiva por la gente (Clarín, La Nación, TN, América) son anti-K. Por otro lado, C5N, usualmente referido como un pasquín kirchnerista, sigue contando con numerosos periodistas que se encuentran en las antípodas del gobierno.

viernes 6 de febrero de 2009

¿Qué se puede hacer salvo ver películas (malas)?

Vicky Cristina Barcelona Bodrio

La verdad incómoda

Aquí puede comentar lo que se le ocurra sobre los dos anteriores post. Muchas gracias.

PD: Si es posible me gustaría que el que hizo circular el post sobre Nelson como cadena de mail aclare si entendió que era una joda y que detesto a Nelson. Todavía no lo vi así que no puedo opinar.

Vicky Cristina Barcelona Bodrio

Como las parejas, las revistas literarias, Lost, River Plate, Los Simpsons, la discografía de Charly García, Nazarena Vélez, la obra de Julio Cortázar, el pase de Ariel Ortega, el amor y otros demonios, desde hace unos cuantos años (probablemente veinte) la carrera filmográfica de Woody Allen (director de múltiples gemas de la inteligencia humana como Zelig, Bananas o Manhattan) ingresó en un declive remontado esporádicamente por destellos fugaces que advierten la presencia de un creador supremo pero en decadencia. O, para no sonar tan duros: en retirada. O, mejor, digámoslo de una vez: Woody (por mencionarlo en forma cotidiana como Feinmann en un patético programa de Cine Contexto) ya dio casi todo lo que tenía para dar. Fue bastante y muy bueno, así que no creo que alguien, seriamente, se lo reproche. La carrera de Woody siguió el cauce natural de las cosas y seguimos viendo sus películas como se sigue viendo a las ex parejas, las revistas literarias que ya no se publican, los nuevos malos capítulos de Lost, los partidos de River Plate, las temporadas de más de Los Simpsons, los discos de Charly García repletos de covers, los escándalos de Nazarena Vélez, los cuentos del Cortázar post- 70’, etc. Sin embargo, en Vicky Cristina Barcelona, Woody llega a un territorio por demás empantanado, haciendo pasar por película un spot turístico sobre la ciudad española. Gaudi, Miró, la pasión española, un poeta furioso con el mundo que es el colmo de la cursilería, el flamenco: cada partícula del film reivindica una convención aceptada sobre España y busca encandilar al receptor ávido de exotismo (espécimen insufrible si lo hay). La recolección de lugares comunes, estereotipos y obviedades que conforman el argumento y la caracterización de los personajes, finalmente, termina por incomodar por su vulgaridad. Tal conjunción de elementos (elegidos en forma deliberada por el director) pierde su razón de ser (imagino, con mucho esfuerzo, la crítica a las personalidades más afectadas del mundo postmoderno) ya que por consecuencia de ellos, el espectador más o menos avezado (alguien que haya visto más de 10 películas) adivina cada una de las peripecias que le ocurrirán a los protagonistas. Vicky (Rebecca Hall) y Cristina (nunca creí que lo iba a decir: una desabrida y burda Scarlett Johansson) son dos amigas norteamericanas que llegan de paseo a Barcelona. Vicky, la formal, está por casarse con un imbécil apegado a las normas de la civilización occidental, un neo yuppie que juega al golf, no se da cuenta de nada y está obsesionado con la tecnología. Para que todo quede claro, Woody lo hace vestir como un idiota, hablar como un idiota y pensar como un idiota. (Cada personaje es lo que debe, nunca se mueve de los precisos límites que el prejuicio les imprimió). Cristina, la loca (calificada como “librepensadora” en un virulento anacronismo), es la típica romántica perdida que aspira a un amor perfecto y, mientras tanto, deambula, sin timón y en el delirio, entre distintas relaciones y labores vinculadas con el arte. En una muestra conocen a Juan Antonio (Javier Bardem), el macho español, un pintor excéntrico que acaba de separarse en forma tormentosa de María Elena (una hermosísima Penélope Cruz que termina por eclipsar, desde el punto de vista estético, a mi querida blonda; por si no se dieron cuenta, la película es tan mala que me dediqué exclusivamente a admirar a las bellas muchachas) y las invita a pasar un fin de semana en Oviedo explicitando su deseo de tener sexo. El encuentro entre los tres (que son muy lindos e inteligentes y siempre tienen algo adecuado para contestar) es absurdo y tirado de los pelos. La intención de espantar al burgués a través de un personaje que interrumpe una cena de dos mujeres para informarles que les quiere dar masa/ atrasa 50 años. A partir de allí, todo lo que sucede sólo puede provocar escalofríos: los personajes hablan sobre El Amor con frases rimbombantes (de las que comienzan diciendo: “El amor es…”), las supuestas ardientes escenas sexuales tienen menos arrojo que las de una serie de Pol-ka, Javier Bardem llora de emoción al escuchar tocar la guitarra a un tipo, Scarlett se va poniendo cada vez más fea, Penélope exagera su andar gitano. La historia está narrada en tercera persona por una voz en off con un estilo entre irónico y periodístico. Lo usual cuando un autor echa mano de este recurso es que se refleje, en base a esquemas simples y observaciones incisivas, una conclusión general que brille en su sofisticación. Nada de eso sucede. Vicky Cristina Barcelona comenta el caos de las relaciones sentimentales, la imposibilidad de acceder a la felicidad, la culpa que genera ser infiel, el anquilosamiento de las prácticas amorosas, la sensación de turbación que produce conseguir lo que deseamos, pero todo en forma lavada, ajeno a interpretaciones heterodoxas o meramente distintivas. El final, lacónico, quiere pasar por “ajustada reflexión sobre el comportamiento de los individuos”, pero no es más que un final abierto/cool para la gilada. La próxima película de Woody tiene como protagonista al genial Larry David, sucesor natural de su línea cómica que lo ha superado largamente. Espero que no arruine la carrera del pelado porque sino se va a ver en serios problemas: voy a dedicarle otro post lapidario. Qué miedo. Para finalizar apelo al cliché recordando algunas frases del maestro robadas de distintos sitios de Internet:

