Subir la soga
Estamos sentados como indios, uno al lado del otro. Observamos la puerta del gimnasio por la que debería venir el profesor. Algunos chicos llegan tarde y saludan con gritos e insultos. Los que estamos sentados llevamos una conversación que indistintamente vuelve sobre temas como el fútbol, las chicas y la soga que deberemos subir una vez llegado el profesor. Miren mi pantalón, dice el Chino, es Nike. Todos miramos el pantalón del Chino. ¿Original?, pregunta Facundo. Original, original, responde el Chino. Mostrá la etiqueta, ordena Facundo. El Chino se sonroja y busca la etiqueta en el interior de su pantalón gris y azul. Para mí que es trucho, me dice Facundo al oído. Mientras el Chino busca la etiqueta, otros compañeros muestran sus pantalones de marca. Algunos se paran e imitan a los modelos de la televisión. Fernández tiene unos pantalones Adidas y antes de decir una sola palabra, muestra las dos etiquetas con gesto altivo. Luego dice dónde lo compró, cuánto le salió y cuántos más se piensa comprar. Acto seguido, nos describe sus zapatillas. Fernández tiene toda la guita, me dice Facundo al oído. Después llega Ramiro. Tiene puestos unos pantalones anchos y una remera larga del rapero Eminem. Además, lleva cadenas y collares en todo el cuerpo. Saluda con sonoros apretones de manos: pero no lo hace en la forma clásica sino apretando una y otra vez el puño y chocando y golpeando sus manos contra las nuestras. Buena onda, dice Facundo. Llega Martín, el flaco esquelético que se sienta en la última fila. Tiene un jogging azul gastado. Pertenecía a otro curso pero como se quedaron sin cupo y es el último de la lista, lo mandaron con nosotros. No habla con casi nadie pero a mi me saluda.
Martín se sienta atrás de todos, también como indio. Lleva unos auriculares aparatosos. Facundo, aprovechando que no lo escucha, cuando pasa delante nuestro, dice: Hola Esqueleto. Los demás sonríen. Martín se saca los auriculares y mira fijo a Facundo. A Facundo se le transforma la cara. Se pone rojo, fucsia y de todos los colores. El Chino oprime su cara de una forma espantosa, así hace cada vez que Facundo falla. Hola, dice Martín y comienza a sonreír con unas carcajadas espeluznantes, no me molesta que me digan esqueleto, agrega, prefiero eso a ser un ignorante. Todos nos quedamos callados. Facundo, creo, no sabe qué es eso de ser un ignorante porque se ríe como si fuera el clon de Leonardo Di Caprio. Entra el profesor y por detrás, con una bolsa en la mano, camina Stapowalo, el freak del curso. Tiene la cabeza rapada y un buzo gris y bordo metido adentro del jean ajustado. Al mirarnos, transpira y cierra y abre los ojos unas setecientas veces por minuto. Mira al profesor y este último le indica que debe sentarse. Stapowalo se muerde un labio, ensaya unos cinco o seis tics más y se sienta adelante de todos, no como indio sino con las piernas torpemente estiradas. Sus medias son rosas y tienen agujeros por todas partes. Sentáte bien Stapowalo, grita Facundo. Stapowalo mira hacia atrás y le saca la lengua. Los demás nos descostillamos de la risa. Facundo también. El profesor, sin decir siquiera buenos días, nos ordena comenzar a correr alrededor de la cancha de básquet. Antes, toca el silbato unas tres veces y nos dice que mejor elonguemos. Así estamos un rato, estirando las piernas, tocándonos la punta de los pies con los dedos de la mano, etc. Mientras, hablamos del partido de ayer a la noche, un rato más. Algunos eructan ruidosamente o dejan escapar pedos en la cara de otro, especialmente en la de Stapowalo, que hace todo diferente a los demás y encima todavía tiene en su mano derecha la bolsa con la carpeta, un taper y el libro de estudios. El profesor le indica varias veces cómo debe hacer pero no hay caso. Martín, todavía con los auriculares puestos, ni siquiera se digna a realizar un movimiento. ¿Vos por qué no te movés, flaco?, pregunta el profesor. Elongué antes de venir, en mi casa, dice y vuelve a mostrar su enorme sonrisa. Hasta el profesor se ríe.
Comenzamos a correr. Stapowalo lleva la bolsa en su mano derecha. Corriendo, parece un conejo o un animal extraño. El profesor también trota y cuando pasamos cerca suyo nos pega una patada en el culo. Stapowalo, grita Facundo al pasar a su lado en tanto le pega una piña en la espalda, hasta mi abuela corre más rápido que vos. El Chino le pega una patada en la mano y le tira la bolsa al suelo. Cuando Stapowalo está por tomarla de nuevo, Fernández la patea y se la pasa a Ramiro. Éste la toma con la mano y prueba en el aro de básquet. Stapowalo corre de un lado a otro mientras le pegan, lo insultan y juegan con su bolsa. Ruego que no me la pasen a mí porque en verdad no tengo ganas de hacerle daño a Stapowalo. Me cae mal, como a todos, pero no me parece una mala persona. Es uno de esos chicos, fácilmente me di cuenta, que con sólo mirarlos creen que son tus amigos. Cuando Facundo me pasa la bolsa, cierro los ojos y la pateo con todas mis fuerzas. Así seguimos un rato. El profesor se adentra en la clase, una vez más, y nos explica que en minutos vamos a tener que subir la soga. De esto depende la nota del trimestre, dice. ¿Y eso qué mierda es?, pregunta, al ver la bolsa de Stapowalo en la mitad de la cancha y sus pertenencias debajo del aro. La bolsa de Stapowalo, contesta Facundo. El profesor toma las cosas con desgano (Stapowalo, inmóvil y con los brazos cruzados, parece una señora mayor) y las tira hacia el lugar donde están todas nuestras mochilas. Stapowalo deja escapar un grito afeminado y se dirige corriendo al lugar. El profesor lo toma por el cuello y le dice unas palabras al oído. Martín observa la escena con los ojos bien abiertos. Facundo se frota las manos. El Chino lo imita. Recién ahora llega el Gordo, que tenía un permiso especial ya que debía ir al dentista. No sabés las tetas que tenía la secretaría del dentista, me dice el Gordo, ni bien llega. Todas las mujeres que se cruzan con el Gordo, a su vista, tienen las tetas grandes. Stapowalo parece perdido. El profesor le dice que vaya a buscar las colchonetas y que las coloque debajo de la soga. Stapowalo sale disparado para el sector de los baños, no sabe bien hacia dónde va. Vos vas a ser el primero en subir, le dice, con un grito amenazador. Vengan, nos indica al resto, vamos a ver cómo sube la soga Stapowalo. Martín es la ira hecha flaco esquelético. Facundo y el Chino gritan y aúllan, ellos gustarían de ver a Stapowalo caer de la soga y romperse la cabeza en mil pedazos. Al momento de sentarnos alrededor de la soga dicen eso mismo, con otras palabras, claro está. Por ahí no es Stapowalo, grita el profesor, las colchonetas están en el armario. Stapowalo, al parecer, no sabe dónde está el armario y por unos cuantos minutos da vueltas alrededor del gimnasio, con los ojos húmedos y las mejillas coloradas. ¿De qué planeta bajaste Stapowalo?, pregunta el profesor. Todos reímos. Andá a buscarlas y decíle dónde están para las próxima vez, dice, por fin, mirando a Facundo. Pero que las traiga él, eh. Facundo indica pedagógicamente dónde están las colchonetas y vuelve a sentarse. Stapowalo tiene millones de problemas para abrir la puerta del armario. Con fuerza, con fuerza, grita el profesor. Ustedes también repitan: Con fuerza, con fuerza, gritamos todos. Finalmente, Stapowalo logra abrir la puerta del armario. Sobre su cabeza cae una pequeña pelota de papi fútbol. Facundo se retuerce de la risa e informa que le duele la panza de tanto hacerlo. A mí también, dice el Chino, a mí también.