“Existen dos cosas muy importantes en el mundo: una es el sexo, de la otra no me acuerdo”

“Sólo quien ha comido ajo puede darnos una palabra de aliento”

“No quiero alcanzar la inmortalidad a través de mi obra; la quiero alcanzar no muriéndome”

“No es que tenga miedo de morirme. Es tan sólo que no quiero estar allí cuando suceda”

“El sexo sin amor es una experiencia vacía. Pero de todas las experiencias vacías que existen, hay que reconocer que es una de las mejores”

“Disfruta el día hasta que un imbécil te lo arruine”

“A las cuatro de la mañana nunca se sabe si es demasiado tarde o demasiado temprano”

“Algunos matrimonios acaban bien, otros duran toda la vida”

Sayonara.

La verdad incómoda

Ni la imaginación desbordante de El curioso caso de Benjamin Button (entretenida pero repleta de golpes –bajos y de efecto- hollywoodenses) ni el melodramático “caso real” con tintes ominosos de El sustituto (una madre, Angelina Jolie con look Victoria Ocampo, sufre la pérdida de su hijo y le devuelven otro haciéndolo pasar por él). La película que más me ha sugestionado en los últimos días es un film menor (y hasta en cierto punto malo por el contrapunte ideológico redundante que propone) estrenado en la segunda mitad del año pasado sin mucha repercusión más allá de alguna que otra polémica. Se llama Vecinos en la mira y puede que llegue a incomodarte demasiado.