Pasan quince minutos hasta que Stapowalo logra colocar todas las colchonetas por debajo de la soga. Está visiblemente transpirado y mira a todos lados. Intenta eludir nuestras miradas pero es notorio que no puede. Del techo al piso debe haber unos 10 metros; es un gimnasio altísimo y espacioso, como todo lo que hay en el Industrial. En la primavera vienen colegios de todo el país a jugar voley, handboll y fútbol. Los Bonaerenses. También hay fiestas y si tenés suerte te podés poner de novio unos días hasta que la chica en cuestión parta a Luján, Escobar o San Miguel, esas localidades desconocidas que me recuerdan el color gris. En esa semana, nos ubicamos en la parte de arriba del gimnasio (donde hay unas pocas gradas) y les gritamos obscenidades a las jugadoras lindas, casi todas más altas y desarrolladas que nosotros a pesar de contar con nuestra misma edad. Facundo dice que se transó a una rubia que viene todos los años. El Gordo dice que es mentira. Stapowalo se va a largar a llorar, me dice al oído Facundo. ¿Y vos qué harías en esa situación?, le pregunto, molesto, porque odio que me hablen desde tan cerca. Su aliento caliente me acaricia la oreja y me provoca escalofríos. Facundo me mira sorprendido, evidentemente nunca pensó en ponerse en la situación de los demás. Yo no lloraría, me dice, después de un minuto, ¿y vos? Yo tampoco, le digo, yo tampoco.
Luego de dar un pequeño y ridículo salto, Stapowalo se ha prendido a la soga como un gatito recién nacido. El profesor se pone en cuclillas y le indica, con más bestialidad que paciencia, cuáles son los movimientos que debe llevar a cabo con los pies y las manos para llegar arriba. Arriba de todo tenés que llegar, eh, le grita. Arriba de todo, vamos, vamos, marica, vamos mariquita. Las articulaciones de Stapowalo parecen ser de cristal, no parece tener huesos sino cartílagos. Sus manos resbalan una y otra vez y pasado un largo rato, no se ha movido un ápice del lugar en que está. Vamos, mariquita, vamos, grita el profesor. Ustedes también, nos dice, cómo si fuera el cantante de una banda de rock para corear en estadios. Vamos, marica, gritamos todos. Vamos, marica, grito yo. Stapowalo mueve sus manitos desesperado, con tantos movimientos que, en determinado momento, queda dando vueltas en torno a sí mismo, como si fuera una calesita. El profesor niega con la cabeza. ¿Te gustan las mujeres?, pregunta. ¿Te gustan las mujeres?, pregunta nuevamente. Si, grita Stapowalo, si. Entonces subí esa puta soga como un hombre, carajo. Facundo y el Chino enloquecen, agitan sus brazos como si gritasen un gol. Todos se volvieron locos, pienso. El profesor, enceguecido, sigue gritándole insultos al pobre Stapowalo, que, ya destruido, baja de la soga y se sienta adelante de todos, como al principio. ¿Quién quiere pasar?, pregunta el profesor, miren que la tienen que subir todos, no solamente Stapowalo. Silencio absoluto. El flaco Martín se para, se saca los auriculares y va a hasta la soga. El profesor lo mira como si hubiese visto levantarse un fantasma o una criatura extraña de Los Expedientes X, mi serie favorita. Martín toma la soga con las dos manos y sube con facilidad. Nadie entiende nada. Facundo dice que parece un gusano. El Gordo le dice que se calle, que gusano y todo la está subiendo como los dioses. Tampoco para tanto, dice Facundo. Como los dioses, repite el Gordo, como los dioses. A poco de llegar al suelo, el profesor aplaude. Es una buena técnica dice, señalando al esquelético Martín, hacer nudos con los pies e ir subiendo. Así cualquiera, dice Facundo. Que cada uno lo haga como quiera, dice el profesor. Facundo está enfurecido. Martín baja y se gana un respetuoso aplauso de todos. Stapowalo también aplaude. Martín se sienta a su lado y le dice algunas cosas. Stapowalo estalla en carcajadas. Es feliz, alguien se le ha acercado. Alguien quiso compartir una broma con él. A la distancia, mientras Facundo pregunta si serán novios y el Chino aplaude el chiste estúpido, quiero caminar e ir hasta dónde están, sentarme con ellos y hacer feliz a Stapowalo. El resto de la clase la pasamos jugando al fútbol. Martín quedó en nuestro equipo. Juega bastante mal pero no es un tronco: le pega bien a la pelota y no es fácil pasarlo. Intentó algunas gambetas pero no le salieron. Yo hice cinco goles; uno, de cabeza, fue tras un centro de Martín así que me pareció indicado ir a festejarlo con él. Facundo se mordía el labio. Stapowalo se quedó corriendo alrededor de la cancha, no quiso jugar.
A las doce del mediodía, cuando termina la clase, todos nos dirigimos al vestuario. El primero en desnudarse es Facundo que, mirando fijo a Stapowalo, dice: Mirá como elongo la pija, mientras mueve su pene erecto en círculos. El Chino se baja los pantalones y hace lo mismo mientras observa a Facundo, esperando un guiño. Facundo hace un gesto de enfado entonces el Chino se termina de desnudar tristemente. Da risa ver el culo peludo del Chino mientras camina hacia la ducha. Parece una novia despechada. Nos tenemos que bañar rápido porque hay que entrar a clases a la una y media. Algunos, como Stapowalo, el Gordo o yo, traemos un calzoncillo y nos bañamos con el que tenemos puesto durante la clase. Después nos cambiamos debajo de una toalla. A otros, como Facundo, les encanta exponer, parar y mover la verga. Ramiro nos muestra un slip perverso con el hocico de un oso hormiguero. Se lo regaló su novia. Buena onda, dice Facundo. Este tarado, me dice el Gordo mientras se enjabona la barriga, cuando habla con Ramiro se hace el mexicano. Martín, que se está bañando en la ducha de al lado, se muere de la risa. Es verdad, dice el Gordo, alentado por la risa enorme de Martín, es verdad.
Salimos todos juntos. Incluso Martín y Stapowalo van atrás de todo. Ahora vamos a lo de Ramón, una casa de comidas que queda a la vuelta del Industrial. Allí compramos sanguches de milanesa o de jamón y queso o de lechuga, tomate y queso. Luego nos sentamos en la vereda, los treinta o cuarenta estudiantes, y comemos desaforadamente, mientras hablamos con la boca abierta, repetimos teorías estudiadas de memoria o describimos la anatomía de algunas de nuestras escasas compañeras. Cuando todos estamos sentados, veo como Stapowalo saca de su taper un sanguche de salame y queso y un vasito celeste con el dibujo de un elefante. Al lado está Martín, que se compró un sobrio sanguche de jamón y queso, igual que yo. Tengo cosas en común con Martín, pienso. Me gustaría pasar más tiempo con él, Stapowalo y Luciana. Facundo habla sobre una chica que conoció el sábado. El Chino come en forma horrorosa, me dan ganas de vomitar. Encima, cuando habla, escupe mayonesa. Como nadie me presta atención y no me importa nada lo que están hablando, me levanto, sigiloso, tomo mi mochila y me siento al lado de Martín. Stapowalo me pregunta cómo me fue en la prueba de matemáticas de ayer. Bien, le contesto, los polinomios son una boludez. ¿A vos cómo te fue?, le pregunto. Stapowalo toma un sorbo de su jugo y hace temblar la mano izquierda, en ademán de que le fue más o menos. Martín come su sanguche con tranquilidad oriental. Me mira y me saluda haciendo un cabeceo. Yo le guiño un ojo y le pregunto dónde aprendió a subir la soga así. En mi casa no tenemos escaleras, tenemos sogas, me responde. Stapowalo estalla en carcajadas. No le creas, me dice, se la pasa diciendo mentiras. Martín se ríe. Me di cuenta mientras éste la intentaba subir, contesta más tarde. Éste tiene un nombre, dice Stapowalo, divertido, creo que nunca se la pasó tan bien en su vida. Yo me río y le doy una palmada en el hombro a Stapowalo quien me ofrece un trago de su jugo. No, gracias, respondo. El aliento de Stapowalo es de ultratumba. Pregunto a Martín qué música escuchaba hoy, con el discman. Spinetta, contesta. Ah, digo yo, que de Spinetta sé menos que de geografía, ¿qué disco? Pelusón of Milk, responde Martín, una obra maestra, ¿lo escuchaste?, me pregunta. No, no soy de escuchar esa música. ¿Y qué música escuchás?, me pregunta, muy interesado. Un poco de todo. ¿Cómo qué? Nombro, con mucha vergüenza –nunca tuve tanta vergüenza en mi vida, quiero sacar una pala y enterrarme bajo tierra- algunos grupos y solistas de moda. Martín hace una mueca de desagrado. Es que no me gusta la música vieja, digo yo. Spinetta sigue tocando, dice Martín, todo depende a qué llames música vieja. Yo no tengo nada que decir; por lo visto, es muy difícil discutir sobre algo de lo que no sabemos. A mi me gusta Ricardo Montaner, el Puma Rodríguez, ese tipo de música, dice Stapowalo. Martín y yo nos reímos a las carcajadas. Bueno, dice Stapowalo, es la música que escucha mi mamá.