El tópico es reconocible: una pareja de recién casados (Chris y Lisa, Patrick Wilson y Kerry Washington respectivamente) se muda a un barrio de elite y comienza a ser presa de los furibundos ataques psicológicos de un vecino un tanto trastornado. Se trata del estereotipo perfecto del policía siniestro, pero su personalidad no sólo se adecua al paradigma negativo universal de esa profesión (abuso de autoridad, corrupción, fascismo) sino también a la totalidad de entes reaccionarios que pululan en el mundo. Lo que dice el personaje de ficción Abel Turner no es muy diferente a lo que piensa el norteamericano con fobia al mundo árabe, el boliviano santacruceño que discrimina a los indígenas o el vigilante medio argentino indignado con los piqueteros. Hasta aquí nada que no haya escrito José Pablo Feinmann en la contratapa de Página 12 o denunciado Eduardo Galeano observando el horizonte con profundísimo compromiso latinoamericano. Lo que vuelve interesante tal conjunción de lugares comunes es que el policía infernal es un negro (interpretado en forma brillante por Samuel L. Jackson) y el discriminado es un blanco (Chris, la pareja de Lisa, también negra). Esto aporta una serie de condimentos especiales al film. Por un lado, lo políticamente correcto es que tal relación de menosprecio se refleje al revés, por lo que la película siempre está a un paso de convertirse en un manifiesto reaccionario (en algunos momentos, de hecho, lo parece; por ejemplo, por decirlo de un modo acorde con el tenor del tema, en el transcurso de la historia “no hay ningún negro decente”: o son fundamentalistas peligrosos del color de su piel, como el policía y el padre de Lisa o malvivientes que vagan por los barrios más bajos). Por otro, en plena celebración demócrata por el ascenso del bueno de Obama, la película cae como un baldazo de agua fría ya que se inmiscuye en una realidad “oscura” (¿me permiten un poco de “humor negro”?, ¡qué fácil es ser discriminador, por eso todos los imbéciles lo son!) (1). Pocas veces se “denuncia” el conservadurismo de las minorías (consecuencia elemental de años de injusticia, pero de igual modo agresivo). Eso es algo que no preferimos escuchar, una verdad incómoda, como diría el pesado de Al Gore. Recordemos que estamos en un momento en el que mucha gente (incluida Christine), en vez de elogiar a Barack por su oratoria sofisticado o sus primeras medidas, lo hace por el color de su piel. Es decir que con el objetivo de promover un mensaje anti-discriminatorio se termina cayendo en una especie de determinismo idiota que postula que el valor de un individuo se mide a través de su origen racial. Que Obama sea el primer presidente “afro americano” en tierras donde existió el Ku Klux Klan (o, por qué irnos tan lejos: en tierras donde la gente votó a Bush) es un avance de gran importancia. De ahí a creer que sólo por eso su destino es la gloria… Tampoco nadie se pregunta cómo puede ser que en el supuesto país de la libertad y la democracia y los derechos civiles, recién ahora exista un presidente negro. Imbuido de cierta sensibilidad planetaria, es para alegrarse, sin dudas, pero ¿no les inquieta un poco que la nación que designa el cauce del mundo comience a respetar verdaderamente a los negros en el año 2008?
Así es Vecinos en la mira: en su anécdota sencilla y pueril activa una multiplicidad de problemáticas sociales e invita a replantearse (con bastante sentimiento de culpa; personalmente nunca llegué a discernir hasta qué punto la película era lo que yo quería ver o un panfleto retrógrado repulsivo) las coordenadas que modulan nuestro pensamiento ideológico (2). Abel detesta a Chris porque se casó con una negra (y eso no está bien visto en la comunidad), porque fuma marihuana, porque es liberal, porque tiene sexo en la piscina. Es el vivo retrato del facho que reprime la sexualidad de su hija, que sale a pasear por la noche con una pistola cargada en la cintura, que se equipa exageradamente para combatir una inseguridad invisible. Poco a poco se advierte más peligroso que Terminator (letal la escena en la que le corta los árboles a Chris con una sierra eléctrica y lo amenaza desde su jardín al grito de “¡Marica!”) y destruye la relación entre los recién casados prolongando la huella que le dejó la supuesta infidelidad de su esposa. Todo sucede en un marco contextual inmediato (se menciona el calentamiento global, a Bush, a Irak) por lo que comprendemos que el director (Neil LaBute) decidió exponer una postal del caótico mundo en el que vivimos. Es que la alarma que enciende nuestra convencional conciencia al ver una historia con un fascista negro, me recordó a los judíos que confunden el rechazo al accionar del ejército israelí con el antisemitismo. Existen asesinos como los skinheads; ignorantes que, atrapados en su tosquedad, reflotan los mitos más descerebrados sobre el judío (prejuicios, leyendas urbanas); terroristas mentales que defienden agrupaciones basadas en el fundamentalismo religioso. De ahí a ingresar en ese territorio a todo aquel que repudie la muerte de civiles y el bloqueo a Palestina hay un largo y sinuoso camino que muchos ya se han atrevido a dar. Es que se trata de un mundo siempre atravesado por la violencia y el dolor de lo irreconciliable. Un mundo donde lo único seguro parece ser la incertidumbre de las cosas, donde cada vez es más difícil explicarse los unos a los otros. Un mundo al que se acerca, con errores y aciertos, Vecinos en la mira. Sayonara.


(1): Entonces yo soy discriminador.
(2): ¿O soy yo el que relaciona cada cosa que ve con una multiplicidad de problemáticas sociales?