Desde el momento en que me senté con Martín y Stapowalo a comer mi sanguche, al momento de entrar a clase, Martín me ha dicho tantas cosas que tengo el cerebro latiendo como el corazón late luego de dar cuatro vueltas a la Plaza España. Recibí tanta información como nunca en mi vida. Primero me recomendó discos de Spinetta. Después teorizó sobre las canciones de amor (algunas dicen tonterías, según él, pero muchas tienen razón y eso parece sacarlo de quicio). Más tarde dedicó un discurso de varios minutos al profesor de gimnasia, quien según él, era misógino, machista y reaccionario, términos, estos últimos, del que sólo creí entender el segundo y a medias. A continuación, elaboró una hipótesis según la cual Facundo, en realidad, todavía seguía siendo virgen. Lo digo por experiencia, agregó. Más tarde sacó un libro, Rayuela, de Julio Cortázar. Tenés que leerlo, me dijo, mirándome tan fijamente a los ojos que me obligó a bajar la vista. Se puede leer de dos formas distintas, agregó, entusiasta y con los ojos vidriosos. Ah, como Elige tu propia aventura, dijo Stapowalo. Así pero mejor, dijo Martín, secamente. Después me recomendó otros autores, uno atrás del otro. Si querés, podés comprar un cd y yo te grabo los discos de Spinetta en formato mp3, me dijo, cuando entrábamos por el portón. Ojo con las computadoras, dijo Stapowalo, el 31 de diciembre van a dejar de funcionar, la otra vez leí en una revista de mi papá que con el Y2K se va a venir todo abajo; no hay que almacenar información ahí. Eso es para la gilada, dijo Martín, no va a pasar nada. Si vos lo decís, dijo Stapowalo, mordiendo una manzana verde que hace las veces de postre, si vos lo decís. Sonó el timbre de entrada.





-Sueño que estoy en la Facultad, en un aula muy pequeña o, mejor dicho, claustrofóbica, llena de gente, quizás la 82 de Ciencias de la Salud. Mis compañeros tienen la cara de los turistas que vi en el Hotel donde trabajaré hasta mañana. El profesor (creo que es Roberto Bolaño pero no lo puedo asegurar) ha traído a clase un perro enorme, de proporciones extraordinarias. Dice que no muerde, que no hace nada, pero a mí me da mucho miedo. Tiene la cabeza del tamaño de un televisor de 60 pulgadas –si es que estos existen- y comienza a ladrar, mostrando sus colmillos. Es la versión demoníaca del perro de La historia sin fin. De pronto comienza a lamer a una compañera. Luego escabulle su cabeza hasta quedar frente a mí. Me muestra los dientes. Es un perro color café con leche dice alguien. Yo le acarició el hocico y se calma. A los costados del aula hay otros perros de proporciones extraordinarias pero son flacos y de raza doberman. Están como dibujados en la pared pero tienen vida. Al rato estoy en los pasillos de la Facultad (que en realidad son los pasillos del Hotel donde trabajo) y viene mi amigo Emiliano (con la cara de mi amigo Lucas) y me dice que acaban de explotar la Avenida Colón. Tiene un televisor rectangular de madera en su hombro y me muestra imágenes donde la avenida Colón parece Irak. Él me dice que por eso van a suspender las clases. Yo me quedo solo y me digo: Pero si la Facultad queda por Funes, ¿por qué van a suspender las clases? Ingreso otra vez al aula. Tengo muchos accesorios en mi mano: buzos, mochilas. Depositó mis accesorios en el banco de atrás y una compañera que cambia de cara unas 5 veces (tomando, a su vez, el rostro de otras 5 compañeras) me dice que no me preocupe, que ella me guarda mis cosas en su carterita. Su carterita es muy pequeña pero increíblemente caben todos mis accesorios. Me quedo pensando que la chica me robó mis pertenencias pero que no me animó a decirle nada.







